Cuando desapareciste
Capítulo 3
SIMON
LONDRES, VEINTICINCO AÑOS ANTES,
6 DE JUNIO A LAS 5:20
Los barrenderos barrían latas de refresco y cajas de comida rápida de polietileno de las aceras de Londres y las metían en bolsas de basura negras. La tormenta del día anterior había limpiado el aire húmedo y rancio y había traído consigo una brisa matinal. Me tapé las manos heladas con los puños de la camisa, me senté en el murete exterior de la British Library y me apoyé en las barandillas, confiando en que se estuviera más calentito dentro cuando abrieran más tarde. Había pasado la noche en un refugio para indigentes, en una iglesia, pero me había despertado temprano para empezar el día cuanto antes.
Ahora mataba el tiempo observando los rostros sin expresión de los que entraban temprano a trabajar y pasaban por delante de mí como sonámbulos. Cualquiera de ellos que tuviese cierta edad podía ser Kenneth Jagger.
Mi primer recuerdo del monstruo que vivía con mi madre era el de sus piernas, como vigas de hierro, pateando los peldaños de la escalera de Doreen al bajar. Me había parecido que las recias paredes de ladrillo temblaban con cada uno de sus pasos. Luego, cuando llegó donde estábamos, Kenneth me miró de arriba abajo un momento y, sin mediar palabra, se metió pesadamente en otra habitación. Miré a mi madre, inquisitivo. Ella me contestó con una sonrisa fingida.
Sentí por Kenneth un desprecio instantáneo, intenso y claramente correspondido. Nunca había estado tan cerca de alguien que intimidara tanto. Llevaba un grueso bigote negro y disimulaba de mala manera sus entradas con un tupé ligeramente engominado. Tenía los hombros cubiertos de un vello áspero que le asomaba por los agujeros de la camiseta blanca sucia.
Su rostro nudoso revelaba un historial accidentado, retrato de su entorno. La colección de tatuajes de pistolas y cuchillos que él mismo se había hecho en los antebrazos y en el dorso de las manos advertían de que prefería que lo temieran a tener amigos. En el bíceps izquierdo, descentrado, llevaba un corazón carmesí con el nombre de Doreen escrito en él y atravesado por una daga negra. Lo descolorido que estaba parecía indicar que él había formado parte de su vida más tiempo que yo.
Mientras Doreen intentaba sacarlo al diminuto patio trasero de hormigón, vi un libro de recortes encima del aparador. Él me vio mirarlo y me hizo un gesto con la cabeza, como diciendo «¡Ábrelo!». Fue más una orden que una propuesta.
Dentro había un resumen de la trayectoria del hombre en recortes de periódico.
Kenneth Jagger, o «Jagger la Daga», como lo llamaba la prensa, era una especie de gánster, lo bastante delincuente para merecer artículos destacados cada vez que la policía lo interrogaba en relación con algún robo a mano armada. Las armas blancas eran sus favoritas. Era un bala perdida que había arruinado su vida con estancias esporádicas en chirona, pero nunca había recibido un castigo tan severo como para que viera el error de su conducta.
A mediados de los sesenta, Kenneth había sido un pececillo en un estanque atestado. Como delincuente profesional, apenas había tenido ingresos. Lo único que tenía bajo control eran sus aspiraciones, y a Doreen. Según un informe sobre la condena que le habían impuesto por asaltar y robar a un administrador de correos, había salido de la cárcel poco después de que mi madre nos abandonase por última vez. Caí en la cuenta de que debía de ser el tipo por el que mis padres discutían a puerta cerrada.
Cuando Kenneth y Doreen regresaron, me encontraron absorto en su historial delictivo. Si pensaba que algo así iba a impresionarme, se había equivocado conmigo. La cara de aprensión de mi madre me indicó que también ella percibía la atmósfera densa suspendida en el aire como el humo de un cigarrillo.
—Bueno, vamos a hacer la cena —propuso ella con voz cantarina, como Barbara Windsor en los telefilmes de la serie Carry On. Nerviosa, se dio unos golpecitos con el dedo en el labio inferior—. ¿Me echas una mano, Simon?
—¿De qué lo conoces? —le susurré cuando me metió aprisa en la cocinita.
—Kenny es un viejo amigo —prosiguió sin mirarme a los ojos, y se centró en pelar patatas y freírlas en una sartén.
—Pero ¿qué hace aquí, con nosotros?
—Vive aquí, Simon.
Me volví furioso hacia ella, a la espera de una explicación más convincente, pero no la hubo. La miré ceñudo, incapaz de reconciliar la vida despreocupada que ella había llevado en mi imaginación con la triste realidad que tenía ante mis ojos. Se hizo el silencio entre nosotros mientras preparábamos nuestra primera, y última, comida juntos.
13:50
Había repasado montañas de documentos censales en la biblioteca de hasta dos decenios antes, pero no conseguí encontrar ningún rastro de Doreen. Era posible —y, dados sus antecedentes, bastante probable— que se hubiera marchado de East London. Sin embargo, por la cara de pena que puso la noche en que mi padre y yo le dimos con la puerta en las narices por primera vez, sabía que se había resignado a su destino. Y ese estaba con Kenneth.
Así que, con la ayuda de mi frágil memoria, de un mapa de Londres que me había metido por debajo de la camisa y varios autobuses, llegué a Bromley-by-Bow.
Recordé que Doreen intentó en vano paliar las malas vibraciones que había entre Kenneth y yo ese día hablando sin parar. Él tenía poco que decir y, para expresar sus sentimientos, me miraba fijamente, amenazador. Yo prácticamente lo ignoré, aterrado de establecer siquiera contacto visual con él. Ella había tenido todo lo que podía necesitar con mi padre y conmigo, pero había renunciado a ello a cambio de una existencia lamentable con un hombre despreciable. No tenía sentido.
—¿Cuánto se va a quedar? —espetó de pronto Kenneth. Luego engulló otro sándwich de patatas fritas. El kétchup le chorreaba por la barbilla como lava.
—No seas así, Kenny —le dijo Doreen con suavidad. Con mi padre, era el alma de la casa, pero con Kenneth era servil. No me gustaba aquella versión de ella.
Doreen me preguntó cómo me iban los estudios y yo le contesté que tenía pensado ir a la universidad y estudiar Arquitectura. Ella sonrió cariñosa. Kenneth se rio.
—Menuda chorrada —bramó—. La universidad. Patrañas.
—¿Por qué? —pregunté, atreviéndome a dirigirme a él por primera vez.
—Búscate un empleo en condiciones. Sal a trabajar, en vez de aprender tonterías.
—Tengo trece años y no podré ser arquitecto si no apruebo los exámenes.
—Mira, chaval, a tu edad yo ya estaba en el cuadrilátero y ganándome un jornal en los mercados, no perdiendo el tiempo.
—Bueno, a mi padre no le parece una pérdida de tiempo.
Eso se lo dije a Doreen, que no levantaba la vista de la mesa.
—¿Qué sabrá esa nenaza? Alguien tendrá que hacer de ti un hombre.
Era consciente de que la chulería seguramente no era la mejor forma de dirigirse a un tipo como Kenneth, pero mi cerebro no atendía a razones.
—¿Como tú?
—¿Qué has dicho?
—Nada —contesté, mirando al plato.
—Te crees mejor que yo, ¿no? —prosiguió. Era un volcán al borde de la erupción—. Y vienes aquí con tus aires de grandeza… Pues nunca serás mejor que yo, porque eres un mierda.
Miré a Doreen en busca de apoyo, pero ella no dijo nada. Entonces mi capacidad de autocensura se esfumó por completo.
—Claro, porque tendría que apuñalar a alguien y pasarme la vida en la cárcel… Eso sería mejor, ¿no, Kenny?
Dio un golpetazo con los puños en la mesa.
—¿Sabes lo que he conseguido yo? Respeto. Y eso no se puede comprar.
Y antes de que me diera tiempo a procesar lo que estaba pasando, había apartado de un manotazo la silla y yo estaba a dos metros de altura, suspendido contra la pared por un brazo del tamaño de un ancla. En sus mejillas había estallado un arcoíris de rojos.
—Como vuelvas a menospreciarme, juro por Dios que te mato —gritó, disparándome a la cara proyectiles de pan y patata.
—¡Kenny, no! —chilló Doreen por fin.
Vino hacia nosotros e intentó agarrarlo del brazo. Él dio un manotazo al aire y le acertó en la mejilla con el dorso de la mano. Salió disparada al suelo de madera.
—¡Déjala en paz, cabrón! —bramé antes de que me diera un puñetazo en el estómago que me hizo doblarme de dolor; luego me asió más fuerte aún, tanto que me costaba respirar.
—¡Basta ya, le estás haciendo daño! —suplicó Doreen, mientras un reguero de sangre le salía del labio y se extendía por su rostro demacrado.
—A lo mejor así aprende la lección —replicó él, y cogió impulso para darme otro puñetazo.
—¡No puedes tratar así a nuestro hijo! —chilló ella.
Él titubeó un momento y me dejó caer al suelo.
—Te dije entonces que te deshicieras de él —le espetó el tipo antes de salir furibundo del comedor. La puerta de la casa se cerró de un portazo mientras yo me esforzaba por recobrar el aliento, y el tiempo se detuvo un instante.
—¿Por qué has dicho eso? —jadeé por fin, muy confundido.
—Lo siento —sollozó ella.
—Él no es mi padre… Mi padre es Arthur.
—Tienes dos, Simon. Solo quería que os conocierais.
Doreen quiso explicármelo, pero yo me negué a escuchar. La verdad ya estaba fuera, como yo. Ni siquiera había deshecho la maleta cuando la agarré y me fui. Ella corrió por la calle detrás de mí, suplicándome que me quedara, creyendo, la muy ingenua, que Kenneth y yo podríamos resolver nuestras diferencias. Pero, como siempre, se estaba engañando.
Arthur supo que algo había ido muy mal cuando lo llamé desde una cabina telefónica de la estación de Northampton, suplicándole que viniera a recogerme el mismo día en que me había llevado allí, pero nunca me preguntó qué había pasado y yo nunca se lo expliqué voluntariamente. Creo que lo sabía, pero, en secreto, se alegraba de que hubiera vuelto con él.
No le desvelé a nadie la verdad sobre mi herencia. Encerré a Kenneth en una caja dentro de mi cabeza y solo volví a pensar en él cuando Doreen apareció de nuevo meses más tarde, la víspera de mi decimocuarto cumpleaños. Al ver reunidas en el vestíbulo tres almas desconectadas, Arthur y yo supimos que estábamos demasiado agotados para aguantar aquella farsa otra vez.
Yo corrí a esconderme en mi habitación sin hablar con ella y me senté en el suelo, con la espalda pegada a la puerta, escuchando. Abajo, Arthur rechazó su petición de perdón. Ella le suplicó con todo el corazón, pero, por primera vez, él se negó a ceder. Por fin se cerró la puerta de la calle y él se retiró a la cocina, a llorar en silencio.
Más tarde, esa misma noche, salí de casa y me encontré a Doreen esperándome al fondo del jardín. Me puso un estuche verde en la mano.
—Esto es para ti —dijo con calma, e intentó forzar una sonrisa—. Recuerda siempre que tu madre te quiere, por estúpida que sea.
Dentro del estuche había un Rolex de oro, precioso. Cuando quise levantar la mirada, Doreen ya se iba. No intenté detenerla.
16:40
Mis pies debían de haber pateado todas las calles y las avenidas adoquinadas del East End cuando me topé con el sitio en el que solía vivir mi madre. Pero el nombre de la plaza no era lo único que había cambiado con el tiempo.
Un inmenso bloque de hormigón había ocupado el lugar de la hilera de viviendas semiderruidas y arrojaba una triste sombra sobre un paisaje ya gris. Todo lo que yo había detestado durante mi última y fatídica visita se había demolido y sustituido por una versión más contemporánea pero igual de horrible de lo mismo.
Abatido, me dirigí a un bar donde idear un nuevo plan de acción. Pedí y una camarera de cierta edad con un pelo negro azabache recogido en un moño alto al estilo de los sesenta y un delantal manchado de sopa me trajo un café a la mesa.
—Perdone, ¿es de por aquí? —pregunté mientras se alejaba arrastrando los pies.
—De toda la vida, cielo —masculló ella por encima del hombro.
—Supongo que no recordará a una mujer que solía vivir en una de las casas que había donde ahora están esos pisos… ¿Doreen Nicholson?
Se detuvo, se volvió.
—Pueeesss… —Lo pensó—. Conocí a una Doreen, pero no se apellidaba Nicholson. ¿Cómo era?
Mi padre nunca le había hecho fotos a mi madre o, si lo había hecho, jamás había colgado una en ninguna de las paredes de nuestra casa. Recordaba cómo olía, sonaba, reía y cantaba. Tenía una viva imagen de las canas que le asomaban por la raíz del pelo, de los enormes pendientes dorados que hacían que los lóbulos de la oreja se le descolgaran y de la pequeña separación que tenía entre los dos incisivos centrales. Pero llevaba años esforzándome por combinar todas las piezas para crear la imagen mental de una mujer entera.
—Pelo rubio ceniza, un metro sesenta y cuatro, ojos de color verde aceituna, y una risa escandalosa. Vivió aquí hace unos veinte años.
La camarera se dirigió a una pared donde había fotografías enmarcadas, detrás del mostrador, y descolgó una.
—¿Es esta? —preguntó, ofreciéndomela.
Reconocí de inmediato a una de las cuatro mujeres que estaban de pie alrededor de una mesa, vestidas de uniforme.
—Sí, es ella.
Sonreí y tragué saliva.
—Sí, cielo, conocí a la vieja Dor. Vivió por la plaza intermitentemente durante un tiempo. Trabajó aquí conmigo, uy, hace ya unos cuantos años. Pobrecilla.
Se me erizó el vello de los brazos.
—¿Le ocurrió algo?
—Sí, falleció, cielo. Hace unos quince años.
—¿Qué pasó?
—Al desgraciado que vivía con ella se le fue la mano. Le dio con la cabeza contra la pared, según la pasma. Era un cabronazo… Le produjo una conmoción cerebral. Estuvo en coma y enchufada un montón de semanas hasta que se murió.
Cerré los ojos y exhalé al tiempo que mascullaba su nombre:
—Kenneth.
—Sí, ese mismo. ¿De qué la conocías?
—Era mi madre.
La camarera se puso las gafas que llevaba colgadas del cuello con una cadenita de cobre y me escudriñó. Luego se sentó enfrente de mí como un saco de patatas.
—Madre mía, pues claro… Tú eres Simon, ¿verdad? Tienes sus ojos. — Me sorprendió que supiera de mi existencia, y más aún mi nombre—. Ay, cielo, Dor siempre decía que eras un sinvergüenza muy guapo —rio y yo sonreí algo incómodo—. Hablaba mucho de ti, ¿sabes? Llevaba una foto tuya de bebé colgada del cuello en un pequeño medallón. Bueno, hasta que él la obligó a empeñarlo. Jamás se perdonó haberte dejado marchar.
Por un instante fugaz me sentí bien por dentro.
—¿Qué fue de Kenneth?
—Lo volvieron a encerrar. Les dijo a los polis que ella lo había atacado y que había sido en defensa propia, pero el jurado no lo creyó. Esa vez lo encerraron de por vida.
La camarera se presentó como Maisy y se encendió un cigarrillo de fabricación propia, sin filtro, mientras me facilitaba la información que me faltaba sobre la vida de mi madre. Recordaba que Doreen y Kenneth habían estado saliendo cuando eran adolescentes. Cuando se quedó embarazada de mí, sus padres y Kenneth habían insistido en que abortara, pero, como ella se negaba en redondo, él le pegaba con la esperanza de que la naturaleza le hiciera perder al niño. Pese a todo, yo era resistente.
La primera de sus múltiples escapadas fue a casa de una prima en las Midlands. Allí, Doreen conoció a Arthur y él se enamoró perdidamente de ella. Consciente de que estaba preñada de otro hombre, se ofreció a cuidar de ella y del bebé. Era toda la seguridad que necesitaba una futura madre soltera con un hijo bastardo en el vientre. Doreen quería a su nuevo marido, pero él era incapaz de cautivar el corazón de una criatura confundida y, cuando yo nací, ella sabía que la vida familiar sedentaria jamás igualaría a una apasionada.
Así que volvió con Kenneth, sola. Las palizas continuaron y, cuando se hicieron intolerables, ella empezó a alternar entre los dos hombres de su vida.
—Por favor, no la culpes, cielo, no podía controlarlo —añadió Maisy, desesperada—. Era una chica estupenda, pero tenía una vena autodestructiva. Me da la impresión de que su padre tonteaba con ella cuando era niña, ya sabes a qué me refiero. Creo que pensaba que no merecía que nadie la quisiera. Se empeñó en hacer a Kenny mejor persona, pero él era malo de nacimiento. Eso no se puede cambiar.
«No, Maisy, no se puede», me dije, viendo mi reflejo en el ventanal del local.
Doreen reapareció en Londres por última vez poco después de que nosotros la rechazáramos.
—No tenía adónde ir —dijo Maisy—. Sabía que Kenneth acabaría con ella, así que aguantó todo lo que pudo.
Y cuando ocurrió lo inevitable, sus amigos no sabían dónde vivíamos Arthur y yo. Como no tenía ahorros con los que cubrir el funeral, recaudaron dinero para organizarle una despedida digna en lugar de enterrarla como a una indigente.
—Cuánto me acuerdo de ella —añadió Maisy con los ojos empañados—. Siempre pienso que ojalá hubiera podido ayudarla más.
—Y yo, Maisy, y yo.
19:50
El cementerio de Bow estaba dispuesto en bloques cuadrados, por lo que no me costó localizar la parcela de mi madre. Su nombre, las fechas de su nacimiento y de su muerte, y BENDITA SEA fueron todo lo que su familia postiza pudo permitirse labrar en la lápida de hormigón. «Laing», repetí en voz alta. Ni siquiera sabía cómo se apellidaba.
Arranqué las malas hierbas y alisé las piedrecitas con las manos. Luego me tumbé en un banco que había cerca de ella y me empapé de la inquieta tranquilidad que me rodeaba. Decidí que le haría compañía esa noche: mi madre había pasado demasiadas noches sola.
Mis dos padres vivían en mundos contradictorios, pero la compartían a ella. La habían querido muchísimo, pero habían abordado su rechazo de formas muy distintas.
Doreen y Kenneth. Yo me había esforzado por ser distinto de las personas que me habían engendrado, pero había terminado siendo exactamente igual.
8 DE JUNIO A LAS 15:10
—¿Qué coño quieres? —me dijo con desdén. No contesté. Me quedé sentado, tranquilo e inmóvil, con las manos sobre la mesa, mirándolo fijamente, sin miedo—. ¿Qué? ¿Esperas una disculpa o algo así? Porque no la vas a tener.
Kenneth Jagger se había plantado detrás de una mesa metálica en la sala de visitas de la prisión de Wormwood Scrubs, con los brazos cruzados, desafiante. Solo que había poco que desafiar, porque era un hombre distinto al que yo había visto por última vez.
Un cáncer despiadado le había destrozado los huesos y le había reducido el peso a la mitad. Tenía las mejillas hundidas y huecas, y la quimioterapia le había podrido los dientes. Los tatuajes que un día había lucido con orgullo en aquella piel tersa y resistente se habían emborronado y marchitado a medida que habían ido desinflándose los músculos. El nombre de Doreen y el corazón apenas se distinguían bajo una capa de cicatrices, como si hubiera intentado borrarlos con una navaja. Aquellos ojos que antes anhelaban aprecio ahora estaban faltos de esperanza.
—No me hagas perder el tiempo —espetó.
—No te queda mucho —repliqué.
Me lanzó una mirada que habría dejado de piedra a mi yo de trece años.
—Por última vez: ¿a qué has venido?
Había ido porque quería saber si de aquel palo podrido había salido mi astilla también podrida. Había invertido mucha energía en intentar borrar nuestro vínculo biológico, pero, a fin de cuentas, yo era parte del viejo.
—¿Qué sentiste al matar a mi madre? —pregunté.
Guardó silencio un momento. De todas las cosas que podría haberle preguntado, esa no era la que esperaba. «¿Por qué lo hiciste?» o «¿Qué demonios te pasa?», quizá, pero no una pregunta sobre los sentimientos que provoca acabar con una vida humana.
—Fue en defensa propia —contestó por fin—. Esa zorra quiso apuñalarme.
—Eso no es lo que te he preguntado. —Frunció el ceño, como si no entendiera a su propio hijo. Así que se lo repetí—: Te he preguntado cómo te sentiste al matar a mi madre.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque sí.
Sus ojos, cegatos y sin brillo, se clavaron en los míos.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó.
—Ya no te tengo miedo.
—Pues deberías.
Meneé la cabeza.
—Kenneth, mírate… ya no asustas a nadie. Tu momento ha pasado. Eres un viejo patético y moribundo al que solo recordarán por haber hecho desgraciada a la gente. Responde a mi pregunta, por favor. ¿Qué sentiste al matar a mi madre?
Al principio, intentó fingir que mis palabras no le habían afectado, pero su expresión abatida lo delató. Por el rabillo del ojo, observé que la segunda manilla de un reloj de pared avanzaba dos veces antes de que él volviera a hablar. Y cuando lo hizo, sus bravatas se derrumbaron como un castillo de naipes. Se le descolgaron los hombros y descruzó los brazos. Fue como si de repente estuviese demasiado cansado para enfrentarse más al mundo, como si se hubiera dado cuenta de que yo era la única persona a la que aún le importaba lo que tuviese que decir. Y casi agradecía mi atención.
—Fue la peor sensación del mundo —dijo al fin, con la voz rota—. Y mira que he hecho cosas chungas en mi vida. —Se aclaró la garganta y me miró a los ojos—. Fue como si otro la estuviera matando y yo lo estuviera viendo, pero no pudiera impedirlo. La quería muchísimo, pero nunca la tuve de verdad. Me iba a dejar otra vez, para ir a buscarte.
—¿Por qué?
—La destrozaba no formar parte de tu vida. Le dije que no iría a ninguna parte, pero no quiso hacerme caso. Mi Dor nunca me hacía caso, joder. Empezó a hacer las maletas. —Se le empañaron los ojos, pero no derramó ninguna lágrima—. La agarré y la aparté, pero ella me soltó que «ya había malgastado demasiado tiempo conmigo». Siempre me lo decía, pero esa vez iba en serio. Así que le di un sopapo y, en cuanto empecé, ya no pude parar. No podía dejar que te la llevaras.
En silencio, digerí las palabras de Kenneth. No sentía rabia hacia él: había invertido demasiado tiempo en odiar a la mujer con la que había construido una vida y ya no me quedaba. Al contrario, lo entendí.
—Gracias —le dije al final—. Tengo algo para ti.
Mirando alrededor para asegurarme de que no me veía ningún guardia, me subí la manga de la camisa, me quité el reloj que Doreen me había regalado y lo deslicé por la mesa. Él lo tapó con la mano.
—Quédatelo.
—No lo quiero.
—Lo compró para ti, ¿no es así?
—No, me lo compré yo.
Di por supuesto que quería decir que lo había robado.
—Y ella se lo llevó sin que lo supieras para dármelo a mí. —Agachó la cabeza y apartó la mirada. Me di cuenta de que había errado en la suposición —. ¿Querías regalármelo? —pregunté. Permaneció inmóvil—. Pero si no me soportabas… Querías acabar conmigo.
—Yo no quería tener hijos porque no quería que fuesen como yo. No tengo nada de que presumir en esta vida salvo tú. Eres lo único bueno que he hecho.
Lo dejé que albergara esa ilusión un momento antes de hablar:
—Te equivocas, Kenneth. —Me incliné sobre la mesa para susurrarle al oído algo que nadie más pudiese oír. Volví a recostarme en la silla mientras él me miraba ceñudo, confundido y consternado—. Ahora ya sabes que lo único bueno que has hecho en la vida no solo se parece un poquito a su padre, sino que es peor —dije.
—¡Eres un puto monstruo! —masculló.
—De tal palo, tal astilla. Quédate el reloj, y espero que te entierren con él más pronto que tarde.
Luego le di la espalda a mi padre y salí de allí.
CATHERINE
NORTHAMPTON, HACE VEINTICINCO AÑOS,
6 DE JUNIO A LAS 8:45
Desenrosqué el tapón de la botella de vino y me serví un poco en una taza sucia que estaba en el fregadero de la cocina junto con el resto de los platos sin lavar. Abrí el armario, agarré tres aspirinas de un frasquito de la última estantería y me las tragué con la esperanza de que me libraran del terrible dolor de cabeza que me había producido una segunda noche en vela. El frasquito sonó como una maraca cuando lo agité. Parecía lleno y, por un segundo, me pregunté cuántas pastillas harían falta para matar a una persona.
Hastiada, eché un vistazo por la cocina y suspiré al ver lo poco que había tardado en estar hecha un asco. No era la única. El resto de la casa también estaba hecha un asco, los dos últimos días habían sido un asco y también yo estaba hecha un asco.
Delante de los demás, me esforzaba por ser optimista, pero, cuando estaba sola, me llenaba de dudas. No podía contarle a nadie lo mala que me ponía cada vez que pensaba en lo que podría haberle pasado a Simon, que daba un respingo cada vez que sonaba el teléfono u oía pasos en la gravilla, ni que vivía de adrenalina y cafeína, que mi cerebro batallaba con un cuerpo que estaba deseando meterse en la cama.
La única parte de mí que se mantenía cuerda era la que anteponía las necesidades de los niños a las mías. Todo el mundo sabía que Simon había desaparecido salvo sus propios hijos, y me correspondía a mí lograr que siguiera siendo así. Pero era complicado porque los padres de muchos de sus amigos habían faltado al trabajo para participar en el segundo día de búsqueda. Era cuestión de tiempo que los niños se enteraran. ¿Y qué les diría entonces? Se supone que los padres son quienes tienen todas las respuestas, pero yo no tenía ninguna.
Según Roger, las primeras setenta y dos horas son cruciales en la búsqueda de una persona desaparecida porque ese es el plazo en el que suele aparecer la mayoría. A partir de entonces, la esperanza se diluye. A Simon no le quedaba mucho tiempo.
Así que apreté los puños y recé para que ese fuese el día en que lo encontraran. Habría jurado que la agente Williams había reprimido una sonrisa cuando me había advertido que, si al llegar la noche no habían encontrado nada, darían por concluida la búsqueda. Me pregunté cuántos seres queridos tenía que perder en la vida para que Dios me diera un respiro.
De pronto me di cuenta de que aún tenía el frasco de aspirinas en la mano y lo guardé en el armario, avergonzada de algo que jamás haría. Me acabé el vino, volví a dejar la taza en el fregadero y subí a darme una ducha.
Cuando estaba debajo del chorro de agua caliente, me derrumbé. Lloré y lloré hasta que no pude distinguir si era agua o lágrimas lo que me mojaba.
15:35
Por inevitable que fuera, me pilló desprevenida.
—Amelia Jones dice que papá está desaparecido —lloró James cuando vino corriendo hacia mí a la puerta del colegio—. ¿Es verdad? —preguntó, con sus ojos verdes muy abiertos e intranquilos. También Robbie parecía más angustiado de lo que lo había visto jamás. Sabía que merecían mi franqueza.
—Cuando lleguemos a casa, agarramos las redes de pesca del garaje y nos vamos al arroyo —contesté con calma—. Y luego hablamos.
El sol de última hora de la tarde se escondía detrás de una nube en forma de dragón mientras los cuatro y Oscar abordábamos en fila india el puente de madera.
Elegí un sitio que asociaban a su padre, como si eso fuera a suavizar el golpe. Era un lugar al que él los había llevado muchas veces a fingir que pescaban. Atrapaban pececillos y cangrejos imaginarios, los metían en cubos ficticios y me los traían a casa, donde yo les seguía el juego y me fingía asombrada por la captura.
Nos sentamos, lanzamos las cañas imaginarias y pasamos las redes por la superficie mientras yo les explicaba que a lo mejor estábamos un tiempo sin verlo.
—¿Adónde ha ido? —preguntó James, frunciendo el ceño como lo hacía su padre cuando no acababa de entender algo.
—No lo sé.
—¿Cuándo volverá?
—No te lo puedo decir, cielo.
—¿Por qué?
—Porque no puedo. Lo único que sé es que papá se ha ido por un tiempo y, con suerte, volverá pronto.
—¿Cómo es que no lo sabes? —insistió James.
—Pues no lo sé, lo siento. No sabemos dónde buscarlo. Pero yo sé que él está pensando en todos nosotros.
—Pero, cuando nosotros no te decimos adónde vamos, nos regañas — razonó Robbie. Yo asentí con la cabeza—. Entonces, ¿vas a regañar a papá?
—Sí —mentí, porque no le regañaría. Al contrario, me abrazaría a él como si me fuera la vida en ello.
—¿Se ha ido a ver a Billy? —preguntó Robbie, empezando a torcer el gesto.
Tragué saliva.
—No, qué va.
Sabía que no. Recé para que no.
—Pero ¿cómo lo sabes? —protestó James.
Miré a lo lejos, donde el arroyo se fundía con los campos, y no dije nada. La pesca prosiguió en silencio y no pescaron nada mientras sus cabecitas digerían lo mejor que podían lo que les había dicho. Ninguno de nosotros quería imaginar una vida sin él.
20:10
Me senté en una silla del patio, envuelta en el suéter azul marino de estilo irlandés de Simon y esperé a que anocheciera. El teléfono inalámbrico que le había pedido a Paula que me comprara nunca lo tenía a más de treinta centímetros, pero estaba tan silencioso como el mundo que me rodeaba. Solo me hacían compañía las polillas que revoloteaban alrededor de la llama de una vela en el farol marroquí. Teníamos mucho en común: como yo, volaban sin rumbo, inestables.
Procuré animarme pensando en todas las tonterías que él solía hacer para que sonriera, como ponerle voz al perro, bailar conmigo por la cocina al ritmo de viejas canciones de Wham! o ponerse uno de mis vestidos para hacer reír a nuestros amigos en medio de una cena. A veces era tan payaso… Y yo estaba deseando recuperar a ese hombre.
Me serví en la copa el vino tinto que quedaba en la botella y esperé. Eso era lo único que había hecho en tres días: esperar.
Cuando estaba en casa añoraba el hogar que nunca había dejado, pero este se había vuelto claustrofóbico sin Simon, y temía las noches porque, sin las interrupciones de los amigos que pasaban a verme o mis intentos de poner una sonrisa en los rostros tristes de los niños confundidos, tenía aún más tiempo para pensar en él. Lo echaba de menos, pero, en el fondo, también estaba furiosa con él, por haberme dejado así.
Me daba igual lo que dijera la agente Williams: conocía demasiado bien a Simon para pensar que nos hubiera abandonado. La fortaleza y el apoyo que me había demostrado cuando había sucedido lo peor que le puede pasar a una madre me habían dejado claro que era un marido y un padre excepcional, y yo necesitaba desesperadamente creer que seguía vivo. Habían pasado quince meses desde el duelo que habíamos pasado juntos, y ya estaba otra vez igual, solo que esta vez sola y llorando a un hombre en paradero desconocido.
NORTHAMPTON, HOY, 8:30
Sabía que atravesaría el fieltro suave del sombrero con los dedos si apretaba más, pero aún no estaba preparado para soltarlo.
La vio volverse después de cerrar la puerta y observó que esquivaba su mirada mientras se dirigía al centro del salón. El tiempo había mermado su elegancia natural. Las patas de gallo que remataban el frío pedernal de sus ojos eran nuevas para él y las finas arrugas de su frente se extendían más allá de lo que él recordaba, pero nada de eso importaba. Su belleza era distinta, pero en absoluto menor. Sus canas eran como pinceladas perfectas en un lienzo, y mejor que no intentara disimularlas con tintes. Aún estaba en la flor de la vida y eso lo hacía sentirse incómodo y acartonado en comparación.
Catherine tenía mucho que decir, pero no sabía por dónde empezar, así que juntó las manos y entrecruzó los dedos con fuerza para que él no notase que le temblaban. Aunque lo estaba deseando, no quería mirarlo, pero le costaba. Al final, dejó que sus ojos lo recorrieran con cautela.
Tenía la cara más rellena y las mejillas más caídas. También el vientre se le había expandido, pero lo retenía con un cinturón de piel. Sus pies parecían más grandes, algo que, de pronto se dio cuenta, era un detalle extraño en el que fijarse.
Luego clavó los ojos en él, por temor a que, si los retiraba, se evaporase. Si iba a desaparecer, quería estar ahí para verlo. Hacía años que había vislumbrado por última vez su imagen en algunas de las pocas fotos suyas que aún quedaban escondidas en el desván. Había olvidado lo guapo que era. Lo guapo que seguía siendo, reconoció, y se reprendió enseguida por pensarlo.
Él se quedó allí plantado, explorando el salón, intentando recordar dónde estaba cada cosa la última vez que había estado allí. La distribución le resultaba familiar, aunque con papel pintado, moqueta y muebles nuevos, pero le resultaba pequeñísimo comparado con lo que él ahora llamaba hogar.
—¿Te importa que me siente? —preguntó.
Ella no contestó, así que se sentó de todas formas.
Había retratos enmarcados esparcidos por el aparador, pero, sin gafas, veía los rostros borrosos. Le pasaba lo mismo cuando intentaba recordar el aspecto de sus hijos: un borrón enmascaraba siempre los detalles. Bueno, de todos menos de James. Sabía en qué hombre se había convertido James, y eso no lo olvidaría nunca.
El silencio entre los dos duró más de lo que ninguno de ellos percibió. Como había ido a verla sin ser invitado, sintió la necesidad de romperlo.
—¿Cómo estás? Tienes buen aspecto. —Ella lo miró con desdén, pero no consiguió inquietarlo. Estaba preparado para eso—. Me gustan los cambios que has hecho en la casa —prosiguió.
Nada, tampoco.
Exploró la chimenea de arenisca y la estufa de leña que les había costado una barbaridad instalar poco después de mudarse allí. Sonrió.
—¿Aún funciona ese cacharro? ¿Te acuerdas de cuando estuvimos a punto de incendiar la chimenea porque no la habíamos limpiado primero…?
—No sigas —lo interrumpió con sequedad antes de que terminara de contarlo.
—Perdona, es que estar en esta sala después de tanto tiempo me lo ha recordado…
—Te he dicho que no sigas. Te plantas en mi casa después de veinticinco años y me empiezas a hablar como si fuéramos viejos amigos.
—Lo siento.
Una quietud incómoda y brumosa inundó la estancia.
—¿Qué quieres? —preguntó ella.
—¿Que qué quiero?
—Eso es lo que te he preguntado. ¿Qué quieres de mí?
—No quiero nada de ti, Kitty.
Era una verdad a medias.
—No me llames así. Hace tiempo que perdiste el derecho a llamarme así. —Él asintió con la cabeza. Su voz sonaba más áspera y más grave que antes, y tenía restos de un acento que ella no lograba identificar—. Y ahórrate las disculpas. Llegan un poco tarde y no las acepto.
Simon había ensayado mentalmente el escenario de partida decenas de veces antes de que Luca reservase los vuelos por Internet. ¿Se quedaría pasmada o le daría un bofetón, lo abrazaría, le gritaría, lloraría o no lo dejaría entrar? Había pensado en montones de reacciones posibles, pero, por alguna razón, no había previsto aquella gélida hostilidad. No sabía cómo reaccionar.
—¿Adónde fuiste? —preguntó ella—. Mientras yo buscaba tu cadáver, ¿dónde coño estabas tú?