Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 19 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 18

SIMON

 

NORTHAMPTON, VEINTIOCHO AÑOS ANTES,

14 DE MARZO A LAS 23:15

 

La aguja se desplazó adelante y atrás como la bolita de una ruleta hasta encajar en un surco que podía leer.

Baishali y Paula habían tropezado dos veces con el tocadiscos mientras, espalda con espalda, imitaban a las chicas de Abba. Knowing Me, Knowing You sonaba a todo volumen por los altavoces montados en la pared y un grupito las rodeaba para verlas recrear la célebre coreografía de la banda.

Pero les presté poca atención porque tenía los ojos clavados en mi mujer y en Dougie, que bailaban juntos en un rincón del salón.

A primera hora de la noche, la fiesta que ella había organizado para celebrar mi trigésimo cumpleaños estaba en pleno apogeo. Nuestros amigos y vecinos habían desfilado por el camino de entrada como hormigas obreras, cargados con vino francés barato y bandejas de sándwiches tapados con film de cocina.

Ni Dougie ni ella habían reparado en la presencia de nadie más. Estaban el uno frente al otro, él con las manos en la cadera de ella y ella con los brazos enroscados en su cuello, mientras se mecían, ebrios, al son de la música.

Últimamente Dougie pasaba más tiempo contándole sus penas a ella que a mí y, la verdad, a mí me costaba escuchar las quejas de un hombre a quien su mujer había abandonado por maltrato, así que era un alivio que Catherine le hiciera caso.

Sin embargo, no había pensado mucho en lo bien que se llevaban hasta esa noche. A pesar de las múltiples distracciones, no se quitaban el ojo de encima, ni cuando la canción había saltado, ni cuando se había desmontado el numerito de homenaje a Abba, ni cuando Oscar, frenético, había empezado a reventar globos con las uñas de las patas.

«Le estás dando demasiada importancia —razoné, toqueteándome nervioso los gemelos que ella me había regalado—. Son amigos». Así que me olvidé de mis inseguridades y salí al jardín a fumarme un cigarrillo. Pensándolo bien, sabía que lo único que había visto era a dos colegas achispados bailando juntos.

—¡Felicidades, tío! —me gritó mi socio, borracho, pasándome el brazo por el hombro.

—Gracias —contesté, y levanté la pinta al frente para brindar por la ocasión.

—Baishali jamás me organizaría una fiesta así —dijo Steve—. La aterraría pensar en cómo se quedaría la casa después. Tu chica es un sol.

—Lo sé —dije, sonriendo—. Es cierto.

Tenía razón. Había sido un imbécil por dudar de ella ni siquiera un minuto. Iría dentro a buscarla, la abrazaría y le daría las gracias por el esfuerzo. Y me disculparía por haber antepuesto el trabajo a ella los últimos meses. Había dejado de ser divertido y espontáneo, y sabía que eso nos había distanciado. Ignorarlo había sido muy egoísta por mi parte.

Apagué el cigarrillo en el camino y entré, pero en el rincón donde estaban ya no había nadie. Peiné el salón con la mirada, pero no veía a Catherine por ninguna parte. Eché un vistazo en el comedor y en la cocina antes de cruzar de nuevo las puertas del patio para salir al jardín y dirigirme a Roger.

—¿Está Kitty por aquí? —pregunté.

—No, tío —contestó Roger arrastrando las palabras—. ¿Quieres otra cerveza?

Negué con la cabeza, pero, cuando me disponía a volver dentro, me llamó la atención la ventana de nuestro dormitorio. Levanté la vista y vi la silueta de dos personas detrás de la cortina antes de que se apagaran las luces.

Me quedé allí un instante, paralizado momentáneamente.

 

CATHERINE

 

14 DE MARZO A LAS 23:15

Lo pasaba bien con Dougie. Entendía por qué tenía tanto éxito con las mujeres. Era un tío de espaldas anchas y guapísimo; sabía vestir y se le daba bien escuchar. De no haber estado casada, seguramente me habría llamado la atención.

Además, como Simon andaba siempre liado montando su empresa y Dougie intentaba adaptarse a la vida de soltero después de que Beth lo abandonara, los dos estábamos igual de solos.

Los niños ocupaban casi todo mi tiempo, pero Dougie no tenía nada con lo que distraerse. Me fastidiaba imaginármelo dando vueltas por la casa sin ella. Así que, entre semana, venía a la nuestra a cenar con los niños y conmigo. Ellos adoraban a su tío D porque los perseguía por toda la casa como si fuera uno de los monstruos de la película de Cazafantasmas y les prestaba la atención que su padre solía prestarles.

Cuando ya los tenía acostados, Dougie y yo nos sentábamos en el jardín o a la mesa de la cocina, descorchábamos una botella de vino y esperábamos a que Simon volviera a casa y se tomara una copa con nosotros. Solíamos hablar un par de horas: él se quejaba de la falta de rumbo de su vida y yo de las ausencias de mi marido. Aunque él siempre defendía a Simon y me recordaba que todas aquellas horas de trabajo eran el medio para conseguir un fin. Yo sabía que tenía razón, pero de vez en cuando necesitaba a alguien que me encendiese la luz al final del túnel.

A pesar de lo mucho que hablábamos de Beth, Dougie nunca me contó la verdadera razón por la que ella se había ido. Hablaba del tema con rodeos, lo que me dejaba claro que aún no estaba preparado para confiar plenamente en mí. Me preguntaba si se lo habría dicho a Simon, porque mi marido tampoco me había comentado nada.

—¿Fue por otra persona? —le había preguntado la semana anterior mientras abría una segunda botella de Lambrusco.

—No, Beth jamás haría una cosa así —me respondió.

—No me refería a ella.

—Yo nunca tendría una aventura —me dijo, algo molesto por la insinuación.

—No hace falta tener una aventura para desear a otra persona.

Él sabía adónde quería llegar. No sé por qué, pero, en el fondo, quería oírlo reconocer que deseaba a mi marido. Sin embargo, cambié de tema y empecé a hablar de la inminente fiesta de cumpleaños de Simon.

Los dos le habíamos suplicado que se tomase la noche del sábado libre para montarnos una juerga; él solo tendría que presentarse en el salón de su casa. Aun así, lo hizo a regañadientes.

Yo había preparado todo el picoteo, hinchado los globos, buscado una canguro y recolocado los muebles sola, con lo que, cuando la fiesta empezó a animarse, no podía con mi alma, y a las nueve estaba borracha como una cuba. Pero, a pesar de mi empeño por animar a Simon a que se desmelenara, como trabajaba ochenta horas a la semana le costaba relajarse. Juguetona, le tiré del brazo para que bailase, pero se zafó de mí y prefirió tomarse otra pinta de cerveza.

«Que te den», pensé, y agarré lo mejor que encontré por allí, a Dougie, para que bailase conmigo.

Me colgué de su cuello para no terminar en el suelo y él me sujetó por la cintura. Mientras bailábamos, sus ojos y sus pensamientos estaban clavados en mí.

—Estás enamorado de Simon, ¿verdad? —espeté tan de repente que incluso solté un aspaviento. Luego contuve la respiración a la espera de que lo negara.

Pero Dougie no cambió de cara y, durante unos minutos, nos limitamos a bailar, sosteniéndonos la mirada. Sin necesidad de expresarlo con palabras, le dije que no me importaba y vi en su mirada que me lo agradecía.

—Ven conmigo y lo hablamos con tranquilidad —me susurró al fin.

 

NORTHAMPTON, HOY, 19:25

 

Catherine guardó silencio mientras decidía cómo proceder.

Simon había sacado a relucir los errores y las decisiones estúpidas que hacía tiempo que había optado por olvidar. No tenía ni idea de que la había visto en el dormitorio con Dougie. De todas las razones por las que podía haberla abandonado, jamás se le ocurrió que hubiera sido esa.

Se aclaró la garganta:

—¿Crees que tuve una aventura con Dougie?

Él asintió.

—Puede que esta cosa me vaya a más —dijo, dándose golpecitos en la cabeza— y que me esté borrando los recuerdos, pero sé lo que vi y sé lo que oí.

Ella se miró los pies y se pasó la mano por el pelo. Notó que se ruborizaba y que le temblaba el labio inferior. Subir aquellas escaleras con Dougie seguía siendo la segunda cosa que más lamentaba en la vida. Se avergonzaba de lo que había ocurrido entre ellos y jamás pensó que algún día tendría que hablar de ello, menos aún con su marido.

Entonces lo miró con un desprecio absoluto.

—¡Menudo estúpido! —gruñó—. ¡Menudo estúpido, joder!