Cuando desapareciste
Capítulo 9
CATHERINE
NORTHAMPTON, VEINTICUATRO AÑOS ANTES,
15 DE ABRIL
Fue culpa mía por no pensármelo bien. No ocurrió de inmediato, pero, poco a poco, empecé a detectar lo mucho que había impactado a los niños el que yo reconociera que ya no esperaba encontrar a Simon vivo.
Aunque en la tarjeta de cumpleaños que me habían hecho solo apareciéramos los cuatro, en el fondo aún albergaban la esperanza de que pudiéramos encontrarlo. Luego yo había abierto la bocaza. Ellos no sabían manifestar su dolor de otro modo que enfadándose con alguien y, como él no estaba, lo pagaron conmigo.
Ser madre soltera resultaba aún más duro cuando se habían conocido las ventajas de compartir responsabilidades. Ahora me veía obligada a tomar decisiones yo sola. Era el poli bueno y el poli malo; los educaba y los mantenía; era amiga, madre y enemiga. Me hallaba sentada bajo un nubarrón permanente de remordimiento, por lo mucho que bebía, por regañarles cuando se portaban mal, por desatenderlos cuando trabajaba, por dejar que su padre desapareciera… por todo.
Claro que ellos eran demasiado pequeños para detectar mis límites, los botones que no había que pulsar, así que, cuando no se salían con la suya, entraban en erupción como pequeños volcanes, algo que a su vez desataba mis sentimientos cambiantes hacia Simon. Agradecía que ellos lo tuvieran siempre presente, pero también ansiaba el momento en que fuera desapareciendo poco a poco de su memoria. Era egoísta, lo sabía, pero me haría la vida mucho más fácil.
James se rebelaba fastidiando a los demás. La directora del colegio me llamó varias veces para hablarme de su mal genio. Al final no le quedó más remedio que expulsarlo una semana, después de una pelea en la que el otro niño perdió un diente. Aproveché ese tiempo para razonar con él, empatizar e imponerle su castigo, y me pareció que conectábamos. Entonces Roger lo trajo a casa una noche en un vehículo policial después de haberlo visto tirando piedras a los automóviles aparcados a la puerta de la iglesia. Volví a la casilla de salida.
James estaba furioso con su padre por haberlo abandonado y yo ya no sabía qué hacer. Dejó de apetecerle jugar con los amigos con los que no se había pegado, así que se desquitaba con los maltrechos soldados de juguete y las Tortugas Ninja, y escenificaba cruentas batallas que terminaban en muerte. Hasta dejó de leer los libros de The Hardy Boys que Simon le había comprado y de ver a tíos gordos con leotardos de vivos colores pelear en la tele los sábados por la tarde.
Solo parecía encontrar algo de paz cuando escuchaba sus discos. Se gastaba su asignación en cedés sencillos, y eso me dio una idea. Saqué la vieja guitarra acústica que Simon le había regalado en su quinto cumpleaños y que James había metido debajo de la cama. La desempolvé, pagué para que le cambiaran las cuerdas y se la entregué, sabiendo que posiblemente no lo impresionaría.
—También te he comprado esto —añadí, y le di un manual para aprender a tocar la guitarra y algunas partituras de su nuevo grupo favorito, U2—. ¿Crees que han llegado donde están destrozándose los nudillos y haciendo que los expulsen del colegio? —le pregunté, aunque sabía en mi fuero interno que así era precisamente como probaban por primera vez la anarquía todas las estrellas del rock.
Se encogió de hombros.
—Pues no. Trabajaron en su música hasta que vieron lo que querían conseguir con ella. Si quieres ser como ellos, puedes empezar por aprender a tocar esto. Si te gusta y ensayas todos los días, te pagaré unas clases en condiciones. Y puede que algún día saques tu propio disco.
Yo sabía bien que no, pero una mentirijilla no le haría ningún daño. Vi en sus ojos un destello diminuto de curiosidad que trató de esconder. Y empezó a aprender acordes, encerrado en su cuarto, cuando creía que yo no lo oía.
Con las semanas, su entusiasmo generó problemas propios, como la reproducción de Mysterious Ways, con aquella espantosa percusión, hasta el hartazgo. Pero, si servía para tenerlo distraído y con los puños ocupados, no me importaba que fuese a costa de mi cordura.
El pobre Robbie, en cambio, era un caso muy distinto.
1 DE MAYO
Convencer a James de que podía convertirse en otro Bono fue pan comido comparado con lograr sacar a Robbie de su encierro en sí mismo. Había subestimado la hondura de sus problemas.
Viéndolo crecer de recién nacido a bebé y luego a niño, había aceptado que no era como su hermano ni como los hijos de nuestros amigos. Era un niño sensible, introvertido, que llevaba el peso del mundo sobre sus jóvenes hombros en un momento de su vida en que el mundo tendría que haberlo llevado a él. Podía hacer un problema pequeño diez veces peor dándole vueltas él solo en vez de compartirlo conmigo.
Además, mientras James y Emily iban adaptándose a una serie de reglas nuevas, Robbie se encerraba cada vez más en sí mismo. Iba a necesitar uno de esos tenedorcitos que te ponen en los restaurantes franceses con los caracoles para sacarlo de su concha.
Sus profesores decían que se portaba bien. Era inteligente para su edad y tenía un dominio de la lengua y las matemáticas propio de un niño mayor de seis años, pero no manifestaba ningún interés en demostrar lo listo que era delante de su clase. Desde el punto de vista social, se estaba volviendo un ermitaño.
Robbie parecía disfrutar de la compañía de sus hermanos, solo que no la necesitaba. Cuando le suplicaban que hablara o jugara con ellos, chocaban con un muro de ladrillo. Poco a poco, fue usando cada vez menos las palabras, hasta que un día enmudeció por completo.
Con su habitual desenfado, Paula quiso convencerme de que lo hacía por llamar la atención; Baishali, en cambio, se mostró más sensible a mi preocupación. Como después de una semana de silencio estaba loca de angustia, inicié un periplo por médicos y psicólogos infantiles hasta terminar en la consulta de una especialista en salud mental.
—No es estúpido —le dije a la doctora Phillips con aire defensivo tras una batería de preguntas y unos test de personalidad.
Le agarré la mano con fuerza a Robbie, temiendo la valoración que la doctora fuese a hacer de mi hijo.
—Eso ya lo sé, señora Nicholson —contestó con una sonrisa tranquilizadora—. El propósito de esta consulta no es juzgar a Robbie, sino localizar el problema.
—¿Qué cree que le pasa?
—Creo que sufre lo que se conoce como mutismo selectivo. Significa que puede hablar si quiere, pero ha decidido no hacerlo.
—No sé si lo he entendido bien —dije, ceñuda—. ¿Insinúa que ya no quiere volver a hablar conmigo?
—No solo con usted, con nadie. Es raro, pero pasa. Los niños, sobre todo los que son especialmente sensibles a algún cambio en el entorno o en la unidad familiar como es su caso, pueden tener la sensación de que apenas controlan su vida. Sin embargo, sí que pueden dominar su reacción ante esas situaciones, y Robbie ha decidido reaccionar a la suya dejando de hablar.
—Entonces, ¿es solo una fase por la que está pasando?
—Quizá sí, quizá no. He conocido casos como el de Robbie que han durado años. A otros les dura unas semanas y luego vuelven a la normalidad. No hay forma de saberlo.
Me volví angustiada hacia Robbie, que, aunque escuchaba con atención, no decía ni mu.
—Robbie, por favor, di algo. Dile a la doctora Phillips que se equivoca.
El niño me miró y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero luego se lo pensó mejor y la cerró. Bajó la vista al suelo.
Billy, mi crisis nerviosa y luego la desaparición de su padre habían tenido sin duda un efecto devastador que yo tendría que haber previsto. El mundo era demasiado enorme y terrible para mi pequeño, y tenía miedo de que alguien oyera su voz.
—Le sugiero que vuelvan a casa y hagan vida normal —añadió la doctora Phillips—. Hay un terapeuta excelente que le puedo recomendar y, señora Nicholson, aún no he visto ningún caso que se haya prolongado de forma indefinida. Procure no preocuparse y sea paciente.
Para ella era muy fácil decirlo.
30 DE MAYO
Hacer que Robbie se sintiera aún más incómodo no iba a ayudarle, así que, aunque no fingíamos que todo seguía igual, tampoco lo sometimos a más presión.
Aprendí a no subestimar nunca la fragilidad de los niños. Quizá sus hermanos no entendiesen sus motivos, pero los aceptaban y lo trataban como siempre. Su profesora dejó incluso de hacerle preguntas en clase, para no avergonzarlo delante de sus compañeros.
Sin embargo, como consecuencia de su alienación, Robbie pasaba los recreos solo. Una mañana lo llevé al colegio y me quedé merodeando a la entrada, viendo a los otros niños jugar con sus Transformers y a la rayuela en cuadrados pintados con tiza.
Se me encogió el corazón al ver a Robbie, sentado en un rincón, solo. Me dieron ganas de acercarme corriendo a él, tomarlo en brazos, acariciarle el grueso pelo rubio y llevármelo a casa para arreglarlo todo. Pero sabía que eso era imposible. Debía dejarlo resolver aquello por su cuenta. La culpa era mía, no suya.
4 DE JUNIO
Al año de la desaparición de Simon, Emily había pasado casi un cuarto de su vida sin su padre, que había contribuido a engendrar una preciosa bola de energía, pero no había tenido la suerte de verla convertirse en una niña asombrosa. Y al no haber podido conocer a su padre, ella se había perdido un extraordinario modelo de conducta. Me entristecía.
Había heredado de Simon su compasión por los animales. Habían ocupado, en uno u otro momento, la mesa de nuestra cocina crías de estornino abandonadas, caracoles con la concha rota, gusanos con medio cuerpo y un frasco de renacuajos que una vez me dijo que «echaban de menos a su papá rana».
Cuando se cumplió un año de la desaparición de su padre, nuestra familia estaba prácticamente intacta. Nos habíamos sentido asustados, solos, maltratados, abandonados, confundidos, silenciados, enfadados y aún nos quedaban cardenales. Pero no estábamos derrotados.
Mi trabajo me estaba proporcionando unos ingresos regulares y sustanciosos, estábamos pagando las facturas y la hipoteca a tiempo y yo había aprendido a mantener a raya mis sentimientos siempre que me acordaba de Simon. Caí en la cuenta de que lo deseaba más de lo que lo necesitaba.
Los pequeños pasos que habíamos ido dando nos permitían por fin decirle adiós. Nos pusimos nuestras mejores ropas y fuimos de la mano hasta el puente que cruzaba el arroyo, al día siguiente del primer aniversario de su desaparición. Oscar se quedó rezagado, decidido a dar caza a uno de los conejos silvestres que siempre se le escapaban. Había habido veces en que me había preguntado qué se sentiría al meterse en el agua y dejarse llevar por la corriente. Pero todo eso había quedado atrás.
—Quiero decirte que te echo mucho de menos, papá, y que gracias por la guitarra —empezó James cuando nos sentamos. Luego arrancó la hoja del cuaderno de ejercicios en la que había escrito una canción sobre su padre, la metió por entre los barrotes de madera y dejó que se alejara flotando.
Robbie solo logró esbozar una sonrisa cuando tiró al arroyo un dibujo de Simon sentado en una nube junto a un ángel. Emily, emocionada por la excursión pero incapaz de comprender su significado, cantó el Cumpleaños feliz, y no entendió por qué los demás nos reíamos. Le di un abrazo.
Yo había hecho una copia impresa de la última fotografía que nos habíamos hecho todos juntos, en Semana Santa, y la tiré al agua.
—Gracias, Simon, por los años maravillosos que pasamos juntos y por la familia que formamos. Siempre te querré.
Estuvimos sentados en el puente hasta bien pasada la hora de la cena, reviviendo recuerdos y anécdotas desde cómo nos habíamos conocido él y yo hasta el mejor partido de fútbol al que había llevado a los niños.
Un año que había empezado con tanta tristeza y tanto dolor se había cerrado con cariño y con amor.
SIMON
GEORGIA, ESTADOS UNIDOS, VEINTICUATRO AÑOS ANTES,
19 DE ABRIL
Mi reencarnación estadounidense me hacía sentir el hombre más afortunado del planeta.
Los hoteles y los moteles eran confortables y ofrecían comodidades prácticas, pero eran lugares solitarios y sin carácter. Yo estaba muy a gusto solo, pero rodearme de otros como yo añadía a la aventura mucha más emoción. Así que empecé a preferir los albergues cuando hacía un alto en el camino.
Miraba los tablones de anuncios donde los viajeros pedían que alguien los llevase a un sitio u a otro. Casi todos los días Betty iba llena de caras nuevas, según nos alejábamos de la costa este y nos adentrábamos en el país, pasando por Indianápolis, Memphis, Atlanta y Savannah.
Esas microrrelaciones, por su naturaleza misma, nunca me iban a proporcionar más que una satisfacción a corto plazo, porque los mapas, el ansia de ver mundo y el libre albedrío significaban que tarde o temprano cada uno de nosotros seguiría su camino y que jamás volveríamos a encontrarnos.
Y de vez en cuando me hacía pensar en los que había dejado atrás. Con mi estilo de vida, nunca encontraría a nadie que los reemplazase a todos, pero empezaba a preguntarme si algún día querría hacerlo.
Durante años, Catherine había sido la única constante de mi vida. Nos hicimos inseparables el día en que nuestro profesor de inglés nos puso juntos para que estudiáramos Macbeth. Fue su pelo castaño rizado y su sonrisa de mejillas sonrosadas lo que me llamó la atención. No era como sus compañeras: no se empeñaba en parecer mayor subiéndose el bajo de la falda ni desabrochándose un botón de la blusa; tampoco se pintaba los labios, ni se resaltaba los ojos con rímel. Vestía a la moda, pero con ropa a la que daba su toque personal, como un lazo o un cinturón. Me gustaba que fuese distinta porque también yo lo era.
Mi amor no fue suficiente para conseguir que mi madre se quedara, por lo que me sorprendía siempre que Catherine quisiera quedarse a mi lado.
Nos unían muchas cosas, pero a mí me sorprendían en particular los paralelismos que había entre nuestras familias. Doreen había destrozado la mía y la de Catherine iba desintegrándose sola, pero sin tanto drama. Sin embargo, ella nunca permitió que su honda tristeza la definiera. No sé cómo, consiguió mantenerse apartada de ese lugar oscuro que yo habitaba.
Además, parecía saber que terminaría sacándole a la vida todo lo que quisiera si se lo proponía. Me instó a que hiciera lo mismo, claro que, pensándolo bien, me pregunto si lo único que quería era recomponerme y, en cuanto lo logró, perdió interés. Porque al final resultó ser igual que todos los que habían querido romperme.
Sin embargo, por aquel entonces, su fortaleza y su ánimo me resultaban contagiosos, y solo de estar a su lado ya me parecía que podía conquistar el mundo.
Y lo hice, solo que sin ella.
MIAMI, ESTADOS UNIDOS,
4 DE JUNIO
Le había pedido ya la segunda cerveza a la camarera cuando me llamó la atención el periódico que descansaba sobre la mesa de al lado.
Había pasado casi toda la mañana, relajado, bajo el cielo aguamarina de la playa de Bal Harbour. Dana y Angie, dos pícaras canadienses a las que había conocido durante el desayuno en el hotel, me habían hecho compañía. Acabábamos de terminar un almuerzo que habían improvisado en la playa, pero, cuando el sol aún abrasador a treinta y dos grados había empezado a quemarme los hombros, había cambiado la arena por una cafetería a la sombra.
Aunque había evitado los periódicos durante todo mi viaje porque prefería seguir ajeno a lo que sucediese fuera de mi burbuja, la fecha del Miami Herald me resultó familiar. Entonces caí en la cuenta: ya había cumplido un año. Hacía exactamente doce meses, había abandonado mi casa y a las personas que la ocupaban e iba camino de un viejo y destartalado parque de caravanas. Si hubiera sabido entonces lo maravillosa que podía ser la vida, creo que me habría ido mucho antes.
Dejé el periódico en la mesa y contemplé el océano infinito. El año que había pasado solo me había parecido una eternidad, pero en el buen sentido. Me pregunté si Catherine se sentiría igual en esos momentos.
Recordé que, cuando teníamos apenas veintitrés años, la había llevado a la sala del pueblo donde exhibían cine de autor, a ver una matiné de Desayuno con diamantes. Llevábamos ya casi diez años de relación, pero seguíamos sentándonos en la última fila como adolescentes enamorados. Yo estaba cursando mi último año en la universidad y viviendo con Arthur y Shirley, así que, hasta que compramos la casita juntos, nuestro romance se limitaba a momentos robados donde y cuando podíamos encontrarlos.
—¿Crees que nos casaremos algún día? —le pregunté a la cabeza que descansaba en mi hombro.
—Pues claro —respondió sin dudarlo, visiblemente sorprendida de que se lo preguntase siquiera; luego le quitó el papel a otro tofe y se lo metió en la boca.
—¿Cuándo tenías pensado? —proseguí, procurando emular su despreocupación.
—Cuando quieras. Llevo diez años esperando, pero, como tenga que esperar otros diez, igual me fugo con Dougie.
«Dudo mucho que eso vaya a suceder», me dije.
—Vale, Kitty… ¿quieres casarte conmigo?
—Sí —dijo ella, sin apartar la vista de Audrey Hepburn. Solo la forma en que me apretaba el brazo desmentía su fría apariencia.
Ese fin de semana tomamos un tren a Londres, un lugar en el que aún me atormentaban los recuerdos de mi madre y de Kenneth, mi padre biológico, y volvimos con unas modestas alianzas de oro con un diamante diminuto en el centro que únicamente podía verse con el telescopio espacial Hubble. Agradecí haber conocido a una chica que no necesitara cosas materiales para sentir autoestima.
Esa misma noche, agarraba con fuerza la mano de Catherine en el salón de mi casa, donde mi padre y Shirley se estaban tomando su ensalada de los sábados por la noche mientras veían The Generation Game.
—Tenemos algo que contaros —anuncié—. Nos vamos a casar.
Nuestra alegría fue recibida con silencio. No esperaba que cayeran del techo globos y serpentinas, me habría bastado con un simple «¡Enhorabuena!». En cambio, se miraron, nos miraron y siguieron viendo la tele.
—Me voy a casa, Simon. Luego vuelvo —propuso Catherine al detectar el cambio de temperatura en el ambiente.
Me dio un beso en la mejilla y se fue. Esperé a que se cerrase la puerta de la calle para hablar.
—¿A qué ha venido eso? —empecé.
Mi padre tragó la comida, dejó los cubiertos en el plato y cruzó los brazos.
—Simon, eres demasiado joven para casarte.
—Tengo veintidós. Tú eras solo un par de años más joven que yo cuando conociste a Doreen.
—Pues por eso. Catherine es una chica estupenda, pero no tiene mundo suficiente para sentar cabeza. Las chicas de hoy… son distintas a las de mi época. Tienen más inquietudes, esperan más de la vida. No tardará en darse cuenta de que quiere más de lo que tú le das y entonces será demasiado tarde. Te aseguro que te romperá el corazón.
Tragué saliva.
—Ella no es como Doreen —dije—. Que tú espantaras a mi madre no quiere decir que a mí me vaya a pasar lo mismo. —Los dos se habían quedado demasiado atónitos para responder, pero yo no había terminado—. Quiero a Kitty, y siempre la querré. Nada hará que uno de los dos deje al otro. Jamás.
Salí disparado de casa, todavía furioso, y di alcance a Catherine. Ojalá les hubiera hecho caso a ellos y no a mi corazón antes de enfilar el pasillo hasta el altar.
—Darren, ¿vienes a darte un baño? —oí a mi espalda la voz de Dana, que me devolvió al presente.
—Me acabo esto y voy con vosotras. —Me gustaba responder a un nombre distinto. Le di un último trago a la cerveza tibia y eché un vistazo panorámico a mi alrededor—. ¿Sabíais que hoy es mi cumpleaños?
—¡No fastidies, tío! —chilló Angie—. ¿Sabes qué? ¡Nosotras sabemos cuál es la mejor forma de celebrarlo!
Treinta minutos después estábamos los tres en mi habitación del hotel, esnifando la primera de muchas rayas de amargo polvo blanco que me permitieron hacerles el amor hasta última hora de la tarde.
Como mi segundo año fuera tan gratificante, iba a ser el hombre más afortunado del mundo.
NORTHAMPTON, HOY, 14:05
No sabía lo que la desconcertaba más de él, si su aparente falta de remordimiento por sus actos o su absoluta insensibilidad.
Primero había tenido la desvergüenza de reconocer que los había borrado a todos de su memoria, luego le había contado con todo lujo de detalles la vidorra que se había dado durante sus prolongadas vacaciones, y ahora profanaba el recuerdo del aniversario de su desaparición, un momento tan crucial en las vidas de ella y sus hijos, celebrándolo con drogas y dos furcias.
«¿Drogas, a su edad? ¡Condenado imbécil!». Y para colmo había vuelto a ofenderla reconociendo que ojalá hubiera escuchado al sabiondo de su padre y no se hubiera casado nunca con ella. Lo odiaba por hacerla sentir un error.
Lo que ella no había notado era que a él también le había costado escucharla. Le agradecía que le contase cómo se habían enfrentado los niños a su ausencia; habría entendido que se hubiese negado a informarlo. No habían pasado por el proceso sencillo de aceptación y recuperación que él había imaginado. Ingenuo de él, había dado por supuesto que, como eran jóvenes y maleables, habrían seguido adelante y habrían terminado olvidándose de él. No había previsto lo necesario que podía llegar a ser. La imagen mental de un niño sin cara aislándose de quienes lo querían le dio que pensar.
Aunque sospechaba que Robbie sería algo distinto de los otros, solo de pensar en lo frágil que el niño había sido se le hacía un nudo en el estómago.
Y no sería el último.