Cuando desapareciste
Capítulo 1
CATHERINE
NORTHAMPTON, VEINTICINCO AÑOS ANTES,
4 DE JUNIO A LAS 6:00
—Simon, dile a tu perro que se largue de una vez —mascullé, y aparté de un manotazo una lengua húmeda que intentaba colarse en mi oreja.
Me ignoraron los dos, así que aparté la cabeza peluda de Oscar, que plantó el trasero, desafiante, en el suelo de madera y lloriqueó hasta que cedí. A Simon no lo habría despertado ni la tercera guerra mundial, o algo peor, porque nuestros hijos nos saltaban encima como si fuéramos trampolines, pidiendo a gritos el desayuno. Yo no tenía tanta suerte. El remoloneo que tanto había agradecido en el pasado se había convertido en un lujo que dependía de las necesidades de tres niños de menos de nueve años y de un perro común que siempre tenía hambre.
El estómago de Oscar llevaba incorporada una alarma que lo despertaba a las seis en punto todas las mañanas. Simon lo sacaba a pasear y le tiraba pelotas de tenis para que fuese a buscarlas, pero aquel glotón me buscaba a mí para llenarse la panza. No era justo.
Me volví hacia mi marido y vi que su lado de la cama ya estaba vacío.
—Apáñatelas, Catherine —gruñí, y maldije a Simon por ir a correr tan pronto.
Salí de la cama de mala gana, me puse la bata, crucé el rellano arrastrando los pies y fui abriendo con cuidado las puertas de los dormitorios para echar un vistazo a los niños dormidos. Una de ellas seguía cerrada porque aún no había conseguido abrirla. «Date tiempo —me dije—. Date tiempo».
Bajé a la cocina y le llené el comedero a Oscar de aquella apestosa carne enlatada que devoraría en cuestión de segundos, pero, cuando fui a dejarla en el suelo, estaba sola.
—¿Oscar? —susurré, para que los niños no bajasen corriendo todavía—. ¿Oscar?
Lo encontré en el recibidor, paseándose nervioso delante de la puerta de la calle. La abrí para que saliera a hacer pis, pero se quedó en el felpudo, mirando fijamente al bosque del final del camino.
—Tú verás —dije, suspirando.
Fastidiada de que me hubiera despertado para nada, subí sin energías al dormitorio y me metí en la cama para aprovechar la hora de sueño que me quedaba.
7:45
—Deja en paz a tu hermano y ayúdame a darle el desayuno a Emily —le advertí a James, que rugía mientras perseguía con un Tyrannosaurus Rex de plástico a Robbie, que corría histérico alrededor de la mesa de la cocina. Cuando les hablaba en ese tono, sabían que se estaban pasando de la raya.
Llevar a los niños del dormitorio al baño y luego a la cocina era como perseguir gallinas para devolverlas al gallinero: muy muy frustrante. Algunas de las mamás del colegio aseguraban que les encantaba el caos de los desayunos familiares. Yo estaba deseando dejar a mi prole en las aulas para disfrutar de un poco de paz y tranquilidad.
James le sirvió a su hermana pequeña un cuenco de copos de maíz mientras yo les quitaba los bordes a los sándwiches de Marmite y les preparaba las fiambreras. Luego unté el de Simon de encurtido Branston, corté el pan de molde horizontalmente, como él lo quería, envolví los trozos en film de cocina y los dejé en la nevera.
—Nos vamos en quince minutos —les advertí, y guardé los almuerzos en las mochilas colgadas de mala manera en el perchero.
Hacía tiempo que había renunciado a salir de casa completamente maquillada cuando los llevaba al colegio, pero, para asegurarme de que no parecía un espantapájaros, me hice una coleta y retrocedí para mirarme en el espejo. Le pisé sin querer una pata a Oscar, que soltó un aullido; no me había dado cuenta de que, ajeno al alboroto del desayuno, no se había movido del felpudo.
—¿Estás malito, chico? —le pregunté, y me agaché a rascarle la barbilla barbuda. Esperaría hasta la tarde y, si no se reponía, llamaría al veterinario por si acaso.
9:30
Con James y Robbie en el colegio y Emily jugando tranquila en el sofá, andaba planchando la pila de camisas de trabajo de Simon y cantando End of the Road, de Boyz II Men, que sonaba en la radio, cuando oí el teléfono.
—Simon no está en casa —le dije a Steven, que quería hablar con él—. ¿No está contigo?
Había dado por supuesto que se había llevado la ropa de trabajo en una mochila y había ido directamente a la oficina después de correr, como hacía a menudo.
—Pues no, joder —espetó Steven. A veces era un verdadero capullo gruñón—. Estoy intentando convencer al cliente al que llevo reteniendo media hora de que, aunque somos una empresa pequeña, somos tan profesionales como las grandes. ¿Cómo me va a tomar en serio si la mitad de la empresa no es capaz de llegar a tiempo a un desayuno de trabajo en un hotel?
—Habrá perdido la noción del tiempo. Ya sabes cómo es a veces.
—Cuando lo veas, dile que venga al Hilton como una bala y no nos fastidie esto.
—Vale, pero, si lo ves tú primero, dile que me llame, por favor.
Steven masculló algo ininteligible y colgó sin despedirse. Imaginé la bronca que le iba a caer a Simon cuando apareciera y me alegré de no estar en su pellejo.
11:30
Diecisiete camisas de trabajo y de colegio y dos cafés después, caí en la cuenta de que Simon no me había llamado.
Me pregunté si Steven y yo estaríamos equivocados y, en realidad, no había salido a correr, sino que había ido a alguna otra reunión, pero, cuando asomé la cabeza al garaje, vi que su Volvo seguía allí. Al volver al salón, me encontré sus llaves de casa encima de la tapa del tocadiscos; en la pared, un montaje de fotos de la fiesta de nuestro décimo aniversario de boda.
Pasó otra hora y empezó a corroerme la duda. Por primera vez en casi veinte años, no percibía la presencia de Simon alrededor. Estuviera donde estuviese, por lejos que fuera, siempre lo presentía.
Sacudí la cabeza como para librarme de la preocupación y me reprendí por ser tan boba. «Demasiado café, Kitty», me dije, y me propuse no volver a tomar ya más que descafeinados. Guardé el bote de café en el armario y suspiré al ver la montaña de platos que tenía por fregar.
A LAS 13:00
Tres horas y media después de la llamada de Steven, estaba nerviosísima.
Llamé a la oficina y, cuando Steven me dijo que no había sabido nada de él, me entró el pánico. Al poco, estaba convencida de que a Simon lo había atropellado un coche cuando había salido a correr, que lo habían lanzado a la cuneta una mole de metal y un conductor inconsciente.
Até a Emily a una sillita para la que era demasiado mayor y demasiado grande porque era más fácil que caminar con ella, le puse la correa a Oscar y salí disparada en busca de mi marido. Le pregunté al del kiosco de periódicos si Simon había pasado por allí esa mañana, pero no. Ninguno de nuestros vecinos lo había visto, ni siquiera la señora Jenkins, que siempre andaba curioseando tras sus visillos.
Mientras hacíamos el camino por el que solía correr Simon, intenté que Emily lo viera como un juego y le dije que perseguíamos gamusinos, esas criaturas míticas que su padre había inventado para conseguir que se durmieran. Le conté que les encantaba esconderse en las cunetas embarradas y que tendríamos que mirar bien en todas.
Antes de dirigirnos a la oficina de Simon, recorrimos algo más de dos kilómetros y no vimos nada. Steven ya no estaba enfadado con él, lo que me inquietó aún más, porque significaba que estaba preocupado. Procuró convencerme de que seguramente Simon estaba bien y me insinuó que, a lo mejor, había ido a ver alguna obra. Pero, cuando miramos su agenda, vimos que no tenía ninguna cita para ese día.
—Volverá a casa esta noche con una borrachera de mil demonios después de haberse pasado la tarde en el pub y entonces nos reiremos todos de esto — añadió Steven, pero, como no teníamos pruebas definitivas de su paradero, a ninguno de los dos nos convenció la idea.
Emily y yo volvimos a casa por la pista de tierra que pasa por Harpole Woods, donde Simon corría a veces. Intenté disimular la angustia delante de la niña, pero, cuando se le cayó al suelo Flopsy, el conejito de trapo ya raído que él le había regalado, reconozco avergonzada que perdí los nervios y le grité por ser tan descuidada. Ella arrugó el gesto, empezó a berrear y se negó a aceptar mis disculpas hasta que la llevé en brazos.
Incluso Oscar se había hartado del paseo y nos seguía de mala gana. El cuadro debía de ser peculiar: una madre sudorosa cargada con una niña furibunda en un brazo, tirando de un perro agotado y de una sillita de paseo, sin dejar de buscar gamusinos y el cadáver de mi marido.
17:50
«A las seis —me dije—. A las seis se arreglará todo, porque es la hora a la que vuelve siempre a casa».
A Simon le encantaba ese momento del día porque me ayudaba a bañar a los niños, los acostaba y les leía cuentos del señor Cosquillas y el señor Batacazo. Eran muy pequeños para percibir el distanciamiento y la tristeza que seguía habiendo entre Simon y yo. Ya me había hecho a la idea de que las cosas jamás volverían a ser como antes, por mucho que dijéramos e hiciéramos. En su lugar, nos adaptábamos lo mejor que podíamos a una normalidad diferente.
Había recogido a James y a Robbie del colegio hacía un rato. Mientras preparaba un poco de pescado empanado y ponía la mesa para la cena, James intentaba contarme algo de su amigo Nicky y de un coche de Lego, pero yo no le prestaba atención. Estaba demasiado nerviosa. Cada dos minutos, me sorprendía mirando el reloj de la pared. Cuando dieron y pasaron las seis, me habría echado a llorar. Dejé el plato de comida sin tocar y miré por la ventana, al jardín.
En aquellos estupendos días de verano, solíamos terminar la jornada en el patio, nos servíamos sendas copas de vino tinto e intentábamos disfrutar de la vida que nos habíamos construido. Comentábamos las cosas divertidas que habían dicho los niños, cómo iba su estudio de arquitectura y que algún día tendríamos dinero suficiente para comprar una villa italiana y pasar aquí medio año y allí el otro medio. De hecho, hablábamos de todo menos de lo que había pasado hacía un año y que había hecho que se tambalease nuestra relación.
Acosté a los niños y les dije que papá sentía mucho no estar allí, pero que había tenido que viajar por trabajo y llegaría tarde a casa.
—¿Se ha ido sin la cartera? —me preguntó James mientras lo arropaba. Me dejó pasmada—. La cartera de papá está en el aparador. La he visto — prosiguió.
Intenté pensar en alguna situación en la que no la necesitara. No había ninguna.
—Sí, al bobo de papá se le ha olvidado.
—El bobo de papá —repitió, chascando la lengua, y se tapó bien con la sábana.
Bajé corriendo a comprobar si tenía razón y caí en la cuenta de que debía de haber pasado por allí un montón de veces a lo largo del día. La cartera era lo único que Simon se llevaba siempre al salir de casa, incluso cuando iba a correr.
Fue entonces cuando tuve la certeza de que había pasado algo malo. Malísimo.
Llamé a sus amigos para ver si había ido a casa de alguno de ellos. Sabía que nada más colgar me había convertido en blanco de su compasión una vez más, aunque lo hicieran siempre por cariño. Busqué en el directorio los teléfonos de los hospitales de la zona. Llamé a los doce que había y pregunté si lo habían ingresado allí. Me dolió pensar que pudiera haber pasado el día en una cama de hospital sin que nadie supiese siquiera quién era.
Me golpeteé nerviosa el muslo con el bolígrafo mientras las recepcionistas repasaban en vano los formularios de admisión en busca de su nombre. Les dejé una descripción física por si aparecía después y no era capaz de identificarse.
Mi último recurso era llamar a su padre y a su madrastra, Shirley. Cuando ella me confirmó que tampoco estaba allí, me inventé una excusa y le dije que me había hecho un lío y pensaba que era ese día cuando Simon iba a pasarse a verlos. Claro que no me creyó. Mi marido no era de los que «se pasan» a ver a nadie, al menos a ellos.
Estaba tan desesperada que incluso se me pasó por la cabeza ponerme en contacto con… «él». Pero hacía ya tres años que su nombre no se pronunciaba en nuestra casa y ni siquiera sabía cómo localizarlo.
Interrumpió mis temores una llamada. Me di un golpe en el codo con el aparador y maldije mientras corría a contestar. Solté un suspiro de desilusión al oír a Baishali, la mujer de Steven.
—¿Puedo hacer algo por ti? ¿Quieres que vaya? —preguntó.
Le dije que no y me contestó que volvería a llamarme luego. Pero yo quería tener noticias de mi marido, no de mi amiga. Solo podía pensar en que Simon había estado fuera todo el día y que nadie sabía dónde estaba. Me enfurecí conmigo misma por no haberme alarmado cuando Steven había llamado por la mañana.
¿Qué clase de esposa era yo? Confiaba en que Simon me perdonara cuando lo encontrásemos.
21:00
Cuando llegaron Roger y Paula, poco después de mi llamada, el día se me había echado encima de repente. Estaba agotada, física y mentalmente.
Lo primero que vieron cuando les abrí la puerta fue que me echaba a llorar. Paula me abrazó y me llevó al salón, donde había pasado casi toda la tarde, al lado del teléfono. Roger conocía a Simon desde que eran unos críos, pero esa vez no venía como amigo de la familia, sino como oficial de policía. Aun con todo, fue Paula, que siempre había sido muy mandona, la que llevó la voz cantante mientras recomponíamos entre todos las últimas horas que mi marido había pasado en casa.
—Bueno, empecemos por el principio, a ver si averiguamos dónde ha estado todo el día ese condenado imbécil —sentenció—. Cuando lo vuelva a ver lo voy a poner a caldo por lo mal que te lo está haciendo pasar.
Agotamos todas las posibilidades de sitios a los que podía haber ido o personas con las que podría estar, pero lo cierto era que ninguno de nosotros tenía ni la más remota idea. A regañadientes, nos resignamos a pensar que se había evaporado.
Que yo lo pensara ya era duro; que sus amigos pensaran lo mismo era peor aún. Y hacerlo oficial, lo peor de todo. Conforme al protocolo policial, había que esperar veinticuatro horas para poder denunciar su desaparición, pero Roger estaba dispuesto a saltarse las normas y llamó a su comisaría para comentarles el caso.
—Madre mía, Paula, ¿qué le habrá pasado? —pregunté con voz temblorosa.
No podía contestarme, así que hizo lo que siempre hacía cuando yo necesitaba una amiga, y me dijo lo que quería oír.
—Lo van a encontrar, Catherine, te lo prometo —me susurró, y volvió a abrazarme.
Me vi atrapada en una terrible pesadilla, de esas que solo les pasan a los demás, no a una misma. No a mi familia, no a mi marido.
SIMON
NORTHAMPTON, VEINTICINCO AÑOS ANTES,
4 DE JUNIO A LAS 5:30
Me volví de lado y contemplé la superficie de color blanco perla del despertador de la mesilla. Las cinco y media, marcaba. Hacía quince meses que no conseguía dormir más allá de esa hora.
Aunque nuestras espaldas se tocaban apenas un par de centímetros, aún notaba cómo se inflaba y desinflaba suavemente su cuerpo mientras dormía. Me aparté de ella. Vi que un frágil haz de luz de un color anaranjado cremoso iluminaba levemente el dormitorio a través de una rendija en la cortina.
Me retiré la sábana de algodón del pecho y contemplé cómo se elevaba el sol por encima de los campos de maíz, envolviendo con un manto dorado nuestra vivienda sombría. Me vestí con la ropa que tenía colgada de una silla y abrí el armario, procurando que el chirrido de las bisagras no la despertase.
Busqué a tientas el reloj que había pasado casi toda su existencia escondido en un estuche verde, en un cajón polvoriento, y me lo abroché a la muñeca. Me apretaba, pero terminaría acostumbrándome. Dejé el estuche donde estaba.
Avancé con sigilo por el suelo de madera y cerré la puerta sin hacer apenas ruido. Paré delante del cuarto que siempre estaba cerrado. Giré el pomo y me dispuse a abrir la puerta, pero entonces me detuve. No podía hacerlo. No me haría ningún favor recordar aquel día.
La escalera crujió bajo mis pies y sobresaltó al perro dormido. Los ojos ambarinos de Oscar se abrieron de par en par y el pobre animal se acercó con torpeza a mí, intentando coordinar sus extremidades adormecidas.
—Hoy no, chico —le dije con una sonrisa de disculpa.
Él ladeó la cabeza, confundido. Luego, decepcionado al verse privado de su paseo diario, soltó un suspiro de desilusión, volvió a su cesto ofendido y enterró la cabeza bajo la manta de cuadros.
Abrí la puerta principal, cerrada con llave, y la cerré con cuidado al salir. Preferí moverme por el césped, en vez de por el ruidoso sendero de gravilla y, tras cruzar la oxidada cancela metálica, empecé a caminar. No acaricié por última vez el pelo de mis hijos, ni le planté un beso suave en la frente a mi mujer, ni miré por última vez el hogar que habíamos construido juntos. Solo podía ir en una dirección. Su mundo aún dormía, pero yo ya había despertado.
Y cuando despertaran, habría entre ellos un alma atormentada menos pendiente de los tejemanejes de «él».
6:10
La casa que dejaba a mi espalda ya se había desvanecido en mi pasado cuando llegué a la pista de tierra que me adentraría en Harpole Woods.
Tenía la mente en blanco pero las piernas preprogramadas para que me llevaran adonde debía estar. Me condujeron más allá del perímetro de los castaños de Indias, a través de los helechos punzantes que se habían propuesto rasgarme las perneras de los vaqueros, hasta el corazón del bosque, donde la cuerda azul descolorido había seguido señalando durante años la hondonada del terreno. Allí había habido un estanque y la cuerda había estado atada a un árbol para que los niños de la zona se columpiasen sobre él. Pero el agua se había evaporado hacía tiempo y la cuerda ya no servía de nada.
La recogí del suelo y repetí el procedimiento habitual de sacudirla hasta que estuviera tensa. Las inclemencias meteorológicas no habían mermado su fortaleza y deseé haber conservado yo también la mía.
Luego me senté en un tronco de roble caído y miré arriba para localizar la rama más robusta de toda la copa.
7:15
No recordaba cuándo había sido la última vez que me había visto sumido en un silencio tan hermoso.
Habían pasado ya casi dos horas desde que me había retirado del caos de mi vida. No alborotaba ningún niño a mis pies. No tronaba ninguna canción pop en la radio del alféizar de la ventana de la cocina. El tambor de la lavadora no daba vueltas y vueltas en otro ciclo sin fin. Nada me distraía de mis pensamientos, solo se oía a lo lejos el leve murmullo del tráfico de la autopista.
Sabía que habría dado igual que me quedase en esa casa otra semana, otro mes o los próximos cincuenta años. Con los puñetazos y las patadas que había dado y recibido, ya no podía volver.
Toqueteé las matas de musgo que florecían en la corteza húmeda del tronco y recordé el día en que todo había empezado a superarme. Yo estaba en el baño, de pie, inmóvil, cuando el eco de su dolor escapó desde el otro lado de la puerta cerrada de nuestro dormitorio. Su llanto se había hecho más intenso y agudo hasta perforarme, atravesarme las venas y llegarme a la cabeza. Me iba a estallar, así que me tapé los oídos con las manos sudadas para impedirlo. Pero lo único que oí entonces fue el rápido latido de mi propio corazón maltrecho: un tictac hueco y despreciable dentro de un armazón sin alma.
Entonces me asaltó con una fuerza tan repentina que me derrumbé sobre el suelo del baño. «Hay una forma de salir de todo esto». Podía librarme de mi tormento si aceptaba que mi vida había seguido su curso y me suicidaba.
De inmediato, había empezado a remitir el dolor de cabeza.
Habría dado igual que yo la perdonara o que ella me perdonase a mí o que los dos hubiésemos firmado un pacto fáustico por el que olvidar todo y a todos los que se habían interpuesto entre nosotros. Era demasiado tarde; lo nuestro no tenía remedio. Las pedradas habían hecho añicos nuestro invernadero. Mi yo interior ya había muerto; era hora de que el exterior hiciera lo mismo.
Solté el aire que no había notado que contenía y salí del baño. Una decisión de semejante magnitud podría parecer drástica a la mayoría, pero para el desesperado, era obvia. Significaría que por fin podría recuperar el control de mi vida, aunque fuese solo para ponerle fin. Y cuando entendí que la única finalidad de mi existencia era planificar mi muerte, sentí que me quitaba un peso de encima.
Como ella, yo también había pasado el duelo, pero en silencio y por distintos motivos. Había llorado por lo que ella nos había hecho a todos, por el futuro que tendríamos que haber disfrutado juntos y el pasado que ella se había empeñado en destruir. Habíamos llorado juntos y separados tanto tiempo, lamentando pérdidas contradictorias. Ahora ella lloraría sola.
Durante los meses siguientes, llevé de forma convincente las máscaras de marido comprensivo, padre estable y amigo fiel, pero, en el fondo, seguía entregado a convertirme en dueño de mi propia defunción. Me obsesioné con encontrar el momento adecuado, el lugar adecuado y los medios adecuados para mi fin. Medité las opciones, desde llenar el garaje de gases de combustión a hacerme con una licencia de escopeta, o tirarme desde uno de los puentes de la autopista o atarme unos bloques de hormigón a los tobillos y arrojarme al canal de Blisworth.
Sin embargo, por el bien de los niños, primero debía ocuparme de ella, que necesitaba recobrar las herramientas necesarias para reanudar el viaje antes de recibir el siguiente golpe. Así que me ocupé del sustento y el respaldo cotidianos de nuestra familia hasta que su salud física y mental fue mejorando. Y mientras ella reverdecía, mi descomposición seguía su curso.
Nunca sería un buen momento para que ella descubriera que su marido se había quitado la vida, pero yo sabía que, incluso en el peor de sus estados, ella era más fuerte que yo. Terminaría alzándose de sus cenizas para criar lo mejor posible a nuestros hijos. Lo que les dijera a los niños de mi muerte sería decisión suya. Yo los había querido muchísimo, pero aún eran muy pequeños para entender lo que su padre era en realidad o detectar sus defectos. Confiaba en que ella lo mantuviera así.
Entretanto, yo ya había decidido un método y un lugar que conocía como la palma de mi mano. Un lugar en el que yacía enterrado uno de mis secretos más oscuros: el bosque que había junto a nuestra casa.
Mi plan era sencillo. Treparía a un árbol, lanzaría la soga de cuatro metros por encima de una rama y me echaría el nudo al cuello. Luego me dejaría caer y rezaría para que se me partiera el cuello y eso precipitara lo inevitable. Esperaba que mi vida no fuese extinguiéndose lentamente como consecuencia del estrangulamiento.
Era lo que tenía que hacer. Lo que había planeado hacer. Lo que había ido al bosque a hacer en múltiples ocasiones.
Solo que, cuando llegaba el momento, siempre me pasaba lo mismo: no era capaz de hacerlo. Las cinco veces que lo había intentado en dos semanas había terminado contemplando las copas de los árboles con la soga en la mano, pero incapaz de dar el último paso, el definitivo. Y después de un tiempo, había vuelto a casa con ella tan destrozado como me había marchado.
Y allí estaba otra vez.
No era el hecho de quitarme la vida lo que temía, porque quedaban pocas cosas en el mundo que pudieran asustarme o dolerme. Tampoco me sentía culpable por dejar a mis hijos sin padre, porque ya me había desconectado de ellos sin que nadie se diera cuenta.
Lo que me aterraba era no saber lo que me esperaba más allá de la vida. La mejor de mis esperanzas era la nada perpetua del purgatorio; la peor, una continuación de lo que estaba viviendo, solo que con los talones abrasados por las llamas. Quería que la muerte me librara de la desgracia, no que la reemplazara por algo igual de espantoso.
Pero ¿cómo podía estar seguro de que sería así? No había manual de instrucciones ni anciano sabio que me confirmaran que no iba a saltar de la sartén a las brasas. De modo que mi única escapatoria era un riesgo que había empezado a darme mucho miedo asumir. Pero ¿realmente era mi única escapatoria?
«¿Y por qué no te vas sin más?». La vocecilla me llegó tan de repente y tan inesperadamente que pensé que era la de otro. Miré alrededor, pero el bosque seguía vacío.
«Tu muerte no tiene por qué ser el resultado de un acto físico —prosiguió la vocecilla, casi cantarina—. ¿Y si desaparecieras y borraras de un plumazo los últimos treinta y tres años?».
Asentí despacio con la cabeza.
«No podrás volver a ser parte de la vida de las personas a las que conoces. Tendrás que obligarte a desentenderte y no volver a relacionarte con ellos. Ella dará por supuesto que has tenido un accidente y no encuentran tu cadáver, y al final superará la pérdida y seguirá adelante. A la larga, será mejor para todos vosotros».
Aunque no era capaz de quitarme la vida, sí podía hacer todo eso. Me pregunté cómo no se me había ocurrido antes. Pero, cuando uno está sumido en una depresión profunda y cree haber encontrado una escapatoria, deja de buscar una alternativa.
«¿Qué te impide marcharte ahora mismo? Ya has perdido suficiente tiempo».
«Sí, tienes razón», pensé. Ya les había susurrado un adiós a todas las personas importantes de mi vida, y las había soplado al aire a todas menos una como si fueran penachos de diente de león. Así que, antes de que sonaran las alarmas, inspiré hondo, dejé de apretar los puños y me levanté del tronco con esperanzas renovadas.
Volví a poner la soga donde correspondía y salí del bosque siendo un hombre que ya no existía.
13:15
Es asombroso la distancia que se puede llegar a recorrer cuando se camina sin rumbo. Como no tenía en mente ninguna dirección, ni una brújula interna que me guiara en una u otra, decidí avanzar sin más.
Seguí el globo luminoso del cielo, por campos, pastos y fincas extensas, por aldeas y por puentes que cruzaban autovías de doble sentido. Pasé por delante de un rótulo que rezaba ESTÁ SALIENDO DE NORTHAMPTONSHIRE. GRACIAS POR SU VISITA, y sonreí. Así había estado toda la vida: de visita.
Pletórico de optimismo, reconocí que siempre había estado demasiado centrado en mí mismo para absorber el mundo que me rodeaba, o para apreciarlo en su totalidad. Nunca había saboreado los pequeños placeres de la vida, como arrancar frambuesas de los arbustos del borde de la carretera, comer manzanas de los manzanares o beber agua fresca de los arroyos.
Pero la vida moderna no era como las novelas de Mark Twain que había leído de niño. La contaminación había amargado el sabor de las frambuesas, las manzanas eran ácidas y el agua no sabía a agua salvo que se mezclase con fluoruro y saliera por un grifo.
Nada de eso me preocupaba. Acababa de empezar una vida nueva y estaba aquí para aprender, para comprender y para disfrutar. Al retroceder, podría avanzar. No tenía ningún sitio donde ir, pero a la vez podría ir a cualquier parte. Empezaría de cero siendo el hombre que quería ser y no el hombre en el que ella me había convertido.
16:00
El sol empezó a pesarme en los hombros y me dolía la frente al tocármela, así que me solté la camisa que llevaba atada a la cintura y me tapé la cabeza con ella. Un cartel que tenía delante me indicó que me encontraba a poco más de dos kilómetros del parque de caravanas Happy Acres, por delante del que habíamos pasado una vez camino de algún otro sitio donde jugar a la familia feliz.
El nombre de aquel lugar, destartalado y cercado por una valla de alambre de espino, resultaba paradójico a simple vista. Ella dijo entonces que le recordaba a un documental sobre Auschwitz, pero, evidentemente, las familias que se alojaban en sus ruinosos habitáculos no pensaban lo mismo.
Pasé por las puertas abiertas, que se sostenían en pie gracias al óxido y a la pintura marrón desconchada. Unas treinta caravanas estáticas formaban un gran arco. En otros puntos más apartados se habían colocado otras como a última hora, entre setos descuidados. Los niños llenaban el aire de chillidos; las mamás y los papás jugaban al críquet con ellos; y los abuelos escuchaban sentados emisoras de onda media en transistores portátiles. Envidié la sencillez de su felicidad.
Me llamó la atención un kiosco pequeño de café, rodeado de mesas y sillas de plástico descoloridas por el sol. Comprobé si llevaba suelto en los bolsillos y sonreí cuando me encontré un billete arrugado de veinte libras que debía de haber sobrevivido a la colada. El nuevo Simon ya estaba teniendo más suerte que el anterior. Le pedí un refresco de cola a la joven apática que estaba al otro lado del mostrador, que puso los ojos en blanco porque, al darme el cambio, se quedó sin monedas en la caja.
Estuve sentado en una de aquellas sillas de plástico hasta que oscureció, como espectador, estudiando a los veraneantes como si fuese mi primera visita a la Tierra. Había olvidado cómo podía ser la vida en familia, semejante a la que solíamos tener antes de que ella me despersonalizara.
Dejé de pensar. No quería recordarla, ni recordar las repercusiones de sus actos. Ya no era un personaje secundario de su pantomima.
20:35
El olor a barbacoa y a velas perfumadas fue propagándose por el parque de caravanas a medida que se acercaba la noche. Supuse que era invisible al radar de todo el mundo hasta que se me acercó un hombre de mediana edad con el pecho al descubierto. Me dijo que su mujer me había visto solo toda la tarde y me invitó a que compartiera con su familia una cena a la brasa.
Accedí agradecido y me llené el estómago de perritos calientes carbonizados hasta que la hebilla del cinturón se me empezó a clavar en la tripa. Escuché más de lo que hablé y, cuando me preguntaron de dónde venía y cuánto pensaba quedarme, mentí. Les dije que me había inspirado un deportista famoso que había completado recientemente una caminata benéfica patrocinada desde John o’ Groats hasta Land’s End. Ahora yo hacía lo mismo, por los sin techo.
No tardé en descubrir lo poco que costaba mentir, sobre todo a personas dispuestas a creer lo que les dijeras. No me extrañaba que a mi mujer y a mi madre les hubiera resultado tan fácil.
Mis anfitriones estaban impresionados y, cuando me ofrecieron un billete de diez libras para la asociación benéfica de mi elección, no me sentí culpable ni tuve la necesidad de explicarles que mi oenegé empezaba y terminaba en casa.
Les di las gracias y, excusándome, me dirigí a un grupo de caravanas instaladas en el perímetro del campo. No fue difícil adivinar cuál estaba vacía y, después de correr el pestillo metálico de la ventana posterior, me colé con disimulo en una de ellas.
Olía a cerrado, la almohada estaba llena de nudos y manchada del sudor de desconocidos, y la manta de lana almidonada me arañaba el pecho, pero ya había encontrado una cama donde pasar la noche. Limpié la porquería del interior de la ventana, contemplé mi nuevo entorno y sonreí al pensar en los regalos que una vida sin complicaciones me estaba ofreciendo.
Estaba agotado, física y mentalmente. Me ardían los gemelos y los talones, tenía la frente abrasada y me dolía la zona lumbar, pero no presté mucha atención a aquel malestar temporal.
Y esa noche dormí tan profundamente como un recién nacido. No tenía sueños, ni planes y, lo más importante de todo, tampoco remordimientos.
NORTHAMPTON, HOY 8:25
Catherine estaba sentada en el comedor con el portátil en la mesa de caoba. Lo desplazó un poco para mirar la fotografía de la Quinta Avenida neoyorquina impresa en el mantel individual que había debajo, y sonrió. Confiaba en que tuvieran tiempo de volver allí antes de que acabase el año.
A juzgar por la fecha del mensaje, James había enviado su correo electrónico a primera hora de esa mañana. Hacía ya un mes que su hijo mayor había volado a casa para visitarla, pero viajar por el mundo era parte de su vida ahora, y ella ya se había acostumbrado. Pese a las exigencias de su profesión, él la mantenía al corriente de sus travesuras. Y cuando no tenía tiempo de garabatearle unas líneas, aunque solo fuese para saludarla o avisar de que escribiría más tarde, ella entraba en su página web o en su Facebook para ponerse al día. Robbie había intentado demostrarle lo fácil que era hablar por Skype o por FaceTime, pero ella acababa de aprender a grabar los culebrones de la tele. Poco a poco, le decía ella.
Echaba de menos poder agarrar una estilográfica y escribir una carta. La desilusionaba que casi todo el mundo considerase demasiado trabajoso o anticuado escribir en papel en vez de teclearlo. Pero hacía años que tampoco ella se sentaba a escribir, salvo su firma en los contratos de negocios.
Emily acababa de salir de casa y pasaría a recogerla por la noche para llevarla a cenar, así que le daba tiempo de sobra a contestar a James y pedir esas biografías que llevaba tiempo queriendo comprar en Amazon. Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada de eso, llamaron a la puerta. Se quitó las gafas de ver, cerró el portátil y fue a abrir.
—¿Te has vuelto a olvidar el monedero, cariño? —gritó mientras bajaba el picaporte. Pero, al abrir la puerta, no vio a Emily, sino a un caballero mayor.
Sonrió.
—Uy, perdone, creía que era mi hija.
El hombre le devolvió la sonrisa, se quitó el sombrero de fieltro y se recolocó algunos mechones canos que el ala había despeinado.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —preguntó ella.
Él no contestó, limitándose a sostenerle la mirada y a esperar, pacientemente. Ella reparó en la calidad de su traje a medida de tres piezas y en su bronceado mediterráneo, y supo a primera vista que su corbata azul claro era de seda pura.
Aunque su silencio la incomodaba un poco, no se sintió amenazada. Era atractivo, iba arreglado y había algo en él que le resultaba familiar. Quizá lo había conocido en Europa, en algún viaje de compras, pero ¿cómo había sabido él dónde encontrarla? «No, qué disparate», se dijo.
—¿En qué puedo ayudarlo? —insistió, cortés.
Después de otra pausa, el hombre abrió la boca y empezó a hablar.
—Hola, Kitty, ¡cuánto tiempo!
Ella se quedó pasmada. Nadie la llamaba Kitty salvo su padre y…
Le dio un vuelco el corazón como si hubiera caído desde un trigésimo piso en una décima de segundo.