Cuarteto de otoño
Capítulo 8
En la oficina ya se había hablado largo y tendido de la situación de Letty y lo que tenía o no tenía que hacer, y, con el paso del tiempo, la cuestión se volvió más apremiante, sobre todo cuando Marya encontró un trabajo como ama de llaves interna con una familia de Hampstead, y la señorita Spurgeon lo organizó todo para irse a una residencia de ancianos.
—Ahora te quedarás sola en la casa —apuntó Norman regodeándose—. Te resultará extraño, ¿no? —Tal vez este fuera el tercer infortunio que había profetizado, el que demostraba que las desgracias nunca vienen solas.
—Tu nuevo casero es un clérigo, ¿verdad? —preguntó Marcia.
—Sí, por llamarlo de algún modo. —Letty tuvo una visión del padre Lydell recostado en la butaca de Marjorie, con los ojos cerrados, bebiendo Orvieto a sorbos, nada que ver con el señor Olatunde. «Está claro que hay clérigos y clérigos», pensó—. No quisiera herir sus sentimientos con nada de lo que dije sobre las personas que viven en la casa —añadió—. Parece un hombre muy agradable.
—¿No tienes ninguna amiga o algo así con quien puedas irte a vivir? — propuso Edwin—. Aparte de la que va a casarse. —Una mujer como Letty debía de tener muchas amigas, un ejército entero de buenas mujeres, como las del Servicio Real de Voluntarias o algunas, aunque no todas, de las feligresas de su parroquia. Tenía que haber muchísimas mujeres así, ¿no? Se las veía por todas partes.
—Lo mejor es contar con algún familiar —intervino Norman—. Están obligados a ayudarte. Al fin y al cabo, la sangre tira, por muy lejano que sea el pariente… Puedes contar con eso.
Letty pensó en algunos de sus primos, a los que no veía desde niña, y que ahora vivían en algún rincón del oeste de Inglaterra. No podía esperar que le ofrecieran un hogar.
—¿Nunca se te ha pasado por la cabeza alquilar habitaciones? —preguntó Edwin, volviéndose hacia Marcia.
—El dinero te podría venir bien cuando te jubiles —terció Norman.
—Ah, no necesitaré dinero —contestó Marcia con fastidio—. No tendré ninguna necesidad de alquilar habitaciones. —Impensable, fue la palabra que se le vino a la mente ante la sugerencia de Edwin, ante la idea de ofrecerle a Letty un lugar donde vivir, sobre todo al acordarse de aquella botella de leche. Aunque a Letty tampoco le haría gracia la idea. Incluso ahora ponía reparos, claramente avergonzada tanto por ella como por Marcia.
—Hay organizaciones y personas que quieren ayudar a las mujeres — comentó Edwin extrañamente.
—Hay una joven que a veces se pasa a verme… Da la impresión de que piensa que necesito ayuda. —Marcia se echó a reír sin ganas—. Yo diría más bien que es al contrario.
—Pero es que has estado ingresada —le recordó Edwin—. Me imagino que por eso quieren tenerte vigilada.
—Sí, claro, pero para eso ya voy a la consulta del señor Strong. —Marcia sonrió—. No me hace falta que ninguna joven venga a decirme que no compre guisantes en lata.
—Bueno, está bien saber que la gente se preocupa de verdad —declaró Letty distraídamente, con la impresión de que tal vez la cuestión no se limitara a unos guisantes en lata—. Me imagino que algo surgirá cuando me jubile… Pero, vamos, que todavía no me he jubilado.
—Aunque poco te falta —puntualizó Norman— y de aquí no te va a quedar una pensión demasiado cuantiosa para sumársela a lo que te dé el Estado. Y además hay que tener en cuenta la inflación —añadió, con pocas ganas de ayudar.
—La inflación no es precisamente algo que se pueda tener en cuenta — apuntó Letty—, más bien ocurre sin que te des cuenta.
—A mí me lo vas a contar —saltó Norman, y tras hurgar en el bolsillo sacó el tique de su última compra en el supermercado—. Atentos, ¿eh? —Y procedió a su lectura en voz alta. Lo que más lo enojaba era la subida del precio de las alubias blancas y la sopa en lata, lo que daba una idea extraña de su dieta diaria.
Nadie comentó nada o ni tan siquiera lo escuchó. Marcia pensó satisfecha en su despensa llena de reservas y Letty decidió que almorzaría temprano y luego cogería un autobús para ir de tiendas a Oxford Street. Tan solo Edwin, quizá por verse a sí mismo como alguien que quería ayudar a las mujeres, siguió pensando en Letty y en su problema.
El Día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, cayó entre semana. Hubo misa por la tarde, con bastantes feligreses, y el domingo siguiente Edwin estuvo presente en la ceremonia del café con galletas que seguía a la celebración matutina de la Eucaristía en una iglesia que a veces frecuentaba porque antes había vivido en ese barrio. No era su parroquia cotidiana, pero la había elegido adrede pensando en Letty.
La preparación del café era en sí un ritual encomendado a varias feligresas, que conocían todas a Edwin por sus visitas esporádicas a la iglesia, y, en cuanto entró en el salón, una estancia lúgubre decorada de forma chabacana por los jóvenes de la parroquia, oyó la voz de una señora mayor que se alzaba para protestar por las galletas.
—No hace ninguna falta tomar galletas con el café —sentenció—. Con una bebida caliente basta y sobra.
—Pues a mí me gusta picotear algo con el café —se opuso una mujer pequeña y peluda con un abrigo gris—. Todos sabemos que la señora Pope está estupenda para su edad, pero los ancianos no necesitan comer mucho. Si hubiéramos sabido de antemano que la lata de galletas estaba vacía, se podría haber puesto remedio al asunto, haberla rellenado, haber comprado más galletas…
Edwin se inmiscuyó en medio de esta controversia con lo que pareció un ataque brutal.
—Seguro que alguna de ustedes tiene una habitación libre —declaró.
Se hizo el silencio, un silencio incómodo, le dio la impresión a Edwin, y las dos mujeres empezaron a poner pretextos cual invitados a un banquete de bodas: que si la habitación era poco más que un armario, que si allí guardaban todas las cosas para el mercadillo benéfico, que si tal vez la necesitaran para un familiar. Esto último era la típica excusa, pero Edwin insistió. No llevaba preparado lo que haría a continuación, y ahora se daba cuenta de que lo mejor habría sido empezar describiendo a Letty y explicando escuetamente la naturaleza de su problema, enfatizando la necesidad de una habitación, para así apelar a sus conciencias y tocarles la fibra sensible. Pero ¿cómo debía describir a Letty? ¿Como una amiga? No llegaba a eso, y el hecho de ser una mujer soltera podía dar lugar a habladurías. ¿Una señora que conozco? Eso sonaba demasiado superior y remilgado. ¿Una mujer que trabaja en mi oficina? Sin duda esta opción era la mejor. Las palabras «mujer», «trabajo» y «oficina» ofrecían una imagen tranquilizadora de alguien del sexo preferido, que pasaría todo el día fuera y puede que incluso fuese una compañera cordial en las ocasiones en que estuviera en casa.
Así que Edwin prosiguió, adoptando un tono de confidencia.
—Verán, les cuento. Se trata de una mujer que trabaja en mi oficina y que está en apuros. Han vendido la casa en la que vive con las inquilinas dentro, y el nuevo casero y su familia no son exactamente el tipo de personas al que ella estaba acostumbrada; de hecho, son bastante ruidosos.
—¿Negros? —preguntó la señora Pope con perspicacia.
—Por ahí van los tiros —reconoció Edwin con simpatía—. Vamos, que el señor Olatunde es muy buen hombre, un sacerdote, por así decirlo.
—¿Cómo puede ser alguien sacerdote «por así decirlo»? —preguntó la señora Pope—. O lo es o no lo es. El término no admite matices.
—Es sacerdote de una secta religiosa africana —explicó Edwin—. Y, claro está, las celebraciones no se parecen mucho a las nuestras: cantan, gritan y hacen mucho ruido.
—Y esta mujer, esta respetable dama, porque lo es, ¿no es cierto?
—Uy, por supuesto. En ese sentido no cabe ninguna duda —respondió Edwin despreocupadamente, opinando que Letty era superior en todos los aspectos, si ese era el criterio que se iba a aplicar.
—Donde vive, el ruido la supera, ¿verdad?
—Sí, exacto, ya que es una persona muy tranquila. —Eso era algo que había que recalcar.
—Bueno, pues sí, está el cuarto grande de la parte de atrás, y podría venirme bien tener a otra persona en casa.
Edwin recordó que la señora Pope vivía sola.
—Si una se cayera por las escaleras o se tropezara con la alfombra y luego no se pudiera levantar…
—Podría pasar horas tirada en el suelo antes de que alguien acudiera —la mujer pequeña y peluda acabó la frase con entusiasmo.
—Los huesos se vuelven muy quebradizos —apuntó la señora Pope—. Cualquier fractura podría acarrear graves complicaciones.
A Edwin le dio la impresión de que se estaban desviando del meollo de la cuestión. Quería zanjar el asunto, que no se olvidaran de Letty. Era obvio que la señora Pope era mayor, pero también activa e independiente, y estaba seguro de que Letty, por ser mujer, le sería muy útil en caso de enfermedad o accidente. Ahora empezaba a ver cómo iría cobrando forma cierta cotidianidad, con la vida de Letty regida por el ritmo tranquilizador del año litúrgico. Hoy Todos los Santos, al día siguiente el de los Difuntos; todo el mundo podía participar en la conmemoración de los santos y los muertos. Luego vendría el Adviento, seguido de cerca, a menudo parecía que demasiado de cerca, por la Nochebuena. Después, la Navidad, y también San Esteban, que se celebraba en muy pocos sitios, a menos que coincidiera con la fiesta patronal del lugar; luego los Inocentes, San Juan Evangelista y la Epifanía ante los Reyes Magos. Tras la conversión de San Pablo y la Candelaria (momento en que solía cantarse uno de los himnos menos acertados del teólogo inglés John Keble) se sucedían casi sin darse cuenta los domingos previos a la Cuaresma, pero las tardes cada vez se alargaban más. El Miércoles de Ceniza era un hito importante, con la Santa Misa y la imposición de la ceniza, el manchurrón negro en la frente, «polvo eres y en polvo te convertirás»; a algunas personas no les gustaba aquello, por considerarlo «morboso» o «no muy agradable».
—En la habitación hay un lavabo con agua fría y caliente y de vez en cuando podría usar el cuarto de baño. Porque no necesitará bañarse todas las noches, ¿verdad? —Lavarse demasiado era malo para la piel, la constante inmersión en agua caliente resecaba los aceites naturales… La señora Pope se iba haciendo a la idea mientras Edwin le daba un repaso al año litúrgico, aunque le resultaba prácticamente imposible responder a las preguntas sobre la frecuencia con que Letty se bañaría.
Todo el mundo había oído hablar de la Cuaresma, por supuesto, aunque no la tuvieran en cuenta para nada, con el Domingo de Ramos dando paso a los oficios de Semana Santa; ya no eran lo que solían ser, sin duda, pero todavía quedaba algo del Jueves Santo y el Viernes Santo, y del Sábado de Gloria, con todas las ceremonias, el preludio del Domingo de Pascua. La Fiesta de la Divina Misericordia siempre tenía algo de anticlímax, después de todo lo que había pasado antes, pero ya no quedaba mucho para el Día de la Ascensión, y luego Pentecostés, o la venida del Espíritu Santo. Después de eso estaba el Corpus Christi, con su procesión al aire libre si el tiempo acompañaba, y luego el Domingo de la Santísima Trinidad, seguido de todos aquellos largos y calurosos domingos de verano, con las vestiduras verdes y la festividad del santo de turno… Así es como había sido siempre y como seguiría siendo, a pesar de los sacerdotes a la moda que intentaban introducir las llamadas formas actualizadas de culto, el rock and roll, las guitarras y los debates sobre el Tercer Mundo en sustitución de las vísperas. El único problema es que Edwin ni siquiera estaba seguro de que Letty pisara una iglesia de vez en cuando. Jamás lo había mencionado cuando él sacaba esos temas en la oficina. Aun así, una vez que se instalara en el cuarto de atrás de la señora Pope y se jubilara, era imposible predecir cómo cambiaría su vida.