Cosecharas tempestades
Capítulo 27
Mientras tanto, a Brunetti le había llegado un archivo que describía el maratón de compras que había hecho el día anterior una pareja de jóvenes que hablaban muy bien el italiano, aunque con acento francés. Habían recorrido la ciudad comprando relojes, sobre los cuales habían mostrado la familiaridad de los auténticos coleccionistas y buenos conocedores, con una serie de tarjetas de crédito falsas y sus correspondientes pasaportes falsos.
Habían estado en Fondaco dei Tedeschi, donde entraron en dos tiendas a adquirir un total de cuatro relojes: dos IWC y dos Rolex. Entonces, a modo de postre, habían ido cogidos del brazo hasta la Piazza San Marco y habían comprado, como regalo de aniversario del marido a la mujer, un Patek Philippe Calatrava mientras hablaban el mismo excelente italiano, esta vez con acento inglés, y una tarjeta distinta y su pasaporte británico.
Al acabar de leer el informe, Brunetti negó con la cabeza varias veces y no se rio. Años antes, cuando tenía más frescos los prejuicios de la juventud y aún no se había familiarizado en absoluto con las cosas que creía que debería despreciar, habría hecho justo eso: se habría reído y tal vez hasta habría levantado el puño a modo de manifestación de solidaridad por los ladrones, por haberles hecho una jugarreta a los ricos. No le cabía duda de que habría justificado semejante comportamiento como el derecho de la clase trabajadora a echarles mano a los juguetes de los pudientes y habría tenido el cuidado de insertar la palabra explotación en alguna parte de la frase.
Esas eran ideas que nunca había mencionado delante de sus padres y, a decir verdad, aunque compartía las opiniones adecuadas para cada época del año, nunca había logrado convencerse del todo de que eran ciertas. El acto de robar lo disgustaba entonces tanto como ahora. Sin embargo, en cuanto al engaño, Brunetti tenía una opinión mucho más elástica. Estaba mal cuando lo usaban contra él; en cambio, en su arsenal, era un arma útil.
Para algunos tal vez fuese la prueba de un fracaso moral, pero Brunetti se había persuadido de que no era más que pragmatismo y supervivencia.
Griffoni y Vianello llegaron juntos, pasada más de una hora. Antes de que cualquiera de los dos pudiera hacer preguntas, Griffoni dejó su maletín sobre la mesa de Brunetti, lo abrió y sacó una pistolera de cuero marrón oscuro, que también abrió; a la vista quedó una empuñadura negra de metal y la promesa de una pistola: fina, liviana, letal.
—¿Qué es? —preguntó Vianello.
Griffoni sacó un librillo que parecía un folleto de instrucciones y leyó:
—Beretta 92X.
—Gracias —dijo Brunetti, y señaló la pistola con la cabeza como queriendo decir que no hacía falta que les enseñase nada más.
Vianello, que solo iba armado cuando llevaba el uniforme, dijo:
—Espero que seáis muy felices juntas.
Griffoni sonrió, guardó la pistolera en el maletín y lo dejó en el suelo.
Cuando se hubieron sentado los tres, Brunetti empezó a referirles la información y a hablar de las intuiciones que había ido acumulando los últimos días sobre lo que podía o no tener algún tipo de relación con el asesinato de Inesh Kavinda. A lo largo de la siguiente media hora les leyó algún fragmento de los manifiestos que había encontrado en el álbum de recortes, incluido su favorito: «Las clases que se benefician del sudor de los
trabajadores son buitres y traidores, y hay que destruirlas. Mediante la violencia si fuese necesario».
Al acabar, dijo que quería hablar de la desaparición del professore Loreti, cuya asignatura habían cursado Rubini, Nesi y Molin. Les preguntó si tenían algo que añadir.
Griffoni los sorprendió a ambos al decir:
—No sé si sirve de algo, pero el tío de Loreti tuvo dos hijos.
Al ver la cara que ponían, se explicó:
—He estado media hora en un atasco, así que después de leer lo que había enviado la signorina Elettra, les he echado un vistazo a los archivos de prensa para ver si había mención de algún pariente. He encontrado un artículo breve en Il Gazzettino sobre una misa que celebró la familia un año después de la desaparición.
Dejó que lo sopesaran unos instantes y añadió:
—He encontrado a uno de ellos, un médico jubilado. Vive en Milán y me ha dicho que hará lo que pueda por ayudarnos.
Vianello extendió las palmas de las manos sobre la mesa, las miró y dijo, como si se dirigiera a sus dedos:
— Povero Cristo. No tenía ni cuarenta años. —Pensó un momento y añadió—: Espero que se escapase con una alumna o con la esposa de su mejor amigo.
Sacudió la cabeza para deshacerse de esa idea, se volvió hacia Griffoni y le dijo:
—No sé si esto tiene relevancia en el caso, pero creo que nos iría bien recordar lo locos que estábamos todos en esa época.
Vianello hizo una pausa, pero ninguno de los otros dos dijo nada.
—Pensad en las cosas en las que habíamos dejado de creer: la izquierda, la derecha, la Iglesia. —Entonces, como si desvelase la prueba definitiva—:
¿De qué otra manera sería alguien capaz de poner una bomba en una estación de tren a media mañana del primer sábado de agosto, aparte de
estando loco? —Y aún con tensión en la voz, Vianello continuó—: Allí no había generales ni políticos ni cardenales ni banqueros, solo gente trabajadora que quería llevar a sus hijos de vacaciones.
Brunetti sospechaba que el ispettore los había dejado solos en el despacho mientras viajaba con la memoria al atentado de Bolonia.
Vianello negó con la cabeza y volvió en sí, pero se trajo un comentario consigo:
—No sé si sabéis que estuve a punto de no ser policía —dijo con su tono habitual—. Y creo que fue por culpa de esos tiempos locos.
Al cabo de un largo silencio para buscarle el sentido a lo que acababa de decir su compañero, Griffoni preguntó:
—¿Qué pasó, Lorenzo?
—Estuve a punto de tener antecedentes —respondió él, y se frotó la mandíbula como para comprobar si se había afeitado.
—¿Te refieres a antecedentes penales? —preguntó Griffoni con auténtica curiosidad.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque el día siguiente al atentado ataqué a un hombre. Le rompí las gafas.
—¿Cómo? —susurró ella.
—Él estaba en la barra de Rosa Salva, que está cerca de Rialto; tenía el periódico en la mano y lo leía en voz alta —explicó Vianello, la voz contenida por la fuerza de los recuerdos—. Y cuando terminó de leer el primer párrafo, anunció que a la gente de la izquierda que hacía cosas así deberían colgarla.
Brunetti recordaba oír comentarios por el estilo en aquella época y también en tiempos más recientes.
—¿Qué hiciste?
Vianello tardó un poco en responder y, cuando lo hizo, empezó con un dato que parecía irrelevante.
—Yo estaba allí con unos amigos. Solíamos hablar de política y quería que tuvieran una buena opinión de mí. —Dicho eso, se quedó en silencio un tiempo antes de retomar el relato—. Estaba al lado de ese hombre, así que le cogí el periódico y le di con él en la cara. Se le cayeron las gafas y se le rompió uno de los cristales. —Hizo una pausa y añadió una nota a pie de página—: En aquella época, las lentes todavía eran de cristal.
Brunetti esperó a que Griffoni hablase, ya que la conversación la había empezado ella. Sin embargo, miraba al ispettore sin decir nada.
Vianello continuó:
—Mis amigos y yo lo sabíamos todo sobre la política. Aunque tuviéramos dieciocho años, lo entendíamos todo.
Calló y los miró a ambos.
Cuando pensó que Vianello había terminado, Griffoni le preguntó:
—¿Y qué pasó?
—Yo había cumplido los dieciocho unos meses antes y, aunque parecía más joven, ya no era menor. El hombre se puso a dar voces y yo le contesté con más gritos. Llamaron a la policía, me trajeron aquí, avisaron a mis padres y les dijeron que iban a denunciarme por agresión. Entonces me mandaron a casa y me ordenaron volver al día siguiente con mis padres. —
Levantó la mirada, esbozó una sonrisa jovial y dijo—: Ninguno se molestó en preguntarme la edad.
Ambos asintieron.
—¿Volviste? —quiso saber Brunetti.
—Sí. El agente a cargo del caso había hablado con la víctima y le había preguntado si aceptaría una disculpa. Y un cristal nuevo. —Vianello miró la pared y después a ellos—. El commissario que había entonces, Lucchin, dijo que tenía que ir acompañado de mis padres y pedirle perdón. Y a ellos
les dijo que se asegurasen de que el cristal de las gafas lo pagaba yo. Si lo hacía, no me denunciarían.
Brunetti se acordaba del nombre del commissario. La historia no lo sorprendió.
—¿Y lo hiciste? —le preguntó.
Vianello asintió con la cabeza sin apartar la vista del suelo.
—En cuanto lo vi sin el periódico delante de la cara, comprobé que era un anciano. Debía de tener setenta años. —Vianello asintió varias veces más y prosiguió—: Y me di cuenta de que daba igual si yo estaba de parte de los buenos o de los malos. Me sentía avergonzado. Y tenía miedo. —El ispettore se cruzó de brazos y negó con la cabeza unas cuantas veces—. Y
no era solo eso, el hecho de haber cometido un delito, sino que me avergonzaba de haberle pegado a un señor mayor. Agresión, daños a la propiedad privada. —Volvió a negar con la cabeza—. No sabría cómo explicaros el miedo que pasé solo de pensar en tener antecedentes por agresión. —Los miró y dijo—: Estaba tan asustado que creía que me iba a echar a llorar.
Ninguno se atrevió a preguntarle si lo había hecho.
—Le pedí disculpas y le dije muy en serio que lo sentía y que estaba avergonzado. —Vianello los miró a ambos, casi como si también les pidiese perdón a ellos—. No paraba de pensar que, cuando le pegué, podría haberse caído; que podría haberse hecho daño, haberse dado un golpe en la cabeza.
Y que se lo habría hecho yo. A un hombre que podría haber sido mi abuelo.
—Entonces, con la voz aún más ronca, dijo—: Y todo para impresionar a mis amigos y demostrarles hasta qué punto me tomaba la política en serio.
Se quedó callado un buen rato, y ninguno de sus compañeros se atrevió a hablar.
—Casi me arruino la vida.
Cuando el ispettore dejó de hablar, el silencio se extendió a su alrededor y envolvió a los otros dos. Cuanto más se prolongaba, más difícil era
interrumpirlo. Al final, Vianello se puso en pie, colocó la silla en su sitio, cerca de la puerta, y se marchó. Griffoni también se levantó, pero dejó su silla delante de la mesa y se fue a su despacho.
Brunetti se quedó allí sentado un rato, consciente de que acababa de oír algo importante y necesitaba estar callado hasta dar con el significado.
Vianello era el mejor de los agentes uniformados. No porque fuese su ayudante y su amigo, sino porque era el más sólido de todos, rápido y fiable, incapaz de mentirles a las personas con las que trabajaba.
¿Qué habría sido de él, se preguntó el commissario, si hubiera herido al anciano o si lo hubiera matado? ¿Cómo se recupera una vida tras una muerte? ¿Qué pasa con tu vida si se la arrebatas a otro con un empujón descuidado?
Había interrogado a más de una persona que se ganaba la vida matando a gente, asesinos a sueldo cuyo trabajo era liquidar desconocidos a cambio de dinero. Eran muy diferentes de la gente que mataba por accidente, de la gente que mataba por impulso, como podría haber sido Vianello. Se les veía la muerte en la cara, en los ojos, casi se les olía en la ropa. Brunetti nunca lo había dicho en voz alta, pero les había visto el mal en los ojos, una desconexión de la humanidad normal, y nunca les había visto ninguna señal de arrepentimiento o remordimientos. Los que mataban por accidente, si se les podía llamar así, al menos eran capaces de sentir remordimientos y, a veces, incluso vergüenza. Pero los profesionales no.
Aunque pareciese extraño, todos esperaban de Brunetti que pensara que eran especiales, que los respetase, tal vez por su valentía, sus habilidades, su inteligencia, cuando él a duras penas soportaba compartir espacio con ellos y jamás llevaba a cabo los interrogatorios en su despacho.
Pensó en los tres universitarios que vivían en Venecia en un momento en el que las décadas más explosivas de las protestas políticas perdían fuelle.
Brunetti había llegado a creer que la apatía y la pasión eran dos puntos de la misma línea que estaban, aunque resultase sorprendente, más cerca de lo
que la gente percibía. ¿Qué había dicho Vianello? «Para impresionar a mis amigos y demostrarles hasta qué punto me tomaba la política en serio.»
¿Acaso no habían sentido todos la misma presión y se habían dejado llevar por la necesidad de adaptarse a normas recién inventadas?
Brunetti se había salvado una vez más gracias a la sabiduría de su madre.
En una ocasión, cuando trataba de desvelarle una nueva verdad, había mencionado que se la había explicado Beppe Tosatto, a lo cual su madre había respondido: «Siempre has dicho que era un idiota, ¿y ahora te explica las cosas a ti?». De ese modo, Guido Brunetti, a su corta edad, se había quitado la fiebre del entusiasmo político y había vuelto al estado saludable de no confiar en ninguno.
Pero quizá otros no hubieran tenido la suerte de contar con el sentido común de su madre y se hubiesen guiado solo por el suyo propio o el de los demás jóvenes de dieciocho años con los que se relacionaban. La gente joven anhelaba cambiar el mundo sin hacer caso del coste para ellos mismos o para los demás. Los mayores anhelaban que el mundo no cambiase, para no pagar el precio.
Contemplar la puerta cerrada del armario no le sirvió de iluminación, así que fue a la ventana con la esperanza de que otear algo en la distancia le hiciese mejor servicio. En el campo, había dos ancianos sentados en el banco de delante de la residencia. Ambos llevaban abrigos más gruesos de lo que pedía el día. Uno había apoyado el bastón en el banco y ambos parecían estatuas, con la cara hacia el sol. Daba la impresión de que hablaban, porque, de vez en cuando, uno u otro hacía un gesto lento con la mano y el otro asentía con la cabeza.
Se preguntó si Rubini y Molin acabarían de ese modo. O si lo harían Vianello y él. Viejas historias, viejas aventuras, viejos deseos. No obstante, los cuatro tenían esposas y, dado que los hombres acostumbraban a morir más jóvenes, no era probable que acabasen en ese banco.
— Oddio —exclamó en voz alta, preocupado por sorprenderse pensando en cosas así.
La historia de Vianello los había distraído cuando deberían haber estado hablando del caso Loreti y su posible significado. Volvió a pensar en el hueso que Inesh llevaba encima y continuó un rato inmerso en ello.
Llamó a Griffoni para encargarle que se ocupase de pedirle una prueba de ADN al tío o a uno de los dos primos del professore Loreti y le sugirió que le preguntase al que había sido médico si a él podían hacerle la prueba más rápido, tal vez en Milán.
Una vez hecho esto, volvió a contemplar el cielo. Había aprendido al inicio de su carrera profesional a resistir la tentación de decidir cómo solucionar algo cuando aún no había recabado todas las pruebas. Se acercó una hoja de papel, dibujó cinco círculos pequeños y en cuatro de ellos escribió el nombre de uno de los participantes: Molin, Rubini, Nesi, Loreti.
En el quinto escribió el de Inesh. Lo pensó un rato y borró a Nesi de donde estaba y lo volvió a incluir, pero encima de una flecha que iba hacia el borde de la hoja. El único al que Inesh conocía era a Molin y el único que los conocía a todos era Molin.
Durante años, Brunetti había intentado domar la impaciencia por empezar y acabar las cosas y no responder de manera impulsiva en ciertas situaciones. A menudo, la respuesta era la repetición y la digresión, y decidió que en ese momento recurriría a esa técnica. Abrió el segundo cajón y sacó un juego de llaves que había en la parte de delante. Cerró el cajón, se metió las llaves en el bolsillo, sacó el abrigo del armario y volvió a arrepentirse de no haber cogido la bufanda. Salió del despacho y se dirigió hacia Cannaregio, específicamente a la calle que había a la vuelta de la esquina del Palazzo Zaffo dei Leoni.
OceanofPDF.com