Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 13 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 12

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, VEINTIDÓS AÑOS ANTES,

7 DE ENERO

 

Reconozco sinceramente, con la mano en el corazón, que no había vuelto a mirar a otro hombre en los dos años y medio transcurridos desde que Simon se había marchado.

A veces fantaseaba con lo que sentiría si volviera a enamorarme, pero el macizo por el que supuestamente perdería la cabeza nunca tenía rostro. Además, me daba miedo enamorarme: suponía correr el riesgo de volver a perder a alguien. Me aterraba la idea de sentir eso otra vez, así que me había prometido mantener a raya a los posibles pretendientes, de momento.

En su lugar, centraba toda mi atención en mis confecciones y, sobre todo, en encontrar el dinero necesario para comprarle Fabien’s a Margaret. Steven había hecho una labor extraordinaria convirtiendo en un éxito el negocio que había creado con Simon y tenía ya cinco empleados. Yo aún era propietaria de la mitad de Simon y, cuando le hablé a Steven de la oferta de Margaret, le pareció que sería una locura que la rechazara. Le propuse que me comprase mi parte para que yo pudiera conseguir el capital que me faltaba.

En teoría, era la solución perfecta, pero antes de pedírselo, tuve que pensármelo mucho. Simon había invertido tantas horas en crear aquella empresa de cero que deshacerme de su parte sería otra forma de olvidarme de él. Pero debía pensar en mí primero y, aunque estuviese diciendo adiós a sus sueños, me estaría ayudando a alcanzar los míos. De modo que, con el dinero de Steven y un pequeño préstamo bancario, pronto tendría un negocio propio.

Sin embargo, cuando lo tenía todo previsto para el año que iba a empezar, algo, o mejor dicho alguien, vino a perturbar mis planes.

Me fijé en Tom la primera noche que asistí a la clase de contabilidad que Margaret me había sugerido. Fue el único que sonrió cuando entré nerviosa por la puerta del aula. Era un guapo de los de antes, con el pelo oscuro y ondulado y canas en las sienes, y sus escasas arrugas de expresión me llevaron hasta sus ojos pardos.

Yo iba cargada de libros de texto de la cintura al pecho cuando se me cayó el estuche de lápices de Barbie de Emily. Tom alargó el brazo y lo atrapó al vuelo, y rio al ver el rostro de plástico sonriente de la muñeca y su cinturita de avispa. Me ruboricé.

—No creo que los necesites todos esta noche —me dijo mientras hacíamos cola para comprar un café de la máquina expendedora en el descanso de la primera clase.

—¿Cómo dices?

—Los libros, son para el curso entero —se explicó, señalando hacia mi pupitre—. Salvo que tengas pensado condensar seis meses en una noche…

Mi risa nerviosa sonó a gruñido de cerdo, y casi me muero de vergüenza.

Tom se presentó y me contó que estaba a punto de montar su propio negocio de tallas de madera y diseño de muebles. Había abandonado recientemente una provechosa carrera como abogado para cumplir sus sueños, una decisión muy valiente para un hombre de treinta y muchos años. Y como yo, no sabía nada de contabilidad. Ya teníamos algo en común.

—¿Tienes algo que hacer luego? —me preguntó cuando volvíamos a nuestro sitio—. ¿Te apetece tomar una copa después de clase?

—¿Yo? —pregunté sorprendida—. Ah… eh… bueno… es que tengo que volver a casa.

—¿Y este fin de semana… el sábado por la noche? ¿Una cena? Si estás libre, claro. O si quieres.

—Apenas te conozco —respondí, y soné como una de esas vírgenes estrechas de las novelas de las hermanas Brontë.

Sonrió.

—Para eso es la cena.

Lo miré inexpresiva. Entonces abrí la boca antes de que mi cerebro pudiera procesarlo.

—Tengo tres hijos y mi marido ha desaparecido y probablemente esté muerto, pero no lo sé con certeza porque hace años que no lo vemos y yo no he salido con nadie desde que Abba ganó Eurovisión —le solté sin respirar.

Me respondió con una sonrisa silenciosa hasta que estuvo seguro de que había terminado la vomitona de información.

—Perdona, no sé por qué te he contado todo esto —mascullé.

—Bueno, yo estoy divorciado de una sacaperras que, por desgracia, está bien viva, y me encantaría salir contigo. —Me sonrió—. Así que, ¿qué dices?

 

11 DE ENERO

 

No estaba segura de cómo había terminado en un restaurante chino compartiendo un chow mein de pollo con un soltero guapísimo.

Salir con alguien a los treinta y tantos no era muy distinto de hacerlo de adolescente. A los dieciséis, me avergonzaba de mi pecho incipiente y de mi acné. A los treinta y seis, me avergonzaba de mi pecho caído y de mis estrías.

Cuando empecé a maquillarme para mi «cita» —una palabra que no pegaba nada en boca de una mujer de mi edad—, me miré en aquel despiadado espejo del baño. Recordé la naturalidad con que habíamos encajado Simon y yo, y que desde el principio yo no había querido ligar con nadie más. Otros chicos me habían pedido salir, pero él poseía una vulnerabilidad que ellos no. Además, el Simon que yo recordaba era divertido y espontáneo, capaz de hacerme reír con sus peculiares imitaciones de los profesores. Me hacía retratos detalladísimos y me los escondía en los cuadernos de ejercicios para que me los encontrara. Me hacía sentir que lo era todo para él.

Ahora me preguntaba qué creía ver en mí Tom. Llevaba más peso a cuestas que las cintas transportadoras de los aeropuertos, las circunstancias habían apagado el brillo de mis ojos azules antes chispeantes, y tenía por los suelos el autocontrol y la autoestima con el sexo opuesto. De hecho, la tenía por el subsuelo. No era precisamente lo que se dice «un buen partido».

En dos ocasiones estuve a punto de llamarlo para cancelar con la excusa de que uno de los niños se había puesto malo, pero luego recordé que las citas eran otra cumbre que debía conquistar. Al final, no hubo nada de qué preocuparse. En cuanto se me pasó el hormigueo del estómago, me vi atraída por su sentido del humor, su seguridad en sí mismo y su sinceridad.

Tom me contó que su exmujer lo había dejado para irse a vivir con uno más joven. Se había distraído de su divorcio y de su estresante empleo trabajando la madera y creando tallas y muebles increíbles.

—No sé si podré explicártelo bien sin parecer un idealista o un jipi —dijo —, pero un buen día tuve una especie de iluminación. Me di cuenta de que, en realidad, era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera si ponía el corazón y el alma en ello. Y ser creativo con la madera me llena mucho más que la trayectoria profesional que me había trazado en el mundo del Derecho. Cuando presenté mi dimisión, los otros abogados del bufete pensaron que me había vuelto loco, pero tenía que darle una oportunidad aunque todo apuntase en mi contra. ¿Entiendes a lo que me refiero?

Me sentía identificada con todo lo que decía. Además, tampoco Tom tenía mucha experiencia en citas.

—No tardé en descubrir que un hombre que había dejado de ser abogado para zambullirse en lo desconocido siguiendo los dictados de su corazón no resulta tan atractivo a las mujeres como uno que sabe cuál es su sitio — prosiguió—. Eso es lo que me gusta de ti: que no has pensado que estoy loco de remate.

También yo estudié con atención su reacción cuando le conté lo sucedido con más detalle que en el resumen que le había soltado en nuestro primer encuentro: que una mañana mi marido había desaparecido sin más de la faz del planeta.

—¿Crees que está vivo? —preguntó Tom.

—No, no lo creo —contesté—. He pensado en absolutamente todo lo que podría haberle pasado, pero dudo que llegue a saberlo con certeza. Así que los niños y yo nos hemos hecho a la idea de que lo hemos perdido.

—¿Y estás preparada para pasar página?

—Sí —respondí convencida—. Sí, lo estoy.

—Bien —dijo, sonriente, y me agarró de la mano.

 

12 DE JUNIO

 

Tom supo sin que yo tuviera que decírselo que aún estaba recuperándome.

Me tomé nuestra relación con calma y con cautela, con copas después de clase, comidas en el pub, cafés y, por fin, un beso. Aunque el asiento delantero de su coche a la puerta de una tienda de bricolaje no fuera precisamente un escenario sacado de las páginas de una novela de Jackie Collins, me dio igual. Le había dado a mi vida una emoción que le hacía mucha falta.

Y con ello vino el remordimiento. ¿Estaba traicionando el recuerdo de Simon? Eso de hasta que la muerte nos separe estaba muy bien, pero en nuestros votos nupciales no había ninguna cláusula sobre desapariciones inesperadas.

Me pregunté qué habría hecho él si hubiera sido al revés y no tenía claro que hubiera pasado página. Sin embargo, con lo mal que lo había pasado, sentía que merecía alegrarme un poco la vida.

Dicho esto, hice esperar a Tom casi cuatro meses hasta que estuve preparada para hacer el amor. Me había acostumbrado a ver mi cuerpo como un velero solitario de un solo tripulante, y Tom era alguien que quería llevarme por aguas nuevas. Con cada contacto, cada caricia y cada beso, me costaba concentrarme en darle placer y sentir el placer que él me daba, porque estaba demasiado centrada en evitar que el cuerpo me temblase involuntariamente. Pero, cuando llegó la segunda vez, estaba mucho más relajada y, con la tercera, deseando más. Y hubo muchas más.

Aún tenía mis dudas sobre lo que mi cuerpo podía ofrecer a Tom o a cualquier hombre, con lo que seguía negándome a hacer el amor con las luces encendidas. Las heridas de guerra de cinco embarazos, a pesar de las alegrías que me habían dado, me lo habían descolgado todo, pero a Tom no parecía importarle. Tampoco él era Kevin Costner, pero a mí no me hacía falta un tío con tableta ni los muslos como troncos o la libido de un adolescente para satisfacerme.

Me gustaba hacer cosas de pareja, como ir al cine y al teatro, dar largos paseos por el canal con Oscar o visitar museos de carpintería o de confección. Los dos nos interesábamos por lo que le gustaba al otro y poco a poco empecé a sentir algo por Tom, mucho más que un simple encaprichamiento del primer chico que me había prestado una pizca de atención.

Los niños eran lo único de mi vida que no estaba preparada para compartir. Mi relación con ellos era todo lo sincera que podía ser, por lo que no quería engañarles escondiéndolo como si fuera un turbio secreto, pero tampoco quería trastornarlos.

El mal genio de James ya no me tenía en vilo, porque concentraba toda su energía en la guitarra. Me sentí tan orgullosa la primera vez que lo vi en el escenario, tocando en la orquesta del colegio, que le hice pasar vergüenza poniéndome en pie y vitoreándolo cuando terminó su primer solo en público. También los problemas de habla de Robbie se iban solucionando. Yo ya me había resignado a que nunca sería una cotorra como Emily, pero, cuando empezó a aceptar invitaciones a fiestas de cumpleaños de amigos, supe que habíamos hecho grandes progresos.

De modo que empecé dejando caer el nombre de Tom en las conversaciones de vez en cuando y les expliqué que era un amigo que mamá había hecho en las clases nocturnas. Cuando nuestras citas empezaron a ser más frecuentes, Emily fue la primera en coscarse de que a lo mejor era algo más que el hombre que ayudaba a mami a hacer los deberes de mates.

—¿Podemos conocer a tu amigo, mami? —me preguntó mientras dábamos de comer pan duro a los patos del parque.

—¿A qué amigo?

—A ese que te hace sonreír. A Tom.

—¿Por qué dices que me hace sonreír? —pregunté, y noté que me ponía colorada.

—Siempre que nos dices que lo vas a ver se te suben los labios así — contestó, y me dedicó una sonrisa pícara de oreja a oreja—. ¡Lo quieres!

—Sí, mami, ¿por qué no podemos conocerlo? —terció James.

Así que, para alegría y espanto mío, tomaron la decisión por mí.

 

9 DE JULIO

 

Estaba deseando y temiendo a partes iguales que Tom conociera a los niños. Llevábamos tanto tiempo siendo cuatro que había olvidado cómo era ser cinco.

La víspera del día de su visita me senté a charlar con los niños para explicarles que Tom no iba a ocupar el lugar de su padre y que, si no les caía bien, me lo tenían que decir. Siempre había antepuesto sus sentimientos a los míos, de modo que, si eso significaba que lo mío con Tom se iba al garete antes de tiempo, que así fuera.

Cuando llamó a la puerta, yo ya estaba preparada para soportar toda la retahíla de emociones infantiles como rabietas, silencios incómodos, hostilidad y excesos en general. ¡Qué equivocada estaba! Fueron tan atentos, bien educados y correctos que pensé que iba a tener que jurarle a Tom que eran niños de verdad. También me sentí mal por no haber confiado más en ellos.

Tom estaba relajado y hubo química entre ellos, a pesar de que él no había sido padre. Les prestó a todos la misma atención y a los niños les faltó tiempo para enseñarle sus cuartos y sus juguetes. Hasta Robbie habló un poco con él, indicio enorme de su aprobación.

Mientras estaba fregando los platos en la cocina después de la cena, cerré los ojos y dediqué un momento a escuchar la risa de mis hijos y una voz de hombre resonando por la casa.

Pensaba que jamás volvería a oír ninguna de las dos cosas bajo ese techo.

 

24 DE NOVIEMBRE

 

Introducir otra pelota en mi número de malabarismo fue complicado, pero encontré un modo de que funcionara.

Yo estaba resultando vencedora de mi batalla contra la contabilidad básica y Margaret empezaba a bajar el ritmo y a soñar con climas más soleados. Tom sabía que iba a pasar a un tercer plano, después de los niños y la boutique, y aunque no íbamos a poder vernos tanto como habríamos querido, lo entendió.

Dormía en nuestra casa dos veces a la semana y una vez, cada siete días, cuando Selena me hacía de canguro, dormía yo en la suya. Cenaba con nosotros casi todas las noches y terminaba el día siendo presa de seis manitas que tiraban de él en tres direcciones distintas para que los bañara y les contase un cuento antes de dormir.

Tom había estado en un grupo de rock en sus años universitarios, pero sus intentos de apartarme de mis cedés de George Michael y Phil Collins y encaminarme hacia su colección de Led Zeppelin fueron en vano. En cambio, James estaba más que dispuesto a empaparse de sonidos distintos, así que Tom se lo llevaba a conciertos de grupos de los que yo nunca había oído hablar, en Birmingham y en Londres, y volvían a casa cantando a pleno pulmón y abrazados a montones de recuerdos de la gira.

Lo dejé trasladar sus herramientas y sus maderas al garaje-despacho de Simon y pronto empezó a invadir el jardín el olor a madera recién cortada.

Tom era consciente de que Simon era una presencia que no abandonaría la casa mientras su familia viviera allí, pero, si le molestaba, lo disimulaba muy bien. Yo me acostumbré a tener un hombre en casa, y me recordó lo mucho que había disfrutado de la compañía de mi marido.

Y entonces, desde su tumba, Simon lo destrozó todo.

 

SIMON

SAN FRANCISCO, ESTADOS UNIDOS, VEINTIDÓS AÑOS ANTES,

7 DE ENERO

 

Como Betty se había convertido en un chasis fundido al suelo del desierto, me había estado moviendo por ahí en tren y en autocar.

Así fue como llegué a Canadá, para luego volver a Estados Unidos y dirigirme a los estados centrales, como Colorado y Nevada. El entorno me daba igual, siempre que me mantuviera activo. La soledad era la mayor amenaza para mi estado de ánimo, porque me daba tiempo para pensar.

Al llegar a Francia, había entendido perfectamente cómo funcionaba mi cabeza y la había manipulado en consecuencia. Si no quería pensar en algo, lo encerraba en una caja y la cerraba bien. Pero no fui capaz de librarme de Paula tan fácilmente, y su muerte empezó a corroerme por dentro como un cáncer que creciera lentamente. Por más que lo intentaba, no conseguía tapar la caja. Me perseguían recuerdos fugaces de sus últimos y terribles momentos tan a menudo que empecé a preguntarme si habría resuelto correctamente nuestro enfrentamiento. Porque, de haberlo hecho, ¿por qué no podía quitármela de la cabeza? ¿Por qué no dejaba de oír su voz llamándome a gritos? ¿Por qué aún seguía doliéndome la cara de sus bofetadas? ¿Por qué no lograba borrar de mi mente su gesto de espanto cuando la había empujado?

Me recordé en incontables ocasiones que había sido Paula quien me había obligado a hacerlo, y no al revés. Pero no fue suficiente.

En todos los pueblos y ciudades había una zona de dudosa reputación donde podían adquirirse drogas fácilmente una vez que se detectaban los signos típicos de deterioro en sus residentes. La cocaína se convirtió en lo único que conseguía controlar mis pensamientos sobre Paula.

Seguía gustándome el hachís, pero solo como refuerzo nocturno. Me fumaba unos canutos y retrasaba todo lo posible la hora de acostarme, de modo que cuando me metía en el saco de dormir estaba demasiado agotado y relajado para analizar nada.

No paraba de moverme y llenaba las semanas de tantas actividades como podía. Visitaba lugares importantes, buscaba emociones fuertes como el piragüismo en aguas rápidas o la escalada, o pasaba ratos con otros viajeros hablando de nuestros siguientes destinos. Cuanto más desconocidos eran los caminos que exploraba, menos posibilidades había de que pasara por enclaves que conocía perfectamente.

Me aterraba la idea de estar más de unos días en un mismo lugar y correr el riesgo de meterme en líos mayores, pero no podía pasar el resto de mi vida huyendo. Al final, por algún sitio tendría que salir.

Después de dos años en constante movimiento, los huesos me pedían a gritos descanso y mi mente anhelaba un respiro, sin angustias. De modo que, por recomendación de otros, me refugié en San Francisco.

A mi llegada, me planté en la cima de uno de los dos picos gemelos de la ciudad, los célebres Twin Peaks, y comprendí por qué tantos forasteros se habían dejado el corazón allí. Sus extraordinarias vistas panorámicas, las adorables casas de estilo victoriano y los cielos neblinosos eran tan seductores como tranquilizadores.

Me alojé en el albergue de Haight-Ashbury, que se hallaba en una zona tranquila de lo que veinticinco años antes había sido el corazón de la revuelta jipi. Muchos miembros de la generación de «paz y amor» seguían allí, y no era difícil detectarlos por su forma de vestir.

La naturaleza compacta de San Francisco me permitía ir de un sitio a otro a pie y en tranvía. Era un mundo completamente distinto de los extensos paisajes que había visto por las ventanillas de los trenes y los autocares, y cuando mi cuerpo empezó a ralentizarse, también lo hizo mi cerebro.

Había montones de parques, museos, galerías y cafeterías para relajarme y contemplar boquiabierto la mezcla natural de lo disparatado y lo elegante. Me encontraba como en casa en una ciudad de inadaptados.

La atmósfera del albergue reflejaba su entorno, y me recordaba la seguridad temporal que había encontrado en el Routard International. Como su predecesor, también era un antiguo hotel que había conocido tiempos mejores.

Aun así, el único proyecto de restauración en el que estaba interesado era yo. Hasta que alguien me hizo una oferta que no pude rechazar.

 

20 DE ABRIL

 

Como había estado en decenas de albergues de diverso nivel, me veía preparado para aconsejar a Mike, el propietario relativamente inexperto del Haight-Ashbury. Me había convertido en un experto en los requisitos mínimos que esperaba cualquier viajero con presupuesto limitado y él prestó atención encantado a mis sugerencias. Lo que empezó como una manifestación espontánea de opiniones delante de una jarra de Budweiser terminó en una oferta de empleo como gerente.

Me había desplazado hasta la ciudad para recomponerme y tres meses y medio de automedicación en un entorno nuevo me acercaron a lo que había sido cuando me había embarcado en mi aventura.

Además, a mi antiguo yo le gustaban los retos y levantar un negocio de cero era una oportunidad demasiado interesante para rechazarla. Y ayudaría a mi mente siempre activa a permanecer centrada en ideas constructivas. No había estado tan resuelto desde que enfilara la rue du Jean con las llamas de un hotel ardiendo pegadas a los talones.

Cada dos semanas, organizaba talleres de viaje en los que aconsejaba a los huéspedes sobre destinos menos turísticos, dónde encontrar trabajo sin permiso de residencia y cómo conseguir estirar el dinero. Me asocié con albergues de todo el país para ofrecer descuentos por recomendación mutua. Además, como me había hospedado unos días en un refugio para indigentes en Londres, animaba a nuestros clientes a que dedicaran unas horas a servir comidas en un comedor social del centro.

Sin embargo, a pesar de mis distracciones, el sueño seguía evitándome, así que, cuando no me provocaba un coma nocturno con hachís, me llevaba a los huéspedes de bares y discotecas por el Mission District. Darren Glasper era diez años más joven que yo y me costaba seguir el ritmo de fiesta de los que eran aún más jóvenes que él. La única forma de aumentar la energía para esas noches de juerga interminable era subirme la dosis de cocaína y, cuando las terribles resacas me hacían levantarme a las tantas o me dejaban los orificios nasales tan insensibles que no podía esnifar más, introduje en mi rutina diaria frotarme las encías con anfetaminas en polvo para poder seguir consciente y operativo. Me parecía una solución sensata al caos interno de quemar la vela por los dos extremos.

Me compensaba mucho más ser una caricatura de Darren que ser Simon Nicholson. Me entregué con tanto entusiasmo a mi papel que a menudo me costaba distinguir dónde terminaba él y empezaba yo.

 

3 DE JULIO

 

Me temblaban los labios cada vez que una ráfaga de fría brisa marina y agua me azotaba la cara y me alborotaba el pelo.

Mientras el transbordador volvía meciéndose de Alcatraz a su embarcadero en el muelle 33, no podía dejar de pensar en las celdas de metro y medio por dos metros y medio que acababa de visitar. Aunque se había desmantelado como prisión en 1963 y transformado en atracción turística, seguía siendo una experiencia aterradora.

Compadecía a los treinta y seis presos que habían intentado huir de su claustrofobia. Muchos habían preferido morir entre las corrientes de la bahía a pasar el resto de su vida encerrados tras unos barrotes. Yo conocía mejor que nadie la angustia de sentirse atrapado, pero también mi viejo amigo Dougie, aunque por razones muy diferentes.

Habían pasado más de veinticinco años, pero yo no había olvidado el beso de Dougie, ni se lo había contado a nadie, ni siquiera a Catherine. A medida que nos hacíamos mayores, su disfraz se había hecho transparente en alguna ocasión y yo sabía que aún sentía algo por mí que iba más allá de la amistad. Eran cosas pequeñas, como la forma en que me miraba cuando hablaba, o cuando se centraba en mí en el pub en lugar de ligar con chicas como hacíamos Roger, Steven y yo.

Aun así, su atención nunca me molestó, ni me incomodó. Muy al contrario, de hecho: agradecía que hubiera dos personas en mi vida que compensaran las carencias de mi familia desestructurada.

Sin embargo, Dougie me preocupaba. Confiaba en que finalmente encontrara la felicidad que yo había encontrado, ya fuese con una chica o un chico. No quería verlo sufrir, y menos hacerlo sufrir yo, pero nuestros caracteres, completamente opuestos, lo hacían inevitable.

—Me voy a casar —le solté cuando íbamos a reunirnos con Catherine y Paula en la discoteca del pueblo—. Se lo pedí la semana pasada.

Dougie me miró fijamente un instante; luego esbozó una sonrisa forzada.

—¡Qué bien! —gritó, y se inclinó para abrazarme—. Me alegro mucho por los dos. Ella es una chica estupenda.

—Me gustaría que fueras mi padrino —respondí, consciente de que además de hacerle daño lo estaba ofendiendo.

—Será un honor, gracias. Voy a por unas bebidas para celebrarlo.

Corrió a la barra, donde lo vi reflejado en los espejos de la pared, mordiéndose el labio inferior. Luego, rápido como el rayo, le dedicó a la camarera la misma sonrisa que me había dedicado a mí.

A los tres meses, Dougie se había declarado a Beth, una maestra a la que había conocido esa misma noche, y se casaron un año después que Catherine y yo.

De pronto, los motores del transbordador empezaron a batir el agua de la bahía antes de atracar.

Mientras recorría la pasarela de madera hacia Fisherman’s Wharf, me pregunté qué habría sido de Beth. Esperaba que hubiese encontrado la felicidad al lado de un hombre que la quisiera de verdad y que el hombre en el que Dougie se había convertido no le hubiera arruinado la vida.

 

11 DE NOVIEMBRE

 

Los estupefacientes rebotaban en las paredes de mis arterias mientras yo exprimía hasta la última gota de placer a mi estilo de vida hedonista, pero, cuando me veía reflejado casualmente en el escaparate de una librería, me miraba dos veces, asqueado por una cara y un cuerpo que se parecían a los míos, pero que estaban más demacrados y desaliñados de lo que yo recordaba.

Ahora por fin aceptaba que había una relación directa entre la muerte de Paula hacía unos dieciocho meses y mi rostro huesudo y las medialunas oscuras que bordeaban mis ojos apagados. Tenía las encías de los dientes superiores al rojo vivo y un tic, diminuto aunque visible, en la mejilla izquierda que solo se activaba cuando a mi motor le faltaban estimulantes.

Parecía mucho mayor de treinta y seis años, y el doble de los veintisiete de Darren. Me había perdido en el sitio al que había ido a buscarme. La identidad que había adoptado me estaba consumiendo. Sin embargo, eso no bastaba para avergonzarme o instarme a replantearme mi estilo de vida. En su lugar, lo evité prometiéndome comer más frutas y verduras.

Además, tenía asuntos más apremiantes en la cabeza. En menos de un año, desde mi llegada a San Francisco, me había esnifado y bebido lo que me quedaba del dinero de la editorial francesa y le estaba robando a Mike, el dueño del albergue, para incrementar mis reservas. Había habitaciones de sobra para gestionar las entradas y salidas de los huéspedes sin anotar sus nombres en el registro. Quedaban en el anonimato para todo el mundo menos para mí, y yo me embolsaba la pasta.

Las grandes aportaciones de una traficante a la que había permitido hacer negocio discretamente alrededor del edificio también me ayudaron a llenar mis arcas. Solo ella y yo sabíamos que el dispensador de tampones roto del baño de mujeres contenía más de cien aplicadores de plástico con medio gramo de cocaína cada uno.

A Darren le agradaba ser el centro de atención. Era bullicioso; era impredecible; inspiraba a otros para que se animaran a explorar; era experto en contar anécdotas, aunque la mayoría fuesen mentira. Era la manifestación externa del reaccionario que llevaba dentro. Y lo más importante de todo: Darren era inmune a la oscuridad de Simon.

Pero lo que demolió la prisión de mi farsa fue un hombre al que no conocía y que había venido a buscarme.

 

2 DE DICIEMBRE

 

Una vez al mes, organizaba excursiones por la costa californiana en un autocar modificado que Mike había adquirido en una subasta por capricho. Por cincuenta dólares, los huéspedes del albergue se subían a bordo del Purple Turtle para hacer un recorrido turístico por Santa Cruz, Santa Barbara, Los Ángeles y San Diego, un periplo que terminaba en la frontera mexicana, en Tijuana.

Mike había quitado casi todos los asientos, los había reemplazado por colchones y convertido así el autocar en un albergue móvil en el que los huéspedes podían explorar, dormir y sentirse parte de una pequeña comunidad sobre ruedas.

Como ya tenía la mochila hecha, solo necesitaba un desayuno abundante para salir en el siguiente tour guiado.

—¿Hay alguien sentado aquí, compañero? —preguntó una voz británica mientras yo atacaba la montaña de tortitas en el concurrido comedor del albergue.

—Adelante —respondí y, al levantar la vista, vi a un hombre greñudo de veintimuchos años al que yo no había registrado. Su sonrisa me recordaba a alguien—. ¿Acabas de llegar?

Devoró con avidez los huevos revueltos y las croquetas de patata hervida y cebolla.

—Sí, hace una hora más o menos. Estoy destrozado. Aterricé en Nueva York hace cuatro semanas y he estado zigzagueando por todo el país desde entonces.

—Buen plan. ¿Y por qué ese recorrido tan rápido?

—Ando buscando a alguien. Quizá tú me puedas ayudar, de hecho. ¿Te has topado alguna vez con un tipo que se hace llamar Darren Glasper?

Me recorrió un escalofrío.

—¿Darren Glasper? —repetí para asegurarme de que las anfetaminas que me acababa de tomar con un cuenco de café no me estaban haciendo alucinar.

—Sí. No es su verdadero nombre. Se ha estado haciendo pasar por mi hermano.

De pronto lo reconocí de las fotos familiares que Darren tenía colgadas alrededor de su cama en el Routard, en Francia. De primeras, me dieron ganas de tirar el plato a un lado y salir corriendo, pero, por su falta de hostilidad, deduje que no sabía que yo era su hombre.

—No, el nombre no me suena —mentí—. ¿Y por qué está haciendo eso?

—Es lo que he venido a averiguar.

Richard Glasper se presentó y me contó que la policía francesa había informado a su familia de la inoportuna muerte de Darren por un fallo cardíaco cinco meses después de que Bradley y yo encontráramos su cadáver. Nosotros les confirmamos su nacionalidad, pero Bradley desconocía su apellido y yo me lo callé para ganar tiempo.

Se envió un molde de los dientes de Darren al otro lado del Canal de la Mancha y solo cuando su familia denunció su desaparición se cotejaron los dos juegos de fichas dentales y se vio que coincidían.

Pero ya era demasiado tarde para expatriar el cadáver. Por un error administrativo, se le registró como vagabundo y se le incineró como tal. A su familia no se le envió otra cosa que una urna de plástico con sus cenizas.

—A mi madre se le partió el corazón —prosiguió Richard—. Meses después empezamos a recibir aquellos cheques tan raros de una editorial francesa, y entonces la policía nos dijo que el nombre de mi hermano se había detectado en Nueva York por haber superado el límite de su visado. La dirección que nos dieron de dónde se alojaba era de un albergue juvenil. El gerente revisó las fotocopias de los registros y vio que alguien que estaba usando el pasaporte de Darren se había alojado allí.

Asentí con la cabeza mientras hablaba, pero, por dentro, estaba furioso conmigo mismo por no haber tomado la precaución de borrar mi rastro. ¿Cómo demonios se me había ocurrido donar las regalías del libro a su familia? Ya puestos, podía haber ido dejándoles un rastro de miguitas que pudieran seguir hasta mi puerta. Ni por un segundo se me había ocurrido la posibilidad de que mi engaño viniera a perseguirme de ese modo; había estado demasiado ocupado felicitándome por mi generosidad.

Metí las manos debajo de la mesa para que Richard no viera cómo me temblaban.

—Mi madre estaba convencida de que había habido un error y Darren estaba vivo —siguió—, pero la policía lo investigó y estaban seguros de que no. Ella no los creyó. Nos pusimos en contacto con la Asociación de Albergues Juveniles, y comprobaron, ciudad por ciudad, que ese tipo llevaba casi tres años viajando con el nombre de mi hermano. Además, el gerente del albergue de Seattle asegura que llama aquí a menudo para hablar con Darren porque, por lo visto, tienen una especie de acuerdo de recomendación.

Me aclaré la garganta seca.

—¿Qué le vas a decir si lo encuentras?

—Qué le voy a decir, no, qué le voy a hacer —respondió Richard, entornando los ojos—. Ese cabrón destrozó a mi madre. Se fue a la tumba con el corazón roto, convencida de que su hijo pequeño no quería saber nada de nosotros. Aunque sea lo último que haga, voy a poner fin a esto.

—Pues te deseo muchísima suerte —respondí levantándome—. No quiero parecer grosero, pero es que tengo una excursión que organizar.

—Tranquilo, tío, encantado de conocerte. Si te enteras de algo, me lo dirás, ¿verdad? Estoy en la 401.

—Por supuesto.

Me dejé a medias el desayuno y tuve que hacer un esfuerzo para no salir corriendo a mi habitación. Metí deprisa mis escasas pertenencias en la mochila y me dirigí al baño de señoras, y luego a la habitación de Richard para asegurarme de que no volvía a molestarme.

 

3 DE DICIEMBRE

 

Mientras el Purple Turtle avanzaba a trompicones por la autopista de la costa del Pacífico, caí en la cuenta de que vivir bajo el nombre de una persona que ya no existía me había puesto en el punto de mira. Pensaba que me había creado una vida nueva borrando mi identidad, pero aquella no era mi vida porque pertenecía a otro.

Y también era la existencia de otra persona la que había cambiado. Cuando hicimos la primera parada en Santa Cruz, llamé a la policía de San Francisco y denuncié a un hombre británico que estaba recorriendo el país traficando con drogas en los albergues, que se llamaba Richard Glasper y que podían encontrarlo en la habitación 401 del Haight-Ashbury con una docena de aplicadores de tampón llenos de cocaína escondidos en los bolsillos de la maleta.

Era preferible para Richard que las cosas sucedieran así. No me alarmaron sus amenazas de lo que iba a hacer a la persona que se estaba haciendo pasar por su hermano; lo que me daba miedo era lo que yo podía hacerle a él si me plantaba cara. Y eso habría sucedido, sin lugar a dudas, si me hubiera quedado.

Le había sacado tanto jugo a Estados Unidos que ya no me quedaba ni un solo hueso que chupetear. Habíamos llegado ya casi a la mitad de la excursión y yo sabía que no podía volver a aparecer por San Francisco sin que me desenmascararan.

 

TIJUANA, MÉXICO,

4 DE DICIEMBRE

 

En cuanto llegamos a Tijuana, no tuve ningún escrúpulo en abandonar a mi grupo de alberguistas y que se las apañaran como pudieran sin conductor ni guía. Si algo les había enseñado en mis talleres era que los mejores viajeros eran los más resolutivos.

Con los dólares convertidos a pesos, la mochila a la espalda y mis pasajeros distraídos en un bar de tequila, me escapé a la autopista 1D rumbo a la costa baja.

En cuestión de minutos, había resucitado a Simon Nicholson y este compartía el compartimento de carga de una camioneta con una decena de cajas de madera llenas de melones.

 

NORTHAMPTON, HOY, 16:15

 

No era imbécil. Había supuesto, si no esperado, que ella encontrase el amor en algún momento. De hecho, le habría parecido raro que no hubiera sido así.

Pero ahora su sustituto tenía identidad y eso no le sentó muy bien. Oírla hablar de ese Tom con tanto cariño, que él hubiera ocupado su puesto, su casa y su cama tan fácilmente… No podía evitar guardarle rencor. Él había dejado de quererla mucho antes de abandonarla, por eso le sorprendió sentirse así. Casi celoso, reconoció. Le empezaron a latir las sienes.

Sabía que no tenía derecho a juzgar lo que ella había hecho con su vida o con quién, pero lo irritaba que hubiese permitido que un desconocido hiciera de padre a sus hijos.

—¿Habrías preferido que me quedara sola para siempre? —preguntó ella de pronto, porque el gesto de él lo delató.

—No, no —tartamudeó—, claro que no.

El dolor de cabeza le iba a más y le demandaba atención, pero, como ella no dejaba de mirarlo y analizar todos sus gestos, no podía echar un vistazo al reloj y ver cuánto hacía que se tenía que haber tomado las pastillas; no sin que ella le preguntase por qué.

Catherine había disfrutado en secreto viéndolo irritarse cuando le había hablado de Tom. Había descubierto que hasta un asesino adúltero y sin escrúpulos podía sentir envidia al enterarse de lo fácil que había resultado reemplazarlo, se dijo, sonriendo para sus adentros.

No obstante, seguía alerta frente al posible peligro del hombre que tenía delante, pese a que ya no estaba tan asustada como antes. Aunque reconocía que había sentido una especie de alivio cuando él había admitido que la muerte de Paula había terminado pesándole en la conciencia. Quizá aún quedara una pizca de esperanza para él. Entendía que hubiera recurrido a las drogas para aliviar su conciencia, porque ella se había servido del alcohol para superar su pérdida.

—Ese… no me acuerdo de su nombre, y tú ¿seguís juntos? —preguntó.

—No, Tom y yo ya no estamos juntos. Aunque seguimos siendo buenos amigos —contestó ella, orgullosa de esa proeza tan poco corriente.

—¿A qué te referías cuando has dicho que yo lo estropeé todo?

Ella le lanzó una mirada asesina.

—Las cosas empezaron a ir mal entre Tom y yo cuando descubrí que seguías vivo.