Cosecharas tempestades

Donna Leon · Capítulo 5 de 36

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Cosecharas tempestades

Capítulo 3

Danieli les proporcionó un coche con chófer para regresar a Venecia; Brunetti, que no había olvidado que era sábado y no estaban de servicio, no lo rechazó. Antes de salir de la questura, le devolvieron a Alvise sus efectos personales y lo primero que hizo una vez en la calle fue alejarse unos metros hacia la plaza a hacer una llamada. Brunetti vio el instante en el que la otra persona contestaba al teléfono: a Alvise se le iluminó la cara, pero después se volvió, de modo que no pudo estudiarle más que la espalda. El commissario se alegró de ver que parecía una espalda bastante contenta.

Brunetti, Vianello y Alvise esperaron delante de las ocho torres naranjas de la questura. Tal como le pasaba cada vez que había estado allí, el commissario se maravilló ante el tamaño de los edificios. Tiempo atrás, Venecia había tenido todo un imperio que gobernar (aunque sus líderes fueran lo bastante astutos para no haberlo llamado jamás así), y, en la ciudad, las instalaciones de la policía se alojaban en un palazzo venido a menos y unos cuantos edificios modernos. Treviso, que nunca había sido una gran potencia, contaba con ocho torres de varios pisos que recordaban, más que nada, a archivadores con rendijas para el aire.

Llegó el vehículo y Brunetti se alegró de ver que no era un coche patrulla de color azul claro, sino una especie de berlina azul de las que usaban los políticos. Le dio las gracias a Danieli y, una vez dentro, cerró el panel de cristal que los separaba del chófer. Oía el sonido suave del motor.

¿Era un coche eléctrico?

Sentados en el asiento trasero, se abrocharon los cinturones con cierta dificultad, sobre todo Alvise. Cuando ya estaban los tres seguros, el chófer salió de la piazza que había delante de las torres y emprendió el camino a Venecia. Alvise se volvió un poco hacia Brunetti y habló con gran formalidad.

—Muchas gracias por venir a buscarme, commissario. —Se giró hacia Vianello y añadió—: A usted también, Lorenzo. —Y a ambos—: Siento haberles estropeado el sábado.

—Creo que la lluvia ya se había encargado de eso, Alvise —repuso Brunetti.

Sabía que ese era el momento de hacerlo. Si no se lo preguntaba entonces...

Pero antes de pensar en cómo plantear la cuestión, Alvise carraspeó, repitió «Eh» varias veces y dijo:

—He llamado a mi pareja.

Brunetti y Vianello no pronunciaron ni media palabra.

—Es carpintero —explicó Alvise, y añadió—: Me había llamado varias veces. Estaba preocupado.

—Es comprensible —dijo Brunetti.

Alvise apoyó las manos en los muslos y tamborileó con los dedos unas cuantas veces antes de añadir:

—Es la primera vez que se lo cuento a alguien.

—¿El qué? —preguntó Vianello.

—Que tengo pareja.

—¿Y cómo te ha sonado?

—Un poco raro —respondió Alvise, que enseguida añadió—: Pero bien.

Me gusta. Me gusta cómo suena, y decirlo también.

—Si es tu pareja, deberías —confirmó Brunetti.

—¿Por qué no lo intentas otra vez, pero diciendo su nombre? —le sugirió Vianello, y le dio un pequeño codazo en el costado—. Quizá te

suene incluso mejor.

—¿Está de broma? —preguntó Alvise nervioso.

—Dario, esto es demasiado importante para hacer bromas.

Alvise respondió asintiendo varias veces con la cabeza y luego dijo:

—Cristiano. Mi pareja.

Con total naturalidad, Brunetti preguntó:

—¿Cuánto hace que lo conoces?

—Seis años.

Brunetti se quedó pasmado. Seis años y en la questura todo el mundo creía que vivía en el Lido con su madre viuda.

—Vino a casa un día porque mi madre necesitaba que alguien arreglase las puertas de un armario de nogal que lleva mucho tiempo en la familia —

explicó Alvise—. Él le dijo que tenía que volver a buscarlo con una furgoneta, porque se le había hecho una grieta grande en el panel trasero y necesitaba llevárselo al taller.

A Brunetti le sorprendió la facilidad con la que Alvise les contaba la historia. Los informes que preparaba, ya fuesen escritos o de viva voz, siempre eran caóticos: no había cronología ni descripciones de las personas involucradas ni constancia de lo que habían dicho. A menudo, el agente se retractaba y contaba versiones contradictorias.

Y, sin embargo, allí estaba: detallando el tipo de madera del armario, que tenía dos puertas y que había habido que llevarlo al taller de su pareja. Se preguntó si el hecho de hablar de alguien a quien quería hacía que la historia fuese más importante y más fácil de recordar.

El coche hizo un ligero viraje a la izquierda. El movimiento debió de sorprender a Alvise, que se tapó la boca con una mano como si quisiera detener el torrente de palabras del que no había sido consciente hasta ese momento.

—Lo siento —dijo, y miró a los dos policías y luego al chófer, como si le preocupase que lo hubiera oído todo.

Brunetti se preguntó si alguno de los agentes de la comisaría estaba al tanto de lo de Alvise y enseguida se dio cuenta de que no tenía modo de averiguarlo. Y no le quedó más remedio que admitir que tampoco importaba en lo más mínimo.

Alvise era feliz: eso era lo importante.

De repente, este soltó:

—Los sábados cuida de los hijos de su hermana. —Pasaron unos segundos antes de que añadiese—: Por eso no ha podido venir.

Los tres hombres guardaron silencio durante el resto del trayecto hasta Piazzale Roma. El chófer se colocó detrás de un autobús a punto de salir y detuvo el coche. Vianello abrió la puerta de su lado y los tres se apearon.

En la acera formaron un triángulo.

—¿Cree que el asunto está finiquitado, commissario? —preguntó Alvise.

—Me parece que sí. Danieli parece de fiar. Al fin y al cabo has tropezado y te has caído.

Vianello asintió con la cabeza.

—¿Y si alguien quiere saber qué hacía allí, signore? —le preguntó Alvise a Brunetti en voz baja.

El comisario estuvo a punto de decirle que podría contar que había intentado ayudar a sus compañeros de Treviso y que las cosas se habían torcido, pero había descubierto un lado nuevo de Alvise que le gustaba, así que repuso:

—Eso tienes que decidirlo tú.

El agente asintió con ademán rígido, con la espalda tan tiesa que, para mover la cabeza, tuvo que inclinar todo el tronco adelante y atrás como si hubiera consultado al cuerpo entero y no solo al cerebro.

Al cabo de poco encogió los hombros y soltó un gran suspiro.

—Creo que tendré que contar la verdad, commissario —dijo, y su cuerpo repitió ese movimiento extraño—. He ido porque creo que todos deberíamos poder amar a la persona que amamos. —Se quedó inmóvil y

miró a Brunetti, que era bastante más alto que él—. Es así de sencillo,

¿verdad?

—Ojalá lo fuese —respondió él.

—Yo voy a coger el transbordador —dijo Vianello—. ¿Vienes, Dario?

—Gracias, Lorenzo, pero hoy me toca cocinar y quiero hacer la compra.

—Alvise esbozó una sonrisa irónica y añadió—: No sabía que tardaría tanto en volver.

—Bueno —terció Brunetti—, pues nos vemos el lunes.

Se fijó en la mano de Alvise para ver si se movía con su habitual deseo nervioso de saludar a su superior. Pero, en lugar de eso, el agente retrocedió un paso que lo alejó de ambos y se llevó la mano al corazón.

—Me siento muy ligero. Como cuando era niño y salía del confesionario sabiendo que estaba perdonado.

—Solo que ahora no hay nada que perdonar —dijo Brunetti.

Alvise bajó la mano y les ofreció a él y a Vianello una sonrisa como jamás le habían visto; después se volvió muy deprisa y bajó los escalones que conducían al imbarcadero del número 1 en dirección al Lido.

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