Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 21 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 20

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, HACE VEINTIOCHO AÑOS,

18 DE MARZO

 

Cuando oí que Simon se levantaba y salía del dormitorio, me hice la dormida; luego lo oí cerrar con cuidado la puerta de la calle.

Sabía que le estaba costando dormir y supuse que había bajado a trabajar unas cuantas horas más al despacho que tenía en el garaje. Últimamente lo hacía mucho y, en el fondo, se lo agradecía. Lo que me había hecho Dougie no era culpa mía, pero eso no impedía que yo me sintiese el ser humano más asqueroso del planeta.

Jamás me había sentido más al mando de mis sentimientos que aquellos días, justo después de su agresión. Temía que, si dejaba de correr tan solo un minuto, me quedaría clavada y caería al suelo hecha mil pedazos. Si seguía moviéndome, no tendría tiempo para pensar. Ocupaba cada segundo del día con múltiples viajes al súper para comprar cosas que no necesitábamos, jugando a los piratas con unos niños que tendrían que haber estado con sus amigos, cavando en el jardín hasta que ya no quedaba tierra por remover…

Sin embargo, me daba miedo estar en la cama, sola o con Simon. En la cama tenía tiempo para pensar. Valoré la posibilidad de contárselo todo, pero, al final, decidí que eso solo me ayudaría a mí. La confianza en sus seres queridos era una parte tan fundamental de su carácter que sabía que enterarse de la verdad sobre su mejor amigo lo hundiría. Yo habría terminado más destrozada todavía viéndolo tan infeliz.

Además, seguramente me instaría a denunciar la agresión, pero yo estaba borracha, ¿cómo iba a demostrar que no había consentido voluntariamente y luego me había remordido la conciencia? No había testigos y yo me había dado tantos baños para librarme de sus restos que no había pruebas físicas de que hubiese pasado nada. Era mi palabra contra la suya.

Aunque la policía hubiera tenido pruebas suficientes para acusarlo, con el juicio se enteraría todo el mundo de lo de esa noche. Yo me vería obligada a revivirlo delante de una sala repleta de desconocidos que me estarían juzgando mientras su abogado me hacía pedazos. No era lo bastante fuerte para que me humillaran así.

Pero lo más importante para mí era mi matrimonio. Me aterraba que Simon nunca volviera a verme del mismo modo, que me considerara mercancía dañada. Si él hubiera tenido la más remota idea de lo sucia que me sentía, yo no habría soportado ver mi dolor reflejado en él. Pensándolo bien, nuestra familia tenía demasiado que perder.

Así que embotellaba mis lágrimas y, cuando nadie me veía, me colaba en el garaje, cerraba la puerta, descorchaba esa botella y las derramaba todas. Y cuando la botella estaba vacía, me recomponía y volvía a fingir que no estaba al borde de una crisis nerviosa.

 

22 DE MARZO

 

La idea de volver a verle la cara a Dougie me paralizaba y, en un pueblo pequeño, estaba claro que terminaríamos cruzándonos.

Cuando iba por la calle, me detenía en todas las esquinas y miraba alrededor por miedo a encontrármelo cara a cara. Y si estaba sola en casa, cerraba con llave todas las puertas y tenía siempre las cortinas corridas. Nadie en su sano juicio se habría atrevido a volver a la casa de una mujer a la que había violado, pero alguien que podía rebajarse hasta el punto de violar a otra persona que en teoría era su amiga, no estaba en su sano juicio.

Yo no volví a mencionarlo siquiera, pero, curiosamente, tampoco Simon. Desapareció sin más de nuestras conversaciones. Simon no volvió a ir al pub con él. Nunca me preguntó por qué Dougie ya no venía a cenar a casa y jamás lo invitó a ver un partido de fútbol en la tele. Era como si de repente hubiese dejado de existir para Simon también. Los niños eran, por lo visto, los únicos que lo echaban de menos.

—¿Va a venir a cenar tío D? —nos preguntaba Robbie a la hora del desayuno.

—No —contestaba Simon enseguida, sin levantar la cabeza.

No sabría explicar lo mucho que me aliviaba oír ese monosílabo, pero no podía preguntarle por qué. Así que la cosa no se aclaró hasta que Steven y Baishali nos invitaron a su casa a tomar una copa para celebrar que uno de los proyectos de Simon y Steven había ganado un concurso público del ayuntamiento.

—¿Va todo bien? —me preguntó Baishali cuando me reuní con ella en la cocina.

Lo cierto era que yo estaba muy nerviosa y se me notaba. Había estado evitando a Paula porque ella enseguida me habría calado y me habría obligado a tomar medidas, o peor aún, habría tomado cartas en el asunto sin mi permiso. Sin embargo, a Baishali no le gustaban los enfrentamientos, por eso preferí que ellos fuesen las primeras personas a las que veía después de la agresión e intentar así volver a la normalidad.

—Sí, va todo bien —contesté, y fingí una sonrisa.

—¡Qué pena lo de Dougie!, ¿verdad?

Tragué saliva.

—¿Qué ha pasado?

—Ha vuelto a Escocia, ¿no? Nos metió una nota en el buzón despidiéndose. Así, de repente. ¡Qué raro!, ¿no?

—Sí —respondí, procurando disimular mi alivio.

—Simon se habrá quedado hecho polvo.

Yo ya no tenía ni idea de lo que pensaba mi marido. No entendía por qué no me había contado que su mejor amigo, al que conocía desde hacía veinte años, se había mudado de repente. Me inquietaba cada vez más la forma en que estábamos desconectando. Sin embargo, si era cierto que aquel animal había vuelto arrastrándose a Escocia, a lo mejor yo podía empezar a recuperar mi vida.

En un momento en que todo mi ser me pedía normalidad, Simon y yo no parábamos de distanciarnos.

El sexo y la intimidad eran lo último que se me pasaba por la cabeza, pero, cuando volvimos de casa de Steven y Baishali, yo estaba deseando volver a sentirme una mujer normal. Quería creer que haciéndole el amor a Simon, podría apartar de mi mente aquella noche.

Aunque aún me resentía físicamente de la agresión, me obligué a seducirlo porque no quería asociar el sexo al dolor y la violencia el resto de mi vida. Incluso durante el acto, porque no fue más que eso, sabía que los dos lo hacíamos por inercia. Y si yo lo notaba, seguro que él también.

Pero era el punto de partida que necesitaba para reparar lo que otro casi había arruinado.

 

14 DE MAYO

 

No se me pasó por la cabeza que pudiera estar embarazada, ni siquiera al ver que no me venía la regla.

Di por supuesto que, en mi empeño por olvidar, había descuidado mi cuerpo saltándome comidas y durmiendo mal. Pensé que se me había desajustado el ciclo y que era una reacción tardía de mi organismo al trauma.

Pero cuando vi que tampoco me venía al mes siguiente, pedí cita enseguida con mi médico. Tres días después de hacerme las pruebas, la doctora Willows me llamó para informarme de los resultados. Me dejé caer en el taburete de al lado del teléfono, completamente desinflada. Estaba embarazada y no tenía ni idea de qué hacer.

Ya estaba al límite de mis posibilidades. Era madre de tres niños de menos de cinco años, estaba casada con un obseso del trabajo e intentaba esconder las cicatrices mentales que Dougie me había dejado. Me aterraba la idea de tener que lidiar con otro pequeño. Sería otra distracción que impediría que Simon y yo reparáramos nuestra relación. Me había resignado a que nuestra vida sexual hubiese pasado de apasionada a esporádica e insatisfactoria, pero al menos habíamos hecho un pequeño esfuerzo por tener intimidad. Y aunque ninguno de los dos había llegado al orgasmo y biológicamente era improbable, tampoco eso quería decir que no hubiera podido quedarme embarazada.

Me planteé seriamente abortar. Me imaginé organizándolo mientras Simon estaba en el trabajo y los niños en el colegio. Y para cuando volvieran todos a la hora de la cena ya estaría hecho y nadie se enteraría.

Pero lo sabría yo. Me encantaba ser madre y no tenía derecho a detener los latidos de ese segundo corazón que llevaba dentro solo porque el mío estuviera roto. La inoportunidad era una excusa, no un motivo, y una excusa bastante mala. Así que me obligué a tenerlo. Había pasado por momentos mucho peores.

No sabía lo que el futuro nos depararía a Simon y a mí, pero sí que había futuro para el bebé que estaba gestando.

SIMON

 

NORTHAMPTON, VEINTIOCHO AÑOS ANTES,

18 DE MARZO

 

—¿Por qué? ¿Por qué? —bramaba mientras mis puños cobraban vida propia y asestaban un puñetazo detrás de otro a la cara y el cuerpo de Dougie.

Habían pasado cuatro días desde que había oído a mi mejor amigo y a mi mujer juntos, y apenas había podido mirarla a la cara. Ella había estado inusualmente callada y reservada, atormentada, esperaba, por el remordimiento de lo que habían estado haciendo a mis espaldas.

Me escudé en que tenía trabajo acumulado para apartarme de ella y del escenario de su delito, pero no conseguía concentrarme y me sentaba al escritorio, asaltado por los gemidos que había oído al otro lado de la puerta del dormitorio. Y aunque había sido Catherine la que había mancillado la fe que tenía en ella, desaté mi ira con Dougie.

No sabía si me enfurecía más la forma tan artera y cobarde en que él había traicionado nuestra amistad o mi propia ingenuidad por no haber dudado jamás de su lealtad. Sin contar con Catherine, él había sido mi amigo más íntimo. Pero se había burlado de todo lo que yo había dado por supuesto y, por más que intentaba contener la rabia, esta se negó a remitir hasta que le hice sentirse tan débil y vulnerable como me sentía yo.

Esperé a que fuese de madrugada, cuando ella ya se dormía, para ir a la casa donde Dougie vivía de alquiler. Tanto las cortinas de la planta baja como las de la superior ocultaban el interior de la vivienda a ojos curiosos, así que me dirigí a la parte de atrás y me asomé por la ventana de la cocina.

La luz estaba encendida y Dougie estaba sentado dentro, inconsciente, en una silla de jardín, con la cabeza hacia atrás, rodeado de latas de cerveza derribadas como soldados caídos en combate. Mientras mi vida se iba al garete, él lo había estado celebrando. Eso me enfureció aún más.

No reparó en mi presencia hasta que me acerqué por detrás, le pasé un brazo por el cuello y lo tiré de espaldas al suelo. Sobresaltado, abrió los ojos vidriosos, pero el alcohol que llevaba en el cuerpo le impidió enderezarse. Me senté a horcajadas encima de él y enseguida le reconvertí la cara en un tapiz de sangre, pelo y mocos. Con las rodillas le inmovilicé los brazos, que agitaba inútilmente, pero ni siquiera destrozarme los nudillos partiéndole la nariz y la mandíbula bastó para refrenar mi ira.

—¿Por qué ella? —espeté—. ¿Por qué mi mujer?

—Lo siento —dijo él, ahogado—. Para, por favor…

Pero no lo dejé seguir: de otro puñetazo le mandé los incisivos a la garganta como si fueran bolos en la pista de una bolera.

Lo levanté agarrándolo del cuello manchado de sangre de la camisa y lo estampé contra la pared. Golpeó con la cabeza un reloj, que cayó, esparciendo cristales por el linóleo.

—No sé por qué —jadeó. Le apestaba el aliento a alcohol y a sangre—. No era mi intención…

—¡Cállate! —bramé—. Nos has destrozado, Dougie. A ti y a mí, a ella y a mí, a todos. Todo…

Perdí fuerza en la voz; luego me quedé mudo. Al verbalizar lo que me había hecho, su enormidad de pronto se hizo mucho más patente. Lo dejé caer al suelo, donde se hizo un ovillo, ensangrentado, sollozando. Lo miré boquiabierto como si fuese una criatura herida, extraña, a punto de agotar su existencia. Me pregunté cómo podía haber sido tan imbécil de querer a alguien tan despreciable.

Tenía que salir de su casa y dejar de respirar el mismo aire contaminado que él. Me dirigí a la puerta de atrás; su respiración sibilante iba apagándose con cada paso.

Podía haberlo dejado allí, pudriéndose, pero, en el fondo, sabía que no habría bastado. Me detuve en seco y me volví a mirarlo.

Sus ojos hinchados y amoratados ya no eran más que unas ranuras, así que solo debió de ver mi sombra cuando me cerní sobre él. No intentó protegerse, ni siquiera cuando me vio agarrar del fregadero el cuchillo del pan.

Eché el brazo hacia atrás, despacio, y le hundí la hoja en el estómago, una vez, dos, luego una tercera vez. Curiosamente, me costó muy poco. Su rostro permaneció inmutable, pero el trauma físico lo hizo erguirse. Allí se quedó, consciente pero inmóvil.

Me aparté para presenciar su final. Sus últimos estertores se fundieron con el sonido de los gases que escapaban de sus heridas. No hizo ademán de cubrírselas, ni luchó por sobrevivir. Esperó cinco largos minutos a que la vida abandonase su cuerpo; luego el cuello se le descolgó, lacio, a un lado.

Los dos sabíamos que lo que había hecho estaba bien.

Reaccioné a lo sucedido esa noche con lucidez.

La familia de Beth se había llevado casi todos los muebles de la casa de ella cuando la había vendido, así que a él le habían quedado pocas cosas con las que decorar su nuevo cuchitril. Registré todas las habitaciones en busca de algo adecuado donde meter su cadáver, pero allí no había más que recipientes de comida para llevar vacíos, latas de cerveza y periódicos gratuitos. Un legado patético.

Limpié la sangre del suelo con periódicos y toallas sucias, y a continuación metí el cadáver, hecho un fardo, en el maletero de su automóvil. Conduje por el pueblo y, al pasar por delante de nuestra casa, apagué las luces y recorrí de memoria el camino que llevaba al bosque.

Agarré la pala y la linterna que me había llevado del garaje de Dougie y me adentré en el bosquecillo. La tierra estaba helada y dura, con lo que me hizo falta sudor y arrojo para cavar, pero, al cabo de una hora, la tumba improvisada ya estaba lista. Con los brazos debilitados y contraídos por la rabia y la determinación, me costó una barbaridad arrastrar su cuerpo voluminoso al hoyo, pero persistí hasta que conseguí hacerlo rodar dentro.

Arrojé también las toallas y los periódicos manchados y, sin mirarlo dos veces, cubrí el hoyo de tierra, alisé el suelo a pisotones y esparcí hojas secas por encima para ocultar mis huellas. Usé un trozo viejo de cuerda de tender azul que había en el suelo cerca del estanque seco para marcar la tumba.

Abandoné su automóvil en una zona concurrida del pueblo con las llaves en el contacto, y luego cogí dos autobuses nocturnos para volver a casa. Me dirigí al puente al que solía llevar a los niños a fingir que pescábamos y me quité la porquería de las manos con el agua que corría por debajo. Entonces, agotada la adrenalina, el dolor físico empezó a manifestarse en mi cuerpo en forma de fuertes calambres. Me recorrían los brazos desde los nudillos hasta los hombros y me oprimían el pecho. Las cartas que había tecleado para Roger y Steven en nombre de Dougie explicándoles su repentina vuelta a Escocia, podían esperar al día siguiente.

Con los puños tan apretados, apenas podía extender la mano para limpiarme las lágrimas de las mejillas y de la barbilla.

 

27 DE ABRIL

 

Ansiaba que Catherine me confesara su traición y suplicara mi perdón, porque solo entonces podría entender lo mucho que me había alejado de mi antiguo yo desde que los había oído a Dougie y a ella juntos.

Había asfixiado al yo que ella creía conocer. Ahora vivía con una simple imitación de Simon Nicholson: un hombre tan anestesiado y glacial que solo corrían fluidos fríos por su cuerpo. Ya no volvería a ser el mismo.

Estaba tan desconectado de todo lo que había pasado antes de esa semana que había borrado a Dougie por completo de mi historia. Ni siquiera llevar las manos manchadas de la sangre de mi mejor amigo consiguió humanizarme. Mis actos estaban justificados, eso lo sabía. Tuve la fortaleza necesaria para hacer lo que mi padre tendría que haberles hecho a los múltiples amantes con que Doreen nos había humillado.

Enfrentarme a Catherine, en cambio, era otra cosa. Sabía que me satisfaría más verla hundirse poco a poco que cualquier agresión física. No estaba seguro de cómo lo haría, pero, de algún modo, conseguiría sonsacarle una confesión; luego la tendría semanas en vilo, haciéndole creer que meditaba nuestro futuro.

Y cuando ella creyera ver un rayo de esperanza en mis brazos abiertos y compasivos, la abandonaría y me aseguraría de que mis hijos y todos sus amigos se enteraran de lo que había hecho. La odiarían tanto como yo.

Pero la subestimé. Mientras le permitía que creyese que se había salido con la suya, de pronto me sorprendió.

 

14 DE MAYO

 

Aunque yo hubiera puesto fin a la vida de Dougie, él había encontrado una forma de seguir viviendo, dentro de mi mujer. Dentro de todos nosotros.

No le había bastado con diezmar nuestro matrimonio en vida. Aun a kilómetro y medio de mi casa y a dos metros bajo tierra, continuaba restregándome con sal las heridas abiertas.

La noche en que acostó a los niños temprano y me llevó al comedor, la vi angustiada.

—Tengo que contarte algo —empezó nerviosa— y no sé bien cómo te lo vas a tomar. —Se enjugó las mejillas con un pañuelo de papel antes de seguir hablando—. Estoy embarazada. —Luego se inclinó sobre la mesa y me tomó la mano con su garra endemoniada—. Voy a necesitar tu ayuda y, para eso, tendrás que recortar un poco tu horario de trabajo, pero creo que otro bebé podría venirnos muy bien ahora. —Era lo que me faltaba por oír: otro mazazo a mi frágil ego. Supe entonces que jamás se sinceraría conmigo. Tendría que idear otro plan para castigarla—. ¿Qué te parece?

—Es una gran noticia —mentí, y ella soltó enseguida el resto de sus lágrimas de cocodrilo.

Era evidente que la criatura maligna que llevaba dentro no tenía nada que ver conmigo. Las pocas veces que habíamos hecho el amor, había tenido que echarle mucha imaginación para excitarme. Había sido un sexo desalmado, rencoroso, entre una adúltera y el agraviado, y yo no había podido llegar al clímax.

Sin embargo, estaba dispuesta a endosarme a su hijo bastardo ahora que su amante, según creía ella, la había dejado sola y había vuelto a Escocia.

Me acordé de la cara de pánico que había puesto cuando Robbie le había preguntado cuándo iba a volver Dougie a cenar en casa. Yo le contesté que no vendría y ella ni levantó la cabeza ni me preguntó por qué. Me cuestioné si sabría que yo lo sabía. Si era así, lo ocultó bien y no dijo nada. Por dentro, debía de estar matándola el no saber por qué su amante la había dejado. Eso me producía cierta satisfacción.

Tuvo la astucia de compensar sus errores sirviéndose de trucos típicos para no parecer un ama de casa desesperada. Aunque fuera tarde, esperaba a que llegase a casa del trabajo para cenar conmigo, se involucró en absolutamente todos los aspectos de la vida de los niños, y redecoró nuestro pecaminoso dormitorio ella solita.

A veces, cuando creía que estaba sola, la veía colarse en el garaje y, al asomarme a las ventanas cubiertas de telarañas, me la encontraba arrodillada en el suelo sucio, llorando. Y esperaba que no dejara de hacerlo nunca.

 

19 DE AGOSTO

 

A medida que pasaban los meses e iba creciendo el parásito que llevaba en el vientre, empecé a detestarlo tanto como al vehículo que lo transportaba. Soñaba con verla rodar por las escaleras y perderlo, o con que la doctora Willows le confirmara que el bebé había muerto en su útero.

Sin embargo, a pesar de lo mucho que la despreciaba y lo mal que me hacía sentir, no era capaz de plantarle cara ni de hacer las maletas y largarme.

Siempre había querido tener una familia propia y no estaba dispuesto a abandonar a mis hijos como había hecho mi madre. Viviendo con todos ellos me sentía desgraciado. Si me marchaba, sería como Doreen. Quedarme, al menos de momento, era el menor de dos males.

Así que le seguí el juego.

 

25 DE NOVIEMBRE

 

Estaba tumbada en nuestra cama, profundamente dormida, agotada por un parto que había hecho estragos en su cuerpo durante buena parte del día y de la noche.

Yo estaba sentado en el raído sillón verde del dormitorio, acunando a su hijo, envuelto este en un chal blanco que ella había tejido expresamente para el recién nacido. La comadrona recogió su instrumental y se fue. Catherine lo había llamado William, como su difunto abuelo; tenía solo una hora de vida y estaba muy dormido. Aún tenía la piel pegajosa y fragante, y estaba cubierto de un vello suave, fino y blanquecino.

En cuanto me lo pusieron en brazos, intenté con todas mis fuerzas imaginar que era uno de los míos, pero no fui capaz de acercarle los labios a la orejita y susurrarle lo que les había susurrado a los otros.

No podía decirle a aquel pequeño que siempre estaría a su lado y que nunca le fallaría. Porque no era mi hijo, ni lo sería jamás. Ni siquiera el fruto de un engaño merecía una mentira, eso lo sabía yo mejor que nadie.

Transcurrieron las semanas y yo me pasaba horas observándolo, detectando los rasgos del padre al que había asesinado en sus sonrisas y sus ceños fruncidos. Era la viva imagen de Dougie, hasta en la pelusilla rojiza que le cubría la cabeza.

Nunca tendría un padre que le sirviera de modelo y lo quisiera incondicionalmente, ni una madre que fuese del todo sincera con él sobre sus orígenes. Así que, ya a tan tierna edad, cargaba con el peso de su concepción como una losa.

Aun así, mi fachada de acero se había derretido un poco cuando había visto a Catherine dar a luz. En su vulnerabilidad, vi fragmentos de la mujer a la que había amado, y que ya me había bendecido con tres hijos propios.

Y por primera vez en meses había llegado a preguntarme si podríamos superarlo. Sin embargo, mientras Billy, constante recordatorio de la transgresión de Catherine, formase parte de nuestras vidas, yo no podría perdonarla, no podría olvidar y nunca podríamos seguir adelante.

Su frágil existencia haría que nada volviese a ser lo mismo nunca más.

 

NORTHAMPTON, HOY, 20:00

 

A Simon le costaba respirar.

Sus pupilas sombrías y letárgicas volvían a la vida intermitentemente, como una bombilla floja, y luego se hundían de nuevo en la oscuridad de sus iris.

Por fuera, seguía sin reaccionar a lo que ella le había contado, pero, por dentro, estaba destrozado. Las revelaciones de Catherine habían obligado a los cien mil millones de neuronas esparcidas por su cerebro enfermo a soltar al unísono impulsos eléctricos que lo habían bloqueado.

Cuando por fin volvió a la vida despacio, clavó los ojos en los de ella, observándola desde todos los ángulos con detalle microscópico. Escudriñó su rostro, desesperado, en busca de pruebas de que mentía, pero no vio más que la verdad. Lo que él se había precipitado en creer que había oído al otro lado de la puerta había generado una cadena de sucesos que habían cambiado la vida de algunas personas y puesto fin a la de otras. De pronto se preguntó si, en el fondo, había pasado todo el tiempo que habían convivido juntos esperando a que ella se la jugara y aquello había sido la excusa que andaba buscando.

Catherine acababa de demoler los cimientos de veintiocho años de suposiciones. Él ya no podía culparla de sus actos. La culpa era de Dougie. De Kenneth. De Doreen. «No es culpa mía, no es culpa mía», se repetía sin parar.

Cuánta angustia y cuánta pena habrían podido evitarse si hubiera girado el pomo de la puerta otros cuarenta grados. Habría podido protegerla como un marido debía proteger a su mujer.

Ella había sido víctima de los asuntos sin resolver entre dos buenos amigos y los padres que los habían moldeado. Y le partía los restos carbonizados del corazón saber que ella había renunciado —¡por él!— a la justicia que merecía. Hasta había estado dispuesta a querer a un bebé nacido del odio para no disgustarlo. No acababa de entender cómo alguien podía ser tan generoso.

—Yo… yo… —empezó a susurrar, pero no pudo terminar.

Ella recordó un tiempo en que las palabras de aquel hombre le importaban. Ahora ya no significaban nada.

Por fin, había respondido a la pregunta que ella llevaba tanto tiempo haciéndose. Se había preguntado mil veces qué había hecho para que él la dejara de lado, y ya lo sabía.

Nada.

Absolutamente nada.

Si hubiera sido al revés, ella habría abierto esa puerta. Jamás habría dudado de él hasta haberlo visto con sus propios ojos. También sabía que habría sido mejor persona si hubiera perdonado a Dougie. Y lo había intentado, mucho, muchísimo, pero había sido imposible, y ahora que sabía que había muerto lo agradeció, aunque solo hubiera ocurrido como consecuencia de un orgullo mal entendido.

Pero la gratitud no le duró mucho. No iba a olvidar el asesinato de Paula, la vida de desenfreno que él había llevado y los hijos a los que había abandonado. Le había oído decir cosas horribles, pero ninguna de ellas la había conmocionado tanto como el profundo desprecio que había sentido por un niño al que había repudiado en silencio.

—¿Cómo pudiste odiar a algo tan inocente? —le preguntó, resuelta a saber qué se le pasaba por la cabeza—. Trataste a Billy como al resto de tus hijos. Te vi con él. Te vi quererlo.

—No —replicó él—. Era mentira, porque sabía que no era mío. Siento muchísimo lo que te pasó, pero tienes que recordar que yo pensaba que tenías una aventura. Estaba destrozado.

—¿Por qué no abriste la puerta? ¿Por qué no abriste la condenada puerta?

—Tenía miedo de lo que iba a encontrarme.

—Pensabas que te encontrarías a Doreen. ¿Cómo te atreves, Simon? ¿Cómo te atreves, maldita sea? Eso es lo que siempre has creído, ¿no? Que resultaría ser como ella porque piensas que todas las mujeres somos así. Hasta has comparado a tu hija italiana con Doreen. ¡A tu propia hija! Solo ves en los demás lo que ves en ti mismo: mercancía dañada.

—Lo siento.

No le interesaban sus disculpas.

—No sé qué es peor: que pensaras que podía ponerte los cuernos o que fingieras que querías a nuestro hijo.

—Ese es el problema, Catherine: que Billy nunca jamás habría podido ser mi hijo, por mucho que fingiera, y si llego a saber cómo había sido concebido, lo habría odiado aún más.

—¡Lo concebimos tú y yo! —insistió ella, cada vez más exasperada—. ¡Era sangre de tu sangre!

—Eso es ridículo. Sabes que jamás consumé el acto contigo esas pocas veces que lo intentamos. Es prácticamente imposible que fuera mío. Además, ¡era igualito a Dougie! Yo veía a Dougie en cada centímetro de él. No se parecía en nada a sus hermanos y a su hermana, y menos aún a mí.

—Te lo repito: no. Creíste lo que tu mente retorcida quiso que creyeras. Tú eras su padre, Simon, te lo aseguro.

Él se cerró en banda.

—No. Ojalá pudiera creer lo que me quieres hacer creer, pero no puedes asegurármelo. Entiendo que quieras verlo así, pero…

—No me hagas hablar, por favor.

—Pues vas a tener que hacerlo porque, sin una prueba de ADN, jamás aceptaré tu palabra.

Catherine contuvo la respiración y cerró los ojos antes de responder. Se sentía demasiado furiosa y humillada para mirarlo a la cara.

—Es imposible que Billy fuese hijo de Dougie porque me sodomizó.

Y se acabó. La única excusa que le quedaba a Simon para justificar todo lo que había hecho después se desintegró a la misma velocidad que el suelo que pisaba.

Ella se esforzó por entender lo que él mascullaba agarrado con fuerza a los brazos de la silla.

Solo pudo distinguir la palabra «Dios» y algo que le sonó a «perdóname».