Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 12 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 11

SIMON

 

COLORADO, ESTADOS UNIDOS, VEINTITRÉS AÑOS ANTES,

2 DE MAYO

 

Los rostros de las otras personas a las que había matado no me habían atormentado como el de Paula.

No paraba de recordar el calor de sus suaves mejillas y cómo su pelo me acariciaba el dorso de los dedos. Recordaba haber pensado en lo asombrosamente ligera que me había parecido cuando había arrojado su cuerpo a la calzada.

Aún podía oír el estallido de su piel y sus huesos cuando la furgoneta la aplastó. Todavía notaba cómo me corría la adrenalina por las venas mientras volvía a toda prisa al hotel, agarraba la mochila y desaparecía en la oscuridad de la noche.

Sin embargo, cuando pisé fuerte el acelerador de Betty y dejé atrás Cayo Hueso, lo único que veía era el rostro de mi pasajera imaginaria, Paula, en el retrovisor.

Durante los tres meses siguientes, Tennessee, Kentucky, Misuri, Nebraska, Kansas y Colorado pasaron por delante de mí como las imágenes de uno de esos antiguos visores en 3D. Pasaba casi todo el tiempo en la carretera, manipulando a otros fugitivos para que me ayudaran a llenar mis horas: nuevos grupos de amigos para los días y de mujeres para las noches. Y cuando escaseaban las voluntarias, buscaba los servicios de esas a las que hay que pagar por horas.

Huesudas o rollizas, con la tez de color chocolate oscuro o pálidas como muertas; su aspecto me daba igual cuando me arrodillaba detrás de ellas mientras mantenían el equilibrio a cuatro patas. Y si me podían proporcionar los estupefacientes que tanto me gustaban desde mi primer encuentro con las dos chicas de Miami, aún mejor.

Yo ofrecía transporte a cualquiera que necesitase ir a otro sitio, aunque se tratase de un estado que estuviera a cientos de kilómetros de la ruta que me proponía seguir. Hacía todo lo posible por no encerrarme en mí mismo, porque entonces era cuando analizaba minuciosamente mis actos.

No dudaba ni por un instante que asesinar a Paula había sido lo correcto. De hecho, todavía me fastidiaba que me hubiera acorralado. Ella podría haber elegido; yo, no. Al seguirme, había tomado la decisión errónea; yo, la acertada.

Me había esforzado muchísimo en no mezclar mi pasado con mi presente y, cuando ella me había pedido explicaciones, preví la cadena de sucesos que tendrían lugar si la dejaba escapar. Habría vuelto corriendo al hotel a contarle a Roger que su amigo fallecido se estaba dando la gran vida bajo el sol de Florida. Luego, al volver a Inglaterra, se habría visto en la obligación de decirle a Catherine que yo la había abandonado, que no era viuda. Mientras estuviera desaparecido, cabía la duda y se me suponía muerto. Con la confirmación habría llegado la certeza y yo no quería que pensaran en mí ni bien ni mal.

Paula había pagado el precio de entrometerse en lo que tenía que ser. Y yo no era responsable de eso.

 

UTAH, ESTADOS UNIDOS,

20 DE JULIO

 

Saqué mis pertenencias de la mochila y las extendí, formando un semicírculo, en el terreno salobre. Hice dos montones: el de guardar y el de tirar. En el primero había cosas esenciales, como ropa, mapas, el pasaporte de Darren y el dinero; el segundo era para aquello que no iba a necesitar ni a volver a usar, como los números de teléfono de personas a las que ya había olvidado. Los suvenires solo servían para recordarme experiencias que ya había tenido. Lo que me interesaba era lo que estaba por venir. Además, si quería viajar ligero, los sentimentalismos no serían más que un lastre.

Puse una camisa vaquera descolorida entre los montones, volví a hacer la mochila y la escondí detrás de una piedra cercana. Lo que había descartado lo metí en el maletero de Betty. Corté la manga de la camisa, luego desenrosqué la tapa del depósito de gasolina y la metí poco a poco por el agujero.

Betty había sido la compañera de viaje perfecta durante diez mil kilómetros, pero su vida útil había llegado a su fin. El eje trasero vibraba con el más mínimo bache. Necesitaba un descanso de treinta minutos después de cada tres horas de viaje o empezaba a soltar humo por el radiador como si fuese un géiser.

Elegí el salar de Bonneville como destino final para ella. Sus doscientos sesenta kilómetros cuadrados de desierto horizontal eran tan planos y de un blanco tan luminoso que parecía que a Dios le hubiera faltado tiempo en la creación del mundo y, frustrado, hubiese tirado los frascos de pintura. Betty podía dejar huella allí.

Me saqué un encendedor de los vaqueros y, después de varios intentos, prendió la chispa y quemó la camisa. Retrocedí y miré fijamente por las ventanillas, desesperado por encontrar los recuerdos de aquellos a los que me había visto obligado a sacrificar, quemándose lentamente entre las llamas del interior del vehículo, pero lo único que ardía era mi reflejo.

Me encendí un cigarrillo, me aparté de Betty y esperé la orgásmica explosión. En lugar de una bola de fuego gigante, hubo un rugir de tripas. Las llamas fueron lamiendo despacio los bajos de las puertas y carbonizaron las ventanillas. Uno a uno, reventaron los neumáticos; luego estallaron los cristales, que se hicieron añicos.

—¿Se encuentra bien, señor? —gritó un hombre desde la cabina de su camión mientras se detenía en el arcén—. ¿Qué le ha pasado a su automóvil?

—Se ha sobrecalentado y se ha incendiado.

—Madre mía, ha tenido suerte de poder salir, supongo. ¿Quiere que lo lleve?

—Se lo agradecería mucho.

—¿Adónde? ¿Al pueblo más cercano?

—Adonde vaya usted, en realidad. Esto ya no tiene remedio y no puedo permitirme el arreglo.

El hombre miró los restos en llamas de Betty. A continuación me miró a mí de arriba abajo, como preguntándose a qué clase de persona no le preocupaba que su único medio de transporte se hubiera incendiado. Después se encogió de hombros.

—Voy a Nevada, ¿le vale?

Acepté su oferta y, mientras nos perdíamos en el horizonte, vi por el espejo exterior cómo ardía mi querido coche, y finalmente estallaba hacia el cielo como un cometa.

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, VEINTITRÉS AÑOS ANTES,

17 DE JULIO

 

—Me jubilo, Catherine —dijo Margaret. Casi escupí el té en la mesa de la cocina—. Jim y yo nos mudamos a España —prosiguió, ajena a mi consternación—. Nos hemos comprado una casita preciosa en la costa andaluza. Mi intención es empezar a reducir la actividad el próximo verano y, si todo va bien, estaríamos allí para Año Nuevo.

—Vaya —respondí, como si me hubiera dado una bofetada.

Me había entregado a la confección de prendas para Fabien’s e incluso había dejado de planchar ropa de otros con el fin de disponer de tiempo para hacer más de cien prendas en un año y medio. Además, era una forma terapéutica de no pensar en la pobre Paula. Baishali y yo la echábamos muchísimo de menos. Había sido un golpe muy duro y nos consolábamos la una a la otra y procurábamos ayudar a los padres de Paula a superar la pérdida.

Ahora, con la noticia de Margaret, el único futuro que me veía era de nuevo detrás de la caja número siete del súper.

—¿Tiene comprador? —pregunté, confiando en que a mi nueva jefa le entusiasmara mi trabajo tanto como a mí.

—Eso depende de ti, cielo —me contestó, metiendo a presión un cigarrillo en una boquilla de plástico—. Te ofrezco a ti primero la opción de comprar el negocio.

Reí a carcajadas. Estaba claro que la perspectiva de pasar el resto de su vida bajo el sol español, ebria de sangrías servidas por camareros macizos, la había vuelto un poco tarumba.

—¡Sabe que no tengo tanto dinero! —contesté—. Mire alrededor. Todo lo que hay en esta casa es de segunda o de tercera mano, o está roto y pegado con masilla azul. ¿Cómo iba yo a poder comprar una tienda?

—Bueno, nunca dejes que el dinero te impida llevar a cabo un buen plan —dijo, chascando la lengua—. Según lo veo yo, tienes tres opciones: o pides un préstamo, o amplías la hipoteca, o tú y yo podemos llegar a un acuerdo económico hasta que saldes la deuda conmigo.

—¡Pero yo no sé nada de negocios!

—No tienes más que excusas, ¿no? Cuando empecé, yo tampoco tenía ni puñetera idea, pero ¿me detuvo eso? Ni hablar. Así que ¿qué te detiene a ti?

—Margaret, yo no soy como usted —dije con un suspiro, recordándole lo evidente—. Usted tiene la confianza en sí misma necesaria para hacer todo lo que se le pase por la cabeza… y el dinero. Yo tengo a los niños y debo procurarnos un techo. Es imposible.

Le dio una calada larga al cigarrillo y se sirvió una tercera taza de té de la tetera.

—¿Recuerdas cuando me hablaste de tu madre y de lo bruja que fue contigo?

—Yo no la llamé bruja —la interrumpí, algo sorprendida.

—Bueno, pero lo fue, así que aprende a vivir con ello. Agarraste todo lo negativo que te echó en cara y lo convertiste en algo positivo. ¿Qué hiciste después de lo de Billy? Te recompusiste y seguiste adelante. ¿Y qué pasó cuando Simon desapareció? Apuesto a que te autocompadeciste, te lamiste las heridas y pusiste a tus hijos por delante, ¿a que sí? —Asentí con la cabeza—. ¿Ves? Eres una luchadora, cielo. Siempre encuentras una salida, eso es lo que se te da bien. Eres mucho más fuerte que yo. Una oportunidad como esta no se presenta todos los días, así que te ruego que te agarres a ella como una lapa.

Guardé silencio un momento y medité su propuesta. A simple vista, saltar con una pértiga el Gran Cañón del Colorado parecía más fácil.

—Dígame la verdad, ¿en serio cree que lo puedo hacer?

—¿Te he dicho alguna vez otra cosa que no sea la verdad, Catherine? Si no te creyera capaz, jamás habría puesto la oferta sobre la mesa. Bueno, ¿qué dices?

 

26 DE NOVIEMBRE

 

Los meses pasaron volando.

Desde que Margaret me había hecho su oferta, no había pensado en otra cosa. Mi yo de antes la habría rechazado por considerarla un disparate, pero los tiempos habían cambiado, y yo también. Ahora debía valorarlo por lo menos, me lo debía.

Había calculado que tenía ahorros suficientes para cinco meses de hipoteca, así que podía enseñarle al director del banco mis cuentas y demostrarle que ahora era solvente. Pero con eso no podría cubrir todo el precio de la oferta de Margaret. Y ese no era mi único problema.

—La universidad tiene turno de noche —me había dicho ella en verano, adelantándose a otra posible excusa—. Dos clases semanales de Negocio y Contabilidad.

—Pero ¿y mis prendas? No tendré tiempo para hacerlas y llevar la tienda.

—Para eso está el personal, querida. Pide ayuda a alguna de las chicas de la escuela de moda del pueblo; harán lo que sea por un poco de experiencia. Además, aunque Selena siempre se ha mostrado reacia a trabajar conmigo, seguro que estará más que dispuesta a echarte una mano a ti.

Con cada pega que yo le ponía, Margaret conseguía convencerme de que podía hacerlo, y eso me encendió un fuego en el vientre que jamás había sentido antes. Era como Dorothy atrapada en el ciclón, solo que por más que taconeara con mis zapatos de rubíes seguía en Oz. Debía darle una oportunidad.

Pero, si lo hacía, tendría que llevar dos vidas separadas. En casa, debería seguir siendo mamá para mi prole, mientras que en la boutique sería una empresaria en ciernes poniéndose al día.

En los meses siguientes, asistí en Londres con Margaret a reuniones con diseñadores y fabricantes, e incluso me pagó los vuelos a las pasarelas de París, Milán y Madrid. Era otro mundo, uno que me aterraba y me fascinaba. Era como meterme de un salto en las páginas de las revistas de moda que leía. Y, la verdad, a veces me parecía que no merecía estar en la tercera fila de un desfile como el de Thierry Mugler presentando su colección de primavera.

La voz de mi madre me decía que era un fraude y la protegida de Margaret. Así que, solo por fastidiarla, me mantuve firme para ver adónde era capaz de llegar.

Dudaba que hubiera tenido el valor o la confianza necesarios para hacerlo si Simon hubiera estado vivo. Me habría bastado con ser su mujer y la madre de sus hijos. Claro que hacía dos años yo era una mujer distinta. Con cada reto, descubría que tenía pasiones, ambiciones y el deseo de ser yo misma.

Y estaba a punto de encontrar algo más que pensaba que jamás volvería a ver.

 

NORTHAMPTON, HOY, 15:30

 

Había escuchado atentamente todo lo que él le había contado, aferrándose a una mínima esperanza de que mostrase algo de arrepentimiento por haber asesinado a Paula, pero, cuando la culpó de su propia muerte, quedó de manifiesto el verdadero carácter de aquel hombre. En realidad, no era un hombre, se dijo ella.

Era una sombra, una sombra inerte e incolora.

Por más que lo intentaba, no alcanzaba a comprender por qué había vuelto después de tanto tiempo a confesar algo que sabía que la asquearía. Podía haberse llevado el secreto a la tumba y ella ni se habría enterado. ¿Por qué quería hacerle daño? Además, solo alguien que supiese que no tenía nada que perder admitiría voluntariamente semejantes maldades. ¿Qué había perdido ya que lo había vuelto impertérrito?

Simon tenía la cabeza en otro sitio. Enterarse de lo lejos que había llegado Catherine reforzaba su creencia de que su huida había sido lo mejor para ella. Pero ¿y para los niños? Aún no lo tenía claro, y cuanto más pensaba en ello más le dolía la cabeza.

—¿Eso es lo que haces cuando algo ya no te sirve y se interpone en tu camino? —preguntó ella.

—No sé bien a qué te refieres.

—A Paula. Al coche al que prendiste fuego. Al hotel que incendiaste. A mí. A los niños. Si es un estorbo o interfiere en tus planes, lo destruyes.

—No, no —contestó él, sin saber cómo se le había podido escapar a ella la importancia de reducir a cenizas a Betty o el hotel.

Pensaba que entendería que habían sido actos desinteresados, y una forma de cerrar capítulos. Pero no merecía la pena discutirlo. Quizá más adelante comprendiera que solo los que habían querido fastidiarlo habían sido blanco de su amargura.

—Si no has venido a hacerme daño, dame una buena razón para que no llame a la policía y les diga lo que le hiciste a Paula.

—No tengo ninguna, y estás en tu derecho de llamarlos, pero, si vas a hacerlo, al menos espera a que te lo cuente todo.

—¿Y eso cuándo será? —preguntó ella, volviendo a sentir náuseas.

«Pronto —se dijo él—. Pronto».