Cuando desapareciste
Capítulo 14
SIMON
LOS TELARES, MÉXICO, VEINTE AÑOS ANTES,
13 DE MAYO
Adondequiera que fuese, la muerte me seguía implacable.
Era habitual que los berridos y los aullidos de placer y de dolor de hombres adultos se colaran por debajo de las puertas de los dormitorios y resonaran por los pasillos del burdel.
Sin embargo, los gritos que oía aquella tarde eran de mujer y de angustia, no de placer. Además, rara vez salían ruidos del cuarto de Luciana. Solté el bote de pintura y la brocha, subí corriendo la escalera, crucé el pasillo y aporreé la puerta con los puños.
—¿Te encuentras bien? —chillé nervioso—. ¡Luciana!
Desde dentro, una voz de hombre me gritó algo mientras le tapaba la boca a ella. Giré el pomo, pero no cedió, así que me entró el pánico, levanté la pierna y le di varias patadas a la puerta mientras en el interior continuaba la refriega.
Por fin la puerta se soltó del marco y entré corriendo, pero antes de que pudiera posar la vista en algo o en alguien, me golpeó la sien un objeto contundente. Choqué contra la pared y caí al suelo como un saco de patatas. Desorientado, me dispuse a levantarme, hasta que el segundo golpe me lo impidió.
Esa vez mi reacción fue instintiva y agarré el tobillo desnudo de mi asaltante y lo retorcí con fuerza. Su propietario cayó como un árbol en una tormenta, pero luego trepó encima de mí y me asestó una serie de puñetazos en la cabeza y en el cuello. Traté de cubrirme mientras me llovía una batería de golpes furiosos y la cabeza se me quedaba entumecida del dolor. Con un codazo afortunado en los genitales desnudos, conseguí que cayera doblado de dolor e incapacitado temporalmente, y ya iba a ponerme de pie cuando me dio otro golpe con el que me partió la nariz.
Cuando acercaba la cara a la mía, lo agarré por ambos lados de la cabeza, pero él se aprovechó de que yo iba a torso descubierto y empezó a pegarme en los riñones. Aturdido y sin aliento, le asesté dos porrazos desafortunados cerca de los oídos que solo consiguieron enfurecerlo aún más.
Por primera vez, reparé en su aspecto. Con sus casi dos metros de altura y sus más de cien kilos de músculos bien esculpidos, me pregunté si aquella criatura desnuda y peluda que tenía delante era un hombre o una bestia. Me inclinaba por lo último.
Luego agarró un adorno, lo levantó por encima de su cabeza y escupió mientras reía. Pensé que lo último que vería serían aquellas pupilas grandes y negras y aquella boca babosa, y ya me había resignado a lo inevitable cuando, de repente, apareció de la nada una lamparita metálica que se le estampó en la coronilla. Cayó de rodillas, con el rostro torcido por la sorpresa y la incomprensión. La lámpara retrocedió y volvió a estamparse en él una y otra vez. El tipo puso los ojos en blanco y cayó de bruces en la moqueta húmeda, sacudiéndose.
Fue entonces cuando vi a Luciana, con la cara —manchada de un rojo pringoso— oculta tras un pelo enmarañado y apelmazado. Tenía la ropa interior hecha jirones y con la mano temblorosa sostenía la lamparita.
Gateé hasta el titán derribado y lo volví boca arriba para intentar parar los espasmos.
Las primeras palabras que Luciana me dijo jamás carecían de sentimiento:
—Déjalo.
—Habría que llamar a una ambulancia.
—No vamos a hacer nada. Cuando le he dicho que no quería que me metiera cosas por ahí, me ha dicho que su hija se muerde el labio y se queda quieta cuando se lo hace a ella. Deja que ese animal muera como merece.
No pude rebatirle aquel argumento. En su lugar, me quedé hipnotizado mirando a aquel hombre que se mordía con fuerza su propia lengua. Juntos vimos cómo le salían por la boca espumarajos sonrosados hasta que se fueron reduciendo las convulsiones. Al final, su cerebro dejó de luchar y su alma inició el viaje desde su lugar de origen hasta los brazos del diablo.
Desde el momento mismo en que bajé cojeando a alertar a madame Lola de la batalla que había tenido lugar en el cuarto de Luciana, ella procedió con precisión militar a eliminar todo rastro de aquel hombre y de su ira. Me dio la impresión de que no era la primera vez que se había visto obligada a limpiar los restos de un incidente fortuito.
Activó el piloto automático y fue dando órdenes a un montón de chicas horrorizadas que hacían aspavientos al ver el cadáver junto a la puerta y que salieron corriendo en distintas direcciones como cohetes perdidos.
—Miguel, ¿la camioneta tiene gasolina suficiente para llegar a los barrancos?
—Sí.
—Bien. Llévalo a la parte de atrás. Vosotras volved abajo a atender a vuestros clientes. —Luego miró directamente a Luciana—. ¿Quién le ha hecho esto? —preguntó.
—He sido yo —dije, y madame Lola asintió con la cabeza en señal de aprobación.
—Bien. Ningún hombre de aquí volvería a tocarla si se enteraran de esto, así que asegúrate de que nadie se entera.
Tras una hora de camino, el rostro de Luciana no había mostrado otra cosa que un silencio contemplativo, solo salpicado por sus indicaciones.
Por la ventanilla del copiloto, observaba los campos que íbamos dejando atrás. Estaba deseando hablar con ella, pero las circunstancias no eran precisamente favorables, teniendo en cuenta que llevábamos envuelto a nuestra espalda, en la parte de atrás de la camioneta, el cadáver del hombre al que ella acababa de matar.
Conduje por caminos de tierra, alejados de las carreteras principales, y me pregunté cuánta rabia debía de llevar dentro para ver sin compasión cómo aquel hombre se extinguía. Yo lo entendía perfectamente. Había estado una vez donde ella estaba ahora.
—Allí —dijo, señalando con una uña rota.
Detuve la camioneta en el arcén, entre campos de maíz abrasado. Sacamos dos palas y empezamos a cavar. La tierra era árida y difícil, por lo que tardamos una eternidad en abrir una zanja lo bastante profunda como para que las riadas primaverales no arrastraran el cadáver por el valle como si fuera una balsa de polietileno.
Los rasgos del tipo no se distinguían bajo el plástico tirante que lo envolvía. Agarrándolo por los tobillos, tiré con todas mis fuerzas de aquella mole de hombre para bajarlo de la camioneta al suelo. Luego lo arrastré por aquel terreno accidentado y lo hice rodar hasta el hoyo.
Luciana se arrodilló para retirarle el plástico que le cubría la cabeza. Entonces, de repente, se sacó una pistola plateada de la parte de atrás de los vaqueros. Me dejó helado cuando, sin vacilar, apretó el gatillo dos veces y le disparó en el ojo izquierdo primero y en el derecho después. Retrocedí tambaleándome, con un pitido en los oídos.
—Es la tarjeta de visita de las mafias —me explicó—. Una bala en cada ojo significa que ha visto algo que no debería haber visto y lo han castigado. Si alguna vez encuentran su cadáver, la policía pensará que lo ejecutó uno de los suyos.
Asentí nervioso con la cabeza mientras ella volvía a envolverle la cabeza con el plástico, y los dos le echamos tierra por encima. Dejamos las palas de nuevo en la camioneta, pero, cuando me volví, ella estaba a escasos centímetros de mí. Entonces me empujó los hombros doloridos contra la puerta, acercó mi boca a la suya y me besó con una pasión que mi cuerpo no había experimentado jamás. El dolor del roce de su nariz en la mía rota era insoportable y se me extendió por toda la cara, pero me sacrifiqué a gusto con tal de estar cerca de ella.
Me desabrochó la hebilla del pantalón, yo le quité la camiseta y los dos pusimos cara de dolor cuando nuestros cortes, hinchazones y un caleidoscopio de magulladuras de color azul, amarillo y morado chocaron unos contra otros. Y cuando terminamos, volvimos al burdel tan callados como nos habíamos ido.
23 DE JULIO
Todas las noches se colaba en mi cama y hacíamos el amor en silencio. Era siempre una experiencia lenta y sensual, muy distinta de nuestra primera vez con el regusto amargo de la muerte y el deseo en la garganta. Luego, cuando ella decidía que habíamos terminado, volvía a vestirse y se esfumaba como si nada hubiera pasado.
Luciana y yo nunca hablamos del día en que mató a un hombre. De hecho, nunca hablamos de nada. Me preguntaba si me hacía el amor por gratitud o era una forma de tenerme controlado. Su profesión la obligaba a rendirse a los hombres por dinero, por lo que decidir cuándo lo hacíamos nosotros la hacía sentirse completamente al mando.
Su razonamiento me daba igual. Si el sexo era la única forma que yo tenía de respirar el mismo aire que ella y sentir su piel en la mía, agradecía cualquier cosa que me diera. Y a medida que fueron pasando los días, las semanas y los meses, comenzó a quedarse un poco más en mi cuarto en cada visita.
Mi mayor temor había sido siempre descubrir que la persona a la que yo amaba había encontrado el amor con otro, pero, como la profesión de Luciana consistía en mantener relaciones con otros hombres por dinero, no era adulterio, sino negocios. No dudé ni por un momento de que yo era su única actividad extraescolar. Éramos la pareja perfecta, y aquella fue la relación más mutuamente monógama que he tenido jamás.
14 DE NOVIEMBRE
Me volví de lado y miré hacia la puerta cuando oí girar el pomo. Sonreí y retiré la sábana para invitarla a entrar, pero ella prefirió sentarse en un sillón junto a la ventana, enfrente de mi cama. Se encendió un cigarrillo y empezó a exhalar anillos de humo.
Por fin, después de seis meses de encuentros nocturnos, Luciana tiró el dado y esperó recelosa a ver dónde aterrizaba.
—Me llamo Luciana Fiorentino Marcanio —empezó despacio— y nací y me crie en Italia.
Me incorporé y escuché con atención, recostado en el cabecero.
—Vine a México con mi madre después de que mi padre nos mandara matar. Era un hombre rico pero malo que la maltrataba, convencido de que ella tenía aventuras con cualquiera que le prestase atención. Él era su único amor, pero sus paranoias y sus inseguridades le impedían creerlo. Mi madre no era lo bastante fuerte para dejarlo. Hizo todo lo posible por complacerlo y ganarse su confianza, pero, cuando acusas a alguien tan a menudo, al final termina cediendo y dándote la razón. La empujó a los brazos de uno de sus colegas de negocios. Y mi padre se enteró. Pagó para que asesinaran a su amante, pero primero lo hizo castrar. Mi madre se enteró porque se encontró los genitales de él en una caja envuelta para regalo, en la mesa de su vestidor.
Me encendí también un cigarrillo y le di una calada larga. Su relato me tenía cautivado.
—Cuando mi hermana Caterina y yo nos fuimos haciendo mayores, mi padre decidió que también nosotras seríamos unas fulanas como mi madre — prosiguió—. Sospechaba de todo lo que hacíamos y contrató a unos guardas para que nos acompañaran de casa al colegio y del colegio a casa, de forma que no nos relacionáramos con chicos. Pero Caterina y Federico, el hijo de nuestro jardinero, se hicieron muy amigos; él debía de ser su único amigo, aparte de mí. Y cuando mi padre los vio hablar juntos, hizo que le dieran una paliza tan terrible al pobre chico que nunca más pudo volver a trabajar. Caterina no encontraba consuelo y se culpaba de lo ocurrido. Cuando pensaba en el futuro, solo veía más de lo mismo y no podía vivir así. Esperó al cumpleaños de mi padre para cortarse las venas; murió en una de sus viñas. Yo encontré el cadáver.
Hizo una pausa y se miró los pies.
—Como es lógico, mi madre y yo quedamos desoladas, pero fue como si alguien le hubiese pulsado un interruptor en la cabeza. Ya le había fallado a una de sus hijas y no iba a cometer el mismo error dos veces. Así que, con solo los pasaportes y algo de dinero que nos dio el ama de llaves de sus ahorros, huimos y no volvimos a verlo nunca más.
Luciana cerró los ojos.
—El hombre que me atacó y al que maté… no es el primero que muere a mis manos. Mi madre y yo huimos a Londres para alojarnos en casa de unos primos, y por fin pudimos vivir tranquilas. No era como en Italia, donde vivíamos en una jaula dorada: no teníamos nada de valor material, pero sí libertad. Entonces, los hombres de mi padre nos localizaron. Apareció un tipo en nuestro apartamento y les pegó un tiro en la cabeza a la prima de mi madre y a su hijo. Iba a matarla a ella también, pero no se había dado cuenta de que yo estaba en la cocina, a su espalda. Agarré un cuchillo y se lo clavé en el cuello, pero él apretó el gatillo antes e hirió a mi madre en una pierna. La curé como pude y huimos, y conseguimos llegar a México, adonde a mi padre jamás se le ocurriría venir a buscarnos. Empezamos a trabajar aquí, vendiendo nuestro cuerpo para sobrevivir, y con el tiempo se convirtió en un trabajo como otro cualquiera.
—El hombre al que enterramos —la interrumpí— ¿también lo mandó tu padre?
—No, no era más que un monstruo que no supo ver al monstruo que yo llevo dentro. He matado dos veces y sé que tú también has matado. —Me vio la cara de sorpresa e hizo una pausa—. Vi cómo me mirabas en mi cuarto aquel día. La mayoría de los hombres habrían salido corriendo, pero tú te quedaste. Te enamoraste de mí porque creíste haber encontrado un alma gemela. Entonces supe que, por lo que fuera, habías hecho algo horrible, pero necesario para protegerte. Y no hay nada más horrible que quitarle la vida a alguien. Me calaste.
Pensé en hablarle allí mismo y en aquel instante de mi pasado, pero era su momento, no el mío.
—¿Qué ha sido de tu madre? —inquirí—. ¿Sigue en México?
—Sí —sonrió—. Está abajo. Y se llama Lola Marcanio.
—¿Tu madre es madame Lola? —exclamé, pasmado.
Asintió con la cabeza.
—Sé lo que estás pensando: que cómo permite que su hija siga ejerciendo la prostitución. Bueno, ¡no le queda otro remedio! Cuando por fin conseguimos ahorrar dinero suficiente para comprarle el local a la anterior madama, mamá quiso convencerme de que lo dejase y la ayudara a regentar el establecimiento, pero eso no era lo que yo quería. La ayudo con la contabilidad, pero sigo prostituyéndome. A lo mejor lo hago por fastidiar a mi padre, a lo mejor es que me gusta controlar algo cuando he crecido sin poder controlar nada… No lo sé. Pero esté bien o mal, tomo mis propias decisiones y vivo como quiero, y este trabajo es lo que he decidido hacer.
Luciana apagó el cigarrillo en un cenicero y contempló las azoteas del pueblo escasamente iluminado.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —le pregunté.
—Solo nuestra ama de llaves sabía dónde estábamos y no se lo dijo a nadie. Esta mañana he recibido una carta de ella comunicándome que mi padre ha muerto. Así que ahora ya puedo volver a casa, a Italia. Y tú te vienes conmigo.
CATHERINE
NORTHAMPTON, VEINTE AÑOS ANTES,
22 DE OCTUBRE
La florida «s» de Nicholson me reveló al autor de la carta antes de que abriera el sobre.
Me pregunté por qué la madrastra de Simon, Shirley, me habría escrito después de cinco años de mutuo silencio.
Dentro del sobre había una tarjeta blanca con una fotografía de Arthur sujeta a ella. Además, una nota adhesiva rezaba: «Os agradecería mucho que vinierais todos».
Me asomé por la ventana y miré el jardín. No me había cruzado con Arthur desde que yo había vuelto a irrumpir en su vida exigiendo saber quién era Kenneth Jagger. Y hacía mucho tiempo que no pensaba en ninguno de los dos.
Y de pronto tenía en la mano una invitación a su funeral.
25 DE OCTUBRE
—Estoy convencida de que murió de un infarto —reconoció Shirley en silencio después de la incineración de Arthur—. Por favor, no me interpretes mal, no te estoy culpando, pero, después de tu visita, no volvió a ser el mismo.
Los niños, a los que no había hecho ninguna gracia que los arrastrasen al funeral de un abuelo al que apenas conocían, estaban sentados en un rincón del salón de Shirley, arremolinados alrededor de un juego del móvil. Entretanto, ella me había llevado a la cocina, lejos del pequeño número de asistentes al funeral.
—Está vivo, ¿verdad? —me preguntó con solemnidad, mirándome fijamente a los ojos—. Me refiero a Simon: está vivo.
Titubeé, reticente a destapar un asunto que tanto me había costado tener tapado, aunque, en el fondo, estaba deseando contárselo a alguien. Se sirvió una copa de vino y me ofreció una a mí, pero yo negué con la cabeza.
—Unos días después de que vieras a Arthur por última vez —prosiguió—, me dijo que habías estado en casa preguntando por Kenneth. Entonces me contó que Kenneth era el verdadero padre de Simon. Bueno, yo no tenía ni idea, pero podía entender que no me hubiera dicho nada porque quería a Simon como si fuese hijo suyo. Le dolió tener que hurgar en todo aquello otra vez.
—Lo siento, pero no podía preguntárselo a nadie más —respondí, preguntándome de pronto si había hecho bien removiendo aquel pasado tan doloroso.
—Sabía que se lo habías preguntado por algo, así que se puso en contacto con Roger para que lo ayudase a encontrar a Kenneth. Creo que Arthur le dijo que Kenneth era un viejo compañero de clase o alguna milonga así. El caso es que Roger puso a Arthur en contacto con la cárcel y ellos le dijeron lo que te habían dicho a ti: que, después de desaparecer, Simon había estado allí.
—No les he contado nada a los niños —dije a la defensiva—. No creo que deban saberlo.
—Yo tampoco se lo habría contado —replicó Shirley con rotundidad—. No serviría más que para hacerles daños. He visto lo que le ha hecho a Arthur. No acababa de entender qué había hecho para que tanto Doreen como su único hijo lo abandonaran. Por más que lo intenté, no conseguí convencerlo de que no era culpa suya. Aunque se esforzó por disimularlo, lo deprimió mucho. En el fondo, sabía que Simon no volvería a casa, y al final el corazón le pesó demasiado. Se rindió sin más.
Independientemente de lo que yo hubiera pensado de Arthur en el pasado, siempre procuró lo mejor para su hijo, aunque no fue suficiente.
—¿Sigues sin tener idea de por qué se fue?
—No lo sé, Shirley. De verdad, no lo sé.
—Esto tendría que habértelo dicho hace mucho: lo siento —añadió, agarrándome ambas manos—. En nombre de los dos, siento que no te apoyáramos como merecías, y siento las acusaciones. Nos portamos fatal contigo, y yo, igual que Arthur, me iré a la tumba lamentándolo.
—Gracias —respondí.
Sabía que lo decía de corazón. Además, ahora que sabía que Arthur y ella eran otras dos bajas de Simon, todos aquellos años de amargura entre nosotros empezaron a disiparse. No le permitiría que destrozase a nadie más.
Shirley sonrió agradecida, agarró su copa de vino y volvió al salón.
—¿Tienes algún plan para el sábado por la noche? —le pregunté. Negó con la cabeza—. Ven a cenar a casa hacia las seis y así conoces como es debido a tus nietos.
Sonrió contenta, y así empezamos un nuevo capítulo de nuestra relación.
NORTHAMPTON, HOY, 17.50
Empezó siendo una sonrisita de satisfacción, pero al poco ya no pudo disimularla, ni siquiera fingiendo que tosía.
—Perdona —dijo, tapándose la boca con la mano para contener la risa.
Él le lanzó una mirada asesina, asustado por su reacción. Había sido testigo de muchas y muy distintas a lo largo del día, pero ninguna que se asemejase a la risa.
—No pretendo ser grosera —prosiguió ella—, de verdad que no, pero ¿cómo quieres que reaccione si me cuentas que te enamoraste de una prostituta?
Se sacó un pañuelo de la manga y se secó los ojos, sin dejar de reír por semejante disparate. Si alguien le hubiera dicho el día anterior que su marido desaparecido estaba a punto de reaparecer para contarle que había pasado los últimos veinticinco años de paseo por el mundo entero, no lo habría creído. Ah, y que de paso había asesinado a una de sus mejores amigas y entregado su corazón a una fulana que, como él, no tenía escrúpulos para matar a quien fuera.
Cuando se le pasó la risa, se preguntó si algún día sería capaz de digerir completamente todo lo que él había dicho y hecho. Cada vez que intentaba asimilar una de sus revelaciones le soltaba otra que la superaba con creces. Necesitaba un momento para aclararse, a solas.
Sin decir nada, salió de allí y se dirigió al jardín. Una vez fuera, no sabía qué hacer, así que descolgó la ropa del tendedero e hizo uso de las técnicas de relajación que había aprendido en clase de pilates.
Él se quedó en el salón, pensando en Arthur. Durante mucho tiempo, había asociado la memoria de su padre a los recuerdos infelices de Doreen. No había sido capaz de valorar al hombre que había detrás de su madre, al hombre que lo había querido como a un hijo propio.
Sus padres se habían ido a la tumba sin saber qué le había pasado a su hijo. Solo Kenneth había resuelto sus asuntos, y era el que menos lo merecía.
—Perdóname, papá —susurró, y se limpió las lágrimas con la mano.
18.00
—Si te sirve de consuelo, no tenía pensado volver a enamorarme —la sobresaltó la voz de él a su espalda.
Estaba en la cocina, con un paño rojo en las manos, como un torero en la plaza, capote en ristre. Cuanto más pensaba en cómo podía una fulana darle una vida mejor de la que ella le había dado, más furiosa se ponía.
—¿Cuánto te cobraba? —le soltó ella—. ¿Cincuenta? ¿Cien? ¿O te hacía descuento por ser cliente habitual? —Él no contestó porque tenía claro que la rabia estaba despertando el lado más mezquino de Catherine. Pensó en si merecía la pena intentar explicárselo otra vez o si ella terminaría oyendo solo lo que quisiera oír—. Bueno, seguro que hacéis la pareja perfecta —prosiguió —. A ver, los dos sois capaces de asesinar con cualquier pretexto. Por lo menos enterraste ese cadáver y no lo dejaste tirado en medio de la calzada, como el de Paula. De hecho, ¿has venido por eso? ¿La putilla ha vuelto a lo suyo y tú has decidido regresar a casa?
—No, Catherine —contestó él, hastiado—. Le he prometido a Luciana que arreglaría las cosas contigo antes de que fuese demasiado tarde.
—Jamás podrás arreglar lo que me has hecho. Además, no necesito la compasión de una prostituta.
Lo distrajo una pared próxima a la despensa, forrada de marcos de foto decorativos, tallados en madera, que ella había comprado en Bali. Últimamente se distraía mucho.
Los marcos contenían fotografías de los hijos de los dos. Las instantáneas de la vida sin él comprendían una veintena de años y no pudo evitar pensar en lo que podría haber sido.
—¿Este es Robbie? —preguntó él, señalando a un chico de pie al lado de un Ford Fiesta azul. Ella asintió con la cabeza—. Se parece mucho a Luca.
—¿Y ese quién es?
—Mi hijo —contestó él—. También tengo una hija.
Ella se quedó boquiabierta, pero antes de que le diera tiempo a perder los estribos otra vez, los dos se quedaron callados al oír que se abría la puerta de la calle. El tiempo se congeló hasta que Emily entró como si nada en la cocina.
—Mamá, ¿me he dejado el monedero en…? —empezó, hasta que se dio cuenta de que su madre tenía compañía—. Uy, perdón —dijo, sin reparar en la cara de pánico de su madre. Sus padres se miraron furiosos, como sorprendidos en plena aventura secreta.
«Mamá», se repitió él para sus adentros. Reparó en que era la misma chica con la que se había cruzado al llegar a la casa esa mañana y se quedó pasmado mirando a la hija a la que había visto por última vez cuando aún era un bebé. «¿Cuántas cosas me he perdido? —se dijo—. ¿Cuántas cosas?».
El cerebro de Catherine empezó a ir a cámara lenta y se vio incapaz de decir una sola palabra con la que explicar a su hija la identidad del desconocido que tenían delante. Se quedó de piedra cuando él abrió la boca y se dispuso a hablar:
—Hola —dijo—, soy Darren.
Sonrió amable y le tendió la mano a Emily. Fue el primer nombre que le vino a la cabeza. La fuerza de la costumbre.
—Hola —contestó ella, y le estrechó la mano, sin saber bien quién era aquel caballero tan elegante que tenía las manos tan calientes.
—Soy un viejo amigo del colegio de tu madre —añadió él.
—¿En serio? —preguntó Emily, emocionada—. ¡Me alegro de conocerlo!
—Sí, y yo a ti. Hacía muchos años que no veía a Catherine y, como estaba por aquí, se me ha ocurrido pasarme por si aún vivía en la misma casa.
Mentía muy bien, Catherine tuvo que reconocérselo, claro que había practicado mucho. Mientras padre e hija conversaban, ella se sintió como un conejillo sorprendido por los faros de un automóvil que no sabía cómo librarse de su resplandor.
—Yo soy su hija, Emily —se presentó ella—. Bueno, ¿y cómo era mamá en el colegio? Apuesto a que era una auténtica empollona.
Él rio.
—Algo así. Era muy lista, prometía mucho.
—¿Le ha hablado de sus tiendas? —preguntó Emily, visiblemente orgullosa de los logros de su madre—. Tiene ocho ya… hasta en Londres, en King’s Road.
Simon sonrió.
—Sí, le ha ido muy bien sola.
—Bueno, mamá, ¿me he dejado el monedero aquí?
—No… no estoy segura —tartamudeó ella.
—Voy a echar un vistazo —dijo Emily, dirigiéndose al salón.
En su ausencia, sus padres se miraron fijamente, él encantado de haberla visto y ella agradecida de que Simon no hubiese revelado su verdadera identidad. Guardaron silencio hasta que volvió con el monedero.
—Ya lo he encontrado. ¿Aún quieres venir a cenar esta noche, mamá? Olivia está deseando ver a su yaya, pero, si estás ocupada con tu amigo, lo dejamos para otra ocasión…
Catherine vio la cara de Simon cuando Emily pronunció la palabra «yaya» y le fastidió que estuviera enterándose de cosas de la familia que no tenía derecho a saber.
—¿Voy mañana, mejor? —preguntó, con la voz casi quebrada. Estaba deseando que su hija se fuera.
—Claro —dijo Emily, y se dirigió a la puerta; luego se volvió—. Darren, si fue al colegio con mi madre, conocería a mi padre, Simon, ¿no?
Él apretó tanto los puños que se clavó las uñas en las manos.
—Lo recuerdo, pero me temo que no teníamos mucho trato…
—Ah —contestó Emily, visiblemente decepcionada—. Bueno, me alegro de haberlo conocido. Nos vemos mañana, mamá.
Se cerró la puerta y los dos volvieron despacio a tierra, instalándose entre ambos un silencio reconfortante aunque incómodo.
—Se parece a ti… —dijo él por fin, pero a ella no le interesaba.
—No —sentenció ella—. No sigas por ahí.