Cuarteto de otoño

Barbara Pym · Capítulo 21 de 24

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Cuarteto de otoño

Capítulo 21

 

 

—Quién lo habría pensado…

«Era inevitable que Norman dijera algo así», reflexionó Letty, al recordar la última vez que habían comido juntos en un restaurante. De hecho, quién habría pensado aquel día en el Rendezvous que la siguiente vez sería así. Claro que ahora estaba con ellos el padre G., lo que añadía un toque distinto.

—Veamos, pues… —El padre G. cogió la carta y empezó a estudiarla. Presuponía que entre él y Edwin compartirían el coste de la comida: Letty no pagaría por ser mujer y Norman por ser, en cierto modo, inferior al tipo de hombre que uno esperaría que lo invitara a almorzar. Se había preguntado qué ocurriría después, al comprobar que la fallecida parecía no tener ningún

familiar capaz de organizar los pasteles funerarios[7]. Al principio se había preguntado si el propio Edwin los volvería a invitar a su casa, pero lo tranquilizó que en vez de eso hubiera optado por un restaurante cercano con licencia para servir alcohol. Era un cambio agradable no tener que apiñarse en la sala de estar o el lounge de una casa en las afueras, todas amuebladas sin excepción con un gusto espantoso, ni verse obligados a tomar un jerez dulce o las inevitables tazas de té. ¿Sería remotamente apropiado, se preguntó, proponer lo que de verdad le apetecía en ese momento: un Martini seco?

—Algo de beber, diría yo —propuso Edwin, dando voz a la idea del padre G.

—Sí, yo también diría… —murmuró Letty.

—Te deja sin ganas de nada, un día así —comentó Norman con torpeza. Su intención era decir que lo que te deja sin ganas de nada es un funeral, pero por alguna razón no le había salido la palabra, como si no le gustara pensar en ello, y menos aún pronunciar la palabra en voz alta.

Aquello le dio alas al padre G., que se sintió justificado para tomar las riendas y actuar. Llamó a un camarero y pidió las bebidas: un jerez medium para Edwin y Norman, un Martini seco para él, y para la dama… La vacilación de Letty, la ligera sensación de que no deberían beber alcohol cuando la pobre Marcia jamás probó una gota, fue interpretada por el padre G. como recato femenino o ignorancia de las posibilidades que había a su disposición.

—¿Por qué no prueba un Martini seco? —sugirió—. La calmará.

—Sí, yo también opino que quizá necesite algo así —asintió, y cuando llegó su copa, sí que le dio la impresión de que en cierto modo la calmaba.

«Algo hay de eso —pensó—, el consuelo del alcohol en un momento como este.» También surtió el efecto de hacerle ver que, mientras que la pobre Marcia ya no estaba entre ellos, ella y los demás seguían vivitos y coleando: Edwin, con su carácter habitual, gris y solemne; Norman, claramente emocionado de alguna forma; y el padre G., el religioso eficiente y mandón. Al echar un vistazo al restaurante, se fijó en un arreglo floral de guisantes de olor de plástico con intensos colores artificiales, en un grupo de hombres de negocios en una mesa alargada y en dos mujeres vestidas con elegancia que comparaban telas estampadas para cortinas. Consciente de estar viva, se dejó convencer por el padre G. y eligió los oeufs a la florentina, porque sonaban atractivos; él pidió un filete; Edwin, platija a la plancha, y Norman, coliflor gratinada.

—No me apetece comer mucho —añadió Norman, abocando sutilmente a los demás a que pensaran que tampoco les debía apetecer comer mucho.

—¿Está usted ya jubilada? —le preguntó el padre G. a Letty, para darle conversación—. Debe de ser… —Trató de encontrar una palabra que describiera lo que la jubilación de Letty debía de ser— una gran oportunidad —soltó finalmente, pues la vida entera era, sobre todo, una gran oportunidad.

—Sí, ¡está claro que lo es! —El Martini seco había impulsado a Letty a apreciar todavía más su estado actual—. Me doy cuenta de que ahora puedo hacer todo tipo de cosas.

—Eso podríamos interpretarlo de múltiples maneras —apuntó Norman, que había recuperado su habitual aire desenfadado—. Nos hace preguntarnos en qué andas metida.

—En nada, la verdad —respondió Letty, cohibida por la presencia del padre G.—. Simplemente tengo más tiempo para otras cosas: leer y hacer otro tipo de trabajo.

—Ah, claro, trabajo social —el padre G. asintió con aprobación.

—Creo que es más probable que Letty se sitúe en el extremo que recibe el auxilio de los trabajadores sociales —opinó Edwin—. Al fin y al cabo, es ella la jubilada, una ciudadana sénior, por así decirlo.

Letty sintió que era un poco injusto por parte de Edwin meterla en ese mismo saco, cuando, a pesar de su edad, apenas tenía canas; sin embargo, el padre G. pareció alejarse de ella tras aquella clasificación tan poco atractiva. Poco interés tenía él por la tercera edad, los ancianos o «los viejos» a secas, se les llamara como se les quisiera llamar.

—¿Y si pedimos el postre? —sugirió Edwin.

—¿Os acordáis de la última vez? —preguntó Norman de repente—. ¿Qué tomamos entonces?

—Tú y yo creo que pedimos la tarta de manzana con helado —respondió Letty.

—Exacto…, la tarta de manzana de la tía de alguien. Edwin, el flan, e intentó convencer a Marcia para que también lo pidiera, pero no hubo manera.

Se hizo el silencio, y por un instante a nadie se le ocurrió nada más que decir. Puede que todos fueran conscientes de que, en un momento de dolor por la pérdida de un ser querido, era mejor no guardarse nada dentro. No habían pronunciado el nombre de Marcia hasta ese momento y quizá era apropiado que hubiera sido Norman quien lo hiciera.

—Siempre tuvo muy poco apetito —añadió Letty finalmente.

—Nunca fue de comer mucho. —Al pronunciar aquellas palabras, la voz de Norman estuvo a punto de entrecortarse, pero logró controlarse.

«Debo invitarlo a cenar una de estas noches —pensó Edwin—, darle la oportunidad de hablar de ella si quiere.» La idea no le hacía demasiada gracia, pero esas cosas había que hacerlas y tampoco podía esperar que cumplir con su deber como cristiano fuera siempre un plato de gusto.

—¿Qué ocurrirá con la casa de la señorita Ivory? —preguntó el padre G., como si la mención del tema del patrimonio pudiera elevar la conversación a un nivel superior—. Supongo que se la quedará ese…, eh…, pariente, ¿no?

—El joven del collar de cuentas o su madre, supongo —apuntó Edwin—. Tengo entendido que eran sus únicos parientes.

—Si se adecentara un poco, sería una propiedad bastante atractiva — afirmó el padre G., con el tono condescendiente de un agente inmobiliario.

—¿A qué te refieres con «si se adecentara un poco»? —preguntó Norman con agresividad.

El padre G. sonrió.

—Bueno, ya sabes, no le vendría mal una mano de pintura… Esa fue mi impresión. Pero a ver, ¿qué les parece si tomamos helado? —preguntó con tono conciliador, creyendo que el helado podría actuar como una suerte de música que amansara las fieras y apaciguara al disgustado Norman de forma más eficaz que cualquier palabra que él dijera.

—Acabamos tomando helado —dijo Letty—. Y había de tantos tipos que fue como volver a la infancia. Hasta Norman dijo que a él siempre le había gustado el sorbete de fresa. Creo que aquello de algún modo lo animó.

—No tenía forma de saber si volverías con hambre o no —repuso la señora Pope—. Después de un funeral, nunca se sabe.

A Letty la sorprendió y la consoló misteriosamente percatarse de que la señora Pope había estado pensando en ella hasta el punto de preguntarse si necesitaría comer algo. La hora, algo más tarde de las cinco, no se prestaba a mucho más que un té y un tentempié entre la merienda y la cena, lo cual parecía inapropiado.

—Edwin conocía un restaurante bastante cerca, lo que resultó muy práctico —explicó Letty.

La señora Pope la había estado esperando con expectación, por lo que Letty tuvo que contarle lo que habían comido. El filete para el padre G. le pareció aceptable, dado que, al fin y al cabo, él había oficiado la ceremonia y en cierto modo, comentó la señora Pope, daba la impresión de que el clero se deleitaba en la carne e incluso la necesitaba. Los oeufs a la florentina, el plato de Letty, sonaban frívolos e insensibles, a la altura de ir al funeral vestida de azul «marino francés». ¿Qué es lo que pasaba con los franceses, o con la idea de los franceses? ¿No cambiarían de actitud, o las cosas serían distintas ahora que éramos parte de la CEE? ¿O nos contagiarían su supuesta frivolidad? Así que Letty se limitó a decir que había tomado «un plato con huevo».

—Bueno, los huevos, a su manera, alimentan tanto como la carne — declaró la señora Pope—, así que probablemente no te apetezca otro huevo ahora.

—Creo que solo una taza de té…

Tomar té y charlar tranquilamente sobre los crematorios tenía su lado positivo.