Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 3 de 36

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Cosecharas tempestades

Capítulo 1

Un sábado de inicios de noviembre, Guido Brunetti estaba en casa sin ganas de salir, tratando de decidir qué libros retirar de los estantes que Paola le había cedido en su estudio. Años atrás, unos meses antes del nacimiento de su hija, había renunciado a la posesión del que había sido su estudio para que su segunda criatura tuviera una habitación propia, y Paola les había ofrecido refugio a los libros en cuatro de sus estantes. En su momento, Brunetti ya había sospechado que no bastarían y el tiempo le había dado la razón: había llegado la hora del sacrificio. Se enfrentaba a la decisión de qué eliminar de esas baldas. En la primera, empezando por arriba, estaban los libros que sabía que leería de nuevo; la segunda, a la altura de la vista, contenía libros que quería leer y aún no había leído; la tercera, libros que no había terminado y, sin embargo, creía que terminaría, y, en la última, la de abajo, estaban los libros que siempre había sabido, a veces incluso al comprarlos, que nunca leería.

Decidió empezar con los de abajo. Apoyó una rodilla en el suelo y estudió los lomos. Cuando iba por la mitad, vio una cara conocida, la de Proust, y otra cara conocida, también la de Proust, y otra más, de nuevo Proust. Metió las manos en los huecos antes del primer libro y después del último, dijo «Ahora» en voz alta y los extrajo todos en bloque. Se levantó, los llevó al escritorio de Paola, giró las manos y los posó de modo que formaron una columna inestable sobre la mesa, y después los recolocó dando golpecitos a los lados. Retrocedió un paso y contó las caras de Proust: siete.

Fue a la cocina y regresó con una de las bolsas que el ayuntamiento repartía para la recogida selectiva del papel. La abrió y, con cuidado, metió los volúmenes de Proust; luego se acercó a la librería con la bolsa en la mano. La dejó a su lado, se arrodilló de nuevo, se fijó con más cuidado en los ejemplares restantes y tomó una serie de decisiones impulsivas, con las que añadió varios libros a la bolsa sin molestarse en darles la oportunidad de suplicar por sus vidas desde la seguridad temporal que ofrecía el escritorio de Paola. Moby Dick; The Man of Feeling; Los novios, que había tenido que leer por obligación en el liceo y había detestado. Había sobrevivido todo ese tiempo porque, hasta ese momento, no había tenido el valor de convencerse de que un «clásico» podía ser tan aburrido, pero Los novios acabó en la bolsa. Llegó a los cuatro volúmenes de obras de teatro y poesía de D’Annunzio y supo al instante que su destino sería también la bolsa: ¿era porque había sido mal escritor o mala persona? Para sellar la disputa, abrió al azar uno de los libros de poesía y leyó el primer verso del primer poema que vio. «Voglio un amore doloroso, lento...»

Brunetti dejó caer la mano a un costado, aún sosteniendo el libro.

—Así que quieres un amor doloroso y lento... —le dijo al difunto poeta

—. ¿Pues qué tal algo rápido e indoloro?

Se agachó, abarcó los dieciséis centímetros de tomos de D’Annunzio entre las manos y los dejó junto a Manzoni.

—Tal para cual —dijo al mirar la bolsa, satisfecho con su decisión.

La librería de segunda mano de Campo Santa Maria Nova los aceptaría de buen grado.

Brunetti estudió los huecos que habían quedado en la estantería y se preguntó con qué podría rellenarlos. Antes de que se le ocurriera algo, le sonó el móvil.

Iba a decir su nombre, pero lo interrumpió una voz que identificó como la de Vianello, que le preguntaba:

—Guido, ¿puedes encontrarte conmigo en Piazzale Roma?

—Es sábado, Lorenzo —le respondió a su amigo y compañero—.

Además, llueve y hace frío.

—Ya, pero es importante —repuso Vianello.

—Dime.

Vianello hizo una pausa suficiente para proferir un buen suspiro y después dijo:

—Me ha llamado Fazio.

Brunetti tardó un momento en reconocer el nombre: un sargento del cuerpo de Treviso con quien tanto él como Vianello habían trabajado.

—Han detenido a Alvise.

—¿A Alvise? —preguntó el commissario, incapaz de disimular el pasmo. Y, para estar seguro, repitió en voz más baja, pero no menos sorprendido—: ¿A Alvise?

—Sí.

—¿Dónde?

—Allí. En Treviso.

Brunetti se preguntó qué demonios hacía Alvise en Treviso. De hecho,

¿qué hacía cualquiera allí, sobre todo en un día como aquel?

—¿Qué hacía allí?

—Estaba en la manifestación.

Brunetti pensó un momento y trató de recordar si alguien había amenazado con alguna protesta para ese fin de semana. Los conductores de trenes no eran; tampoco los antivacunas que quedaban ni los trabajadores de Marghera, que siempre parecían en perpetuo estado de protesta. Tampoco eran los profesionales sanitarios, que ya se habían manifestado dos semanas antes.

—¿En cuál?

—El orgullo gay —respondió Vianello con absoluta objetividad.

—¿El orgullo gay? —repitió Brunetti en voz más alta—. ¿Alvise?

Nosotros no participamos en las patrullas de Treviso —le recordó al

ispettore.

—No estaba de servicio.

—Entonces ¿qué hacía allí?

—Pues a eso vamos a Treviso. A averiguarlo.

—¿Qué ha pasado?

Se oyó el ruido de un vaporetto metiendo la marcha atrás para detenerse en una parada. Una voz que no era la de Vianello dijo:

—Ca’ Rezzonico.

Brunetti ya se dirigía hacia la puerta; por la mañana había dejado allí el impermeable y el paraguas, al regresar de tomar un café y comprar la prensa.

Se pasó el móvil a la mano izquierda y palpó el bolsillo del impermeable buscando las llaves de casa.

—Vale. Nos vemos delante de la parada de taxis —dijo, y, antes de que Vianello desapareciese, Brunetti le preguntó—: ¿Por qué lo han detenido?

—Por resistencia a la autoridad.

El commissario se quedó sin palabras.

—Y por atentado contra la autoridad —añadió Vianello.

A Brunetti no le costó nada traducir el vocabulario policial a la realidad.

—¿Atentado? ¿Alvise?

—Fazio no está seguro de qué ha pasado. Me ha llamado en cuanto han llevado a Alvise a la questura y me ha pedido que vaya. Y que vengas conmigo —explicó Vianello.

—De acuerdo. Salgo ya.

Brunetti colgó.

A pesar de la lluvia y el frío, prefirió ir a pie: con ese tiempo, en los vaporetti haría demasiado calor, por el exceso de viajeros. Solo de pensar en la bruma animal de aire caliente y húmedo de la cabina de pasajeros, supo que había escogido la opción más sabia.

De camino hacia Piazzale Roma, reflexionó sobre lo que Vianello había dicho. ¿Alvise? Alvise llevaba en el cuerpo tanto como Brunetti; pero, en ese tiempo, mientras él había subido en el escalafón, Alvise (que era lento, educado, inepto, irreflexivo y caía bien, a pesar de que por lo general se lo consideraba tonto) seguía siendo un agente de a pie. Aun con todas sus cualidades contradictorias, Alvise se había convertido en la mascota de la questura, y se podría decir incluso que en una mascota querida. Nunca había disparado el arma y jamás se había dado cuenta al instante de quién era el responsable de un delito, pero más de una vez se había jugado el tipo para ayudar a un compañero. Había perdido un poco de pelo, le habían salido canas en las sienes, se le había envejecido el rostro y había ganado algo de peso. Nunca hablaba de sí mismo, se interesaba por sus compañeros, se acordaba de cómo se llamaban sus esposas y sus hijos, era leal y se esforzaba al máximo. Y ahora lo habían detenido en el desfile del orgullo gay de Treviso y, al parecer, había agredido a un compañero.

Brunetti trató de recordar si alguna vez se había encontrado con Alvise en un lugar que no fuese la questura o desempeñando un papel distinto del de policía y le resultó imposible. Tal vez debido a que sus compañeros no se lo tomaban en serio, Alvise no acababa de parecerles una persona real.

Brunetti se detuvo sin querer al caer en la cuenta de que tal vez no lo reconocería en caso de verlo sin el uniforme. Volvió la cabeza y miró el escaparate de una tienda durante un momento, mientras intentaba rememorar su aspecto. Todo lo que pudo evocar fue: un rostro redondo sin bigote ni barba, el pelo castaño en su mayoría, ojos que se cerraban al sonreír y la incapacidad general de quedarse quieto del todo cuando estaba de pie. Aparte de eso, Alvise era como un dibujo animado de un señor con uniforme cuya gorra siempre parecía que le quedaba demasiado grande.

—Es como si en realidad no existiera —musitó Brunetti.

Eso lo llevó a preguntarse cuántos otros agentes de la comisaría tampoco existían para él y, a raíz de eso, se planteó cuántos habían conseguido

separar su vida privada de la vida profesional. Dejó de mirar los zapatos que había en el escaparate y continuó andando después de calcular la hora a la que llegaría el barco en el que viajaba Vianello.

Trató de pensar en incidentes en los que su compañero se hubiera visto envuelto y, en todos ellos, Alvise se las había apañado para provocar el caos: había ido a la dirección equivocada a efectuar una detención y se había dejado en un autobús una maleta llena de declaraciones de testigos.

Pero también había desarmado a un hombre que amenazaba a su esposa con un cuchillo de cocina y, en una ocasión, había evitado una pelea en un restaurante en el que un cliente, que al parecer no estaba satisfecho con la cena, le había lanzado un plato de pasta al camarero y había volcado la mesa. Alvise, que estaba en la contigua, se las había arreglado para calmar al hombre, había hablado con él durante unos minutos y le había sugerido que le pidiera disculpas al camarero y lo ayudase a darle la vuelta a la mesa.

La madre del cliente, según le había dicho Alvise al propietario, estaba en el hospital y no se esperaba que sobreviviera: la pasta se parecía tanto a la que preparaba ella que la situación había podido con él. La disculpa había sido sincera y llorosa. Al día siguiente, la historia había llegado hasta la questura, pero Alvise se había limitado a decir que se había desperdiciado un plato de una pasta muy buena.

Brunetti divisó a Vianello, que llevaba pantalones de pana y una parka gruesa y lo esperaba junto a la parada de taxis, y fue hacia él. En cuanto lo vio llegar, el ispettore se inclinó, abrió la puerta trasera de un taxi, lo rodeó y se subió por el otro lado. Antes de que Brunetti pudiera hablar, su compañero dio la dirección de la questura de Treviso y se acomodó.

—¿Y bien? —preguntó Brunetti.

Vianello se echó hacia delante y cerró el panel de cristal que los separaba del conductor. Se volvió hacia Brunetti y, sin levantar la voz, dijo:

—El desfile ha sido igual que siempre: unas doscientas personas con pancartas coreando eslóganes. Fazio dice que había muy buen ambiente,

incluso a pesar de la lluvia.

—¿De dónde han partido? —preguntó el commissario.

—De delante de COIN. Tenían permiso para ir por Via Lazzari. Se suponía que iban a cantar y que quizá habría algún discurso, pero no contaban con la lluvia, así que todo se ha vuelto un poco confuso y les han dado las once antes de salir desde COIN.

—¿Y? —preguntó Brunetti.

Los retrasos con doscientas personas le parecían difíciles de evitar.

—Entonces ha habido unos cuantos que se han metido con ellos —

continuó Vianello.

—¿Cómo? —quiso saber él.

¿Un sábado por la mañana, con esta lluvia?

—Fazio estaba presente. Dice que eran unos veinte. Los de siempre: tipos gordos con pancartas de citas bíblicas. Ninguna mujer. Los han insultado y les han dicho que estaban condenados.

—Según parece, están tan locos como los antiabortistas.

—No te olvides de los antivacunas —dijo Vianello.

Brunetti asintió con la cabeza y suspiró al acordarse de una manifestación particularmente desagradable que hubo delante del hospital.

—¿Qué ha pasado?

—Fazio iba de uniforme, lo habían designado como escolta. Dice que uno de los que se oponían al desfile... —Vianello hizo una pausa para sopesar ese concepto y después prosiguió— ha corrido hacia los de la manifestación con la pancarta delante, colocada en sentido horizontal, y ha arremetido contra ellos a propósito. Ha tumbado a tres o cuatro.

—¿Les ha hecho daño?

—No mucho. Más que nada los ha sorprendido.

—¿Qué ha pasado entonces?

—Fazio dice que el tipo se ha puesto a agitar la pancarta, de manera que golpeaba a la gente con ella. Así que ha echado a correr hacia él, pero antes

de que llegase, uno de los del desfile se la ha agarrado, se la ha quitado y la ha atizado un par de veces contra el suelo. La ha dejado hecha trizas.

—¿Y qué ha hecho el otro?

—Según Fazio, se ha puesto a gritarle al que le había quitado la pancarta; lo de siempre: «Putos maricones», «Sois todos unos pecadores».

Entonces el teniente ha llamado a Fazio por radio y, cuando ha terminado de hablar con él, ha mirado a su alrededor y ha visto que uno de sus hombres estaba poniéndole las esposas al que había roto la pancarta.

—No irás a decirme que era Alvise, ¿verdad? —preguntó Brunetti, incapaz de disimular la sorpresa.

Vianello asintió con la cabeza.

—¿Alguien ha visto lo sucedido?

—Fazio les ha pedido los datos y la dirección a unos cuantos que estaban presentes, pero ya sabes cómo van las cosas: nadie había visto nada.

Brunetti lo sabía. A menos que lo hubieran grabado con el móvil para fardar, eran muy pocos los que estaban dispuestos a admitir que habían sido testigos de un delito, pues eran reacios a quedar atrapados en la lenta rueda de molino de la justicia.

El coche frenó y él miró por la ventanilla: estaban delante de la questura de Treviso.

Vianello pagó y se apeó del taxi; Brunetti lo siguió y, tal y como había hecho la primera vez que había estado allí, se quedó mirando boquiabierto el edificio e intentó contar las plantas que tenía. Fracasó como todas las veces; el arquitecto, que le había asignado más de una ventana horizontal a cada planta, lo había derrotado de nuevo. Brunetti se dio por vencido y siguió a Vianello al interior. Mientras el ispettore lo llevaba por distintos pasillos, nadie les preguntó quiénes eran ni qué hacían allí. El commissario no sabía si era por falta de seguridad o si los dos tenían pinta de policías y por eso los dejaban en paz. O, quizá, tal como le habían dicho muchos delincuentes, daba igual adónde quisieras ir: mientras pareciese que sabías

adónde ibas, nadie te molestaría. Entró en el ascensor detrás de Vianello, salió con él en la primera planta y lo siguió de cerca mientras él giraba hacia la derecha y luego a la izquierda hasta acabar delante de un despacho con una placa en la puerta donde ponía DANIELI.

Vianello llamó con los nudillos, una voz de hombre dijo algo y entraron.

Detrás del escritorio había un tipo bajo y robusto. Tenía el cabello oscuro, espeso y muy corto, y llevaba un traje gris con una camisa blanca y una corbata de rayas rojas y azules. Levantó la mirada y se puso de pie; tenía los ojos de un azul muy pálido, con el rabillo levemente inclinado hacia arriba.

—Me alegro de que hayan venido, caballeros. Ya me han dicho que los han llamado.

Se fijó en Brunetti, puesto que había percibido de algún modo que él ostentaba el mayor rango de los dos, y le dijo:

—Danieli.

Brunetti los presentó a ambos y dijo el rango de Vianello. En lugar de tenderles la mano, Danieli les señaló las sillas que había frente a la mesa y esperó a que se sentaran antes de regresar a su sitio.

Brunetti rebuscaba el nombre en la memoria: le sonaba, pero no recordaba de qué.

—Han venido por su compañero —dijo Danieli, que había hecho una afirmación y no una pregunta dirigida a ambos.

—Sí —contestó Brunetti—, por Alvise. —Entonces, rescatando de la memoria el nombre de pila, añadió—: Dario.

Sobre el escritorio de Danieli había un expediente abierto; le echó un vistazo y a continuación preguntó:

—¿Cuánto tiempo lleva en el cuerpo en Venecia?

Brunetti se volvió hacia Vianello, que respondió:

—Décadas.

—¿Qué piensan ustedes de él? —preguntó usando el plural para que contestase cualquiera de los dos.

Habló Brunetti:

—Es fiable, honesto, se le da bien la gente.

Danieli miró a Vianello, que dijo:

—Es uno de los hombres más populares del cuerpo, nunca ha tenido problemas disciplinarios y más de una vez ha conseguido neutralizar situaciones que podrían haber derivado en violencia.

Brunetti asintió con la cabeza: estaba de acuerdo.

—¿Su homosexualidad ha producido algún tipo de problemas?

Estupefacto, Brunetti se recostó en la silla, casi como si esa palabra lo hubiera empujado hacia atrás. Entrelazó las manos y estudió el mapa de Treviso que había en la pared del fondo. ¿Alvise?

—No, que yo sepa no —contestó al cabo.

Eso era cierto, sin duda. Entonces, con la esperanza de alejar el rumbo de la conversación de donde fuera que el otro policía tuviera intención de llevarla, añadió:

—Me gusta pensar que esa época ha quedado atrás.

—¿Qué época? —preguntó Danieli con educación.

—La que todos vivimos —dijo Brunetti—, cuando nuestros amigos homosexuales tenían que mentir y fingir y, algunos de ellos, casarse e incluso tener hijos. —Encogió los hombros, miró a Vianello un momento, después al otro hombre y preguntó—: Y, total, ¿para qué?

—Me imagino, más que nada, que para conservar el empleo —respondió Danieli—. Y lo que antes conocíamos por honradez.

Vianello lo interrumpió y le dijo:

—Discúlpeme, signore, ¿le importaría decirme por qué pregunta eso?

Danieli echó un vistazo rápido al archivo (que, tal como Brunetti había visto, contenía tan solo una página) y contestó:

—He oído historias contradictorias de lo que ocurrió. Alguien que estaba en el lugar dice que su agente se ha resistido a uno de los nuestros cuando este lo esposaba.

Antes de que Vianello pudiera intervenir, Danieli continuó:

—Otra persona dice que su agente ha tratado al nuestro con una brusquedad deliberada e innecesaria.

—¿Qué ha dicho el agente Alvise? —preguntó Brunetti.

Danieli dio unos golpecitos en el archivo con el índice.

—De momento, no ha tenido la oportunidad de decirle nada a nadie.

—¿Se refiere a que está solo en una celda esperando a que vayamos a sacarlo? —inquirió el commissario.

Danieli, tal como Brunetti pretendía, sonrió al oír la pregunta.

—Sí, más o menos. Lo han metido allí en cuanto lo han traído. Uno de los hombres de la patrulla que estaba en la manifestación lo ha reconocido y ha dicho que era del cuerpo de Venecia.

—Entiendo —contestó él.

—Así que le he pedido a Fazio que llamase a alguien que conociera en el cuerpo de Venecia, alguien en quien confiase, y le dijera que teníamos a un hombre suyo y que queríamos que viniera para ayudarnos a resolver la situación.

—¿Resolverla como amigos? —preguntó Brunetti.

—Por supuesto —respondió Danieli sin dudarlo—. Lo último que necesitamos es que Il Gazzettino dé la lata con el tema de la brutalidad policial. —Miró detrás de ellos, como si alguien estuviera proyectando la primera plana de Il Gazzettino en la pared—. Se vuelven locos cada vez que alguien afirma que lo han herido mientras estaba retenido, como si esto fuese el Bronx.

Brunetti se fijó en que había dicho retenido y no detenido.

—A veces pasa, ¿verdad? —señaló Vianello.

—Casi nunca —convino Danieli con tono neutro, y después los miró a los dos—. Creo que eso es innegable.

Brunetti asintió con la cabeza y, a continuación, lo hizo Vianello, que dijo:

—Seguramente se debe a que Venecia es un sitio tan pequeño (y con un acervo génico tan reducido) que siempre cabe la posibilidad de retener al primo de alguien que conozcas o al profe de Matemáticas de tu hijo.

A Brunetti le gustó que el ispettore hubiera usado la misma palabra: retener.

—Todo el mundo sabe lo violentos que son los profes de Matemáticas —

apostilló el commissario para aligerar el tono de la conversación.

Danieli se rio un poco y dijo:

—Entonces ¿intentamos resolver esto como compañeros?

Brunetti, que había reparado en que amigos se había reducido a compañeros, dejó pasar unos segundos antes de preguntar:

—¿Podríamos hablar primero con Alvise?

Danieli no intentó siquiera disimular la sorpresa, pero respondió con calma.

—Por supuesto. Haré que lo traigan.

Descolgó el teléfono que había sobre su mesa y pulsó dos números.

Mientras esperaba a que alguien contestase, hizo un gesto con la mano que abarcaba el despacho e indicó:

—Pueden hablar con él aquí.

Antes de que pudieran oponerse a semejante generosidad, levantó la mano y habló al teléfono:

—Gianluca, ¿podrías traer a mi despacho al hombre que han detenido esta mañana? Está en una de las salas de interrogatorios de la planta baja.

Han venido dos hombres a hablar con él. —Hizo una pausa y después respondió—: Sí, el de la manifestación.

El otro hombre añadió algo; Danieli le dio las gracias y colgó. Los miró y dijo:

—Enseguida estará aquí.

Brunetti sabía que ese era el momento en el que los tres debían entablar una conversación sobre deportes o cualquiera de los temas con los que los

hombres pasaban el rato. Sin embargo, a todos les faltaban las ganas o sencillamente no tenían nada que decir.

Transcurrieron cuatro minutos, que es mucho tiempo para alguien que espera a que pase algo.

Se oyeron unos golpes secos en la puerta. Danieli dijo «Avanti» y la puerta se abrió.

Entró un policía uniformado, saludó a Danieli con cierta formalidad y se hizo a un lado para dejar pasar al hombre que iba detrás de él.

Alvise, con las manos a los costados, se adentró unos pasos en el despacho. Al ver a Vianello, parte de la tensión de su rostro se disipó, aunque reapareció en cuanto vio que lo acompañaba Brunetti. Juntó los pies e hizo un saludo formal mirándolo a él, pero no dijo nada.

Era Alvise, el bueno de Alvise, vestido con vaqueros, una sudadera gruesa de color azul marino con cremallera y un anorak azul oscuro de los que se llevan a bordo de un barco o en un día de lluvia.

Sin el uniforme, no recordaba tanto al Alvise que conocían; era más pequeño, pero más concreto. Lo que hacía que se pareciese menos a sí mismo era la magulladura de color rojo oscuro que le salía en la mejilla izquierda y la venda ancha y ensangrentada de la frente, que cubría gran parte, pero no toda, de una rozadura severa, como si lo hubieran arrastrado bocabajo por una superficie áspera.

Sin pensarlo dos veces, Brunetti se levantó y cogió otra silla.

—Siéntate, Alvise —dijo.

Quizá porque no sabía cómo comportarse en presencia de hombres que lo superaban en rango, Alvise no hizo nada más que el saludo militar y esperó con el cuerpo rígido.

Vianello recurrió al veneciano y dijo:

—Por el amor de Dios, Alvise, ¿qué te ha pasado?

Aún rígido y con los dedos como pegados a la frente, Alvise aprovechó la oportunidad de responder en dialecto y, al final, dijo:

—Me he caído por la escalera.

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