Cuarteto de otoño

Barbara Pym · Capítulo 4 de 24

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Cuarteto de otoño

Capítulo 4

 

Con la llegada de la primavera, que se fusionaba con el sol de principios de mayo, se produjo un cambio sutil en las ocupaciones durante la hora del almuerzo de los cuatro empleados de la oficina. Edwin prosiguió con su habitual ruta eclesiástica, ya que esa época del año estaba plagada de festividades y las parroquias de la zona ofrecían un programa rico y variado, aunque también empezó a frecuentar tiendas de jardinería y varias agencias de viajes, donde recogió distintos folletos con miras a organizar sus vacaciones, aunque fuese ya un poco tarde, puesto que todos los demás habían reservado las suyas en enero. Norman se armó de valor para su visita al dentista y llegó a la oficina compadeciéndose de sí mismo y con un termo lleno de sopa, que era lo único que podía tomar.

Marcia renunció a la biblioteca pública y se aventuró a entrar en una tienda con la música a todo volumen, productos de países extranjeros y prendas mal acabadas de estilo oriental para ambos sexos. Jugueteó con la tosca cerámica y las blusas y faldas ligerísimas y burdas, pero no compró nada. La confundía la música pop, casi ensordecedora, y tenía la sensación de que la gente no dejaba de mirarla. Salió a la luz del sol, aturdida y desconcertada. Luego se sumió en un estado de alerta al oír el fuerte sonido metálico de la sirena de una ambulancia y, de repente, se encontró en medio de un puñado de personas reunidas en torno a una figura que se había desplomado sobre la acera. Alguien había caído fulminado por un infarto: un limpiacristales había resbalado y se había precipitado al vacío. En el aire flotaban murmullos de agitación y confusión, pero nadie sabía a ciencia cierta lo que había sucedido. Marcia se aproximó a dos mujeres para intentar enterarse, aunque lo único que sabían decir era: «Pobrecito mío, qué aspecto tan horrible… Menudo mal rato se va a llevar su mujer». Sus pensamientos retrocedieron en el tiempo a su propio ingreso en el hospital y a la emoción cada vez que llegaba una ambulancia, ya que había estado encamada en una sala de la planta baja muy cerca de Urgencias. La decepcionó bastante ver que el hombre que estaba tirado en el suelo trataba de levantarse, pero el personal de la ambulancia se lo impidió y lo introdujo a empellones en el vehículo, así que Marcia, con una sonrisa en los labios, regresó a la oficina.

Tanto Norman como Letty sintieron la llamada del aire libre, Norman para dejar de pensar un rato en sus muelas, y Letty porque se le había metido en la cabeza la idea un tanto maniática u obsesiva de que había que dar un paseo todos los días. Así que ambos se encaminaron, cada uno por su cuenta y sin saber que el otro hacía lo propio, hacia Lincoln’s Inn Fields, el espacio abierto más cercano a la oficina.

Norman se sintió atraído hacia las muchachas que jugaban a netball y se sentó, nervioso. No sabía interpretar el impulso que lo había llevado hasta allí, un hombrecillo enojado con dolor de muelas: enojado con los señores mayores que, como él, conformaban la mayor parte del público en torno al campo de netball, enojado con la casi desnudez de los chicos y chicas de pelo largo tumbados en la hierba, enojado con las personas que estaban sentadas en los bancos y comían sándwiches o chupaban polos y cucuruchos de helado y luego tiraban los restos al suelo. Mientras observaba a las chicas que practicaban aquel deporte, saltando y retozando, le vino a la mente la palabra «lascivia» y algo así como «sonreír como un perro», una frase de algún salmo, creía recordar; luego pensó en cómo algunos perros daban la impresión de sonreír, con la lengua colgando. Después de quedarse mirando unos minutos, se levantó y reemprendió el camino a la oficina, insatisfecho con la vida. Tan solo la imagen de un automóvil destrozado, con un lateral totalmente abollado, que la grúa remolcaba por Kingsway, le levantó la moral, del mismo modo que a Marcia el sonido de la sirena de la ambulancia, aunque luego se acordó de un coche abandonado que llevaba ya varios días aparcado delante de su casa, sin que la policía o el ayuntamiento hicieran nada, y se enfadó de nuevo.

Letty, con la mente ocupada en el ejercicio y el aire limpio, estaba lista para disfrutar de dichos placeres.

Un impulso de un bosque vernal

puede del hombre enseñarte más,

del bien y del mal moral,

que todos los sabios juntos[2].

Letty lo sabía todo sobre aquello, aunque no estuviera preparada para profundizar demasiado en lo que implicaban esos versos. Caminó con paso enérgico y ni se le pasó por la cabeza sentarse, pues casi todos los asientos estaban ocupados y los que no lo estaban alojaban a personas a todas luces excéntricas que murmuraban para sus adentros y comían cosas extrañas. Más le valía seguir caminando, aunque hiciera calor y le apeteciera descansar un rato. No se enfadó al ver a los jóvenes besarse y hacerse carantoñas en el césped, pese a que dicho comportamiento fuera distinto del de hacía cuarenta años, en sus años mozos. Aunque ¿tan distinto era? ¿O cabía la posibilidad de que en su momento ella no se hubiera fijado en aquellas cosas? Pasó por delante de un edificio destinado a la investigación contra el cáncer y se acordó de Marcia. Hasta Marcia había insinuado algo sobre su vida pasada, hacía mucho tiempo. Era evidente que todo el mundo había tenido algo en su vida pasada, ¿verdad? Saltaba a la vista que era una de esas cosas que a la gente le gustaba dar a entender, lo que hacía sospechar que tal vez estuvieran haciendo una montaña de un grano de arena.

De vuelta en la oficina, el tema de conversación fueron las vacaciones. Los folletos de Edwin, que anunciaban placeres inverosímiles, llevaban ya varias semanas esparcidos sobre su mesa, aunque todos sabían que nunca hacía nada más que hojearlos, pues sus vacaciones anuales las pasaba año sí y año también con su hija y la familia de esta.

—Grecia —dijo Norman, cogiendo un folleto con una imagen de la Acrópolis en la portada—. Siempre he tenido la ilusión de ir a Grecia.

Marcia levantó la mirada, perpleja. Los demás también se sorprendieron, pero no lo demostraron. ¿Qué era aquello? ¿Qué nueva faceta de la vida de Norman, qué anhelo nunca antes formulado, iría a revelar ahora? Sus vacaciones, que siempre transcurrían en Inglaterra, se solían caracterizar por el desastre.

—Dicen que es por su luz maravillosa, porque tiene una cualidad especial —intervino Letty, repitiendo algo que alguna vez había oído o leído—. Y el mar oscuro como el vino, ¿no es así como lo describen?

—Ah, me da igual de qué color sea el mar —repuso Norman—. A mí lo que me gustaría es poder nadar en él.

—¿Te refieres a bucear y ese tipo de cosas? —preguntó Edwin boquiabierto.

—¿Por qué no? —Norman sonó desafiante—. Muchísimas personas lo hacen, ¿no? Descubren tesoros enterrados y cosas así.

Edwin se echó a reír.

—Sería un poco distinto de tus vacaciones del año pasado —bromeó. Norman había ido de viaje en autocar al West Country y, por algún motivo que jamás mencionó, su único comentario había sido: «Nunca más»—. Me da la impresión de que allí no encontraste demasiados tesoros enterrados — añadió Edwin.

—Nunca entenderé qué necesidad tiene la gente de marcharse de casa así como así —apuntó Marcia—. Cuando ya tienes cierta edad, la verdad es que no te hacen falta vacaciones. —«Si Norman realmente anhelaba en secreto aquellas cosas, ¿no le bastaba con ir a sentarse un rato en el Museo Británico durante la hora del almuerzo, para contemplar las riquezas de las civilizaciones desaparecidas?», pensó. La propia Marcia jamás iba de viaje, cuando se ausentaba de la oficina lo hacía siguiendo sus propias y misteriosas estratagemas.

—Ay, bueno, mirar estas fotografías será probablemente lo más lejos que llegue —dijo Norman—. No como nuestra amiga Letty.

—Nunca he estado en Grecia —respondió Letty, pese a ser con diferencia la más aventurera de los cuatro. En compañía de Marjorie había hecho varios viajes organizados al extranjero, y sus postales de España, Italia y Yugoslavia seguían alegrando las paredes de la oficina. Sin embargo, este año daba la impresión de que Marjorie prefería quedarse en casa y, visto que Letty iba a compartir con ella su casita de campo cuando se jubilara, le pareció una idea bastante buena ir acostumbrándose a vivir en la campiña. Durante las dos semanas de vacaciones, Letty podría probar en primera persona lo que era la vida de pueblo, con excursiones a los parajes de alrededor y pícnics, siempre y cuando el tiempo no lo impidiera.

—Con rosas en la puerta y todo eso —como solía decir Norman cada vez que se hablaba de los planes de jubilación de Letty—. Aunque, claro, el tiempo siempre puede estropearnos el día —no podía resistirse a añadir—. ¡Si lo sabré yo!