Cuando desapareciste

John Marrs · Capítulo 18 de 23

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Cuando desapareciste

Capítulo 17

SIMON

 

MONTEFALCO, ITALIA, UN AÑO ANTES,

26 DE ENERO

 

Me senté bajo una sombrilla achaparrada de color amarillo limón en la plaza adoquinada del pueblo y, desde allí, observé el ir y venir de los lugareños.

Desde la muerte de Luciana, me sobraba tiempo. Mi personal bien preparado se aseguraba de que la bodega fuese como la seda y la cúpula directiva que ella había organizado antes de morir se ocupaba de nuestros intereses comerciales. Lo había pensado, planificado y previsto todo, con la única salvedad de mi persona. Me complacía ver atisbos de Luciana en Sofia y en Luca, pero no me bastaba con atisbos. La echaba muchísimo de menos.

Mi vida y nuestro hogar estaban desiertos sin ella. Me mudé a otro dormitorio cuando ya no pude soportar los restos de sus perfumes cítricos que aún perduraban en los tejidos del nuestro. Anhelaba tanto su presencia que me desorientaba. Quería convencerme de que su muerte había sido un sueño espantoso y que, cuando despertara, la encontraría en el jardín, enfrascada en una novela o charlando con los vendimiadores. Nunca ocurrió, claro; estaba solo en mi coma.

Me costaba concentrarme en nada mucho tiempo y, si no me hacía listas de cosas pendientes, se me olvidaban las tareas de una hora a la siguiente. Aquel dolor tan intenso me paralizaba.

Cuando Luca y Sofia no estaban en casa, pasaba el tiempo bajando al pueblo, donde me instalaba en la terraza del café Senatori y saboreaba un café con leche espolvoreado con canela. Observar a la gente aliviaba un poco mi soledad. Estudiaba a los turistas que pasaban por delante de mí e intentaba detectar signos evidentes de su «britanidad»: la piel blanca como la leche o quemada por el sol, el calzado deportivo para cualquier ocasión…

De vez en cuando, me preguntaba si reconocería a alguno de mis otros hijos si lo tuviera delante. Seguramente ni ellos ni yo llegaríamos a saber que habíamos estado a un paso de alguien de nuestra sangre. Recordaba partes de ellos, como la forma de los ojos, el color del pelo, la estructura ósea, pero no era capaz de unir las piezas para convertirlos en otra cosa que no fuesen fragmentos de niños.

Luca me recordaba a James en los hoyuelos que se le hacían en las mejillas cuando reía o en que apoyaba el tobillo en la espinilla de la otra pierna cuando dormía.

Sofia era una amalgama de lo mejor de Luciana y lo peor de Doreen, y eso me aterraba. A medida que se hacía mayor, se iba volviendo más apática. Yo admiraba el espíritu independiente de su madre, pero rezaba para que no siguiera los pasos de su abuela. Deseaba que se tomara la molestia de oler las flores que tenía a sus pies antes de pisotearlas. Quería a Sofia como cualquier padre quiere a su hija, pero fui apartándome de ella poco a poco, consciente de que jamás podría poner freno a su verdadera naturaleza.

Luca era el polo opuesto y reconozco que invertía más en nuestra relación que en la que tenía con su hermana. Quizá intentaba replicar con el segundo hijo de mi tercera vida lo que había tenido con mi primogénito. Hasta le compré por su cumpleaños una guitarra acústica como la que le había regalado a James, solo que él no la dejó abandonada como había hecho su hermano. Sonreí al recordar lo que me había costado intentar enseñarle a James los tres acordes de Mull of Kintyre.

Cuando creció, Luca descubrió el rock y en particular a una banda británica de éxito internacional llamada Driver. No conseguía librarme de su obsesión con ellos: cuando su música no tronaba en el equipo de su cuarto, reventaba los altavoces de mi automóvil.

Hacía más o menos un mes, se había quedado hecho polvo cuando el despertador no le había sonado la mañana en que habían salido a la venta las entradas para la gira italiana del grupo. Desde entonces, lo había visto lloriquear por la villa, maldiciéndolo.

De pronto, el sonido de una motocicleta interrumpió mi descanso matinal deteniéndose delante del café. Un mensajero se quitó el casco negro y se dirigió a mí.

—¿Signor Marcanio? —preguntó.

Asentí con la cabeza y me entregó un sobre acolchado de color marrón. Le di las gracias, me levanté de la silla y empecé a subir despacio la cuesta que conducía a nuestra casa.

Esperaba que al menos uno de los niños estuviera allí para llenar sus pasillos vacíos de la vida que se les había arrebatado.

 

2 DE ABRIL

 

Luca me sonrió feliz cuando abrió el sobre y encontró dentro dos entradas para el concierto de Driver.

—¿Cómo, papá?

—Tengo mis contactos —respondí con esa sonrisa misteriosa que los padres esbozan solo cuando quieren demostrar que aún son de algún valor a sus hijos mayores. Había tirado de algunos hilos con el gerente del local donde tocaban, al que suministraba vino, y lo había mantenido en secreto hasta unos días antes de nuestro vuelo.

—Bueno, ¿quiénes son esos greñudos? —pregunté, señalando una fotografía del grupo que Luca tenía en la pantalla del ordenador.

—Ese es Keven Butler, el cantante y bajista —empezó, emocionado—; a la batería, Paul Goodman; al teclado, David Webb; y James Nicholson a la guitarra.

Pasaron dos segundos hasta que procesé el último nombre.

—¿James Nicholson? —repetí.

Con un clic del ratón, Luca amplió una imagen en miniatura. Supe enseguida que el que tenía delante era un hombre al que solo había conocido de niño. El pelo castaño oscuro le llegaba por los hombros, tenía una barba incipiente en las mejillas y la barbilla, y las espaldas anchas, pero su sonrisa y la chispa de sus ojos verdes no dejaban lugar a la duda.

«No —me dije—. La cabeza te está jugando una mala pasada otra vez».

—¿Podrías traerme una botella de agua mientras leo cosas de ellos? —le pregunté a Luca por ver si conseguía tranquilizarme.

Mientras él bajaba corriendo a la cocina, tecleé «James Nicholson» en el motor de búsqueda y aparecieron miles de coincidencias. Acoté la búsqueda, probando con «James Nicholson» y «Northampton» y encontré montones de alusiones a los dos juntos. Hice clic en su página de la Wikipedia, que me confirmó su fecha de nacimiento: el 8 de octubre.

Me recosté en el asiento y noté que palidecía. Era James. Era mi James. Estaba viendo una fotografía del hijo al que había abandonado. Repasé los artículos de prensa y encontré una entrevista:

James, el mayor de tres hermanos, fue educado por su madre después de que su padre desapareciera repentinamente. «No recuerdo mucho de él», me dice James, al que sin duda incomoda el tema. «Sé bien que nos quería, pero cuando desapareció nuestras vidas cambiaron para siempre».

Paré y cerré los ojos. Mis fantasmas me habían dado caza:

«Nadie sabe qué le ocurrió. Aunque la que peor lo pasó fue mamá… Todos los que lo conocieron dicen que era impropio de él evaporarse así y que algo le había pasado. Lo peor es que probablemente nunca lo sepamos. ¿Que si aún pienso en él? Sí, por supuesto. No todos los días, puede que ni siquiera todas las semanas, pero siempre lo tengo en mente, siempre anda por ahí».

Fui un ingenuo y un imbécil por no prever lo mucho que lo atormentaría la incertidumbre. Levanté la vista a la pared que tenía delante y vi un póster de Driver que me miraba fijamente. Había pasado por delante de él decenas de veces sin saber que tenía a mi hijo en casa.

—Es un guitarrista increíble —dijo Luca cuando volvió con mi bebida, ajeno al terremoto que sacudía a su padre—. Me ha estado dando consejos.

—¿Has hablado con él? —Me latía el corazón más rápido de lo que jamás había creído posible—. ¿Cómo?

—Por Twitter. Le escribí para decirle que me parece buenísimo y que yo también toco la guitarra. No sé por qué, pero le dije que tenía problemas con un solo acorde y me contestó dándome consejos y llevamos unas semanas mandándonos privados. ¿Te imaginas la de chicos que le deben de escribir? Sin embargo, me ha contestado a mí. Es muy guay.

Mis dos hijos se habían estado comunicando desde extremos opuestos de Europa sin que ninguno de los dos supiera quién es el otro en realidad.

—¡Qué bien! —contesté, y luego puse una excusa para retirarme al balcón de mi cuarto a que me diera el aire.

Al encargar las entradas de Luca había destapado sin querer la caja de Pandora, pero lo que más miedo me daba no era verme obligado a hacer frente a mi pasado, sino que a lo mejor sí estaba preparado para hacerlo.

 

ROMA, ITALIA,

7 DE ABRIL

Apenas notaba la humedad que se deslizaba por las paredes ni lo que me pitaban los oídos mientras mi hijo James tocaba un enérgico solo de guitarra sobre el colosal escenario que tenía delante. Mientras todos los que nos rodeaban vitoreaban y cantaban, yo permanecía inmóvil en el recinto del PalaLottomatica, mirándolo admirado. Luca hacía lo mismo, pero por distintas razones.

Se me estaba poniendo la carne de gallina y me picaba, pero era incapaz de apartar la vista del chico al que un día había querido olvidar. Me pregunté cómo aquel chiquillo flacucho y nervioso que se había orinado en el disfraz de pastor durante la obra de Navidad del colegio había logrado el dominio y la confianza necesarios para enfrentarse a diez mil desconocidos. Creo que, cuando las luces del estadio volvieron a iluminar el recinto, no me había enterado de la letra de ni una de las canciones, ni sabía cuánto tiempo había estado Driver en el escenario.

—Ven, papá —me gritó Luca, tirándome del brazo. Sin embargo, en lugar de dirigirse a una de las salidas, me arrastró en contra de la masa humana hacia las vallas metálicas del lateral del escenario.

—Esta no es la salida —protesté, mientras iba aplastando con los pies recipientes de cartón y botellas de plástico vacíos.

—Ya lo sé… ¡vamos a conocer al grupo! —dijo sonriendo—. Le he mandado un tuit a James y le he dicho que conseguiste entradas, y nos ha puesto en la lista de invitados a la fiesta de después del concierto.

Mi mente desprevenida repasó a toda velocidad una lista de excusas.

—No podemos, eres demasiado joven —fue lo único que se me ocurrió con tan poco tiempo.

—Tengo dieciséis años —canturreó él, tirando aún más de mí—. Es guay.

—Luca, no. Es tarde. Estoy cansado. Vámonos al hotel.

Se detuvo en seco y me miró desolado.

—¡Papá! Por favor… —me suplicó.

Estaba deseando decirle que no podíamos conocer a su héroe porque, por extraño que pareciera, corría la misma sangre por sus venas. Ver tocar a James a un paso de mí era una cosa, pero estar en la misma habitación que él cuando conociera a su hermanastro no era algo para lo que yo estuviera preparado.

Le había prometido a Luciana que me reconciliaría con mi pasado, pero no era el momento oportuno. Maldije a Dios por gastarme otra de sus bromitas de mal gusto.

—Luca Marcanio —le gritó mi hijo a un calvo inmenso que blandía un portapapeles de pinza y unos auriculares de diadema—. Estamos en la lista.

El tipo nos miró con recelo, comprobó el listado, tachó nuestros nombres y nos condujo a camerinos con un gruñido. Con la respiración entrecortada, entré con Luca en un pasadizo encalado, aséptico, y seguimos el sonido de una música lejana. Por fin, doblamos una esquina y dimos con un bar y un grupo de jóvenes bebiendo y comiendo canapés exóticos de las bandejas de las camareras.

Luca agarró dos botellas de cristal de Coca Cola de un cubo lleno de hielo y me pasó una. Yo me pegué la mía a la muñeca con la esperanza de que me bajase la fiebre que me estaba dando. Él fue señalando a los otros miembros del grupo uno por uno mientras exploraba la sala, buscando desesperadamente a James.

Su héroe apareció por fin, vestido con unos vaqueros negros, un cinturón con una cabeza de carnero de plata por hebilla y una camisa blanca. Rápido como el rayo, Luca se acercó corriendo a él.

Los miré con atención, a una distancia prudencial, mientras se estrechaban la mano. Tenían el mismo pelo oscuro y ondulado, el mismo hoyuelo en la barbilla y mis ojos verdes. Me pregunté si solamente a mí me sorprendía el parecido entre los dos.

Di por supuesto que James sería cortés pero breve con él. Sin embargo, lo trató como si fueran viejos amigos. Intenté mezclarme con la gente, pero aquellos dos pares de ojos idénticos me localizaron.

—¡Papá! —Miré al suelo, fingiendo no haberlo oído, con el estómago revuelto—. ¡Papá! —repitió Luca un poco más alto.

No me quedaba otra que levantar la vista. Me hizo una seña para que me acercara. Lo hice, y noté que me flojeaban las piernas.

—Este es James.

Me sonrió y me tendió la mano para saludarme. Llevaba las uñas pintadas de negro, luego me fijé en los gemelos. Eran de color rojo rubí con cuadraditos negros en el centro. Catherine me los había regalado por mi trigésimo cumpleaños, el día en que todo había cambiado.

—Encantado de conocerlo, señor Marcanio —dijo—. Tiene un hijo estupendo.

—Gracias por invitarnos —fue lo único que se me ocurrió.

—¡Anda, un compatriota británico! —dijo James, e inició conmigo una conversación que yo no sabía cómo seguir. Solo quería abrazarlo sin darle ninguna explicación y marcharme—. ¿De dónde es? —siguió.

—He viajado mucho.

—Es del mismo sitio que tú —terció Luca, y me arrepentí inmediatamente de haberle contado algunos detalles de los orígenes de su padre.

—¿De Northampton? ¡No puede ser! ¡Qué pequeño es el mundo! — respondió James—. ¿Cuánto tiempo lleva en Italia?

—Unos dieciocho años.

—Papá me regaló mi primera guitarra —dijo Luca con orgullo, sonriéndome.

—Así es como empecé yo en esto de la música: mi padre hizo lo mismo conmigo —dijo James—. Aún la tengo, aunque está un poco estropeada ya. Me enseñó a tocar Mull of Kintyre con ella, pero, al principio, era bastante malo. —Tragué saliva. Con todos los años que había estado ausente de su vida, aún recordaba eso. Todavía ocupaba un sitio en sus recuerdos—. La tengo en casa de mi madre. Ella no para de amenazarme con venderla por eBay.

Rio. Me fijé en que había dicho «no para de», en presente, lo que significaba que Catherine seguía viva.

—¿Aún vive en Northampton? —pregunté sin pensar.

—Sí, ha vivido ahí toda la vida. Yo no tengo muchas ocasiones de volver por allí, pero, cuando lo hago, siempre me alojo en su casa. ¿Va usted mucho de visita?

—No, hace un tiempo que no voy.

De pronto, una joven apareció detrás de James y le pasó una guitarra eléctrica Gibson Les Paul de color rojo oscuro.

—Esto es para ti, Luca —dijo, y se la entregó a su hermano, que estaba demasiado pasmado para responder—. Si sigues ensayando mucho, no hay razón para que no estés haciendo lo mismo que yo dentro de unos años.

—Grazie, grazie —dijo Luca sin aliento—. Te… te prometo que la cuidaré bien.

—No la cuides, úsala. ¡Tócala hasta desgastarla!

Luca aceptó el regalo como si Jesucristo lo hubiera bendecido y la abrazó con fuerza. Un tipo le dio un toque en el hombro a James y le susurró algo al oído.

—Luca, ha sido un placer conocerte, pero tengo que grabar. Cuando consigas bordar el solo de Find Your Way Home, mándame un MP3 por correo electrónico.

—Lo haré, lo haré.

James se volvió hacia mí.

—Encantado de conocerlo a usted también… Perdone, ¿cómo ha dicho que se llamaba?

—Se llama Simon —dijo Luca antes de que me diera tiempo a contestar.

De pronto ocurrió algo. Algo tan infinitesimalmente pequeño que, de haberlo congelado en la pantalla de un televisor, solo James y yo lo habríamos percibido.

Me reconoció.

Mientras me estrechaba la mano, por una milésima de segundo, sus iris se dilataron y el apretón perdió fuerza. Sabía exactamente lo que estaba pensando. Al principio, se había preguntado si nos conocíamos de algo. Luego, mi nombre y mi lugar de origen le habían hecho pensar en su padre. Ahora se estaba planteando la posibilidad de que no hubiera muerto después de todo y lo tuviera delante en ese momento.

Estaría intentando recordar de su niñez la voz y el aspecto de su padre — el aroma de su loción de afeitado, el lado en el que se hacía la raya, la postura, el sonido de su risa y la forma de su sonrisa— y comparándolos con los del desconocido que tenía delante. Luego recobró la razón y se dio cuenta de que eran cosas de su imaginación. El destino no funcionaba así, y se estaría sintiendo imbécil por pensarlo siquiera.

Recobró la compostura, sus iris recuperaron su tamaño y su apretón volvió a ser fuerte.

—Nos vemos en otra ocasión —dijo, sonriendo, y siguió a su asistente.

Luca daba saltos de emoción, contentísimo, y hablaba atropelladamente, pero yo no lo oía, porque seguía con la vista a James, que, mientras se alejaba, volvió la cabeza una última vez para mirarme y luego desapareció de mi vida tan rápido como había aparecido.

 

MONTEFALCO, ITALIA,

19 DE DICIEMBRE

 

Mi chófer estacionó el Bentley delante de la villa y bajó a abrirme la puerta. Sonreí a una doncella cuyo nombre no recordaba y que coqueteaba con un joven y guapo manitas. Me dirigí a uno de los patios, desde el que podía verse nuestro valle de viñedos.

Inspeccioné el cielo en busca de un fumigador invisible que producía un suave zumbido. Las cigarras cantaban, frotando las alas con la esperanza de encontrar pareja. El horizonte que había contemplado tan a menudo con absoluta claridad parecía una pintura al óleo derretida ahora que el sol fundía en uno cielo, campo y lago.

Esta es tu vida, Simon, no aquella que abandonaste —oí decir a una voz hacía tiempo olvidada—. Esta es tu realidad.

Pero mi realidad estaba vacía sin Luciana.

Habían pasado ocho meses desde que James y yo habíamos respirado el mismo aire y seguía sin pensar en otra cosa que en él. Y por más que me repetía que su mundo era un sitio mejor mientras ignorara mi existencia, empezaba a derrumbarme bajo la presión de continuar siendo un secreto con la promesa que había hecho.

Desde ese día, todo lo que había guardado en cajas bien cerradas se había escapado. Me perseguían un montón de recuerdos desbocados que me desorientaban. Mi amor tenía razón cuando me había dicho que debía encontrar la paz. Quizá entonces volviera a sentirme más como mi antiguo yo.

Debía averiguar qué había sido de Catherine y de nuestros otros dos hijos. Ella merecía saber que yo seguía vivo y qué había hecho para que me fuera. Además, había cosas que necesitaba que entendiera.

Se me agotaba el tiempo porque el destino amenazaba con borrar una vida que ella no sabía que había vivido. Estaba casi listo para enfrentarme a ella.

 

CATHERINE

 

NORTHAMPTON, UN AÑO ANTES,

3 DE FEBRERO

 

Esa noche soñé con Simon. No sé qué provocó su reaparición, porque hacía años que no me visitaba, pero, de repente, estaba allí, tan joven y tan guapo como lo recordaba, plantado en mi jardín, podando mis rosales rosados. Oscar aún era un cachorro y daba brincos, nervioso, alrededor de sus pies descalzos.

—¿A qué has venido? —le pregunté, ni disgustada ni contenta de verlo.

No contestó.

—Simon —repetí con rotundidad—. ¿A qué has venido?

Nada, otra vez, y entonces me dieron ganas de darle una bofetada y aporrearle el pecho con los puños como hacían las mujeres agraviadas en las películas en blanco y negro. Pero el momento pasó enseguida y, en su lugar, le pasé los brazos por los hombros y lo besé en la mejilla.

—Adiós, Simon —le dije, y sonreí; luego le di la espalda y me marché.

Entonces oí su voz por primera vez desde que me había dejado, hacía veinticuatro años:

—Kitty, ¿adónde vas? —me preguntó, pero yo no contesté ni me volví. Me dirigí a la cocina y cerré despacio la puerta, a él, a lo nuestro.

Me desperté, desorientada, y para asegurarme de que no era un sueño, descorrí las cortinas y miré el jardín vacío. Sonreí para mis adentros; luego volví a meterme en la cama, me puse de lado y le pasé el brazo por encima del pecho a Edward.

—¿Va todo bien? —balbució él.

—Perfecto —contesté—. Vuelve a dormirte, doctor.

 

15 DE ABRIL

 

Para mí, que mi cáncer hubiera remitido era como cuando un soldado vuelve a casa después de la guerra. Pones tu vida en juego para hacer frente a un enemigo desconocido que quiere matarte. Después, si tienes la suerte de volver a casa de una pieza, te cuesta una barbaridad volver a encontrar tu sitio en el mundo que dejaste atrás.

Mientras yo andaba peleando, todos los demás habían seguido haciendo su vida. Selena dirigía mis empresas de forma más que competente; los niños habían vuelto al trabajo y ya no se preocupaban por mí a todas horas. En resumen, nada había cambiado, salvo para mí. Estaba inquieta. Había conseguido mucho y estaba preparada para compartirlo con otra persona. Y el doctor Edward Lewis fue esa persona que quiso hacer el viaje conmigo.

El día que me dijo que la radioterapia había sido un éxito, le pedí que saliera a cenar conmigo.

—Habrás recibido montones de ofertas de mujeres solteras —le dije cuando ya estábamos en una marisquería muy pija del pueblo.

—Supongo que sí, y de no solteras también —añadió, ruborizándose—. Pero suelo rechazarlas educadamente.

—¿Debo sentirme halagada, entonces?

Sonrió.

—Lo cierto es que no tenía interés en conocer a nadie, ni siquiera platónicamente. Me sentía afortunado por haber estado casado veintisiete años con una mujer maravillosa, y pensaba que probablemente no merecía una segunda oportunidad.

—Si algo he aprendido en la vida es que todos tenemos derecho a otra oportunidad. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—Durante tu tratamiento, no te he oído autocompadecerte ni una sola vez. Has demostrado arrojo y fortaleza, y sé lo buena persona que eres por lo mucho que te quieren tus hijos.

—Bueno, tengo mis momentos.

—Todos los tenemos, pero tú y yo no cedemos a ellos mucho rato.

Tocado y hundido, me enamoré de Edward. Nuestro noviazgo incipiente fue de atrás adelante. Él ya me había visto en mi peor momento, con un aspecto espantoso y un pie en la tumba, pero eso no lo había desalentado.

Poco a poco nuestras salidas nocturnas empezaron a ser más frecuentes y, cuando no estábamos juntos, yo quería estar con él. Era cariñoso, atento y tenía un gran sentido de la aventura y la espontaneidad. Me hacía sentir joven y fresca y, como yo, él descubrió que le gustaba tener pareja.

Su difunta esposa, Pamela, había muerto de repente de un infarto hacía seis años y él se había acostumbrado como había podido a la vida de viudo. Le fastidiaba que les hubieran arrebatado la posibilidad de jubilarse anticipadamente para compensar los años que habían estado separados por culpa del trabajo de él mientras ella criaba a sus hijos, Richard y Patrick. Como uno estaba estudiando Económicas en Cambridge y el otro trabajaba en el mundo de las finanzas, en Holanda, reconocía que, estando solo, los días se le hacían muy largos. Yo entendía cómo se sentía. Lo había vivido durante veinticuatro años.

Volví a presentárselo a mis hijos, pero esa vez como Edward, no como el doctor Lewis, y poco a poco nuestras familias fueron integrándose cuando él empezó a frecuentar nuestro comedor.

Me devolvió la vida no solo una vez, sino dos.

 

19 DE DICIEMBRE

Un automóvil de color gris oscuro con las lunas tintadas y muchas puertas se detuvo a la entrada de mi casa seis días antes de Navidad. Llamaron a la puerta con tanta fuerza que se estremeció la hiedra. Al abrir me encontré con un joven chófer uniformado que, con una gorra de plato gris bien sujeta bajo el brazo, me ofreció un sobre.

«Tu maleta está debajo de la cama —rezaba una nota manuscrita de Edward—. Mete suficiente ropa de abrigo para una semana. Dispones solo de treinta minutos. Te quiero, Edward».

—¿Adónde voy? —le pregunté al chófer, divertida.

—No me está permitido decírselo, señora. —Sonrió—. Pero tengo orden estricta de llevarla allí a tiempo.

Mi trabajo y mi familia me habían hecho experta en cuadrar horarios y planificar con antelación, así que no estaba muy habituada a la espontaneidad hasta que llegó Edward. Le encantaban las sorpresitas de última hora, ya fuese una cena en una barcaza de alquiler o una clase de golf en Gleneagles. De modo que revolví por ahí en busca de ropa adecuada y le mandé un mensaje a Emily para advertirle que me iba de escapada con Edward otra vez.

Hora y media después, nos deteníamos a la entrada de la terminal 4 de Heathrow. Edward estaba esperándome allí, junto a la puerta giratoria, con su maleta. Sonrió.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—A ver a Holly —contestó, y señaló el panel de salidas.

Cuando caí en la cuenta de adónde nos dirigíamos, me colgué de su cuello como un niño que ve a Santa Claus por primera vez.

Había querido viajar a Nueva York desde niña. Desayuno con diamantes era la única película que mi madre me había llevado a ver y la había visto decenas de veces desde entonces. Crecí anhelando la vida alegre de Holly Golightly, en lugar de la triste que mis padres me habían obligado a vivir.

Las paredes de los dormitorios de mis amigos estaban cubiertas de pósteres de los Beatles y de Elvis, pero las del mío estaban decoradas con postales en blanco y negro de Audrey Hepburn. Fingía que era mi hermana mayor, desaparecida hacía tiempo, y mientras yo seguía en la prensa todos sus movimientos, mamá se inspiraba en su guardarropa.

Ahora que lo pienso, seguro que la gente se reía de mi madre a sus espaldas cuando se paseaba por el pueblo vestida con sus pañuelos de diseño y sus estilosos sombreros aun en pleno verano. Pero a ella le daba igual, y esa era una de las pocas cosas de ella que yo admiraba verdaderamente. Audrey nos ofrecía a las dos una vía de escape.

Y no sé si porque Desayuno con diamantes fue lo único de sí misma que mi madre me dio jamás, o por el atractivo de una ciudad mágica al otro lado del charco que tenía más amor que ofrecerme que mis propios padres, Nueva York era un lugar con el que había fantaseado toda la vida.

Nunca había encontrado el momento para ir, o quizá me diera miedo que no respondiese a mis expectativas infantiles, pero a Edward una agenda apretada o el miedo a la decepción nunca le impedían perseguir un sueño.

En cuanto aterrizamos y nos registramos en el hotel, aún no nos había dado tiempo a deshacer las maletas cuando Edward me llevó a Tiffany & Co., en la Quinta Avenida. Era exactamente tan atemporal como lo había imaginado. Pensaba que mi día no podía ser más perfecto, hasta que me vi curioseando en los expositores de cristal y probándome pulseras y gargantillas resplandecientes expuestas en estuches tan azules como huevos de mirlo de primavera. Sonreí al ver una fotografía de Audrey colgada en una pared de la segunda planta. Estaba en mi salsa, pero, como siempre, Edward encontró un modo de mejorarlo aún más.

Me llevó al centro de la tienda, me tomó ambas manos y, aclarándose la garganta, consiguió que todos los presentes guardaran silencio.

—¿Qué haces? —le pregunté, notando que me ponía colorada.

—Jamás pensé que volvería a hacer esta pregunta, pero, Catherine, ¿me harías el honor de ser mi esposa?

Abrí tanto los ojos que creí que se me iban a salir de las órbitas.

—Sí, por supuesto —dije sollozando mientras los empleados y los clientes empezaban a aplaudirnos.

—Está todo listo, doctor Lewis —sonrió un gerente vestido con un elegante traje a medida, y subimos con él a una sala de exhibición privada. Filas y filas de centelleantes anillos se habían dispuesto delante de nosotros en cojincitos oscuros, como estrellas en nuestro universo particular.

—No creo en los compromisos largos, así que ¿por qué no eliges mejor un anillo de boda? —me propuso Edward.

No se lo iba a discutir. Así que, después de pensármelo mucho, elegí una alianza de oro empedrada de diamantes que pedía a gritos que me la calzara en el dedo. Y en cuanto la colocaron en su estuche y este lo metieron en la célebre bolsa de Tiffany’s, salí de la tienda y volví flotando al hotel, consciente de que había privado a la Gran Manzana de una joyaza de veinticuatro quilates.

Holly tenía razón: a quien te ayudase a recuperar la confianza le debías mucho.

Más tarde, como estábamos demasiado emocionados para rendirnos al desfase horario, Edward y yo fuimos a celebrarlo a un restaurante italiano de Manhattan que le había recomendado un amigo suyo. Cuando me abrió la puerta de vidrio esmerilado, casi me caí de espaldas ante el inmenso alboroto que me recibió. Delante de mí estaban sentados mi familia y mis amigos, con copas de champán en alto, como cuernos de Gabriel.

Edward les había pagado el viaje a Nueva York a mis hijos, sus parejas y mi nieta para que estuviera allí esa mañana. James venía de México, donde estaba de gira, y Roger, Tom, Amanda y Selena habían llegado el día anterior con los hijos de Edward. Steven y Baishali habían viajado directamente desde su villa en el sur de Francia, y hasta la madrastra de Simon, Shirley, había superado su miedo de toda la vida a los aviones para volar por primera vez en ochenta y siete años.

—Edward nos ha ido llamando a todos, uno a uno, para pedirnos nuestra bendición —susurró Emily—. Si tú llegas a decir que no, ¡Shirley habría dicho que sí!

No pensé que fuera posible amar tanto a alguien como yo amaba a Edward en ese momento. Habría hecho cualquier cosa por él, con una excepción: contarle la verdadera razón por la que Simon nos había dejado. Shirley y yo nos habíamos guardado ese secreto para nosotras.

—Supongo que se acabaron las sorpresas por hoy… —dije luego, mientras saboreaba una deliciosa tarta de queso amaretto—. Porque no sé cuánto más van a poder soportar mis nervios.

Sonrió.

—Aún queda una cosita más que debemos hacer, pero para eso tendrás que esperar hasta mañana.

 

20 DE DICIEMBRE

 

Mientras el coro infantil Five Boroughs cantaba Silent Night, me deslicé por la alfombra malva rumbo al altar de hierro blanco de Central Park.

El precioso vestido de novia de Vera Wang que Selena había elegido para mí me quedaba perfecto. Mis damas de honor —Emily y mi nieta Olivia— llegaron al sacerdote antes que yo, que iba agarrada a los brazos de mis hijos como si me fuera la vida en ello. Las bombillas de colorines que forraban el pedestal se reflejaban en la capa de nieve en polvo que cubría el suelo. Saludé a mi futuro marido y a sus dos padrinos, mis nuevos hijastros.

Y cuando, mirando a la cara al amor de mi vida que tanto me había costado encontrar, sollocé «Sí, quiero», refulgía de tal modo por dentro que me fue imposible notar las gélidas temperaturas de diciembre.

 

HOY, A LAS 19:05

 

Catherine había aullado de rabia, había intentado darle lástima y apelado, a regañadientes, a su buen corazón, pero no había servido de nada. Aún no le había dado ni una sola razón que explicase su marcha repentina.

Sin embargo, el ánimo de la sala, concretamente el suyo, había cambiado. Cuando había hablado de James, lo había notado atormentado por el remordimiento, y era por algo más que porque le recordase a la familia que había abandonado o por una promesa hecha a una muerta.

Iba a tener que cambiar de estrategia si quería obtener respuestas.

—¿Por qué ahora? —insistió, serena—. ¿Has dicho que se te acababa el tiempo? ¿Es porque nos hacemos mayores?

Simon paseó la mirada por la habitación. Miraba hacia delante, a los lados, pero no la miraba a ella directamente. Se mordía distraído el carrillo hasta hacerse daño.

Ella no tenía claro si había decidido ignorar la pregunta o había oído algo completamente distinto. Se había vuelto impenetrable.

—¿Qué es lo que tienes que arreglar conmigo, Simon? —le dijo, como si hablase con un niño asustado—. ¿Qué necesitas que sepa?

Era como si lo hubiera despertado de un mal sueño y el entorno desconocido lo estuviera confundiendo más. Envejecía delante de sus ojos y eso la alarmó.

Dejó de analizarlo a él y empezó a preguntarse por qué la preocupaba un hombre al que ella le había importado un pimiento. Pero ella era así. Y él lo estaba pasando mal.

Aun después de enterarse del brutal asesinato de Paula, ya no le tenía miedo. Incluso el odio había mermado un poco. Ahora sentía lástima por aquel ser visiblemente atormentado que tenía delante. Mientras hablaban, se había preguntado en varias ocasiones si él la estaba escuchando, porque su semblante pasaba de la atención a la distracción en cuestión de segundos. Sus ausencias le recordaban a otra persona, y repasó mentalmente los rostros de toda una vida, intentando averiguar a quién.

Simon notó el sabor a sangre del mordisco que se había dado en el carrillo. Volvió a apretar los puños. Sabía que se le había empañado la vista y se le había ralentizado el cerebro, pero no podía hacer otra cosa que esperar a que se le pasara, como siempre. Se clavó las uñas en las palmas de las manos con la esperanza de que eso le permitiera centrarse en lo que debía decir.

Había escuchado intermitentemente el relato de la segunda boda de ella y ahora le costaba responder. Sus palabras se encontraban atrapadas en un remolino y cuanto más rápido nadaba él más chocaban unas con otras.

—Me noto el cerebro como un queso suizo —le había dicho al doctor Salvatore.

Su médico de cabecera le había advertido que ese era uno de los síntomas. Llevaba un año viviendo así, culpando a la pena, al estrés y al remordimiento de las alteraciones de su mente, hasta que supo la verdad. Dios le había reservado un último plan. Podría huir de cualquier otra persona del mundo, pero no de sí mismo.

—¡Tienes alzhéimer! —dijo ella, espantada, y lo sobresaltó a él también.

De pronto lo entendió todo. Había visto comportarse igual a Margaret, su antigua mentora en Fabien’s y la madre de Selena. Su marido había vuelto con ella de España para ingresarla en una residencia en Inglaterra después de que se lo diagnosticaran. Catherine había ido a verla muchas veces y, cuando Margaret estaba menos confundida, hablaba con todo lujo de detalles de su pasado. Era como si tuviese que quitárselo todo de encima mientras pudiera.

Y Simon había estado haciendo lo mismo.

La mirada de resignación que le dedicó dijo más de lo que podían decir sus frases liosas. Pronto los recuerdos que compartían le pertenecerían solo a ella.

—¿Por qué te fuiste, Simon? —le preguntó con ternura.

Él la miró fijamente mientras elegía las palabras correctas y las ponía en el orden adecuado.

—Te vi con él —contestó—. Sé lo que hiciste.

Ahora le tocaba a ella mostrarse confundida.

—¿Con quién?

—Con Dougie. Mi mejor amigo. Tenías una aventura con mi mejor amigo.