Cuarteto de otoño
Capítulo 5
Un faisán se posó en medio de un prado, impertérrito ante el tren que entraba en el andén. Letty veía el Morris 1000 de Marjorie, azul y polvoriento, entre los demás automóviles, más grandes y elegantes, que estaban aparcados en la estación. Incluso hoy, cuarenta años después, aquello le recordó a Belcebú, el primer coche de Marjorie, que compró por veinticinco libras en los años treinta. «¿Seguirían los jóvenes poniéndoles nombres graciosos a sus viejos vehículos?», se preguntó Letty. El sector del automóvil se había convertido en un asunto mucho más serio, poco tenía de divertido, ahora que el coche era un importante símbolo de estatus y podían pagarse grandes sumas de dinero por números de matrícula especialmente codiciados.
Marjorie agarró el bolso de Letty y lo embutió en el maletero. Como viuda acomodada que vivía en el campo, parecía distar mucho de la joven deslumbrante que Letty recordaba de épocas anteriores, aunque todavía conservaba algunas de sus románticas extravagancias. Ahora parecía interesarse más bien en exceso por el nuevo párroco que acababan de nombrar, al que Letty vio por primera vez cuando —algo sorprendente al tratarse de Marjorie— esta última insistió en ir a la iglesia el domingo por la mañana. El reverendo David Lydell (al que le gustaba que lo llamaran «padre») era un hombre alto y moreno de unos cuarenta y tantos años, a quien, sin duda, le quedaban bien sus vestiduras. «Qué bien que Marjorie tenga un párroco nuevo e interesante», reflexionó Letty, con generosa benevolencia. La mayoría de los habitantes del pueblo eran matrimonios jubilados, con los nietos de rigor. Había cierta vida social formal, que en gran parte consistía en tomar jerez en momentos concretos, y, una tarde, Marjorie invitó a tomar una copa a un elegante coronel retirado, que parecía mudo, a su esposa, que era todo lo contrario, y al padre Lydell. Visto de cerca y con ropa «civil», el padre Lydell resultaba decepcionante. Su apariencia era tristemente vulgar, con una chaqueta de tweed de color rojo anaranjado y unos pantalones grises de franela de un corte al que algo le pasaba: o eran demasiado anchos, o demasiado estrechos, o al menos no eran los que la gente solía vestir ahora.
Tras un intervalo de tiempo decoroso y un par de copas por cabeza, el coronel y su esposa se marcharon, pero el padre Lydell, claramente sin planes de cena a la vista, se quedó un rato más, de modo que Marjorie se vio en la obligación de invitarlo a cenar.
—Uno siempre está en ligera desventaja —afirmó él, de manera elíptica, en cuanto Marjorie salió de la habitación para preparar la comida y él y Letty se quedaron a solas.
—¿Ah, sí? ¿En qué sentido? —Letty dudaba de si se refería a que la desventaja se aplicaba solo a él en particular o a la raza humana en general.
—En el sentido de que uno no puede devolver la hospitalidad —se explicó—. Marjorie siempre es de lo más amable.
Así que la llamaba por su nombre de pila y ya había habido otras invitaciones.
—Creo que en los pueblos la gente suele ser hospitalaria —apuntó Letty, desacreditándolo un poco—. Mucho más que en Londres.
—Ah, Londres… —¿Había sido el suspiro demasiado exagerado?
—Claro que a David lo han mandado aquí por motivos de salud — intervino Marjorie, regresando a la habitación e inmiscuyéndose con entusiasmo en la conversación.
—¿Cree que el campo le está sentando bien? —preguntó Letty.
—Llevo toda la semana con diarrea —fue la desconcertante respuesta.
Se produjo un silencio momentáneo, tal vez de no más de una milésima de segundo, aunque si a las mujeres aquello las cogió desprevenidas por un instante, en absoluto las dejó sin palabras.
—Un licor fuerte le sentaría mejor que las sempiternas tazas de té de la parroquia —sugirió Marjorie con atrevimiento—. Brandy, quizá.
—Enterovioformo —propuso Letty.
Él sonrió con desdén.
—Puede que les funcione a todos esos ingleses en viajes organizados por la Costa Brava, pero mi caso es bastante distinto…
Dejó la frase sin acabar, para que la imaginación completase en qué era distinto.
—Bueno, cuando una está en el extranjero… Cuando estuvimos en Nápoles, Napoli —dijo Marjorie, casi con picardía—. ¿Recuerdas aquella vez en Sorrento, Letty?
—Solo recuerdo los campos de limoneros —respondió Letty, decidida a cambiar de tema de conversación.
David Lydell cerró los ojos y se recostó en su asiento, pensando en lo agradable que era disfrutar de la compañía de unas damas. Mucho más que aquello a lo que estaba acostumbrado. Las voces ásperas de los pueblerinos le crispaban los nervios y a veces decían cosas crueles. Todos sus intentos por mejorar las celebraciones religiosas se habían topado con desprecio y hostilidad, y cada vez que visitaba las zonas más rurales se veía obligado a tragarse los programas que estuvieran echando en la televisión, pues ni siquiera tenían la deferencia de apagarla. Le resultaba espantoso que esas personas, aun sin tener agua corriente ni baño dentro de casa, fueran esclavas de la caja tonta. Hasta las mujeres de más edad, que en otra época podrían haber sido el pilar fundamental de la feligresía, ahora parecían no tener ningún interés por ir a la iglesia, ni aunque las llevaran y las trajeran en coche. Los únicos oficios que atraían a fieles en mayor o menor número eran los de la Fiesta de la Cosecha, el domingo en conmemoración de los caídos y las celebraciones navideñas con villancicos. En cambio, Marjorie y su amiga, la señorita no sé qué, una persona no demasiado interesante cuyo nombre no había logrado retener, eran personas muy refinadas con las que disfrutaba comiendo poulet niçoise y charlando sobre sus vacaciones en Francia y en Italia.
—Orvieto —murmuró—. Aunque, claro, lo que apetece es bebérselo allí. —Y por supuesto ellas le dieron la razón.
A Letty le resultaba bastante cansino, pero no se lo comentó a Marjorie. Hacía buen tiempo y no quería sacar a colación temas controvertidos mientras tomaban el té en el jardín o daban placenteras caminatas por el campo. Además, si iba a compartir con Marjorie su casa cuando se jubilara, más le valía no ser demasiado crítica con el párroco, sobre todo si, tal como parecía, era probable que se pasara a verlas con frecuencia. Esa era una de las cosas del campo a las que tendría que acostumbrarse, aunque también había otras. Durante sus paseos, siempre era ella la que descubría el pájaro muerto o el cadáver de erizo reseco, o la que se fijaba en el conejo mutilado en mitad de la carretera cuando iban en coche. Suponía que Marjorie los había visto ya tantas veces que ya no le resultaban perturbadores.
El último día de las vacaciones de Letty, habían planeado hacer un pícnic en un lugar pintoresco de los alrededores. Como era un día entre semana, habría menos aglomeraciones y lo mejor de todo era que, tal como Marjorie le reveló justo antes de ponerse en marcha, así David Lydell podría acompañarlas.
—Pero ¿no tendrá cosas que hacer durante la semana? —repuso Letty—. Aunque no haya celebraciones, ¿no tiene que visitar a los enfermos o a los ancianos?
—Ahora mismo solo hay un enfermo, y está ingresado en el hospital, y los ancianos no quieren visitas del clero —declaró Marjorie, haciendo que Letty se diera cuenta de que no servía de nada pensar que unas ideas tan pasadas de moda tuvieran cabida en los tiempos del estado de bienestar o en un pueblo donde se sabía y se comentaba la salud de todos y cada uno de los vecinos—. Trato de sacar a David al campo siempre que puedo —añadió Marjorie—. Necesita evadirse y relajarse.
Letty reparó en el empleo de la palabra «campo», que parecía tener especial trascendencia, y, dadas las necesidades de David Lydell, no le sorprendió descubrirse a sí misma apretujada en el asiento trasero del coche junto a todos los apaños del pícnic y el viejo sealyham de Marjorie, que iba dejando pelos blancos y tiesos por todas partes, incluidos los pulcros pantalones azul marino de Letty. En la parte delantera, David y Marjorie conversaban sobre asuntos del pueblo en los que Letty no podía participar.
Cuando llegaron al sitio del pícnic, Marjorie sacó del maletero del coche dos sillas plegables de lona, que fueron abiertas solemnemente para ella y para David, después de que Letty les asegurara sin dilación que no le importaba en absoluto sentarse en la manta, de hecho lo prefería. En cualquier caso, no pudo evitar sentirse en cierto modo menospreciada o empequeñecida, por sentarse en un nivel inferior a los otros dos.
Después de dar buena cuenta del jamón cocido y los huevos duros, y también del vino blanco —un toque poco habitual aquel, que Letty solo podía atribuir a la presencia de David Lydell—, los tres se quedaron en silencio; tal vez por haber bebido vino a mediodía, se apoderó de ellos un deseo natural de dar una cabezada. Era una situación incómoda para dormir —tres personas, dos en sillas y Letty en el suelo—, pero cerró los ojos contra su voluntad y durante un breve lapso perdió la noción de lo que la rodeaba.
Al abrirlos, se vio mirando directamente a Marjorie y a David, con sus sillas de lona muy juntas, aparentemente fundidos en un abrazo.
Letty desvió la mirada de inmediato y cerró los ojos de nuevo, preguntándose si no habría sido un sueño.
—¿Alguien quiere más café? —preguntó Marjorie con tono animado—. Hay en el otro termo. Letty, creo que te has quedado dormida.
Letty se incorporó.
—Sí, debo de haberme quedado traspuesta —reconoció. ¿Se había imaginado toda la escena, o era esta otra de las cosas a las que iba a tener que acostumbrarse cuando viviera en el campo?
En cuanto Letty regresó de sus vacaciones, le llegó el turno a Edwin. En la oficina habían debatido largo y tendido si debía ir en autocar o en tren, y se sopesaron cientos de veces las ventajas y los inconvenientes de ambos medios de transporte. Al final ganó el tren. Era más caro, pero también más rápido, y Edwin ya tendría su buena dosis de automóvil en compañía de su yerno, su hija y los dos niños. Estarían a tiro de piedra de Eastbourne, donde había algunas iglesias fantásticas que tenía muchísimas ganas de visitar. Además, irían de excursión a una reserva de animales y a las casas solariegas que ofrecían las mejores atracciones; puede que incluso llegaran a ver los leones de lugares tan distantes como el parque de aventuras de Longleat, que se visitaba en coche, circulando por todas las autopistas posibles, con los hombres sentados en los asientos delanteros y la hija y los nietos de Edwin en los de atrás. Sería un cambio de aires para todos, aunque pronto, cuando los niños ya fueran mayores, tal vez querrían ir a España y, entonces, ¿qué harían con Edwin? Seguro que España no le gustaba, decidieron. Quizá podría irse de vacaciones con alguno de sus compañeros de la oficina; tal vez aquello fuera una solución para el problema.
Cuando se marchaba, Edwin apenas dedicaba un segundo de sus pensamientos a sus compañeros de trabajo. Marcia fue la única que le vino a la mente, aunque en un contexto un tanto curioso: en el puesto de libros de la estación, mientras hacía tiempo antes de coger el tren y se preguntaba si debía comprar algo para leer. De camino se había pasado en un pispás por Portugal Street para comprar el Church Times de esa semana, pero puede que no le durara todo el trayecto. Sobre el mostrador se desplegaba un colorido abanico de revistas, algunas incluso mostraban sin tapujos los pechos desnudos de mujeres jóvenes, con poses tentadoras. Edwin los miró como si nada. Suponía que su mujer, Phyllis, había tenido pechos, pero no recordaba en absoluto que fueran así, tan sumamente redondos y con forma de globo. Luego se acordó de Marcia y de su operación: mastectomía, creía que se llamaba; Norman se lo había contado en su momento. Lo que significaba que le habían quitado un pecho, una privación para cualquier mujer, aunque le resultaba imposible imaginar que Marcia hubiera estado nunca dotada con tanta generosidad como las muchachas de las portadas de aquellas revistas. En cualquier caso, había que compadecerse de ella, pese a que no fuera ni de lejos una persona lo que se dice adorable. Tal vez debería haberle hecho una visita aquella tarde en la que acabó al otro lado del parque del distrito y pasó junto a la calle donde ella vivía. Se preguntó si ella entraría alguna vez en la iglesia de la puerta cerrada, si el párroco la visitaría de vez en cuando. Marcia jamás lo había mencionado, aunque sin duda en esa iglesia habría alguien que la tenía vigilada y sabía que era de esas personas a quienes les gusta mantener su privacidad y es mejor no organizarles la vida, bajo ningún concepto. A pesar de que Edwin no era de los que consideraban la iglesia como una extensión de los servicios sociales, sabía muy bien que esa era la actitud hoy día de un determinado número de muy buenas personas, gente concienzuda y bienintencionada. Era poco probable que dejaran a Marcia desatendida, por lo que no había por qué preocuparse por ella. En este momento era obvio que no podía hacer nada, allí, esperando el tren en la estación Victoria. Así que, dándole la espalda a las revistas que le habían recordado a Marcia, compró un ejemplar del Reader’s Digest y la alejó de sus pensamientos.
La gente de la iglesia sí que hizo un leve esfuerzo con Marcia y le sugirió que tal vez le apeteciera apuntarse a una excursión en autocar a Westcliffon-Sea («Mucho más bonito que Southend, querida»), pero no daba la impresión de que ella quisiera ir y tampoco podían obligarla. A Janice Brabner también le preocupaba que, al parecer, no tuviera intención de ir de vacaciones a ningún sitio, así que le hizo varias sugerencias, pero ninguna de ellas contó con la aprobación de Marcia.
—Qué mujer tan difícil —se lamentó Janice a una amiga que trabajaba como asistente social sanitaria—. Las personas así, cualquiera diría que no quieren que se las ayude. Aunque otras son muy agradecidas, es estupendo, la verdad, hacen que todo merezca la pena… —Suspiró. Sin duda Marcia no era una de ellas.
No obstante, Marcia sí que tenía guardados dos caprichitos para sus vacaciones, lo que no tenía es ninguna intención de revelarle a nadie en qué consistían. El primero era una visita a consultas externas en el hospital, donde tenía cita para un chequeo con el señor Strong. La hora indicada en la tarjeta era las 11.35, una hora que tenía cierta gracia, pues daba la impresión de que las citas se calculaban de forma tan exacta que el tiempo de espera no superaría los cinco minutos, algo que rara vez se cumplía. Llegó puntual al hospital, acudió al mostrador de visitas y se sentó a esperar. Si llegabas temprano, te daba tiempo a leer una revista o a sacar un té o un café de la máquina, y por supuesto siempre estaba la visita al baño. Marcia no hizo ninguna de estas cosas, sino que se sentó con la mirada perdida. Había escogido un asiento alejado del resto de las personas, y la molestó que una mujer se moviera para acercarse a ella y quisiera entablar conversación. Las personas que esperaban no hablaban entre sí; era igual que la sala de espera de cualquier consulta de un médico, salvo porque aquí se respiraba un aire más sagrado, ya que cada persona tenía «algo malo». Marcia no respondió cuando alguien hizo un comentario sobre el tiempo, sino que siguió mirando fijamente hacia delante, sin quitarle ojo a una puerta con el letrero «Sr. D. G. Strong». Al lado había otra puerta donde se leía «Dr. H. Wintergreen». Era imposible distinguir cuáles de las personas allí sentadas estaban esperando al cirujano y cuáles al médico; a simple vista no presentaban ningún rasgo que las distinguiera, pues pese a que todas parecían bastante acobardadas, y algunas incluso estaban destrozadas, las había de ambos sexos y de todas las edades.
—¿Está usted esperando para ver al doctor Wintergreen? —insistió la mujer que se hallaba junto a Marcia.
—No —respondió esta.
—Ah, entonces espera al señor Strong. No ha entrado nadie en esa consulta en la última media hora, desde que yo estoy aquí. Tengo cita con el doctor Wintergreen. Es un médico encantador, extranjero. Creo que es polaco. Tiene una mirada tan amable, tan dulce. Siempre llevaba un clavel en la solapa cuando hacía la ronda por la sala de ingresos. Los cultiva él mismo, tiene una gran casa en Hendon. Trastornos digestivos, estómago, ya sabe, esa es su especialidad, y también pasa consulta en Harley Street, claro. ¿El señor Strong también trabaja en Harley Street?
—Sí —respondió Marcia con frialdad. No quería hablar del señor Strong, charlar de temas sagrados con aquella persona.
—A veces le encargan la operación al residente —prosiguió la mujer—. Es que, claro, tendrán que aprender, ¿no cree usted?
En ese momento la enfermera llamó a Marcia y supo que ya le tocaba a ella. No era tan inocente como para imaginar que el nombre del señor Strong en la puerta fuera una garantía de que estuviera en la consulta, así que no se sintió abatida en exceso cuando, después de medio desvestirse y tumbarse en la camilla, la examinó un muchacho de pelo dorado, un residente en formación. La palpó con extrema profesionalidad, le tomó la presión arterial y la auscultó con el estetoscopio. Por supuesto, no se fijó en su nueva ropa interior rosa, pero sí que comentó con tonos admirativos la pulcritud de la cicatriz de su operación —obra del señor Strong, claro está—, y le dijo que estaba demasiado delgada y debía comer más. Con todo, a punto de cumplir los veinticinco, ¿qué sabría él de una mujer de más de sesenta? ¿Estaban siempre tan delgadas como ella? Sin duda su tía abuela, el equivalente más cercano que le acudía a la mente, no estaba en absoluto tan delgada como la señorita Ivory, aunque es cierto que nunca la había visto sin ropa.
—Tal vez sería buena idea que alguien la tuviera vigilada —sugirió él amablemente, y Marcia no se ofendió ni se irritó un ápice, como, en cambio, sí hacía cuando los asistentes sociales y la gente de la iglesia le daban a entender lo mismo, pero el hospital era otra cosa.
En el mostrador, con un discreto aire triunfal, entregó la tarjeta para solicitar un nuevo chequeo más adelante.
El segundo caprichito de Marcia durante las vacaciones fue una visita a la casa del señor Strong o, más bien, un vistazo desde una distancia prudencial a la residencia donde él vivía. Por el listín telefónico, sabía que desempeñaba su labor no solo en Harley Street, sino también en otra dirección de Dulwich, un distrito que le pillaba bastante a mano si cogía el autobús número 37.
Dejó pasar una tarde después de su visita al hospital, para espaciar sus caprichitos en el tiempo, antes de ponerse en camino hacia la casa del señor Strong una tarde que hacía muy buen tiempo. El autobús iba casi vacío y la conductora era amable y servicial. Sabía cuál era la mejor parada donde bajarse para ir a la calle por la que Marcia le había preguntado, aunque cuando esta picó el billete tuvo la impresión de que, como la mujer del hospital, tenía ganas de charla. En esa calle las casas eran preciosas, ¿conocía Marcia a alguien que vivía allí, o —ya que eso parecía improbable— quizá buscaba trabajo por la zona? Era terrible, pensó, la forma en que mucha gente solía entrometerse en los asuntos de una, y, si una no respondía, acababan por contarle su vida. Tuvo que escuchar una historia bastante larga sobre un marido y unos chiquillos, categorías de personas sobre las que ella no sabía nada, pero por fin llegaron a la parada y, después de apearse, continuó caminando por la calle bajo el sol.
La casa era imponente, al igual que las aledañas, justo el tipo de vivienda que parecía digna del señor Strong. Había arbustos en el jardín delantero. Marcia se imaginó los árboles de laburno y las lilas en mayo, aunque ahora, a principios de agosto, no había mucho que admirar. Tal vez hubiese rosas en la parte trasera, ya que el jardín que había detrás de la casa se antojaba amplio, aunque lo único que alcanzaba a ver era un columpio colgado de un vetusto árbol enorme. Sin duda, el señor Strong era un hombre familiar; tenía hijos y ahora estaban todos de vacaciones en el mar. La casa se adivinaba completamente desierta, lo que significaba que Marcia podía husmear desde la calle y fijarse con discreción en las cortinas echadas, estampadas, con un diseño de William Morris. Se le pasó por la cabeza que no había visillos, no parecían del estilo del señor Strong. Sus pensamientos se quedaron sin formular, le bastaba con quedarse allí de pie. Después esperó más de media hora en la parada del autobús, sin ser consciente del retraso, de que el tiempo pasaba, pero no, en cambio, el autobús. Cuando por fin llegó a casa, se preparó una taza de té y coció un huevo. El joven médico del hospital le había dicho que debía comer más y estaba segura de que el señor Strong opinaría lo mismo.
Al día siguiente regresó a la oficina, pero cuando le preguntaron cómo había pasado sus días de asueto respondió con evasivas, comentando solo que había hecho buen tiempo y el descanso le había sentado bien, que era lo que siempre decía la gente.
El primer día de vacaciones de Norman hizo un sol resplandeciente, era uno de esos días para ir al campo o a la playa o para caminar cogido de la mano con una amante por los Kew Gardens.
Ninguna de esas ideas se le ocurrió a Norman cuando se despertó y cayó en la cuenta de que ese día no tenía que ir a la oficina. Como tenía tiempo de sobra, decidió que se prepararía un desayuno completo: huevos y panceta con la guarnición tradicional, que en su caso consistía en tomate y pan frito, mucho más que su habitual cuenco de cereales Corn Flakes o All-Bran. Y lo tomaría en pijama y bata, como un personaje de una obra de Noel Coward. «¡Si me vieran ahora!», pensó, refiriéndose a Edwin, Letty y Marcia.
La bata era de un llamativo raso de rayón, estampado con un dibujo de formas geométricas color granate y oro viejo. Norman se la había comprado en las rebajas, pensando que podría quedarle bien, que de algún modo impreciso podría mejorar su aspecto. Apostaría a que Edwin no tenía nada parecido, probablemente tan solo alguna prenda antigua de lana de cuadros escoceses que conservaba desde que iba al colegio. Estaba casi convencido de que Letty tendría algo elegante y recargado a lo que no le faltaría un detalle, como las señoras que había visto cuando fue a visitar a Ken al hospital; sin embargo, no quiso hacer conjeturas sobre la bata de Marcia. Era curioso cómo procuraba no pensar en ella y desviaba sus pensamientos a otra cosa. Sea como fuere, un grito de su casera, quizá alguna queja por el olor a fritanga, no tardó en hacerlo bajar de las nubes.
Norman pasó la mayor parte de sus vacaciones de este modo ocioso e inútil. Lo cierto era que en realidad no sabía qué hacer con su tiempo cuando no trabajaba. Durante la última semana tuvo que visitar al dentista para que le ajustara la nueva dentadura postiza y así practicar cómo comer con ella. El dentista era oriundo de Yorkshire y demasiado jovial para su gusto, y, aunque fuera por la seguridad social, Norman se vio obligado a desembolsar una buena suma de dinero por una cantidad considerable de malestar. «¡Gracias por nada!», pensó amargamente. Cuando se vio lo bastante seguro para intentar ingerir algo más que sopa o macarrones con queso, volvió al trabajo. Todavía le quedaban algunos días libres.
—Uno nunca sabe cuándo podrían venirle bien —afirmó, aunque presentía que esos días extra jamás le servirían, sino que se acumularían como un montón de hojas muertas en otoño, olvidadas sobre la acera.