Cuarteto de otoño
Capítulo 12
La organización en la que trabajaban Letty y Marcia consideraba que, llegado el momento en que dejaran de trabajar, era su deber celebrar algún tipo de fiesta de jubilación en su honor. Su estatus de ancianas no cualificadas no les confería el derecho a una fiesta nocturna, pero se consideraba que una reunión a la hora del almuerzo, que solo daría lugar a un sopor mayor que de costumbre por la tarde, sería totalmente apropiada. La otra ventaja de una fiesta al mediodía era que solo habría que suministrar jerez medium chipriota, mientras que la noche exigía bebidas más exóticas y caras, otros vinos e incluso la típica botella bien escondida de whisky o ginebra, «la bebida dura», tal como Norman la llamaba, resentido por que se le hubiese negado el acceso a ella. Además, a esa hora se podían comer sándwiches, por lo que no había ninguna necesidad de un verdadero almuerzo, y algunos opinaban que en un momento así era «mejor» estar comiendo, pues así había algo que hacer.
La jubilación era un asunto serio, que había que considerar con respeto, pese a que el concepto resultara incomprensible para la mayor parte del personal. Era un estado para el que había que prepararse, sin duda, y que debía ser estudiado —«investigado», habrían dicho—; de hecho, ya había sido el tema de un seminario, aunque las conclusiones alcanzadas y las recomendaciones elaboradas no tenían ninguna relevancia real para la jubilación de Letty y Marcia, que parecía igual de inevitable que la caída de las hojas en otoño, para la que no era necesario ningún tipo de preparación. Si las dos mujeres temían que la llegada de esa fecha pudiera dar alguna pista respecto a su edad, no era motivo para avergonzarse, puesto que a nadie le interesaba lo más mínimo; hacía mucho tiempo que ambas habían alcanzado una edad que no daba lugar a ningún tipo de especulación. Ambas recibirían una gratificación por su jubilación, pero sería el Estado el encargado de cubrir sus necesidades básicas, que tampoco podían ser gran cosa. Las ancianas no necesitaban demasiado para comer, más falta les hacía calentarse que alimentarse, y era probable que las personas como Letty y Marcia contasen con algo en la hucha o algunas rentas, unos ahorrillos en la caja postal o en una sociedad de crédito hipotecario. Consolaba pensar de ese modo, y aunque no tuvieran ninguna ayuda extra, ahora los servicios sociales funcionaban mucho mejor, no había necesidad de que nadie muriera de hambre o de frío. Y si los gobiernos no cumplían con sus responsabilidades, siempre quedaban los medios de comunicación: el continuo acicate de los programas de televisión, los artículos sobrecogedores en los diarios dominicales y las imágenes perturbadoras en los suplementos a todo color. No había por qué preocuparse por la señorita Crowe y la señorita Ivory.
El ayudante (interino) del vicedirector, a quien le habían encargado dar el discurso de presentación, no sabía con seguridad a qué se dedicaban o se habían dedicado la señorita Crowe y la señorita Ivory durante su vida laboral. Las actividades de su departamento parecían estar envueltas en un halo de misterio: se creía que algo relacionado con el registro o los archivos, nadie lo sabía con certeza, pero evidentemente era «una labor femenina». El dato más significativo era que nadie las sustituiría; en efecto, el departamento iba a desaparecer de forma escalonada y solo se mantendría hasta que los hombres que trabajaban en él alcanzaran la edad de jubilación. No obstante, bajo la influencia de un trago rápido de jerez, hasta un tema de conversación tan poco prometedor como ese podía emplearse de forma efectiva.
El ayudante del vicedirector dio un paso al frente, se situó en medio de la sala y comenzó a hablar.
—Lo fundamental respecto a la señorita Crowe y la señorita Ivory, a quienes hoy acompañamos todos para rendir homenaje, es que nadie sabe, o nunca ha sabido, a ciencia cierta qué es lo que hacen —declaró con todo el descaro—. Han sido, y son, de esas personas que trabajan con discreción y en secreto, haciendo el bien a hurtadillas, por así decirlo. ¿El bien?, oigo que se preguntan ustedes. Sí, el bien, repito, y al bien me refiero. En estos tiempos de agitación laboral, son las personas como la señorita Ivory y la señorita Crowe —parecía haber invertido el orden de los apellidos, pero cabía suponer que no importaba— quienes nos sirven de ejemplo a todos nosotros. Las echaremos muchísimo de menos, tanto que no hemos encontrado a nadie que las sustituya, aunque seríamos los últimos en negarles la recompensa de una jubilación bien merecida. Es para mí un gran placer, en nombre de la empresa y sus trabajadores, obsequiar a cada una de estas damas con una pequeña muestra de nuestro reconocimiento a su dilatada y leal dedicación, a la que por supuesto sumamos nuestros mejores deseos para el futuro.
En ese momento, Letty y Marcia dieron un paso al frente para recibir sendos sobres, que contenían un cheque y una tarjeta dedicada para la ocasión. Acto seguido, el presentador recordó que tenía un compromiso para almorzar y se escabulló; se volvieron a llenar las copas y dio comienzo el murmullo de las conversaciones. Había que dar palique, cosa que, una vez agotados los temas más obvios, no surgía con facilidad. A medida que avanzaba la fiesta, la gente fue dividiéndose con sencillez en sus habituales grupos de trabajo. De la forma más natural del mundo, Letty y Marcia acabaron con Edwin y Norman, y, con la misma naturalidad, este último hizo un comentario sobre el discurso, insinuando que, de las palabras que se habían pronunciado, cabía deducir que pasarían su jubilación luchando por la reforma laboral en el sector automovilístico.
Marcia se alegraba de estar rodeada de personas conocidas. Cuando se topaba con otros empleados de la empresa, se cohibía por su falta de pecho, al creer que ellos percibirían su imperfección, que estaba incompleta. Al mismo tiempo, por otro lado, le gustaba hablar de sí misma, sacar como tema de conversación los hospitales y los médicos, pronunciar en voz baja y con tono reverente el nombre del señor Strong. Si se daba la ocasión, era incluso capaz de regodearse al hablar de «mi mastectomía»; lo que le molestaba era la palabra «pecho» y lo que esta representaba. Ninguno de los discursos ni de las conversaciones relacionadas con su jubilación habían hecho ninguna mención
del pecho (esperanza que nace eterna en los humanos)[4] o del seno
(sentimientos a los que todo seno devuelve un eco[5]), como bien podrían haberlo hecho si el discurso del ayudante del vicedirector hubiera sido más literario.
Por supuesto era vox populi que la señorita Ivory se había sometido a una grave operación, pero el vestido que llevaba hoy, de una fibra sintética parecida a la lana acrílica y de un intenso azul jacinto, era varias tallas más grande que su flaca figura, por lo que su silueta resultaba casi invisible. Los asistentes a la fiesta que no la conocían estaban fascinados por su extraña apariencia, con aquel pelo teñido y aquellos ojos penetrantes, redondos y brillantes como canicas, y probablemente la señorita Ivory los habría divertido de una forma más bien atípica si hubieran tenido el valor de entablar conversación con ella. Pero a la hora de la verdad nadie reunía ese tipo de valor. Entrada en años, un poco chiflada y a las puertas de su jubilación, la combinación era incómoda, y no era de extrañar que la gente la evitara o, como mucho, se limitara a hacerle algún comentario de pasada. Costaba imaginar cómo sería su jubilación; era imposible y más bien horripilante hacer conjeturas al respecto.
Letty, por el contrario, de tan sencilla resultaba aburrida. Hasta su conjunto de lana verde estampada, bastante bonito, y su pelo castaño desvaído recién salido de la peluquería casaban a la perfección con su personalidad. Ya la habían encasillado como la típica solterona inglesa a punto de retirarse a una casita en el campo, donde se reuniría con otras como ella para implicarse en las actividades parroquiales, asistir a reuniones del Instituto de la Mujer y dedicarse a la jardinería y las labores. La gente de la fiesta, por lo tanto, habló con ella sobre todas estas cosas, pero el recato y la educación innatas en Letty le impidieron contarles que al final no compartiría una casita de campo con una amiga, sino que probablemente pasaría en Londres el resto de sus días. Era consciente de no ser una persona interesante, por lo que no entró en demasiados detalles tediosos con los jóvenes que tuvieron la deferencia de preguntarle por sus planes de futuro. Incluso Eulalia, la subalterna negra, le dedicó de improviso una sonrisa radiante. Otra, cuyo cuello recto, grueso y elegante se elevaba como un pilar de alabastro, una de esas chicas que resultaba imposible imaginar ocupada en ninguna de las prosaicas ocupaciones de una oficina, como la mecanografía o el archivado, sugirió alegremente que ahora podría ver la tele durante la sobremesa, y Letty reparó en que cosas como aquella eran, al fin y al cabo, uno de los principales placeres de la jubilación. No podía confesarle a aquella amable joven que ni siquiera tenía televisor.
Como era inevitable, todos tuvieron que volver a trabajar y, como no podía ser de otro modo, Letty y Marcia acabaron en su oficina en compañía de Edwin y Norman.
Los dos hombres parecían contentos. En su momento habían asistido a no pocas fiestas de jubilación y esta, al parecer, había estado a la altura, altura que se medía por el número de veces que les había llegado la botella de jerez.
—Claro que el jerez no sienta del todo bien al mediodía —dijo Norman —, pero mejor eso que nada. Y lo que sí que causa es efecto. —Se tambaleó ligeramente, con aire divertido.
—Yo con dos copas ya voy bien servida —apuntó Letty— y creo que me la han debido de llenar cuando no miraba, porque me siento bastante… —No sabía muy bien cómo se sentía, o cómo describirlo; era obvio que no estaba ebria, pero ni alegre ni achispada parecían adecuados ni decorosos.
Marcia, que solo se había tomado un vasito de zumo de naranja, esbozó una sonrisa sin decir esta boca es mía.
—Por lo menos no tendrás problemas con la bebida cuando te jubiles —se burló Norman.
—Es algo que odio —declaró ella.
Letty se descubrió pensando en las solitarias tardes que tenía por delante en la silenciosa casa de la señora Pope. Quizá no sería mala idea guardar en su cuarto una botella de jerez… Hasta el momento se había llevado bastante bien con la señora Pope, porque pasaba todo el día fuera, pero ¿sería lo mismo cuando se jubilara? Era obvio que aquella solución solo podía ser temporal. A nadie le entusiasmaba la idea de pasar el resto de sus días en un barrio residencial al noroeste de Londres. Nada le impedía buscarse una habitación en algún pueblo cercano a donde vivirían Marjorie y su marido: Marjorie le había insinuado en su última carta que vería con buenos ojos algo así, que no quería perder el contacto después de tantos años… O tal vez podría regresar al oeste de Inglaterra, su tierra natal. Asumiendo sin rechistar la actitud que todos le recomendaban frente a la jubilación, se dijo a sí misma que la vida todavía estaba llena de posibilidades.
Empezó a vaciar su cajón de la oficina, colocando ordenadamente el contenido en su bolsa de la compra. No había gran cosa: un par de pantuflas ligeras para los días en que necesitaba cambiarse de zapatos, un paquete de pañuelos de papel, papel de carta y sobres, una caja de pastillas para la indigestión. Siguiendo el ejemplo de Letty, Marcia empezó a hacer lo propio, musitando para sí mientras lo hacía y arrojando el contenido en una gran bolsa de plástico. Letty sabía que el cajón de Marcia estaba muy lleno, aunque nunca lo había visto de cerca, tan solo había alcanzado a entrever los bultos que sobresalían cuando Marcia lo abría. Sabía que había un par de sandalias ergonómicas de tira con las que Marcia zapateó de acá para allá los primeros días después de comprarlas, pero lo que más la sorprendió fue verla sacar varias latas de comida: carne, alubias y sopas.
—Menudo festín gourmet tienes ahí —comentó Norman—. De haberlo sabido antes…
Marcia sonrió, pero no dijo nada. «Norman parecía poder permitirse aquellos comentarios burlones», pensó Letty. Se había apartado, por no querer ver lo que Marcia sacaba del cajón. Lo consideraba una intrusión en su vida privada, algo cuya existencia era mejor no saber.
—Qué raro será esto sin vosotras —afirmó Edwin con torpeza. La verdad es que no sabía muy bien cómo continuar, ahora que había sacado el tema.
Ninguno de ellos sabía, pues era una de esas ocasiones que parecían requerir algo más que el típico adiós o el buenas noches al final de una jornada normal de trabajo. Quizá deberían haberles hecho algún tipo de regalo, pero ¿el qué? Norman y él lo habían hablado, pero al final decidieron que todo el asunto era demasiado complicado.
—No se lo esperarían… No haría más que violentarlas. —Esa fue la conclusión—. Y tampoco es que no vayamos a verlas nunca más.
Dadas las circunstancias, era mucho más fácil asumir aquello sin entrar en demasiados detalles. Era obvio que volverían a verse: Letty y Marcia irían de visita a la oficina, «pasarían a saludar» en algún momento. Puede que incluso quedaran fuera de ella, que se reunieran para almorzar o «algo»… Aunque a su imaginación se le escapara lo que ese algo podría ser, al menos a todos les resultaba más fácil seguir su propio camino dando por sentado un impreciso futuro juntos.