Cuarteto de otoño

Barbara Pym · Capítulo 10 de 24

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Cuarteto de otoño

Capítulo 10

 

Solo una vez al año es Navidad,

pero viene cargada de felicidad…

 

Norman recitó el estribillo con un deje de sarcasmo en la voz. Nadie le discutió nada ni se ofendió por el tono, puesto que la Navidad es una época difícil para quienes ya no son jóvenes ni cuentan con parientes cercanos o familiares a su cargo y, en la oficina, todos andaban pensando en el sufrimiento y en las dificultades que les supondrían las mal llamadas fiestas. Edwin era el único que pasaría las navidades a la manera tradicional y aceptada, en su papel de padre y abuelo. La gente era propensa a decir que «la Navidad es una época para los niños», y él estaba dispuesto a comulgar y a decir amén a todo aquello, aunque habría preferido mil veces pasar las fiestas solo en casa, con nada más que una copa rápida en compañía del padre G. entre celebración y celebración en la iglesia, para marcar el carácter secular de la ocasión.

Al propio Norman lo habían invitado a la comida de Navidad su cuñado Ken y su amiga, la mujer que supuestamente iba a sustituir a su difunta esposa, la hermana de Norman.

—Al fin y al cabo, no tiene a nadie —dijeron ellos, lo mismo que habían dicho cuando permitieron que Norman visitara a Ken en el hospital.

—Bueno, así les ayudo a acabar con el pavo —fue el modo en que Norman se tomó la invitación, y, dado que ese día no había transporte público, Ken iría a recogerlo en coche y luego lo acompañaría de nuevo a casa, por lo que en ese punto no había nada que objetar. A veces el infame automóvil tenía sus ventajas.

Lo que realmente era preocupante o, en palabras de Janice Brabner, «planteaba un cierto problema» eran las mujeres: Letty y Marcia. No tenían familiares con quienes pasar la Navidad y para ellas, desde hacía muchos años, eran unas fechas que deseaban que acabasen lo antes posible. A menudo Letty las había pasado en el campo, con su amiga, pero este año Marjorie contaba con el padre Lydell, grabado ya para siempre en la memoria de Letty recostado en un cómodo sillón degustando un vino apropiado para la ocasión, sin duda un borgoña o puede que un ponche caliente de clarete, típico de la época navideña. Fuera como fuese, consideraba que este año sería una intrusa, y, además, no había recibido ninguna invitación. Respecto a esto Letty era consciente de la vergüenza de su amiga por no poder invitarla, por lo que las fiestas tampoco serían de pura felicidad y tranquilidad para Marjorie. En la guerra no hay vencedores, como rezaba el dicho, y por muy inapropiada que pudiera ser la idea, en cierto modo venía al caso.

Con el paso de los años, a Marcia le preocupaba cada vez menos la Navidad. Cuando su madre vivía, era una época tranquila, marcada solo por la preparación de un ave más grande que de costumbre —su carnicero solía recomendarles «un buen capón», por ser adecuado para dos damas que pasaban la Navidad solas— y la adquisición de algunos víveres especiales, así como de exquisiteces de ave, para Snowy, el viejo gato. Después de la muerte de su madre, Snowy le había bastado a Marcia como compañía, y cuando este se marchó, el día de Navidad dejó de tener un significado especial y tendió a diluirse con el resto de las fiestas, hasta que acabó por no diferenciarse en nada de cualquier otro día.

—Tenemos que hacer algo con la señorita Ivory.

En eso estaban de acuerdo Nigel y Priscilla. La Navidad era la época de «hacer» algo por los ancianos o «las personas de la tercera edad», como las describía la expresión más eufemística, aunque eso, en la mente de Priscilla, evocaba imágenes de mujeres frágiles y desvalidas, más que de personas como la señorita Ivory.

—Lo peor es la soledad…, o eso es lo que dicen —afirmó Priscilla—. Los pobrecitos lo único que anhelan es alguien con quien hablar. —Una tarde se había encontrado con Janice Brabner, que pretendía visitar a Marcia, pero sin obtener respuesta alguna, ni al timbre ni a sus nudillos en la puerta—. No tienen ninguna alegría, de ningún tipo —fue exactamente lo que dijo, aunque «alegría» no era exactamente la palabra. Janice pasaba las navidades fuera y estaba preocupada por Marcia, así que Priscilla le había prometido que la tendría vigilada, e incluso la invitaría a comer algún día, ¿y qué mejor ocasión que el pavo del día de Navidad?

Nigel había mostrado ciertas reticencias al respecto.

—Tampoco es tan mayor —objetó—. Es lo bastante autónoma como para ir a trabajar, por muy extraña que sea. Sí, supongo que invitarla sería un gesto amable, aunque no acabo de ver que vaya a encajar con tus abuelos.

—Tal vez rechace la invitación —declaró Priscilla—, pero creo que debo decírselo.

—No quiso que le cortara el césped aquella vez que me ofrecí —comentó Nigel, esperanzado.

—Pero la Navidad es algo distinto —repuso Priscilla, y, evidentemente, también era lo que Marcia pensaba, pues incluso logró sonreír cuando la invitaron.

Por supuesto que los abuelos se mostraron amabilísimos con ella, de tan agradecidos que estaban por no ser de esos ancianos que necesitaban que alguien «hiciera» algo por ellos. La abuela de Priscilla iba elegantísima de rosa y blanco, con un peinado precioso y un conjunto de colores pastel, nada que ver con Marcia, con aquel pelo teñido de forma rudimentaria y un vestido particularmente horrible de una tonalidad azul fuerte que no podía ser menos favorecedora. Tras su jubilación, los abuelos llevaban una vida de lo más útil y ajetreada en el condado de Buckinghamshire: sus jornadas eran plenas e interesantes; y durante la estancia con Priscilla en Londres tendrían la agenda repleta de actividades provechosas, de visitas a teatros y galerías de arte. ¿A qué se dedicaba Marcia o, mejor dicho, a qué se dedicaría cuando se jubilara al año siguiente? A nadie le gustaba hacer conjeturas, y la pregunta, expresada con cortesía y amabilidad, suscitó una de esas respuestas que no llevan a ninguna parte. Marcia tampoco le hizo verdadera justicia al tradicional menú navideño. En primer lugar, el descubrimiento de que no bebía ensombreció ligeramente el desarrollo de la jornada y, por otro lado, la esperanza de que fuera de buen comer se vio frustrada por el modo en que fue arrinconando en un lado del plato la poca comida que se sirvió. Murmuró algo así como que era de poco comer, aunque Priscilla pensó que, al menos por educación, podría hacer el paripé de probar algún bocado, después de todas las molestias que se habían tomado por ella. Pero, vamos, que Janice ya la había prevenido: la experiencia con aquellas personas no era necesariamente gratificante, había que seguir lidiando con ellas y basta. Quizá habría sido más fácil si Marcia hubiera sido mucho más anciana, un vejestorio de verdad.

Después del almuerzo se sentaron a tomar café en torno al fuego y repartieron bombones. A todos les entró la modorra y les habría gustado cerrar los ojos y echar una cabezada, pero la presencia de Marcia los cohibía. Les parecía imposible quedarse dormidos con aquellos ojitos redondos y brillantes clavados en ellos. Todos respiraron de alivio cuando de repente se levantó y dijo que debía marcharse.

—¿Cómo va a pasar el resto de las fiestas? —le preguntó Priscilla, como si estuviera decidida a seguir castigándose aún más—. ¿Tiene algún plan para el día de San Esteban?

—¿El día de San Esteban? —Marcia pareció no comprender el significado de ese día, pero, después de una pausa, declaró con aire grandilocuente—: Quienes trabajamos en oficinas valoramos mucho nuestro tiempo de ocio, por lo que no necesitamos hacer planes sofisticados. —Algo que, por supuesto, todos tenían que respetar, dando al mismo tiempo las gracias por no tener que hacer nada más por las navidades de Marcia.

Al día siguiente Marcia se levantó tarde y pasó la mañana ordenando un cajón lleno de periódicos viejos y bolsas de papel, algo que llevaba aplazando desde hacía mucho tiempo. Luego revisó el contenido de su despensa, pero no comió nada hasta la noche, momento en el que abrió una latita de sardinas. Era un resto de las provisiones de Snowy, lo que realmente no implicaba echar mano de sus propias reservas. En algún lugar había oído o leído que las sardinas eran ricas en proteínas, aunque aquella no era la razón por la que había abierto aquella lata en concreto. Ni siquiera recordaba que el joven médico del hospital le hubiera dicho que debía comer más.

Letty se había concienciado para afrontar la Navidad con valor y una suerte de arrojo premeditado, estaba decidida a mantener a raya la posibilidad de sentirse sola. No es que realmente le importase estar sola, algo a lo que estaba acostumbrada, sino más bien que la gente descubriera que nadie la había invitado a pasar ese día en compañía y, por lo tanto, se compadeciera de ella. Hizo de tripas corazón mientras leía los artículos del periódico y escuchaba los programas de la radio que apelaban al sentimiento de culpa colectivo de quienes no eran viejos ni estaban solos ni tenían la suerte de contar con algún pariente lejano o un vecino al que pudieran invitar a casa por Navidad, diciéndose a sí misma que al menos no tenía por qué sentirse culpable durante estas fiestas. Marjorie tampoco parecía albergar ninguno de esos sentimientos, reflexionó Letty, pues ni siquiera le había mencionado la posibilidad de pasar con ella la Navidad y, por si fuera poco, le había enviado su felicitación navideña y su regalo (espuma de baño y crema de manos envueltos en un sofisticado paquete) más pronto que de costumbre, para que, en ese sentido, no hubiera lugar a malentendidos. De todas formas, no habría aceptado, se dijo Letty a sí misma con firmeza, no si David Lydell seguía allí. Hasta con la pesada carga de las celebraciones navideñas en la iglesia, sin duda habría encontrado tiempo de sobra para pasarlo en compañía de su prometida y, al recordar el pícnic, a Letty no le apetecía tener que verse de nuevo en el papel de carabina.

Así que se preparó para pasar la Navidad sola, pues entendía que la señora Pope se marcharía a casa de su hermana, que vivía en un pueblecito de Berkshire. Sin embargo, en el último momento hubo un cambio de planes y, tras varias llamadas telefónicas, al final la señora Pope anunció que no se iría. El detonante del cambio de planes fue una discusión a raíz de la calefacción, ya que al parecer la hermana de la señora Pope era demasiado tacaña para encender los acumuladores de calor antes de enero, y su casita de campo no solo era fría sino también húmeda y diminuta.

—Pues que sepas que no iré, ni ahora ni nunca —sentenció la señora Pope, en pie de guerra junto al teléfono, con toda la dignidad de sus ochenta y tantos años.

—El calor es muy importante —declaró Letty, al recordar las conversaciones sobre hipotermia en la oficina.

—¿Tiene pensado algún menú especial por Navidad? —le preguntó entonces la señora Pope.

A Letty ni se le había pasado por la cabeza que la señora Pope pudiera sugerirle celebrar juntas las fiestas o preparar algo a medias, pues hasta ahora no habían comido jamás juntas, aunque sí que habían coincidido en la cocina mientras cada una se hacía su desayuno o su cena. Al principio no le hizo gracia tener que admitir que había comprado un pollo, ya que considerar la posibilidad de comerse ella sola un ave entera, por muy pequeña que fuera, podía parecer casi troglodita, aunque cuando cayó en la cuenta de lo que la señora Pope tenía en mente, no le quedó otra que confesarlo.

—Tengo un poco de jamón y un pudin de Navidad, uno que hice el año pasado, así que lo mejor será que comamos juntas —sugirió la señora Pope—. Resulta ridículo pensar que dos mujeres bajo el mismo techo hagan su comida de Navidad cada una por su cuenta. Aunque tampoco es que yo prepare ningún menú navideño especial: es de lo más insensato que las personas mayores se peguen atracones, ni en Navidad ni en ningún otro momento.

Así que a Letty no le quedó otra que escuchar a la señora Pope disertando sobre su tema de conversación favorito: la excesiva cantidad de alimentos que ingería la mayoría de la gente. No era el tema más propicio para disfrutar de una comilona y Letty no pudo evitar pensar que, en esa ocasión, hubiera sido preferible quedarse en su cuarto de la casa del señor Olatunde. Seguro que la habrían invitado a una alegre celebración navideña nigeriana, y no fue la primera vez que se preguntó si la decisión de mudarse había sido la acertada. Pero, bueno, a estas alturas el día de Navidad ya había pasado y a punto estaba de terminarse: eso era lo más importante.

La radio daba a elegir entre un programa de humor, con las risotadas del público en el estudio, algo que en ese momento no le hacía ninguna gracia, y uno de villancicos, con sus tristes recuerdos de la infancia y aquellos momentos que ya jamás volverían. Así que cogió el libro que había sacado de la biblioteca y se sentó a leer, preguntándose cómo habrían sido las navidades de sus compañeros de oficina. Luego se acordó de que las rebajas de Kensington empezaban el día después de San Esteban, y de repente se sintió más animada.

—Tirando la casa por la ventana, ¿eh? —dijo Norman, con su habitual jovialidad, mientras Ken le llenaba la copa hasta arriba.

—Bueno, siempre pienso que una buena comida, como la que acabamos de degustar, merece estar bien regada —repuso Ken.

—Solo espero que luego no pagues demasiado caras las consecuencias. — A Norman le resultó imposible resistirse a poner el toque funesto a las fiestas.

Al fin y al cabo, la última vez que había visto a Ken había sido bocabajo en la sala posoperatoria masculina, lamentándose de su suerte. Suerte que ahora parecía sonreírle con esta novia —Joyce se llamaba, y podía acortarse a Joy— que no solo era bastante guapa y una excelente cocinera, sino que también tenía algo de dinero e incluso había aprobado el examen del Instituto de Automovilistas Avanzados, significara aquello lo que significase. Por lo que a Ken le sobraban los motivos para tirar la casa por la ventana.

Así que, nada, por él que siguieran así, «lavando los platos como dos tortolitos en el fregadero de la cocina», pensó Norman, sentado junto a la chimenea, tal y como ellos habían insistido cuando se ofreció con desgana a echar una mano.

—Tú quédate aquí con los pies en alto —le ordenó Joy—. Descansa un ratito, al fin y al cabo eres uno de los trabajadores que levantan el país.

Norman suponía que los tres lo eran, para el caso, aunque él y Ken se pasaran sentados la mayor parte de su vida laboral: Ken, atrapado en el asiento del copiloto de un coche de autoescuela, y él, Norman, delante de su escritorio sin dar palo al agua. En cualquier caso, no le disgustaba la idea de descansar un rato, sobre todo después de un buen festín, y siempre era agradable observar cómo ardían las brasas, sin tener que preocuparse por que se acabaran las monedas del contador.

—¿Dónde vive exactamente? —preguntó Joy, con sus guantes de goma rosa sumergidos en el agua del fregadero.

—¿Norman? Ah, pues tiene una habitación alquilada… por la zona de Kilburn Park.

—Con lo que poca compañía tendrá, ¿no? Debe de sentirse un poco solo.

—Hay muchísima gente que vive sola —señaló Ken.

—Ya, pero en Navidad… ¿No te parece bastante triste?

—Bueno, hoy está con nosotros, ¿no? No veo qué más podemos hacer.

—¿Nunca pensaste en compartir?

—¿Compartir? Lo dirás en broma, ¿no?

—A ver, no me refiero a ahora. Sino cuando tu mujer, cuando Marigold… —Joy pronunció el nombre tímidamente, pues jamás sería capaz de acostumbrarse ni de creer que aquel era el nombre con el que habían bautizado a la mujer de Ken— falleció y tú te quedaste solo…

Ken aguardó en medio de un silencio sepulcral a que ella expresara con palabras lo que estaba pensando: que podría haberle pedido a Norman —el cuñado con el que no tenía nada en común aparte de haber estado casado con su hermana— que se mudara a su casa, ¿no era eso? ¡Imagínate compartir casa con Norman! La mera idea bastaba para ponerle los pelos de punta, y pensar cómo podía haber sido le hizo sonreír, hasta le entraron ganas de reír, por lo que el silencio sepulcral se distendió y, juguetonamente, le lanzó un paño de cocina a su futura segunda esposa.

«Con que tonteando en la cocina», pensó Norman al oír las risas, aunque no sintió ninguna envidia, pues su actitud era la de «me alegro de no estar en su lugar». Después de que Ken lo depositara en la puerta de su casa, tras bajarse de su flamante automóvil amarillo limón, Norman regresó a su habitación alquilada, bastante satisfecho con lo que le había tocado en suerte. Sin duda estas navidades le habían levantado un poco la moral, pero con el jolgorio de hoy ya había tenido de sobra, y no veía el momento de volver a la oficina para enterarse de cómo les había ido a los demás.

En el tren de vuelta de casa de su hija y su familia, Edwin se sintió exhausto y agotado, aunque también aliviado. Le habían pedido que se quedara más días, por supuesto, pero él había alegado diversos compromisos ineludibles, pues una vez pasado el día de Navidad, con una «eucaristía familiar», algo en cierto modo inapropiado como principal celebración religiosa (nada de misa mayor), y el día de San Esteban, con un exceso de pavo frío y niños rebeldes, le daba la impresión de que ya había tenido bastante. Su yerno lo llevó en coche a la estación mientras la familia asistía a una función musical navideña donde se encontrarían con los demás abuelos y otro montón de niños. Juntos formaban un alegre grupo familiar, pero no era exactamente su «ambiente», en palabras de Norman.

Al sacar su agenda, Edwin se paró a pensar en los días posteriores a Navidad. Hoy, 27 de diciembre, era San Juan Evangelista y esa misma tarde habría una gran misa mayor en la parroquia homónima que había al otro lado del parque del distrito; era su fiesta patronal, claro está, y el sacerdote era amigo del padre G. Luego, un día después, el 28 de diciembre, eran los Santos Inocentes; para eso intentaría acercarse a Hammersmith. La gente no parecía ser consciente de la cantidad de cosas que ocurrían después de Navidad, independientemente del día en sí.