Cuarteto de otoño
Capítulo 3
Marcia entró en su casa, esa casa que, en la jerga de los agentes inmobiliarios, iba camino de convertirse en un «adosado de veinte mil». Las viviendas de esa misma calle ya estaban alcanzando casi esa cifra, pero la de Marcia no era exactamente como las demás. Desde fuera parecía normal y corriente, con sus vidrieras de colores en la puerta principal, dos grandes ventanas en saliente y una más pequeña por encima del porche. A la fachada exterior, de un crema convencional y un verde oscuro, ya le hacía falta una buena mano de pintura, y a los visillos de las ventanas no les vendría mal un lavado, opinaban algunos. Pero la señorita Ivory trabajaba fuera de casa y no era la clase de persona a la que se le podía ofrecer ayuda. Sus vecinos a ambos lados, que vivían en casas renovadas más a la moda, eran residentes recién llegados. A veces intercambiaban con ella alguna que otra palabra, pero Marcia no había entrado en su casa ni ellos en la de ella.
El interior de la casa era oscuro, con las puertas, pintadas de marrón, cerradas misteriosamente en todo momento. El polvo se acumulaba por todas partes. Marcia fue derecha a la cocina, donde depositó la bolsa de la compra sobre la mesa cubierta de periódicos. Sabía que debía empezar a preparar la comida. El encargado de la beneficencia del hospital, o trabajador social sanitario, como ahora lo llamaban, había comentado lo importante que era que las mujeres trabajadoras cenaran en condiciones al regresar a casa después de la jornada laboral, pero Marcia lo único que hacía era llenar el hervidor para prepararse una taza de té. Ya había agotado toda su energía por la mañana en cocinar el almuerzo que se comería en la oficina. Ahora mismo no podía pensar en ningún otro tipo de comida, aunque tal vez se tomara una galleta con el té. «Las galletas te dan fuerzas para seguir», se solía decir durante la guerra, pero ella nunca había tenido un gran apetito. Siempre había estado delgada y, tras su paso por el hospital, había adelgazado aún más. La ropa le quedaba holgadísima, aunque su aspecto le importaba bastante poco, no como a Letty, que siempre andaba comprándose trapitos nuevos y preocupándose por si encontraría una rebeca de un tono preciso que fuese a juego con otra prenda.
De repente sonó un timbre, estridente y autoritario. Marcia se quedó prácticamente petrificada en su asiento. Nunca invitaba a nadie ni recibía visitas. ¿Quién podía ser, y a esas horas? Sonó de nuevo el timbre, se levantó y fue hasta la entrada, donde, desde una ventana lateral, podía ver quién estaba frente a la puerta.
Era una mujer joven, que hacía oscilar un manojo de llaves de coche en la mano. Marcia vio un coche azul, pequeño, aparcado junto a la acera de enfrente. Abrió la puerta a regañadientes.
—Ah, la señorita Ivory, ¿verdad? Soy Janice Brabner.
Tenía un rostro transparente, bastante rosado. A las jóvenes de hoy en día no parecía importarles demasiado el maquillaje, y hasta Marcia se daba cuenta de que a algunas no les habría venido nada mal.
—En el Centro, algunos llevamos un tiempo preocupándonos por las almas solitarias.
¿Era posible que tuviera aquella frase preparada? Pues esas fueron exactamente sus palabras. Marcia no le dio pie a seguir.
—… Es decir, las personas que viven solas.
—¿Pensaba que tal vez me encontrarían muerta? ¿Se refería a eso?
—Por favor, señorita Ivory, por nada del mundo se nos ocurriría algo así.
Casi parecía un buen momento para echarse a reír, pero Janice Brabner estaba segura de que aquello no podía ser lo correcto. Trabajar como voluntaria en el Centro no era precisamente divertido, por mucho que una a veces sonriese a las personas que visitaba, puesto que algunas eran bastante agradables. Pero también podían ser trágicas. La señorita Ivory, por ejemplo, ¿en qué categoría podría encajar? Se sabía que su madre había muerto hacía unos años, que ahora vivía sola y que había salido del hospital recientemente después de una intervención quirúrgica de envergadura. El trabajador social del hospital, a quien Janice conocía, le había insinuado de pasada que no estaría de más tenerla vigilada. Si bien era cierto que salía a trabajar, daba la sensación de que nadie sabía mucho sobre ella: no hablaba con los vecinos y nadie había entrado nunca en su casa. A Janice no la invitó a pasar, y continuaron la conversación en la puerta. Era obvio que no se podía entrar en casa de la gente a la fuerza, pero una persona solitaria como la señorita Ivory ¿no agradecería que alguien tomara amablemente la iniciativa para echar un ratito de charla?
—Simplemente nos preguntábamos —prosiguió Janice, consciente de la necesidad de tacto y precaución, tal y como la habían advertido— si le apetecería asistir una de estas tardes a alguna de las reuniones que hacemos en el Centro. Está al lado del ayuntamiento, ya sabe.
—No creo —respondió Marcia con firmeza—. Estoy a punto de salir para ir a trabajar y además tengo las tardes totalmente ocupadas.
«Pero si en la casa no hay antena de televisión, ¿qué es lo que hace por las tardes?», se preguntó Janice. Aun así, ella había hecho todo lo que estaba en sus manos, quizá había sembrado una semilla; eso era lo más importante.
En cuanto se cerró la puerta, Marcia subió al dormitorio principal para ver cómo se marchaba Janice Brabner. La vio abrir la puerta de su coche y luego sentarse en su interior, con una lista en las manos que daba la impresión de estar consultando. Arrancó y se fue.
Marcia regresó a la habitación en la que había muerto su madre. Casi no había tocado nada desde entonces. El cuerpo, por supuesto, se lo habían llevado para enterrarlo; se había hecho todo lo que en ese sentido era necesario y se habían celebrado las exequias de rigor, pero después de aquello a Marcia le había faltado la energía necesaria para redistribuir el mobiliario, y la señora Williams, la mujer que solía ir a limpiar en aquella época, no la había animado a hacerlo. «Gusta recordar las cosas tal como estaban, no ir cambiándolas de sitio», le había dicho. Además, no le hacía gracia mover los muebles de acá para allá. La cama se convirtió en el lugar donde Snowy, el gato, durmió hasta su muerte, después de que la parte negra de su pelaje tomara un matiz parduzco y su cuerpo se volviera ligero, hasta que un día, con el tiempo, dejó de respirar, un final en paz. Tenía veinte años, el equivalente a ciento cuarenta en un humano. «Quién querría llegar a tan viejo», había dicho la señora Williams, como si una pudiera elegir o hacer algo al respecto. Después de la muerte y el entierro de Snowy en el jardín, la señora Williams se había marchado, dado que el trabajo ya le venía demasiado grande, y Marcia no hizo el paripé de cambiar nada en la habitación. Sobre la colcha de la cama seguía habiendo una vieja bola de pelo que Snowy había vomitado durante sus últimos días, y ya estaba reseca, cual reliquia momificada, hacía ya mucho tiempo.
—La señorita Ivory tiene unos ojos extraños que te miran fijamente. Y por supuesto no quiso invitarme a entrar —explicó Janice, una vez en el Centro, regocijándose ahora por el alivio que le había supuesto el incómodo deber cumplido.
—Ay, no dejes que eso te desanime —la consoló una colega de más edad y experiencia—. Muchas dan esa impresión al principio, pero ya has establecido el contacto, eso es lo primordial. Y eso es lo que tenemos que hacer: establecer el contacto, a la fuerza si es necesario. Créeme, puede ser de lo más gratificante.
Janice se quedó pensando en aquello, aunque no dijo nada.
Al otro lado del parque del distrito, Edwin, de paseo vespertino, estudiaba el tablón de anuncios de una iglesia. No ofrecía nada más que lo mínimo e indispensable: la eucaristía los domingos a las ocho, el oficio de la mañana a las once y ninguna celebración entre semana; y al girar la manilla de la puerta, descubrió que estaba echada con llave. Una lástima, pero así estaban las cosas ahora: entre los robos y el vandalismo, no era seguro dejar las iglesias abiertas. Con una leve sensación de frustración, se dio media vuelta y echó a caminar por la calle hasta llegar a una bocacalle que parecía ir en la dirección que él quería. Luego leyó el nombre de la calle y, al darse cuenta de que era la de Marcia, siguió avanzando a toda prisa. Le dio la impresión de que sería violento encontrársela o siquiera pasar por delante de su casa. En cierto sentido, ambos eran personas solitarias, pero ninguno de los dos habría esperado encontrarse con el otro fuera del horario laboral. Cualquier tipo de encuentro suscitaría en ella una consternación equivalente a la de él. De todos modos, Edwin siempre pensó que Norman era más amigo de Marcia que él, más santo de su devoción, si es que alguien lo era. Pero entonces, ¿era él, Edwin, amigo de Letty? A ver, no exactamente. La idea tenía algo que le hizo sonreír, y se alejó caminando por el parque, una figura alta y sonriente con un impermeable en el brazo, pese a que la tarde era cálida y en el cielo no había ni una sola nube.