Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 22 de 23

Páginas del PDF

Cuando desapareciste

Capítulo 21

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, VEINTISÉIS AÑOS ANTES,

3 DE ENERO

 

Mi precioso Billy gorjeaba encantado mientras tiraba su juguete favorito de un extremo a otro de la bañera y lo perseguía a cuatro patas.

—¡Más despacio! —le dije.

El barquito de plástico azul y rojo con la carita sonriente pintada en él había pasado de James a Robbie y finalmente a su hermanito de catorce meses. Y como ellos, Billy no se cansaba de agarrarlo y tirarlo por ahí.

Estaba ya muy espabilado y a menudo gateaba por la casa e intentaba ponerse de pie él solo como habían hecho sus tres hermanos.

—No, Billy —le advertí al ver que quería levantarse apoyándose en los bordes de la bañera. Volvió a sentarse y me salpicó otra vez con el barquito.

Robbie pasaba por una etapa en la que parecía que estuviera reñido con la higiene, y Emily siempre quería que la bañase su padre; y como James prefería bañarse solo, Billy era el único con quien su mami podía compartir esos momentos maravillosos. Yo saboreaba todos y cada uno de ellos.

Le estaba enjabonando la cabecita, cada vez más cubierta de pelo, cuando sonó el teléfono. Esperaba una llamada de mi amiga Sharon, que se había casado el día anterior, para que me contase qué tal la boda. Me había hecho muchísima ilusión que me pidiese que le hiciera los vestidos de las tres damas de honor, porque era el encargo más importante que había aceptado hasta entonces. Nos había invitado al convite, pero Simon y yo nos habíamos visto obligados a rechazar la invitación en el último momento porque nuestra canguro de siempre había pillado la varicela y no podía cuidar de los niños.

Sharon me había prometido que encontraría un rato para llamarme esa noche antes de que ella y su recién adquirido marido volaran a Tenerife de luna de miel.

—¡Simon! —grité con todas mis fuerzas cuando el teléfono empezó a sonar—. ¡Vigila a Billy, por favor!

En cuanto oí su respuesta apagada desde otra habitación, enfilé a toda prisa el descansillo hacia nuestro dormitorio y levanté el auricular. Por lo visto, la boda había salido perfecta, pero, sobre todo, mis vestidos no se habían roto por las costuras. Me distrajo momentáneamente un golpe fuerte procedente de la puerta del baño, pero sabía por experiencia que si, después de un ruido inesperado, no se oía el llanto de un niño, lo más probable era que todo fuese bien.

Hablamos unos minutos más y Sharon me contó los detalles del gran día; luego colgamos. Me sentía orgullosa de mí misma y no pude evitar sonreír cuando volvía al baño a contárselo a Simon.

—Sharon dice que los vestidos les han encantado —empecé, ya cerca de la puerta—. Qué pena que no hayamos podido…

Solo que Simon no estaba allí. Pero Billy sí, tirado en la bañera, con la carita cubierta por poco más de cinco centímetros de agua.

Su pelo suave de bebé flotaba sin rumbo y su cuerpecito estaba completamente desprovisto de la vida que yo le había dado. Tenía el barquito cerca, anclado en la espuma, aún sonriente.

Me quedé petrificada hasta que caí en la cuenta del horror de lo ocurrido. Entonces llamé a Simon a gritos y salvé a toda prisa la escasa distancia que me separaba de mi bebé. Metí las manos en el agua y lo agarré, lo levanté por la cintura y deposité su cuerpo en la alfombrilla de baño mullida.

Sus hermanos aparecieron de pronto y se quedaron mirando, confundidos, desde la puerta.

—¡Papá! —gritó Robbie, y yo oí que sus pasos pesados se acercaban a nosotros.

—Dios mío, Dios mío, Dios mío —repetí mientras volvía a levantar a Billy y lo sostenía delante de mí. El cuellecito se le dobló hacia delante.

Simon me apartó y se hizo cargo de la situación. Lo tumbó en el suelo, le echó la cabecita hacia atrás, le pellizcó la naricita de botón y le hizo el boca a boca. Yo me arrodillé a su lado, impotente, con los brazos tan empapados como los ojos, sollozando mientras su padre le presionaba el pecho con fuerza para que el corazón volviera a latirle. Oí el chasquido de una costilla rota bajo la presión de las manos de Simon y me sentí como si me la hubiera roto a mí. Mi dormitorio era un santuario de tormento. Me daban ganas de sellar la puerta y las ventanas y convertirlo en un ataúd, como el que ocupaba mi pequeño, bajo tierra.

—Pide una ambulancia —no dejaba de repetirme Simon, pero yo estaba bloqueada, debatiéndome entre la esperanza y la desesperación. James debió de oír sus súplicas y salió corriendo.

Oí el aliento caliente de Simon mientras se lo insuflaba a nuestro hijo por la boca; vi cómo se deslizaban las palmas de sus manos por el cuerpecito mojado; oí el chasquido de una segunda costilla rota y el roce de su espalda en la alfombrilla con cada presión.

Le agarré la manita aún caliente a Billy y le rogué a Dios que le diese fuerzas para mover los dedos y enroscar uno en los míos, pero Dios había descuidado a mi hijo cuando Billy lo necesitaba, igual que yo. Robbie y Emily lloraban a nuestra espalda; entonces volvió James y se los llevó a su cuarto.

Simon no quería rendirse, ni siquiera cuando llegaron los servicios de urgencias e intentaron hacerse cargo. Tuvieron que apartarlo a un lado, pero no había nada que pudieran hacer que él no hubiera intentado ya.

Al final nos miraron con cara de pena y negaron con la cabeza, como disculpándose.

La angustia hizo que me desplomase en el suelo y que me agarrara con fuerza el pecho por ver si podía arrancarme ese peso del corazón. Me así a la alfombrilla, desesperada por aferrarme a algo después de haber perdido tanto. Quise acercarme a mi bebé, pero estaba clavada al suelo. Simon me apoyó la cabeza en su muslo mientras yo gritaba tan fuerte que me ardían los ojos y la garganta.

—Es culpa mía, lo siento —lloré—. Es culpa mía…

—No, no te culpes —dijo, acariciándome el pelo, pero los dos sabíamos que sí.

—Pensaba que estabas con él —dije entre lágrimas—. Te he llamado a gritos.

—Estaba abajo.

Les supliqué a los de urgencias que no se llevaran a Billy, pero Simon me explicó muy sereno que había llegado el momento de despedirnos de él. Le sequé el cuerpecito con ternura y le puse el pijama de Mr. Men antes de que lo bajaran. No fui capaz de verlo salir de nuestra casa por última vez.

Me quedé tendida, con la mejilla apoyada en el frío linóleo, abrazada a su barquito de juguete y deseando que me transportase a una hora antes, antes de dejar morir a mi pequeño.

 

7 DE FEBRERO

Me había llevado días poder siquiera ponerme en pie sin la ayuda de Simon. Cada vez que lo intentaba sola, me empezaba a dar vueltas todo y tenía que volver a la cama, mareada y derrotada. Sonaba tanto el teléfono que tuvo que desconectarlo de la roseta para que no me molestara.

Oía las voces apagadas de los amigos que venían a traernos comida, a ofrecernos su ayuda o a proponernos sacar a los niños de nuestro mausoleo para que jugasen con sus amigos. Yo me alegraba de que salieran, porque estaban más seguros que conmigo.

Pero no podía impedirles que abrieran con sigilo la puerta de mi dormitorio, que se colaran debajo de las sábanas y acurrucasen los cuerpecitos calientes junto al mío. Yo los abrazaba fuerte hasta que me daba cuenta de lo que estaba haciendo; entonces rechazaba su cariño y les pedía que se fueran. Eran demasiado pequeños para entender por qué su mami no quería estar con ellos. Era por su bien; yo no los merecía.

Simon hizo de papá y mamá y les dijo que, aunque yo estaba muy triste, aún los quería, y que saldría de mi cuarto cuando estuviera preparada, pero que, hasta entonces, debían tener paciencia.

Durante todo el funeral de Billy, Simon no me soltó ni un segundo; me apoyó la cabeza en su hombro y dejó que el rímel le manchara las solapas de la chaqueta. Y cuando llegamos a casa, me dejó quedarme en la cama durante semanas sin protestar.

Siempre me sentía peor al despertar que cuando intentaba dormir porque, durante los primeros segundos de conciencia, se me olvidaba lo que había pasado; luego me venía todo a la cabeza de repente y volvía a empezar el proceso de duelo desde el principio.

Cuando intentaba centrarme en cualquier otra cosa, recordaba el momento en que me había encontrado el cuerpecito de Billy y ese pensamiento se apoderaba de todos los demás. Algunas noches estaba convencida de que lo oía llorar y, llevada por el instinto maternal, me levantaba de un brinco y me plantaba en la puerta, hasta que me daba cuenta de que estaba alucinando.

Mi cuerpo y mi mente iban por separado. Mi cabeza sabía que lo había perdido, pero mis pechos me castigaban produciendo leche todavía.

Echaba de menos las cosas de bebé de Billy y anhelaba que me apoyase la cabecita en el hombro cuando se dormía. Echaba de menos tener que quitarle las legañas de los ojos. Echaba de menos que hubiera conseguido hacerme sentir una mujer otra vez después de lo que Dougie me había hecho.

Por más que Simon se empeñara en que no había sido más que un accidente terrible, horrible, en lo más hondo de su corazón debía de odiarme. ¿Cómo no iba a hacerlo? Yo me odiaba.

 

12 DE ABRIL

 

El apoyo de Simon era interminable, pero yo no encontraba consuelo. Incluso proyectaba en él el desprecio que sentía por mí misma, y lo culpaba por no haber estado en el baño, donde yo creía que estaba.

Sin embargo, él nunca pagó conmigo la rabia que debía de sentir. Se enfrentó a su dolor con estoicismo, como solía hacer. Y siempre estaba a mi lado cuando me daban ganas de chillar o berrear. Era el marido perfecto.

Yo siempre había dicho que Billy olía a rosas rosas, así que Simon levantó un trozo de tierra debajo de la ventana de la cocina y plantó seis rosales allí. Era un lugar al que me acostumbré a acudir en busca de paz; me bastaba con sentarme cerca o inhalar su aroma por la ventana abierta mientras lavaba los platos. Era justo lo que necesitaba para empezar a recuperarme.

 

22 DE OCTUBRE

 

Cuando llegué a estar tan completa y absolutamente vacía y ya no tenía lágrimas que derramar ni nada de mí misma que odiar, solo pude ir en una dirección.

Entonces fui abriendo los ojos despacio y fui dejándome llenar del amor que me había rodeado durante meses y que yo había rechazado.

El amor de mi familia, el de mis amigos, pero, sobre todo, el de mi marido.

 

SIMON

NORTHAMPTON, VEINTISÉIS AÑOS ANTES,

3 DE ENERO

 

Me detuve bajo el marco de la puerta, detrás de Robbie y James, cautivado por la pena que la obligaba a adoptar posturas extrañas mientras intentaba dar vida al pequeño por segunda vez en catorce meses.

Billy yacía mojado e inmóvil en el suelo; sus ojos aún mantenían la chispa, pero su cuerpo estaba inerte. Yo me había sorprendido a menudo mirando aquellos ojos fijamente y preguntándome qué verían ellos al mirarme a mí.

Era la segunda vez que entraba en el baño en cuestión de minutos.

Cuando ella me había pedido que le echase un vistazo al niño, yo estaba en el dormitorio de Emily, ayudándola a secarse el pelo después del baño. Camino del baño, oía a Catherine hablando por teléfono al otro lado de la puerta cerrada del dormitorio. Billy estaba jugando con su barquito con la cara sonriente y, al verme, me dedicó una sonrisa desdentada. Yo no le di nada.

Lo vi lanzar el barquito demasiado lejos para llegar con facilidad, y mirarme después, como esperando a que se lo devolviera. No me moví. Frustrado, alargó los brazos, que aún no eran más que dos morcillas, para acercárselo. Viendo que no lo conseguía, se levantó como pudo, agarrándose a los bordes de la bañera. Entonces se dispuso a avanzar, perdió el equilibrio, patinó, giró y, al caer, se golpeó la sien con el grifo y luego también con la durísima porcelana. Mientras lo observaba, cayó de bruces en el agua.

Tras un momento de quietud que se me hizo eterno, me sobresaltó volviendo a la vida, arqueando la espalda e intentando librarse del agua, pero, cuando abrió la boca para gritar, se le llenó de agua y de espuma. Comenzó a agitar los brazos para levantarse, pero no poseía ni la fuerza ni la coordinación necesarias para incorporarse.

Entonces esperé a que sucediera lo inevitable.

Permanecí inmóvil mientras casi dos años de embotamiento se diluían.

Sabía lo que debía hacer, lo que cualquiera con una pizca de humanidad habría hecho, pero yo ya no era esa persona. Catherine me había privado de compasión y me había convertido en un hombre gélido. Billy y yo éramos sus víctimas.

Mi reacción era culpa de los abominables cromosomas de Billy, y yo ya no podía vivir con aquel niño en casa, fingiendo que era como los otros, a los que quería. Así que lo vi ahogarse despacio y en silencio; un desamparado dejando que otro tratara de sobrevivir a una lucha que solo uno de los dos podía ganar.

Cuando salió de sus pulmones la última gota de aire y el agua del baño empezó a colarse en ellos, salí de allí con el mismo sigilo con que había llegado.

 

18 DE ENERO

 

En las semanas que siguieron a la muerte de Billy, me tumbaba con Catherine en el refugio a oscuras que se había hecho en nuestro dormitorio, prestando oídos a su agonía hasta que se quedaba dormida. Luego reproducía mentalmente los instantes que la habían destrozado.

—Dios mío —repetía después de llamarme a gritos—. Dios mío, Dios mío.

Corrí por el pasillo y me planté detrás de Robbie, James y Emily mientras las consecuencias de mi pasividad se hacían patentes. Me entró el pánico y sentí que debía deshacer lo que había permitido que ocurriera. Aparté a los chicos de mi camino e inicié la maniobra de reanimación con la idea de compensar esos cinco minutos de locura reparando el daño que había hecho.

Le pellizqué como pude la nariz a Billy para intentar devolverle la vida que había permitido que se le escapara, y su boca me supo a lavavajillas. La adrenalina y el miedo me producían náuseas y de la desesperación apreté demasiado y le rompí una costilla.

«Te equivocabas —oí decir a mi vocecilla interior—. Sí que podrías tratarlo como a uno de los tuyos. —Le rompí sin querer otra costilla—. Tendrás que ir poco a poco, pero podrías pasar más tiempo con él, comprarle un barquito más grande y mejor, enseñarle a montar en bici como hiciste con los otros, verlo desde la banda mientras mete el gol de la victoria para su equipo… Sí, podrías hacer todo eso si te dieran una segunda oportunidad. Pero no te la van a dar».

En el tiempo que tardé en verlo morir, programé mentalmente nuestros próximos dieciséis años juntos como padre e hijo. Mi hijo. No biológico, pero mi hijo de todos modos.

Aun después de que aparecieran de pronto los de los servicios de urgencias, me negaba a reconocer mi fracaso, pero, en el fondo, sabía que era demasiado tarde. Billy estaba muerto y yo lo había dejado morir.

Le acaricié el pelo a Catherine que, tendida en el suelo, lloraba desconsoladamente, con el niño a su lado. Su mundo se había hecho pedazos y ella estaba destrozada, desolada. El daño que ella me había hecho no era nada comparado con el que yo le había hecho a ella.

 

20 DE MARZO

 

Durante semanas, Catherine hizo poco más que culparse; mi decisión la había condenado a un purgatorio intolerable. Además, el que yo no fuera capaz de revelarle que el hombre al que amaba había sido responsable de la muerte de su hijo ensombreció la vida de todos nosotros.

Siempre que ella prefería el sueño a la realidad, yo me calzaba las zapatillas de correr y corría tan rápido como podía, hasta que las piernas ya no me sostenían. Elegía a propósito superficies duras para poder sentir el impacto del asfalto en las rodillas y en la columna con cada paso, porque el dolor físico me aliviaba el mental.

Esperaba que el suplicio que yo sentía la librase a ella del suyo, pero, en realidad, no había nada que yo pudiese hacer para aliviarla.

 

12 DE MAYO

 

Para el mundo exterior, yo era el vivo retrato de un marido modélico, pero, por dentro, era un caos. Me obligué a mantener el motor de la familia en marcha. Me hice experto en falsificar sonrisas y en convencer a los que se preocupaban de que al final todo se arreglaría, con un poco de tiempo.

Me encargué de todas las necesidades de los niños mientras Catherine no tuvo fuerzas para hacerlo. Yo era la cara que veían nuestros amigos cuando venían a ver cómo estábamos.

Pedí una excedencia en la empresa para ocuparme de las tareas cotidianas como la compra, la casa y el jardín. Hacía todas las comidas, me aseguraba de que los niños tenían limpios los uniformes del colegio y los entretenía cuando su madre necesitaba estar sola.

Pasábamos horas juntos fingiendo que pescábamos en el arroyo de al lado de casa. A veces miraba fijamente al agua, convencido de que veía la sangre de Dougie atrapada en un remolino e incapaz de disolverse. Dábamos largos paseos por el campo buscando gamusinos o pasábamos tiempo en el jardín jugando a juegos de mesa. En un momento en el que tendría que haber estado cerca de ellos, me sentía más lejos que en toda mi vida.

Hacía malabares con muchas pelotas a la vez y solo yo sabía qué pasaría si se me escapaba alguna. Veía las consecuencias de mis actos en mi mujer todos los días, y eso me ayudó a comprender que no solo me remordía la conciencia por la muerte de Billy, sino también por la muerte de nuestro matrimonio. Se me había presentado la ocasión de vengarme y lo había hecho sin pensarlo. Sin embargo, completada la misión, no sentía nada. No me había curado como yo esperaba; estábamos rotos, con o sin él.

Había sido una torpeza intentar devolverle la vida. Llenarle los pulmones del aire de un extraño no me habría ayudado a largo plazo. Aun habiéndome manchado las manos con su sangre, seguía sintiendo la misma acritud que cuando había descubierto la aventura de Catherine. Solo había conseguido obligar a cuatro personas a sentirse tan despreciables como yo. Y a mi desgracia no le agradaba la compañía.

A menudo tenía que recordarme que había sido la hipocresía de ella lo que había provocado mi reacción. Ella era la culpable de lo que nos pasaba. La veía en silencio vagar sin rumbo por la casa, incapaz de vincularse con el mundo. Ahora sabría cómo me había sentido yo cuando había descubierto lo suyo con Dougie.

Verme obligado a mantener mi fachada me suponía una presión inmensa, porque no tenía nadie a quien confiarme. Así que empecé a sentarme en el bosque, cerca del hombre al que había enterrado debajo de la cuerda azul. Era el único sitio donde todo tenía sentido.

Le hablaba a Dougie como cuando éramos inocentes. Él me entendía y yo estaba convencido de que, donde estuviese, sabía que lo que me había hecho estaba mal. Empezó a darme envidia lo poco que le costaba aceptarlo y lo sencillo que era todo para él, descansando debajo de un manto de polvo y piedras.

Todo sería mucho más fácil si también yo estuviese a dos metros bajo tierra.

 

22 DE OCTUBRE

Durante nueve largos meses, Catherine estuvo sumida en la oscuridad. Luego, poco a poco, empezó a verse el sol y ella se levantó del pie de la montaña e inició su ascenso a la cumbre.

Estábamos viendo The Two Ronnies en la tele cuando, de pronto, se rio de un gag. Todos nos volvimos bruscamente a mirarla porque aquel era un sonido que llevábamos mucho tiempo sin oír.

—¿Qué? —preguntó ella, sorprendida por nuestra atención.

—Nada —contesté, y entonces supe que se acercaba mi momento.

Mientras ella se recuperaba lentamente, mi desintegración iba llegando a su fin. Mi mujer estaba llegando a su destino, pero, al hacerlo, me estaba dejando atrás. Ella había aprendido a vivir con lo que creía que había hecho, pero yo no podía vivir con lo que ella me había hecho a mí.

Pasaron Navidad y Año Nuevo y, mientras el invierno daba paso a la primavera y esta al verano, mis excursiones al bosquecillo se hicieron más frecuentes. Cogía la cuerda del suelo y la palpaba, tirando de ella con ambas manos hasta tensarla. Luego miraba la arboleda en busca de la rama más fuerte, más recia. En varias ocasiones, pensé que estaba preparado para quitarme la vida, pero luego buscaba una excusa para no completar mi misión precisamente ese día. Siempre terminaba volviendo a casa, maldiciéndome por no tener el valor necesario para llegar hasta el final.

«Mañana —me decía—. Mañana podré hacerlo».

Y al final llegó ese día.

 

NORTHAMPTON, HOY, 20:20

 

Ella negó enérgicamente con la cabeza. Se negaba a creer que la historia horrible que él le había contado sobre Billy fuera cierta.

—No, el alzhéimer te está confundiendo —dijo ella sin convicción—. Déjame que llame a Edward para que vuelva del club de golf y te eche una mano.

A esas alturas, hacer partícipe a alguien más de la existencia secreta de su marido era lo último que quería hacer, pero ahora la necesidad de demostrar que la confesión de Simon no era más que fruto de la confusión le parecía prioritario. Edward podía examinarlo, hacerle pruebas, permitirle a ella descartar la abominación que él acababa de reconocer que había cometido.

Sin embargo, Simon la miró con los ojos empañados y meneó la cabeza despacio. El estómago le dio el primero de muchos vuelcos.

—Yo estaba allí, ¿no te acuerdas? —prosiguió ella, intentando convencerlo—. Fui yo quien dejó a Billy solo, no tú. Yo lo encontré en la bañera y pedí ayuda a gritos. No fue culpa tuya, sino mía, ¿eh? ¿Te acuerdas?

Simon le dedicó la mirada más débil y más dolida que ella había visto jamás, pero seguía sin creerlo. No quería hacerlo porque, con el tiempo, había aprendido a aceptar su papel crucial en la muerte de Billy. Había sido un accidente.

Porque que hubiera sido deliberado… que su marido, el padre del niño, lo hubiera dejado morir… eso era mucho peor que una negligencia. Era maldad. Y ella había amado a aquel hombre malo. Intentó desesperada convencerlo para que reconociese que estaba aturdido.

—Reconozco que has hecho muchas cosas horribles —continuó Catherine —, pero el hombre al que yo adoraba entonces jamás habría dejado que eso pasara. No me habrías abrazado, ni me habrías secado las lágrimas, ni habrías mantenido unida a la familia como lo hiciste de haber sabido que no había sido culpa mía. Así que te ruego que me digas ahora mismo que estás confundido y que no dejaste morir a Billy.

Simon no habría podido contestar aunque hubiera querido. El yugo al que lo tenía sometido el remordimiento era tan fuerte que apenas le dejaba respirar. No podía moverse, pero habría jurado que sentía cómo su cuerpo se agitaba.

Ella se recostó aún más en el sillón mientras evaluaba el significado de todo aquello. Nunca había superado la muerte de Billy, porque ningún padre lo hace cuando le arrebatan de los brazos sin previo aviso a una criatura tan tierna e inocente, pero, poco a poco, fue consiguiendo que la imagen de aquel cuerpecito inerte en la bañera no fuese lo primero que le venía a la cabeza cuando pensaba en él, sino la de aquella sonrisa desdentada de las fotografías que le había hecho durante sus primeras y sus segundas Navidades. Las había mirado cientos de veces desde entonces.

Y todos los años, el día de su cumpleaños, se encerraba en su dormitorio, apartada de todos, sacaba las diminutas botitas de satén azul de su caja de terciopelo, que guardaba en el armario, y las acariciaba suavemente, como hacía de niña con la ropa de su madre. Luego se las acercaba a la nariz e inhalaba fuerte con la esperanza de percibir algún aroma ya desvanecido.

Solo que ahora sabía que Billy no había muerto por negligencia suya, sino como consecuencia del rencor enfermizo e injustificado de su propio padre. Se lo imaginó alzándose sobre Billy como la parca, cautivado por el modo en que el pequeño, aterrado, se ahogaba delante de él.

Eso la enfureció. Le dieron ganas de matarlo.

Simon no estaba al tanto de la escalada de rabia que tenía delante. Se había acostumbrado a encontrar formas de justificar sus aberraciones culpando a otras personas, pero ya no le quedaba nadie a quien culpar. Kenneth estaba en lo cierto cuando le había dicho a su único hijo que era un monstruo.

El primer contacto físico que hubo en veinticinco años entre Simon y Catherine Nicholson se produjo cuando ella se levantó de un brinco de la silla con una velocidad tan inusual en una mujer de su edad que lo aterró.

—¡Malnacido! —gritó mientras le aporreaba la cabeza una y otra vez.

A él apenas le dio tiempo a levantar los brazos para protegerse de los golpes. Al principio, trató de apartarla, pero, cuando lo conseguía, ella volvía al ataque aún más furiosa que antes.

La agarró por los brazos, así que ella le dio un rodillazo en la entrepierna. Simon se dobló de dolor ante otra avalancha de bofetadas y arañazos. Ella le arrancó trozos de carne de las mejillas con las uñas. Al final, él fue capaz de reunir la fuerza suficiente para agarrarla de los brazos y retorcérselos a la espalda. Catherine gritó de dolor.

—Kitty, Kitty, por favor —le suplicó él, intentando recuperar el aliento y calmarla.

—¡Quítame las manos de encima! —chilló ella, y forcejeó en vano para zafarse de él.

—Siento lo que le hice a Billy y no haber confiado en ti. Tienes que saberlo.

—¡No te atrevas a decir su nombre! ¡No tienes derecho a pronunciarlo!

—Lo sé, lo sé, pero tenía que contarte la verdad antes de que mi enfermedad me lo impidiera.

—¿Y tengo que darte las gracias? ¿Cómo has podido dejar que me pasara la vida creyendo que había sido culpa mía cuando fuiste tú quien lo mató? ¡Su propio padre!

Ella intentó darle un codazo en el estómago, pero la agarraba tan fuerte que no podía ni moverse. La última vez que un hombre la había sujetado así, había terminado rindiéndose y aceptando su destino. No volvería a cometer ese error.

—Por favor, por favor, perdóname —lloró él—. No me dejes morir sabiendo que no has querido aceptar mis disculpas.

Su desesperación inundó la estancia y se hizo el silencio. Por fin, ella le respondió con una voz tan llena de veneno que él apenas la reconocía:

—Jamás.

La respuesta de ella lo dejó sin energía y, revolviéndose, Catherine consiguió soltarse un brazo. Dio golpes a ciegas a su espalda, intentando acertarle. Le arañó un ojo y él, instintivamente, se lo tapó con la mano.

Cegado momentáneamente, no la vio agarrar un marco metálico con una foto de sus hijos y atizarle con él en la sien. Cayó al sofá, aturdido, pero se apartó justo antes de que el jarrón de cristal naranja que estaba en la repisa de la chimenea se hiciera añicos contra la pared, encima de su cabeza.

—¡Kitty, por favor! —le gritó él, pero ella no le hizo ni caso. Un hombre capaz de hacer tanto daño no merecía que lo escucharan.

Cuando fue a abrir la boca para suplicarle su perdón por última vez, ella agarró el atizador de bronce de la chimenea y lo levantó por encima de su cabeza. Él retrocedió, pero no lo bastante rápido para evitar que le diera con toda su alma en la muñeca. Los dos oyeron el chasquido del hueso, pero él no sintió nada cuando se desplomó.

Entonces, ella volvió a levantar el atizador, pero él no se movió ni intentó protegerse. Se quedó allí tirado, empapado y temblando, resignado a su destino, más débil y más patético de lo que ella hubiera visto jamás a un hombre. Levantó un poco más el brazo para llevar el atizador lo más arriba posible.

Y lo lanzó a la chimenea con todas sus fuerzas.

—No mereces que te lo ponga fácil —espetó—. Quiero que la enfermedad te devore poco a poco hasta que el único recuerdo que te quede sea el del hijo al que mataste. ¡Fuera de mi casa!

Simon se levantó despacio, apoyándose en la pared. Se alejó de ella retrocediendo hasta la puerta mientras le brotaba sangre de la herida de la cabeza. Se llevó la mano a la sien para detener la hemorragia y se pinchó el dedo con un trozo de cristal que le sobresalía.

Quiso disculparse por última vez, pero no encontraba las palabras y, al ver la mirada amenazadora de ella, supo que nada que él pudiera decir serviría para mejorar las cosas.

Así que buscó a tientas el picaporte, abrió la puerta y enfiló tambaleándose el sendero de gravilla, despidiendo piedrecitas por todas partes con sus fuertes pisadas.

No la oyó cerrar la puerta de golpe, ni la vio desplomarse al suelo y llorar como ninguna otra persona había llorado antes.