Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 14 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 13

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, VEINTIÚN AÑOS ANTES,

16 DE FEBRERO

 

Miraba a un lado y a otro, examinando todos los ladrillos rojos y las aguas de argamasa de la fachada del Fabien’s.

Aun después de que Margaret y yo firmáramos los contratos, me llevó un tiempo digerir que la boutique ahora era mía. En algún momento me había convertido en la propietaria de una tienda en la que antes me aterraba entrar.

—Bien hecho, hija —oí la voz de Margaret a mi espalda—. No tienes ni idea de lo orgullosa que estoy de ti.

En realidad, sí la tenía, porque estaba tan satisfecha de mí misma que no podía dejar de sonreír. Pero no era tonta. Estaba muy bien hacerse con un negocio con una excelente trayectoria, pero iba a necesitar agallas y mucho esfuerzo para que siguiera siendo un éxito.

Seguí haciendo una línea de prendas propias, en casa o en la trastienda de la boutique, mientras mi antigua compañera del súper, Selena, llevaba el negocio de cara al público, encargándose de su funcionamiento cotidiano y de encandilar a la clientela.

Emily empezó a mostrarse interesada en mi trabajo como me había pasado a mí con el de mi madre, y, aun cuando me daba la lata y me retrasaba, jamás seguí el ejemplo de mi progenitora. Aunque no tenía todavía ocho años, yo ya le estaba enseñando a coser botones y a marcar los bajos. Además, la animaba a que hojease conmigo las revistas de moda en busca de inspiración y para mantenerme al día de las nuevas tendencias.

Mientras Robbie descubría su interés por los videojuegos y Tom le enseñaba a James canciones nuevas a la guitarra, yo disfrutaba de los ratos que Emily y yo pasábamos juntas, si bien, al mismo tiempo, compadecía a Simon por lo que se había perdido.

 

1 DE AGOSTO

 

La casa no estaba en silencio muy a menudo, pero, cuando eso ocurría, yo lo recibía como a una vieja amiga.

A Tom le gustaba llevarse a los niños por ahí de vez en cuando y así yo disponía de unas horas poco habituales sin la tele a todo volumen o el balón de fútbol aporreando la puerta del garaje. Así que, cuando la tropa estaba en el parque, cumplí la promesa que me había hecho hacía tiempo de sacar la ropa de Simon del armario.

Lo había pensado varias veces en los últimos meses, ahora que Tom formaba parte de nuestras vidas, pero se me hacía muy cuesta arriba, como si fuera a deshacerme de otra parte de él. Además, aunque apareciese milagrosamente en nuestra puerta, dudo que fuese para cambiarse de camisa.

Así que cerré los ojos y abrí la puerta del armario. Luego, una a una, fui retirando las cosas de Simon de las perchas de madera, doblándolas bien y metiéndolas en bolsas de plástico que había marcado para la tienda de beneficencia.

Cada objeto llevaba consigo un recuerdo olvidado, como verlo desenvolver un suéter nuevo que le había comprado por su cumpleaños, o una camisa que se había puesto para una fiesta… Me acerqué a la nariz las solapas de su chaqueta de pana marrón y le encontré un aroma residual a Blue Stratos, su loción para después del afeitado. Me enrosqué en la mano la corbata de rayas azules que se había puesto para su primera entrevista con el director del banco para pedirle el préstamo empresarial. Yo le había hecho el nudo Windsor porque le temblaban demasiado las manos para hacérselo él.

Pensé que se me saltarían las lágrimas, pero me inspiraba afecto, no tristeza. Iba a regalar su ropa, no a él. Las bolsas ocupaban ya todo el suelo cuando sonó el teléfono.

—¿Podría hablar con el señor Simon Nicholson, por favor? —preguntó una voz áspera de hombre.

—Lamento decirle que mi marido ha fallecido —dije—. ¿Quién lo llama, por favor?

—Me llamo Jeff Yaxley. Soy el alcaide de la cárcel de Wormwood Scrubs, en Londres.

Me picó la curiosidad.

—El padre del señor Nicholson murió hace unos meses y tengo aquí una de sus pertenencias que nos pidió que le enviáramos a su hijo —prosiguió.

—¿Arthur ha muerto? —pregunté, asombrada—. Perdone, ¿ha dicho que llama de una cárcel?

—¿Arthur? No, Kenneth Jagger. Cuando el señor Nicholson vino a verlo, nos dio su dirección.

—Me parece que se ha equivocado de Simon Nicholson —respondí—. Su padre se llama Arthur y vive en el pueblo de al lado. Además, que yo sepa, Arthur jamás ha estado en la cárcel.

Imaginé al vegestorio en la cárcel y me dio la risa.

—Ah, habrá habido alguna confusión —dijo él—. Perdone que la haya molestado.

—¡Espere! —dije antes de que colgara—. ¿Así que alguien que ha usado el nombre y la dirección de mi marido visitó a ese hombre en la cárcel? ¿Cuándo fue eso?

—Perdóneme un momento —me pidió, y lo oí revolver papeles—. Según el libro de visitas, fue el 8 de junio, hace cuatro años.

—Pues entonces sí que no era Simon, porque él desapareció el 4 de junio.

—¿Desapareció?

—Sí, mi marido desapareció ese día y nadie lo ha vuelto a ver desde entonces. El caso sigue abierto, pero lo dan por muerto. —Lo medité un instante, pero no se me ocurría quién podía haberse hecho pasar por él—. ¿Qué le ha dejado ese tal Kenneth? —pregunté.

—Un reloj. —De pronto, se me encendió una bombillita en la cabeza. Tragué saliva—. Es un Rolex de oro —continuó—. Pesa bastante. Una pieza muy bonita…

Pero para entonces yo ya había dejado de escuchar. Sentí una fuerte punzada en el pecho mientras sus palabras se propagaban como una gota de sangre en un vaso de agua, manchándolo todo.

Colgué, volví corriendo al dormitorio, escaleras arriba, y encontré un estuche cuadrado de color verde en un estante, al fondo del armario. Dentro debía estar el reloj de la madre de Simon, lo único que ella le había regalado en su vida, aunque yo jamás le había visto ponérselo.

Sostuve el estuche en la palma de la mano, pero no lo abrí. Si el reloj estaba dentro, alguien había usurpado su identidad. Si el estuche estaba vacío, solo podía significar una cosa: que Simon se lo había llevado y que me había abandonado a propósito.

—Por favor, por favor, por favor —susurré mientras el estuche rechinaba al abrirlo.

No había nada dentro.

«No, lo pondrías en otro sitio», me dije. Así que rebusqué en el armario, que estaba casi vacío. Saqué furiosa todas las prendas dobladas de dentro de las bolsas de basura y hurgué en todos los bolsillos. Nada. Metí la mano en todos los zapatos por si lo había escondido en uno; luego registré los cajones de su mesilla de noche. Cada vez que fracasaba se me ocurría otro sitio donde mirar. Registré todos los rincones de la casa, hasta los sitios donde ya había mirado el día de su desaparición. Por último me puse las deportivas y fui corriendo a ver a la única persona que podía tranquilizarme: Arthur.

Quince minutos más tarde estaba llamando a su puerta, casi sin aliento después de la carrera.

—¿Quién es Kenneth Jagger? —pregunté jadeando.

Recé para que me asegurara que no lo sabía, pero Arthur palideció al instante. De pronto sabía dos cosas con certeza: que aquel hombre llamado Kenneth Jagger era el verdadero padre de Simon y que mi marido había planeado abandonarme.

—No deberías estar aquí —replicó nervioso, e intentó cerrar la puerta, pero yo puse el pie en medio para impedirlo.

—¿Quién es Kenneth Jagger? —repetí.

—No sé de quién me estás hablando. Vete, por favor.

—Mientes, Arthur, y no me voy a mover de aquí hasta que me digas la verdad. ¿O prefieres que meta a Shirley en esto también?

Se rindió en cuanto vio que la amenaza iba en serio.

—Te veo detrás del garaje dentro de cinco minutos —contestó. Llegó en dos.

—¿Cómo te has enterado? —inquirió Arthur, manteniéndose deliberadamente a una distancia prudencial de mí.

—Eso da igual —respondí, porque no me apetecía decirle que era probable que Simon siguiera vivo.

—¿Se ha puesto él en contacto contigo?

—No, salvo que lo haya hecho a través de una vidente. Ha muerto. — Arthur pareció aliviado—. ¿Qué? ¿Era el padre de Simon?

—No, el padre de Simon soy yo —espetó; luego hizo una pausa—. Bueno, Kenneth era su padre biológico.

Aunque Arthur fuese un hombrecillo patético e intimidado, no era un mentiroso. Me contó a regañadientes que había conocido a Doreen cuando estaba embarazada y que, en sus múltiples ausencias, muchas veces había vuelto con Kenneth.

—¿Y Simon lo sabía todo? —pregunté, asombrada de que no me lo hubiera dicho a mí.

—Sí, pero se enteró cuando fue a verla a Londres, a los trece años. Kenneth estaba allí y Simon se enteró de quién era. Lo destrozó. Simon no volvió a verlo. —Pero yo tenía pruebas de lo contrario—. Y ahora dime a qué viene todo esto…

Vacilé. Podía contarle cuanto sabía: que Simon se había puesto en pie y se había marchado por su propia voluntad, y que cuatro días después había ido a ver a ese tal Jagger a la cárcel. Pero ¿para qué? Si hubiera pensado volver, lo habría hecho hacía tiempo. Solo serviría para darle a Arthur falsas esperanzas. Además, en cuanto se lo contase a Shirley, ella informaría a Roger y se reabrirían heridas que aún estaban cicatrizando, todo para encontrar a un hombre que no quería que lo encontraran.

¿Qué demonios iba a decirle a los niños? Durante cuatro años les había hecho creer que su padre había muerto, ¿cómo les iba a explicar que me equivocaba y que los había abandonado? Solo Dios sabe el daño que podría hacerles. Así que lo único que le dije a Arthur fue que el alcaide andaba intentando localizar a los descendientes de Kenneth tras su fallecimiento.

—Catherine, ¿cómo están los niños? —me preguntó cuando ya me iba.

—Perdiste el derecho a preguntarme por ellos en el mismo instante en que me acusaste de asesinato —repliqué, y lo dejé revolcándose en el remordimiento.

Estaba más que furiosa y necesitaba hacer daño a Simon. Corrí a casa con los puños apretados, rabiosa por la traición desgarradora de Simon. Una vez dentro, tomé unas tijeras y empecé a destrozarle la ropa. Volaron por el aire jirones de todos sus suéteres, sus pantalones, sus camisetas y sus chaquetas, que se esparcieron por la habitación. No quería que nadie más se pusiera aquella ropa manchada por sus mentiras.

Tiré a la basura las fotos de él enmarcadas que tenía en el aparador. Desapareció de la casa cualquier rastro visible del cabrón de mi marido. De pronto recordé los rosales rosados que había plantado para mí junto a la ventana de la cocina.

Corrí al garaje, agarré las tijeras de podar, colgadas de un clavo, y no dejé ni una rama en pie. Los había plantado para mí cuando estaba en mi peor momento y se habían convertido en un sitio al que recurría cuando necesitaba consuelo. Hasta eso había estropeado.

Cuando terminé, me senté en el césped, demasiado agotada para pestañear, llorar o vomitar, aunque tuviera ganas de las tres cosas. Cuando llegaron todos a casa a última hora de la tarde, Simon ya había muerto para mí. Otra vez.

—¿Dónde están las fotos de papá? —preguntó ceñudo James, el primero en darse cuenta.

—Están en el desván —mentí.

—¿Por qué?

—Porque las he subido allí —respondí con rotundidad.

Los niños se miraron, perplejos, pero decidieron con acierto no insistir más. Tom me siguió arriba, al dormitorio.

—¿Qué pasa, Catherine? —preguntó.

Al ver que no respondía, me puso la mano en el hombro e intentó abrazarme. Yo no podía ni mirarlo a los ojos.

—He vaciado el armario. Puedes guardar tu ropa en él si quieres.

—¿Qué ha pasado hoy?

—Que he despertado.

Luego me encerré en el baño para intentar controlar la rabia. Era la segunda cosa que le ocultaba a Tom; la primera no se la había contado a nadie, ni siquiera a Simon.

Pero el secreto de Simon era mucho peor que el mío.

 

NAVIDAD

 

Tom y los niños dormían como troncos mientras yo pasaba las primeras horas de la mañana de Navidad en el desván, rompiendo las fotos de mi boda.

Intentaba en vano dormir un poco cuando de pronto me acordé de dónde estaban: no podía permitir que la cara de Simon siguiera en mi casa ni siquiera una noche más. Ni las miré mientras las sacaba del álbum y las hacía pedazos. Cuando terminé, me rodeaban los pies, descalzos y fríos, como confeti. Estaba demasiado enfadada para volver a la cama. Me senté en el suelo de madera y estuve escuchando el borboteo de la calefacción central mientras pensaba en él.

Estaba furiosa conmigo misma por el tiempo que había perdido llorando por él, preocupándome por él, haciendo carteles de DESAPARECIDO, llamando a hospitales, lamentando su pérdida… Todo para nada. Se había largado sin más.

Mientras nosotros lo buscábamos sin parar, él iba de camino de Londres a ver a un hombre al que apenas conocía para darle su pertenencia más preciada. Su cadáver no se estaba pudriendo en ninguna zanja; estaba vivito y coleando por ahí, lejos de nosotros.

Ojalá estuviera muerto.

Apretaba los puños cada vez que pensaba en lo imbécil y mentirosa que me había hecho ser. Me sentía avergonzada y humillada. La única persona a la que podía haberle contado mi secreto era Paula, pero también a ella la había perdido. Claro que dudo que mi amiga hubiera sido capaz de sobrellevar esa carga sin contárselo a Roger.

Era como si alguien me hubiera injertado una válvula en el corazón y todo el amor que había sentido por Simon se estuviera filtrando al aire en forma de un gas hediondo. Y yo no paraba de hacerme la misma pregunta: ¿por qué?

Sabía un sitio en todo el planeta al que había ido después de abandonarnos, a ver a su padre biológico, pero me planteaba muchísimas preguntas nuevas, a cual más imposible de contestar. ¿Adónde fue después de ver a Kenneth? ¿Quién más sabía que no había muerto? ¿Cuánto tiempo había soñado con largarse? ¿Habría sido una decisión espontánea o parte de un plan retorcido casarse conmigo, hacerse el padre amantísimo y luego pasar página? ¿Cómo no me había dado cuenta de que se me escapaba?

¿Se parecía más a su madre de lo que dejaba entrever? Como ella, ¿tenía otras amantes repartidas por el país? ¿Adónde va alguien sin amigos ni dinero? ¿Se arrepentía, pero no se atrevía a volver?

«¿Por qué, Simon? ¿Por qué?».

Mi frustración resonaba más fuerte de lo que lo hicieron las campanas de la iglesia más tarde ese mismo día, pero yo solo rezaba porque anduviese vagando por el mundo en un estado permanente de absoluta tristeza.

Porque así era precisamente como me había dejado a mí.

 

NORTHAMPTON, VEINTE AÑOS ANTES,

11 DE ABRIL

No tenía nada que reprocharle a Tom, era lo que la mayoría de las mujeres habría considerado el hombre perfecto, pero con Simon había aprendido que hasta la persona ideal te la puede jugar cuando menos te lo esperas.

Yo no me había casado con Simon pensando en que todo sería de color de rosa. Sabía, dados nuestros antecedentes de hogares disfuncionales, que tendríamos suerte si conseguíamos llevar una vida normal sin uno o dos tropiezos por el camino. Y cuando discutíamos, o cuando el bullicio de los niños nos hacía sentir como en una cárcel, era normal fantasear con salir corriendo.

Pero precisamente en eso tenía que haberse quedado: en una fantasía. Solo que él lo había hecho realidad. Y yo llegué a la conclusión lógica de que si él, el hombre al que había amado y en el que había confiado desde siempre, podía hacerme eso, Tom, un hombre al que, en comparación, conocía hacía cinco minutos, me haría lo mismo.

Tras descubrir el engaño de Simon, descargué mi rabia en Tom, en aquel pobre corazón inocente, sin que él supiese jamás la razón. Lo observaba durante la cena y me preguntaba por qué alguien tan atractivo, divertido y cariñoso iba a querer cargar con una familia que no era suya. En vez de sentirme afortunada o agradecida y pensar que lo merecía, empecé a desconfiar de él.

Me preguntaba si yo sería solo un parche hasta que encontrase una modelo más joven y más guapa que pudiese darle hijos propios. Entonces empecé a plantearme muy en serio tener un hijo suyo. La reproducción era un instinto básico de los hombres, y yo lo estaba privando de eso, aunque él no hubiese dado señales de querer hijos propios. Pero los nuestros no habían impedido que mi marido me abandonara.

Además, yo tenía un negocio que llevar y sabía que no podría hacer frente a la locura y el trastorno que supondría otro niño. Y eso significaba que estaba cantado que Tom me dejaría. Eso era lo que me hacían las personas a las que quería. Me dejaban. Mamá, papá, Billy, Simon, Paula…

Así que, antes de que tuviera ocasión de abandonarme, pasé meses procurando alejarlo de mí. Estuve al tanto de todos sus movimientos, y le montaba una escena por lo que hacía si no lo hacía conmigo. Le registraba la guantera del coche esperando encontrar un par de bragas de otra mujer. Le hurgaba en la cartera en busca de recibos de sitios donde no me había dicho que hubiera estado. Le abría las maletas que guardaba en el garaje para ver si las tenía hechas para largarse sin decir ni mu. Una noche incluso dejé a los niños solos en casa, dormidos, para plantarme detrás de un seto a vigilar su casa por si recibía visitas femeninas.

Sin embargo, a pesar de todos mis intentos furtivos y estúpidos de demostrar que tenía razón, no había indicios de que Tom fuese otra cosa que un hombre honrado y decente. Y eso me frustraba muchísimo: si la infelicidad de Simon me había pasado desapercibida, probablemente la de Tom también.

Así que empecé a discutir por tonterías: por cosas del súper que se le había olvidado comprar, por no sacar los cubos de basura antes de que pasaran los basureros, incluso por no satisfacerme en la cama.

Todo ese tiempo yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, solo que no podía evitar ver en todos los hombres los pecados de Simon. Dicen que la forma más rápida de volver loco a un perro es acariciarlo y luego darle un cachete.

Pero mi perro siempre volvía a por más.

 

12 DE MAYO

 

—Déjame mudarme a tu casa —me pidió Tom de pronto.

—¿Qué? ¿Por qué? —respondí, sin entender cómo no se había hartado ya de todas mis provocaciones, sino más bien al contrario, por lo visto.

—No soy estúpido, Catherine. Algo ocurrió el día en que tiraste toda la ropa de Simon y, aunque es evidente que aún no estás preparada para contármelo, sé que necesitas estar más segura de lo nuestro. Así que déjame demostrarte que voy en serio. Te quiero y quiero a los niños. Llevamos juntos más de dos años, veamos adónde nos lleva esto. Deja que me instale aquí.

Lo miré a los ojos, lo empujé a la cama y le hice el amor allí mismo, consciente en todo momento de que no íbamos a durar, de que lo único que hacía era postergar lo inevitable.

Me esforcé por fingir que éramos una familia, procurando convencerme de que podía funcionar, pero el rencor que le guardaba a Simon terminó por asomarse de nuevo a mi cabeza. Me despertaba en plena noche y alargaba el brazo para ver si Tom seguía allí. Una vez le grité por no estar a mi lado cuando el pobre había ido al baño.

Le hice el vacío durante casi una semana por volver del pub más tarde de lo usual. Y cuando encontré dos números que no conocía en la factura del teléfono, me negué a creer que no estuviera teniendo una aventura.

Por más que Tom me asegurara que entendía mi conducta imperdonable, Simon había arruinado ya cualquier futuro que pudiéramos tener como pareja.

Y seis semanas después de que se viniera a vivir con nosotros, le pedí que se fuese.

 

SIMON

 

LOS TELARES, MÉXICO, VEINTIÚN AÑOS ANTES,

13 DE ABRIL

 

El taco de billar se partió en dos como un mondadientes cuando se estampó en los hombros del anciano. La fuerza del golpe lo lanzó de bruces contra la mesa con un gruñido.

Su atacante, tan borracho y tan mayor como la víctima, dio un giro de ciento ochenta grados con el resto del taco en la mano y se desplomó desorientado. Su oponente bordeó la mesa tambaleándose en busca de una bola con la que atizarle en la cabeza a su asaltante, pero, cuando fue a lanzarla, el exceso de bourbon hizo que se le escapara y terminase cayendo en picado unos metros más allá, rozando apenas el marco de la mesa.

Procurando no reírnos de la torpe pelea que tenía lugar ante nosotros, Miguel y yo nos acercamos a levantar a los dos pensionistas borrachos. Agitaban los brazos sin sentido, como las aspas de un molino de viento estropeado por un tornado, y solo le daban al aire trufado de humo que los rodeaba, disputándose la atención de la misma prostituta.

—Siempre están así —me explicó Miguel mientras levantaba al que parecía más frágil y que había aterrizado en el suelo.

—¿No son amigos? Los he visto llegar juntos —pregunté, resguardando al otro a mi espalda para mayor seguridad.

—¿Amigos? ¡Son padre e hijo! —rio—. Les gustan las mismas mujeres. Cuando te marches de este burdel, habrá pocas cosas de la vida que no hayas visto.

Llevaba casi cuatro meses sin tomar drogas y haciendo autoestop por México cuando había cruzado las puertas de aquella casa de putas por primera vez. Muchos de los pueblos por los que había pasado tenían sus propias whiskerías, burdeles en cuya trastienda se vendía mucho más que Wild Turkey. Sus rótulos de neón eran el reclamo de camioneros que querían olvidarse un rato de las carreteras interminables que los esperaban en compañía de alguna mujer.

Sin embargo, con aquel tejado de tejas naranjas y los balcones negros de hierro forjado esparcidos por la fachada de la primera planta, aquel burdel de Los Telares parecía un hotel. No había nada que indicase lo contrario. Yo no andaba buscando trabajo, ni mucho menos sexo. Solo quería algo de alcohol con que saciar mi sed y un lugar donde descansar mis pies llenos de ampollas.

Dentro, unas lamparitas de porcelana en mesas de cristal ahumado iluminaban discretamente las paredes de color púrpura. De las vigas de madera colgaban otras lámparas de araña sobre unos sofás de piel blancos y un solitario mostrador de recepción. Las velas perfumadas disimulaban el olor a puro con toques de sándalo y vainilla. Las cortinas de terciopelo hechas jirones permanecían corridas para evitar las miradas inoportunas.

Su verdadero propósito se desvelaba en la barra, donde hombres de todas las edades recibían las atenciones de chicas cariñosas en diversos estados de desnudez.

Me senté a la barra, agitando los hielos de mi vaso de Jim Beam, entretenido con el espectáculo. Las chicas eran grandes actrices porque disimulaban muy bien que lo que deseaban no era a los clientes, sino los pesos que llevaban en los bolsillos.

—¿Quiere que le presente a una señorita, señor? —preguntó el barman.

—No, solo he venido a beber —contesté.

—Eso dicen todos la primera vez —rio mientras me rellenaba el vaso—. ¿Es usted europeo?

—Sí, británico.

—Está muy lejos de casa. ¿Qué lo trae por aquí?

—Estoy viendo mundo, y haciendo algún trabajillo aquí y allí.

—¿Qué clase de trabajillos? —preguntó, acariciándose despacio la perilla.

—Carpintería, reparaciones, construcción, decoración… ese tipo de cosas.

—¿Le ha pegado alguna vez a una mujer?

—¡Pues claro que no!

—¿Se droga?

—No.

Al menos desde San Francisco.

—¿Le gusta follarse a chicas guapas?

—¿Qué? —Reí, y paré justo a tiempo de no expulsar el whisky por la nariz—. ¡A veces! Pero, como le he dicho, solo he venido a tomar una copa.

Volvió la cabeza y gritó hacia un cuartito:

—¡Madama! ¡Venga, madama!

Una mujer menuda de mediana edad con el pelo gris recogido en una coleta se acercó cojeando con viveza hacia nosotros.

—¿Qué pasa, Miguel?

—He encontrado al hombre que buscaba. ¿Cómo se llama, señor?

—Simon —contesté.

La mujer me miró ceñuda de arriba abajo, y murmuró algo entre dientes. Luego me agarró la mano y me dobló los dedos hacia atrás.

—¡Ay! —protesté. Intenté devolverlos a su posición normal, pero ella tenía muchísima fuerza.

—No te bebas mi alcohol, haz bien los trabajos que te encarguen y asegúrate de que los hombres no hacen daño a las chicas —espetó con un acento difícil de identificar—. Y no te folles a las guapas.

—Vale, vale —repliqué, recuperando la mano de golpe y masajeándome los dedos doloridos.

Desapareció en la trastienda y yo miré atónito a Miguel.

—¿Qué acaba de pasar? —quise saber.

—Bienvenido a Madame Lola’s —dijo sonriente, alzando un vaso de chupito—. ¡Acabas de encontrar trabajo!

 

1 DE AGOSTO

 

Los hombres del pueblo me profesaban una mezcla curiosa de respeto y envidia por trabajar en un burdel. Cuando iba al pueblo a comprar algo, los clientes me ignoraban si iban acompañados de sus mujeres, pero me saludaban con la cabeza y una sonrisa de complicidad si iban solos.

Me aclimaté enseguida a aquel entorno inusual. Empecé a encontrar normal que se oyera el azote de un látigo de cuero en la piel de un empresario reprimido al otro lado de la puerta de un cuarto cerrado. No me lo pensé dos veces cuando, por haber perdido la llave, tuve que liberar del poste de una cama a un agente de policía desnudo que se había esposado a él voluntariamente. Y tampoco presté mucha atención al cura vestido con ropa interior de mujer al que perseguían por los pasillos las chicas vestidas de criadas francesas, como en una especie de Benny Hill mexicano.

El burdel llevaba allí tanto tiempo como el pueblo, a cuarenta y cinco minutos en coche de Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México. Aunque algunos hombres recorrían kilómetros por su fama de cortesía y discreción y por el atractivo de sus chicas, al menos una cuarta parte de la clientela de la casa vivía a dos o tres kilómetros del local. Algunos incluso se escapaban del lecho conyugal cuando sus mujeres se quedaban dormidas y volvían a casa un par de horas después con una sonrisa en el rostro sin que sus parejas se enteraran.

Para mí era un lugar de trabajo y no de juegos. Tenía mis necesidades, desde luego, pero me había ido de San Francisco con la intención de dejar atrás todo lo que Darren y yo mismo habíamos hecho mal.

Sin embargo, el rumbo de mi vida volvería a cambiar una vez más cuando me enamoré de una prostituta.

 

23 DE OCTUBRE

 

—Estás loquito por ella, ¿verdad, amigo? —Casi me caí de la escalera de mano cuando Miguel subió detrás de mí—. Te va a partir el corazón —rio—. Es lo que hacen las chicas así.

—No sé a qué te refieres —repliqué, mintiéndonos a los dos.

Cambié la bombilla, plegué la escalera, la devolví al almacén y dejé a la chica sola.

Me dirigí a la camioneta para ir al pueblo a por cable. Cuando miré hacia la ventana de su dormitorio, la cortina corrida se movió un poquitín. Ansiaba estar detrás de aquella cortina con ella. Lo cierto era que estaba colado por la chica.

Mientras conducía, decidí que las que trabajaban para madame Lola se consideraban afortunadas. Mujeres esqueléticas, orientales, mayores, tatuadas, europeas, pelirrojas, con la cabeza rapada y una que pesaba una tonelada… Se ofrecían mujeres para todos los gustos en un local limpio y seguro.

Otras prostitutas no tenían tanta suerte. Al acercarme al pueblo, las veía, medio desnudas, plantadas en el arcén o sentadas en sillas de plástico rotas con las piernas separadas para atraer a posibles clientes. Otras merodeaban por los campos como espantapájaros desgastados.

Casi todos los hombres que visitaban el burdel de madame Lola eran respetuosos con las chicas, pero las excepciones creían que lo que pagaban les daba derecho también a zurrarlas si así disfrutaban más. Y entonces era cuando Miguel y yo interveníamos.

Yo siempre había detestado la violencia, sobre todo con las mujeres. A mi madre, a la de Dougie… a las dos les había destrozado la vida la ira injustificada de un hombre.

Beth había abandonado a Dougie a los cinco años de casarse con él. Yo había llegado a casa y me lo había encontrado cenando con mi familia, desesperado por no volver a una casa vacía. Cuando yo no estaba allí para apoyarlo, recurría a Catherine. Pero estoy seguro de que muchas cosas no se las contó.

—Yo nunca tendré lo que tú tienes —dijo borracho una noche después de que ella lo dejara, calculando mal la distancia entre la lata de cerveza vacía y la mesa de la cocina.

Catherine dormía ya y yo estaba deseando subir con ella.

—¿Y qué es lo que tengo yo? —suspiré, dispuesto a dejarme llevar por otra oleada de autocompasión.

—A alguien que te quiere. Una familia.

—Ya lo tendrás. Solo te falta encontrar a la persona adecuada.

—No, no lo tendré porque soy igual que mi padre. Tarde o temprano todos terminamos siendo como nuestros padres, por mucho que nos empeñemos en evitarlo. Te pasará a ti también.

—¡Chorradas! Yo no me parezco en nada a Doreen y tú no te pareces en nada a tu padre.

—Sí que me parezco. —Calló y se frotó los ojos antes de susurrar—: Le pegaba.

—¿A quién, a tu madre?

—No, a Beth.

—¿Qué? —Quería pensar que lo había entendido mal—. ¿A propósito?

—Mucho.

Agachó la cabeza, avergonzado.

Me recosté en el respaldo de la silla, atónito y decepcionado. Aun habiendo sido testigo de las palizas que recibía su madre, se había visto inclinado a repetir la historia.

—¿Y por qué hacías una cosa así? —le pregunté perplejo.

—No sé. Me enfado y me frustro por todo y pierdo el control. No lo puedo evitar.

—¡Pues claro que lo puedes evitar! Uno no pega a su mujer porque sí. ¿Por qué?

Levantó la vista despacio, clavando sus ojos en los míos.

—Si alguien lo sabe, eres tú…

Se interrumpió, luego agarró la chaqueta y salió tambaleándose de nuestra casa.

Lo acompañé a regañadientes, pasándole un brazo por la cintura para sujetarlo, preparado para un largo paseo en un corto trayecto.

Los recuerdos de esa noche abandonaron mi pensamiento cuando detuve la camioneta delante de la tienda. Me pregunté qué estaría haciendo entonces la chica de detrás de la cortina. ¿Se habría fijado en mí como yo en ella? Ojalá.

 

11 DE FEBRERO

 

Durante meses, la había visto absorta en libros distintos cada día. Era fiel a los autores que escogía: siempre obras de Dickens, Huxley, Shakespeare y Hemingway. Supuse que le ofrecían una forma de escapar a algún lugar alejado del prostíbulo que había convertido en su hogar.

Siempre que yo andaba haciendo labores de mantenimiento por el burdel, me paraba en seco cada vez que la tenía cerca. De las treinta y tantas mujeres que vivían o trabajaban en la casa, ella era la única que conseguía detener mi mundo con su sola existencia.

No eran ni el brillo delicado de su pelo cobrizo por los hombros, ni su piel aceitunada, ni sus labios gruesos y rosados; ni eran los blusones de seda que se le adherían a las caderas y a los pechos, ni el abismo parduzco de sus ojos lo que me embriagaba.

Era su aire de absoluta indiferencia hacia el mundo en el que se encontraba. Mientras otras chicas se disputaban la atención de los clientes, ella se mostraba distante. Y eso la convertía en una adquisición aún más atractiva para los opulentos.

Sus compañeras se llevaban a tantos hombres como podían, pero ella era selectiva: solo aceptaba uno al día y nunca en fin de semana. Aquella moderación la hacía más deseada. Entre clientes, pasaba el tiempo en el despacho de madame Lola o se encerraba en su cuarto, al fondo del edificio.

Nunca hablamos, nunca nos miramos a los ojos y para ella yo no existía. Pero me daba igual. Estaba obsesionado con Luciana.

 

NORTHAMPTON, HOY, 17:05

 

—¿Por qué no me contaste lo de Kenneth Jagger? —dijo ella.

Él hizo una pausa para meditar su decisión adolescente de no hablarle a nadie de su padre biológico. Luego ella lo escuchó atentamente mientras él le contaba cosas de su vida que le había ocultado cuando eran pareja.

Le explicó por qué Londres había sido su primer destino después de huir y cómo había descubierto las circunstancias en que se había producido la muerte de Doreen. Le habló de su encuentro con Kenneth, pero no mencionó lo que le había susurrado al oído ni por qué su padre biológico lo había tildado de monstruo.

Catherine no había llegado a conocer a Doreen y solo había oído cosas sueltas sobre ella a lo largo de los años. Como es lógico, había sentido curiosidad por la madre del hombre al que amaba y había querido saber más, pero era evidente que su madre le había hecho más daño de lo que él había querido reconocer. Jamás había visto siquiera una foto de ella, así que se había hecho su propia imagen mental. Se la imaginaba parecida a Dusty Springfield. Una vez se lo había dicho a Simon y él se había reído.

Cuando le contó que había pasado un rato junto a la tumba de Doreen para que no estuviera sola, le recordó la sensibilidad de que Simon era capaz. Siempre le agradecería los cuatro hijos que le había dado, pero sus actos posteriores prácticamente habían borrado todo el bien que había hecho en el pasado.

—Nunca te conté lo de Kenneth porque me negaba a reconocer que era mi padre —admitió—. Odié a aquel hombre desde que nos conocimos y no quería que vieras en mí lo que yo había visto en él.

—Sin embargo, te has convertido precisamente en eso, si no en algo peor.

Sabía que era una crueldad decirle eso, pero él no había tenido en cuenta sus sentimientos, así que tampoco ella se iba a andar con remilgos.

—Ahora ya no —la corrigió él—, pero durante un tiempo quizá sí.

—Entonces, si tanto lo odiabas, ¿por qué te tomaste la molestia de ir a verlo?

—Para cerrar un capítulo.

—Pero has tardado veinticinco años en concederme a mí el mismo honor, ¿no?

Simon no dijo nada.

A ella le dolía que no le hubiera confiado un secreto tan importante, pero la enfurecía más que no le hubiera mencionado la violencia con que Dougie trataba a la pobre Beth. Aunque Beth y ella no habían sido tan amigas como Paula, Baishali y ella, estaba convencida de que ellas tres podrían haberla ayudado. Y eso tal vez habría cambiado mucho lo que pasó después.

Entretanto, él se alegraba de que a ella no le hubiera ido bien con su príncipe azul. No le gustaba lo que le había contado de él. Nadie era perfecto; habría terminado dándose cuenta. Debería agradecerle que le hubiera ahorrado ese dolor de cabeza.

—¿Eres consciente de que estás muerto? —le preguntó ella de repente—. Me refiero a legalmente muerto. Hay que esperar siete años para poder declarar fallecida a una persona desaparecida. Así que, al séptimo año de tu desaparición, contraté a un abogado y a los pocos meses ya obraba en mi poder tu certificado de defunción.

—¡Pero tú sabías que estaba vivo! —replicó él, desconcertado por el súbito engaño.

—Es cierto, pero, si tú no valorabas la vida que habías llevado con nosotros, ¿por qué iba a importarme a mí?

Simon comprendía sus motivos, pero la indiferencia de Catherine lo incomodaba. Disfrutaba jugando con él.

—No fue fácil, ni legal ni moralmente —prosiguió ella—, y tuve que seguir fingiendo que estabas muerto delante de los niños y de las autoridades. Luego tuve que demostrar que había agotado todas las formas posibles de encontrarte, pero eso fue lo fácil, porque, como testificaron Roger y nuestros amigos, yo había sido muy exhaustiva. Después de la vista judicial, ya no solo habías muerto para nosotros, sino también a los ojos de la ley.

—¿Por qué te tomaste tantas molestias? Me parece un poco absurdo.

—Me da igual lo que te parezca. Lo hice porque, si te daba por resucitar como Lázaro, cosa que has hecho, no quería ponértelo fácil. Además, el dinero de tu seguro me vino bien para pagar la universidad de Emily y de Robbie, así que hacer oficial tu fallecimiento nos benefició a todos.

Ella había conseguido desinflarlo un poco; una vez más, había subestimado la fortaleza de su carácter. Tampoco tenía claro cómo lo hacía sentir la forma en que ella había actuado.

—¿Me hicisteis un funeral? —preguntó esperanzado.

—Sí, pero solo por los niños. De hecho, se alegraron de poder cerrar esa puerta porque tener un papá que se había evaporado de repente era una losa que llevaban al cuello. Les ayudó a pasar página. De todas formas, cuando fueron creciendo, apenas hablaban ya de ti.

Eso último era mentira, pero no hacía falta que él lo supiera. En realidad, ella había aprendido a morderse la lengua cada vez que salía a relucir el nombre de su padre, y sobre todo cuando hablaban de él con añoranza.

También él sabía que era mentira. Además, recordaba palabra por palabra lo que James había declarado a aquel sitio web.

—¿Podrías hablarme un poco de mi funeral? —le pidió él, aún dolido por sus gélidos comentarios.

—¿Qué más quieres saber? Tienes una tumba vacía y una lápida en el cementerio del pueblo. No recuerdo mucho más, salvo que fue un alivio.

Tampoco ahora estaba siendo sincera, y él detectaba sus incongruencias.

—¿Enterraste a tu marido y no recuerdas mucho más? No te creo.

—¿Y qué te hace pensar que me importa lo que tú creas? —dijo ella, y rio como uno se ríe cuando habla de algo que, en realidad, no tiene gracia.

—Porque, si tan poco te importaba, ¿por qué te molestaste en poner una lápida?

—Ya te he dicho que lo hice por los niños.

—Pero me has dicho que nunca hablaban de mí, ¿para qué querían una tumba?

Ella miró a otro lado y no respondió. Cada equis meses, uno de sus hijos seguía llevando flores al cementerio y las ponían en un jarrón que Emily había hecho en clase de cerámica a los ocho años. En Navidad, hacían todos juntos una excursión allí, incluso ella, para mantener las apariencias. Era el único momento del año en que Catherine se permitía pensar en él.

Él apeló a su bondad.

—Catherine, te prometo que, después de hoy, no volverás a verme. Así que, por favor, seamos sinceros el uno con el otro.

—¡Qué sabrás tú de sinceridad, Simon! —le respondió ella con sequedad.

—He aprendido que es lo que hace falta para pasar página. Hay tantas cosas que tendríamos que habernos dicho el uno al otro entonces… Pero he venido a contártelo todo, aunque muchas de esas cosas te hagan daño.

«En eso tiene razón», se dijo ella. Ya le había hecho mucho daño en las últimas horas, y tenía la corazonada de que aquello no era más que la punta del iceberg. Inspiró hondo.

—Los niños me suplicaron que organizara un funeral porque tenían la sensación de que se les había privado de la oportunidad de despedirse, dado que no había cuerpo que enterrar —explicó ella a regañadientes—. ¿Es eso lo que quieres oír? Asistieron todas las personas que te habían conocido. Incluso encargué un ataúd de arce, tu madera favorita, para que la gente metiera dentro recuerdos tuyos, como tu jarra de cerveza del pub y las medallas de fútbol. Y después de la ceremonia, hicimos una fiesta en casa para que pudieran homenajearte.

Él escuchó con atención y sonrió, conmovido por el esfuerzo que ella había hecho a pesar de lo que sabía.

—No lo hice por ti —añadió ella con aspereza—. Sentí náuseas cada segundo que me obligaste a hacer el papel de viuda desolada. Me hiciste cómplice de tu mentira y te odié por ello. Aún te odio. Si hubiera dependido de mí, habría incinerado todo lo que hubieras tocado alguna vez.

Simon bajó los ojos al suelo como un perro reprendido.