Cuarteto de otoño
Capítulo 20
—Capilla de reposo o de descanso, ¿no es así como la llaman? —preguntó Norman—. El lugar donde se deposita al fallecido —añadió torpemente, por no acostumbrarse del todo al hecho de que Marcia estuviera muerta.
—Es una forma bastante amable de decirlo —murmuró Letty—, toda la idea del descanso.
Cuando su madre murió, el cuerpo había permanecido en la casa antes del funeral. Letty solo recordaba sentirse agotada y vaciada de toda emoción, y preocupada por los detalles prácticos, la repentina aparición de parientes lejanos y la organización del almuerzo.
—Bueno, pues aquí estamos hoy, todos juntos, exactamente igual que antes —dijo Edwin, pero los demás no comentaron nada, pues no era en absoluto igual que antes.
Los tres estaban tomando café en casa de Edwin antes del funeral en el crematorio, cuyos preparativos se había encargado de organizar él solo. La muerte de Marcia sin duda los había unido aún más, puesto que recordaban su relación en el pasado y quizá se preguntaban si alguno de ellos sería el siguiente en marcharse, aunque no demasiado en serio, dado que todos gozaban de buena salud y habían sido conscientes de la operación de Marcia y lo que podía acarrear. Lo más importante era que por primera vez veían la casa de Edwin, puesto que nunca antes los había invitado. «La muerte lo ha logrado», pensó Letty, echando un vistazo alrededor con el ojo crítico de una mujer: los antimacasares anticuados y las fundas de cojín bordadas, ¿los habría hecho Phyllis durante aquellas tardes interminables que Edwin pasaba en las reuniones del consejo eclesiástico parroquial? Las reflexiones de Norman eran de una naturaleza más práctica y económica: Edwin podría alquilar una habitación o incluso dos a algún empresario y sacarse un buen dinerito a la semana, tal vez compartiendo la cocina. Por otro lado, no es que a él le atrajera la idea de compartir casa con Edwin, si se diera el caso, algo que por supuesto no ocurriría. El hecho de que Edwin viviese solo en esta casa significaba que no tenía ninguna necesidad de un dinero extra, y que, llegada la hora, no dependería de su pensión.
El trayecto en coche hasta el crematorio en el extremo sudeste de Londres era largo y, a medida que pasaban los minutos, la conversación entre los tres empezó a fluir con más facilidad.
—Al fin y al cabo —señaló Edwin—, llevamos a Marcia con nosotros, debemos verlo de ese modo, y en cualquier caso ella tampoco diría gran cosa, así que los tres podemos mantener una conversación normal.
Aquella invitación a una conversación normal pareció dejarlos sin palabras, pero Letty no tardó en hacer un comentario sobre las rosas de un jardín junto al que pasaban: seguían estando preciosas.
—Quién lo habría pensado, aquella vez que fuimos todos a comer juntos —dijo luego Edwin.
—Pobre chica… Ya entonces parecía un poco tocada del ala, ¿verdad? — comentó Norman.
—Supongo que aquello debió de ser el principio del fin —dijo Letty—. Apenas comió nada, solo algo de ensalada.
—Ya, bueno, nunca fue de comer mucho —señaló Norman, como si él fuera el único a quien le hubiera contado ese secreto—. Eso es lo que solía decir.
—Vivir solo a veces hace que la gente no se preocupe por las comidas — explicó Edwin, casi como si la soledad fuese un estado que ninguno de ellos había experimentado nunca.
—Yo siempre me aseguro de hacer una buena comida al día —afirmó Letty.
—Claro, la señora Pope te deja usar su cocina —apuntó Edwin—. ¿Utilizas tus propios utensilios?
—Tengo un par de cacerolas antiadherentes y una sartén para tortillas — respondió Letty, casi comiéndose las palabras, pues creía que la conversación se estaba volviendo demasiado mundana y no quería oír a Norman hablar de su sartén.
—Ah, yo lo meto todo en la sartén —saltó Norman, como si Letty le hubiera leído la mente—. Las tortillas y todo. Aunque tampoco es que se pueda llamar tortilla a lo que yo hago con los huevos.
El coche fúnebre comenzó a ganar velocidad, «de forma que el coche que lo sigue pueda pisar un poco el acelerador», pensó Norman. El modo en que aumentaba gradualmente la velocidad era bastante inteligente. El conductor debía de ser un experto, eso y que sin duda los coches eran automáticos. Ken lo sabría, y ese tal vez podría ser un tema de conversación con él la próxima vez que lo viera; la charla no era su fuerte, a menos que se tratara de automóviles.
—¿Queda mucho? —preguntó Letty—. No conozco esta parte de Londres.
—A Phyllis la traje aquí —anunció Edwin con absoluta naturalidad—. Es el crematorio más cercano a donde yo vivo.
—Ah, sí, claro. —Letty se sintió cohibida por un instante, aunque a Edwin no parecía afectarle el recuerdo de su mujer muerta, y solo añadió que al funeral en la iglesia había asistido mucha gente.
Edwin consultó su reloj.
—Tenemos hora a las once y media —informó—, y creo que trabajan con un horario bastante ajustado. Ah, ahí va el coche del padre G., justo delante… Se nos ha debido de colar en el semáforo.
—Se lo habrá saltado en ámbar, no me sorprendería —apuntó Norman.
—Debe de ser aquí —intervino Letty, aliviada por que el final del trayecto estuviera ya a la vista—. ¿Será esa verja de entrada justo ahí delante?
—Sí, ahí es —confirmó Edwin.
—Aquí acabaremos todos —sentenció Norman.
—Pobre señorita Ivory —susurró Priscilla a Janice—. Me alegro de haber podido venir, por ser vecinas y todo eso…, y para darte a ti apoyo moral.
Janice no estaba segura de que le gustara la manera en que lo había expresado Priscilla, como si ella necesitara apoyo moral, aunque probablemente se habría referido solo a la ceremonia en el crematorio, que no era algo a lo que estaba acostumbrada. Pues era impensable que Janice necesitara apoyo moral de ninguna otra forma. El descubrimiento del cuerpo desplomado de la señorita Ivory en su cocina y su posterior muerte en el hospital, pese a ser algo poco habitual, por no decir desafortunado, no repercutía en la imagen de los servicios sociales y no había habido ningún tipo de negligencia por parte de Janice. La muerte era el final de todas las cosas, la culminación de la vida, y así había sido para Marcia Ivory, una conclusión acorde con su historia: algo a lo que se podría aludir en años venideros como ejemplo del tipo de dificultades a las que se enfrentaba el trabajador social voluntario. A algunas personas era imposible ayudarlas, guiarlas por el camino que por su propio bien debían seguir, y era obvio que la señorita Ivory había sido una de ellas. Los pensamientos de Janice se revistieron del lenguaje burocrático de los informes, pues al parecer, en palabras de uno de los médicos del hospital, estaba bastante claro que la señorita Ivory se encontraba en fase terminal, antes incluso de su último desmayo. Lo único preocupante era que probablemente había habido una falta de coordinación y podía decirse que el estado de bienestar había pasado por alto a la señorita Ivory, aquella espantosa frase…
Letty, al fijarse en Janice y Priscilla, vestidas con ropa de diario un pelín demasiado alegre, se dio cuenta de que no tenía que haberse preocupado por no tener nada apropiado para un funeral; era obvio que hoy en día la gente más joven no prestaba ningún caso a esas convenciones. Su vestido y su chaqueta azul oscuro eran sobrios, pero tampoco de luto; la dependienta de la tienda donde los compró se había referido al color como azul «marino francés», lo que parecía agregar un anticuado toque de frivolidad. Los hombres, por supuesto, llevaban corbata negra, dado que presumiblemente una corbata negra era algo que un hombre siempre tenía o podía conseguir fácilmente.
«Requiescat in pace, y que la luz perpetua brille sobre ella», pensó Edwin. Había sido buena idea convencer al padre G. para que oficiase la breve ceremonia. Él podía garantizar que las cosas se hicieran decentemente y como Dios manda, algo que uno podía sospechar que algunos de esos religiosos que oficiaban en los crematorios, al tener que encargarse de un funeral detrás de otro, no siempre lo lograban. Se alegró al ver que la trabajadora social y la vecina habían hecho acto de presencia, era lo mínimo que podían hacer, aunque menos mal que estaban él y el padre G., sin duda, que habían descubierto a Marcia allí tumbada, mejor que ellas y el pobre de Norman.
A la mente de Norman, extrañamente impresionado por la idea de Marcia de cuerpo presente en su ataúd, a punto de ser arrojada a las llamas, acudió un frívolo pareado que había leído en alguna parte:
Cenizas a las cenizas, polvo al polvo.
Nuestra gran Reina, bajo la tierra, ya muerde el polvo.
No sabía si reír, puesto que no era el lugar más apropiado para hacerlo, o llorar, algo que tampoco debía hacer, dado que había pasado mucho tiempo desde la última vez que derramó una lágrima. Mientras el ataúd se deslizaba hasta desaparecer y las cortinas se cerraban, inclinó la cabeza, sin querer ver esa última parte.
Luego todos se reunieron fuera, formando un extraño grupito, bajo la radiante luz del sol.
—Qué flores tan bonitas —murmuró Letty, dirigiéndose a Janice y a Priscilla.
La eterna utilidad de las flores suavizó de nuevo una situación tensa. Dos ramos de gladiolos color fuego y claveles rosas y blancos y dos coronas de rosas de invernadero, siemprevivas malva y crisantemos blancos adornaban un espacio con un letrero en el que se leía «Marcia Joan Ivory».
—Priscilla y yo pensamos que ella preferiría un sencillo ramo de flores — argumentó Janice, con un leve deje desafiante y los ojos clavados en las coronas—. Hay personas que incluso lo especifican.
—Pobre Marcia, no estaba para hacer muchas especificaciones —repuso Norman—. Compramos una corona entre todos, la malva y blanca, Letty, Edwin y yo, en vista de que…
—Ah, claro, ustedes trabajaban con ella, ¿verdad? —intervino Priscilla, con sus mejores modales de colegio privado para chicas. No sabía muy bien cómo tratar a aquel extraño hombrecillo y al otro más alto, aunque no mucho menos extraño; y, ahora que había cumplido con su deber social, esperaba poder marcharse lo antes posible.
—La otra corona es de la prima de Marcia —anunció Edwin—. Sí que tenía una prima lejana, pero estaba demasiado afectada para asistir al funeral.
—Después de cuarenta años sin verla —intervino Norman para meter baza.
—Pero el hijo sí que ha venido —repuso Edwin—, así que eso ya es algo. Al parecer trabaja en Londres.
—¿Esa persona joven sentada al fondo? —preguntó Letty. Se había fijado en la presencia de alguien vestido con un caftán, de sexo indefinido y pelo desgreñado teñido de dos colores.
—Sí, el que lleva un collar de cuentas, ese es.
El grupo se dispersó. Edwin, Letty y Norman se abrieron camino hasta el padre G., que esperaba bastante impaciente junto a su coche. Edwin se montó en el asiento junto al padre G., y Letty y Norman se apretujaron en la parte de atrás con la maleta que contenía sus vestiduras. Piloto y copiloto mantuvieron una animada conversación, principalmente sobre asuntos de la iglesia, pero los ocupantes de la parte trasera permanecieron en silencio. Norman no sabía qué decir, o ni tan siquiera lo que sentía, salvo que los funerales eran siempre acontecimientos tristes; a Letty, por su parte, la embargó un sentimiento de desolación, como si tras la muerte de Marcia se hubiera quedado totalmente sola. Y tampoco es que hubieran sido tan amigas.