Cuarteto de otoño
Capítulo 13
—Ahora que se jubila —dijo Janice Brabner—, ¿se ha parado a pensar en lo que va a hacer?
—¿Hacer? —Marcia se quedó mirándola, sin comprender—. ¿A qué te refieres?
—Bueno… —Janice titubeó, aunque, como más tarde contaría, siguió adelante a pesar de todo—. Dispondrá de un montón de tiempo libre, ¿no? Ese tiempo que antes dedicaba al trabajo.
Marcia jamás le había revelado en qué consistía exactamente su trabajo, aunque Janice suponía que no había sido algo especialmente emocionante. Al fin y al cabo, ¿a qué tipo de profesión podía dedicarse alguien como Marcia? Deseó que no siguiera mirándola de aquel modo desconcertante, como si ni se le pasara por la cabeza a qué se refería Janice cuando le preguntaba por lo que haría cuando se jubilara.
—Una mujer siempre puede encontrar cientos de cosas en las que ocupar su tiempo —afirmó Marcia finalmente—. No es como cuando se jubilan los hombres, ya me entiendes. Yo tengo que ocuparme de mi casa.
—Sí, por supuesto. —«Y buena falta que le hace», pensó Janice.
Pero ¿era Marcia capaz de hacer todo lo que era necesario? Físicamente parecía capaz de llevar a cabo las labores domésticas, por lo que ni siquiera podía plantearse la posibilidad de buscarle una asistenta, en el caso de que pudiera encontrar una; sin embargo, mantener una casa en orden exigía una cierta actitud mental y era justo eso lo que parecía faltarle a Marcia. ¿No se daba cuenta del polvo? ¿No le importaba? Tal vez necesitara gafas nuevas, quizá lo más indicado sería dejárselo caer… Janice suspiró, como hacía muy a menudo al pensar en Marcia. Ahora mismo no le daba la impresión de poder hacer nada, aparte de tenerla vigilada y visitarla de vez en cuando para ver cómo iba tirando.
El primer lunes por la mañana, Marcia se despertó a la hora de siempre, y se levantó y se preparó para salir de casa hasta que recordó que era el primer día después de su jubilación. «Que llegue pronto», solía decir la gente en aquellos tiempos en que parecía un acontecimiento lejano e imposible, tan poco probable como acertar a la quiniela o que tu número ganase la lotería. Bueno, pues al final había llegado, aquí estaba. Una mujer siempre puede encontrar cientos de cosas en las que ocupar su tiempo.
Marcia apartó la bandeja que había usado para el primer té de la mañana, pero dejó la taza sobre el tocador, donde permanecería algunos días más, y cuyos posos de té con leche acabarían disgregándose hasta agriarse. Dado que no iría a la oficina, se cambió el vestido que se había puesto por su vieja falda de los sábados por la mañana y una blusa arrugada a la que le hacía falta un buen planchado, aunque no había nadie que pudiera notarlo o criticarlo y, sin duda, el calor de su cuerpo no tardaría en alisar las arrugas. En la planta baja, a punto estaba de fregar los platos sucios del día anterior cuando la distrajo una bolsa de plástico que había quedado olvidada sobre la mesa de la cocina. ¿Cómo había llegado hasta allí y qué había contenido antes? Eran tantas las cosas que ahora venían en bolsas de plástico que resultaba difícil seguirles la pista. Lo más importante era no tirarlas como si nada, y aún más indicado era guardarlas en un lugar seguro, porque llevaban impresa una advertencia en la que se leía: «Para evitar el peligro de asfixia mantenga esta bolsa fuera del alcance de los bebés y los niños». Podrían haber añadido a las personas ancianas y de mediana edad, que bien podrían sentir el impulso irrefrenable de asfixiarse a sí mismos. Así que Marcia se llevó la bolsa escaleras arriba hasta lo que había sido el cuarto de invitados, donde guardaba cosas como cajas de cartón, papel de estraza o cordel, y la embutió en un cajón ya lleno hasta los topes de más bolsas de plástico, mantenidas escrupulosamente fuera del alcance de los bebés y los niños. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que uno de ellos había entrado en aquella casa: niños, hacía años; bebés, puede que nunca.
Marcia pasó un buen rato en la habitación, ordenando y redistribuyendo su contenido. Había que sacar todas las bolsas de plástico del cajón y reorganizarlas por tamaño y forma, clasificarlas, por así decirlo. Era algo que tenía la intención de hacer desde hacía mucho tiempo, pero por hache o por be nunca había encontrado el momento. Hoy, primer día de su jubilación, la eternidad se extendía ante ella. Le divertía recordar a Janice Brabner preguntándole con aquella voz tan afectada y refinada suya: «¿Es que aún no se ha planteado lo que va a hacer?».
La tarea mantuvo a Marcia ocupada hasta lo que en la oficina habría sido la hora del almuerzo, y se paró a pensar por un instante en lo que Edwin y Norman estarían haciendo, que, como era obvio, no sería nada más ni nada menos que lo que siempre hacían: tomar el almuerzo que llevaran preparado, Edwin con su comidita remilgada y Norman preparándose un café de la gran lata que antes habían compartido y que ella había dejado en la oficina. Luego Edwin visitaría alguna iglesia para ver qué actividades había programadas y Norman quizá daría un paseo hasta el Museo Británico, como muy lejos, para sentarse a contemplar los animales momificados. O quizá no llegara más allá de la biblioteca, donde le echaría un vistazo a la prensa; y al pensar en la biblioteca, recordó que todavía no había solucionado el tema de la botella de leche que Letty le había endosado. En el peor de los casos, siempre podía dejarla en la biblioteca, o en cualquier otra biblioteca, dado que jamás volvería a esa en concreto…
A Marcia ni se le pasó por la cabeza su propio almuerzo y la tarde cayó antes de que probara bocado, que en ese caso se limitó a una taza de té y a los restos de unos mendrugos que encontró en la panera. No reparó en el moho verdoso que había en un borde de la corteza, aunque de todas formas no tenía hambre, así que solo se comió media rebanada y guardó el resto para consumirlo más adelante. Sí, sí, ya saldría a hacer la compra en algún momento, tal vez mañana, pero no hoy, aunque a esa hora la tienda india todavía estaría abierta. Tenía un montón de sobras de esto y de lo otro que debía acabarse y, además, ella nunca había sido de mucho comer.
Letty se había imaginado durmiendo hasta tarde aquella primera mañana, pero se despertó a la hora de siempre, de hecho más temprano, porque la señora Pope a las seis ya estaba levantada y taconeando, dispuesta a salir de casa, sin duda para asistir a alguna celebración religiosa y así cumplir con la devoción a algún santo desconocido del santoral. Letty probablemente se habría despertado de todas formas, de tan acostumbrada que estaba después de cuarenta años. «Y además dicen que los ancianos madrugan más», pensó, por lo que quizá jamás llegara a perder la costumbre.
«¿Y qué vas a hacer cuando te jubiles?», le había preguntado la gente, algunos por puro y genuino interés, otros por curiosidad morbosa. Y, como es natural, ella había contestado con las consabidas respuestas: lo agradable que sería no tener que ir a la oficina, todo el tiempo del que dispondría ahora para hacer todas esas cosas que siempre había querido hacer («cosas» que no especificaba) y para leer todos los libros que antes no había tenido tiempo de leer (Middlemarch, Guerra y paz y puede que incluso El doctor Zhivago). Y en realidad, respecto a la jubilación, igual que Marcia, también podría haber dicho: «Una mujer siempre puede encontrar cientos de cosas en las que ocupar su tiempo». Eso era lo mejor de ser mujer. Eran los hombres los que daban pena cuando se jubilaban. Aunque sin duda había un aspecto que la diferenciaba de Marcia: ella no tenía ninguna casa de la que ocuparse, tan solo esta habitación en la vivienda de otra mujer, y además estaba muy limitada en cuanto a lo que podía hacer en ella. Así que Letty tendría todavía más posibilidades de dedicarse a la lectura sesuda, lo que implicaría una visita a la biblioteca. Le iría bien salir esa primera mañana, pasear con un objetivo en mente.
Cuando decidió bajar a la cocina a por su desayuno, la señora Pope ya había regresado de la iglesia, toda brío y virtud. Era una mañana fría, pero el paseo le había sentado de maravilla. A la primera ceremonia de la mañana habían asistido tres personas, cinco si se contaba al sacerdote y al monaguillo. Letty no sabía qué comentar sobre aquello, pues, por lo que relataba Edwin, tenía entendido que aquellas ceremonias, tan temprano por la mañana, estaban ya bastante pasadas de moda y que lo que estaba en el candelero eran las misas vespertinas. Aun así, la idea de Edwin le sirvió de excusa para entablar conversación y le permitió preguntarle a la señora Pope qué tipo de vínculo mantenía él con su parroquia.
—Ah, pues no es uno de nuestros feligreses habituales, solo viene cuando hay alguna actividad especial —explicó la señora Pope, raspando con fiereza una tostada quemada—. No estamos ni de lejos a la altura de la liturgia de su High Church…, nada de incienso, como comprenderá.
—¿Nada de incienso? —Una vez más, Letty no supo cómo reaccionar.
—Es que no a todo el mundo le va bien, ya sabe. Si se tiene algo de bronquios… ¿No se viste usted para desayunar, señorita Crowe?
Letty, que había bajado a la cocina con su respetable bata de lana azul, se tomó aquello como una crítica.
—Es mi primer día de jubilación —argumentó, y le dio la impresión de que su contundencia era insuficiente, como si aquello no bastara como justificación.
—Ya, pues yo opino que más le valdría no descuidarse demasiado. Son muchísimas las personas que pierden las riendas de su vida cuando se jubilan… Lo he visto muy a menudo. Puede que un hombre ostente un puesto de responsabilidad, luego va, se jubila y…
—Pero yo soy una mujer y en mi puesto no tenía absolutamente ninguna responsabilidad —le recordó Letty—. Además, esta mañana voy a pasarme por la biblioteca… Por fin tendré tiempo para ponerme a leer cosas serias.
—Ya, leer… —La señora Pope no parecía encontrarle demasiado sentido a la lectura, y la conversación, si es que podía llamarse así, fue perdiendo fuelle.
La señora Pope se había ido a la iglesia en ayunas y se disponía ahora a disfrutar de su panceta y su tostada raspada, mientras que Letty regresaba a su habitación con un huevo cocido y dos biscotes de centeno.
Más tarde se vistió, con más cuidado del que Marcia había puesto en su primer día de jubilación. Ahora tenía la oportunidad de estrenar un traje de tweed que había considerado demasiado bueno para la oficina y de pasar más tiempo que de costumbre escogiendo un jersey y una bufanda a juego. Hasta ese instante, su día estaba siendo distinto, pero al pensar en lo que haría después cayó en la cuenta de que la biblioteca a la que iría, de la que era miembro, estaba cerca de la oficina, y de que por lo tanto el trayecto sería el mismo que había hecho todos los días. Solo que, en ese momento, dos horas más tarde, el tren no iba tan lleno y, al bajarse en su estación, descubrió que la gente no subía las escaleras normales, sino que se dejaba transportar por las mecánicas.
Para llegar hasta la biblioteca tenía que pasar por delante de la oficina y, como es natural, levantó la vista ante el edificio monolítico gris y se preguntó qué estarían haciendo Edwin y Norman allí arriba, en la tercera planta. No costaba mucho imaginárselos a la hora del café, y le consolaba pensar que por lo menos no habría nadie instalado en su sitio y en el de Marcia, haciendo su trabajo, ya que nadie las sustituiría. A Letty le dio por pensar que lo que ahora ya no podía justificarse tal vez jamás hubiera existido, y tuvo la sensación de que a Marcia y a ella las habían suprimido de un plumazo como si jamás hubieran existido. Con esa sensación de vacío, entró en la biblioteca. El joven bibliotecario, con su cabellera dorada hasta el hombro, seguía en su sitio: por lo menos aquello era tranquilizador. Se dirigió con seguridad hacia las estanterías de sociología, decidida a comenzar con sus lecturas serias. La habían atraído el concepto y la nomenclatura de «ciencias sociales», y estaba ansiosa por descubrir de qué iba todo aquello.
—Me pregunto qué andarán haciendo ahora las chicas —dijo Norman.
—¿Las chicas? —Era obvio que Edwin sabía perfectamente a quiénes se refería, pero no estaba acostumbrado a hablar de Letty y Marcia, ni a pensar en ellas, de ese modo.
—Dormir tranquilamente hasta tarde, luego desayunar en la cama, tomar un tentempié en el centro, dar una vuelta por las tiendas… Almorzar en Dickins & Jones, tal vez, o en D. H. Evans. Después volver a casa antes de la hora punta, y yo… —En ese momento a Norman le falló la imaginación y Edwin no fue capaz de completar la información que faltaba.
—Sí, algo así es bastante probable en el caso de Letty —concedió—, pero no me imagino a Marcia pasando el día de esa forma.
—No, seguro que no querría ir de tiendas —apuntó Norman, pensativo—. Era Letty la que solía ir hasta Oxford Street a la hora del almuerzo… Ni siquiera le importaba tener que esperar el autobús.
—No… A veces coincidíamos en la cola cuando yo iba a la iglesia de All Saints, en Margaret Street.
—Nunca la convenciste para que te acompañara —se burló Norman.
Edwin pareció ruborizarse, casi como si lo hubiera intentado sin éxito, pero Norman no insistió.
—Es raro estar sin ellas —añadió.
—Tal vez nos visiten alguna vez —señaló Edwin.
—Sí, sí, dijeron que se pasarían.
—Aunque tampoco es que me las pueda imaginar haciéndolo… Tendrían que subir en el ascensor, ¿verdad? Y no sería lo mismo.
—No es como si estuviéramos en la planta baja y se nos viera desde la calle —expuso Norman, casi con añoranza.
—Lo bueno es que ahora tenemos un poco más de espacio. —Edwin empezó a prepararse el almuerzo sobre la que había sido la mesa de Letty, desplegando varias rebanadas de pan, una tarrina de margarina poliinsaturada, queso y tomates. Al sacar un paquete de bebés de gominola, le vino a la mente una imagen vívida de Letty, pero no supo decir por qué algo así se había materializado en ese momento concreto y con tanta intensidad. ¿Seguro que no tendrían nada que ver los bebés de gominola?
Había sido un día muy largo y, curiosamente, agotador, igual de agotador que un día laborable, pensó Letty. Tal vez habría sido por el hecho de madrugar y de contar con una tarde más larga que de costumbre, que empezaba con un intervalo entre el té y la cena cuya existencia no recordaba. Había hecho un esfuerzo denodado por leer uno de los libros que había sacado de la biblioteca, pero se le había hecho muy pesado. Era obvio que tardaría un tiempo en cogerle el tranquillo a la lectura seria, y tal vez fuera mejor seguir con él por la mañana, cuando estuviera más fresca.
A Marcia el día se le pasó en un pispás, aunque la velocidad era un concepto que no existía en su vida. No tuvo ninguna noción del paso del tiempo, y se sorprendió cuando cayó la noche. Su pensamiento más consciente fue de irritación ante la posibilidad de que la trabajadora social le hiciera una visita, por lo que no encendió la luz, sino que se quedó allí sentada a oscuras escuchando la cháchara sin sentido y el ruido atávico de Radio 1, con el volumen muy bajo. No guardaba recuerdo alguno de haber experimentado su primer día de jubilación.