Cuarteto de otoño
Capítulo 24
—La vida no deja de sorprenderte, es lo único que puedo decir. —Norman sacó un sándwich de fiambre de ternera de una bolsa de plástico.
—Está claro que últimamente nos sobran los motivos para pensarlo — añadió Edwin, ocupado con una bolsita de té—. Anoche hablé por teléfono con la señora Pope y me contó toda la historia. La amiga de Letty la llamó para decirle que se suspende todo el asunto, que al final no se casa. Ni que decir tiene que estaba muy disgustada, por eso Letty fue a verla.
—¿Qué otra cosa podía hacer? Supongo que la única opción era escuchar a su amiga desahogarse por la pérdida. Aunque no me da la impresión de que la buena de Letty sirva de mucho en un momento de crisis.
—Tal vez no pueda hacer gran cosa…, pero el hombro de una amiga… — Edwin dudó, sin saber cómo clasificar el tipo de consuelo que Letty podría ser capaz de brindar.
—Ah, sí, opino lo mismo… Está claro que las mujeres a veces sirven de algo.
—Sobre todo si te dejan su casa en herencia en el testamento —apuntó Edwin con tono jocoso—. Ya te estarás acostumbrando a ser propietario, ¿no?
—Voy a venderla —anunció Norman—. No me haría gracia vivir en ella.
—Sí, es lo mejor… Sería demasiado grande para ti —puntualizó Edwin, sin que le faltara razón.
—Ah, de eso no estoy tan seguro —repuso Norman de mal humor—. No es más que una casita adosada corriente, ya sabes, igual que la tuya, y a ti la tuya no te parece demasiado grande. Tampoco quiero pasar forzosamente el resto de mis días en una habitación alquilada.
—No, claro que no. —Edwin empleó el tono tranquilizador que solía reservar para apaciguar al hombrecillo enfadado.
—Supongo que es más probable que pase el resto de mis días en una residencia de ancianos —vaticinó Norman, cogiendo la gran lata de café formato ahorro—. Pone «formato familiar»… Tiene gracia, la verdad, cuando se usa sobre todo en oficinas. —Se sirvió una cucharada de café soluble en una taza grande—. Aunque claro, sí que se ahorra un poco…, eso es lo que Marcia y yo pensábamos.
Edwin no hizo ningún comentario. En su silencio, agitó su bolsita de té con la cuchara, y un reguero de líquido de color ámbar se liberó en el agua hirviendo. Luego añadió la habitual rodaja de limón, la removió y se dispuso a beber. Las palabras de Norman, la manera en que había dicho «Marcia y yo», le hicieron preguntarse si alguna vez habría existido la posibilidad de que acabaran casándose. Pero no, era imposible imaginar que semejante acontecimiento pudiera haber tenido lugar. ¿Y si se hubieran conocido hacía muchos años, cuando ambos eran más jóvenes? Además de la dificultad de visualizarlos siendo más jóvenes, lo más probable es que en aquel momento no se hubieran sentido atraídos el uno por el otro, y, además, el concepto de «atracción» se antojaba ridículo si se aplicaba a Norman y a Marcia. Y sin embargo, ¿qué es lo que lograba unir a las personas, incluso a las personas más dispares? Edwin solo conservaba unos recuerdos de lo más confusos de su propio noviazgo y posterior matrimonio, en aquella época en que él había sido monaguillo en la iglesia anglocatólica más cascarrabias de todas, de la que Phyllis era una asidua parroquiana. En los años treinta, la gente se casaba de una forma en la que ahora ya no parecía hacerlo, o al menos no en la misma medida, matizó. Suponiendo que Marcia no se hubiera muerto, ¿podía haberse casado con Norman y vivir con él en su casa? Le daba la sensación de que era algo que no podía preguntarle a Norman…
A Norman, que ahora irrumpía en los pensamientos callados de Edwin y le pedía consejo sobre un asunto que parecía inquietarlo.
—Toda esa ropa y esas cosas, ¿qué se supone que debo hacer con ellas?
—¿A qué te refieres?
—A la ropa de Marcia y a las cosas que hay en la casa. A ver, el sobrino, el del caftán y el collar de cuentas, se iba a llevar algún que otro trasto, pero luego dijo que hiciera lo que me diera la gana, que su madre no quería que le complicaran la vida con ese tema. ¡La madre que lo parió! —Norman le propinó una patada a la papelera con un gesto de enfado.
—¿Qué me dices de la vecina y la trabajadora social, las que estaban en el funeral?
—¿La rubia sexi y la zorra mandona que va de buena samaritana? —Daba la impresión de que la irritación le añadía un color violento a la forma de expresarse de Norman—. ¡Ni muerto les preguntaría a esas!
—Bueno, pues debe de haber alguien en la parroquia del barrio…, alguien a quien le sirvan esas cosas.
—¿Cómo no ibas tú a proponerme eso? Seguro que tu amigo el padre G. acudiría al rescate.
—Pues claro que sí —respondió Edwin a la defensiva—. La ropa vieja siempre viene bien para los mercadillos benéficos.
—¡Los mercadillos benéficos! ¡Ah, muchísimas gracias, eh! Así que para eso es para lo que piensas que serviría la ropa de Marcia.
—Bueno, reconoce que la última vez que la vimos sí que tenía un aspecto un tanto raro —empezó a decir Edwin, pero luego se detuvo. Aquellas discusiones sin sentido no los llevarían a ninguna parte. Quizá Norman recordase ahora a Marcia de un modo diferente: una elegante mujer de pelo blanco y expresión dulce, tal como la había descrito la religiosa del hospital justo antes de morir—. ¿Has pensado en preguntarle a Letty? —propuso—. Estoy convencido de que te ayudaría.
—Sí, podría ser una buena idea. —Norman pareció agradecido—. Mejor que pedírselo a un desconocido.
—¿Qué vamos a hacer con todas estas botellas de leche? —preguntó Edwin.
—No lo sé —respondió Norman—. ¿Qué harías tú, dejarlas así y ya está?
—Supongo que me iría deshaciendo de ellas poco a poco… Le sacaría al lechero unas cuantas cada día.
—Podríamos empezar sacando unas cuantas ahora —sugirió Letty.
—Sí, siempre dicen que se enjuaguen y se devuelvan —apuntó Norman.
—Y estas están impolutas —puntualizó Edwin.
—Me pregunto si Marcia se enfadaría si nos viera hacerlo —comentó Letty—. Seguro que tenía en mente algún plan para guardarlas todas tan perfectamente lavadas y ordenadas en el cobertizo.
Los tres acababan de pasar una interesante tarde en la casa de Marcia, hurgando entre sus cosas. A Letty lo que más le había sorprendido era la ropa, escondida en armarios y cajones, vestidos de los años treinta y de incluso antes, que ahora volvían a estar de moda; era obvio que algunos habían pertenecido a la madre de Marcia. Cosas que la propia Marcia debía de haberse puesto cuando era joven, antes de que ninguno de ellos la conociera. Y también habían encontrado prendas que debía de haber comprado hacía relativamente poco tiempo, la mayoría, inexplicablemente, sin estrenar. ¿Las había estado reservando para alguna ocasión especial que nunca había llegado? Ahora era imposible saberlo.
Habían empezado la tarea por la planta de arriba, pero cuando bajaron a la cocina se sorprendieron todavía más al abrir la despensa y toparse con semejante despliegue de latas de comida.
—¡Para qué diantres habrá comprado todo esto! —exclamó Edwin.
—Bueno, tú también compras cosas en lata, ¿no? —Norman se puso inmediatamente a la defensiva—. No sé qué tiene eso de sorprendente.
—Pero si parecía que nunca comía nada —declaró Letty.
—Nunca fue de comer mucho, es lo que solía decir —les recordó Norman.
—Supongo que era prudente, como la señora Thatcher —apuntó Edwin —. Con lo que han subido los precios…
—Y lo que van a subir, esté quien esté en el gobierno… —saltó Norman.
—Tan perfectamente ordenadas y clasificadas —dijo Letty con tono de asombro—. Carne, pescado y fruta, y aquí las sopas, los macarrones con queso y los raviolis…
—Platos ligeros para cenar —explicó Norman—. Yo tengo debilidad por los macarrones con queso… Me vinieron de perlas cuando lo pasé tan mal con las muelas.
—Claro, me imagino —asintió Letty, con un tono ahora cálido y comprensivo.
—Creo que lo mejor es que Norman se quede con todo esto —sentenció Edwin—. Al fin y al cabo, si la prima y su hijo te han dado el visto bueno…
—Bueno, supongo que el hijo tal vez querría quedarse con algunas, a un joven que vive en una comuna hippy probablemente le vengan bien unas cuantas latas de comida. Por suerte, no creo que tenga mucha idea de cuántas hay. ¿Por qué no nos llevamos cada uno unas pocas? —propuso Norman.
No muy convencidos, pues creían que estaba muy mal repartirse la despensa de Marcia de aquella forma, los tres empezaron a elegir las que querían. De un modo muy sutil, aquello reflejaba sus distintas personalidades. Edwin se decantó por el fiambre de cerdo y el estofado de ternera; Letty, por las gambas y los melocotones en almíbar; y Norman, por las sardinas, las alubias blancas y los macarrones con queso.
Luego, en la esquina de debajo de la despensa, se toparon con una botella de jerez, sin abrir. Era un vino generoso de licor de Chipre, elaborado supuestamente con la uva cultivada en los viñedos que en su día pertenecieron a la reina de Saba.
—¿La abrimos? —preguntó Norman—. ¿No pensáis que a lo mejor ella la guardaba especialmente para nosotros, quizá para esta ocasión en concreto?
—Difícilmente podría habernos imaginado aquí de este modo —apuntó Letty—. Me refiero a sin que estuviera ella.
—Quizá deberíamos hacerle caso a Norman —intervino Edwin—. Al fin y al cabo, bien podría ser lo que Marcia habría querido, dadas las circunstancias excepcionales. —Quizá aquel fuera el mejor modo de decirlo, pues no era para nada un día cualquiera. Y seguramente, pensó, si alguien podía afirmar saber lo que Marcia habría pensado o deseado, si alguien podía tratar de profundizar en un misterio así, ¿no sería Norman?
—La reina de Saba —repitió Norman, que había encontrado copas y ahora servía unas generosas dosis del líquido dorado—, ¡me encanta! Así que ¡brindemos por nosotros!
—Me imagino que te acabarás mudando al campo, Letty, ahora que al final tu amiga no se casa —comentó Edwin. La agradable sensación provocada por el vino se unía ahora a la satisfacción que sentía por la mejora en las perspectivas de Letty. Daba la impresión de que aquello era el broche perfecto para su situación.
—Todavía no lo he decidido —declaró ella—. Ya no estoy tan segura de querer vivir en el campo.
—Muy bien —señaló Norman—, no vayas a hacer nada que no quieras, ni dejes que nadie te diga lo que debes hacer. Decide por ti misma. Al fin y al cabo es tu vida.
—Pues yo pensaba que te encantaba el campo —apuntó Edwin con tono consternado, pues a todas las mujeres ancianas o de mediana edad les encantaba, o les debía encantar el campo, ¿no?
—No creo que «encantar» sea el término más adecuado —aclaró Letty, acordándose de los pájaros muertos, los conejos mutilados y la lengua viperina de los pueblerinos—. Era solo que nos pareció una solución conveniente cuando lo planteamos. Pero ahora creo que puedo elegir. —Le dio un largo trago al vino dulce y experimentó una sensación de lo más agradable, casi de poder. Se sintió como Norman se había sentido al descubrir que podía influir en la vida de otras personas al decidir si viviría o no en casa de Marcia. Letty cayó ahora en la cuenta de que tanto Marjorie como la señora Pope estarían esperando saber qué es lo que ella decidiría hacer.
—Lo que está claro es que no te quedarás en Londres, ¿verdad? —insistió Edwin.
—No lo sé. Tendré que pensármelo —respondió Letty—. Ah, lo que me recuerda otra cosa —añadió—. Marjorie se preguntaba si os gustaría pasar un día en el campo. Podríamos ir a almorzar todos juntos.
No pudo evitar sonreír, pues desde un punto de vista práctico la imagen de los cuatro —Marjorie, Letty y los dos hombres— apretujados en el Morris tenía algo ligeramente esperpéntico.
«Esos dos amigos tuyos, los hombres con los que trabajabas en aquella oficina, Edwin y Norman —le había dicho Marjorie, pronunciando sus nombres lentamente—, ¿no sería buena idea invitarlos a que vengan a pasar el día?»
Había que fomentar cualquier nuevo interés que pudiera quitarle a Marjorie su desilusión de la cabeza, pensó Letty, aunque resultaba difícil pensar en Edwin y Norman como objetos de especulaciones románticas, y era casi imposible imaginar que hubiera dos personas a las que les gustara menos el campo. Pero aquello, por lo menos, le hacía a una darse cuenta de que la vida todavía ofrecía infinitas posibilidades de cambio.
Terminaste Cuarteto de otoño
Barbara Pym
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