Cuarteto de otoño
Capítulo 15
—No es por el dinero —decía Norman—. Bien sabe Dios que no me duele invitar a comer a las pobres viejecitas.
Edwin se fijó en que Letty y Marcia, a las que antes se había referido como «las chicas», eran ahora «las pobres viejecitas». Ninguna de las dos descripciones parecía del todo apropiada, pero, dado que él no tenía nada mejor que añadir, no hizo ningún comentario.
—Pero es que les dijimos que estaríamos en contacto —le recordó Edwin —, y ya hace un tiempo que se marcharon.
—Sí, el tiempo necesario para que se acostumbren… Era mejor dejarlo estar una temporadita. Aunque siempre podríamos usar vales de comida, si fuésemos al Rendezvous, claro está.
—¿Vales de comida? ¿Tú crees? No parece muy… —Edwin vaciló.
—¿Elegante, quieres decir? No te imaginarás que va a ser una ocasión elegante, ¿verdad? —comentó Norman, más sarcástico que nunca—. A eso es a lo que me refería…, a todo el asunto, no al dinero. No me importa nada apoquinar cincuenta peniques para pagarles la comida.
—Tengo la sensación de que tendrás que apoquinar bastante más de cincuenta peniques —repuso Edwin—, aunque sí que podríamos usar algunos vales de comida. Tengo guardados unos cuantos y, al fin y al cabo, nunca se enterarían. En el Rendezvous se paga en la caja, así que uno de nosotros podría encargarse del tema sin que ellas lo vieran.
—Es por lo violento de la situación —prosiguió Norman—. Nunca hemos ido a un restaurante con ellas. ¿Nos ves a los cuatro juntos sentados a la mesa?
—¿No estarás sugiriendo precisamente que las invitemos a comer sándwiches en la oficina? No nos iban a dar las gracias por eso.
—Pero ¿y de qué vamos a hablar? Una vez que ya les hayamos preguntado cómo están y todo eso.
—Bueno, ya se nos ocurrirá algo —respondió Edwin, con una seguridad de la que ni siquiera él estaba convencido, aunque estaba tan acostumbrado a las situaciones embarazosas en la iglesia que era más que capaz de afrontar un almuerzo con dos antiguas colegas. Al fin y al cabo, había sido idea suya invitar a comer a Letty y a Marcia. Había tenido remordimientos y al final les había escrito para invitarlas, en horario de oficina, por supuesto, ya que era algo que contaba como trabajo.
Letty había respondido sin demora, diciendo que le encantaría verlos de nuevo. La respuesta de Marcia había tardado más en llegar y con su aceptación daba la impresión de estar haciéndoles un favor, de tan ocupada como estaba. Edwin y Norman se preguntaron qué podía estar haciendo que la mantuviera tan ocupada. Tal vez hubiese empezado a trabajar en otro sitio, por muy poco probable que aquello sonara.
—De todas formas, pronto nos enteraremos —sentenció Edwin, cuando el momento comenzó a acercarse.
En la iglesia (a la que había acudido por la fiesta de la dedicación) se había enterado a través de la señora Pope de que Letty parecía haberse aclimatado bien, aunque tendía a «ir a su aire», como si aquello fuera algo malo. Ninguno había tenido noticias de Marcia desde su jubilación, aunque Edwin de vez en cuando pasaba por la esquina de la calle donde ella vivía y más de una vez había pensado en hacerle una visita inesperada. Sin embargo, algo, no sabía muy bien qué, lo había frenado todas las veces. Le venía todo el rato a la cabeza la parábola del buen samaritano y lo hacía sentirse incómodo, pese a no venir en absoluto a cuento. No tenía ninguna posibilidad de «pasar de largo» cuando ni siquiera pasaba cerca de la casa y, que ellos supieran, Marcia estaba perfectamente. Era obvio que Edwin no sabía si lo estaba o no, pero, por alguna misteriosa razón, pensaba que, si a alguien había que culpar por no haber mantenido el contacto, ese alguien era Norman.
Habían acordado que Letty y Marcia irían a la oficina y que todos saldrían juntos a almorzar desde allí. Letty fue la primera en llegar, vestida con su mejor traje de tweed y un par de guantes nuevos.
—Qué bien no tener que cargar con la bolsa de la compra —declaró, abarcando con la mirada no solo a Edwin y a Norman, que conservaban más o menos el mismo aspecto, sino también los cambios que habían tenido lugar en la oficina—. Veo que os habéis expandido un poco —comentó, al fijarse en que los hombres ocupaban ahora todo el espacio que en su momento les había dado cabida a los cuatro. De nuevo la embargó aquella sensación de vacío, al caer por fuerza en la cuenta de que, de ese modo, las habían ido eliminando gradualmente a ella y a Marcia, como si jamás hubieran existido. Al echar un vistazo por la oficina, sus ojos se posaron en una maceta, una cinta que trajo un día y que no se había molestado en llevarse consigo al marcharse. Había proliferado y un montón de brotecitos colgaban ahora por encima del radiador. ¿Tenía aquello algún significado?, ¿demostraba que en algún momento ella había existido, que permanecía su recuerdo? Por lo menos la naturaleza seguía adelante, nos sucediera a nosotros lo que nos sucediese; eso lo sabía.
—Sí, esa planta ha crecido, ¿eh? —comentó Edwin—. La he regado todas las semanas.
—Dejaste atrás una parte de ti —apuntó Norman, con aire parlanchín y desenfadado, pero entonces, como si se hubieran puesto de acuerdo, ambos cambiaron de tema, tal vez por temor a que la conversación tomase un cariz más profundo—. ¿Sabe Marcia a qué hora hemos quedado? —preguntó Norman de forma cortante—. Para coger mesa es mejor llegar temprano.
—Sí, dije a las doce y media, y ya casi debe de ser la hora —contestó Edwin—. ¿No hay alguien en la puerta ahora mismo?
Era Marcia, haciendo una peculiar entrada debido a su extraña apariencia.
Al recibir la invitación de Edwin, en un principio se dijo a sí misma que «por nada del mundo», de ninguna de las maneras disponía del tiempo necesario para ir a almorzar al centro. Aunque luego se le ocurrió que sería una oportunidad de oro para devolverle a Letty la botella de leche ajena, así que la envolvió en plástico y la metió en la bolsa de la compra. A diferencia de Letty, ella sí llevaba una consigo, ya que tenía la intención de pasar por Sainsbury’s para reabastecerse de latas de comida.
Los demás tardaron un par de segundos en recuperarse de la aparición que ahora tenían delante. Marcia estaba más delgada que nunca y su abrigo de verano de color claro le colgaba sobre el cuerpo esquelético. Calzaba unas viejas botas forradas de piel de borrego y un par de medias llenas de zurcidos, y llevaba la cabeza cubierta por un alegre sombrero de paja que no pegaba ni con cola y del que sobresalían sin orden ni concierto los moteados pelos de loca de su melena desmadejada.
Edwin, que no era especialmente observador, sí que reparó en que vestía una extraña mezcla de prendas, pero tampoco pensó que su aspecto fuera muy distinto del habitual. Norman pensó: «Pobre mujer, salta a la vista que está perdiendo la chaveta». Letty, como mujer que se preocupaba por el vestuario, estaba consternada: que alguien pudiera llegar hasta el punto de prestar tan poca atención a su aspecto, que ni siquiera fuera consciente de él, la inquietaba profundamente y casi le hacía sentir remordimientos por no haber hecho algo más por Marcia después de su jubilación. Aunque, bueno, había sido ella quien le había propuesto quedar a Marcia, que no se había dignado a contestar a su carta… Y ahora era ella la que tenía que sentirse culpable por que la avergonzara la idea de sentarse en un restaurante en su compañía.
Por suerte, el Rendezvous estaba más bien vacío y encontraron mesa en un rincón apartado.
—Por una vez este lugar hace honor a su nombre —señaló Norman, intentando animar la conversación mientras estudiaban la carta—. Como dicen los franceses, se trata de un rendez-vous entre… —No dijo amigos, pues no eran exactamente eso, y «colegas» sonaba demasiado formal y un poco ridículo.
—Un lugar de encuentro para personas que llevan un tiempo sin verse — propuso Letty, y los hombres le agradecieron que saliera al paso; aunque ella misma no lo había visto de ese modo los días en que solía almorzar allí sin compañía. Siempre le había dado la impresión de que estaba repleto de personas solitarias que comían solas.
—Bueno, ¿qué pedimos? —preguntó Edwin dirigiéndose a Marcia en particular, que era quien más parecía necesitar la comida, o el sustento, casi se podía llegar a decir.
—Por tu aspecto, no te vendría mal una comida como Dios manda —soltó Norman sin rodeos—. ¿Qué tal una sopa para empezar y el asado o el pollo de segundo?
—Uy, para mí solo una ensalada —respondió Marcia—. Nunca hago comidas pesadas al mediodía.
—Ya, pues yo creo que a los demás nos apetece algo más que eso — apuntó Edwin efusivamente.
—Sí, con el tiempo que hace una ensalada no es muy adecuada — coincidió Letty.
—Pues yo habría imaginado que eras una entusiasta de las ensaladas — señaló Norman—. Has engordado un poco, ¿verdad? —Su tono era burlón, aunque Letty detectó el deje de mala intención. Sabía que tenía razón, ya que, desde que se jubiló, comer se había convertido en una de sus principales aficiones y placeres—. Hay ancianos que de verdad disfrutan comiendo — prosiguió Norman, sin mejorar demasiado la situación, pues Letty todavía no se consideraba anciana—; a otros les importa un pimiento.
—Ya, venga, a ver —atajó Edwin, percatándose de que la camarera rondaba por allí—. ¿Qué vamos a pedir?
Al final, Letty optó por el pollo a la boscaiola, Norman, por el cerdo asado, y Edwin, cuyo vegetarianismo no excluía el pescado, por la platija con patatas fritas. A Marcia mejor no «tentarla», en palabras de Norman, y ella insistió en pedir una ensalada pequeña con queso. Para beber, los hombres tomaron cerveza, mientras que Letty se dejó convencer para pedir una copa de vino blanco. Marcia, por supuesto, no bebió nada, e hizo bastante énfasis en su abstinencia, para gran regocijo de los dos jóvenes de la mesa de al lado.
—Bueno, bueno… —El alivio de Edwin cuando por fin llegaron los platos, sanos y salvos, se hizo evidente en su actitud más relajada, dado que, al ser él quien la había propuesto, se sentía responsable del éxito de la empresa—. ¿Todo a tu gusto? ¿No querrías un poco de pan y mantequilla para la ensalada? —le sugirió a Marcia.
—Nunca tomo pan con la comida —declaró ella.
—Como no tengas cuidado, acabarás por no poder comer —vaticinó Norman—. Anorexia nerviosa, lo llaman, el otro día hablaron de ella en la radio.
—La anorexia nerviosa la padecen las chicas jóvenes —repuso Marcia, corrigiéndolo gracias a sus conocimientos médicos superiores—. Yo nunca he sido de comer mucho.
—¿Qué tal el pollo? —le preguntó Edwin a Letty. Como si a él le importara lo que comía o no comía Letty, pensó, lo cual le hizo gracia, pero, claro, en esta ocasión le tocaba hacer de anfitrión.
—Gracias, está realmente delicioso —respondió Letty con cortesía.
—Con verduras y cosas así —apuntó Norman—. Supongo que eso significa boscaiola, ¿no?, cosas del bosque. Aunque tampoco es que la verdura crezca en el bosque…
—Es con setas —aclaró Letty—, que sí son fáciles de encontrar en el bosque.
—Aunque a ti no te gustarían, ¿no? —dijo Norman—, algo que sale de un bosque.
—Claro que ahora casi todas las setas se cultivan —intervino Edwin—. Creo que es una actividad bastante lucrativa a la que uno puede dedicarse cuando se jubila.
—Bueno, no si vives en una habitación alquilada —repuso Norman—. Aunque tú y Marcia sí que podríais hacerlo en vuestras casas, si tenéis un sótano o un cobertizo en el jardín.
Marcia lo miró con recelo.
—Yo utilizo mi cobertizo para algo que no tiene nada que ver.
—Secretos oscuros —apuntó Norman, pero Marcia no pareció verle la gracia.
—No creo que Edwin estuviera proponiendo que nos dedicáramos ahora al cultivo de setas —señaló Letty—, aunque tengo entendido que a la gente que lo hace le va bastante bien.
—¿Conoces a alguien que lo haga? —preguntó Edwin.
—Ah, no —se apresuró a contestar Letty.
Aquella respuesta pareció poner fin a ese tema de conversación en concreto y se produjo un breve silencio, que se vio interrumpido cuando Edwin les preguntó qué les apetecía tomar después de postre, algo dulce, algo salado, lo que quisieran.
—Para mí nada, gracias —sentenció Marcia. Después de juguetear con su ensalada de forma poco elegante, la había apartado casi toda a un lado del plato.
Letty, al recordar el comentario de Norman sobre su peso, decidió que de perdidos al río, y a vivir que son dos días. Ya cenaría algo bajo en calorías por la noche.
—Yo tomaré el pastel de manzana con helado —dijo.
—El pastel de manzana de la tía Betsy —puntualizó Norman—. Creo que yo también.
Edwin, sin embargo, se inclinó por el flan e intentó convencer a Marcia para que cambiara de opinión, pero no lo logró.
—En realidad ni siquiera os hemos preguntado cómo os van las cosas ahora que estáis jubiladas —dijo Norman—, en qué andáis metidas.
Aquella forma de expresarlo le dio un punto más informal a la conversación y Letty les habló de sus intentos por interesarse por la sociología y su ignominiosa incapacidad para acabar aquellos libros.
—No me sorprende —comentó Norman—. ¿A quién le apetece perder el tiempo con esas cosas? Lo que a uno le apetece es descansar bien. Después de todo el trabajo que hiciste aquí, te lo mereces.
Letty se preguntó de nuevo en qué habría consistido aquel trabajo que había dejado tan poca huella en ninguno de ellos, y añadió:
—La verdad es que ocupo mis días de forma bastante placentera. —Jamás debía dar la menor señal de sentirse sola o aburrida, ni la sensación de que el tiempo se le hiciera eterno.
—¿Qué fue de aquella amiga tuya, la que iba a casarse con el párroco? — preguntó Edwin.
—Pues aún no se ha casado. El otro día comí con ella.
—Supongo que no tendrán ninguna prisa —apuntó Edwin, que no concebía la posibilidad de que se malinterpretaran sus palabras.
No fue así en el caso de Norman, que no desaprovechó la oportunidad para comentar:
—¡Espero que no! Y además, ya se sabe, antes de que te cases, mira lo que haces.
—Está claro que en ese sentido no hay peligro —repuso Edwin.
—Uy, no —coincidió Letty—. Creo que el refrán no sirve para mayores de sesenta.
—Pues sí que podría servir, ¿por qué no? Y creo que nos contaste que ella le saca varios años a su prometido.
—¿Eso os dije? Pues no lo recuerdo. —Letty esperaba no haber sido demasiado dura con su amiga.
—¿Y tú en qué has andado ocupada? —Edwin se dirigió a Marcia en un gesto de interés cordial que en absoluto merecía la ferocidad de la respuesta que recibió.
—¿Y a ti qué te importa? —le espetó ella.
—¿Has vuelto a ir al hospital? —preguntó Norman para aplacarla—. Te sigue tratando el médico, ¿verdad?
Marcia masculló entre dientes el nombre del señor Strong y luego, alzando la voz, empezó a quejarse de las entrometidas visitas de la trabajadora social.
Letty apuró las últimas gotas de su vino con una sensación de pesar. No había sido una copa demasiado grande.
—A mí nunca me ha visitado ninguna trabajadora social —dijo.
—A ti tampoco te han operado a vida o muerte, ¿no? —repuso Marcia en un tono de voz demasiado elevado. Los mismos jóvenes de la mesa de al lado de antes se echaron a reír de nuevo.
—Bueno, eso habla bien de nuestro sistema nacional de salud y del seguimiento posoperatorio —señaló Edwin—. Me tranquiliza y me alegra que tengan vigiladas a las personas que han estado hospitalizadas.
—¿No nos irás a decir que a ti también te van a operar… de lo mismo que a Marcia? —bromeó Norman.
A todos les dio la sensación de que se había pasado de la raya y Edwin se apresuró a preguntar si todos querían café, para pedirlo.
—Yo no —respondió Marcia—. Debería marcharme ya. Tengo muchas cosas que comprar.
—Anda, quédate mientras nos lo tomamos nosotros —la intentó convencer Norman—, que rara vez tenemos la oportunidad de charlar un rato.
En el rostro de Marcia se dibujó una expresión curiosa, de la que al parecer solo se percató Letty. Podría incluso decirse que casi se había suavizado. ¿Sería posible que sintiera algo por Norman? Aunque no fue más que un cambio fugaz, y mientras los demás tomaban el café, a ella le volvieron a entrar las prisas por irse.
—Supongo que vosotros dos tendréis que volver al curro —apuntó Letty, cuando le pareció que ya no podían alargar más la hora del almuerzo.
—Si es que así se le puede llamar —respondió Edwin.
—A veces está claro que lo parece —apuntó Norman—. ¡Que llegue pronto la jubilación!
Letty se preguntó qué haría él en su habitación alquilada cuando se jubilara, y sintió el impulso de sacar el tema, pero, bueno, se había hecho tarde para hablar de esas cosas: los hombres tenían trabajo, o algo parecido, que hacer, y ya llevaban fuera de la oficina mucho más rato que de costumbre. En cualquier caso, era una ocasión especial, no era algo que ocurriera todos los días, y, si les hubieran pedido explicaciones, Edwin y Norman habrían sabido defenderse. Pero nadie les preguntó nada y, desapercibidos, regresaron a su despacho.
Marcia se marchó corriendo en dirección a una callejuela en la que había un pequeño Sainsbury’s. Al rebuscar en su bolsa de la compra, con la intención de hacer sitio a las distintas latas que pretendía comprar, su mano se topó con la botella de leche envuelta que se había olvidado de devolver a Letty. ¡Menudo fastidio! Por un instante se preguntó si estaría a tiempo de regresar y alcanzar a los demás, pero, aunque se dio prisa, ya todos se habían marchado y no quedaba ni rastro de ellos. Se dio media vuelta, frustrada.
Al llegar al Sainsbury’s, el edificio presentaba un aspecto extrañamente vacío y no había nadie entrando ni saliendo. ¿Se había olvidado de que ese día tal vez cerraran antes? Aunque ¿no era los sábados? Se acercó y echó un vistazo a través de la puerta. Sus ojos se toparon con una visión dantesca: la tienda estaba «barrida y adornada», casi arrasada. Estaba efectivamente cerrada, para siempre, desde hacía varias semanas, y nadie la había avisado. Aquel Sainsbury’s estaba abandonado, ya no existía, así que no podía comprar las latas para su despensa. De manera irracional, culpó a Edwin y a Norman por no haberla informado de aquello. Así que no le quedaba otra que ir a la biblioteca.
Letty, después de despedirse de los dos hombres, también se había dirigido hasta allí, y Marcia la siguió a hurtadillas mientras pululaba y rebuscaba por la sección de biografías.
—Creo que esto es tuyo —le espetó Marcia con tono acusador, tendiéndole bruscamente la botella de leche envuelta.
—¿Una botella de leche? —Era obvio que Letty no recordaba aquel episodio, y Marcia tuvo que explicárselo, y lo hizo en voz tan alta que hubo personas que volvieron la cabeza y el bibliotecario rubio a punto estuvo de expresar algún tipo de queja.
Letty, consciente de la tensión que se palpaba en el aire, aceptó la botella sin hacer más preguntas, y Marcia se marchó rápidamente, con la sensación de que, aunque venir hasta el centro para almorzar había sido una pérdida de tiempo, al menos el balance final había sido positivo. Letty, que se vio cargando con la botella y sin una bolsa de la compra donde meterla, se marchó de la biblioteca sin decidirse por ningún libro y depositó la botella en una caja que encontró en la puerta de un ultramarinos cerca de la oficina. «Marcia podía perfectamente haberlo hecho ella misma —reflexionó—, pero es obvio que su mente no funciona de ese modo.» Letty prefirió no darle muchas vueltas a ese funcionamiento, ni hacer conjeturas. Sin embargo, el encuentro había sido de una naturaleza sobrecogedora, casi tan inquietante como ver a aquella mujer desplomada en el andén del metro aquella mañana que ahora le resultaba tan lejana.
Al llegar a casa, Letty se encontró con la señora Pope en el vestíbulo, con un folleto en la mano.
—«Ayuda a los ancianos» —leyó—. Se precisa ropa en buen estado para los ancianos de otros países.
Letty no supo qué decir.
Después de despedirse de las mujeres, Norman le preguntó a Edwin:
—Vamos a ver, ¿a cuánto ha ascendido la broma? Hagamos cuentas.
—Ah, no te preocupes. Lo pagué casi todo con vales de comida, y no tuve que añadir mucho más, así que esto corre por mi cuenta —respondió Edwin con rapidez, pues a veces lo perseguía la imagen de Norman en su cuartucho alquilado, mientras él ocupaba una casa entera.
—Ah, pues gracias, colega —respondió Norman con torpeza—. La verdad es que no ha estado tan mal, ¿no crees?
—No, no ha sido para tanto…, en cierto modo incluso mejor de lo que me esperaba, pero me da mala espina el aspecto de Marcia.
—¡Y que lo digas! Me da a mí que está perdiendo la chaveta a pasos agigantados. Pero, bueno, la está tratando el médico, y eso ya es algo. Y luego está también esa trabajadora social que va a verla.
—Sí, demasiado a menudo, por lo que cuenta. Pero sí, parece que la tienen vigilada.
Con eso zanjaron la cuestión, aunque Edwin comentó que debían repetir de vez en cuando, invitar a comer de nuevo a Letty y a Marcia. No obstante, era un alivio pensar que no tenía por qué ser hasta dentro de un tiempo, y que, por el momento, habían cumplido con su obligación.