Cuando desapareciste
Capítulo 15
CATHERINE
NORTHAMPTON, DIEZ AÑOS ANTES,
14 DE AGOSTO
Estábamos todos reunidos mirando fijamente un televisor colgado de la pared del salón de actos del Fox & Hounds. Yo pasaba de tamborilear nerviosa con las uñas en la mesa a juguetear con un posavasos mojado, esperando.
Los diez minutos que pasaron hasta que el presentador anunció lo que nos habíamos reunido para ver se me hicieron eternos. El dueño subió el volumen y se hizo el silencio de inmediato en la sala atestada de gente.
—Y a continuación una banda que se estrena en Top of the Pops y que ha llegado al número cuatro esta semana con Find Your Way Home.
Todo el pub aplaudió y vitoreó entusiasmado cuando la cámara enfocó un primer plano del guitarrista interpretando los primeros acordes de la canción.
—¡Es él! ¡Es él! —chillé, sin poder contenerme.
Allí, a la vista de todos, estaba mi hijo James, en la tele, tocando con su grupo.
James no se había pensado dos veces lo de la universidad, ni una siquiera, sobre todo después de montar un grupito con tres amigos del instituto también aficionados a la música. Pasaban horas ensayando todas las noches en el garaje-despacho de Simon, y les hice forrar las paredes de cartones de huevos de la granja de pollos del pueblo para que los vecinos no se quejaran del ruido.
Cuando James cumplió los dieciséis, mi pequeño se convirtió en un hombre libre y su primer acto de rebelión fue dejar los estudios con unas notas de secundaria normales y todo el tiempo del mundo para dedicarse a su gran pasión. No era lo que yo habría elegido para él. Había leído lo bastante a lo largo de los años sobre el mundo de la farándula para saber que era un sector tremendamente impredecible e implacable. Sin embargo, igual que hice con mis propios sueños y la boutique, animé a mi hijo a que persiguiera los suyos, aunque terminasen llevándolo hasta la oficina del paro.
Su grupo pasó seis largos años tocando en locales de mala muerte hasta que su perseverancia por fin dio frutos. Un tipo de la discográfica A & R los vio como parte del cartel de un pequeño festival de rock de Cornwall y le parecieron buenos.
Al final, su tercer sencillo, Find Your Way Home, fue seleccionado por Radio 1, y al poco, como eran jóvenes y guapos, saltaron a las páginas de las revistas, las columnas de cotilleos y las listas de éxitos. Top of the Pops era su primera aparición importante en televisión.
Robbie pasó unos pañuelos a su abuela Shirley y a Emily para que se secaran las lágrimas, y no fueron las únicas que los necesitaron. Tom, que seguía formando parte de la vida de los niños aunque nosotros ya no estuviéramos juntos, también había venido al pub con su preciosa prometida Amanda. Había asistido a unos cuantos conciertos de Driver y, cuando sus tres minutos y medio de gloria televisiva terminaron, tanto él como yo estábamos llorando. Todos los que estaban en el pub conocían a James de toda la vida y se sentían tan orgullosos de él como yo.
Claro que yo estaba orgullosa de todos mis hijos, por supuesto. Robbie había seguido siendo el más callado, incluso durante la adolescencia, pero había superado su ostracismo voluntario y nos había sorprendido a todos mudándose a la universidad de Sunderland para estudiar cosas que yo no acababa de entender relacionadas con ordenadores, discos duros y meganosequés. Y aunque todavía le faltaba para graduarse, ya le habían ofrecido un trabajo, que había aceptado, en el sur de Londres, diseñando gráficos para videojuegos.
Emily llevó la pasión de su madre y su abuela por la costura y el diseño un paso más allá y le faltó tiempo para graduarse en la Escuela de Moda de Londres. Y aunque seguramente no había una forma más fácil de atraer a los chicos que decirles que tu hermano había salido en Top of the Pops, ella solo tenía ojos para Daniel, el hijo de Selena.
Llevaban enamorados toda la vida y verlos juntos haciéndose reír el uno al otro me recordaba a Simon y a mí a su edad. Le pedía a Dios que Daniel nunca le hiciera tanto daño como Simon me había hecho a mí.
Eché un vistazo a mi familia y amigos, reunidos en el pub, y me sentí satisfecha. No había nadie especial en mi vida, pero tenía tres hijos a los que adoraba y, ahora que mi negocio ya contaba con cinco boutiques por todo el condado, y otras tres en ciernes, incluida una en Londres, mi vida era casi tan perfecta como podía llegar a ser. Claro que los grandes momentos de la vida de uno son precisamente eso, solo momentos.
Y los momentos, por definición, no perduran.
SIMON
MONTEFALCO, ITALIA, DIEZ AÑOS ANTES,
3 DE JULIO
—No puedo más. Tú ganas, tío —jadeé, y me dirigí, arrastrando las piernas, pesadas como plomos, por la arcilla roja hasta el agua helada que había a la sombra del cenador.
Stefan, mi entrenador, sonrió y levantó el pulgar en señal de aprobación mientras yo me bebía de un trago la botella entera para saciar mi sed. Le dije adiós con la mano, me sequé el sudor con una toalla y recuperé el aliento. Me maldije por estar tan loco y ser tan inglés como para programar una clase de tenis a media tarde bajo el sol abrasador del verano italiano.
Me tenía permanentemente admirado nuestro entorno. Debía de haberme quedado pasmado mirando nuestros arrebatadores valles y viñas un centenar de veces, pero nunca subestimaba el cálido abrazo de la espléndida campiña que nos rodeaba.
Cuando llegamos a Italia, tenía mis dudas sobre la vida que nos esperaba a Luciana y a mí. Me había acostumbrado a vivir precariamente con lo poco que tenía, pero de pronto me había encontrado enamorado de una mujer que había heredado una fortuna mucho mayor de lo que yo podía haber imaginado jamás y la estabilidad que eso podía proporcionarme me iba a alejar considerablemente de aquello a lo que estaba habituado. Había conocido el sosiego que produce la normalidad y la angustia que genera el que te lo arrebaten.
Luciana percibió mi inquietud en cuanto llegamos y me apretó la mano para tranquilizarme mientras el chófer cruzaba las puertas de hierro abiertas en el Bentley de su antiguo patrón y enfilaba el camino empedrado de ladrillo. El cuadro que él había pintado de su vida en Italia era demasiado vivo y la hizo sentir amargamente engañada.
Guiñé los ojos por el sol, que jugaba al escondite detrás de la vasta extensión de la villa que teníamos delante y a la que Luciana había llamado hogar tiempo atrás. La lavanda de los parterres y las macetas inundaba el aire con su aroma.
Cruzamos sus colosales puertas de madera mientras ella me explicaba que la casa llevaba allí trescientos años. Se había construido deliberadamente a unos mil quinientos metros por encima del pueblo de Montefalco, con el fin de recordar a los que vivían bajo su sombra la importancia de su propietario.
En cuanto Luciana vio a Marianna, su ama de llaves, salvadora y vieja amiga, se echó a sus brazos y lloró de gratitud por la ayuda que le había brindado. Era la primera vez que veía semejante vulnerabilidad en ella. Juntas recorrieron los pasillos embrujados de la villa, reviviendo recuerdos perdidos de la hermana de Luciana y enfrentándose a los fantasmas de su padre.
Cuando Luciana me había hablado de su infancia, no me contó nada bueno del signor Marcanio, pero, sin quererlo, por su casa, descubrí algo que admirar de aquel hombre tan vulgar.
Había devuelto al edificio su encanto con delicadeza y meticulosidad. El espléndido salón de dos ambientes era el centro de la casa y sus paredes soportaban un techo de vigas al aire de unos seis metros de altura. La chimenea era el elemento principal de la estancia, y parecía el altar de una iglesia a la espera de unos feligreses a los que jamás se invitaría a pasar.
Sin embargo, la exquisita decoración carecía de toques personales y no había fotos de familia ni chismes por ahí, solo pinturas abstractas cuidadosamente seleccionadas, objetos decorativos de vidrio y un acuario de peces exóticos. Luciana había crecido al abrigo del buen gusto de un hombre, no de su corazón.
Recorrimos la casa hasta los jardines, donde los patios adoquinados se abrían paso entre inmensos y frondosos céspedes, algunos ocultos del sol mediante cenadores de madera cubiertos de enredaderas. La posición de la terraza principal permitía una vista de ciento ochenta grados y un sendero adoquinado descendía por una cuesta hasta una pista de tenis y una piscina. ¡Y qué vista ofrecía!: kilómetros y kilómetros de viñas y valles pintados de distintos tonos de verde y marrón hasta donde la vista podía alcanzar.
—¿Crees que podrías ser feliz aquí? —me preguntó ella tímidamente cuando nos sentamos en un murete que daba a los cañones y las tierras bajas.
—Me llevará un tiempo acostumbrarme, pero, sí, podría. Lo importante es: ¿podrás tú?
—Mientras esté contigo, podría ser feliz en cualquier parte —respondió ella.
El viaje de Luciana a su pasado fue relativamente tranquilo. El signor Marcanio no había dejado testamento antes de sufrir el ictus, con lo que su finca y sus negocios pasaron automáticamente a una esposa de la que no se había divorciado. Pero madame Lola no tenía intención de volver, así que se quedó en México y venía a vernos un par de semanas cada equis meses. Era Luciana la que necesitaba estar allí y la que tenía algo que demostrar.
Se dedicó de lleno a los intereses comerciales de su padre, pero le llevó años borrar por completo su presencia. El hombre había hecho múltiples y copiosas inversiones cuyo valor excedía bastante lo que ella había previsto en principio. Los contables de Luciana desenterraron una cueva de Aladino de acuerdos bajo mano disfrazados de legalidad, así que fue sacrificando a todas las ovejas negras de la cartera de clientes de la compañía hasta que solo quedaron empresas legales.
Luciana se encargó de que una cuadrilla de hombres vaciase la casa de lo poco que quedaba del signor Marcanio. Su ropa se regaló a la beneficencia y sus joyas se subastaron, y lo que se obtuvo de ellas se donó a un refugio para víctimas del maltrato doméstico. Me pregunté momentáneamente qué habría hecho Catherine con mis cosas cuando me había ido.
Después aseguró al pequeño ejército de criadas, mujeres de la limpieza, cocineras y jardineros atemorizados que pasaban siempre corriendo por nuestro lado, con la cabeza gacha, que el nuevo régimen de trabajo no se parecería en nada al anterior.
Y mientras ella estaba ocupada desenmarañando los asuntos de su padre, yo me centré en las inmensas y desatendidas viñas del signor Marcanio. Para aquel hombre, la producción de vino había sido un mero entretenimiento y, como ese era el sitio donde Caterina se había suicidado, no era una zona de la finca que Luciana estuviese preparada para abordar aún.
En cambio, a mí empezó a intrigarme su potencial, porque mi deseo de crear y construir asomaba de nuevo a mi cabeza. No sabía nada del funcionamiento de una bodega, pero era buen alumno y aprendía rápido. Mientras el capataz me enseñaba pacientemente todos los aspectos del negocio, desde el riego de las tierras hasta la pisada de la uva vendimiada y el suministro a las plantas embotelladoras, supe que harían falta muchos años de trabajo duro y determinación para poder convertir el pasatiempo de su padre en un producto rentable.
Jamás imaginé que pudiera llevar una vida tan perfecta, pero eso fue lo que Luciana y yo estuvimos a punto de conseguir. Claro que la perfección tiene un precio y yo temía tener que pagarlo caro si le contaba mis verdades. A medida que iba transcurriendo nuestra vida juntos, me pesaba cada vez más ocultarle el hombre que había sido a la mujer que me había rehecho.
1 DE SEPTIEMBRE
Yo le había sostenido la mano a Luciana mientras me relataba con valentía los complicados capítulos de su pasado, pero ¿qué sabía ella de los míos?
Lo cierto era que solo le había contado pedacitos, instantáneas de una vida vivida mediante la destrucción de los demás. Al descubrir mi instinto paternal con el nacimiento de nuestra hija Sofia, Luciana había deducido que los niños habían desempeñado alguna vez un papel en mi vida.
La primera vez que la tuve en brazos le susurré al oído unas palabras que pensaba que jamás volvería a pronunciar: «Nunca te fallaré». Y cuando la siguió nuestro hijo Luca poco más de un año después, prometí que jamás tendría motivo para incumplir mi promesa, por precario que se tornase mi viaje.
Muchas personas tienen suerte de que se les conceda una segunda oportunidad. Mi familia era mi tercera oportunidad y ya no quería esconderle a Luciana mis defectos, ni engañarla sobre la razón de mis aventuras, ni ocultarle mis verdades. Le había demostrado lealtad y amor incondicional, pero mientras tuviera enterrados bajo la piel muchos de mis actos, mis reacciones y sus repercusiones, no podría ser un hombre íntegro.
Estábamos sentados en la parte más baja de los jardines abancalados, viendo el sol derretirse como un helado sobre los viñedos, cuando ella comentó mi silencio:
—Pareces preocupado —dijo.
Pensé en negarlo, pero ella siempre terminaba calándome.
—Hay cosas que creo que deberías saber de mí —contesté con miedo de que mis feas palabras mancillaran la belleza que nos rodeaba.
—Cuéntamelo porque estés preparado y no porque pienses que debes hacerlo.
—Lo estoy, de verdad, pero temo tu reacción.
—Nada de lo que puedas contarme me hará tener peor opinión de ti, Simon.
Ni mi cabeza ni mi corazón, que me golpeaba con fuerza el pecho, estaban convencidos, pero no pude evitar embalarme cuando empecé a contarle cómo había conocido a Catherine y los hijos que habíamos tenido juntos. Luego recordé con detalle lo mucho que se habían complicado las cosas, lo de Billy, por qué no me había quedado otro remedio que marcharme, adónde había ido, lo de mi madre, lo de mis dos padres y después mis viajes.
Le conté que había usurpado su identidad a un muerto, por qué había silenciado a una vieja amiga en Cayo Hueso y que el remordimiento me había llevado casi a la autodestrucción. Y reconocí que, en idénticas circunstancias, probablemente volvería a hacer lo mismo porque, en el fondo, por retorcido que pareciera, había merecido la pena. Me había llevado hasta Luciana.
Estaba dispuesto a aceptar cualquier castigo o consecuencia que ella creyera necesario. Por primera vez, estaba en presencia de alguien que sabía casi tanto de mí como yo mismo. Y solo cuando concluí mi relato dejé de apretar los puños y esperé a que ella rompiera el silencio.
—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo por fin—. Nadie, salvo Dios, puede juzgarte, Simon. Yo no lo haré. No voy a mentir y decirte que las cosas que has hecho no hayan sido crueles y egoístas, ni que no hayas hecho daño a personas que probablemente no lo merecieran, porque eso ya lo sabes tú. Y si has tenido que pasar por todo eso para convertirte en el hombre y el padre al que amo ahora, bienvenido sea.
Se levantó de su sitio, se sentó en mi regazo y me rodeó el cuello con los brazos mientras la presa que había pasado quince años levantando reventaba bajo el peso de mis lágrimas.
—Pero no puedes esconderte de tu familia eternamente —me susurró—. Catherine merece saber lo que le ocurrió a su marido y tus hijos merecen saber por qué se marchó su padre. Tú, ellos… todos necesitáis la oportunidad de juntar todas las piezas.
Apoyé la cabeza en un corazón que sabía que siempre estaría abierto al mío. Sin embargo, el suyo no estaba destinado a latir mucho tiempo.
NORTHAMPTON, HOY, 18:15
—¡Esos eran nuestros sueños! —le dijo dolida—. Íbamos a mudarnos a Italia cuando nos jubiláramos… tú y yo. No tenías derecho a llevártelos y vivirlos con otra persona.
Cruzó la cocina sin mirarlo y sacó una botella de vino del armario. Tenía alcohol en casa solo para los invitados y hacía veinte años que no probaba una gota, pero, si alguna vez había necesitado una copa, era ese día.
—Buen año —comentó él inoportunamente mientras ella la descorchaba.
—¿El qué?
—El del vino. Si no me equivoco, es uno de los nuestros, de la cosecha del 2008.
Ella miró la etiqueta: BODEGAS CATERINA\2, rezaba. Puso los ojos en blanco, se sirvió una copa de todas formas y dio un sorbo con recelo, pero el vino ya no sabía como Catherine lo recordaba, o quizá fuese que cualquier cosa que él hubiese tocado iba a dejarle siempre un regusto amargo en la boca. Tiró el resto de la copa por el fregadero.
Por más vueltas que le daba al modo en que Luciana había reaccionado a la confesión de Simon, no lograba entender cómo lo había perdonado tan fácilmente. Además, le reventaba que hubiera hecho falta una fulana para enderezarle la brújula moral en lo relativo a plantar cara a sus delitos.
—Supongo que dice algo de ella, ¿no? —le preguntó, sin esperar respuesta—. Quiero decir que no sé por qué me sorprende que una mujer que vendía su cuerpo y que tuvo dos hijos bastardos con un hombre casado pudiera perdonarle el asesinato. No es precisamente la madre Teresa, ¿verdad?
—Di lo que quieras de mí, Catherine, soy lo bastante viejo y lo bastante horrible para aceptarlo —dijo él a la defensiva— y, en parte, seguramente me lo merezco, pero no metas a Luciana y a mis hijos en esto. Ellos no te han hecho nada. Siento que no te guste lo que has oído, pero es la verdad, y en el fondo da igual el motivo, lo que importa es que estoy aquí y quiero hacer las paces contigo.
—¿Hacer las paces? ¡Qué generoso! Joder, tío, ¡tendrías que estar a cuatro patas, suplicando mi perdón! Deberías haber venido porque te hubieses dado cuenta tú solito de que lo que nos hiciste fue horroroso, no porque te lo dijera mi sustituta.
—Ella no fue tu sustituta.
—Nos sustituiste a todos por ellos.
—No era mi intención formar otra familia.
—Con una prostituta, para más inri.
—No, con Luciana.
—Una prostituta, tú mismo la has llamado así. Y una asesina.
—No digas eso, por favor.
—Pero es lo que es, ¿no? Una prostituta que mató a dos personas. Por lo menos teníais mucho en común.
—Da igual lo que hiciera —gritó él—. Es la madre de mis hijos.
Cuando cayó en la cuenta de lo paradójico de sus palabras ya era demasiado tarde.
—¿Y yo qué era? —chilló ella, tirando al fregadero la copa, que se hizo añicos—. ¿Un ensayo? ¡Te importó un pimiento la madre de tus otros hijos! ¡Nos cambiaste por una mujer que se follaba a cualquier hombre mientras llevase efectivo en la cartera! ¿Y esperas que le tenga un respeto?
—Está claro que no lo entiendes —replicó él, meneando la cabeza.
Una vez más, lo decepcionó la reacción de ella. Pensaba que le había dejado claro que Luciana era mucho más que las decisiones que hubiese tomado por sobrevivir, pero ella se empeñaba en fijarse solo en lo negativo. Empezaba a hartarlo y desilusionarlo que, aun después de tanto tiempo, ella siguiera tan amargada.
—No os abandoné para largarme con otra mujer y formar otra familia — siguió.
—Puede que no tuvieras pensado hacerlo, pero lo hiciste de todas formas.
—¿Puedo usar el baño, por favor? —preguntó él, porque le dolía la cabeza del mal genio de ella.
La habilidad de Simon para cambiar de tema en los momentos más inoportunos la frustraba. La había interrumpido ya varias veces en plena respuesta. O intentaba quitar hierro al asunto o perdería la capacidad de centrarse en un mismo tema demasiado tiempo.
—Sí —respondió ella, agotada.
Él dio media vuelta para salir de la cocina y, cuando iba camino de las escaleras, se detuvo.
—Perdona, ¿me puedes recordar dónde está?
Ella lo miró extrañada: había vivido allí casi diez años y ese mismo día se había plantado en la puerta cuando ella había ido a vomitar después de que le contase lo que le había hecho a Paula.
—Arriba, a la izquierda.
—Sí, claro —dijo él.
Cuando terminó de orinar, se lavó las manos en el lavabo y se miró en el espejo que ella había descrito como «implacable». Tenía razón, se dijo: le hacía los mofletes hinchados y la piel pálida como la de un anciano.
Mientras se sacaba el blíster de pastillas del bolsillo de la chaqueta y miraba ceñudo al enemigo, observó que aún olía un poco a vómito en el baño. Hizo un cuenco con la mano debajo del chorro de agua y se tomó dos de las pastillas rosas. Pensó en tomarse también uno de los antidepresivos que el médico le había prescrito, pero odiaba la felicidad artificial que le producían.
Mientras las pastillas le bajaban despacio al estómago, inspeccionó una estancia en la que jamás pensó que volvería a encontrarse. La distribución era la misma, pero ya no era de aquel color aguacate tan soso, sino blanca, con mobiliario plateado y azulejos de arenisca. La elección le pareció de buen gusto. «No quedaría fuera de lugar en mi casa».
Le llamaron la atención la bañera y la alfombrilla que había delante de ella, y de pronto azotó la estancia un aire frío que le puso el vello de los brazos como escarpias. Le entró el pánico y empezó a faltarle el aire. Miró a un lado y a otro, recordando el aroma del baño de espuma y el sonido de la voz apagada de ella ese día en el dormitorio. Sacudió la cabeza hasta que el recuerdo se desvaneció, e inspiró hondo y fuerte.
«Aguanta un poco», se dijo, y confió en que su cerebro le hiciese caso.