Cosecharas tempestades
Capítulo 15
Se despertó a las nueve y media, solo en la cama. Afinó el oído para escuchar los sonidos de la familia, pero no oyó nada. Chiara no removía papeles en busca de los deberes de Latín y Raffi no andaba a la caza de las botas de fútbol. Paola ya no iba y venía del estudio a la cocina a por otra taza de té japonés.
Se dio media vuelta y se preparó para seguir durmiendo, ya que siempre podía argumentar que estaba ocupado, tratando de descubrir la identidad del fallecido, cuando recordó que Rizzardi había dicho que había programado la autopsia para las diez. Veinte minutos más tarde, lloriqueando por encontrarse huérfano de un café, Brunetti salió del edificio y se refugió en Rizzardini en busca de un brioche y un caffè salvavidas.
Algo recuperado, se dirigió hacia Rialto sin hacer caso del pescado fresco (o no tan fresco, a juzgar por el olor) ni de la imagen de los helados igual de repelentes que había a ambos lados de la estrecha calle. ¿Cómo era posible que la gente no se diera cuenta de que no se comía pescado a la hora del desayuno y de que el helado era para cuando hacía veintisiete grados o más?
Cogió el traghetto desde el mercado de pescado hasta Santa Sofia y giró a la derecha en dirección al hospital. Más gelato a mano derecha y, más adelante, carne a mano izquierda, en lugar de pescado. Cinco minutos más tarde, cuando llegó al hospital, había pasado por delante de libros de segunda mano, dos farmacias, una ferretería, seis bares y una lavandería automática equipada con lavadoras y secadoras. Entró en el hospital, saludó
al hombre de la recepción con un gesto de la cabeza y prosiguió sin detenerse en dirección al fondo y el obitorio.
Hacía bastante tiempo que no pasaba por allí, pero aún recordaba el camino e iba doblando esquinas por los pasillos correctos sin pensarlo de forma consciente; después de cruzar el jardín al aire libre, llegó al obitorio y se sentó junto a la puerta batiente, puesto que no tenía ganas de entrar.
Hojeó un ejemplar de Il Gazzettino de ese mismo día que alguien se había dejado allí, a pesar de que sabía que era demasiado pronto para que el asesinato apareciese en él. Fue a la primera plana y leyó las historias habituales: jóvenes muertos en un coche, una investigación a cargo de la Guardia di Finanza en una empresa de plásticos reciclados, un requerimiento contra la restauración de un famoso museo de la ciudad que, al parecer, iba a llevarse a cabo sin haberse molestado en obtener la autorización del superintendente de Bellas Artes.
Justo cuando pasaba la página, la puerta se abrió automáticamente y Rizzardi salió de dentro, aún vestido con la bata protectora de plástico blanco.
—Ay, Guido —dijo—, siento que siempre nos veamos por cosas terribles. Algún día deberíamos quedar para tomar un café o algo.
—¿Y hablar sobre el tiempo? —preguntó Brunetti—. Sería maravilloso, aunque fuese solo para charlar de cualquier otra cosa...
—Exacto —repuso Rizzardi—. Ven, que te cuento lo que he descubierto.
Brunetti se levantó y dejó el periódico en la silla.
Nunca conseguía prepararse de forma adecuada para aquello y había dejado de intentarlo. Sobre una mesa de metal en el centro de una habitación muy fría estaba tendida una figura humana (cadáver, despojos, restos) que había sido víctima de un ataque violento. Brunetti se preguntó en qué momento pasaba el cadáver de ser alguien a ser algo. Los restos mortales estaban cubiertos con una sábana y los había examinado una persona que tenía derecho a meter las narices en sus lugares más íntimos y
secretos a fin de descubrir enfermedades que quizá el difunto no supiera que tenía o que podría haber contagiado a otros.
Al doctor no le interesaban los motivos o pensamientos o reflexiones que pudieran afectar al comportamiento del fallecido: el doctor solo sabía lo que revelaban las pruebas y el bisturí, y la única persona que tenía derecho a esa información era la que estaba a cargo de la investigación.
Rizzardi fue al lavamanos, tal como había hecho casi todas las veces que Brunetti había acudido allí a hablar con él. Desechó los guantes en un contenedor metálico que había al lado y después se desató la bata y también la tiró. Abrió el grifo, ajustó la temperatura, se lavó las manos con cuidado, se aplicó jabón dos veces y se las secó de manera minuciosa.
Se volvió hacia Brunetti.
—No tiene sentido que lo veas, Guido. He encontrado una cicatriz vieja en la cabeza, de un golpe con algo; no es de ningún corte. E incisiones profundas en ambas manos. De hecho, le falta parte de un dedo. —Al cabo de una pausa, el forense añadió—: Anoche no quise decírtelo.
Eso sorprendió a Brunetti y le hizo pensar en el rato que había pasado en el patio. Intentó recordar qué había visto en el suelo. De haber estado el dedo allí, los técnicos habrían dado con él. Y lo habrían fotografiado. No se vio capaz de pedirle a Rizzardi que le diese más detalles al respecto.
—Lo único que pudo hacer para defenderse fue poner las manos. Pero no le bastó.
El commissario asintió con la cabeza.
—Cuando ya no podía defenderse, la persona que lo mató, que yo diría que era diestra, le dio una puñalada en la espalda que le perforó el pulmón y después lo apuñaló dos veces en el pecho y una en el bajo vientre.
—¿Por qué no había más sangre? —preguntó Brunetti al recordar lo que había visto la noche anterior.
—La ropa absorbió gran parte —respondió Rizzardi—. Y cayó al agua casi de inmediato tras las puñaladas.
Dicho eso, el forense fue a un armario de metal y sacó la chaqueta. Se la puso y sacó el abrigo oscuro, el mismo que llevaba la noche anterior, el mismo que llevaba desde hacía años, y se lo colocó sobre el brazo.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Brunetti.
Intentaba recordar qué señales había en la tierra y la arena del patio.
—Porque se ahogó —contestó Rizzardi.
Antes de que el commissario pudiera hacer algún comentario o pregunta, el forense prosiguió:
—Habría muerto de todos modos: le habían perforado un pulmón y seccionado una arteria. Eso ya lo habría matado y caer al agua aceleró el proceso.
Brunetti asintió de nuevo y preguntó:
—Aparte de ser diestra, ¿sabes algo más de la persona que lo mató?
—Es de altura media, puede que metro setenta o setenta y cinco.
—¿Crees que podría haber sido una mujer?
Era evidente que la pregunta había sorprendido al forense.
—En general son los hombres los que usan cuchillos, y es muy probable que se tratase de uno de caza o algo similar: hoja lisa, de unos once centímetros de largo. Pero lo que me hace pensar en un hombre es la fuerza de los ataques. En la herida del pecho hay una leve magulladura justo por encima y por debajo del punto de entrada. Pero al tener que atravesar la ropa y el abrigo, hace falta mucha fuerza para eso.
Brunetti se estudió los zapatos, pero allí no encontró más preguntas.
—¿Algo más? —inquirió.
—Poca cosa. El estado de salud de la víctima era bueno; yo diría que tenía cincuenta y pocos años, no fumaba y, si bebía, lo hacía con moderación; aunque yo creo que no probaba el alcohol. No hay señales de ninguna enfermedad grave. El corazón tiene buen aspecto.
Brunetti asintió varias veces con la cabeza y dijo:
—Entonces buscamos a un hombre diestro de tamaño medio que, al parecer, se puso nervioso mientras mataba a otro hombre a puñaladas.
Rizzardi tuvo la delicadeza de sonreír y dijo:
—Yo no podría haberlo resumido mejor.
—¿Te da tiempo a tomar un café? —preguntó Brunetti.
—Me gustaría mucho, de verdad. Pero tengo que estar presente durante una entrevista.
—¿A quién entrevistan?
—A mi sucesor.
Brunetti vio cuánto se alegraba de haberlo sorprendido con eso.
—Sucesor —repitió el commissario con tono neutro.
—Sí, el año que viene me jubilo.
—¿Y qué harás?
—Alessandra y yo tenemos una casa en Salento que llevamos varios años restaurando.
—¿Te mudas a Apulia? —preguntó Brunetti, como si Rizzardi hubiera dicho que se iba al Bronx.
—A la comarca de Salento, Guido —lo corrigió el forense—. Y durante tres o cuatro meses al año.
—¿Y qué harás allí?
—Estar jubilado y nadar y navegar en nuestro barco.
—¿Nada más?
—Bueno, quizá adoptemos un perro, demos paseos largos y nos pasemos el resto del día tumbados, leyendo.
Brunetti no quiso decir nada más. Miró hacia el centro de la sala y vio la silueta debajo de la sábana. Pensó en las otras figuras tapadas, en los cientos de siluetas tapadas.
—Muy bien —contestó.
Se acercó a Rizzardi, le dio un abrazo de oso y después se apartó y se dirigió hacia la puerta. Pensó que a Rizzardi le sentaría bien el sur, aunque
fuese solo por dejar atrás el ambiente tan frío en el que trabajaba.
Al llegar a la puerta, se volvió y preguntó:
—¿Nos invitas a ir de visita?
—Sí. Paola y tú podéis pasear al perro —contestó Rizzardi, y se volvió a cerrar el armario.
Cuando Brunetti llegó a la questura, el policía de la puerta le dijo que el vicequestore quería verlo. Le entregó el abrigo al agente y subió directo, llamó a la puerta y entró en el despacho vacío de la signorina Elettra.
—Entre, Brunetti —voceó Patta desde su despacho a modo de saludo.
Al entrar, Brunetti vio que Patta estaba sentado a su mesa sin ningún documento delante; lo tomó como una buena señal, porque indicaba que estaba dispuesto a escuchar lo que le dijeran y, al menos, tal vez no arrojase acusaciones hasta más tarde. Brunetti asintió con la cabeza y, sin que nadie se lo indicase, se sentó delante de la mesa.
—Doy por sentado que ya lo han avisado, vicequestore —empezó a decir—: anoche asesinaron a un hombre.
—Lo sé. Cerca de Miracoli —respondió Patta—. ¿Qué ha averiguado?
—Muy poco, dottore. Estaba presente cuando lo encontraron anoche.
—¡Anda! —exclamó Patta—. Creía que había sido esta mañana —
continuó, como si hubiera pillado a Brunetti intentando engañarlo.
—Disculpe, signore. Fue poco después de la medianoche.
—En el agua, según me han dicho.
—Sí, señor, cerca de Miracoli, tal como usted ha dicho —afirmó Brunetti.
—¿Apuñalado?
—Sí, vicequestore. Múltiples veces.
—¿Quién es? —exigió saber Patta, como si creyese que Brunetti lo sabía y no quisiera admitirlo.
—Aún no está claro, señor —empezó a decir él.
Se felicitó por la manera elegante de expresarlo, como sugiriendo que identificarían al hombre en su debido momento y que era solo cuestión de tiempo.
—Era extranjero, ¿verdad? —exigió Patta.
—Tenía la piel oscura, sin duda.
—Pero no era estadounidense —dijo Patta, como si le rezase, quizá, a la Estatua de la Libertad para que los librase del asesinato de un turista estadounidense.
Por mucho que le habría gustado dejar a Patta con esa temible incertidumbre durante unas horas, Brunetti no estaba dispuesto a correr el riesgo de darle información engañosa. Era mejor, aunque probablemente infructuoso, ser el que le diese la buena noticia.
—No, vicequestore, creo que es un miembro de la comunidad asiática.
—Querrá decir africano, ¿no? —preguntó Patta, contento de haber pillado a Brunetti cometiendo un error tan tonto.
—No, señor, hablo de la población del sur de Asia: Pakistán, Sri Lanka, Bangladés o India.
Aunque el término le resultase nuevo, Patta no perdió el tiempo a la hora de adaptarse.
—Claro, por supuesto: esos asiáticos. —Cambió de rumbo y preguntó—:
¿Qué ha averiguado?
—Apenas nada, dottore. Lo único seguro es que no era turista —empezó a decir Brunetti, que aprovechó la oportunidad para cambiar de postura en la silla y no ser testigo de la cara de alivio de Patta—. No he tenido ocasión de examinar sus efectos personales. Iba de camino al laboratorio para preguntar por ellos. —Brunetti cruzó las piernas y continuó—: Aún no he redactado el informe. Ya que está aquí, señor, me gustaría aprovechar para darle el parte directamente.
Dispuesto a no dejar pasar una buena oportunidad, Patta se subió la manga de golpe y saltó:
—Por supuesto que estoy aquí. Son las once pasadas. ¿Dónde pensaba que estaría, Brunetti? ¿Tomando un café en el bar con usted y sus amigos?
El commissario sonrió y profirió un ruido que convirtió la pregunta de Patta en uno de sus comentarios ingeniosos.
Se hizo el silencio y, al cabo de un momento, Brunetti se arriesgó a levantarse. Acercó la silla vacía a la mesa y dijo:
—Voy a hablar con los del laboratorio a ver qué han averiguado, ¿de acuerdo?
—Sí —contestó Patta. Al parecer se alegraba de que alguien que no fuera él hiciese algo—. Manténgame informado, Brunetti —dijo, como si la cosa no le interesase mucho, y se acercó una carpeta gruesa.
Después de eso, Brunetti fue al laboratorio que había al fondo de la planta baja, la guarida de Bocchese, donde aún podían encontrarse alambiques y retortas y se descifraban y aclaraban los misterios. Bocchese estaba sentado a su mesa junto con los desechos de días, si no años. Por toda la superficie había papeles, informes, inspecciones, dibujos, esparcidos como hojas en pleno octubre. No había orden ni plan; solo caos, improvisación y desorden aparentes. Sin embargo, gracias a un sistema que guardaba en su seno y no revelaba ante nadie, Bocchese era capaz de encontrar, entre tanto barullo y con la precisión de una garza pescando con el pico, cualquier documento que alguien le solicitase.
—Hola, Guido —dijo el jefe del laboratorio, y le preguntó—: ¿Vienes por el hombre que encontraron anoche?
Cuando Brunetti asintió con la cabeza, Bocchese se volvió y le señaló una mesa que había más atrás.
—Lo hemos metido todo en esa bolsa de plástico y lo que sabemos ya está en el informe que hay al lado. Échale un vistazo. Hay guantes, póntelos, por favor.
—Gracias —contestó Brunetti.
Bocchese apartó la silla de la mesa, se levantó y estiró los brazos por encima de la cabeza.
Brunetti señaló los dos técnicos con mascarilla que estaban delante de un mostrador alto, inclinados sobre una serie de viales pequeños.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Las muestras que cogieron anoche, para ver si la sangre del suelo era suya.
Dicho eso, Bocchese señaló la otra mesa y se sentó de nuevo. Brunetti fue a la mesa larga, se puso los guantes de plástico y se acercó la bolsa transparente. Dentro estaba la cadena con el buda. Abrió la bolsa y vertió el contenido sobre la mesa. El buda cayó bocarriba. «Siento que no pudieras protegerlo», le dijo Brunetti, pero no en voz alta.
Había un monedero aún mojado y, dentro, treinta y tres euros y diecisiete céntimos. Había dos pañuelos de papel arrugados, un peine de plástico de bolsillo y una castaña de Indias pequeña a cuyo brillo no había afectado el tiempo que había pasado en el agua. En otra bolsita hermética había una pieza cilíndrica y menuda de un material que parecía marfil y que tenía la misma forma que un pedazo de penne liso y crudo. En la etiqueta que estaba pegada a la bolsa se leía: ENCONTRADO EN EL BOLSILLO DEL
CHALECO. Brunetti volvió a mirar el objeto, lo hizo rodar unos instantes en la palma de la mano hasta que se dio cuenta de que era un trozo de hueso semidescompuesto: de un dedo de la mano o quizá del pie. Apoyó la mano en la mesa con la palma hacia arriba y estudió el pedazo antes de cogerlo con la derecha y acercarse a Bocchese.
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