Cuarteto de otoño

Barbara Pym · Capítulo 17 de 24

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Cuarteto de otoño

Capítulo 17

 

Mientras paseaban por el bosque, Letty se topó con un terreno cubierto de ajos silvestres.

—Pero ¡qué bonito! —exclamó.

—Pues tendrías que haber visto los jacintos —dijo Marjorie, con el típico aire entusiasta de amo y señor, de quien vive en el campo—. Este año estaban preciosos, pero ahora ya casi no quedan. Tendrías que haber venido hace un par de semanas, cuando estaban en su mejor momento.

«Pues es que no me invitaste», pensó Letty, ya que no había sido hasta ahora, momento en que David se había marchado a visitar a su madre (que ya tenía noventa años, recordó Letty), cuando Marjorie le había propuesto que viniera a pasar unos días en el campo.

—Es casi como en los viejos tiempos, ¿verdad? —prosiguió Marjorie.

—Sí, en cierto modo lo es —coincidió Letty, prestando atención al «casi»—, aunque han sucedido muchas cosas.

—¡Sí, ya lo creo! Quién me iba a decir a mí…, aquel día en que conocí a David, la verdad es que ni se me pasaba por la cabeza… —Marjorie siguió rememorando aquel primer encuentro y el posterior desarrollo de su relación con el hombre con el que estaba a punto de casarse.

Letty la dejó que siguiera divagando mientras ella contemplaba el bosque, recordando su alfombra otoñal de hojas de haya y preguntándose si podría ser uno de esos lugares en los que tenderse y prepararse para la muerte cuando la vida se volviera demasiado insoportable. ¿Se habría visto alguna vez algún anciano —un pensionista, claro está— en dicha tesitura? Era obvio que no sería fácil quedarse uno allí tumbado mucho tiempo sin ser descubierto, pues aquel bosque era uno de los lugares de paseo predilectos de las mujeres afanosas y sus perros. Tampoco era el tipo de fantasía a la que podía dar rienda suelta con Marjorie o ni tan siquiera recrearse por su cuenta. El peligro acechaba en esa dirección.

Marjorie no había renunciado a la idea de que Letty encontrara una habitación en Holmhurst y esa noche cenarían con la señorita Doughty, la encargada residente.

Beth Doughty era una mujer de cuarenta y tantos que vestía con elegancia y lucía un peinado que mantenía rígidamente bajo control, tenía unos ojos perspicaces y usaba excesivo maquillaje, lo que le confería un aspecto curiosamente pasado de moda. Servía generosas copitas de ginebra, con el argumento de que en su profesión realmente hacía falta lo que ella describía de forma extraña como «apoyo moral». Letty se descubrió preguntándose si de verdad le gustaban las personas mayores, aunque quizá la eficiencia fuese más importante que la simpatía, y sin duda daba la impresión de ser alguien de lo más eficaz.

—¿Crees que Letty podría conseguir una plaza en Holmhurst? —preguntó Marjorie—. Decías que pronto podría haber otra vacante.

—No te gustaría vivir aquí, no después de haber vivido en Londres — afirmó Beth—. Es que, míralas… Acércate a la ventana.

Letty miró por la ventana con la copa en la mano. Tres señoras ancianas —un número incómodo, que sugería torpeza— caminaban despacio por el jardín. Nada en ellas llamaba especialmente la atención, salvo su lejanía de cualquier forma de vida. De repente Letty se indignó con Marjorie por suponer que ella se conformaría con ese tipo de existencia mientras que Marjorie iba a casarse con un apuesto clérigo. Todo estaba cortado con el mismo patrón que hace cuarenta años, cuando Letty siempre había ido a remolque de su amiga, pero ahora no había ninguna necesidad de hacerlo. Mientras Beth Doughty le volvía a llenar la copa, llegó a la conclusión de que una habitación en Holmhurst era lo último a lo que se rebajaría: mejor tumbarse en el bosque, bajo las hojas de haya y los helechos, a esperar tranquilamente la muerte.

—Este es uno de los platos favoritos del padre Lydell —anunció Beth, llevando una cazuela a la mesa—. Poulet niçoise, espero que os guste.

—Uy, sí —murmuró Letty, recordando todas las veces que había comido poulet niçoise en casa de Marjorie. ¿Acaso había ido David Lydell por todo el pueblo comprobando las dotes culinarias de las mujeres solteras y sin compromiso antes de decantarse por aquella con la que finalmente se quedaría? No cabía duda de que el plato que degustaban esa noche estaba a la altura exigida.

Más tarde, Marjorie diría:

—Ha tenido gracia lo del poulet niçoise y la forma que tenía Beth de contarnos que había invitado a David a comer muchas veces… Trató de conquistarlo, ¿lo sabías?

—Y el vino que tomamos… Era Orvieto, ¿no?

—Sí… Otro de los favoritos de David. La cosa tiene gracia, ¿no crees?

Letty tenía sus dudas al respecto, pues aquel pequeño episodio absurdo le había proporcionado una visión fugaz de algo más profundo en lo que no tenía ninguna intención de indagar.

—Lo que me pregunto es cómo se las apaña Beth Doughty para permitirse toda esa ginebra —prosiguió Marjorie—, que ahora está carísima. Por suerte a David no le gustan las bebidas espiritosas.

—Bueno, pues eso es ya una bendición —comentó Letty, con la sensación de que había algo que misteriosamente estaba mal en aquella yuxtaposición de espíritus y bendiciones, pero incapaz de proponer una modificación apropiada.

Esa tarde Marcia hizo una visita al médico. No había pedido cita y ni siquiera estaba segura de cuál de los tres médicos la vería, aunque le daba bastante igual, ya que ninguno de ellos sería el señor Strong. No le importó tener que esperar sentada casi dos horas y ni siquiera hojeó las revistas hechas jirones, sino que se limitó a observar al resto de las personas que esperaban. La mayoría, en su opinión, no tenían en absoluto por qué estar allí. Se preguntó cuántas de ellas, si acaso alguna, se había sometido a una intervención de «cirugía mayor», como era su caso. Casi todas eran jóvenes, como si acabaran de llegar del trabajo, y daba la impresión de que no les pasaba nada. Lo único que querían era un justificante. «Malgastar el tiempo del médico», pensó; no era de extrañar que el sistema nacional de salud se enfrentara a tantos problemas económicos.

Cuando la llamaron por su nombre, continuaba indignada, y si la hubiera atendido la joven doctora o el médico de Oriente Medio de la voz melosa, habría seguido furiosa. Pero no fue ninguno de ellos, sino el que ella denominaba su médico «particular», un hombre de mediana edad de rostro amable y ansioso. Era el facultativo que, para empezar, la había derivado al hospital, el que le había detectado el bulto en el pecho.

—Bueno, señorita Ivory… —Sus manos se movieron entre una pila de papeles—. ¿Cómo la sigue tratando la vida? —«Mastectomía», pensó. Un caso raro, difícil; un diagnóstico simplista y a la vez preciso de esta paciente concreta—. ¿Cómo está?

Marcia no necesitó que le dieran más pie, así que se dispuso a contarle. Lo que narró a continuación no era del todo coherente, o ni siquiera relevante, aunque al médico le bastó para hacerse una idea bastante clara de que las cosas no iban todo lo bien que deberían. Se quejó de la trabajadora social, de sus vecinos que querían cortarle el césped, de su incapacidad para localizar la tumba de su gato muerto y de la sospecha de que «alguien» la hubiese cambiado de lugar, de la dificultad de tener controlada su colección de botellas de leche, de un antiguo compañero de trabajo que había ido a espiarla, del cierre de un supermercado Sainsbury’s que había cerca de su antigua oficina: todo era un embrollo y un enorme torrente de quejas. El médico estaba acostumbrado a que los pacientes se comportaran de ese modo, así que se limitó a escucharla a medias mientras la examinaba, le tomaba la tensión y se preguntaba qué demonios hacer con ella. Ella le contó que pronto tenía cita para otra revisión en el hospital, de lo que él dedujo que aquello no estaba en sus manos. Sin duda los muchachos de Strong le sugerirían algo. Mientras tanto, la instó a que se cuidara y comiera más: estaba demasiado delgada.

—Ah, pues es que nunca he sido de mucho comer —afirmó Marcia con su orgullo habitual—. Aunque nadie podría decir que no soy una buena anfitriona en la mesa. Tendría usted que ver mi despensa.

—Estoy seguro de que es usted un ama de casa admirable —respondió el médico con diplomacia—, pero tiene que prometerme que cuando llegue a casa se preparará una comida en condiciones. No solo una taza de té y un poco de pan con mantequilla, señorita Ivory. No sé qué dirá el señor Strong cuando la vea tan delgada.

La mención del señor Strong produjo el efecto deseado, y Marcia le aseguró al médico que volvería a su casa enseguida y se cocinaría algo. Durante todo el trayecto, fue pensando en el señor Strong y en el tipo de cena que probablemente tomaría esa noche: un filete, quizá, o un buen pescado, salmón o halibut, con verdura fresca de su huerto. Estaba convencida de que en aquel huerto había verduras, aunque no había podido ver la parte de atrás cuando el año pasado fue a echarle un vistazo a su casa. Tal vez fuera posible divisar las judías y las lechugas o las coles y el brócoli; la época jardinera de Marcia se remontaba a hacía ya tanto tiempo que no recordaba con claridad cuál sería ahora la verdura de temporada. ¿Y si se acercaba en autobús a comprobarlo? Quizá hubiera una entrada lateral a la vivienda desde la que pudiera echar un vistazo al jardín trasero…

Estaba empezando a oscurecer y, mientras vacilaba, un autobús se detuvo en la parada, iluminado cual noble galeón que la esperaba para iniciar una singladura de descubrimientos. En su interior, intensamente iluminado, un grupo de mujeres que volvían de compras por el West End, cuyas tiendas cerraban tarde los jueves, charlaban y comparaban los artículos que habían adquirido, «malgastando su dinero», pensó Marcia, que escogió un asiento vacío en la parte delantera para mantener las distancias con aquellas charlatanas.

Cuando llegó a la parada que quedaba cerca del domicilio del señor Strong, se percató de que, incluso aunque pudiera ver el huerto, había oscurecido ya demasiado para poder distinguir lo que crecía en él, y, además, de todas formas se había olvidado de la razón por la que quería verlo. Tal vez no hubiera ningún huerto, sino solo césped con un arriate de hierba o incluso una cancha de tenis. Pero no importaba, pensó mientras se aproximaba a la casa, pues en ese momento reparó en que, igual que el autobús, estaba intensamente iluminada…, lo que le confería un aspecto semejante a un gran transatlántico en medio del océano, más que a un galeón, lo que ella se imaginaba que podría ser el Queen Mary…, y en que una serie de personas elegantemente vestidas se bajaba de los automóviles y recorría a pie el camino de entrada hasta la vivienda. Era evidente que los Strong celebraban una fiesta.

Marcia se apostó en la acera de enfrente, escogiendo instintivamente una esquina oscura debajo de un árbol, lejos de la farola. ¿Se trataba de una fiesta con cena o sin cena? No fue capaz de adivinar qué tipo de fiesta era, pues lo único que se le vino a la cabeza fue «vino y queso», lo que le parecía algo totalmente indigno del señor Strong.

Durante su hospitalización, como era natural, cuando los distintos especialistas iban a hacer su ronda, las pacientes de la sala hablaban de ellos y hacían conjeturas sobre sus esposas y sus familias. Algunos, como era lógico, se habían casado con otras médicas o con enfermeras, mujeres a las que habían conocido en el trabajo, pero siempre se comentaba que al señor Strong le había ido todavía mejor. Se rumoreaba que se había casado con la hija de un diplomático que tenía una casa en Belgrave Square. Marcia nunca había acabado de creérselo, pero ahora, mientras veía llegar a los invitados, se sintió dispuesta a creer que podría haber algo de cierto en todo aquello. En una especie de ensoñación, se quedó allí mirando hasta que el flujo de coches se interrumpió y le dio la impresión de que ya no llegarían más.

Entonces, de repente, se descubrió pensando en Norman y en cómo lo había visto, de pie en la acera, enfrente de su casa, mientras ella metía botellas de leche en el cobertizo. Le había molestado su presencia allí, le había molestado que se entrometiera en sus asuntos. ¿Podría interpretarse de la misma forma que ella estuviera allí, delante de la casa del señor Strong?

Levantó la vista hacia la vivienda y luego cruzó la calle, para poder oír las voces y las risas provenientes de una estancia de la planta baja. Luego echó a andar despacio, para regresar a la parada del autobús. Quiso la suerte que justo el autobús de su línea se estuviera aproximando a la parada, y tuvo que correr para cogerlo.

El enorme esfuerzo fue casi demasiado para ella, y se desplomó en el asiento que encontró más a mano, incapaz de recuperarse por un momento para pedir su billete. Aunque lo logró al cabo de poco, en parte para defenderse, resentida por la sonora voz condescendiente de la conductora:

—¿Todo bien, cariño?

—Pues claro que estoy bien —respondió Marcia con sequedad.

Sin embargo, al llegar a casa se dio cuenta de que la excursión al médico y luego a la casa del señor Strong la había cansado más de lo habitual. Bueno, era lógico… De repente se vio pensando en una de esas frases que Norman decía. Y «lo deja a uno sin ganas de nada»…, esa era otra de sus expresiones.

Sentada a la mesa de la cocina, recordó que le había prometido al médico que se iría a casa a prepararse una comida en condiciones, pero la idea de tener que cocinar la superaba. Además, los ancianos no necesitaban comer mucho…, y el médico, por fuerza, debía de saber aquello, ¿no? Una taza de té, sí, cómo no; era un estimulante, y ahora que había descubierto el té en bolsitas, era mucho menos complicado. En el supermercado había comprado un paquete de 144 bolsitas, que calculaba que podrían durarle unas siete semanas menos un día. Pero mucho antes de eso iría al hospital; sobre la repisa de la chimenea descansaba la tarjeta que indicaba la fecha de su cita en la clínica de consultas externas del señor Strong. Aunque no es que necesitara ningún recordatorio, sobre todo después de lo que acababa de ver.

Solo de pensarlo se vio empujada hasta la despensa en busca de una lata apropiada de algo. Todavía había una lata de sardinas que había sobrado de la alacena de Snowy, pero ¿no sería mejor una de fiambre? Tenía una llavecita para abrirla, pero antes de que llegara demasiado lejos, la lengüeta metálica se rompió y le fallaron las fuerzas para seguir manipulándola. Así que abandonó la lata a medio abrir en el escurreplatos y se conformó con un par de galletas digestivas, que era en realidad todo lo que le apetecía.

—Entonces ¿no entraste ni la saludaste? —le preguntó Edwin a Norman.

—Pero ¡por quién me tomas! ¿Te puedes imaginar el tipo de recibimiento que me habría dispensado? Estaba de pie delante del cobertizo con una montaña de botellas de leche en los brazos, y seguro que me vio.

—Sí, y sabiendo cómo es, puedo imaginarme que no quisieras importunar —convino Edwin.

—¡Importunar! —Norman soltó una de sus risitas amargas—. Bonita forma de decirlo. Cuando me encontré con aquella trabajadora social, se pensó que estaba peinando el terreno antes de atacar.

—Bueno, hace bien en andarse con ojo… Hoy en día siempre existe el riesgo —apuntó Edwin—. Ya me daré un paseo por allí una de estas tardes para ver si hay algo que yo pueda hacer.

Aunque, por supuesto, Edwin no estaba en absoluto seguro de que lo hubiera. La idea de poder «hacer» algo por Marcia era tan improbable que solo lo había dicho para acallar un poco su conciencia. Al fin y al cabo, Norman y él habían trabajado con ella, y, para alguien ajeno, sin duda ellos serían las personas más indicadas para ayudarla o al menos para ofrecerle su ayuda, para mostrar su buena voluntad, como probablemente diría Norman. Esa tarde en concreto, al ser Corpus Christi, Edwin tenía una celebración en su parroquia, con una procesión al aire libre que comenzaba a las ocho en punto y que probablemente duraría al menos una hora. Después iría al pub con el padre G., por lo que en realidad no tendría tiempo para visitar a Marcia. Tal vez el fin de semana fuera más fácil, el sábado por la tarde o el domingo antes de vísperas. Así no tendría que quedarse demasiado tiempo.

—Claro que no suelo pasar por allí muy a menudo —señaló Norman—. Clapham no es exactamente mi zona.

—En realidad Letty te queda más cerca.

—¿Y qué? ¿No estarás insinuando que debería dejarme caer por casa de Letty?

Por alguna razón, aquella idea hizo que los dos hombres rompieran a reír, de modo que lo que se había iniciado como un intento serio de afrontar un problema social acabó convirtiéndose en una especie de broma. Pero no había razón alguna por la que, en palabras de Norman, tuvieran que partirse de risa al pensar en aquella posibilidad. Tampoco tenía tanta gracia. Quizá fuera una reacción nerviosa, pero ¿por qué nerviosa?, se preguntó Norman. Por algo en el inconsciente, sugirió Edwin, pero aquello los incitó a reír aún más, ante la idea de que Letty y Marcia se metieran de algún modo en sus inconscientes. No era un aspecto sobre el que estuvieran acostumbrados a hablar o ni tan siquiera a pensar.