Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 1 de 23

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Cuando desapareciste

Prólogo

 

NORTHAMPTON, HOY A LAS 8:20

 

Los neumáticos anchos del Mercedes apenas hicieron ruido cuando el vehículo se estacionó junto a la acera.

El pasajero, sentado detrás, se golpeteó nervioso los labios con el dedo índice al ver la casa.

—Veintidós libras, compañero —masculló el conductor con un acento que no fue capaz de ubicar. Casi todos los acentos que había oído en los últimos años eran de comentaristas de los canales británicos de deportes que sintonizaba con la parabólica.

Sacó la cartera de piel y separó los euros de las libras, que tenía en un solo fajo.

—Quédese con el cambio —dijo, y le dio un billete de diez y otro de veinte.

El conductor le contestó, pero él ya no lo escuchaba. Abrió la puerta del vehículo y, con cuidado, plantó ambos pies en la acera; luego buscó estabilidad apoyándose en el marco de la puerta y, una vez erguido, cerró y se apartó del automóvil. Mientras la protección del auto se desvanecía tan sigilosamente como había llegado, se estiró las arrugas del traje a medida.

Pasaron los minutos, pero él se quedó clavado al suelo. Hipnotizado por la casita blanca, dejó que lo asaltaran oleadas de recuerdos enterrados desde hacía mucho tiempo. Aquel había sido su primer y único hogar conjunto, el hogar de la familia, hogar y familia a los que había renunciado hacía veinticinco largos años.

Los rosales rosados que había plantado para ella debajo de la ventana de la cocina ya no estaban, pero, por un segundo, imaginó que aún podía percibir en el aire su delicioso aroma. Donde en su día había habido un arenero que él mismo había hecho para los niños, ahora se encontraba una cabaña cubierta de una enredadera de verde jade y blanco que cambiaba de forma poco a poco.

De pronto, se abrió la puerta principal y apareció una mujer joven que lo devolvió bruscamente al presente. No esperaba otras visitas.

—¡Hasta luego! —gritó, y cerró la puerta. Se colgó el bolso del hombro y le sonrió al pasar.

No podía ser ella; como mucho, tendría veintitantos años. Pensando que quizá fuese hija de ella, le devolvió la sonrisa de cortesía y la vio alejarse. Pero su presencia lo había alborotado por dentro.

James le había dicho que ella aún vivía en la misma casa, pero eso había sido hacía un año, y sus circunstancias podían haber cambiado. Solo había una forma de averiguarlo. Con el corazón acelerado, inspiró un aire que no soltó hasta llegar al final del camino de gravilla. Alzó la vista y contempló lo que un día había sido el dormitorio de ambos.

«Ahí fue donde me mataste», pensó; luego cerró los ojos y llamó a la puerta.