Cuarteto de otoño
Capítulo 16
Pese a llevar muerto varios años, Marcia seguía echando de menos al viejo gato, Snowy, y una tarde, al toparse con uno de sus platos en el armario debajo del fregadero, se acordó todavía más de él. La sorprendió y también la irritó un poco darse cuenta de que el plato aún conservaba pegados algunos restos resecos de Kitekat. ¿Significaba eso que no lo había lavado después de su muerte? Le extrañaba. Tal vez esto no habría sorprendido a un desconocido, pero Marcia se consideraba un ama de casa meticulosa y siempre había prestado especial atención a los platos de Snowy, que mantenía, en sus propias palabras, «como los chorros del oro».
Aquel descubrimiento suscitó en ella el deseo de visitar la tumba del gato, ubicada en algún lugar al fondo del jardín. Cuando Snowy murió, el señor Smith, que vivía en la casa de al lado antes de que llegaran Nigel y Priscilla, había cavado una tumba, y Marcia había depositado en ella el cuerpo de Snowy envuelto en un trozo de su vieja bata azul, de tela de rizo, sobre la que a él le gustaba dormir. «En medio de la vida estamos en la muerte», había pensado ella, consciente del significado de la tela y sus asociaciones. No había señalado la tumba de ningún modo, pero recordaba dónde estaba, pues cada vez que recorría el sendero pensaba: la tumba de Snowy. Sin embargo, con el paso del tiempo se había olvidado de la ubicación exacta y ahora, en pleno verano, con todos los hierbajos ya crecidos, no hubo manera de encontrarla. Esa parte del jardín estaba tan cubierta de maleza que apenas distinguía dónde acababa el sendero y empezaba el parterre. Había un arbusto de hierba gatera que crecía descontrolado, por lo que la tumba debía de estar por allí, ya que a Snowy le encantaba revolcarse en esa planta, pero ahora era del todo imperceptible, pese a que Marcia separó con las manos la capa de hojas y malas hierbas. Entonces se le ocurrió que si se ponía a excavar en ese trozo del jardín seguramente acabaría topándose con la tumba, y tal vez desenterrara un retal de la tela de rizo azul y luego puede que hasta encontrara los huesos.
Fue hasta el cobertizo en busca de una pala, pero pesaba demasiado, y si en el pasado alguna vez había podido manejarla, no cabía duda de que ahora era incapaz. «Es por la operación, claro», pensó, intentando por enésima vez remover la tierra y el espeso cúmulo de maleza: diente de león, cardos y correhuela, plantas de raíces fuertes enmarañadas y apelmazadas.
Fue así como la vio Priscilla, agachada al fondo del jardín. ¿Qué estaba haciendo?, ¿qué intentaba excavar con aquella pesada pala? Era algo preocupante e inquietante, y es que las personas mayores, en particular la señorita Ivory, le reconcomían permanentemente la conciencia. No solo era una vecina, sino también lo que Janice Brabner denominaba una persona «desfavorecida» y eso, significara lo que significase (Priscilla no estaba del todo segura), era sin duda algo por lo que preocuparse. Por supuesto que Nigel le había preguntado a la señorita Ivory si quería que le cortase el césped, pero ella lo había preferido tal como estaba, y tampoco se podía hostigar a los ancianos, pues su independencia era el último tesoro que les quedaba y había que respetarlo. No obstante, una siempre podía ofrecerles un poco de ayuda con la jardinería, cavando, por ejemplo… Pero no justo ahora, cuando Priscilla esperaba invitados para cenar y todavía tenía que preparar los aguacates y hacer la mayonesa. Tal vez hiciera una tarde lo bastante buena para tomar una copa al aire libre, en el pequeño patio que habían construido, pero la vista del jardín abandonado de la vecina le restaría elegancia a la ocasión, y si la señorita Ivory pensaba seguir cavando de aquel modo inquietante, habría que tomar cartas en el asunto. Aunque justo en ese momento, para alivio de Priscilla, se encaminó en dirección a la casa, arrastrando tras de sí la pesada pala. Había que aferrarse a la esperanza de que supiera lo que hacía.
Al entrar de nuevo en la cocina, Marcia no recordaba para qué había salido, pero la imagen del plato del gato en el fregadero le refrescó la memoria. No había ni rastro de la tumba y no tenía las fuerzas suficientes para seguir cavando en su búsqueda. Suponía que debía comer algo, pero le daba pereza ponerse a cocinar y no quería alterar sus reservas de latas. Así que se limitó a prepararse una taza de té añadiéndole un montón de azúcar, como lo preparaban en el hospital. «¿Una tacita de té, señorita Ivory? ¿Con azúcar, reina?» Marcia recordaba con calidez aquella época y a aquella buena mujer, Nancy, la llamaban, cuando pasaba con el té.
Aquella misma tarde de verano, Letty estaba ayudando a la señora Pope y a la pequeña y peluda señora Musson a clasificar la ropa que les había llegado en respuesta a la colecta para los ancianos refugiados.
—¿Qué pensarías si te dieran esto? —dijo la señora Pope, sosteniendo una minifalda de un rojo intenso—. La gente no tiene ni idea de lo que de verdad hace falta.
—Algunas mujeres orientales son muy pequeñas —apuntó Letty sin convicción—. Así que supongo que podrían ponérsela. También es que, claro, una no sabe exactamente qué necesitan… Es muy difícil imaginarse… —El horror de las imágenes en la pantalla del televisor de la señora Pope parecía no guardar ninguna relación con las montañas de prendas nada apropiadas que se apilaban en el suelo del comedor de la señora Musson.
La señora Pope se había negado a recoger la ropa en su propia casa.
—Nadie se esperaría que una mujer de más de ochenta años… — Sostenía, y por supuesto que en eso tenía un poco de razón, aunque no estuviera del todo claro cuánta.
Letty sospechaba que podría ser un temor ancestral, profundamente arraigado, a «las fiebres y las enfermedades», lo que le hacía evitar un contacto demasiado cercano con la ropa desechada por otras personas. En cuanto a que nadie esperase que una mujer de ochenta y tantos años metiera en su casa aquel revoltijo de prendas viejas, la verdad es que aquello no tenía nada que ver con todo el asunto, pues la señora Pope hacía exactamente lo que le venía en gana, gracias a lo cual Letty se dio cuenta de que envejecer quizá tenía sus ventajas, por muy pocas que fueran.
Durante los meses posteriores a su jubilación, Letty había intentado con ahínco integrarse en la vida que la rodeaba en el barrio residencial del noroeste de Londres en el que ahora residía. Eso implicaba, tal como Edwin se había imaginado, participar en las actividades de la parroquia, sentarse en los bancos más bien del fondo, tratar de descubrir lo que para la gente significaba ser practicante, independientemente del hábito y las convenciones, preguntarse si aquello significaría algo para ella y, en ese caso, en qué forma se manifestaría. Una gélida tarde de marzo se unió a un pequeño grupo, de poco más de dos o tres personas, que arrastraban los pies entre las estaciones del vía crucis. Era el tercer miércoles de Cuaresma y había nevado; ahora la nieve lucía dura y congelada en el suelo. La iglesia estaba helada. Las rodillas de las ancianas crujían al doblarse en cada estación, y después sus manos tenían que agarrarse al borde de los bancos para volver a levantar el peso de sus cuerpos. «De dolor en dolor, de pena en pena…», recitaban, aunque los pensamientos de Letty estaban concentrados en sí misma y en cómo organizar el resto de su vida. La Pascua era mucho mejor con diferencia, con la iglesia llena de narcisos y la gente esforzándose por vestir bien, pero en Pentecostés hacía un frío glacial, con un cielo gris plomizo y la calefacción de la iglesia apagada. ¿Era entonces cierto que la gente solo iba en busca de la luz y el calor, el café después de la celebración del domingo por la mañana y la palabra amable del párroco?
En una ocasión, Edwin había asistido a una celebración y Letty lo saludó con tanta efusividad que debió de asustarse, pues no había vuelto a aparecer.
—Bah, es que suele moverse por un montón de iglesias, según se le antoja —había señalado alguien, y por supuesto Letty sabía que era cierto.
Ni siquiera el padre G. contaba con toda su lealtad.
—Es viudo —había dicho la señora Pope—, aunque claro, eso tú ya lo sabes, si trabajabas con él. Y se tomó muchísimas molestias por buscarte una habitación cuando aquel negro compró la casa en la que vivías. Debe de apreciarte mucho, solo tuvo palabras cálidas para ti. —Y para la señora Pope aquello ya era extralimitarse, aunque la dudosa posibilidad de que Edwin fuera «cálido» no hizo nada por calentar el frío corazón de Letty.
Ahora por lo menos pensaba estar haciendo algo útil, ayudando a clasificar y empaquetar la ropa para los refugiados de la tercera edad. Habría preferido un objetivo un poco más cercano, personas a las que pudiera imaginarse de verdad poniéndose aquella ropa, incluso la minifalda rojo escarlata, pero no iba a poder ser. Toda la ropa que podía resultar apropiada simplemente se despachaba en bolsas de plástico negro, mientras que las prendas menos apropiadas se apartaban para los mercadillos benéficos.
—Tendrá que darle un buen fregado a la habitación después de esto, claro —apuntó la señora Pope, y la señora Musson no pudo por menos que estar de acuerdo, sintiéndose obligada a señalar que de todas formas la limpiaba todos los días.
—Supongo que la ropa se podría haber enviado a los círculos parroquiales, ¿no? —sugirió Letty.
—Uy, eso habría sido imposible —respondió la señora Pope.
Sin embargo, Letty, ni siquiera con su experiencia recién adquirida en asuntos parroquiales, contaba todavía con los conocimientos esotéricos que le permitirían resolver ese enigma. Nada era nunca lo que podía parecer.
—Hace una tarde preciosa —declaró mirando por la ventana—. ¡Con todo ese laburno!
Norman, que regresaba del trabajo, no se fijó en el laburno en plena floración en el jardín de la plaza, pero se animó al ver que parecía que habían retirado el viejo coche que llevaba allí abandonado más de una semana. Había dado parte a la policía y al ayuntamiento, y la hermosa tarde de verano le hizo tomárselo como un logro, una sensación agradable y poco habitual en él. Aquello dio paso a una cierta inquietud, de modo que después de freír panceta y tomates y abrir una latita de sus alubias blancas favoritas, creyó que no podía conformarse con acomodarse en su habitación en compañía del Evening Standard y la radio. Sentía que necesitaba salir, subirse a un autobús que lo llevara a cualquier otra parte de Londres, un autobús cualquiera, el primero que pasara, si es que pasaba alguno, añadió con sarcasmo.
Finalmente llegó uno, se montó en él y sacó un billete hasta Clapham Common, reparando después de haberlo hecho en que Edwin vivía en esa dirección, aunque por supuesto era casi imposible que se cruzara con él. Lo más probable es que estuviera participando en alguna sofisticada ceremonia en una de sus numerosas iglesias.
En la planta de arriba del autobús, Norman se acomodó para el largo trayecto; «además, con lo que cuesta el billete…», pensó. Ocupó el asiento delantero, como un turista en Londres, para observar toda la escena que lo rodeaba, las vistas que desfilaban ante sus ojos: los famosos monumentos, los edificios, el río; también los jardines y las personas que trabajaban en el césped y los setos; y en la calzada, los hombres ocupados en las rutinas automovilísticas. Al llegar a una parada que consideró apropiada, se apeó del autobús y comenzó a caminar sin rumbo. Ya no estaba en absoluto seguro de por qué había venido o de qué iba a hacer una vez que llegara, aunque no sabía muy bien adónde. Al salir de la zona verde fue a parar a una calle secundaria y, al igual que tiempo atrás había hecho Edwin, cayó en la cuenta de que en la placa que estaba mirando se leía el nombre de la calle donde vivía Marcia. No obstante, a diferencia de Edwin, él no se dio media vuelta, sino que echó a caminar por ella, eso sí, sin ningún plan concreto en mente. Estaba seguro de que no pretendía hacerle una visita, ni siquiera recordaba el número de la casa. Aunque ¿no sería fácil reconocerla?, se preguntó, ¿no destacaría por ser distinta de las villas pareadas victorianas elegantemente remodeladas de aquella zona residencial, con sus puertas principales en tonos pastel, sus faroles de carruaje, sus patios enlosados y sus cocheras?
Por supuesto, estaba en lo cierto. La casa de Marcia, con su pintura descascarillada verde y crema, sus laureles polvorientos y sus cortinas deslucidas, era inconfundible. Se quedó en la acera de enfrente y la contempló con asombro y fascinación, de forma muy similar a como contemplaba los animales momificados del Museo Británico. La vivienda parecía desierta, las cortinas a medio echar, y pese a ser una tarde calurosa, las ventanas no tenían abierta ni una rendija. El jardín, hasta donde Norman alcanzaba a ver, estaba totalmente abandonado, aunque había un majestuoso y vetusto árbol de laburno en plena floración. Las ramas se encorvaban sobre un pequeño cobertizo destartalado y, desde donde estaba, Edwin vio a Marcia salir de él con varias botellas de leche en los brazos. Tenía el pelo casi totalmente blanco y llevaba puesto un viejo vestido de algodón con un estampado de grandes flores rosas. La visión fue tan extraña que se quedó clavado en el sitio. Le daba la sensación de que ella lo había visto y, por un instante, parecieron mirarse fijamente el uno al otro (de nuevo como en el encuentro con los animales momificados en el Museo Británico) sin dar señal alguna de reconocimiento mutuo. A continuación, Marcia desapareció de su vista, «es de suponer que para regresar al interior de su casa», pensó él.
Norman cruzó la calle sin una idea clara de qué debía hacer. ¿Debía acercarse a la puerta y llamar al timbre, presentarse? El instinto le decía que saliese corriendo, pero antes de que pudiera decidirse vio que una mujer joven se aproximaba a la casa desde la dirección opuesta. Caminaba con determinación y, al ver a Norman merodeando delante de la casa de Marcia, se dirigió a él con brusquedad:
—Viene a visitar a alguien, ¿verdad?
—Ah, no, solo estaba paseando —se apresuró a responder Norman.
—Llevo un rato observándolo —prosiguió Janice—. ¿Conoce a alguien en esta casa?
—¿Y a usted qué le importa? —le espetó Norman.
—Tenemos que andar bien atentos, todos. Últimamente ha habido algunos robos en la zona.
—¡Ah, vaya por Dios! —saltó de repente Norman—. Aunque no me imagino que Marcia Ivory tenga mucho de valor que robar.
—¿Entonces la conoce? Disculpe, pero ya sabe cómo son las cosas… Es normal que una sospeche. —Janice sonrió—. A decir verdad, estaba a punto de visitar a la señorita Ivory… Soy trabajadora social, voluntaria.
—La tiene usted vigilada, ¿no?
—Exacto. Me paso a verla de vez en cuando.
—Eso está bien. Bueno, pues hasta la vista. Debo irme. —Norman hizo ademán de ponerse en marcha.
—¿No va a entrar a verla, ya que está aquí? —preguntó Janice.
—Ah, ya la he visto —respondió Norman, a varios metros de distancia. Y, por supuesto, en cierto modo aquello era cierto. Su imagen cargando con las botellas de leche sin duda ya contaba como haberla visto, y eso bastaba. Una vez visto, no se olvidaba, pensó. Pero por lo menos podría contarle a Edwin que, aunque la casa de Marcia parecía un poco cutre, por utilizar una palabra moderna, una trabajadora social joven y dispuesta la tenía vigilada. Lo que no se deducía por fuerza, no obstante, era que le fuera a contar a Edwin lo de esa tarde: no le apetecía tener que explicarle lo que había estado haciendo en esa zona de Londres, qué impulso repentino lo había motivado a ir hasta allí. Había sido eso sin más y era probable que Edwin no lo comprendiera.
Dentro de la casa, Janice decía con su tono más jovial:
—Veo que acaba de tener visita.
Marcia la miró fijamente, de aquella forma desconcertante con la que siempre recibía cualquier comentario o pregunta.
—El caballero que he visto en la calle.
—Ah, ¡ese! —exclamó con desdén—. Era solo un compañero de trabajo. No quiero que nadie así venga a verme.
Janice suspiró. Sería mejor dejar el tema de la visita de aquel caballero, aquel gracioso hombrecillo.
—¿Y cómo sigue usted? —preguntó—. Hoy ha ido a hacer la compra, ¿verdad?