Cuarteto de otoño
Capítulo 2
Últimamente Letty se topaba muy a menudo con recordatorios de su propia mortalidad o, desde un punto de vista menos poético, las diferentes etapas que conducían a la muerte. Menos obvios que los obituarios del Times y el Telegraph eran lo que ella consideraba visiones «perturbadoras». Esa misma mañana, sin ir más lejos, una mujer, desplomada sobre un asiento en el andén del metro mientras las hordas de la hora punta pasaban junto a ella a toda velocidad, le había recordado tanto a una compañera del colegio que se obligó a volver la vista para asegurarse por completo de que no se trataba de Janet Belling. No parecía que fuera ella, aunque podía haberlo sido, e incluso si no lo era, seguía siendo alguien, una mujer que había llegado al extremo de verse en esa situación. ¿No habría que hacer algo? Mientras Letty vacilaba, una joven, ataviada con una falda larga de color grisáceo y unas botas gastadas, se inclinó sobre la figura desplomada y se dirigió a ella con dulzura. La mujer se irguió de inmediato para gritar con una voz fuerte, peligrosa y fuera de control: «¡Vete a tomar por culo!». Por lo que no podía tratarse de Janet Belling, pensó Letty, con una primera reacción de alivio; Janet jamás habría empleado semejante expresión. Aunque cincuenta años atrás nadie lo hacía; las cosas ahora habían cambiado, por lo que aquello tampoco servía de referente. Mientras tanto, la chica se había alejado con dignidad. Había sido más valiente que Letty.
Aquella mañana era día de colecta. Marcia escudriñó a la joven que había a la entrada de la estación con su bandeja y su hucha, que hacía sonar como reclamo. Era para algo relacionado con el cáncer. Marcia avanzó, triunfal y en silencio, con una moneda de diez peniques en la mano.
La chica sonriente estaba lista, con la insignia en forma de escudito preparada para clavarse en la solapa del abrigo de Marcia.
—Gracias —dijo la chica, mientras la moneda caía repiqueteando dentro de la hucha.
—Una muy buena causa —musitó Marcia— y una que significa mucho para mí. ¿Sabe? A mí también me han…
La muchacha esperó nerviosa el resto de la frase, con la sonrisa desvaneciéndose, pero, igual que a Letty, la hipnotizaron aquellos ojos de tití detrás de las gruesas gafas. Y los prometedores jóvenes a los que podría haber persuadido para que colaborasen empezaron a escabullirse para entrar en la estación, fingiendo ir con prisa.
—Sí, a mí también —repitió Marcia— me han quitado algo.
En ese instante, un señor mayor, atraído por la guapa voluntaria, se acercó a ella y dejó a Marcia con la palabra en la boca, aunque el recuerdo de su hospitalización le duró todo el camino hasta la oficina.
Marcia había sido una de aquellas mujeres que, alentadas por su madre, habían jurado que jamás permitirían que la cuchilla de un cirujano tocase su cuerpo, pues el cuerpo de una mujer era algo muy íntimo. Aunque por supuesto, cuando llegó la hora, no tuvo la posibilidad de oponer resistencia. Sonrió al recordar al señor Strong, el especialista que había llevado a cabo la intervención; mastectomía, histerectomía, apendicectomía, amigdalectomía, todo lo habido y por haber, él podía con todo, o eso era lo que su temple sereno y capaz parecía indicar. Recordó su forma de avanzar en procesión por la sala, rodeado de satélites, cómo ella lo observaba expectante e impaciente hasta el gran momento en que él se detenía junto a su cama y ella lo oía preguntar: «¿Y qué tal sigue la señorita Ivory esta mañana?», de aquel modo casi guasón. Luego, ella le contaba cómo se encontraba y él la escuchaba, haciéndole alguna pregunta de vez en cuando o dirigiéndose a la hermana para pedirle opinión, sustituyendo su aire más bien frívolo por un interés profesional.
Si el cirujano era Dios, los capellanes eran sus pastores, en un escalafón un poco más bajo que los residentes. El primero en ir a verla había sido el católico, joven y apuesto capellán, para explicarle cómo todos necesitamos descansar a veces, pese a que él no daba la impresión de necesitarlo, y cómo estar ingresado en el hospital, por muy desagradable que fuera en muchos aspectos, en ocasiones podía demostrar aquello de que no hay mal que por bien no venga, ya que no existía ninguna situación de la que no se pudiera sacar algo bueno, y en realidad siempre se podía decir que después de la tormenta llega la calma… Prosiguió en esa línea, con tal profusión de encanto irlandés que Marcia tardó un buen rato en atreverse a mencionar que no era católica.
—Ah, entonces debe de ser protestante. —La violencia de la palabra tuvo un efecto contundente, como es lógico para alguien acostumbrado a términos más vagos y suaves como «anglicano» o «Iglesia de Inglaterra»—. De todas formas, me alegro de haber charlado este ratito con usted —admitió—. El capellán protestante pasará a verla.
El capellán anglicano le dio la comunión y, pese a no ser una creyente practicante, Marcia accedió, en parte por superstición, aunque también porque aquello le confirió una suerte de distinción en la sala. Solo otra mujer, además de ella, recibió las atenciones del capellán. Los demás pacientes criticaron su sobrepelliz arrugada y se preguntaron por qué no se buscaba una de nailon o de tergal, y de paso recordaron cómo sus párrocos se negaban a casar a personas o a bautizar a pequeñuelos porque sus padres no iban a la iglesia, y otros ejemplos semejantes de comportamiento irrazonable y poco cristiano.
Era obvio que estando hospitalizada, y sobre todo cuando el capellán la visitaba, a una se le pasaba por la cabeza el tema de la muerte, y Marcia se había planteado la cruel pregunta: si acababa muriéndose, al no tener parientes cercanos, ¿a quién le importaría? Cabía la posibilidad de que la enterraran en una fosa común, si es que esas cosas todavía existían, aunque dejaría dinero suficiente para un funeral; de todas formas, puede que arrojaran su cuerpo a un horno crematorio, nunca lo sabría. Más le valía ser realista. Claro que siempre podía donar ciertos órganos para colaborar con la investigación o con el trasplante de órganos. Esto último presentaba un atractivo irresistible, por estar ligado a la idea del señor Strong, así que Marcia tenía la intención de rellenar el formulario de la última página del folleto que le habían entregado cuando ingresó en el hospital. Pero al final nunca encontró el momento de hacerlo y, además, su operación había sido un éxito y no había muerto. «No moriré, mas viviré», ese era el poema que le había venido a la memoria en aquel momento. Ya no leía poesía, ni para el caso ninguna otra cosa, pero a veces recordaba algún que otro verso suelto.
Aquella mañana, mientras esperaba en el andén, Marcia se fijó en que alguien había garabateado en letras mayúsculas y desnudas: MUERTE A LA MIERDA ASIÁTICA. Se quedó mirando la frase y pronunció las palabras para sí misma, como si reflexionara sobre lo que implicaban. Le evocaron otro recuerdo del hospital, del celador que había empujado su camilla de ruedas hasta el quirófano, con barba y una belleza lejana y majestuosa, con la cabeza y el cuerpo envueltos en una gasa azulada. La había llamado «querida».
Los otros tres levantaron la vista cuando Marcia entró en la oficina.
—Llegas tarde, ¿no? —le espetó Norman.
«Y a él qué más le da», pensó Letty.
—El metro iba con retraso esta mañana —se excusó Marcia.
—Uy, sí —convino Norman—. ¿No lo habéis visto en el tablón de la estación de Holborn? El retraso de los trenes se debía «a una persona bajo el tren en Hammersmith», rezaba el aviso. Una «persona», ¿es eso lo que hay que decir ahora?
—Qué desgracia —comentó Edwin—. A veces uno se pregunta cómo llegan a ocurrir estas tragedias.
Letty se quedó callada, recordando su propia experiencia sobrecogedora. Era posible que aquella mujer un día acabase debajo de un tren. Antes no lo había mencionado, pero ahora lo hizo.
—Válgame Dios —dijo Norman—, tiene toda la pinta de ser un buen ejemplo de alguien que el estado de bienestar ha pasado por alto.
—Podría ocurrirle a cualquiera —añadió Letty—, pero hoy en día no hay necesidad de que nadie acabe en una situación así. —Le echó un vistazo a su falda de tweed, vieja pero recién lavada y planchada; una podía al menos mantener unos estándares razonables.
Marcia no dijo nada, pero se quedó con la mirada perdida de aquel modo tan desconcertante.
Norman, con aire casi alegre, apuntó:
—Ay, bueno, esa es otra de las cosas que nos esperan a todos, o al menos la posibilidad de que el estado de bienestar nos pase por alto.
—No sigas dando la lata —intervino Edwin—. Entre eso y lo de que te encuentren muerto por hipotermia, parece que se te ha metido bien en la cabeza.
—Es más probable morir de inanición —comentó Norman. De camino al trabajo había pasado por el supermercado y ahora se disponía a comprobar los artículos que había en su bolsa de la compra (de plástico y con un estampado psicodélico en colores chillones, lo que hacía alusión a algún rasgo inesperado de su personalidad) con el tique impreso que había recibido al pagar en la caja—. Biscotes de centeno, 16; té, 18; queso, 34; alubias blancas, la lata pequeña, 12 —recitó—. Panceta, 46, y eso que era el paquete más pequeño que encontré, «ahumada a la espalda», la llaman, y no es que sea la mejor. Uno esperaría que hubiera raciones más pequeñas para las personas que viven solas, ¿verdad? La mujer que estaba delante de mí se gastó más de doce libras… Qué suerte la mía, acabar detrás de alguien así para pagar en la caja —prosiguió con su cantinela.
—Yo que tú pondría la panceta en un sitio más fresco —le aconsejó Letty.
—Sí, la voy a meter en uno de los archivadores —dijo Norman—. Recordádmelo para que no se me olvide. Habéis leído lo de esos ancianos que encuentran muertos en su casa y sin comida… Espantoso, ¿verdad?
—No hay que llegar a esos extremos —dijo Edwin.
—Se pueden almacenar latas —apuntó Marcia, con aire de tener la cabeza en otra parte, muy lejos de allí.
—Pero puede que no tengas la fuerza necesaria para abrirlas —comentó Norman con entusiasmo—. Y además, yo no tengo mucho sitio para guardar cosas.
Marcia le echó un vistazo, pensativa. A veces se preguntaba por la situación doméstica de Norman, pero, claro, nadie había visto nunca su habitación en su casa compartida. Ninguno de los cuatro, pese a trabajar juntos, visitaba a los demás ni los frecuentaba después del trabajo. Recién llegada a la oficina, Marcia había sentido un ligero arrebato de interés por Norman, un sentimiento que distaba leguas del cariño, pero que en cualquier caso había mantenido ocupados sus pensamientos por un breve periodo. En una ocasión, lo había seguido a la hora del almuerzo. Manteniendo una distancia prudencial, lo había observado mientras caminaba con sumo cuidado entre las hojas caídas y gritaba enfurecido a un coche que no se había parado en un paso de cebra. De repente Marcia se sorprendió entrando en el Museo Británico, ascendiendo por la amplia escalinata de piedra y atravesando galerías con eco repletas de imágenes y objetos inquietantes en vitrinas de cristal, hasta que se detuvieron, en la sección egipcia, junto a una muestra de animales y pequeños cocodrilos momificados. En ese punto, Norman se había mezclado con una multitud de escolares y Marcia se había escabullido de allí. Si a ella se le hubiera ocurrido saludarlo, la hora y preguntas como «¿Vienes por aquí a menudo?» habrían sido claramente inapropiadas. Norman no había dicho a ninguno de ellos que visitara el Museo Británico y, aunque lo hubiera hecho, jamás habría reconocido que se paraba a contemplar los cocodrilos momificados. Sin duda era un secreto. Con el tiempo, el sentimiento de Marcia por Norman fue desvaneciéndose. Luego la hospitalizaron y el señor Strong entró en su vida y acaparó sus pensamientos. Ahora apenas prestaba atención a Norman, salvo para considerarlo un hombrecillo bastante lerdo, por lo que todo aquel alboroto con su compra y la lectura de las cosas que había adquirido no hizo más que ponerla de los nervios. No deseaba saber lo que él iba a comer, era algo que carecía de interés.
—Lo que me recuerda que tengo que comprar pan a la hora del almuerzo —dijo Edwin—. El padre G. se pasará a picar algo antes de la reunión del CEP y prepararé una de mis especialidades: tostada de alubias con tomate y huevo pochado encima.
Las mujeres sonrieron, como se esperaba de ellas, aunque Edwin tenía fama de ser un cocinero competente y «tampoco es que ellas cenasen algo mucho más espléndido», pensó él, mientras salía del salón de té donde también vendían pan, con un gran pan blanco de molde envuelto en papel entre las manos. Había tomado un almuerzo ligero, más bien un aperitivo, en ese mismo salón de té, cuya decoración había cambiado y ahora era penosa, aunque la comida seguía siendo la misma. Edwin y el resto de los clientes habituales se sentían fuera de lugar en medio de tanto naranja y verde oliva, colores de moda, y aquella madera lavada de pino de imitación. Del techo pendían lámparas con pantallas con dibujos de mariposas, todo envuelto en una suave música ambiental, difícil de oír, pero insidiosa. A Edwin no le gustaban los cambios y, ahora que habían demolido los grandes almacenes Gamage, era un alivio poder hacer su sólita ronda por las parroquias a la hora del almuerzo, pese a que tampoco la Iglesia, su querida Iglesia anglicana de toda la vida, era inmune al cambio. A veces se colaba a rezar un rato o a echar un vistazo y leer la hoja parroquial, si la había, pero lo que sobre todo hacía era estudiar los tablones de anuncios para ver qué tipo de servicios y otras actividades se ofrecían. Hoy lo atrajo el anuncio de una comida frugal benéfica para recaudar fondos para una organización muy conocida, aunque lo sorprendió bastante que fuese «regada con vino»: tal vez mereciera la pena pasarse.
Letty hizo la compra de camino a casa, en un pequeño autoservicio regentado por asiáticos de Uganda que abría hasta las ocho de la tarde. Solo compró comida en lata o envasada, dudando de cualquier cosa que estuviera en contacto con el aire. En su confortable habitación de alquiler, con su lavabo detrás de un biombo y un pequeño hornillo eléctrico, se preparó una cena a base de arroz y restos de pollo, luego se puso cómoda para escuchar la radio y seguir bordando el tapizado que estaba confeccionando para una silla.
La casa era propiedad de una anciana que alojaba, como si pertenecieran a la clase más refinada de huéspedes, a otras dos que estaban en sus mismas circunstancias y a una refugiada húngara que más o menos se había adaptado a las costumbres de la casa: bajar el volumen de la radio por consideración hacia las demás y dejar el cuarto de baño como una desearía encontrárselo. Era una vida con las comodidades básicas, si acaso un poco austera, quizá incluso con alguna carencia. Sin embargo, las carencias implicaban que en algún momento se había tenido algo de lo que ahora se carecía, como el pecho de Marcia, por poner un ejemplo práctico, y la verdad es que Letty nunca había tenido gran cosa. Aun así, a veces se preguntaba: ¿no era posible que la experiencia de «no tener» se considerara como algo válido por derecho propio?
Esa tarde retransmitían por la radio una obra radiofónica que retrocedía en el tiempo en la vida de una anciana. A Letty, aquello le recordó a la mujer que había visto esa misma mañana desplomada sobre el asiento en el andén del metro, como si fuera posible visualizarla en este preciso momento el año pasado, por decir algo, y luego hace cinco, diez, veinte, treinta o incluso cincuenta años. Sin embargo, este tipo de retroceso hacia el pasado no estaba hecho para Letty, que vivía fundamentalmente en el presente, aferrándose con sencillez y firmeza a la vida, sobrellevando como mejor sabía lo que la vida le ponía por delante, por poco que fuera. Su curriculum vitae ofrecía el mismo tipo de lectura que tantísimos otros que, igual que ella, habían nacido antes de 1914 como hijos únicos de una familia de clase media. Había aterrizado en Londres a finales de los años veinte para matricularse en un curso de secretariado mientras se alojaba en una residencia para chicas trabajadoras, donde había conocido a su amiga Marjorie, la única persona de aquella época lejana con la que seguía en contacto. Como la mayoría de las muchachas de su generación y de su educación, tenía la esperanza de casarse, y, con el estallido de la guerra, a las chicas les llovieron las oportunidades de conseguir marido o entablar algún tipo de relación, incluso con hombres casados, pero la que se había casado había sido Marjorie, lo que había relegado a Letty a su situación habitual, a la zaga de su amiga. Para cuando acabó la guerra, Letty pasaba ya de los treinta y Marjorie había tirado la toalla con ella. Aunque tampoco es que Marjorie hubiese albergado nunca muchas esperanzas. Los primeros años de la posguerra se le habían quedado grabados en la memoria por el atuendo que Letty había lucido en determinadas fechas: el New Look introducido por Dior en 1947, la cómoda elegancia de los años cincuenta y, a principios de los sesenta, el horror de la minifalda, una moda de lo más cruel para quienes ya no eran jóvenes. Y justo el otro día, Letty había pasado por delante del edificio de Bloomsbury en el que Marjorie y ella habían trabajado en los años treinta, en la primera planta de una casa de estilo georgiano, para ahora darse de bruces con un mamotreto de cemento. Bastante parecido al edificio en el que ahora trabajaba junto a sus tres compañeros, aunque por supuesto nunca se hubiera fijado en eso.
Esa noche, como inspirada por la obra radiofónica, Letty tuvo un sueño. Estaba de nuevo en la época del Jubileo de Plata de Isabel II, en la casita de campo que Marjorie y su prometido, Brian, se habían comprado por trescientas libras. También los acompañaba un amigo de Brian, Stephen, el pretendiente de Letty, un joven de buen ver, aunque bastante soso. El sábado por la noche fueron al pub y se instalaron en el tranquilo salón reservado que olía a añejo, con sus muebles de caoba y sus peces disecados. Había humedad, como si nadie entrara allí nunca, tal como en realidad era el caso, excepto por algunos tímidos clientes como ellos. Todos tomaron cerveza, aunque a las chicas no les gustaba demasiado; tampoco pareció tener ningún «efecto» perceptible en ellas, salvo para que se preguntaran si habría baño de señoras en un lugar tan primitivo como aquel. Al otro lado, en la barra del pub, había luces, color y ruido, pero ellos, los cuatro jóvenes, estaban al margen de todo aquello. El domingo asistieron al oficio de la mañana en la iglesia del pueblo. En 1970 clausuraron la iglesia por reducción de plantilla y, finalmente, se derribó el edificio, por carecer de interés histórico o arquitectónico. En su sueño, Letty aparecía tumbada sobre la hierba alta junto a Stephen, o alguien vagamente similar, durante aquel caluroso verano de 1935. Él estaba muy cerca, pero no ocurría nada. No sabía qué habría sido de Stephen, pero Marjorie había enviudado y ahora estaba igual de sola que Letty en su habitación alquilada. Ya no quedaba nada de aquella época, de aquellas personas… Letty se despertó y se quedó un rato en la cama, reflexionando sobre lo rara que era la vida, que se escapaba de las manos de aquel modo.