Cuarteto de otoño

Barbara Pym · Capítulo 9 de 24

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Cuarteto de otoño

Capítulo 9

 

 

—Así que usted es la señorita Crowe.

No era el saludo más cálido del mundo, opinaba Letty, pero no le quedaba otra que confirmar que efectivamente era la señorita Crowe y suponer que la mujer que estaba asomada a la puerta entreabierta debía de ser la señora Pope. ¿Y por qué tendría que esperar un trato cálido cuando la relación que se establecería entre ellas era la de arrendadora y arrendataria? La calidez no era ni mucho menos algo que podía darse por sentado. Era obvio que no debía haber esperado demasiada calidez cuando constató que el taxi la conducía hacia una zona que le parecía muy muy al norte, aunque el código postal fuese solo el NW6.

No faltaba mucho para la Navidad, era el día de Santa Lucía, tal como Edwin le había recordado, pese a que la santa no parecía tener ninguna relevancia particular para la mudanza. Norman, por supuesto, le dio mucha importancia al hecho de que fuera el día más corto del año.

—No te retrases —le aconsejó—. No querrás verte dando vueltas sin rumbo y de noche en un barrio desconocido.

—Hay que andar con mucho ojo —prosiguió la señora Pope, abriendo la puerta un poco más—. Hoy día hay mucho impostor suelto.

Letty no pudo por menos que darle la razón, aunque pensó que la señora Pope no era el tipo de persona que se dejaría embaucar fácilmente por un impostor. Pese a que la impresión y la descripción que le había transmitido Edwin habían sido meramente la de una mujer de ochenta años que estaba «estupenda para su edad», Letty percibía ahora que se trataba de una figura imponente con rasgos nobles, casi romanos, y una frondosa mata de pelo blanco y recio, de ese que a veces se describía como «abundante», recogido en un moño recargado y pasado de moda.

Después de la vitalidad y la calidez de la casa del señor Olatunde, la de la señora Pope le resultó sombría y silenciosa, con sus pesados muebles oscuros y el tictac del reloj del abuelo, un tictac que la mantendría en vela hasta que se acostumbrara. La señora Pope le enseñó a Letty la cocina, donde podría prepararse la comida, y un armario, donde podría guardarla. El baño y el aseo se los indicó con gestos, por no ser el tipo de cuartos que se le enseñaba a la gente. La ventana del aseo —Letty se fijó al entrar— daba a unos jardines traseros, con tocones ennegrecidos sobre la tierra escarchada, y, más allá, a las vías del ferrocarril, donde los trenes pasaban traqueteando en una suerte de región interior que marcaba su primera aparición desde la red del metro. No era realmente el tipo de barrio en el que uno elegiría residir, pero, bueno, era solo algo temporal y, además, «a buen hambre no hay pan duro», tal como Norman no dudó un instante en recordarle.

El cuarto en sí era bastante agradable, con escaso mobiliario, lo que era algo positivo, y había un lavabo con agua fría y caliente, como Edwin le había dicho. Letty se sintió como una institutriz de una novela victoriana que llega a un nuevo puesto de trabajo, salvo porque aquí no habría niños ni tampoco ninguna posibilidad de entablar una relación romántica con el dueño viudo de la casa o con un apuesto hijo de la familia. Su propia situación en particular difícilmente había existido en el pasado, pues ahora lo más probable era que quien llegara a la casa de unos desconocidos fuera la trabajadora soltera, la mujer de negocios independiente de los anuncios. Letty se había encontrado no pocas veces repitiendo aquel ritual, colocando su ropa en los cajones y el ropero correspondientes y sacando sus pertenencias personales, los objetos que podrían dar alguna pista respecto al tipo de persona que era. Estaban sus libros, antologías de poesía, aunque nada posterior al viejo Poemas de hoy. Segunda serie de hacía varias décadas, su último préstamo de la biblioteca; su radio transistor, una maceta de jacintos casi en flor y sus labores de punto dentro de una bolsa floreada de cretona. No había ninguna fotografía, ni siquiera de su amiga Marjorie ni de su antigua casa, sus padres, un gato o un perro.

Por lo menos la señora Pope la había dejado a su aire esa primera tarde, pensó Letty, mientras se preparaba una tostada con un huevo escalfado en la silenciosa cocina. Más tarde, acostada e incapaz de conciliar el sueño su primera noche en una cama ajena, que pronto le resultaría tan familiar como su propio cuerpo, cayó en la cuenta de que había tomado cartas en el asunto, había dado el paso y se las había arreglado ella sola. En las horas en vela oyó pasos en el rellano de la escalera y un golpe inesperado. ¿Y si la señora Pope hubiera sufrido una caída? Era una persona anciana y pesada, levantarla sería difícil. Letty esperaba no tener que arreglárselas con ese tipo de cosas ella sola, aunque finalmente se quedó dormida y no volvió a oír nada más.

A la mañana siguiente, en la oficina flotaba cierto aire de expectación, casi de entusiasmo. Todos querían saber cómo le había ido a Letty en su nuevo domicilio. Edwin mostraba una actitud de amo y señor respecto a la mudanza; al fin y al cabo, tenía derecho, puesto que él le había buscado el alojamiento, y los demás opinaban que había obrado muy bien, al librarla, por así decirlo, del señor Olatunde.

—Solo espero que no hayas salido de Guatemala para meterte en Guatepeor —comentó Norman—. Debes andarte con ojo para no acabar cargando con una persona anciana y todo lo que eso conlleva.

—Ah, la señora Pope es muy independiente —se apresuró a puntualizar Edwin—. Forma parte de la comunidad parroquial, en la que además es una miembro muy activa.

—No digo que no —aclaró Norman—, pero de eso no se deduce necesariamente que tenga un perfecto control de sus piernas: ya sabes, podría caerse.

—Sí, eso me puse a pensar yo anoche —dijo Letty—, pero es algo que podría pasarle a cualquiera. Cualquiera podría sufrir una caída.

Nadie pareció dispuesto a entrar en las implicaciones más profundas de lo que Letty acababa de decir, pero en ese momento Edwin repitió lo que pensó la primera vez que sacó el tema con la señora Pope.

—Bueno, las mujeres saben enfrentarse a estas cosas con una facilidad pasmosa —le recordó a Norman con bastante sequedad—. No hay por qué hacer el drama que tú y yo haríamos si nos encontráramos en esa tesitura.

—¡Igualdad de oportunidades! —exclamó Norman—. Esa es una de las cosas que los hombres preferimos dejar en manos de las damas. Además, ¿qué responsabilidad tenemos nosotros en cosas como esa? A ver, respóndeme a eso.

—Ni más ni menos que la misma responsabilidad que cualquier ser humano hacia otro ser humano —respondió Letty—. Yo esperaría poder actuar de la mejor forma.

—Aunque a veces es imprudente mover a una persona que se ha caído — insistió Norman—. Podrías hacerle más daño que otra cosa.

—Lo que hay que hacer es llamar a la ambulancia —apuntó Marcia, interviniendo por primera vez en la conversación—. Los hombres de la ambulancia saben lo que hay que hacer. ¿Puedes usar la cocina cuando quieras? —prosiguió, todavía con un ínfimo deje de culpa por no haberse ofrecido a acoger a Letty, aunque, claro, no habría funcionado, como no dejaba de repetirse a sí misma. Y una vez más se había olvidado de traer la botella de leche a la oficina.

—Sí, me da la impresión de que ese aspecto está solucionado. Me preparé la cena y el desayuno; hay un hornillo eléctrico y estoy acostumbrada a usarlo, y también tengo sitio de sobra para guardar mis cosas.

—Yo tengo que guardarlo todo en una única habitación —explicó Norman.

—A ver, que a buen hambre no hay pan duro, como a ti tanto te gusta recordarnos —apuntó Edwin—. Solo espero que este cambio acabe bien — añadió—. Si surgiera algún problema, me sentiría responsable.

—Pues no debes —lo tranquilizó Letty—. Adaptarse a las circunstancias depende de una.

—Pues de ti depende que funcione —intervino Norman alegremente—. Esa es la clave.

La señora Pope esperó a que Letty se marchara de la casa para salir de la sala de estar de la planta baja y subir las escaleras. «Irá caminando hasta la parada de autobús o la estación de metro», pensó mientras entraba en la habitación de Letty, a sabiendas de que no volvería antes de las seis y media.

Letty no le había pedido la llave de la habitación y la señora Pope opinaba que era su deber comprobar que todo estuviera en orden. Tampoco estaría de más, a juzgar por sus pertenencias, deducir qué clase de persona era su nueva inquilina.

Lo primero que le llamó la atención a la señora Pope fue la pulcritud y el orden. Se llevó una ligera desilusión, ya que esperaba encontrar cosas interesantes desperdigadas por el cuarto. Como es natural, se imaginaba que una persona recomendada por el señor Braithwaite —puesto que para ella no era Edwin a secas— sería alguien respetable, incluso una mujer religiosa, pero cuál fue su sorpresa al descubrir que en la mesita de noche no había ningún libro piadoso, ni siquiera una Biblia, sino solo una novela de la biblioteca de Camden. La señora Pope habría sentido respeto por una biografía, pero no le interesaban las novelas y no le prestó mayor atención al libro ni le dio una segunda oportunidad. Al desviar su mirada hasta el lavabo, reparó en los polvos de talco y el desodorante, en un bote de crema nutritiva, un tubo de comprimidos Steradent al lado del dentífrico y varios cepillos de dientes, además de una manopla facial nueva con un estampado de flores. En el armarito encima del lavabo solo había aspirinas y pastillas laxantes naturales, nada de medicamentos exóticos de ningún tipo, aunque también era posible que llevara otras pastillas en el bolso. Sobre el tocador había una selección de cosméticos, todos dispuestos en orden. Después de echar un vistazo de soslayo a la puerta, la señora Pope abrió el cajón superior. Contenía varios pares de calcetines, doblados con primor, medias, guantes, bufandas y un joyerito de piel. En el joyero había un collarcito de perlas, obviamente falsas, dos o tres collares de cuentas, unos cuantos pares de pendientes y dos anillos, uno de oro con medio aro de pequeños diamantes (¿el anillo de compromiso de su madre?), y el otro, con unas alas de mariposa engarzadas en una base barata de plata. «Nada de valor ni de interés», sentenció la señora Pope. En la cómoda guardaba la ropa interior, inmaculadamente limpia y doblada, y jerséis y blusas, igual de pulcros y de limpios. El contenido del ropero era más o menos lo que podría esperarse del resto de la habitación, y la señora Pope hizo poco más que echar una ojeada rápida a los vestidos, trajes y faldas que había colgados. También había un traje pantalón, una de esas prendas que a las mujeres de la edad de Letty les había dado ahora por ponerse, igual de respetable y apropiado que el resto de su vestuario. A la señora Pope solo una prenda le llamó la atención: un kimono de algodón con un estampado bastante alegre que parecía desentonar con el resto de las pertenencias de la señorita Crowe. ¿Habría sido tal vez un regalo de alguien que había sido enviado a las misiones, de algún pariente destinado en algún país lejano? Había ciertas cosas que una no debía preguntar, pero seguro que algún día vería a la señorita Crowe salir del cuarto de baño con él puesto. Decepcionada, la señora Pope bajó de nuevo las escaleras. Lo máximo que podía decir, y apenas parecía suficiente, era que la señorita Crowe parecía ser la inquilina ideal o, por lo menos, no podía deducirse lo contrario.