Cuando desapareciste
Capítulo 10
SIMON
CAYO HUESO, ESTADOS UNIDOS, VEINTITRÉS AÑOS ANTES,
1 DE FEBRERO A LAS 18:15
Unos trece kilómetros cuadrados. Algo más de veinticinco mil personas. Cincuenta hoteles. Veinte pensiones. Tres albergues. A más de siete mil kilómetros de casa.
Las probabilidades de que sucediera eran mínimas. Aun así, el destino se encargó de emparejar mi nueva vida con la antigua en forma de dos caras conocidas.
La ubicación de Cayo Hueso en la punta más septentrional de Estados Unidos la convertía en un destino atractivo para pescadores y buzos. Como Bradley me había enseñado los rudimentos del buceo en Francia, me había prometido que, si se presentaba la ocasión, exploraría los océanos donde y cuando pudiera.
Había ido alejándome cada vez más de la costa a lo largo de la semana con un grupo de buzos también medio novatos. Las aguas cristalinas de mar adentro y el arcoíris de colores de los corales me habían conquistado. Nadé tras mantos de peces de arrecife, celoso de un entorno que para ellos era normal.
Anoté mi primera actividad de buceo en naufragios para el fin de semana siguiente, para explorar los restos del Benwood, un antiguo carguero de ciento diez metros de eslora hundido junto a las costas de Cayo Largo, pero, después de mi quinto día consecutivo de inmersión, me dolían todos los músculos y agradecí una noche a solas en el bar restaurante de la playa.
Como había pasado tanto tiempo en compañía de peces, me parecía cruel darme un festín de ellos, así que pedí en el bar una ensalada César, me senté fuera, en una mesa bien iluminada, y me encendí un cigarrillo mientras me preparaba para disfrutar viendo cómo se escondía el sol detrás de las barcas que se mecían en el horizonte.
Una pareja que iba de la mano por la acera de enfrente me llamó la atención cuando se detuvieron a besarse delante del hotel. Al principio no les vi nada extraordinario ni significativo, pero incluso de lejos sus gestos me resultaron familiares. Me pregunté si nos habríamos cruzado en algún albergue, pero, cuando los faros de un coche que pasaba les iluminó las caras, se me paró el corazón.
Eran Roger y Paula.
Vi pasmado cómo Roger se descolgaba la cámara que llevaba al cuello y enfilaba los escalones de entrada al hotel. Paula se rezagó para recolocarse un pendiente y, mientras lo hacía, barrió con la mirada los alrededores. Antes de que a mí me diera tiempo a reaccionar, pasó la vista por encima de mí y continuó, pero, cuando volvió a mirarme, atónita, y nuestros ojos se encontraron, supe que el juego había terminado.
CATHERINE
NORTHAMPTON, VEINTITRÉS AÑOS ANTES,
1 DE FEBRERO
Llevaban tanto tiempo en el porche, acumulando polvo, que habían empezado a formar parte del mobiliario. Solía echar un vistazo a las zapatillas de correr de Simon cada vez que pasaba por allí, ansiando vérselas puestas de nuevo, pero comenzaba a concienciarme de que eso nunca iba a pasar.
Quitarlas de allí era como llegar a la última página de un libro que no estaba preparada para terminar, pero, si iba enfrentándome poco a poco a pequeños desafíos, los grandes me resultarían menos amedrentadores. Las agarré, me las llevé a la despensa y las puse junto con mis botas de lluvia, debajo del estante de las sartenes.
Ese mismo día volví a verlas en el porche. Las trasladé otra vez, pero por la mañana habían vuelto. Me dije que era imbécil por imaginar que el fantasma de mi marido había vuelto a dejarlas donde creía que debían estar.
Supuse que el verdadero culpable era Robbie. Su logopeda lo iba animando despacio a que recuperara la voz y la confianza, por lo que no quise tratarlo con él y arriesgarme a que pensara que estaba haciendo algo malo. Sin embargo, por asegurarme, las llevé a la despensa una vez más. Un par de días después, estaba sentada en la cocina descosiendo un bolsillo de una chaqueta cuando oí que las patitas de Oscar recorrían la casa y lo vi, sin que se diera cuenta, agarrar la primera zapatilla por los cordones y alejarse con ella. Luego volvió a por la segunda.
Lo seguí y vi que las dejaba junto a la puerta de la calle, exactamente en la misma posición en que habían estado durante casi dos años. Se sobresaltó al verme, luego recuperó la compostura y se fue. Había tenido presentes los sentimientos de todos los miembros de la casa, salvo los del amigo fiel de Simon.
Así que no volví a tocarlas, hasta que también él nos dejó.
SIMON
CAYO HUESO, ESTADOS UNIDOS, VEINTITRÉS AÑOS ANTES,
1 DE FEBRERO A LAS 18:20
La velocidad a la que volví la cabeza me produjo un dolor punzante e intenso en el cuello que me llegó hasta la base del cráneo, pero no tenía tiempo para ocuparme de él ni para enmendar la postura. Clavé los ojos en el reflejo del cristal ahumado del ventanal del restaurante y recé para pasar inadvertido, pero ella seguía ahí, escudriñando un recuerdo.
Dudaba mucho que Roger hubiera podido seguirme el rastro hasta Florida. Yo no sabía qué dirección iba a tomar hasta que me encontraba en un cruce de caminos, de modo que a cualquier otra persona le habría hecho falta una bola de cristal para saber dónde encontrarme de una semana a la siguiente. Además, Simon no había dejado rastro. Yo era Darren Glasper.
Así que debía de haber sido la casualidad la que nos había llevado exactamente al mismo lugar, de exactamente la misma calle, a exactamente la misma hora. El destino era de lo más imprevisible.
Recé para que Paula llegase enseguida a la conclusión de que sus ojos la habían engañado. Mientras seguía observando su reflejo, la vi menear la cabeza a mi espalda, creyendo, como yo, que era demasiado disparatado para ser verdad. La incertidumbre la hizo vacilar, como si necesitase que alguien le confirmara que aquello era absurdo. Pero no había nadie allí que pudiera ayudarla.
Empecé a relajarme un poco cuando se volvió hacia los escalones del hotel por los que Roger había subido hacía un momento. Titubeó, se volvió de nuevo, y repitió los movimientos como si la estuvieran rebobinando y adelantando con un mando a distancia.
Con el corazón alborotado, confié en que entrase corriendo a buscar a Roger y me dieran la oportunidad de escapar. Pero no lo hizo. Al contrario: se acercó al bordillo para ver mejor.
Llevado por el instinto de supervivencia y sin volver la cabeza, tiré el cigarrillo encendido a la acera, me levanté y empecé a caminar. Me moría de ganas de mirar por encima del hombro para asegurarme de que estaba solo, pero me aterraba lo que pudiera encontrarme. Apreté el paso.
—¡Simon!
Su voz me cortó como un cristal. Se me infló el pecho y sentí unas ganas incontrolables de evacuar el intestino. Me costaba respirar y me flojeaban las piernas. Lo único que podía hacer era ignorarla y seguir adelante.
—¡Simon! —gritó otra vez, pero con mayor autoridad.
Por la cercanía de su voz supe que me estaba dando alcance, pero aún iba por la acera de enfrente. «¡Déjalo estar!», me grité por dentro, y aceleré hasta casi correr, pero Paula debía de haber trotado un poco para darme alcance. Había olvidado lo pesada que podía llegar a ponerse cuando quería algo. Era como un perro con un hueso. La mayoría del tiempo la había aguantado porque era la mejor amiga de Catherine y la novia de Roger. Prefería a Baishali, una mujer pasiva que huía del conflicto. ¿Por qué no había sido ella la que me había visto?
No pudiendo contener la frustración y en contra de toda sensatez, me volví y la vi buscando el modo de cruzar entre los vehículos en marcha. Aproveché la ventaja y eché a correr como presa desesperada por escapar del cazador.
—¡Eres tú!, ¿verdad? —me gritó por encima del ruido del tráfico. El semáforo se puso en rojo y aprovechó la ocasión para cruzar la calle a la velocidad de un tornado—. ¡Deja de correr, cobarde! —chilló—. ¡Sé que eres tú!
Aún me dolía el cuerpo de las inmersiones y de la creciente ansiedad. Como estaba fumando tanto, me faltaba el aire. A no ser que se obrara un milagro, sabía que iba a tener que enfrentarme a lo inevitable, así que me detuve.
En cuestión de segundos, me clavó los dedos en el hombro y me obligó a volverme. Aunque estaba convencida de que era yo, al confirmarlo por fin se quedó estupefacta. Nos miramos furiosos y en silencio hasta que ella desató su rabia.
—¡Puto imbécil egoísta! ¿Cómo has podido hacerles esto? —me gritó, clavándome el dedo en el pecho. Yo puse cara de circunstancias y guardé silencio—. Tu familia ha vivido un infierno sin ti, ¿lo sabías? —prosiguió.
No quería saberlo.
—Bueno, ¿qué tienes que decir en tu defensa?
«Nada, la verdad».
—¿Qué demonios te pasa? —chilló, cada vez más frustrada por la falta de expresión de mi semblante.
No me pasaba absolutamente nada hasta hacía unos minutos.
Me dio una bofetada. Me dolió. Me dio otra. Se me quedó la cara entumecida. Otra. Ya no sentí nada.
—¡Joder, Simon! ¿Tienes idea de lo mal que nos lo has hecho pasar a todos?
No me interesaba.
—¡Di algo, cobarde! ¡Me debes una explicación!
No le debía nada. De hecho, no tenía por qué justificarme ni justificar mis actos delante de ella, ni de nadie, la verdad. No le debía nada al mundo y me fastidiaba que fuera tan arrogante de dar por supuesto que sí.
—Bueno, ¿qué? ¿Te vas a quedar ahí como un pasmarote?
No, no era mi intención.
Con toda la fuerza de que fui capaz y la de todo lo que me impulsaba a avanzar, la agarré con ambas manos por los mofletes, la obligué a bajar a la calzada y luego la empujé a los vehículos que venían.
No tuvo tiempo ni de gritar.
Ni el crujido de sus huesos bajo las ruedas de la furgoneta ni el chirrido de los frenos hicieron que dejase de andar o me volviera a mirar.
NORTHAMPTON, HOY, 14:40
Catherine procesaba inmóvil el horror de aquella confesión. Su marido era un asesino.
No quería creerlo, porque lo que acababa de reconocer no tenía sentido en absoluto. Nunca había conocido a nadie que hubiese asesinado a otro ser humano. Desde luego no a alguien a quien hubiera dejado entrar en su casa. Y menos aún alguien a quien hubiera amado. No tenía ni idea de qué responder.
Pasó un tiempo que a Simon se le hizo eterno sin que ninguno de los dos dijese nada. Él tenía los ojos clavados en la alfombra; ella lo taladraba con la mirada. No le pareció oportuno interrumpirla.
—¿Mataste… mataste a Paula? —tartamudeó ella.
—Sí, Catherine, lo hice —respondió él, a regañadientes pero sin arrepentirse.
—Estaba embarazada —dijo ella en voz baja.
Él inspiró hondo.
—Eso no lo sabía.
Se puso pálida y empezó a encontrarse mal. De hecho, más que encontrarse mal le dieron ganas de vomitar. Se levantó de la silla de un salto, le falló el tobillo malo y puso cara de dolor. Subió a trompicones al baño y cerró la puerta de golpe. No le dio tiempo a levantar la tapa del váter y, con la primera arcada, puso el suelo perdido; a la segunda, en cambio, ya estaba preparada y lo echó en la taza.
Él se quedó abajo, entristecido al saber que ese día se habían perdido dos vidas y no solo una, como él había supuesto. Pero había hecho lo necesario en ese momento.
Se levantó, se paseó nervioso por el salón y la oyó vomitar arriba. Siempre había sabido que, si era completamente sincero con ella —y para eso estaba allí después de todo—, resultaría desagradable. Y todavía faltaba lo peor. Muchísimo peor. Porque Paula no era la primera persona a la que había matado, ni sería la última. Pero no hacía falta que Catherine lo supiera aún.
Arriba, a ella se le pasaron las náuseas, pero se quedó sentada en el suelo, abrazada a la cisterna, con la espalda pegada al radiador.
De pronto le dio pánico el monstruo que estaba abajo, ahora que había desvelado de lo que era capaz. Ladeó el cuerpo y estiró el brazo para echar el pestillo. Las puertas eran viejas y pesadas, pero no imposibles de romper. Bastaría con unas cuantas patadas.
Se preguntó cómo alguien a quien conocía tan bien, con quien había formado una familia y se había construido una vida, podía haber hecho daño a alguien tan maravilloso como Paula. Aunque hacía un tiempo que no pensaba en su vieja amiga, recordaba su horror al enterarse de que había muerto atropellada en el extranjero tras un ataque fortuito y, por lo visto, completamente estúpido. A pesar de la investigación exhaustiva, nunca se detuvo ni se acusó a nadie.
Ella se había quedado desolada, como es natural. Justo antes de irse de vacaciones con Roger, Paula le había confesado, como hacen las buenas amigas, que estaba embarazada. Catherine se había alegrado muchísimo por ella y enseguida le había hecho tres bodis y un trajecito de una pieza para dárselos en cuanto volvieran. Lloró abrazada a ellos cuando la madre de Paula le dio la noticia.
Recordaba el día del funeral, al que había acudido el pueblo entero sin excepción a presentar sus respetos. Después pasó mucho tiempo consolando a Roger, que se culpaba por haber dejado sola a Paula aquellos minutos cruciales y fatídicos. No había logrado averiguar adónde se dirigía ella cuando la habían asesinado.
De repente, giró el pomo de la puerta y ella dio un respingo.
—¡Déjame en paz! —graznó, con la garganta irritada por los ácidos. Pero él no tenía intención de marcharse aún.
—Catherine —dijo con calma—, sal, por favor.
—¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Me vas a matar a mí también? ¿Por eso has vuelto?
En otras circunstancias, Simon se habría reído.
—No, claro que no.
—¿Y yo cómo lo sé? No tengo ni idea de quién eres. Ya no te conozco.
—Tampoco yo a ti, pero todos cambiamos, Catherine. Todos.
—¡Pero no todos nos convertimos en asesinos y matamos a nuestros amigos!
En eso tenía razón.
—Baja y hablamos.
—¿De qué? Nada de lo que digas puede justificar lo que hiciste.
—Ni pretendo hacerlo. Lo hecho, hecho está, y no me arrepiento de nada. He venido desde muy lejos para verte, Catherine. Por favor.
Ella guardó silencio y lo oyó bajar despacio las escaleras. Inspiró hondo unas cuantas veces y se refrescó la cara. Se secó con la toalla y la sorprendió su reflejo en el espejo. La miraba una mujer mayor. En el tiempo que él había pasado en su casa, había vuelto a tener treinta y tres años. Ahora volvía a tener, clarísimamente, cincuenta y ocho.
Limpió el suelo del baño y, olvidando el sentido común, abrió la puerta. Mientras se dirigía al rellano, decidió que, si tenía que morir a manos de Simon, se lo iba a poner muy difícil.