Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 8 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 7

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, VEINTICINCO AÑOS ANTES, NOCHEVIEJA

 

—Estás borracha, mami —protestó James.

—No seas bobo —espeté, tirándole aún más del bajo del disfraz—. Y deja de moverte, por el amor de Dios.

—¡Ay! ¡Me haces daño!

Estaba intentando terminarle el traje de Batman para la fiesta de disfraces de Nochevieja del salón municipal. Le había pinchado sin querer en el tobillo y no me apetecía oír sus lloriqueos.

Había sido una semana agotadora. Tuve que hacer de cero los disfraces de los cuatro para un acto que me importaba un pimiento. En dos días, había hecho quince horas extra en el supermercado y tenía una lista de encargos de costura tan larga como mi brazo. Y aún no había empezado con la pila de cestos de ropa por planchar de la entrada. El día no tenía horas suficientes para mí. Así que ¿quién podía reprocharme que me animase con una copa de vino de vez en cuando?

Pues James, por ejemplo.

Solía descorchar la primera con el desayuno y a primera hora de la noche ya había otra botella vacía a su lado junto al cubo de la basura de la cocina. Pero no estaba borracha, desde luego, me dije, y me fastidió que mi hijo tuviese la desfachatez de suponerlo.

—Calla, no ha sido más que un pinchacito —bramé. A James se le empañaron los ojos, y eso me irritó más, porque no iba a conseguir más que retrasarme. Levanté la voz y lo cogí con fuerza de las muñecas hasta que forcejeó—. Vale, puedes parar de lloriquear y dejarme seguir con esto o hacer el ridículo en la fiesta y que tus amigos se rían de ti. ¿Qué prefieres?

En cuanto las palabras salieron de mi boca, supe que sonaba como mi madre. Últimamente veía muchas cosas de ella en mí misma, y no me gustaba, pero cuanto más fría me volvía más a menudo asomaba ella la cabeza.

James no tenía la culpa de que yo estuviese de tan mal humor. Durante las Navidades, había echado de menos a Simon más que nunca. Estaba a punto de empezar el año nuevo y yo no acaba de ver que las cosas fueran a arreglarse.

Tampoco ayudaba el que fuese mi trigésimo cuarto cumpleaños, el primero sin él desde que teníamos once años. Quería meterme en la cama, víctima de un coma etílico, y despertarme siete meses antes, para no volver a perderlo de vista el resto de nuestras vidas. En cambio, iba a ir a una fiesta llena de parejas que me recordarían lo que me estaba perdiendo.

También me dolió que los niños no se acordasen de mi cumpleaños, aunque yo intentase olvidarlo. En la mesa de la cocina, había cuatro regalos con tarjeta, de amigos, sin abrir, pero no había habido besos ni abrazos especiales de mi propia familia, solo la exigencia implacable de comida, disfraces y cuidados. Echaba de menos volver a ser el centro de atención de alguien.

—Hala, ya está, quítatelo para que no se arrugue —protesté mientras James salía airado de la habitación.

Me quedé sola, sentada en el suelo del salón, mirando fijamente la última gota de vino tanto en la copa como en la casa. Maldije a los niños por robarme tanto tiempo que no había podido escaparme a la bodega antes de que cerraran. Cuando todo lo demás iba mal, el vino era mi red de seguridad, y me enfurecía no tener una botella a la que recurrir si hacía falta. Temía que aún faltaran tres horas para que empezase la fiesta y pudiera tomarme otra copa.

El fuerte alboroto de la cocina era lo que me faltaba.

—¡Callad de una puñetera vez u os quedáis sin fiesta y os vais a la cama ahora mismo! —vociferé como mi madre, buscando una excusa para encerrarme en mi cuarto. Bajaron la voz, seguidamente rieron por lo bajo, después empezaron los chillidos—. Muy bien —aullé; luego me levanté, apoyándome en el brazo del sofá para no perder el equilibrio, y fui a plantarles cara. Los tenía de espaldas, pero Robbie no pudo esconder el pegamento y las tijeras que tenía en las manos, ni los trozos de papel de periódico que había por toda la encimera y por el suelo—. ¿Qué demonios estáis haciendo? ¡Mirad cómo lo habéis puesto todo! Además, sabéis que no os dejo jugar con tijeras. ¡Arriba, ya!

Aunque arrastraba un poco las palabras, mi enfado los dejó perplejos. Cuando se dispersaron, vi en la mesa una tarjeta de cumpleaños hecha por ellos, con un dibujo de nuestra casita y nuestra familia. Le habían hecho un marco con macarrones crudos y purpurina dorada.

—Felicidades, mami —mascullaron al unísono mientras Emily me la entregaba. Por dentro, decía: «Para la mejor mami del mundo. Te queremos mucho». Habían firmado todos con lápices de distintos colores y habían envuelto sus cosas favoritas a modo de regalos de cumpleaños: una concha, un dinosaurio y a Flopsy.

—A nosotros nos hacen felices y hemos pensado que a ti también — añadió James, que no se atrevía a mirarme a los ojos.

No sentía más que vergüenza. Cerré la tarjeta y vi que Simon no salía en el dibujo. Ellos habían entendido que ahora estábamos los cuatro solos; era yo la que no.

Fue como si me hubieran robado el aire. Me desinflé y me quedé boquiabierta y, por primera vez, me eché a llorar delante de ellos. Las lágrimas me pesaban tanto que me obligaron a inclinar la cabeza y terminaron doblándome por la mitad. Los niños se abalanzaron sobre mí con la fuerza de una melé.

—No llores, mami —dijo Robbie—. No queríamos ponerte triste.

—No lo estoy —sollocé—. Son lágrimas de felicidad.

Y algunas lo eran. No todas, claro, pero sí algunas. En un instante, reconocí todo lo que había hecho mal desde la desaparición de Simon.

En el fondo, sabía que había confiado en que el alcohol me mantendría cuerda. James tenía razón: estaba borracha, y no recordaba un día desde que Simon se había ido en que no hubiese bebido al menos un par de copas.

Lo estaba reemplazando con el vino y este, poco a poco, se había convertido en mi báculo y en el único destello de luz de mi rincón oscuro del mundo. Solo él limaba las asperezas y hacía que todo volviera a ser soportable. Me ayudaba a no pasar la noche dando vueltas porque me inducía al sueño. Me consolaba cuando imaginaba todas las cosas malas que podían haberle pasado a Simon. Era mi recompensa por haber conseguido superar un día más sin derrumbarme después del aborto.

Sin embargo, cuando bebía demasiado, me amargaba. Me odiaba por ello, pero culpaba a Simon por obligarme a llevar una vida que yo nunca había querido. Y lo peor de todo: me hacía pagar mis frustraciones con mis hijos. Claro que no era culpa de él, sino mía.

Decidimos que no iríamos a la fiesta del ayuntamiento, guardamos los disfraces en una bolsa y los metimos en el armario del hueco de la escalera. Luego nos quedamos levantados hasta medianoche para recibir el año nuevo juntos, viendo la tele. Y los tres pares de bracitos que me achucharon tanto rato sin que lo notara me dieron más fuerza y más ánimo de lo que una botella de vino me había dado —o volvería a darme— jamás.

 

SIMON

 

SAN JUAN DE LUZ, VEINTICINCO AÑOS ANTES,

AÑO NUEVO

 

Por el aire volaban los corchos de las botellas de champán mientras un millar de voces vitoreaban por toda la plaza del pueblo. Las campanas de la iglesia de San Juan de Luz anunciaron la llegada del Año Nuevo, mientras los lugareños lo celebraban con palmadas en la espalda y besos en las mejillas.

Mi primera réveillon de la Saint-Sylvestre, la Nochevieja francesa, había empezado hacía unas horas con un festín de alimentos asados, escaldados y marcados por el atento personal de las cocinas de los restaurantes, los cafés y los bares de la zona. Montones de platos repletos de deliciosa comida se apilaban en cada centímetro de espacio disponible en mi Hôtel Près de la Côte para su gran reapertura. Se juntaron mesas, que se cubrieron con manteles de lino y encaje de color marfil y se decoraron con ramitas de acebo de plástico y gruesas velas blancas. Titilaban las llamas por toda la estancia y envolvía a todo el mundo en un rubor anaranjado, como si estuviésemos celebrando un banquete en el vientre de una hoguera.

Yo era uno de los más de trescientos amigos, vecinos y comerciantes sentados unos junto a otros en taburetes de madera, disfrutando de la celebración. Luego, con la comida aún en el estómago, llegó el momento del tradicional paseo a la iglesia, al aire cálido, para la misa de medianoche. Aunque hacía una eternidad que me había olvidado de la religión, era un lugar al que debía ir, con algo de hipocresía, para dar gracias por la segunda oportunidad que se me había dado. Y a prepararme para la tercera.

Cuando empezaron a sonar las campanas, me sumé a la extensa congregación que se dirigía en masa, con las antorchas encendidas, a la plaza, destino final de nuestras celebraciones. Allí, una banda uniformada de instrumentos de viento tocó canciones tradicionales francesas mientras volaban globos por el aire inmóvil y los cañones de confeti decoraban el cielo.

—¡Feliz Año Nuevo, colega! —gritó Bradley mientras brindábamos.

—Y a ti.

—¿Algún buen propósito?

—Solo uno —respondí con vaguedad.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Y cuál es?

—No te lo puedo decir, da mala suerte.

—¿Mala suerte? Qué raritos sois los británicos.

Meneó la cabeza, divertido, y se alejó en dirección a una esbelta camarera en la que llevaba todo el día fijándose.

Yo me quedé donde estaba, debajo de un cerezo sin hojas, haciendo fotografías mentales mientras la multitud cantaba, bebía y bailaba. Dejé mi copa medio llena en la base de una estatua, apagué el cigarrillo en los adoquines y me encaminé despacio al Hôtel Près de la Côte. Me situé en la acera de enfrente y analicé el modo en que los meses de intensa reforma habían cambiado su aspecto radicalmente. Me emocionaba mi logro.

Al abrir la puerta principal, cerrada con llave, me recibió el cálido sonido del silencio. Enfilé el pasillo rumbo a mi habitación y saqué del armario la mochila de lona verde que me había comprado recientemente. Hacía unas horas, había guardado en ella mi escasa colección de posesiones materiales: ropa, un par de libros, mapas y dinero que había ido escondiendo en calcetines enrollados. Y el pasaporte de Darren, claro. El hotel no sería el único que empezaría el año con una nueva identidad.

Cerré la puerta del dormitorio y volví a recepción, deteniéndome solo un instante para examinar la fotografía que Bradley había pinchado en el tablón de anuncios. Era una foto de una decena de nosotros, incluido Darren, sentados en el patio, saludando a la cámara con los botellines de cerveza. Sonreí como ellos.

Había pasado los últimos seis meses de mi vida con personas que no tenían ni idea de quién era. Nadie me había juzgado, ni desafiado, ni machacado, y me parecía perfecto. Había estado a salvo y podía haber pasado otro año, otros dos… puede que hasta cinco en aquel pueblo, pero sabía que, al final, me fallarían. Todo lo que te hace feliz termina decepcionándote.

Y no tenía sentido crearme una nueva vida si no iba a vivirla. Todo sería en vano. Prefería escapar cuando yo quisiera, mientras no tuviese otra cosa que recuerdos bonitos. De modo que, con pesar pero motivado por la ilusión de lo que me esperaba, me preparé para alzar el vuelo.

Encendí una vela por cada uno de los tres niños a los que había abandonado y otra por mí mismo y las dejé en el comedor, en recepción, en mi dormitorio y en la puerta de atrás. Las llamas de varios centímetros apenas tardaron un minuto en prender los bajos de las cortinas y trepar hacia el cielo, destruyéndolo todo a su paso.

Cerré la puerta principal al salir, me colgué la mochila a la espalda y subí por la larga calle empinada que conducía a la estación. Me detuve a medio camino para echar un último vistazo al edificio que me había permitido rehacerme. Un resplandor rojo iluminaba ya un par de habitaciones y pronto las seguirían otras.

Como con mi familia, había creado algo casi perfecto. Pero la perfección se desvanece. Le había pasado a Catherine, y le pasaría también al Hôtel Près de la Côte. Nadie lo querría tanto como lo había querido yo. Nadie oiría su grito de auxilio como lo había hecho yo, ni lo restauraría como merecía. No permitiría que otros lo estropearan como ya lo habían hecho antes. Sería yo quien decidiera cómo alcanzaría el final que merecía.

Quince minutos más tarde me senté en la acera, delante de una estación sin vida, y me llené por última vez los pulmones de la suave brisa del mar. Me puse la mochila debajo de la cabeza, me tumbé en el suelo y me quedé dormido con el ruido de estallidos, gritos y pequeñas explosiones.

 

NORTHAMPTON, HOY, 12:30

 

—No lo entiendo —dijo ella, perpleja—. Te dedicas en cuerpo y alma a la remodelación de ese edificio ¿y luego le prendes fuego? —Él asintió despacio con la cabeza y dio unos golpecitos con el pie en el suelo—. ¿Eso es lo que haces? —prosiguió—. ¿Te esfuerzas en construir algo asombroso y luego lo destruyes por algo que piensas que hice hace veinticinco años? —Esa vez dejó la cabeza quieta, pero ella insistió—: ¿Era ese nuestro problema, que éramos la familia perfecta que siempre habías querido pero que, en cuanto la tuviste, te diste cuenta de que, después de todo, no nos necesitabas?

—No —respondió con convicción. No eran perfectos, ni mucho menos, de eso ya se había encargado él, pero dejaría esa parte para después.

La rabia inicial de ella había dado paso a la frustración. Él parecía muy decidido a obsequiarla con una selección de relatos de su pasado, pero, como había tantas lagunas abiertas a la interpretación, ella, lógicamente, quería saber más. Entonces él se cerraba como una ostra o cambiaba de tema. A ella le fastidiaba haberse dejado camelar. Aun así, no estaba dispuesta a abandonar su línea de interrogatorio solo por la reticencia de él.

—Pero tú hiciste amigos allí. Mientras yo trabajaba como una esclava y vendía todo lo que teníamos, ¡tú estabas tan tranquilo!

—Nada tan satisfactorio dura mucho, Catherine —respondió él. Sonreía, pero ella detectó la tristeza en la que se apoyaba aquella sonrisa—. Ni el hotel, ni la gente, ni mi vida aquí o allí. Por eso es mejor vivir a tu manera que a la de los demás.

—Entonces ¿estabas deprimido? Una depresión la puedo entender, ya sabes por lo que pasé yo antes de que te fueras, pero podías haberlo hablado conmigo, dejarme apoyarte como tú me apoyaste a mí. No hacía falta que huyeras.

—Yo no he dicho que estuviera deprimido, Catherine. Son suposiciones tuyas.

—¡Pues, repito, no lo entiendo! —dijo ella, irritada—. ¿Por qué te fuiste? Tanto misterio y todavía no me has dicho lo único que quiero saber. ¿Qué fue eso tan horrible que hice para que salieras corriendo?

La tuvo esperando, como el cigarrillo que se consume lentamente. Ella no sabía a qué jugaba, pero a él se le daba mejor que a un político evitar las respuestas importantes.

A pesar de lo mucho que le fastidiaba que la manejaran como a una marioneta, le daba la impresión de que tendría que seguirle el juego un poco más antes de poder cortar los hilos.