Cosecharas tempestades
Capítulo 2
Danieli aprovechó la circunstancia para cerrar el archivo que tenía en la mesa y levantarse.
—Lo dejo hablar con su agente, commissario —le dijo a Brunetti—.
Cuando acaben, estaré en el primer despacho a mano izquierda.
Dejó la documentación sobre la mesa y salió.
Alvise, que seguía inmóvil y tieso como una estatua, bajó la mano al costado.
Vianello se levantó y le acercó más la tercera silla.
—Siéntate, Dario, y cuéntanos lo que ha pasado.
Mientras lo miraban, Alvise empezó a moverse poco a poco y dio unos pasos hacia la silla. Apoyó la mano en el respaldo, la rodeó y se sentó. Miró a Vianello y después a Brunetti, y por último cerró los ojos como si tuviera miedo de que fuesen a gritarle.
Al final, el agente volvió la cabeza hacia Brunetti y dijo:
—En realidad no me he caído por la escalera, commissario.
Después de eso, apretó los labios, como si parte de él fuese reacia a continuar.
Esperaron en silencio y, por fin, Alvise declaró:
—No quiero meter en líos a los de aquí.
—Olvida lo que consideres conveniente, Alvise —dijo Brunetti con tono neutro—, pero cuéntanos lo que ha pasado.
El agente levantó los hombros un momento, perdió el interés y los dejó caer.
—En realidad no importa, commissario. Además, fue solo uno de ellos.
—¿Cuál? —preguntó Vianello.
—Petri —contestó Alvise—. Hace tiempo que lo conozco.
Vianello asintió con la cabeza como si también supiese quién era.
—Trabajaba en la ciudad —continuó Alvise, que obviamente se refería a Venecia—, pero lo trasladaron a Treviso hará dos o tres años.
—¿Trabajaste con él alguna vez? —preguntó Brunetti.
—Alguna, señor —respondió Alvise, incapaz de disimular las reticencias a seguir hablando.
—¿Y no te reconoció? —inquirió Brunetti de forma que quedaba claro que no era una pregunta, sino que pedía explicaciones.
Alvise se metió las manos debajo de los muslos con las palmas hacia abajo, como si temiese que fueran a traicionarlo haciendo algún gesto, y contestó:
—Decidió no reconocerme, señor; así que creo que yo no quiero reconocerlo a él.
—Ni causarle problemas —interrumpió Vianello.
—Ni causar ningún problema a nadie —dijo Alvise.
—¿Podrías contarnos un poco más? —preguntó Brunetti.
El agente ya se acercaba la mano a la frente cuando se dio cuenta de que estaban sentados y Brunetti le había pedido una cosa, no le había dado una orden. Cambió la trayectoria de vuelo, abrió la mano y se pasó los dedos por la cabellera antes de aterrizar en el reposabrazos de la silla.
—Es... —empezó a decir, pero no supo seguir la frase—. Ehh..., algunos compañeros tuvieron problemas con él.
—¿Y tú no los tuviste?
—Hasta hoy no —contestó, miró a Vianello y agachó la cabeza como si lo hubieran pillado mintiendo—. Me refiero en cuanto a lo físico.
Brunetti tardó un momento en comprender y, cuando lo hizo, le preguntó:
—O sea, que sí habías tenido problemas con él.
El commissario vio que con eso había puesto a Alvise en una encrucijada: responder que sí podía conducir a dificultades y responder que no sería una mentira.
—¿Problemas verbales? —matizó Brunetti.
Alvise contrajo el rostro mientras le buscaba el sentido a la pregunta de Brunetti. Y cuando lo entendió, le dijo:
—¿Se refiere a si me decía cosas?
—Sí —respondió él.
Reprimió el impulso de felicitar a Alvise por haberlo entendido.
—Él era así, señor —dijo el agente en voz baja, casi como si estuviera defendiendo a Petri o, lo que era más probable, esquivando la pregunta.
A Brunetti esa reticencia le resultó interesante.
—¿Qué se supone que significa eso? —interrumpió Vianello de nuevo.
—Bueno, le dice cosas a la gente. Y habla sobre la gente.
—Pon un ejemplo —le pidió el inspector, que aún parecía enfadado.
Alvise se centró en los puños de la chaqueta y se remangó uno y luego el otro. De pronto levantó la cabeza y miró a Vianello a los ojos.
—Conocen a Biozzi, ¿verdad?
Vianello y Brunetti se miraron un instante. ¿Qué persona del cuerpo no conocía a Biozzi o no había oído hablar de él? De él o de su esposa, asesinada por su amante seis años después de divorciarse de Biozzi.
Ambos esperaron en silencio a que Alvise se explicase.
—Estaba en la oficina de los agentes cuando él volvió al trabajo.
Brunetti reprimió el impulso de agarrar a Alvise y darle una sacudida y le dijo:
—No estoy seguro de a quién te refieres, Alvise.
El commissario miró a Vianello como si quisiera preguntarle si él también estaba confundido. El ispettore respondió que sí con la cabeza.
—Petri estaba en la oficina de los agentes —aclaró Alvise—. Y llegó Biozzi.
Miró a su alrededor; sus dos interlocutores asintieron para indicar que ahora lo habían entendido.
—Esto debió de ser hará unos tres años. Petri hablaba con alguien, no me acuerdo de con quién. —Alvise alzó ambas manos, hizo un gesto negativo y empezó de nuevo—. Debió de ver a Biozzi al entrar. Levantó la voz y dijo algo como: «Al menos es más rápido que un divorcio».
Alvise hizo una pausa con aversión en el rostro, cosa que hizo que Brunetti se arrepintiese de haberse mostrado impaciente.
—¿Qué pasó entonces? —preguntó Brunetti.
Alvise no respondió.
—¿Y bien? —lo instó Vianello.
El agente superó las reticencias a continuar hablando y dijo:
—Yo estaba leyendo el periódico. Así que me levanté, lo cogí, me dirigí al puesto de Petri y di un golpe fuerte con él en la mesa, delante de él.
Entonces me acerqué a Renato, le rodeé los hombros con un brazo y dije que me alegraba de que hubiese vuelto.
Ninguno de los tres habló hasta después de varios segundos, cuando Brunetti volvió al quid de la cuestión:
—Y cuando te trajeron aquí, ¿el único que sabía lo que había pasado de verdad era Petri?
Alvise lo miró sorprendido y asintió con la cabeza.
—Sí, commissario; lo único que yo quería era salir de aquí antes de que alguien se enterase de que era policía. —Entonces encogió los hombros y añadió—: No quería líos y, sobre todo, no quería molestarlos a usted y al ispettore, señor.
—De momento, lo único que me molesta es que te hayan maltratado en la manifestación.
—Fue solo uno de ellos, señor. Oí que alguien le decía que parase.
—¿Estás seguro de que era Petri? —preguntó Vianello.
Alvise hizo lo que en el caso de otro hombre habría sido una pausa reflexiva y luego dijo con evidente reticencia:
—No, ispettore. Estaban detrás de mí. —Abrió los ojos con curiosidad y, acto seguido, preguntó—: ¿Eso cambia algo?
—Supongo que no —respondió Vianello—. Si lo que queremos es sacarte de aquí —empezó a decir, y luego habló despacio y con cuidado—, nada de eso tiene que haber pasado.
Alvise tardó un momento en comprenderlo, pero cuando lo hizo, dijo:
—Es lo mejor, ¿verdad?
Tras pensarlo, Brunetti asintió:
—Seguramente sí, para todos.
—¿Qué pasa con esto? —preguntó Alvise, y se tocó las vendas, pero no las magulladuras, que no veía—. ¿Cómo explicaré esto?
La respuesta de Vianello contaba con la suavidad de la impaciencia contenida.
—Tú mismo lo has explicado, Alvise. Te has caído por la escalera.
Entonces, para evitar que Alvise dijera que en la calle no había escalera alguna, añadió:
—Al llegar a la questura.
Tanto Brunetti como Vianello observaron a Alvise mientras lo digería.
—Por supuesto, señor. Ahora me acuerdo.
Su sonrisa les indicó que había comprendido por fin.
Brunetti se levantó y dio dos pasos hacia la puerta antes de detenerse y mirarlos a ambos.
—¿Estamos de acuerdo, agente Alvise?
—Sí, señor —contestó este—. Tengo que mentir y la mentira se convertirá en la verdad.
¿Acaso hablaba con ironía? Brunetti quiso saberlo. Podría ser sarcasmo.
O tal vez fuera Alvise siendo él mismo retorciendo la verdad. El
commissario esperó por si Alvise quería explicarse o añadir algo, pero el agente le sonrió y afirmó con la cabeza, así que Brunetti dio por sentado que estaban todos de acuerdo.
Abrió la puerta y fue a llamar al primer despacho de la izquierda. Danieli se acercó, abrió y dijo:
—Qué rápido ha sido.
—Alvise nos ha contado lo sucedido —explicó Brunetti como si nada—.
Ya se ha acordado de que, cuando lo han traído aquí, estaba tan afectado que no miraba por dónde iba y ha tropezado en la escalera.
Danieli sonrió de oreja a oreja.
—Eso es justo lo que yo creía que había pasado, commissario. Es un gran alivio que nos lo confirme...
—Alvise —aportó Brunetti.
—Exacto —convino Danieli—. En ese caso, rellenemos el papeleo para que puedan marcharse todos a Venecia.
La manera en que lo dijo dejó claro hasta qué punto le aliviaba haber resuelto el asunto.
—Me alegro de que esté contento con el resultado —dijo Brunetti.
Danieli, que ya tenía la mano en el pomo de la puerta, se volvió hacia él.
—Las cosas no siempre se arreglan con tanta facilidad, commissario —
repuso. Entonces, sin hacer pasar aquella pregunta por algo sin importancia, añadió—: ¿Les ha dicho quién lo agredió?
En lugar de responder, Brunetti le contestó con otra pregunta:
—¿Por qué lo dice?
—Porque no me gustan los abusones.
Brunetti, que opinaba que pocas personas eran más aborrecibles que esas, asintió y dijo:
—Creo que es asunto suyo si quiere decir quién ha sido, no mío.
Danieli también asintió.
—Si yo estuviera en su situación, haría lo mismo. —Estiró el brazo y le ofreció la mano—. Filippo.
—Guido —dijo Brunetti con una sonrisa, y se la estrechó.
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