Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 22 de 36

Páginas del PDF

Cosecharas tempestades

Capítulo 20

A la mañana siguiente, Brunetti llamó al timbre del palazzo a las once en punto. De haber llegado pronto, habría ido a Fondamenta Nuove y vuelto en diez minutos; de haber llegado tarde, no le cabía duda de que pensarían de él que trataba de usurpar las costumbres de la clase alta.

Gloria abrió la puerta del muro exterior y se echó a un lado para que pudiera pasar. A medida que se acercaban al palazzo, Brunetti tuvo la precaución de asegurarle que no importunaría a su marido en absoluto. Ella lo condujo por el camino de losas hacia la puerta del palazzo, que había dejado abierta. Una vez dentro, cuando ella se volvió para cogerle el abrigo, Brunetti reparó en que la situación empezaba a pasarle factura: la piel de debajo de los ojos parecía algo más oscura que el día anterior y, dado que no se había molestado en maquillarse, tenía los labios pálidos y secos. Paola le había dicho que muchas mujeres habían dejado de ponerse pintalabios al tener que usar mascarilla y no habían retomado la costumbre, pero dudó de que eso explicara el aspecto de agotamiento de Gloria, que él identificaba como una señal de duelo. Se sorprendió a sí mismo con el alivio que le provocó saber que Inesh no se adentraría en la noche oscura sin que nadie lamentase su pérdida. Y entonces se acordó de que Inesh no creía en la existencia de dicha noche oscura y con eso sintió un alivio aún mayor.

Ella le cogió el abrigo y lo colgó en un armario de nogal que había a la izquierda de la puerta; después, se dirigió hacia lo que debía de ser la parte trasera del palazzo.

—Renato está en su estudio. Es la habitación que le resulta más cómoda.

Brunetti hizo un ruido afirmativo y la siguió. Los suelos eran de terrazo de color gris claro, aunque su estado no era muy bueno; vio que a las baldosas les faltaban algunos trozos, lo que mermaba su capacidad de mantenerse unido. Justo cuando se daba cuenta de esto, pisó un pedazo suelto y se obligó a no pararse a recogerlo. Ella se detuvo ante una puerta que había a mano izquierda, llamó y esperó a que una voz, que no tardó en oírse, dijese:

— Avanti.

Abrió la puerta y entró, pero permaneció anclada al pomo.

—Renato, es el commissario Brunetti —dijo.

El professore Molin estaba sentado a su mesa, que era muy grande y muy gruesa y lo hacía parecer muy ocupado simplemente porque le proporcionaba una superficie donde cabían muchos libros y papeles. El hombre se levantó.

—Buenos días, commissario —saludó—. Qué puntual. Eso me gusta.

Su esposa se marchó sin decir nada y cerró la puerta en silencio; Brunetti se quedó junto al umbral.

—Venga; acérquese y siéntese —dijo Molin.

Cuando se aproximaba a la silla que le había indicado, Brunetti cayó en que estaba en compañía del noble professore, que lucía en el meñique de la mano izquierda un sello con lo que supuso que era el blasón recién creado de su parte de la familia. Llevaba chaqueta y corbata, ambos de un azul sobrio, aunque la primera se le había quedado ancha. La camisa era blanca, con el cuello almidonado; llevaba unas gafas de montura dorada que hacían que sus ojos grises pareciesen un poco más grandes de lo que eran. Tenía el pelo canoso y aún abundante. Brunetti no recordaba haberse cruzado con él por la calle.

Se sentó en una silla de respaldo recto de madera que había delante de la mesa, y Molin se recostó en la suya. Se inclinaba un poco hacia la izquierda. Pensando en lo mucho que le recordaba la situación a los

exámenes que había hecho en la universidad, Brunetti sacó el cuaderno y lo abrió.

—Me gustaría darle las gracias de nuevo, professore —dijo, y también sacó el bolígrafo del bolsillo de la chaqueta—. Intentamos hacernos una idea del tipo de hombre que era el tal Imesh.

—Inesh —lo corrigió Molin.

—Sí, claro, claro —contestó Brunetti, y agachó la cabeza mientras fingía que anotaba la corrección en el cuaderno. Lo miró un momento y volvió a centrarse en él.

Molin había entrelazado las manos sobre la mesa, y a Brunetti, al ver de nuevo el sello, le vino a la memoria el cuento en el que la heroína se enfrenta al Lobo Feroz y tuvo la tentación de exclamar: «¡Qué sello tan grande tienes! Es para mantener a las clases más bajas en su lugar».

No obstante, su larga experiencia le advertía que era mejor tener en cuenta el problema entre clases y cuán a menudo él mismo reaccionaba de forma negativa ante la riqueza y el poder. En otros tiempos, las chaquetas con coderas de cuero lo ponían en contra de los hombres que las llevaban, sobre todo si eran académicos, sin lugar a dudas porque los demás que se interesaban en Paola eran sus compañeros de universidad.

La paciencia intervino y, al cabo de una conversación de cortesía, Brunetti se limitó a preguntar:

—¿Podría decirme cómo es que vivía aquí, professore?

—No vivía aquí, commissario —repuso Molin—. Vivía en la zona de detrás del palazzo, en una caseta reformada del jardín.

Se volvió un poco hacia la derecha para señalar en la dirección de la vivienda.

—Ah, ya veo —dijo Brunetti—. Gracias.

Escribió algo en el cuaderno y pasó la página.

—¿Cómo se dio esa situación, professore, si no le importa que se lo pregunte?

Molin sonrió.

—No me importa en absoluto, commissario. Es su deber.

Brunetti levantó la mirada y sonrió sorprendido.

—Mi esposa, a quien creo que ya conoce, es una mujer muy bondadosa y generosa. Hace unos años encontró a ese señor en un momento de necesidad y le ofreció, aunque debo decir que de manera bastante impulsiva, vivir en la casa del jardín.

Incapaz de disimular el asombro, Brunetti miró a Molin con cara de confundido y dijo:

—¿Cómo es posible?

Molin sonrió, como si aprobase la reacción.

—Hace bien en preguntarlo, commissario. La casa del jardín estaba en desuso. De hecho, debo confesar que su estado era lamentable. Así que le dijo que podía quedarse allí y, a cambio, él se puso a limpiarla y a reparar las cosas que se habían descuidado a lo largo de los años.

Brunetti asintió como si el professore hubiera dicho algo muy interesante y luego preguntó:

—En los años en los que vivió aquí, ¿tuvo alguna... visita? ¿Les hizo sospechar de algún modo que podría relacionarse con personas que quizá no fuesen las mejores para tener en casa?

Molin asintió con la cabeza unos instantes y después respondió:

—Estaban las reuniones.

—Disculpe, professore. No sé si entiendo a qué se refiere.

—De vez en cuando, cada ciertos meses, invitaba a unos cuantos de sus compatriotas a la casa del jardín.

—¿Con qué propósito? —preguntó Brunetti.

—No tengo ni idea. De vez en cuando olía a incienso y oíamos algo que podrían ser cánticos. Supongo que era algún tipo de ceremonia religiosa.

Antes de que Brunetti pudiera decir algo, Molin añadió:

—Eso es todo lo que sé sobre su vida privada.

El commissario anotó algunas cosas en el cuaderno, retrocedió unas páginas y dijo:

—Usted me ha dicho, professore, que su esposa lo encontró en «un momento de necesidad». ¿Podría darme más detalles?

—¿No se lo ha contado mi esposa? —preguntó con sorpresa.

Brunetti hizo un gesto con la mano, como si lo que hubiera dicho su esposa no fuese tan memorable como lo que pudiera decir él, así que Molin continuó:

—Mi esposa lo encontró tendido en la calle, creo que hace ocho años. Le habían dado una paliza y lo habían dejado inconsciente delante de nuestra puerta. Le dijo que lo habían atracado y que le habían quitado doscientos euros que pensaba enviar a su familia.

Brunetti levantó la mirada de inmediato con evidente sospecha.

—¿Cree que podría habérselo inventado, professore?

Molin enarcó las cejas y dijo:

—No, yo no iría tan lejos. Bastaba con que mi esposa considerase que la historia era convincente y que era seguro darle un sitio donde vivir.

Brunetti oyó el resentimiento que se filtraba entre las últimas palabras del professore. Tras unos segundos, Molin añadió, hablando despacio y en voz baja:

—Sin embargo, que le hubieran dado una paliza no significa por necesidad que lo hubiesen atracado.

—Ah —dijo Brunetti, alargando el sonido.

Se inclinó sobre el cuaderno y escribió varias cosas. Entonces, haciendo un cambio aparente de tema, comentó:

—Su esposa me dijo que, a lo largo de los últimos años, usted ha tenido cierta dificultad para moverse por la ciudad y que el tal Inesh lo ayudaba a mantener sus actividades.

El dottore asintió, pero no añadió nada.

—Durante ese tiempo, ¿de qué hablaban?

—De muy poco, la verdad. Yo siempre tenía algo que leer en los trayectos en barco: trabajos de alumnos, capítulos de las tesinas que superviso, artículos de revistas; si no, también tomaba notas para artículos que estaba preparando.

Hizo una pausa para que Brunetti lo anotase todo y, entonces, dijo:

—Él leía uno de sus libros en cingalés, supongo que eran de budismo.

En cualquier caso, en las cubiertas había imágenes de Buda. —Dejó pasar un momento y añadió—: A veces rezaba con las cuentas y las iba moviendo con los dedos.

El commissario observó mientras Molin perdía la lucha por evitar hacer el siguiente comentario. Con una leve expresión de interés en el rostro, lo miró a los ojos justo cuando él decía, con la voz cargada de la contención de las clases educadas:

—Pero no hay manera de liberar a la gente de sus creencias primitivas, así que no me molesté en preguntarle por eso.

Brunetti creyó conveniente responder con el tono de un agnóstico paciente.

—Sí. Yo lo intenté durante años con mi madre, pero fue imposible.

Al principio, Molin le concedió el honor de una sonrisa de sinceridad sorprendente y un gesto afirmativo de la cabeza, como si él también hubiera sufrido la oscuridad primitiva de la mente de la plebe. Pero debió de oír algún eco disonante en alguna parte, puesto que cambió la posición de las manos y se las miró.

Brunetti sonrió y añadió:

—Lo entiendo.

Mientras tanto, se preguntó qué pasaba entre aquellos dos hombres durante los trayectos por la ciudad. Debían de compartir mucho tiempo y contacto físico. ¿Por qué no conversaban también? Brunetti lo atribuyó al concepto que tenía Molin de sí mismo.

—¿Alguna vez hablaron de libros? —preguntó.

—¿De libros? ¿Con Inesh? —inquirió el professore como si le sorprendiese enterarse de que el hombre sabía leer más allá de sus biblias budistas.

—Sí. Tenía unos cuantos libros sobre la historia colonial de Sri Lanka, además de algunos acerca de la historia reciente de Italia.

Molin sonrió con paciencia y dijo:

—Lo siento, pero no puedo contribuir a ninguno de esos dos temas.

«Y tampoco querría», se dijo Brunetti, con lo que acababa la frase que Molin era demasiado educado para terminar en voz alta.

—Y las típicas novelas policiacas.

Eso llamó la atención de Molin.

—¿Qué dice de policiacas?

—Novelas de suspense y policiacas. Al parecer, hay mucha gente que las utiliza para aprender idiomas extranjeros.

La sorpresa de Molin fue momentánea y enseguida volvió a la curiosidad por cortesía.

—¿Algo más?

—Sí, ahora que lo dice. Tenía una serie de libros y algunos panfletos y recortes de prensa sobre terrorismo.

—Los Tigres Tamiles —dijo Molin con pedantería.

—No, no, para nada —contestó Brunetti—. Sobre los problemas que hubo aquí en los ochenta.

Había dicho eso sin quitarle ojo a Molin y vio cómo se quedaba paralizado. Durante un instante, se preguntó si era otro ictus y metió los pies debajo de la silla para prepararse para rodear la mesa a toda velocidad en caso de que se desplomara. Pero eso no sucedió. El hombre miró a Brunetti fijamente y después consiguió apartar la vista y posarla en los documentos que había sobre la mesa.

Molin estuvo así un buen rato; el silencio del despacho se prolongó.

Entonces miró los papeles de la mesa y seleccionó uno. Se lo acercó a la

cara como si buscase la firma, lo dejó de nuevo y miró a Brunetti.

—Lo siento, commissario, pero debería hacer varias llamadas telefónicas. ¿Le importa si terminamos ya? Creo que no tengo más información que pueda serle útil.

—Por supuesto, por supuesto, professore —dijo Brunetti, que se levantó sin problemas y se guardó el cuaderno en el bolsillo—. Me temo que he abusado de su amabilidad, no lo molesto más.

En tiempos normales, se habría acercado hasta la mesa para estrecharle la mano al professore, pero se limitó a inclinar la cabeza como muestra de gratitud, le dio las gracias de nuevo y después fue a la puerta, salió del estudio y dejó a Molin con la hoja de papel aún en la mano, todavía algo inclinado hacia un costado.

Mientras se dirigía a la puerta principal, Gloria salió de una habitación que había a mano derecha y le hizo un gesto para que pasase. Más sillas demasiado mullidas, una alfombra con el centro raído, una ventana que daba a las ondulaciones oscuras que eran el jardín. Parecía aliviada de ver a Brunetti y le preguntó:

—¿Ha podido ayudarte?

Se sentó en un extremo del sofá hundido; Brunetti tomó asiento en una silla tapizada con brocado descolorido.

—Me ha dado un poco de información sobre el hombre, pero no parece que lo conociese muy bien —explicó Brunetti—. Le he preguntado de qué hablaban cuando iban juntos por la ciudad.

Ella sonrió y se relajó.

—Yo también me lo he preguntado alguna vez. Estoy segura de que te habrás dado cuenta de que a mi marido le interesan muy pocas cosas aparte de su trabajo académico.

De hecho, de lo que Brunetti se había dado cuenta era de que al professore Molin no le interesaba nada, aparte de convencerlo de que tenía

muy poco en común con el fallecido y que no se interesaba por él ni por lo que hacía.

—Supongo que, en el caso de un profesor universitario, eso son gajes del oficio —dijo Brunetti con tranquilidad.

Pensaba en lo diferentes que eran los hábitos mentales de su querida esposa, cuya curiosidad sobre la mayoría de las cosas y de las personas era insaciable.

Como si nada, le preguntó con un tono del todo familiar:

—¿Sabías gran cosa sobre él?

—¿Sobre Inesh?

Brunetti asintió con la cabeza.

—Un poco. Me habló de sus hijos, así que acabé participando en su educación desde la distancia. Y me enseñaba fotos de ellos y de su esposa.

—¿Fue a verlos alguna vez?

—Dos veces. La primera hace unos seis años y también el año pasado.

Un mes en ambas ocasiones. —Sonrió y dijo—: Nunca estaba tan feliz como durante las semanas antes de irse a casa.

—¿Y después no? —preguntó Brunetti.

Ella desestimó la idea con un gesto de la mano.

—La anticipación produce alegría. Lo triste son los recuerdos.

El commissario pensó en eso y admitió que Gloria tenía razón. Entonces se le ocurrió preguntar:

—¿Cómo hacía para pagar los viajes? ¿Lo sabes?

—Trabajaba. Dios sabe cuánto trabajaba. Muchos de mis amigos tienen padres u otros parientes que necesitan a alguien que esté con ellos por las noches; Inesh tenía un don con la gente mayor. Venía de una cultura que los valora, así que iba a dormir a su casa, en la misma habitación del anciano, y la gente le pagaba por ello.

Antes de que él pudiera preguntárselo, ella dijo:

—Eran muchas noches, la mayoría las pasaba sin dormir. Me dijo que era una buena oportunidad para leer. Y para meditar.

—¿Y así pagaba los viajes a Sri Lanka?

Ella esperó un momento antes de decir:

—No pagaba alquiler, Guido, ni tampoco facturas. Lo único en que gastaba era en comida y ropa.

—Y en libros —añadió Brunetti.

—Sí, libros. Yo le presté muchos de los míos a lo largo de los años, tanto en inglés como en italiano, y sé que le compraba algunos a Carlo, en el campo.

—¿Qué le prestabas? —preguntó Brunetti.

—Historia de Italia, novelas inglesas. Le encantaba Grandes esperanzas.

De eso me acuerdo. Debió de pedírmela tres veces.

—¿Qué más?

—Hace poco empezó a interesarse en las Brigadas Rojas y en sus sucesores —dijo, como si de pronto se acordase de todo—. Me pidió que se lo explicase: quiénes eran los miembros, qué tipo de cosas hacían.

»Le conté todo lo que recordaba: los ataques, los desaparecidos, los secuestros... —Calló un momento para reflexionar sobre algo y después continuó—. Retuvieron a un general estadounidense y asesinaron a otros hombres, pero no me acordaba de los nombres ni del motivo del secuestro.

—Se frotó la cara con una mano y dijo—: Él no lo entendía. —Un largo silencio se extendió entre ambos después de que Gloria dijese eso, pero ella misma lo interrumpió—. Yo tampoco lo entiendo. Supongo que creía que sí.

En aquella época. Aunque en realidad nadie lo entendía.

—¿Le preguntaste por los Tigres Tamiles? —le preguntó Brunetti por fin.

—Nunca los mencioné —dijo Gloria.

—Supongo que es lo más sensato —respondió Brunetti, y añadió—: En su estantería encontré libros que hablaban de las Brigadas Rojas. Del breve

resurgimiento que tuvieron en los ochenta, precisamente.

—Los ochenta —dijo ella como ausente—. Cuando todavía nos importaban cosas como la justicia. —Pronunció la última palabra con algo próximo al desprecio—. Pero nadie se las apañaba para dar con ella.

Ambos guardaron silencio durante un tiempo que a Brunetti se le hizo largo. Al final, Gloria hizo un ruido preparatorio, como para servir de preámbulo a una pregunta incómoda o una petición.

—Me ha llamado el líder de la comunidad esrilanquesa local —dijo al final.

Al ver que Brunetti se sorprendía, se explicó:

—Es quien llamó a la esposa de Inesh para darle la noticia de su muerte.

Brunetti asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

—Ella le ha pedido que se ocupe de todo —siguió contando Gloria con vacilación.

—¿Qué significa eso? —preguntó Brunetti, no sin amabilidad.

—Las cenizas. Le ha pedido que se ocupe de enviárselas a Sri Lanka para que puedan... —Dejó la frase inacabada y cerró los ojos—. Lo demás no le interesa. Me refiero a sus cosas.

—¿Eso se puede hacer? —preguntó Brunetti, y se reprochó no haberlo pensado antes.

—En cuanto la policía dé el permiso, se podrán retirar los restos mortales. Se lo puede incinerar aquí y luego hay un procedimiento para...

—Calló mientras buscaba la palabra adecuada, pero lo único que pudo decir fue—: para todo lo demás.

Brunetti asintió con la cabeza.

—¿Por qué me lo cuentas, Gloria?

Ella se sorprendió de verdad.

—Pensaba que querrías saberlo.

—Sí. Gracias —dijo, ya que no se le ocurría nada más.

La sonrisa que esbozó Gloria le dio lástima, así que, en vez de continuar la conversación, Brunetti se inventó otra cita y se levantó. Se disculpó por tener que irse; ella salió al pasillo y sacó el abrigo del armario.

Él se lo puso, pero, en lugar de abrochárselo, decidió que, una vez fuera, el tiempo le diría qué hacer con los botones.

—Me alegro de haberte visto de nuevo —dijo él.

—Lo mismo digo. Me alegro de saber que hay alguien que tampoco ha cambiado mucho desde que éramos estudiantes.

—Me gustaría pensar que he cambiado —repuso Brunetti, pero hizo una pausa para añadir—: Al menos en algunas cosas. Supongo que pensaba y esperaba que las personas quisieran actuar con nobleza y tener en cuenta al prójimo.

Sonrió pensando en esa época y en esa persona más joven, y se dio cuenta de lo orgulloso que estaba de haber tenido esas esperanzas a esa edad, aunque a medida que se había hecho adulto algunas se hubieran vuelto menos atractivas o factibles.

—Entonces todo parecía tan fácil, ¿verdad? Y muy claro —dijo ella.

Él estiró el brazo para tocarle el hombro y se lo apretó con la mano: un mensaje de solidaridad o condolencia. Le dio las gracias, se despidió, salió del palazzo y le dijo que él mismo cerraría la puerta de la calle.

Cuando se dirigía hacia allí, le vinieron a la memoria los recortes de prensa y las fotocopias que había en el álbum. Tal vez debería llevárselos en calidad de objeto de interés para la investigación. Se detuvo, buscó en los bolsillos y, al ver que todavía tenía las llaves, dio media vuelta y se dirigió hacia la casa del jardín.

El precinto de la puerta empezaba a despegarse, así que buscó en el interior el rollo de cinta de color rojo y blanco. Se quedó en medio de aquel silencio. Hasta ese momento, con el sol entrando por las ventanas, no había sentido toda la paz que creaba la mezcla de los colores y la ausencia de

objetos. Las flores del jarrón que había delante de la estatua de madera del buda se habían marchitado un poco más.

Desde esa distancia, vio el álbum de recortes de la estantería y fue a por él. «Ahora no —se dijo mientras volvía a precintar la puerta—. Espérate hasta que hayas vuelto a la questura.»

OceanofPDF.com