Cuarteto de otoño
Capítulo 18
—Señorita Ivory, ¿es que no me va a dejar entrar?
De pie delante de la puerta, Janice se preguntaba si alguna otra persona había ido a ver a Marcia durante la quincena que había pasado en Grecia. Aquello parecía improbable porque no es que Marcia estuviera inválida o fuera incapaz de arreglárselas por sí misma, pero sí que era un poco excéntrica. Y además, por decirlo de algún modo, era la protegida especial de Janice.
En los jardines de la calle se veía una hermosa muestra de las flores tardías del verano: dalias y ásteres, los primeros crisantemos y una segunda floración de rosas, y hasta en el jardín de Marcia lucían unas margaritas amarillas y altas que se apiñaban alrededor de lo que Nigel y Priscilla llamaban el cobertizo de las botellas de leche. Jamás habían entrado, pero a menudo habían visto a Marcia entrar y salir con las botellas. Parecía una ocupación curiosa y absurda, aunque bastante inofensiva: la típica cosa a la que Marcia dedicaría su tiempo, pero que no había que censurar más que la obsesión de otras personas por coleccionar cajas de cerillas o cromos de cigarrillos. Había que respetar a las personas como individuos: si algo había aprendido Janice después de conocer a Marcia, era eso. De cualquier modo, opinaba que de verdad tenía que intentar convencerla para que se fuera de vacaciones. No a Grecia, claro está, ni en realidad a ningún otro lugar «extranjero»: costaba imaginarse a Marcia en una taberna griega, comiendo pulpo o cualquier otra cosa que no fuera el consabido plato de carne y dos tipos de verdura, pero unos cuantos días en Bournemouth o un viaje organizado en autocar por los Cotswolds serían ideales para prepararla para el invierno.
—¡Señorita Ivory! —Janice llamó de nuevo al timbre y aporreó la puerta.
No era nada probable que hubiese salido, aunque quizá lo hubiera hecho. ¿Debía probar a abrir la puerta para ver si estaba abierta? Lo intentó y resultó que estaba echada la llave. Tal vez si daba la vuelta, podría entrar en la casa por la puerta de atrás, aunque si Marcia había salido, sin duda habría cerrado con llave también esa puerta. Si por lo menos Nigel y Priscilla estuvieran en casa, podría preguntarles, pero Janice sabía que estaban en Cerdeña, tomando el sol en alguna playa, sin acordarse siquiera de su casita a la última moda en aquel barrio con mucho futuro junto al parque del distrito y a su peculiar vecina. «Está claro que, cuando estás de vacaciones, una desconecta por completo de todas esas cosas», pensó Janice, no sin resentimiento.
Fue entonces cuando se fijó en varias botellas de leche, no encima de los escalones de delante de la puerta, sino en un pequeño contenedor de madera a un lado de la casa, que era claramente un apaño para que el repartidor dejara la leche cuando Marcia salía a trabajar, para así protegerla del sol y de los ladrones. Janice se alarmó al ver aquello, y se apresuró a rodear la casa hasta la puerta de atrás: tal vez Marcia estuviera enferma en la cama, incapaz siquiera de bajar las escaleras para meter la leche dentro. Si lograba entrar por la parte de atrás, podría llamarla, y si estaba acostada, Marcia contestaría. O quizá hubiera sufrido una caída y no podía moverse o llegar hasta el teléfono. ¿Tenía teléfono Marcia? Es probable que no. Con los vecinos fuera de casa, podría pasarse horas allí tirada, desamparada… Janice en teoría conocía todos los tipos de situaciones que podían darse, pero cuando se asomó por la hoja de cristal de la puerta de atrás no estaba preparada para la imagen con la que se topó: Marcia sentada a la mesa, desplomada e inconsciente, puede que incluso muerta.
Janice se fijó en la taza de té y la lata de galletas («Surtido familiar») que había sobre la mesa mientras llamaba débilmente a la puerta pronunciando «señorita Ivory» con voz medio temerosa, casi sin esperar o desear una respuesta. Luego probó suerte con el pomo de la puerta. Se abrió y Janice se dio cuenta de que podía entrar perfectamente.
—Bueno, es que no es de mi parroquia —argumentó el padre G., con un deje de impaciencia—. Ya sabes cómo son estos límites parroquiales… Una calle está, pero la siguiente no está dentro del límite.
—Lo sé —respondió Edwin—. Solo pensaba ir a dar un paseo por esa zona y se me ocurrió que tal vez te apeteciera acompañarme… Al fin y al cabo hace una tarde agradabilísima para pasear. Es una mujer peculiar, como te dije, puede que ni siquiera nos invite a entrar.
—«¿Y quién es mi prójimo?» —reflexionó el padre G., mientras Edwin y él llegaban a la calle donde vivía Marcia—. Cuántos sermones habré dado sobre esa parábola… Puede que ahí es donde nos equivoquemos… Es obvio que lo es… cuando mi reacción ante tu propuesta es que la persona en cuestión no es de mi parroquia.
—Bueno, es que debe de ser de la parroquia de alguien —señaló Edwin.
—Sin duda —le dio la razón el padre G., y nombró a un conocido párroco de la zona—, pero creo que no dedica mucho tiempo a las visitas parroquiales. El moderno de Tony —añadió, incapaz de resistirse al comentario mezquino—. Rock and roll y oraciones improvisadas.
—Claro que también hay una trabajadora social que va a verla con cierta frecuencia, la tiene vigilada, como suele decirse, pero cuando la vi hace unos meses, cuando quedamos todos para almorzar, ya sabe, pensé que quizá debía hacer algo más por ella, un pequeño esfuerzo.
—¿Y qué me dices de esa otra mujer de la que me hablaste? Había otra mujer que trabajaba contigo, ¿verdad? Me había imaginado que… —insinuó el padre G., apoyándose en la manida premisa de la gran cantidad de cosas que podían dejarse en manos de las mujeres.
—Sí, en cierto modo uno se habría imaginado que… —Edwin sonrió—. Pero es que no conoces a Marcia…, a la señorita Ivory. Aunque, ya puestos, ¿quién la conoce?
—¿Quién conoce a nadie? —dijo el padre G., sin contribuir demasiado a la solución del problema de Marcia.
—Bueno, pues aquí estamos, creo… Esta es la casa donde vive. Fíjate en lo distinta que es del resto, eso habla por sí solo.
El padre G. estaba acostumbrado a visitar casas cochambrosas, pero aun así tuvo que reconocer el contraste entre la de Marcia y el resto de las viviendas de la calle.
—Será mejor que llames tú solo a la puerta —afirmó—. Tú la conoces, si es una mujer difícil, puede que al verme se desanime y no quiera abrir, puede que se niegue a hacerlo.
Janice, que regresaba por el lateral de la casa, se sintió más animada al ver al padre G. con su sotana sacerdotal, de pie detrás de Edwin. Pese a que la Iglesia anglicana ni le iba ni le venía, ni para el caso ninguna religión organizada, a excepción de una leve veneración supersticiosa por lo que ella consideraba los «católicos», no podía negar que a veces tenía su utilidad. El hecho de que aquel desconocido de aspecto respetable (pues esa era la impresión que le daba Edwin) fuera acompañado por un clérigo resultaba algo tranquilizador. Sin duda sabrían cuál era la mejor forma de actuar.
—Si han venido a ver a la señorita Ivory —se dirigió a ellos—, me temo que ha ocurrido algo grave. Creo que está enferma, o… —No le hacía gracia decir «muerta»—. Está sentada a la mesa de la cocina, no se mueve… La he visto por la ventana. Justo iba a buscar ayuda cuando…
Dadas las circunstancias, Janice no podía haberse encontrado en ese momento con dos personas más capaces de ayudarla. Hacía años, una tarde al llegar a casa, Edwin se había encontrado a su mujer, Phyllis, inconsciente en la cocina, justo cuando estaba a punto de meter un pastel de cordero en el horno; el padre G. se veía a menudo obligado a entrar en viviendas donde había personas moribundas o ya muertas; de hecho prefería este tipo de situaciones a las visitas parroquiales, con sus conversaciones incómodas y las ineludibles tazas de té con galletas. Los dos hombres estaban preparados para tomar cartas en el asunto.
Lo más importante es que Marcia no estaba muerta. Logró incluso sonreírle levemente a Janice, que andaba de acá para allá mientras esperaban la ambulancia, preparando una maleta con las cosas que necesitaría en el hospital.
—Increíble —comentó después Janice—. Cuando fui a buscar sus cosas, encontré un cajón lleno de camisones nuevos del Marks and Spencer…, y, a juzgar por el resto de su ropa, no eran en absoluto el tipo de prendas con las que una se imaginaría a la señorita Ivory. Estaban todos nuevos y sin estrenar… Seguro que los guardaba por alguna razón.
Cuando la ambulancia se marchó, con Marcia y Janice en su interior, los dos hombres se quedaron solos en la casa. Todos habían esperado sentados en la cocina, donde Janice había preparado el té. Ahora que se habían llevado a Marcia, Edwin se sentía incómodo, como si no tuviera ningún derecho a estar allí, sentado en su casa, cuando nunca antes había ido a verla.
—Cuando uno trabaja con mujeres así se crea una relación extraña — comentó—. Es evidente que la peculiar intimidad de la oficina no se repite fuera de ella… Uno no se imaginaría que… —Recordó cómo a Norman y a él les había entrado la risa al pensar que Norman pudiera visitar a Letty o que los cuatro mantuvieran cualquier tipo de contacto social. Hacer una visita a Marcia siempre les había parecido una posibilidad abrumadora, les resultaba difícil siquiera planteársela.
—¿Nunca se te ocurrió venir a verla, viviendo como vives tan cerca, a unos pocos metros cruzando el parque? —El tono del padre G. era más de curiosidad que de reproche.
—Sí que se me ocurrió… Un par de veces estuve a punto…, pero no llegué a hacerlo.
El padre G. se acabó su té y se levantó, con la taza en la mano.
—¿Crees que deberíamos…?
—¿Fregar los platos? Ah, supongo que la señora Brabner, la trabajadora social, probablemente se encargará de eso. Creo que no deberíamos entrometernos.
Así que los hombres se marcharon de la casa, acordándose de cerrar con llave al salir. Ninguno de ellos había comentado el estado de la cocina y el vestíbulo, el polvo y el resto de las señales de un largo abandono. Que el padre G. no reparara en esas cosas era algo normal, y Edwin, con una ligera impresión de que las cosas no estaban del todo como deberían, siguió manteniendo la misma indiferencia al respecto que con otros aspectos de la vida de Marcia. Lo que sí se llevó consigo fue un detalle irrelevante, la imagen de una lata de fiambre de cerdo a medio abrir que seguía en el escurreplatos. Siempre le había sorprendido lo incapaces que eran las mujeres a la hora de abrir una lata de lo más sencilla.
Cuando estuvieron a cierta distancia de la casa de Marcia, ambos sintieron la necesidad natural de tomar una copa para reponer fuerzas y ánimos. Habían pasado por una experiencia sobrecogedora e inesperada. Ni en sueños se habría imaginado Edwin que un paseo sin más por el parque, en dirección a la casa de Marcia, pudiera acabar de esa forma. Y aun así, ¿cómo había acabado la cosa? Habían encontrado a Marcia en un estado lamentable, pero la habían trasladado en ambulancia al hospital, donde recibiría los mejores cuidados posibles. Nadie podía hacer nada más. En cualquier caso, ahora mismo su necesidad más acuciante era tomar una copa, y luego comer algo; los sucesos de la última hora habían retrasado la cena, y de todos era sabido que una experiencia sobrecogedora tenía unos resultados inesperados, que no eran necesariamente los más apropiados o deseables. Sentía un vacío en el estómago, y recordó que llevaba sin probar bocado desde el almuerzo.
—¿Te quieres quedar a cenar lo que tenga en casa? —propuso al padre G., pues sabía que en la casa del párroco no habría gran cosa. Él por lo menos tenía en la despensa los restos de un guiso.
—Es un detalle por tu parte, tengo bastante apetito.
Edwin sirvió jerez. ¿Había sido una de esas experiencias perturbadoras que obligaban a tomar un brandy?, se preguntó. Teniendo en cuenta todas las circunstancias, creía que no, puesto que no le afectaba de forma personal. En cualquier caso, debía ponerse en contacto con Letty, quien seguramente querría visitar a Marcia en el hospital. Visto así, suponía que todos debían hacerlo: los tres deberían hacer piña en torno a su cama. Le entraron de nuevo ganas de sonreír, casi de reír, y si en vez del padre G. hubiera estado Norman allí con él, pensó que, sin duda, lamentablemente, de la sonrisa habrían pasado a la risa. Le desconcertaba el modo en que aquello ocurría: cualquier pensamiento sobre las mujeres parecía ahora un tema de comicidad. Pero con el padre G. era distinto. En medio de la vida él estaba constantemente en la muerte…
—¿Crees que debería ir a verla al hospital? —le preguntó el padre G.—. No me supondría ningún esfuerzo…, el capellán del hospital es un viejo amigo mío. Tal vez ella piense que, dado que yo la vi, que por así decirlo yo la encontré…
—No sé lo que podría pensar Marcia. Pero estoy seguro de que le gustaría que alguien le hiciera una visita —afirmó Edwin con aire vacilante, ya que no estaba en absoluto seguro de ello. Tratándose de Marcia, ¿quién podía estar seguro de nada?
A la mañana siguiente, Edwin tuvo que darle la noticia a Norman.
—Yo habría pensado que un manicomio tendría más sentido que un hospital —apuntó Norman, con una dureza que tal vez ocultara una vaga emoción—. ¿Qué se supone que debemos hacer?, ¿mandar flores con Interflora…, hacer una colecta en la oficina? —Estaba de pie junto a la ventana y se sacudió como un perrito enfadado saliendo del agua.
—Compraré flores y se las llevaré… El hospital no queda lejos de donde vivo —dijo Edwin con ánimo tranquilizador—. Y avisaré a Letty.
Norman rebuscó en sus pantalones y sacó una moneda de cincuenta peniques.
—Es mejor que digas que son de todos, las flores. Toma, quiero contribuir con algo.
—Gracias. No entraré a verla, me limitaré a dejar las flores —explicó Edwin, aliviado por que lo embarazoso de la situación no los hubiera impulsado a soltar una carcajada, como se había temido. Tal vez aún quedaran cosas, como en los hospitales, que eran sagradas.
—A mí no me apetecería ir a verla —declaró Norman—. Sí que fui cuando ingresaron a mi cuñado, Ken, pero, claro, es que él no tenía a nadie y además somos de la misma sangre, así que me sentí obligado.
A punto estuvo Edwin de señalarle que con un cuñado no se compartía exactamente la misma sangre, pero pensó que era mejor dejar el tema, y si de lo que se hablaba era de personas que no tenían a nadie, más les valía recordar que Marcia también entraba en esa categoría.
El teléfono sonó en casa de la señora Pope justo cuando ella y Letty estaban sentándose para ver la televisión. Últimamente lo hacían bastante a menudo, y aunque todo había empezado con la señora Pope sugiriéndole a Letty que quizá le gustaría ver las noticias o algún otro programa educativo de interés cultural o científico, la verdad es que ahora rara era la tarde en que Letty no bajaba a ver cualquier cosa que echaran en la tele, ya fuera digno o no de atención.
—Vaya, hombre, ¿quién será ahora? —se quejó la señora Pope mientras se dirigía al vestíbulo—. Es para ti —dijo llamando a Letty en tono acusatorio —. La gente no debería llamar a estas horas.
Letty fue disculpándose hasta el teléfono. Era obvio que, ahora que se había inventado la televisión, ninguna hora era buena para llamar a la gente por las tardes, dado que, al poder elegir entre tres programas distintos, estaba claro que estarían viendo alguno. Hasta los peores tenían sus adeptos, y quién era nadie para juzgar cuáles eran los peores, esos que sería imposible que alguien quisiera ver.
Cuando Letty regresó a la sala de estar, la señora Pope le lanzó una mirada expectante. Letty no recibía muchas llamadas telefónicas y daba la impresión de que ella tampoco las hacía nunca.
—Era una voz de hombre —le dijo, para darle pie a seguir—, por lo que no puede ser tu amiga del campo.
—No, era Edwin Braithwaite.
—Ah, el señor Braithwaite. —La señora Pope se quedó esperando a que Letty continuase.
—Llamaba para contarme que han ingresado en el hospital a Marcia Ivory, la mujer que trabajaba con nosotros en la oficina.
—¡La han ingresado en el hospital! —El interés de la señora Pope se despertó de inmediato y Letty tuvo que repetirle lo que Edwin le había relatado sobre el desmayo de Marcia y la llamada a la ambulancia.
Aquello dio lugar a mayores indagaciones por parte de la señora Pope, por lo que al final Letty se vio obligada a contarle la historia de la operación de Marcia de pe a pa.
—Pero ¿cómo se ha enterado el señor Braithwaite? —quiso saber la señora Pope.
—Por lo visto fue él quien se la encontró así, desplomada en la cocina.
—No parece nada propio de él —objetó la señora Pope.
—Creo que iba acompañado de un religioso… ¿Sería el párroco, tal vez, que iba a hacerle una visita?
—Sí, imagino que podría ser el caso. Pero ¿no te parece más probable que él y esa señora fueran amigos? Al fin y al cabo, si trabajaban juntos y vivían tan cerca…
Letty fue incapaz de hacer comentario alguno sobre esa suposición. Que Edwin y Marcia tuvieran una relación era sin duda ir demasiado lejos. «Debería usted verla», pensó en decirle, pero un impulso de benevolencia la frenó. No se hacían comentarios como esos sobre una persona hospitalizada de gravedad. Y, por lo que ella sabía, la vida era en tantos aspectos tan absurda que efectivamente podría haber algo entre Edwin y Marcia. Una mujer casada, y no debía olvidar que la señora Pope lo había sido, podría fácilmente ser capaz de detectar en una relación sutiles matices de significado que caerían en saco roto para alguien tan inexperto como Letty. Por supuesto que había habido un señor Pope, aunque para Letty no fuera más que una fotografía en la sala de estar de la señora Pope, y no le correspondía a ella indagar más allá de aquel rostro de expresión paciente en el marco de plata. Y, además, en ese momento la pantalla del televisor estaba empezando a reclamar toda su atención.
Por pura casualidad se vieron transportadas a un contexto hospitalario, no de la forma romántica y popular sino como escenario de una investigación quirúrgica. Estaban llevando a cabo una operación, con comentarios e imágenes informativas.
—Es impresionante las cosas que pueden hacer ahora —señaló la señora Pope, con tono de satisfacción—. Por supuesto que a tu amiga no le harán nada de esto.
—Ay, no… —Letty se mostró pesarosa—. Espero que simplemente la tengan allí, en una cama.
—Si fuera en color —prosiguió la señora Pope—, podríamos ver exactamente qué está haciendo el cirujano. Habría sangre de verdad, y no kétchup, como he oído que utilizan en esas películas violentas.
—Creo que a mí no me gustaría verlo tan real —repuso Letty, apartando la mirada del primer plano en blanco y negro de un corazón que latía para concentrarse en su bordado.
—Estas cosas hay que verlas, nos guste o no —declaró la señora Pope, pues se había dado cuenta de que Letty le había vuelto la espalda a la pantalla —. No sirve de nada cerrar los ojos.
Letty quiso protestar: podían perfectamente estar viendo una película del Oeste en el otro canal, tampoco tenían que ver eso por fuerza.
—¿La tiene en color el señor Braithwaite? —preguntó la señora Pope.
Letty tuvo que reconocer que no lo sabía, ni siquiera sabía si Edwin tenía televisor o no. Jamás lo había mencionado, del mismo modo que jamás había dado la menor señal de sentir nada especial por Marcia. Si acaso alguien lo sentía, ese alguien era Norman, reflexionó, totalmente confundida.