Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 17 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 16

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, TRES AÑOS ANTES,

2 DE FEBRERO

 

—Nada, no hay forma —protesté mientras me quitaba de golpe las gafas y las guardaba en su funda, que tenía encima de la mesa de la cocina.

Dejé descansar un rato el libro de cuentas que llevaba revisando toda la mañana, me froté los ojos cansados y hurgué en un cajón en busca de mis analgésicos.

La artritis estaba empezando a afectarme el tobillo y ya no tenía la energía de antes para trabajar todas las horas necesarias.

Había sobrevivido hasta entonces sin necesitar otro par de ojos y lo consideraba un pequeño triunfo en mi guerra contra la edad. Sin embargo, la naturaleza de mi trabajo precisaba un ojo exhaustivo con los detalles y otro aún más riguroso con los fallos. Entre los dos le había ido pasando factura poco a poco a mi vista.

Así que, cuando la visión borrosa y los dolores de cabeza habían dejado de ser ocasionales para convertirse en cotidianos y luego en condenadamente fastidiosos, me rendí y pedí cita con el oftalmólogo. Como recompensa, me llevé una factura de doscientas libras y unas gafas que me fastidiaba tener que llevar. Me hacían parecerme a mi madre y, la verdad, tampoco me servían de mucho. Veía un poco mejor, pero seguía doliéndome la cabeza. Así que me tomé dos pastillas y dejé las hojas de cálculo para otro día.

Oí de pronto el bramido de dos motores muy ruidosos por encima de nuestra casa, así que salí al jardín y, guiñando los ojos, miré al cielo. Dos biplanos antiguos de color amarillo volaban tan bajo que podía ver a los pilotos. Entonces, sin previo aviso, me estalló la cabeza.

No oía nada, solo sentí un dolor que jamás había sentido antes, seguido de una desorientación absoluta. No veía otra cosa que oscuridad salpicada de estrellitas brillantes. Me ardían los ojos y la cabeza entera me zumbaba como uno de los amplificadores para guitarra de James cuando lo ponía al máximo. Caí de rodillas al suelo y clavé las uñas en la hierba para estabilizarme.

El dolor desapareció en unos minutos, pero me temblaba el cuerpo y enseguida noté una migraña brutal y unas ganas tremendas de vomitar. Me levanté despacio y entré como pude en la casa vacía, agarrándome a los marcos de las ventanas y a los muebles para no derrumbarme. Me desplomé en el sofá, respirando agitada mientras recuperaba poco a poco la visión.

Luego cerré los ojos y dormí el resto del día y de la noche.

 

SIMON

 

MONTEFALCO, ITALIA, HACE TRES AÑOS,

11 DE FEBRERO

 

Empezó con un bultito inocuo en el dedo índice de la mano izquierda, nada que pudiera notarse a simple vista y, desde luego, no mayor que una pelotita.

Le picaba, según me dijo Luciana, y cuanto más se rascaba más se irritaba. Pasaron dos semanas y seguía molestándole, así que la convencí de que pidiera cita con su médico para asegurarse de que no era una picadura infectada de algún insecto. El médico reconoció que le sorprendía, así que prefirió prevenir y le hizo una biopsia. A los cinco días, nos citaron de nuevo para consulta y descubrimos que aquel bultito inocuo que casi no se veía iba a reventar nuestra vida perfecta.

Era un tumor maligno.

Aun así, seguimos haciendo nuestra vida con relativa normalidad mientras esperábamos los resultados de una batería de pruebas urgentes con las que asegurarnos de que no era más que un puñado solitario de células cancerosas. Luciana estaba convencida de que no había nada que temer, pero, en el fondo, yo sabía que la oscuridad que llevaba veinte años esquivando había vuelto a darme caza.

Nuestra riqueza pagó unos resultados más rápidos, pero no pudo pagar unos buenos. Su cáncer no era algo aislado, sino una manifestación secundaria. El foco principal se había instalado ya en su pecho derecho y había ido propagándose silenciosamente por todo su cuerpo.

—Me parece que es un cáncer intrusivo que se ha extendido ya a un riñón y al estómago —le dijo el médico con solemnidad, para luego hacer una pausa mientras digeríamos la noticia.

Luciana reaccionó como lo habría hecho si hubiese fracasado uno de sus negocios: sin rastro alguno de autocompasión, se mostró entera y optimista, y quiso formular un plan de ataque.

—¿Qué opciones tengo? —preguntó inexpresiva, mirando al médico a los ojos.

—Se ha movido demasiado rápido y es incurable, Luciana —le contestó él en voz baja—. Lo siento muchísimo.

—Siempre hay opciones —dijo ella con rotundidad, agarrándome fuerte la mano.

—Podemos intentar controlarlo al máximo, pero te queda, como mucho, un año o año y medio.

Ella asintió despacio.

—Eso está bien —respondió—. Es bastante. Puedo hacer muchas cosas en ese tiempo.

Salimos de la consulta demasiado estupefactos para hablar y con un programa de tratamientos médicos pensados para ralentizar el avance de su cáncer. Los dos teníamos un ojo puesto en el reloj: ella, para recordarse cuánto tiempo más seguiría siendo el centro de mi universo; yo, para decidir cuál sería el mejor momento para abandonarla.

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, 14 DE FEBRERO

 

El segundo estallido me asaltó casi dos semanas después del primero, cuando estaba haciendo la compra en el súper. Siguió el mismo curso que su predecesor —punzadas en la cabeza, repentinas y dolorosísimas, oscuridad, luces blancas y luego un mareo— y me dio un susto de muerte, no solo por la intensidad del dolor, sino porque significaba que el primero no había sido un caso aislado.

Intenté en vano apoyarme en uno de los muebles de refrigerados, pero no conseguí agarrarme y me desplomé al suelo como un saco de patatas. Alguien me ayudó a levantarme y me llevó al despacho del gerente, donde un chico muy amable me preguntó si pedía una ambulancia. Yo le aseguré que no había sido más que un vahído y que solo necesitaba sentarme un rato y recomponerme.

Quise engañarme pensando que no era más que una reacción tardía y extrema a la nueva medicación de THS, pero yo distinguía perfectamente un sofoco de algo con lo que parecía que me iba a reventar la tapa de los sesos, y sabía que seguramente no iba a servir de nada que cruzase los dedos y rezara para que se fuese tan rápido como había venido.

Aun así, preferí ignorarlo. Me tomé unos días libres y dejé a Selena a cargo de las tiendas para poder refugiarme en casa y, después de una semana sin incidentes, casi llegué a pensar que no volvería a pasarme. Qué ingenua fui, porque el siguiente fue el peor de todos.

Estaba en el dormitorio de mi nieta Olivia, en casa de Emily y Daniel, jugando con ella a que tomábamos el té de mentira, cuando empecé a arrastrar y a mezclar las palabras.

—Osito tarta ve a buscarlo —balbucí, incapaz de corregirme.

Yo sabía lo que quería decir, pero, cuando lo decía, me salía otra cosa sin sentido. Lo intenté en vano otra vez, y otra, y otra.

—Yaya, hablas raro —rio Olivia. Para una niña de tres años aquello era simplemente divertido.

Probé sin éxito con otras frases. Aterrada, me levanté del suelo y me senté en la cama.

—Mami para yaya —supliqué—. Mami… yaya.

Olivia alargó la carita y me di cuenta de que la estaba asustando. Salió corriendo de la habitación, llamando a gritos a Emily.

Yo me quedé inmóvil en la cama y lo último que oí antes de perder la conciencia fueron sus piececitos bajando a toda prisa las escaleras.

 

SIMON

MONTEFALCO, 16 DE FEBRERO

 

Es un mito que Dios es misericordioso. Conmigo fue un cabrón cruel, despiadado y vengativo que no quería otra cosa que castigarme.

Desde mi nacimiento, me había puesto en el camino una madre tramposa, amigos taimados y amantes infieles.

Después de conocer a Luciana, me había esforzado mucho por llevar una vida decente y, por un tiempo, consiguió hacerme creer que se había dado cuenta. Me bendijo con dos niños increíbles y con el amor de una mujer a la que no merecía.

Yo le demostré mi gratitud siendo un marido respetable, un padre amantísimo y un hombre caritativo. Un tercio de los beneficios de nuestra bodega iban directamente a una fundación que asistía a los hijos de viudas pobres de la región. Patrocinábamos cinco becas para que alumnos con talento procedentes de familias desfavorecidas pudieran ir al mismo colegio privado que Sofia y Luca. Incluso habíamos donado una parcela de una hectárea donde crear un retiro para caballos de labranza ya inútiles.

Pero a Dios no le bastó con eso. Ni mucho menos. Regalándonos una vida de privilegios solo pretendía hacerme albergar una falsa sensación de seguridad para poder asestarme después el siguiente golpe. No podía haberme arrebatado a Luciana en un instante, con un accidente súbito y mortal, sino que decidió que iba a disfrutar más viéndome sufrir, viéndola sufrir.

Yo ya había vivido la vida con alguien tan tremendamente torturado por la pena que no era capaz de distinguir el día de la noche. Yo había sido quien había merodeado por los rincones de las habitaciones viendo cómo la pena devoraba a Catherine.

Ahora la historia estaba a punto de repetirse y yo me iba a ver obligado a ver cómo se me escapaba el amor de mi vida. La única forma de impedir que se saliera con la suya era hacer lo que mejor se me daba: salir corriendo. Y cuando estuviese a kilómetros y kilómetros de distancia de su cuerpo en decadencia, recordaría con cariño su amor, y no a alguien sentenciado a muerte.

Nuestro hogar no estaba hecho de ladrillo, como yo pensaba, sino de plumas, y una ráfaga de viento que yo no podía parar lo destruiría tanto si yo estaba presente como si no.

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, 18 DE FEBRERO

 

—Lamento tener que decirle esto, señora Nicholson, pero los resultados de la exploración indican que tiene usted una neoplasia intracraneal, también conocida como tumor cerebral, en la sien izquierda —me explicó el doctor Lewis con toda la delicadeza de que fue capaz.

Cuatro días después de mi último episodio, aún no había salido del hospital. Cuando el doctor Lewis vino a mi habitación con los resultados de la resonancia y la analítica, me arrepentí de haberle insistido a Emily en que dejase de hacer guardia a mi lado y se fuese a casa a descansar, porque al menos habría tenido una mano que agarrar.

—Hay que intervenir cuanto antes, extraer una muestra y analizarla para saber si es maligno o benigno —prosiguió el doctor Lewis—. Me gustaría programarlo para mañana a primera hora, si le parece bien.

—¿Me voy a morir? —Eso fue lo único que se me ocurrió preguntar.

—En cuanto tengamos los resultados de la biopsia decidiremos cómo abordarlo. Seguramente el tumor es el causante de sus dolores de cabeza: los vasos sanguíneos de la cabeza revientan por la presión del tumor a medida que crece.

—No ha contestado a mi pregunta —le dije—. ¿Me voy a morir?

Hizo una pausa.

—Sabremos si es grave cuando hagamos la biopsia. Entonces hablaremos.

—Gracias —respondí educadamente, y agarré el iPod de Emily, me puse los auriculares de botón, cerré los ojos y subí el volumen de la música todo lo que pude para ahogar mis temores.

 

SIMON

 

MONTEFALCO, 20 DE FEBRERO

Abandoné a Luciana llevándome solo lo que había traído conmigo: la ropa de la mochila y un futuro incierto.

Sabía que empezar de cero sería mucho más duro ahora, porque tenía unos cuantos años más que la última vez que había dejado el campamento. Aun así, estaba decidido.

Esperé a que estuviera sola en el médico y los niños en el colegio para meter en mi vieja mochila lo básico y emprender el descenso por la cuesta empinada que conducía al pueblo situado a la sombra de la finca.

Tenía pensado subir a Suiza y luego a Austria para explorar el bloque oriental. Según el horario del autocar, aún tardaría una hora en llegar, así que me senté en el arcén e inicié el proceso de quitarme de la cabeza la vida que tanto había apreciado.

Solo que no podía.

Los cajones estaban abiertos y aguardando, pero los hermosos fantasmas a los que tanto quería eran presencias demasiado grandes para contenerlas. Había abandonado a mis otros hijos cuando aún eran demasiado pequeños para que les afectase mi ausencia. A Catherine la había dejado cuando por fin estaba lo bastante bien para hacer frente a la situación.

Pero lo de Luciana, Sofia y Luca, en cambio, era distinto, y también yo lo era ya. Ellos me habían hecho mejor persona. Pensé en cómo la tristeza de Catherine me había enseñado a cuidar de los frágiles e instar a las personas a creer que, aunque no lo pareciera, siempre podía encontrarse esperanza si se buscaba bien.

No lograba encontrar esa esperanza para Luciana, así que ella me necesitaría más de lo que Catherine me había necesitado jamás. Me había pasado media vida huyendo de mis obligaciones y era un imbécil si creía que podía volver hacerlo, pero, si me quedaba, tendría que reunir todas mis fuerzas para ayudarlos a los tres y ayudarnos a los cuatro.

No podría derramar ni una lágrima ni sentir ni una pizca de autocompasión hasta que Luciana se rindiera a lo inevitable. Sería nuestro cáncer: no solo suyo; nos pertenecería a ambos.

Cuando el autocar llegó a la parada, yo ya estaba a medio camino de casa. No oí detenerse el automóvil a mi lado hasta que se abrió la puerta de atrás. Dentro iba Luciana. Me vio la frente sudorosa y la mochila y supo enseguida lo que había planeado. Vio al cobarde que llevaba dentro. Pero su mirada se suavizó cuando comprendió que volvía a casa y no me iba de ella.

Bajó del vehículo, cerró la puerta, me enhebró el brazo y los dos subimos juntos el resto de la empinada colina.

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, 1 DE MARZO

 

Todos mis hijos estaban sentados alrededor de mi cama de hospital cuando desperté de la operación. Aunque por lo general estaban esparcidos por todo el país y más allá, siempre habían estado muy unidos, y se llamaban y se escribían para estar al día. Me pregunté si habrían sido así si no nos hubiéramos visto obligados a cerrar filas después de que su padre los abandonara.

La última vez que habíamos estado los cuatro juntos en la misma habitación había sido en la boda de Emily y Daniel, hacía cuatro meses. Acompañar a mi hija al altar había sido uno de los momentos de mayor orgullo de mi vida, y compadecía a Simon por haber echado a perder la posibilidad de ocupar mi lugar.

Emily les había contado a los chicos lo mío esa misma semana, pese a que le había suplicado que no los preocupara. Robbie había venido en automóvil desde su piso de Londres y James había volado desde Los Ángeles, donde estaba grabando con su grupo.

Al principio, seguí con los ojos cerrados para poder oírlos hablar. Luego, cuando se me pasó el efecto de la anestesia, empecé a sentir náuseas. Las primeras palabras que oyeron balbucir a su madre recién operada fueron: «Voy a vomitar», seguidas de la vomitona, por toda la cama. Genial.

Durante dos días, estuve fuera de combate o semiconsciente por la morfina. Aun cuando dormía, los dolores de cabeza eran constantes, pero por la intervención, no por el tumor, me explicó el doctor Lewis. A los pocos días, volvió a quitarme el vendaje y comprobar mis progresos.

—¿Puedo echarle un vistazo, por favor? —le pregunté tímidamente.

Contuve la respiración cuando me pasó el espejo de la mesilla y examiné despacio, desde todos los ángulos, lo que parecía una herida de machete. Me habían afeitado el pelo del lado izquierdo de la cabeza aún hinchada y me habían dejado una cicatriz en forma de media luna de unos ocho centímetros de longitud, cerrada con enormes grapas negras.

Además, tenía en la cabeza una concavidad prominente, y me pregunté por un momento si sería lo bastante honda como para que se acumulara la lluvia en ella. Me esforcé por encajar bien el golpe, pero mis sentimientos eran tan crudos como la incisión. Cuando me quedaba sola, no podía evitar agarrar el espejo y contemplar mi grotesca imagen. Solo me faltaban dos tornillos en el cuello para que el doctor Frankenstein me considerara una de sus creaciones.

El doctor Lewis vino a verme unos días después, pero mi cerebro, en su infinita aunque deteriorada sabiduría, decidió filtrar lo que me contaba. En cuanto me confirmó que lo que quedaba del tumor era sin duda canceroso, no quise saber mucho más.

Durante mi estancia en el hospital, lo vi casi todas las mañanas. Sus manos expertas me habían hurgado en el cerebro como si fuera el motor de un cacharro antiguo, pero seguí sin saber nada del hombre que había visto una parte de mí que nadie más había visto. Así que, en vez de escuchar sus palabras, que sabía de antemano que me iban a hacer infeliz, me centré en el hombre que las pronunciaba.

Tendría unos cincuenta y tantos años. Tenía una abundante mata de pelo cano en la cabeza. Llevaba fundas en los dientes, pero, por la hondura de las arrugas de su frente, de años de darle vueltas a casos como el mío, supe que no era lo bastante vanidoso como para usar Botox. Me recordaba a Antonio Banderas, aunque algo menos moreno.

No llevaba anillo de casado, así que o estaba disponible o era uno de esos hombres a los que no les gusta llevar joyas. Y cuando hablaba, me costaba decidir si lo encontraba atractivo porque todas las chicas se enamoran de algún médico o porque era el único hombre que había conocido que entendía a las mujeres de verdad.

—¿Catherine? —Volví de pronto a la habitación—. ¿Quiere que pare un minuto?

—No, estoy bien, siga, por favor —respondí con una alegría exagerada.

—Lo bueno es que sabemos que no es un tumor secundario, con lo que no tiene cáncer en ninguna otra parte del cuerpo. Hemos conseguido extirparlo casi todo, pero, como se encuentra en una zona complicada, no hemos podido quitarlo por completo, así que lo siguiente que haremos será radioterapia para evitar que destruya otras partes del cerebro.

—Vale, bien, muchas gracias —dije, jovial.

No sé bien por qué, pero sentí que debía estrecharle la mano como si acabáramos de cerrar un acuerdo comercial.

SIMON

 

MONTEFALCO, 18 DE MARZO

 

Contarles a Luca y a Sofia que su madre no era inmortal fue hacer pedazos la ilusión más difícil de destrozar de toda mi vida. Los llevé a comer a un restaurante cerca del lago Trasimeno, un sitio al que los había llevado alguna vez de niños de excursión y a fingir que pescábamos.

Luca, que tenía catorce años, y Sofia, que tenía casi dieciséis, reaccionaron a la noticia con lágrimas, incredulidad y rechazo. Se enfadaron con su padre por no haber sabido proteger a su madre, con los médicos por no haber sabido curarla, y con Luciana por haber impuesto un límite de tiempo a su relación con ellos.

Pero les hice prometer que pagarían su angustia conmigo y no con ella. Y ellos la abrazaron, le llevaron flores del jardín y le llenaron el iPhone de música para su primera estancia en el hospital.

Resulta complicado digerir la idea de que hay algo que te está devorando por dentro cuando no lo ves ni puedes quitártelo de un manotazo. Solo cuando la manifestación física de su ataque se hace visible empieza a parecer real. En el caso de Luciana, la gravedad de la situación fue palpable cuando le hicieron la doble mastectomía. Aunque no la iba a curar, nos daría más tiempo.

—A veces tengo la sensación de que estoy atrapada en una cinta transportadora y que, si intento bajarme de ella, moriré —masculló Luciana.

Le acaricié el brazo mientras ella flotaba en una magnífica nube de morfina, tumbada en la cama de hospital esterilizada.

—Lo sé, cariño —le susurré—, pero, si de ese modo los niños y yo podemos tenerte más tiempo, merece la pena.

—Recuérdamelo cuando empiece la quimioterapia —contestó ella. Luego cerró los ojos y volvió a surcar los cielos.

 

CATHERINE

NORTHAMPTON, 18 DE MARZO

 

Contarles a los niños que mi tumor era canceroso fue casi tan duro como explicarles que su padre no iba a volver a casa y que probablemente estuviera muerto.

Pese a que ya eran adultos, los tranquilicé diciéndoles que todo iba a salir bien, como hacen las madres, aunque yo no lo tuviera tan claro. Emily se puso en plan práctico y organizó turnos de cuidado y se aseguró de que nunca fuese sola a las sesiones.

Robbie venía a casa todos los viernes por la noche para quedarse los fines de semana y ayudar lo que pudiese con la casa, y James prometió llamar todos los días independientemente de la parte del mundo en que estuviera.

Shirley, Baishali y Tom y Amanda, que acababan de casarse, me llenaban los cajones del congelador de una cantidad inagotable de caldos, empanadas y guisos. Selena ya era la gerente de zona de mis boutiques, así que parecía lógico que tomase las riendas del resto del negocio también.

Hasta que no se tranquilizaron las cosas y me vi en casa sola, no comprendí la gravedad de mi situación. Escribí una tarjeta para el cuarto cumpleaños de Olivia y me pregunté si llegaría a ver el siguiente, y me eché a llorar desconsoladamente.

No había llorado tanto desde que habíamos encontrado el cuerpo sin vida de Oscar en su cesto hacía diez años. Recordaba que nos habíamos turnado para abrazarlo, acariciarlo, cepillarle el recio pelaje negro y anaranjado, y decirle lo mucho que lo echaríamos de menos. Después lo envolví en una manta y me lo llevé al fondo del jardín, bajo el manzano silvestre, donde Robbie había cavado un hoyo lo más hondo que sus brazos le habían permitido.

Lo depositamos con cuidado en él y colocamos a su lado las zapatillas de correr de Simon. Luego derramamos tierra y lágrimas sobre el lugar de su último descanso. Sonreí al preguntarme si sería eso lo que los niños harían conmigo también.

A una edad en la que debería haber estado pensando en quitar el pie del acelerador, andaba desesperada por conseguir no bajarme del automóvil.

 

SIMON

MONTEFALCO, 17 DE ABRIL

 

Luciana no se había atrevido a examinar su aspecto alterado en la habitación del hospital, y había preferido hacerlo en la intimidad del hogar.

Plantada delante del espejo de nuestro dormitorio, se desabrochó la blusa holgada y, con cuidado, se quitó el vendaje en zigzag que le cubría el torso como a una momia egipcia. Debajo había una cicatriz horizontal de quince centímetros, roja e inflamada. A primera vista, uno podía pensar erróneamente que se lo habían cortado con torpeza usando unas tijeras dentadas.

—Hubo un tiempo en que esto nos dio de comer a mi madre y a mí —se lamentó—. Ahora soy una monstruosidad.

La tomé por la cintura, pero ella trató de zafarse, así que la abracé más fuerte y, mirándola a los ojos en el espejo, recorrí con ternura la cicatriz de derecha a izquierda mientras ella calmaba el temblor de sus manos apoyándolas en mi brazo.

—La odio —prosiguió.

—Yo, no —repliqué—. Tú pierdes, yo gano. Es una cicatriz hermosa porque significa que podré tenerte más tiempo.

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, 18 DE ABRIL

 

La información y una actitud mental positiva eran las armas más poderosas de mi arsenal. O eso me decía Internet.

Empecé mi lucha llevándome el portátil al dormitorio, poniéndomelo en las rodillas y aprendiendo cosas sobre el enemigo que llevaba dentro desde la comodidad de mi propio edredón. Busqué en Google estadísticas de supervivencia, luego escribí mensajes en foros, hice preguntas y lloré con lo escrito en memoria de los que habían perdido la batalla.

Por muchas cosas positivas que leyera, siempre eran las negativas las que se me quedaban grabadas en la cabeza. Y tuve momentos de absoluto derrotismo en los que pensé «¡A la mierda!» y me pregunté si no sería mucho más fácil rendirse y dejar que la naturaleza siguiera su curso. Pero aún había tantas cosas de la vida que quería experimentar, tantos lugares a los que no había viajado y oportunidades de negocio que quería explotar. No estaba dispuesta a tirar la toalla.

Me bebía una taza detrás de otra de infusiones de hierbas y mordisqueaba aperitivos con alto contenido en antioxidantes, mientras investigaba tratamientos complementarios y remedios homeopáticos.

Cuando volví a verme en el hospital, con la cara cubierta de vendajes húmedos de escayola, la herida ya estaba cicatrizando y el pelo que me habían afeitado para la operación me estaba creciendo otra vez. El personal de la unidad de radioterapia tenía que hacer un molde de mi cabeza para prepararme una máscara Perspex con la que poder empezar el tratamiento.

En cuanto la terminaron, me quedé sentada con la máscara en el regazo, siguiendo con el dedo las curvas, las grietas, las protuberancias y los relieves de mi cabeza. Luego la fijaron a una camilla y allí fue donde yo estuve metiendo la cabeza, sin moverme nada, cinco días a la semana durante siete semanas, mientras una máquina me freía el bollo con diez minutos de radiación.

Las sesiones a menudo me producían náuseas, así que siempre tenía cerca un cubo, pero sobre todo me dejaban exhausta y, en consecuencia, perdí el interés por cualquier cosa que no me afectase directamente.

No me apetecía leer los periódicos, ni escuchar las noticias, ni Desert Island Discs en Radio 4. En su lugar, para estar al tanto de lo que pasaba en el mundo, curioseaba Ok! Magazine y veía This Morning en la televisión matinal.

Los diecisiete tipos de pastillas que tomaba cada día me controlaban cuándo comía, lo que bebía, cuándo me despertaba, a qué hora dormía la siesta y a qué distancia podía estar del retrete más próximo. Las odiaba, pero, al controlarme la vida, me la estaban salvando.

Sin embargo, nada de lo que había leído en Internet me advertía de lo mucho que el tratamiento contra el cáncer te mermaba la femineidad. Con la falta de ejercicio y los esteroides, se me puso cara de pan y me inflé como un globo. El maquillaje solo servía para resaltar lo fea que me había puesto y me hacía parecer un travesti barato, con lo que incluso las cosas básicas como el lápiz de labios o el rímel se quedaron acumulando polvo en el tocador. De hecho, tuve que darle pasaporte a mi plan completo de belleza.

Llevaba tanto tiempo sin teñirme el pelo que parecía que me había dado por llevar un casquete plateado. Mis piernas parecían el bosque de Dean y tenía la piel de la mejilla izquierda, cerca de la zona de radioterapia, ondulada y dolorida.

Guardé en cajas las cremas hidratantes carísimas que había comprado en mis viajes a París, las metí en un armario y las reemplacé por otras corrientes y aloe vera. Me mantuve alejada de mi precioso armario de prendas de Gucci y de Versace y le pedí a Selena que me pidiera una selección de trajes de sport de colores luminosos y con algo de licra. Pasé de la alta costura al terciopelo.

Y prácticamente ignoraba mi reflejo. No iba a darle a ese condenado espejo del baño la satisfacción de verme en semejante estado.

 

SIMON

 

MONTEFALCO, 27 DE JULIO

 

Nuestra familia acumuló muchísimos recuerdos en el tiempo que se nos concedió.

Un antiguo colega del padre de Luciana de dudosa reputación me consiguió un pasaporte británico falso. De ese modo, los cuatro pudimos volar de una ciudad europea a otra para pasar el fin de semana o hacer turismo.

Y cuando las breves ráfagas de quimioterapia que Luciana recibía en el riñón y en el estómago la dejaban sin ganas de hacer nada, nos enclaustrábamos en casa y veíamos películas antiguas de James Stewart y Audrey Hepburn con subtítulos.

Buena parte de sus citas en el hospital eran para analíticas y resonancias. A veces le generaban mucha tensión, no solo porque eran invasivas, sino porque la enfermedad iba avanzando cada vez un poco más.

La vergüenza que me daba mi plan inicial de abandonarla y darle una lección a Dios me llevaba a redoblar mis esfuerzos por estar a su lado. Me convertí en algo más que en su chófer y su ayudante, fui también parte del equipo que le impartía el tratamiento.

No volví a perderme ni una sola cita y, aun cuando a sus médicos y especialistas les fastidiase mi presencia, yo me sentaba a su lado o les incordiaba con preguntas y les proponía medicamentos y tratamientos experimentales de los que había leído en Internet. Me daba igual lo que pensaran de mis disparatadas ideas. Ella era mi alma gemela, no la de ellos.

Los efectos secundarios del tratamiento de Luciana eran indecorosos cuando en alguna ocasión se hacía caca encima. A veces se le quedaban las palmas de las manos como bloques de hielo y yo se las frotaba con las mías para que volviera a sentirse humana otra vez. O se pasaba días enteros en la cama, derrotada por unos dolores de estómago terribles. Lo único que yo podía hacer era llenarle la jarra de plástico de agua o acariciarle el brazo mientras vomitaba. Resultaba descorazonador ser testigo de todo aquello y sentirse tan inútil.

Madame Lola volaba a menudo desde México para pasar unos días con nosotros. A veces Luciana quería que estuviésemos los dos con ella y otras solo uno de los dos. Y en ocasiones bajaba a las viñas y se sentaba sola, cubierta por una manta de ganchillo que su hermana había hecho, y observaba el ir y venir de los vendimiadores.

Lo que a ella la hiciera feliz me hacía feliz a mí también.

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, 8 DE OCTUBRE

 

—¡Esto pinta bien, Catherine, pinta bien! —dijo el doctor Lewis, asintiendo con la cabeza mientras examinaba mi última radiografía en el negatoscopio.

Yo no me lo notaba, pero me callé por miedo a parecer una vieja quejica. Mis revisiones con él eran la única alegría de mis tristes semanas. A veces el guapísimo doctor se pasaba a saludarme cuando tenía quimio y me ofrecía palabras de aliento. Me daba una palmadita en el hombro cuando se iba y a mí se me ponía la carne de gallina.

No había vuelto a tener pareja desde Tom. Iba de vacaciones sola, de compras sola, a fiestas sola, a la boda de Selena y al bautizo de Olivia sola, a las graduaciones de Emily y Robbie sola. Había salido a cenar con varios hombres en ese tiempo, a veces porque mis amigos me lo organizaban y otras con conocidos de la boutique, pero ninguno de ellos había conseguido que volviera a enamorarme. O a lo mejor tampoco yo les había dado la oportunidad.

Había pasado tanto tiempo entregada a mi negocio y a las vidas de mis hijos que no me había quedado nada para pensar en lo que podía faltarme. Ahora que estaba en casa recuperándome, empezaba a darme cuenta de lo que me había perdido. Estaba sola, y harta de ser la amiga soltera de todo el mundo.

El doctor Lewis era el primer hombre que me hacía volver la cabeza después de un tiempo. Una cabeza bulbosa y abollada por algunos sitios, eso sí. Así que hice un trato conmigo misma: si conseguía superar el tratamiento y la vida me daba una segunda oportunidad, volvería a entrar en circulación, me abriría y me arriesgaría con el amor.

 

SIMON

 

MONTEFALCO, 18 DE NOVIEMBRE

 

Luciana insistió en ocuparse ella misma de todos los detalles de su cumpleaños. A pesar de mis protestas, nada le iba a impedir dirigir a los servicios de catering y de planificación que había contratado para organizar una espléndida fiesta de cuadragésimo cumpleaños.

—Estoy aburrida, Simon… Necesito hacer esto —me explicó con una pasión con la que yo creía que su enfermedad había acabado—. Me hace falta un día en el que todos pensemos en el presente, no en el futuro.

Decidí no discutir con ella. Nuestros amigos, los de nuestros hijos, nuestro personal y sus familias, los médicos y las enfermeras que la habían tratado y los habitantes del pueblo se sumaron a nosotros cuando abrimos de par en par las puertas de nuestra casa.

Los camareros servían bebidas mientras las esculturas de hielo iban derritiéndose lentamente en los jardines; un casino instalado en el comedor hacía millonarios temporalmente a algunos, mientras otros bailaban al ritmo de los clásicos del «Rat Pack» interpretados por una banda de swing de veinticinco músicos en la terraza. Hacía muchos meses que no oía resonar las carcajadas por los pasillos.

A media velada, busqué por todas partes a Luciana y la encontré sentada en un murete de piedra, descansando los pies desnudos en la piscina infinita que daba al valle. Le pasé el brazo por los hombros y ella apoyó la cabeza en él mientras los dos contemplábamos un horizonte que nunca alcanzaríamos juntos.

—No está funcionando —susurró.

—Pues claro que sí. Tenemos doscientas personas a nuestra espalda pasándoselo en grande.

—No. El tratamiento. A veces, por las noches, cuando intento dormir, noto cómo la enfermedad encuentra nuevos huesos que devorar.

Me estremecí.

—No, son imaginaciones tuyas. He leído mucho sobre el tema: a montones de personas con cáncer les parece oír cómo crecen las células, pero…

Me miró con ternura, como pidiéndome que no dudara de ella.

—Sabes que esta fiesta no es solo para celebrar mi cumpleaños, ¿verdad? Es mi forma de despe…

—No, por favor —la interrumpí con un nudo en la garganta.

—Estoy preparada, Simon.

—Yo, no. Por favor, no te vayas sin mí.

—Tengo que hacerlo. Además, tenemos dos hijos maravillosos que te necesitan.

—Pero yo te necesito a ti.

—Y algún día, si Dios quiere, volveremos a encontrarnos, pero, de momento, disfrutemos del tiempo que nos quede juntos, ¿de acuerdo?

Se levantó y me tendió la mano. Entrelazamos los dedos y yo le pasé el otro brazo por la cintura esquelética y nos mecimos juntos por última vez. Y muy oportunamente, la banda empezó a tocar los primeros acordes de Let’s Face the Music and Dance.

 

CATHERINE

NORTHAMPTON, HACE DOS AÑOS, 9 DE ABRIL

 

La radioterapia y la quimioterapia me dejaron hecha un asco, me minaron las fuerzas y me arruinaron el guardarropa, pero, trece meses después de que me diagnosticaran, me devolvieron la vida.

—Las células tumorales han entrado en una fase en la que han dejado de crecer y multiplicarse —me explicó el doctor Lewis con una amplia sonrisa en la cara, como si la sonrisa le fuese a cambiar la vida a él y no a mí—. Me alegro mucho, Catherine.

Me desplomé en la silla y estuve a punto de gritar de alivio. Seguramente habría dado esa misma noticia a miles de pacientes a lo largo de los años, pero el doctor Lewis ni se imaginaba lo mucho que significaba para mí oírle decir que iba a vivir. Venía a decir que Dios me había escuchado cuando le había pedido más tiempo, que ahora tendría la oportunidad de ver crecer a mi nieta, de ver hacerse mayores a mis hijos y de hacer todas las cosas de mi lista de pendientes que nunca había tenido tiempo de hacer.

—No significa que las células nunca vayan a reaparecer —me advirtió—, pero podría significar que hemos destruido el tumor y que la zona que ocupaba en el cerebro está compuesta solo de tejido muerto.

—¿Me está diciendo que tengo el cerebro muerto?

—Por así decirlo, sí. Ahora ya no tendrá que volver a verme hasta dentro de tres meses.

Me levanté para marcharme y estaba a punto de darle las gracias por lo que había hecho cuando recordé la promesa que me había hecho de arriesgarme.

—¿Es necesario que tarde tanto en volver a verlo? —le pregunté en cambio.

 

SIMON

 

MONTEFALCO, 9 DE ABRIL

El final llegó demasiado cerca de nuestro principio.

Ni los especialistas italianos mejor preparados que pudieran comprarse con dinero lograron evitar que el cáncer hiciera estragos en su cuerpo. Los tumores no mermaron; solo el año y medio que esperábamos tener. Cuando infectaron los pulmones de Luciana y calaron en sus huesos, hubo poco que algún hospital pudiera hacer, salvo mandarla a casa para que le hiciéramos más cómodas sus últimas semanas. Las drogas le aliviaban el dolor considerablemente, pero la convertían en un esqueleto durmiente, ausente.

Los niños ya se habían despedido de la madre a la que conocían cuando una impostora enferma ocupó su lugar. Ver y oír su evidente incomodidad empezaba a hacer mella en ellos, así que los animé a que disfrutasen de su juventud con sus amigos y rehuyeran la antesala de la muerte. Solo cuando dormía los dejaba entrar a verla a su dormitorio.

Tenía contratado un equipo de enfermeras las veinticuatro horas del día para que atendieran las necesidades de Luciana, pero casi todo el tiempo me encargaba yo mismo de ella lo mejor que podía. Me había negado a reconocer lo vulnerable que era, pero, a regañadientes, terminé aceptando que era precisamente en eso en lo que se había convertido. El cuerpecillo demacrado que apenas hundía el colchón se parecía muy poco a la mujer enigmática a la que yo había amado. Los huesos angulosos le sobresalían bajo una piel fina como el papel. Su piel aceitunada se había vuelto gris y tenía los ojos siempre muy cerrados.

Sentía su dolor tanto como cualquiera que viese agonizar al ser amado pudiera sentir. Daba igual la dosis de anestésico que el gotero suministrase a su cuerpo, sencillamente no era suficiente.

Después de una noche horrenda en nuestro refugio crepuscular, me agarró con fuerza los dedos en un súbito instante de lucidez.

—Ya sabes lo que tienes que hacer, Simon —gimió, y al abrir los ojos dejó al descubierto una esclerótica salpicada de manchitas marrones.

Se refería a una conversación que nunca habíamos tenido, pero que ambos entendíamos.

«Por favor, no me pidas que haga eso», me dieron ganas de responderle, pero, cuando amas a alguien con todo tu ser, morirías por esa persona, o la ayudarías a morir si la espera de lo inevitable se le hiciese insoportable.

—¿Estás segura? —Casi no hacía falta ni que le preguntara.

Asintió despacio con la cabeza.

—Di a nuestros hijos que los quiero. Y prométeme que antes de reunirte conmigo harás las paces con Dios y con Catherine. Ella debe saber lo que hiciste y que lo sientes. —Percibió mi vacilación y volvió a apretarme los dedos—. Tengo demasiado dolor para seguir viviendo —prosiguió—, pero me aterra marcharme pensando que quizá no vuelva a verte nunca más. Dame tu palabra.

Me miró con tal expectación que supe que la última promesa que le hiciera no podía convertirse en una mentira.

—Te doy mi palabra —contesté.

Las comisuras de sus labios se elevaron un poquito antes de que sus ojos se cerraran por última vez.

Me pesaban las piernas cuando fui de su cama al carrito de las medicinas que había en el baño. Las manos me temblaban mientras seguía las instrucciones de la enfermera para preparar la jeringuilla.

La llené con el triple de morfina del frasquito y volví a ella. Necesité todo el valor que me quedaba en el alma para pincharle una vena medio visible del antebrazo; luego, a regañadientes, empujé el émbolo hasta que el cilindro quedó vacío.

En menos de un minuto, su agonía dio paso a un dulce alivio.

Mientras ella yacía tumbada en nuestra cama, me tendí a su lado, apoyé la cabeza en su pecho y escuché el sonido cada vez más débil de sus latidos. Su ritmo suave y decreciente me sumió en un sueño en el que anhelé el día en que el mío hiciera lo mismo.

Al despertar, volvía a estar solo en el mundo.

 

NORTHAMPTON, HOY, 18:40

 

Fue la primera vez en veinticinco años que los dos comprendieron de verdad el sufrimiento del otro.

Como había estado con Luciana en sus peores momentos, pudo hacerse una idea más clara de lo que Catherine había sufrido con su enfermedad. A lo mejor Dios no solo había dirigido su ira hacia él, sino también hacia todos aquellos con los que había tenido contacto. Lamentaba que ella no hubiese tenido un alma gemela que la cuidase. Contaba con el apoyo de sus hijos, pero, si ambos se parecían en algo, seguramente había tratado de evitarles lo peor y sobrellevado el dolor ella sola lo mejor posible.

A Catherine, todo lo que le estaba contando le parecía impropio de él, desde la cobardía de su huida hasta las vidas que había arruinado o se había llevado por delante… A veces creía estar leyendo el diario de un desconocido.

Sin embargo, la tierna descripción de la relación que había mantenido con Luciana durante los últimos meses de vida de ella le recordaba al hombre que había sido. Y le daba envidia, porque le hacía recordar lo que se sentía al ser objeto de toda su atención; ella la había disfrutado cuando más la necesitaba. Cuando lo único que le había apetecido era salir corriendo afuera y aullarle al trueno, había sido él quien la había retenido hasta que pasara la tormenta. Pero, cuando había necesitado que volviera a abrazarla así, él estaba abrazando a otra.

Sabía que no tenía sentido envidiar a una mujer muerta. Luciana no se había enamorado del hombre equivocado; lo había hecho ella. Y sobre todo lo respetaba por haber tenido el valor de poner fin a la vida de lo único que había querido que viviera. A lo mejor sí sabía lo que era el amor, después de todo.

Fue él quien terminó interrumpiendo el ensimismamiento de los dos.

—¿Te encuentras bien ya? —le preguntó, preocupado de verdad.

—Sí —respondió ella en voz baja—. Aún tengo revisiones cada seis meses, pero, de momento, muy bien. Toco madera —dijo, y se dio un golpecito en la abolladura de la cabeza.

—Bien —dijo él—, bien. —Hizo una pausa—. ¿Y te fue de mucha ayuda James con todo lo que viaja?

Ella se preguntó por qué destacaba al mayor de sus hijos.

—Sí, sí. Me escribía y me llamaba a menudo, y venía a casa cuando podía.

Sin embargo, no parecía que la escuchara, y no era la primera vez que le daba esa impresión. No sabía exactamente por qué, pero empezaba a percibir alguna grieta en la armadura con la que él se había presentado en su casa.

Desde luego había sido un día mentalmente agotador para los dos, pero la perturbaban aquellas ausencias cada vez mayores. Se hizo el silencio de nuevo y contempló el jardín por la ventana.

—¿Simon? —le dijo, desconcertada por su quietud.

—¿Sí? —respondió él, sobresaltado.

—¿Te encuentras bien? Pareces algo aturdido.

—¿Me das un vaso de agua?

Ella asintió con la cabeza y fue a la cocina, sacó de la nevera una jarra de agua filtrada y vertió un poco en un vaso. Cuando volvió, Simon estaba examinando un disco de platino enmarcado, colgado de la pared, que James le había regalado.

—James se parece mucho a ti —le dijo, dándole el vaso—. Tiene tus ojos y tus piernas flacas. A veces me lo quedo mirando fijamente porque es como tu doble.

—Lo sé —contestó él—. Nos hemos visto, Catherine.