Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 5 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 4

SIMON

 

CALAIS, FRANCIA, VEINTICINCO AÑOS ANTES,

10 DE JUNIO

 

Nunca me había mareado en un vehículo, hasta la noche anterior, encerrado en la parte de atrás de un camión. Perdí la cuenta de las veces que vomité. Tenía el estómago como un tronco hueco.

El camionero me había advertido que cruzar nos llevaría más o menos hora y media, pero la fuerte tormenta no tardó en mandar al garete su cálculo. Un despiadado canal de la Mancha había agarrado nuestro ferri y lo había zarandeado como si fuera una muñeca de trapo. Tanteé mi entorno en la oscuridad más absoluta y me metí detrás de dos cajas de embalaje sujetas a los lados del camión.

Había enterrado mi historia junto con los huesos de mi madre, pero, para mudar la piel de verdad, un yo sin trabas, sin máculas, solo podía prosperar lejos del pasado. Por su ubicación geográfica, Francia parecía un buen punto de partida. Sin embargo, llegar allí sin pasaporte ni dinero era complicado. Pero un camionero ojeroso con el bigote manchado de nicotina y cierto desdén por la autoridad me ofreció una solución.

Ese mismo día, me había recogido cerca de Maidstone y habíamos hablado animadamente de la situación del fútbol británico y de la manía del gobierno conservador de privatizarlo todo. En ningún momento me preguntó mis razones ocultas cuando le expliqué adónde me dirigía y que mi falta de medios podía impedírmelo. Pero extrajo sus propias conclusiones.

—También yo estuve en la cárcel un tiempo —me dijo, liándose un cigarrillo a la vez que conducía—. Mientras no hayas asesinado a nadie ni abusado de ningún niño, no me importa llevarte.

Poco antes de pasar por el control de aduanas, cerró con llave las puertas del tráiler y me dejó dentro, escondido detrás de las cajas de madera con una linterna, una lata de cerveza de supermercado y su sándwich casero de queso con salsa chutney. Pero, cuando estalló la tormenta, no fui capaz de retener ni la bebida ni la comida.

Las condiciones meteorológicas eran sin duda demasiado arriesgadas para que atracáramos, así que nos quedamos en mitad del Canal hasta que cesara la tormenta blanca. Con cada vaivén, se me bajaba el estómago a los pies, hasta que el ferri por fin estuvo a salvo en el puerto.

—¡Vaya pinta tienes! —rio el camionero cuando me liberó en el aparcamiento de un hipermercado francés.

Me ayudó a poner los pies en tierra, luego me quité la ropa manchada de vómito detrás del camión y la tiré a una papelera. Me subí a la cabina en ropa interior y me puse la ropa limpia que había agarrado de la bolsa de otro en el refugio para indigentes donde había dormido en Londres.

—Hasta aquí te puedo traer —me dijo, de nuevo fuera—. Buena suerte, hijo.

—Gracias. Por cierto, ¿cómo me ha dicho que se llamaba?

—Llámame Moisés —dijo riendo, y se alejó despacio.

Cuando su camión desapareció de mi vista, conté el puñado de francos franceses que le había robado de la cartera que tenía en el salpicadero.

 

SAN JUAN DE LUZ, FRANCIA, 17 DE JUNIO

 

Las olas de un océano Atlántico inclemente me azotaban los pies y hacían que el vello de los dedos se meciera como las púas de un erizo de mar. Los haces de luz rotatorios de un par de faros rasgaban un cielo amoratado al caer la noche. Tres muros de hormigón enmarcaban el puerto e impedían que el agua y el horizonte se encontraran. Viendo que no llegaba la brisa a sus velas, un puñado de windsurfistas, subidos a horcajadas en sus tablas, remaban a la orilla.

No tenía claro cuánto había durado mi viaje del norte al sur de Francia, porque, sin el reloj de Doreen, el tiempo ni existía ni importaba. Las horas se fundían unas con otras como los colores de una camiseta teñida.

Había pasado largos intervalos de tiempo merodeando por los arcenes de las carreteras francesas en busca de una sonrisa amable al otro lado de un parabrisas en movimiento. A veces me sorprendía escondido en los baños de los vagones de tren para evitar a los revisores.

Era en los días de soledad casi absoluta cuando los rostros de aquellos a los que había dejado atrás me rondaban la cabeza. Me preguntaba cómo se las estaría apañando ella sin mí. ¿Habría supuesto que había muerto, como yo esperaba, o todavía confiaba en que volviera? Porque yo quería desaparecer enseguida de la memoria de todos ellos.

Sin embargo, mi yo racional sabía que debía deshacerme de esos pensamientos. Si dejaba que se hicieran más frecuentes, no harían más que entorpecerme. Así que empecé a entrenarme para pensar solo en el futuro y no en el pasado, y menos aún en ella. No fue fácil, sobre todo disponiendo de tantísimo tiempo libre.

Manipular los pensamientos propios es relativamente fácil durante un rato, pero a la parte del cerebro que retiene en su núcleo todo lo que pasa con uno mismo no le hace gracia que se la contenga mucho tiempo. Cuanto más me refugiase en lo malo, más me costaría prever lo bueno que me esperaba. Pero tenía libertad de elección y podía, si quería, rechazar esos pensamientos.

Así que en cuanto me venía a la cabeza algo perjudicial lo atrapaba al vuelo y lo aplastaba. Me recordaba a mí mismo que esos recuerdos pertenecían a alguien que ya no existía.

Como es lógico, no podía controlar todo lo que pensaba, pero aprendí a gestionar y compartimentar la mayor parte. Y cuando desembarqué en la playa de San Juan de Luz, en el sudoeste, el mecanismo ya estaba en marcha. La clave estaba en prestar atención solo al presente y al futuro y concentrarme en ellos. Para facilitarme la tarea, generé nuevos recuerdos volcándome en lo que veía y sentía desde el momento de mi llegada.

Empecé por inhalar la bruma salobre del mar y los aromas de la gastronomía circundante, transportados por el viento. Me fijé en que la playa del puerto parecía una enorme sonrisa desdentada, y me sorprendí sonriendo yo también. Me impresionó que los monumentos históricos de San Juan de Luz se hubieran mantenido tan impolutos. Desde donde estaba vi una iglesia vasca en la que estaba deseando entrar.

Delante de mí, el océano; a mi izquierda, la frontera con España y los imponentes Pirineos; a mi espalda, el grueso de Francia. Podía correr en cualquier dirección y nadie me atraparía. Era el lugar en el que podía empezar de cero.

Mi higiene personal se había visto limitada a lavarme en lavabos sucios de áreas de servicio y estaciones de tren, por lo que mi prioridad era bajar los escalones de hormigón, despojarme de la ropa maloliente y meterme en el agua en calzoncillos.

La sal hizo que me escocieran los ojos cuando me tumbé boca abajo e intenté asir un fondo marino que se me escapó entre los dedos. Nadé hacia una boya metálica blanca que se mecía al embrujo de las corrientes. Me agarré con un brazo a su armazón y contemplé la costa.

Me sumergí en el agua y el sonido de las olas batiéndose contra la marea me perforó los oídos. Mantuve la cabeza hundida hasta que mi bautismo estuvo completo.

El puerto era el muelle preferido de barcas y traineras que terminaban el día de pesca en un sosiego de postal. La suave vibración de sus motores me produjo un agradable cosquilleo en los brazos y las piernas que me revivió los nervios. Cerré los ojos y, tumbado boca arriba, fui chapoteando hasta la orilla para secarme la nueva piel bajo los rayos del sol poniente.

Mi instinto me decía que mi nueva vida podía ser perfecta.

 

28 DE JUNIO

 

El humo del Gauloises fundido con el hachís me entró por la nariz hasta el fondo de los pulmones. Me recosté, apoyado en los codos, hundiéndome un poco más en la arena, y disfruté del subidón antes de exhalar.

—Es buena esta mierda, tío —dijo Bradley, sentado a mi lado con las piernas cruzadas.

—Sí —contesté sin mirarlo, con los ojos como lunas crecientes.

Con la ayuda de mi francés macarrónico y de los habitantes de la zona, me había dirigido a un albergue para mochileros en la rue du Jean. Los edificios de primera línea de playa eran exquisitos, pero el Routard International estaba escondido tres calles más adentro, bajo un manto de porquería y deterioro. La pintura crema y verde oliva de su fachada se había desconchado, pelado y caído como caspa a la acera.

Dentro, las fotografías sepia enmarcadas y dispuestas sin concierto en las paredes de la recepción revelaban su anterior encarnación como Hôtel Près de la Côte, un espléndido establecimiento art déco de tres plantas. Sus formas geométricas quedaban ensombrecidas y apenas visibles tras una mezcolanza de estanterías y aparadores modernos y baratos; y su antigua elegancia y su estiloso modernismo casi habían desaparecido.

Se habían desprendido algunas baldosas de mármol de las paredes del salón de baile, que yacían, hechas añicos, alrededor de un piano de cola desvencijado con dos patas rotas. El lugar había pasado de establecimiento de lujo a oportuna residencia provisional de viajeros de escasos recursos.

Lo que me quedaba del dinero de Moisés apenas me llegó para pagarme una cama en un dormitorio comunal. Las noches que había pasado en el refugio para indigentes de Londres me habían ayudado a acostumbrarme enseguida a los que hablaban en sueños o roncaban, y a los olores que generaban seis cuerpos en un espacio reducido.

Ocupaban el albergue sobre todo jóvenes viajeros europeos, deseosos de explorar playas alejadas del glamur de Cannes y Saint-Tropez. Yo cargaba más años encima que la mayoría de ellos, pero nunca había aparentado mi edad. Eso me permitía quitarme diez años. Además, el bronceado que había conseguido haciendo dedo me daba un aspecto saludable y disimulaba el peso que había perdido por comer mal.

Hice amistad con pequeños grupos de personas que hablaban lenguas que a menudo no lograba entender, pero chapurreando alemán, italiano y francés, y gesticulando mucho, nos las apañamos para ir conociéndonos.

Pasé los primeros días buscando un posible empleo, desde trabajillos para los que no se necesitaba cualificación como fregar platos en las cocinas de algún café a ser el ayudante en un pesquero de arrastre. Pero aquel lugar cuidaba de los suyos y no había sitio en él para un inglés que aún no había demostrado su valía.

Así que me entretuve familiarizándome con mi hogar de adopción mediante excursiones exploratorias. Aún me fascinaba la arquitectura y había mucho que absorber, como el Hôtel du Golf, de William Marcel, anterior a la Primera Guerra Mundial, o el club de campo de color rojo-ocre, en Chantaco, del que había leído en las revistas de Reader’s Digest de mi padre.

Ocupaba las noches escuchando a los alberguistas hablar de cómo eran sus vidas antes de que empezaran a viajar, aunque contaba poco de mis propios antecedentes. Mi precaria cortina de humo consistía en que había dejado la universidad para pasar un par de años siendo parte del mundo en vez de limitarme a estudiarlo desde fuera.

Era una historia creíble que repetía tan a menudo que empecé a creérmela.

 

30 DE JUNIO

—Haberme dicho que buscabas trabajo —dijo Bradley, el gerente del albergue, nacido en Estados Unidos.

Era un tipo agradable de treinta y muchos años, pelo canoso por los hombros y patillas tan largas como las de Elvis. Su bronceado playero de surfista le acentuaba las arrugas de la cara y lo envejecía prematuramente.

—Sí, busco, ¿sabes de algo? —pregunté esperanzado.

—Bueno, no es mucho, pero necesitamos un conserje. Alguien que pueda registrar la entrada y la salida de los huéspedes, y hacer trabajillos. El sueldo no es mucho, pero tendrás cama y comida gratis.

Me pareció perfecto y empecé al día siguiente. El puesto ofrecía alicientes adicionales con los que no había contado. Podía asaltar el armario de la ropa olvidada, leer literatura de la biblioteca de «Llévate un libro, deja otro» y practicar idiomas con otros viajeros.

Di una mano de pintura a las paredes, clavé las tablillas sueltas del suelo, limpié vómitos de los váteres y di la bienvenida a los huéspedes. Como disponía de mucho tiempo libre y había buenas olas, aprendí a surfear, gracias a la paciencia de Bradley y a su colección de tablas de surf de vistosos colores. En cuanto dominé lo básico, el buceo se convirtió en mi siguiente reto, seguido de las excursiones a caballo por las estribaciones de las montañas próximas.

Mis noches eran una maravilla: una jornada de trabajo seguida de una hora en la playa viendo ponerse el sol mientras me fumaba uno o dos canutos con Bradley, rematados por unos tragos de Jack Daniels con Coca Cola en uno de los bistrós de la zona.

Me adapté encantado a mi nueva vida y, como mi único equipaje eran las cajas selladas de mi cabeza, me encontraba a gusto viviendo de un modo en que jamás había imaginado que viviría. A los ojos de los extraños, e incluso a los míos, no tenía esencia discernible.

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, VEINTICINCO AÑOS ANTES,

17 DE JUNIO

—¡Dinos dónde está! —me gritó Shirley mientras la agarraba del hombro y la sacaba por la puerta.

—¡Largaos de una vez! —grité yo también.

La voz desesperada de Shirley resonó por toda la casa mientras los despachaba furiosa a Arthur y a ella.

El padre y la madrastra de Simon me habían acribillado a preguntas y acusaciones desagradables durante media hora, y estaba harta. Ya tenía los nervios destrozados sin su ayuda. Esperaba que se plantaran en nuestra casa antes, pero se ve que habían estado muy ocupados alborotándose por la forma en que su hijo se había volatilizado. Y estaban convencidos de que yo había tenido algo que ver.

Cuando llegaron, aproveché que hacía una noche de verano estupenda y saqué a los niños a jugar al jardín. Luego inspiré hondo y crucé el jardín hasta el salón. Allí, Arthur y Shirley estaban sentados el uno al lado del otro, con los brazos y las piernas cruzados.

—Siento no haberos contado lo de Simon —empecé—, pero no quería preocuparos.

—¿Te parece normal que nos enteremos por la policía de que nuestro hijo ha desaparecido? —bramó Shirley—. Tendrías que habérnoslo dicho de inmediato.

—Sí, lo sé y os pido disculpas. Pero le pedí a Roger que os informara y él es el mejor amigo de Simon, tampoco es que os lo haya contado un completo desconocido. Y, la verdad, no me apetece discutir ahora por eso. Han sido dos semanas horribles.

—Sí, eso me han contado. Tiene que haber sido muy estresante pasar las tardes en el cine con los niños mientras su padre podría andar muerto por ahí —replicó.

—Shirley, eso no es cierto. Fue solo una tarde, y por recomendación de Roger. Además, son mis hijos, así que soy yo quien decide lo que más les conviene, no tú.

No tendría que haber metido a los niños en eso, sobre todo teniendo en cuenta que sus abuelos apenas formaban parte de su vida. Vivían en el pueblo de al lado, pero rara vez se ofrecían a cuidarlos o a ir a buscarlos al colegio. No sería de extrañar que la gente pensara que no tenían abuelos.

Después del funeral, casi ni se habían molestado en ofrecernos ayuda, ni un hombro en el que llorar. Seguro que a Simon le había dolido, pero nunca lo reconoció.

Yo siempre había supuesto que su falta de interés en nosotros era culpa mía. Ellos recordaban a un niño al que siempre habían chiflado los documentales de viajes de Alan Whicker y que soñaba con explorar la arquitectura del mundo. Luego, a los veintitrés, ya era un hombre casado, y al poco cargaba con su propia familia. Aun antes de casarnos, intentó convencerlos de que lo que siempre había querido era tener una familia normal, cariñosa, pero ellos querían más que eso para él.

Recordé que su relación con Shirley no era fácil. Ella era un huracán de mujer, grande y rubia de bote, que había irrumpido en la vida de Arthur un par de años después de que él se deshiciera de Doreen. Cuando éramos adolescentes, Simon protestaba a menudo de que lo obligaba a hacer los deberes y lo regañaba por fumar, pero luego le limpiaba la habitación y cocinaba para él, todo sin esperar nada a cambio. Puede que él nunca la quisiera, pero ella le había demostrado de lo que era capaz una madre. Aunque jamás lo reconocí, le envidiaba que tuviese unos padres que se preocuparan por él.

No acababan de entender que, después de lo que Doreen le había hecho pasar, él le hiciese lo mismo a su propia familia. Como no podían demostrar lo contrario, habían decidido que yo lo había espantado.

—¿Lo estabas presionando para que mejorara en el trabajo? —preguntó Arthur, y la pregunta me dejó pasmada.

—No.

—¿Le estabas dando el apoyo que necesitaba? —quiso saber Shirley.

—Pues claro.

—¿Él quería tener tantos hijos tan pronto?

—Sí, Shirley. No me he quedado embarazada yo sola.

—Podrías haberlo camelado. Lo hacen muchas mujeres, para conseguir lo que quieren.

—¿Cuatro veces?

—Entonces, ¿por qué se ha ido?

—No se ha ido, ha desaparecido. ¡Y no ha sido por nuestros hijos!

—Eso no significa que no haya sido culpa tuya, ¿no, querida?

Puse los ojos en blanco al ver que dábamos vueltas en círculo. Saqué una botella de vino del armario y me serví una copa sin ofrecerles una a ellos. Se miraron indignados, pero me dio igual. Para demostrárselo, bebí un buen trago.

—¿Seguro que no sabes dónde está? —preguntó Shirley.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —contesté, desconcertada—. ¿Creéis que, si fuera así, estaríamos aquí sentados, charlando?

—Ha llegado el momento de que nos lo cuentes, Catherine. Deja de hacernos sufrir a todos. ¿Hay otra mujer? ¿Es eso? ¿Está con ella? Poniendo por delante tu orgullo y fingiendo que ha desaparecido, solo haces daño a nuestros nietos.

—¡Qué disparate! Pues claro que no. Además, ¿cómo se os ocurre pensar que no pensaría primero en mis hijos?

—Muchas mujeres se empeñan en mantener en pie el matrimonio — intervino Arthur—. No intentan salvar las apariencias montando un cirio y asegurando que él ha desaparecido cuando en realidad las ha abandonado.

—¡Tiene bemoles que digas eso! ¿No fuiste tú quien le dijo a todo el mundo que Doreen se había ido a una puñetera misión en Etiopía? No recuerdo que mencionases que la habías echado de casa. —A Arthur se le encendió el rostro—. Además, si eso es lo que ha hecho Simon, ¿por qué no se ha puesto en contacto con vosotros? —añadí—. Si me ha abandonado a mí, también a vosotros.

—¿No dejó una nota diciendo por qué se iba? —preguntó Shirley.

Solté un gruñido.

—No habéis oído ni una sola palabra de lo que he dicho, ¿verdad? Os lo voy a repetir: Simon no se ha ido. ¡Se ha esfumado! La policía lo está investigando como desaparecido. ¿Qué más pruebas queréis?

Shirley se puso en pie.

—Siento tener que preguntarte esto, Catherine, pero ¿le has hecho algo?

Eso me descolocó.

—¿Como qué? —pregunté, verdaderamente confundida.

—A lo mejor tuvisteis una discusión que se os fue de las manos, puede que él se ofendiera y a ti te entrase el pánico… No digo que lo hicieras a propósito, pero…

—¿Y luego qué, les pedí a los niños que me ayudaran a envolver su cuerpo con una alfombra vieja y a enterrarlo en el jardín? Veis demasiado Se ha escrito un crimen.

—¡Merecemos saber la verdad! ¡Es nuestro hijo! —protestó ella.

—No es hijo tuyo, Shirley —le repliqué con malicia—, pero sí es mi marido, y somos los niños y yo los que peor lo estamos pasando. ¿Y vosotros cómo ayudáis? ¿Acusándome de asesinato? ¿Qué clase de monstruo creéis que soy?

Su silencio lo dijo todo.

—Si no está muerto, entonces os ha abandonado —respondió Shirley como si nada—. Y, francamente, no me sorprende. —Arthur, su perrito faldero, asintió con la cabeza—. Lo que me extraña es que no lo hiciera antes —prosiguió—. Yo siempre he dicho que una mercancía dañada no se puede reparar.

A pesar de la crueldad del comentario, hasta que no vislumbré a Robbie, perplejo, sentado al pie de la escalera escuchando cómo despedazaban a su madre, no salté.

—¡Largaos! —aullé, abalanzándome sobre Shirley y agarrándola del brazo—. Salid de mi casa de una puñetera vez.

—¡Dinos dónde está! —chilló Shirley mientras la asía por el hombro y la sacaba por la puerta.

Arthur nos siguió, arrastrando los pies de una forma rara.

—¡Largo de aquí! —grité y los empujé al sendero de gravilla, cerré la puerta de golpe y eché la llave y la cadena. Tardé un momento en recomponerme y poder acercarme a mi hijo con el corazón partido aún acelerado.

—¿Papá ya no nos quiere? —preguntó, apartándose de la cara los mechones de pelo rubio que se le habían quedado pegados por las lágrimas—. ¿Por eso nos ha dejado?

Me dieron ganas de abofetear a sus abuelos por meterle esa idea en la cabeza. En cambio, me arrodillé, le tomé las manitas y lo miré a los ojos.

—Te prometo, Robbie, que esté donde esté o sea lo que sea lo que le haya pasado a papá, no nos ha dejado. Él nos quiere con toda su alma.

Me miró con recelo, se levantó y subió las escaleras.

—Eres una mentirosa —dijo en voz baja mientras se refugiaba en su cuarto—. Tú has hecho que papá se vaya.

Podía digerir más o menos lo que Arthur y Shirley me acababan de decir, pero oír a mi pequeño dudar de su madre por primera vez en su vida fue demoledor. Tendría que haber salido detrás de él e intentado explicarle que a Simon no lo había echado nadie, pero mis suegros me habían dejado sin fuerzas.

En su lugar, me serví otra copa de vino, me senté en la cocina, agarrándome la cabeza con las manos, y resistí la tentación de hacer añicos todos los platos del fregadero.

 

25 DE JUNIO

Supe por cómo temblaba el jarrón naranja del aparador que un coche patrulla se acercaba a nuestra casa. Los motores de aquellos vehículos tenían una vibración característica, insistente, a la que ya me había acostumbrado, y que hacía traquetear las juntas de debajo de la tarima de madera. Luego un escalofrío me recorría la espalda, por el miedo a lo que fueran a decirme.

Solían venir a ponerme al día de la investigación o a hacerme más preguntas que no podía contestar, pero lo que más me asustaba era cuando me traían bolsitas de plástico con trozos de prendas que habían encontrado por ahí. Un pañuelo, una gorra, un calcetín, un zapato… la lista de artículos que debía identificar era interminable.

Cuando eso ocurría, yo apenas abría la boca mientras las revisaba, pero ninguna de ellas era de Simon. Los agentes procuraban disimular su frustración cada vez que se veían en un callejón sin salida, porque una identificación positiva sería un paso adelante en la resolución del caso. Claro que, para mí, Simon no era solo un caso, era mi marido.

Y poco a poco, el desfile de prendas huérfanas fue mermando con cada visita.

 

30 DE JUNIO

 

James tenía ocho años, Robbie cinco y medio y Emily estaba a punto de cumplir cuatro, y ninguno de ellos parecía entender nuestra nueva vida mejor que su madre igual de confundida.

Apenas me perdían de vista, por si desaparecía yo también. Notaba tres pares de ojos clavados en mí al otro lado de los visillos de la cocina hasta cuando enfilaba el sendero de gravilla para sacar la basura. No paraba de decirles que no me iba a ir a ninguna parte, pero no me creían.

Se suponía que los papás nunca se iban y, al descubrir que eso no tenía por qué ser así, empezó a preocuparles que también las mamás pudieran irse. Me fastidiaba pensarlo, pero ojalá les hubiera dicho que Simon se había ido con Billy cuando me lo habían preguntado. Eso lo habrían entendido mucho mejor. Pero era más importante que nunca que fingiese ser esa madre siempre animosa, independientemente de cómo me sintiera.

Emily era consciente de que algo había puesto su mundo patas arriba, pero no parecía inquietarla demasiado. De hecho, le encantaba que nuestros amigos le hicieran más mimos de lo normal cuando venían a vernos. Era difícil que no se rindieran a aquellos ojazos azules y aquella sonrisa tontorrona, sobre todo cuando señalaba una de las fotografías de Simon que había en el aparador y canturreaba: «Papá se ha ido. Papá no está». Yo meneaba apenada la cabeza, y luego la distraía con su Flopsy, su muñeco de trapo, o con una Barbie.

Robbie era el que peor lo llevaba. Nuestro perro Oscar y él pasaban cada vez más tiempo juntos, consolándose el uno al otro. Se me empañaban los ojos al verlos sentados al fondo del jardín, mirando hacia los campos, esperando a que Simon reapareciera, como si todo hubiera sido parte de un truco de magia terriblemente malogrado. Todas las noches, cuando los acostaba, dejaba la puerta del cuarto de Robbie entornada para que Oscar pudiera colarse dentro y dormir a los pies de su cama.

James era el vivo reflejo de su padre, desde el pelo castaño ondulado hasta la chispa de sus ojos verdes y su risa contagiosa. Una noche, extendió por el suelo de su habitación la colección de conchas blancas y marrones que había encontrado en la playa, en Benidorm. Su amigo Alex le había dicho que, si se ponía una concha en la oreja y escuchaba con atención, podría oír las olas.

De vez en cuando, agarraba una e intentaba oír la voz de Simon, por si se había perdido en el mar y necesitaba su ayuda para encontrar el camino de vuelta a casa. Yo misma lo probé en una ocasión, pero no oí otra cosa que el eco de mi desolación.

 

NORTHAMPTON, HOY, 8:55

 

Lo miró con una rabia inquebrantable que solo otro hombre le había inspirado. Pero ya hacía tiempo que había enterrado a esa persona en su pasado, igual que a su marido.

Tenía el ceño tan fruncido que debía de dolerle. Le costaba encontrar las palabras con las que responder a lo que él le había contado de sus primeras semanas sin ellos. Con todas las explicaciones que ella había considerado, que habían sido muchas, jamás se le había ocurrido pensar que se hubiera tomado unas vacaciones. Mientras ella estaba histérica de preocupación, él estaba tumbado en la arena.

Quería que él entendiera que sus vidas se habían hecho pedazos cuando había desaparecido. Necesitaba que supiera que, mientras él se estaba forjando una nueva identidad, ella no había podido elegir su destino. Pero, aunque hubiese conseguido transmitirle siquiera una pizca de la angustia que había pasado, era evidente que él no habría podido entender la agonía de perder a tu alma gemela. No era capaz de creer que él hubiera podido olvidarse de los primeros treinta y tres años de su vida y de las personas que habían formado parte integral de ellos.

—¿Se te pasó siquiera por la cabeza cómo lo estaríamos pasando nosotros mientras andabas colocándote con un puñado de adolescentes? —preguntó ella.

—No fue así, pero supongo que, por entonces, no —contestó con absoluta sinceridad—. Di por sentado que pensarías que había tenido un accidente y no encontraban mi cadáver.

—Y, por favor, corrígeme si me equivoco, pero ¿te obligaste a olvidarte por completo de nuestra existencia? —Simon asintió con la cabeza—. ¿Y los cumpleaños, o los aniversarios? —insistió ella, confiando en percibir un ápice de remordimiento—. ¿Pensabas alguna vez en nosotros?

—Al principio no, pero no me quedaba otro remedio. Era la única forma de seguir adelante.

—Esa es la diferencia entre tú y yo, Simon: yo jamás he querido ir a ninguna parte si no era contigo y con los niños.

—Tenía que marcharme, me ahogaba.

—¡Ahórrate el melodrama! —espetó ella—. Podías haberme pedido la separación si ya no querías seguir casado conmigo. Me habrías roto el corazón, desde luego, pero habría terminado superándolo. Además, dejarme a mí es una cosa, pero ¿a tus hijos? Eso nunca lo entenderé.

Notó que se le quebraba la voz y tragó saliva. Se había prometido hacía muchos años no volver a derramar ni una sola lágrima más por él, y no iba a faltar a su palabra ahora.

—Me has preguntado adónde fui y te lo he dicho —respondió él, tranquilo —. Si no te gusta lo que oyes, no es responsabilidad mía.

Ella puso los ojos en blanco.

—No, tienes razón: «responsabilidad» no es una palabra con la que estés muy familiarizado, ¿verdad?

—No he venido a discutir contigo —dijo él con una serenidad desesperante.

—Entonces ¿a qué has venido? Porque llevo dentro mucha rabia que me está costando contener y no me lo estás poniendo muy fácil diciéndome que nos borraste de tu memoria sin más.

—Claro que pensé en vosotros. Pensé en todos vosotros… cuando tocó. Lo que intento decir es que no me hacía ningún bien refugiarme en el pasado. Para poder seguir adelante, tenía que bloquearos a todos. Perdóname si suena crudo, pero hice lo que creía mejor en ese momento.

Ella meneó la cabeza, incrédula, y se pasó las manos por las mejillas. Le ardían. Se acercó a la ventana y la abrió para que entrase el aire en aquella estancia claustrofóbica.

Cuando le dio la luz en el pelo y puso al descubierto su cuero cabelludo, a Simon le pareció ver una cicatriz en forma de medialuna en un lado de la cabeza.

Ella se volvió enseguida.

—¿Estabas harto de todos nosotros, o solo de mí? ¿Qué hice para que ya no me quisieras? ¿Te ofrecieron algo mejor?

Él miró a la chimenea, porque aún no estaba preparado para exponerle sus motivos. Reconoció un objeto que le era familiar.

—¿Es el que nos trajeron Baishali y Steven como regalo de boda? — preguntó, señalando un jarrón redondo de color naranja.

El cambio de tema la descolocó, pero asintió con la cabeza de todas formas.

—¿Cómo está él? ¿Se ha jubilado ya?

—Sí. Uno de sus hijos se hizo cargo del negocio que tú desechaste. Luego Baishali y él se mudaron al sur de Francia. Qué curioso que no te lo toparas en la playa. Habríais tenido tantas cosas que contaros… —Simon no preguntó por Roger. No era el momento—. Bueno, dudo mucho que hayas resucitado de entre los muertos para hablar de nimiedades —prosiguió ella—, así que dime a qué has venido o vuelve adonde estabas.

—Primero quiero que conozcas toda la historia.

—¿Qué, más historias fascinantes de tu club de vacaciones para eternos adolescentes? No tengo tiempo para esto.

Se dirigió al recibidor como si fuera a abrir la puerta de la calle, pero ella sabía bien que no iba a hacerlo. Había anhelado una explicación demasiados años para dejarla escapar.

—Por favor, Catherine. Necesito que sepas lo que ha sido de mi vida. Y quiero saber qué ha sido de la tuya.

—No mereces saber nada de mí.

—Sé que no tengo ningún derecho, pero ha pasado mucho tiempo. Los dos necesitamos cerrar este capítulo.

Le importaba un pimiento cerrar capítulo. Ella solo quería saber por qué. Aun después de tanto tiempo, seguía pensando que había sido culpa suya. Le faltaban piezas importantes del rompecabezas. Así que se dijo que, aunque lo complaciera, no se lo iba a poner fácil, fuera lo que fuese lo que ocurrió aquel día.