Cuarteto de otoño

Barbara Pym · Capítulo 7 de 24

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Cuarteto de otoño

Capítulo 7

 

Janice siempre tenía que armarse de valor antes de volver a ver a Marcia. No se asemejaba a las demás ancianas que visitaba; de hecho, el término «anciana» no parecía definirla, aunque tampoco es que fuera excéntrica de un modo encantador o adorable. Pero siempre había gente así: era mejor tomárselo como un reto, intentar llegar hasta ella, comprender qué era lo que se le pasaba por la cabeza.

Para su siguiente visita, Janice decidió decantarse por un sábado por la mañana en vez de por una tarde. Las que trabajaban solían estar en casa el sábado por la mañana, y con algunas, aunque no con Marcia, podía incluso darse la posibilidad de que le ofrecieran un café si se escogía el momento apropiado. En cualquier caso, abrió la puerta, y aquello ya era algo.

—¿Cómo le van las cosas? —preguntó Janice, entrando en el vestíbulo sin que nadie la invitara, pero es que una tenía que «abrirse paso», aquello era muy importante—. ¿Se las apaña bien con los quehaceres de la casa? —El polvo de la mesa del recibidor hablaba por sí solo y el suelo estaba gris, sucísimo. Era obvio, «de aquellos polvos, estos lodos», Janice sonrió ante su ocurrencia. Aunque por supuesto no debía sonreír. ¿Cómo se las había arreglado? Deseó que Marcia hiciera algún comentario, por muy trillado que fuera, en vez de mirarla fijamente de aquel modo que la enervaba. En una silla de la entrada había una bolsa de la compra. Aquello podía ser un tema de conversación, así que Janice se aferró a él, aliviada.

—Veo que ha ido a hacer la compra.

—Sí, el sábado es mi día de la compra.

Por lo menos eso era alentador, que tuviera un día para hacer la compra, igual que cualquier otra mujer. Pero ¿qué había comprado? Por lo que veía, nada más que comida enlatada. Aquello pedía a gritos una pequeña crítica con mucho tacto, un consejo de amiga. Cualquier verdura fresca, aunque fuera una col, sería mejor que unos guisantes procesados, y unas manzanas o unas naranjas, mejor que unos melocotones en almíbar. Seguro que podía permitirse una alimentación adecuada, aunque tal vez no quisiera comer con cabeza, eso era lo que la molestaba y la irritaba de las personas a las que visitaba. Aunque, claro, había estado hospitalizada; seguía estando «en manos de los médicos», como solía decirse. Pero ¿es que ellos nunca le preguntaban por su dieta?

—Me gusta tener siempre en casa latas de comida de sobra —dijo Marcia con aire grandilocuente cuando Janice trató de sugerirle que los alimentos frescos le sentarían mejor.

—Uy, sí, claro. Las latas vienen muy bien, sobre todo cuando una no puede salir o no tiene ganas de hacer la compra. —No serviría de nada insistirle a alguien como Marcia, que obviamente no admitiría consejos ni indicaciones de nadie. Janice empezaba a comprender que era una de esas personas con las que no se debe interferir, sino limitarse a tener vigiladas. Sería mejor no hacerle ningún comentario sobre la limpieza de la casa o la falta de ella. Además, a algunas personas no les gustaban las tareas domésticas.

—Bueno, pues adiós —se despidió—. Ya me pasaré en otro momento.

Después de que Janice se marchara, Marcia cogió su bolsa de la compra y se dirigió a la cocina para vaciarla. Todas las semanas compraba unas cuantas latas para la despensa y ahora se puso a organizarlas. La labor necesaria para clasificarlas y ordenarlas requería lo suyo; las latas podían organizarse según el tamaño o el tipo de alimento: carne, pescado, fruta, verdura, sopa o miscelánea. Esta última categoría incluía artículos tan inclasificables como el puré de tomate, las hojas de parra rellenas (una compra impulsiva) y la crema de tapioca. Era mucho el trabajo por hacer, pero Marcia disfrutaba con el proceso.

Luego, como hacía un buen día, salió al jardín y se abrió camino entre la alta hierba sin cortar hacia el cobertizo donde guardaba las botellas de leche. De vez en cuando había que echarles un vistazo, y en alguna ocasión incluso llegaba al extremo de quitarles el polvo. A veces le ponía una vacía al lechero, pero no debía permitir que la reserva bajara demasiado porque, en caso de emergencia nacional, de esas que hoy en día parecían tan frecuentes, o incluso en caso de otra guerra, fácilmente podía producirse una escasez de botellas de leche y cabía la posibilidad de que nos viéramos inmersos de nuevo en la situación del «Sin botella no hay leche», como ocurrió durante la última guerra. Mientras se movía entre las botellas, a Marcia la molestó descubrir una de una marca extraña entre las de United Dairy: «County Dairies», se leía en ella. ¿De dónde diablos había salido? No recordaba haberse fijado antes en ella y, por supuesto, el lechero no la aceptaría, solo recogían las de su propia marca. Se quedó allí de pie con ella en la mano, con el ceño fruncido por el esfuerzo al intentar recordar cómo había podido llegar hasta allí. Entonces cayó en la cuenta. Un día, Letty le había dado un poco de leche en la oficina. Había pasado una temporada en el campo con aquella amiga suya y se había traído una pinta de leche, se había tomado una parte con el almuerzo y el resto se lo había dado a Marcia. Así que eso era todo. De repente, Marcia se sintió molesta con Letty por haberle endosado esa botella. Tenía que obligarla a que la aceptara.

Al verla salir del cobertizo con una botella de leche en la mano, Nigel, el joven de la casa de al lado, se dijo a sí mismo que tenía ante sí la posibilidad de brindarle un gesto de buena vecindad, tal como su mujer, Priscilla, siempre le pedía con insistencia.

—¿Querría que le cortase el césped, señorita Ivory? —se ofreció, acercándose a la valla—. Tengo el cortacésped fuera. —Aunque en realidad, dado lo que ha crecido, una guadaña sería más adecuada.

—No, gracias —respondió Marcia educadamente—. Me gusta el césped tal como está. —Y se metió en la casa. Seguía molesta con Letty por el asunto de la botella de leche. Ahora sí que no cabía ninguna posibilidad de que le ofreciera a Letty una habitación en su casa; no era ni de lejos el tipo de persona que una desearía tener bajo su mismo techo.

Esa tarde Letty se agazapó en su cuarto y aguzó el oído. Aquellos arrebatos de cánticos e himnos y gritos de júbilo no eran ni siquiera por armar jarana, puesto que su nuevo casero, el señor Olatunde, era sacerdote de una secta religiosa. «Aladura», le había murmurado la señorita Embrey, aunque el nombre no le decía nada, solo la gente que entraba y salía de la casa y el ruido. Puede que ahora Letty sí que se sintiera como un hombre a punto de ahogarse, con los episodios de su vida pasada desfilando ante sus ojos, aquellos episodios concretos que la habían abocado a aquella situación. ¿Qué había sucedido para que alguien como ella, una mujer inglesa nacida en Malvern en 1914 e hija de padres de clase media, se encontrara en esta habitación de Londres rodeada de unos nigerianos entusiastas que gritaban y entonaban cánticos? Sin duda debía de ser por no haberse casado. Ningún hombre se la había llevado para enclaustrarla en ningún barrio residencial acomodado donde los cánticos quedaban relegados a los domingos y nadie ardía de entusiasmo. ¿Por qué no había ocurrido? ¿Tal vez porque había creído que el amor era un ingrediente necesario para el matrimonio? Ahora, después de constatar durante cuarenta años lo que sucedía a su alrededor, ya no estaba tan segura. ¡Todos aquellos años malgastados en busca del amor! Solo de pensarlo la casa se sumió en el silencio y, durante la tregua, reunió el valor necesario para bajar las escaleras y llamar, le dio la impresión de que con demasiada timidez, a la puerta del señor Olatunde.

—Me preguntaba si podrían hacer un poco menos de ruido —dijo Letty —. A algunas nos resulta bastante molesto.

—El cristianismo es molesto —contestó el señor Olatunde.

Era difícil encontrar la forma de responder a eso. De hecho, a Letty le resultó imposible, por lo que el señor Olatunde continuó, sonriendo:

—¿Es usted una mujer cristiana?

Letty vaciló. Su primer instinto fue decir que sí, ya que, por supuesto, era una mujer cristiana, aunque no lo habría expresado exactamente de esa forma. ¿Cómo iba a explicarle a este hombre negro, vital y efervescente, su particular combinación de cristianismo: una mezcla gris, formal y respetable de comedidas prácticas religiosas y una afable amabilidad general y poco exigente para con todo el mundo?

—Lo siento —se disculpó, dando un paso atrás—. No era mi intención… —¿Cuál había sido su intención? Cara a cara frente a aquellas personas sonrientes, tuvo la sensación de que de ninguna de las maneras podía insistir en su queja por el ruido.

Entonces intervino una hermosa mujer con un vestido largo y un pañuelo en la cabeza de vivos colores.

—Estamos cenando —le explicó—. ¿Le apetece acompañarnos?

Letty se acordó de Norman cuando un fuerte olor especiado llegó flotando hasta ella. Le dio las gracias a la mujer con cortesía y declinó la invitación argumentando que ya había comido.

—Me temo que no le gustaría nuestra gastronomía nigeriana —comentó el señor Olatunde, con un deje de autocomplacencia.

—No, tal vez no. —Letty se retiró, avergonzada ante la multitud de rostros sonrientes que parecían oprimirla.

«No somos iguales», pensó sin esperanza. Se preguntó qué habrían hecho en su lugar Edwin, Norman y Marcia dadas las circunstancias, sin llegar a ninguna conclusión. Las reacciones de otras personas eran impredecibles, y mientras que era fácil imaginarse a Edwin sumándose al aspecto religioso de la velada e incluso participando en la celebración, también podía ser que, para su sorpresa, Norman y Marcia, por lo general tan obstinados en su aislamiento, se hubieran visto atraídos por el amable grupo. Solo Letty se quedó fuera.