El secuestro
Capítulo 7
DE DONDE SE PUEDE DEDUCIR QUE LOS JURISPERITOS
MOROS NO SON MUY QUERIDOS
—No —dijo del todo indiferente Ottevioni—; su nombre es El Mehdi Ben Berek.
—Bueno —dijo Emery con un suspiro profundo, pues de repente, sin entender muy bien por qué, temió por Hussein Ben I. Bou y por sí mismo—. Si Tonio Vocel fue hecho rehén, ¿quién puede responder de que no estén en peligro sus íntimos: Odile, Hussein Ben I. Bou, él mismo?
Y, seguido por Orsini, se metió en el Jim’s Pub. Cogieron sitio en el fondo. Vino un chico del servicio. Les tomó el pedido: Emery quiso un Long John sin hielo y Orsini pidió un bitter sin. Le preguntó si Schweppes o KS. Se lo pensó un poco. «Mejor Schweppes», respondió interrumpiendo el silbidito burlón del chico.
Ottevioni resumió el oscuro embrollo que se derivó del secuestro de Mehdi… Según él se cometieron dos o tres errores. Un periódico vespertino publicó, con mucho bombo, un montón de rumores. Los lectores se enfurecieron. Entonces hubo follón en el Ministerio del Interior. Uno negó de firme. Pero Souchon confesó todo; Voitot hizo lo propio. Un reconocido juez se vio comprometido por unos supuestos escritos íntimos de Figon, lo que produjo en el primer ministro un profundo sufrimiento. Costó mucho descubrir el bluff. Oufkir presentó un testimonio inverosímil. Luego se decidió el suicidio de Figon y el proceso de instrucción se hizo muy lento: un Poder consentidor de un delito vil como este fue objeto de duros vilipendios desde el grupo opositor. Incluso fue prohibido un periodicucho que insistió en poner de relieve un vínculo confuso entre el eclipse de El Mehdi Ben Berek y el secuestro de Bourguibou en Zúrich, que le precedió en seis meses. Es posible que Interior hubiese suscrito un compromiso con un equipo de delincuentes, de reos, de expresos envueltos en numerosos robos, pero redimidos por sus servicios en cinco o seis misiones de espléndido éxito: sucumbió en Múnich un disidente del régimen de Perón, un guerrillero zulú en Friburgo, un Yezid en Mons, un cónsul congoleño en Toledo. De este modo, con el fin de defender el puesto de un impotente opresor negro, cuyo poder se cimentó en el deshonroso dinero de Citroën y de los vinos de Burdeos, Zeller juntó su pelotón de pistoleros con un montón de bribones, de pillos, de vendedores corruptos de oro y de kif. El equipo funcionó, codo con codo. Todo en medio de un tufillo sospechoso. Se deliberó en secreto. Se pidió el cuello de un segundón tonto del culo, un imbécil que no se enteró ni por el forro; pero con los peces gordos, con los poderosos, con los politicuchos, no se metió ni dios…
—Sí —dijo por fin Ottevioni bebiéndose de golpe el botellín de Schweppes—, esto no huele muy bien.
Y luego enmudeció, no dijo ni mu. Emery suspiró. ¡Qué lejos se le figuró entonces el secuestro de Tonio Vocel! Ottevioni se enteró por Emery de sus encuentros en el zoo, primero con Odile y luego con un desconocido: Hussein Ben I. Bou. Je, je, con que sí, murmuró entre dientes, ¿de modo que Tonio tiene un socio que Emery no conoce? Sí, contestó Emery. Poco después, el hecho le inquietó.
—Bueno, reconsideremos todo esto: dimos con Hussein Ben I. Bou en el zoo y ¿qué dejó dicho Tonio Vocel?: «Un fullero jurisperito que consume un exótico puro en el zoo». Estuvimos en el zoo. ¿Y qué vimos? Un jurisperito fullero con un puro. Muy bien, pero ¿y si el jurisperito en cuestión solo estuvo en el zoo con el propósito de cumplir con el ruego de Tonio, creyendo, como nosotros, poder reunirse por lo menos con un conocido de Tonio?
—De modo que —dedujo Ottevioni— puede decirse que fue un encuentro imprevisto.
—Previsto o imprevisto, ¿qué sé yo? El lunes en Enghien veremos si lo que dijo Tonio en su mención de los «diez whiskies pequeños» es creíble o no. De momento, exploremos un punto menos definitivo pero no por ello de menor peso. Resumiendo: ¿qué te dice el nombre de Goncourt?
—¿Uno que tiene un gemelo estupendo?
—No, su primo, Emile Goncourt tiene un servicio de flete en Corbeille. Dos o tres veces, Vocel y yo le pedimos que nos hiciese unos remiendos en el coche. Es preciso que preguntemos si él se enteró, como nosotros, del secuestro de Tonio. Eso lo puedes ver tú el lunes prontito y yo te espero después en Enghien.
—Sí, jefe —convino Ottevioni medio dormido sobre su botellín de Schweppes.
El lunes hizo un frío intenso. Ningún perro, ningún lobo osó exponer su hocico. De todos modos, Orsini Ottevioni corrió ligero, sin tener miedo del cielo plomizo. No le llevó mucho tiempo ponerse en el Pont Neuf; cogió el bus, que lo dejó en el edificio del Ministerio. Respiró hondo un segundo; luego, miró el reloj: doce menos veinte.
—Bueno, tengo todo el tiempo del mundo —se dijo Ottevioni—. Después viene lo de Enghien, pero en este momento no tengo elección: es preciso que me entere de por qué Vocel puso en su Citroën un dispositivo de bloqueo de dirección con objeto de impedir todo robo.
Se metió en el tugurio del cruce entre el Ministerio y el domicilio del cónsul, tugurio bien conocido por Ottevioni puesto que en él suele comer frecuentemente pinchos de embutido y queso. Entró, rendido, molido, hecho polvo, y vio un montón de tíos bebiéndose de pie unos quintos.
—¿Cómo sigues, chico?
—Bien, bien. ¿Y tú? —respondió R., un chico diligente pero siempre sonriente—. Menudo frío, ¿eh?
—¡Jolín! —Hizo Ottevioni—, brrr…
—De todos modos, no es excesivo, peores los hemos conocido; hoy solo tenemos menos uno.
—Sí, pero viene el viento, es preciso vivir —indicó Ottevioni en un guiño poético.
—¿Le pongo uno de nuestros pinchos? —propuso Rómulo—; fuet, boquerones, chorizo, berberechos, mejillones, chocos, pulpo, pimientos fritos, chipirones, pinchos morunos, riñones, tigres, rovellones…
—No —dijo Ottevioni—, ponme mejor un ponche. —Y explicó—: Es que he cogido frío.
—¡Un ponche! —gritó Rómulo en dirección de un pinche metido de lleno en el guiso del menú: entremeses y osso bucco con romero y pimientos de piquillo.
—¡Entendido! —se oyó desde dentro.
El mejunje llegó un poquito después.
—Un buen ponche hirviendo —presentó Rómulo—; esto te pone bien en un periquete.
Ottevioni probó el ponche.
—Mmmm…, ¡perfecto! —Reconoció el cliente.
—¿Le pongo limón?
—No, lo prefiero solo.
—Son tres veinte.
—Ten.
—Merci —contestó Rómulo, muy cortés.
Ottevioni distinguió en el fondo del tugurio el rostro de su jefe, Uliseos Switeword, comiendo un melocotón.
Cogió el ponche y se hizo sitio con los codos por entre el gentío, consiguiendo ponerse enfrente de Uliseos Switeword. Se sentó y respiró hondo.
—¡Eh, jefe!
—Ey, Ottevioni —dijo Uliseos—. ¿Cómo sigues?
—No muy bien. He cogido frío.
—¿Un yogur?
—No, no quiero comer de momento.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¿Emery Consonte?
—Cree firmemente que es un secuestro.
—Puede que sí —murmuró Uliseos.
—Tú crees lo mismo, pero ¿por qué? —Sin decir ni mu, Switeword cogió un sobre del bolso y se lo enseñó:
—¡Rediós! —Juró Ottevioni—. Si esto viene derechito del Servicio Secreto.
Luego leyó:
Informe del Cónsul E. Guérin
Serenísimo G.- P.R.C.
(Misión CÍCLOPE - «cosmic»
ONU - S E G - G/PRC - 3.28.23).
Hizo un mes que un informe del coronel del CG-UMPROFOR de Ourry junto con un orden del HCI de Rennes que birló el topo 3/6.26 del «struggling group» del C. Horn nos puso con el moscón en el oído sobre el destino de Tonio Vocel. Con Misión «ONU-cosmic». 5/28-Z. 5, de seguido se consultó el «K. count» del mes. Pero de Tonio Vocel no se encontró ni un indicio. Por ello con Misión «hors jours». 8/28-Z. 5, orden L 18 e instrucción «cosmic uno bis» se ordenó un dispositivo superseguro que impidiese el secuestro que recibieron todos los GCR, todos los SR, todos los servicios secretos SM, todos los HCI, todos los ONI, todos los CIC todos los «G. 3», todos los BND, todos los SID, todos los «Primo Bis». Excepto el MI5 pero se incluyó tb todos los Grupos ejecutores sin control directo.
Sin pretender disminuir el peso específico de los informes cuyo nivel es K.3 o B.1, hemos de reconocer que nuestro dispositivo operó dieciocho soles seguidos con sus noches en el nivel seguro óptimo «3» sin ningún provecho positivo. No doy con el motivo de este estropicio. El HCI de Belleville pretende conocer por télex secretos que le vienen del FBI, e ídem de ídem por SIS de nuestros «lobbys» con protegidos por el ONU. Creemos tb que un segundo del SR Libio se vio comprometido con un Gordito Peludo de Izmir y consiguiendo después el control de su Grupo Político.
Nos vemos, pues, en el momento de tener que elegir entre desentendernos del destino de Tonio Vocel y un suceso o bien concluir en un proceso por secuestro o por lo menos por robo: un suceso insólito como este, creemos, solo puede resolverse en el Ministerio.
Por eso he hecho un informe no-SR, poniéndoles en vilo no con objeto de pedir consejo sino pretendiendo describir los hechos y recibir instrucciones.
—Todo esto es un poco confuso —observó Uliseos Switeword—. ¿Qué fue lo que dijo Hussein Ben I. Bou?
—No quiso leerlo. Pero lo veremos hoy mismo; puede ser de buten. Y con Odile tenemos que ir con pies de plomo, puede sorprendernos.
—¿Tú crees?
—Seguro. Por cierto, he coincidido con Goncourt.
—¿Y…?
—El otro mes estuvo con Vocel tres veces; incluso estuvieron en Montmorency, y durmieron en un piso sin dueño; tres noches después hicieron un whist en el Club Otton Leipzig: Vocel fue vencido por Goncourt por veinte puntos como mínimo. Pero eso no es todo: recientemente, Goncourt colocó un dispositivo de bloqueo en el Citroën de Vocel.
—¡Que Vocel puso en su coche un dispositivo de bloqueo!
—Sí.
—Jolín. Pero ¿por qué?
Ottevioni no supo qué responder. Si se lo dijo fue porque creyó posible que Uliseos Switeword (conocido por su instinto de perro perdiguero) pudiese proponer un motivo verosímil. Pero Uliseos Switeword se sintió espeso.
—¿Por qué puso un dispositivo de bloqueo en el coche? —murmuró dos o tres veces. Y siguió, con un gruñido—: ¡Y nosotros que creímos comprender cinco o seis cuestiones en todo este embrollo!
Suspiró.
—En menudo lío nos hemos metido; y, por ende, no hemos podido descubrir por quién fue escondido Tonio Vocel.
Hizo un gesto y vino el chico del servicio.
—¿Uno solo o con leche?
—No, el importe, s’il vu plé.
Se lo miro en un momento. Cogió un boli y murmuró escribiendo: un menú, medio litro de vino tinto y un melocotón… Todo, ¡dieciocho veinticinco!
—¡Dieciocho veinticinco! —protestó Uliseos Switeword—. ¡Esto es hiperbólico!
Roberto lo justificó:
—¡Si no fuese por el IPC…!
Uliseos lo tildó de bribón. Otro insulto y todo hubiese concluido en boxeo, pero Ottevioni consiguió que Uliseos volviese en sí y, sumiso, pero no convencido, soltó el dinero.
En el momento de irse fue sorprendido por un viento frío y estornudó con estruendo.
—¡Jesús! —dijo Roberto sonriente—, tiene usted su merecido: Ottevioni le metió sus microbios.
Ottevioni se despidió de Uliseos Switeword (que tuvo que ir por el Ministerio) y se presentó en Enghien, donde es el Green Prize del Touring Club de fin de otoño, si bien es cierto que el tiempo siguió siendo horrible. El circuito, duro en extremo, se dotó con un suculento premio: según ciertos rumores, un jeque dio un millón con el fin de que lo recibiese el vencedor. De modo que «Tout-Lutèce» se reunió en el Touring Club.
Y, cómo no, en el hipódromo estuvo Helène von Commodoro-Ribeiro, vedette que tiene comprometidos sus tres próximos films con los estudios M.G.M. por unos mil millones. Helène, con su sencillez de costumbre, lució un modelito consistente en unos greguescos de lino cobrizo, un corpiño bermejo, un cinturón encendido, un cuello postizo purpúreo, un visón perlino, sedosos tobillos de rubí, mitones rojos, botines coccíneos con poulevíes cinzolín. El duque Gino de Torino, su pretendiente del mes, no le dejó ni un minuto: bolillo de punto de Rodier, Veste de Ricci con cuello chino, bombín e imponente broche de oro. Entre los presentes: muchos Nobles, Ejecutivos, Kromprinz, Duques, Sires. Todos con su nombre en el Who’s Who o, por lo menos, en un boletín de Jet Society. Todos en medio de los frufrús de los vestidos de soirée.
Se ven mozos, jockeys, escuderos en continuo movimiento. Un vendedor ofrece periódicos hípicos. Un folleto propone dudosos empleos. Gente perdiendo el tiempo en los portones de los expendedores de boletos.
No fue sencillo, pero Ottevioni se encontró por fin con Emery Consonte, quien consiguió un sitio en el fondo. Y con él Odile, superchic con su sobretodo de piel de zorro. Provisto de unos gemelos, Emery Consonte invirtió su tiempo en reconocer metro por metro el humus del recorrido.
—Encuentro este terreno un poco duro —dijo Emery Consonte.
—Se ve que no es usted ningún experto —observó un señor del público.
Consonte enrojeció pero no osó responder: lo cierto fue que en mucho tiempo no se vio en Enghien un terreno frío y peligroso como ese. Estuvo un mes entero sin llover; el cielo, primero cubierto, se despejó de nubes pero un frío intenso lo endureció todo.
—¿Y Whisky Diez? —inquirió Odile.
—Según dijeron por el micro, renunció.
—¿Por qué?
—Lo ignoro.
—Entonces podemos irnos —murmuró Ottevioni, compungido.
—No, Odile quiere ver quién es el vencedor.
—Sí —dijo Odile—, me jugué veintisiete FF por Escribidor.
Se inscribieron veintisiete y corrieron veintiséis porque Whisky Diez, con el número uno en el lomo, renunció. Sin Whisky Diez, el de los mejores pronósticos, si bien sus boletos de juego se vendieron solo en 18/1, los preferidos fueron: Escribidor III, Scholi Deorum, un inglés de veintinueve meses hijo de Sursunipol, Rinconete, cordobés con pedigrí que en noviembre llegó el primero en el Green Prize Brillo-Severino de Neuilly, Scorborough, un potro nervioso de pelo negrísimo que triunfó tres veces en Londres, Desorden, un corcel un poco cuellicorto y, por último, Justine, un percherón triste pero velocísimo, según se dice, que se vio convertido, de pronto y como por descuido, en uno de los preferidos.
En un comienzo los vítores del público se los llevó Yves StM., corriendo sobre Escribidor. Pero, en un recodo del circuito, Yves St-M. tropezó y se desplomó. Desorden llegó victorioso, seguido por menos de un cuerpo de Sodome.
—Ben I. Bou tiene mucho rostro —dijo Consonte un momento después —. ¿Qué es lo que hemos puesto en limpio en Enghien?
Siendo de ese modo prefirieron poner terreno de por medio y coger un bus dirección Lutèce.
—Por lo menos —murmuró Consonte—, todo esto hubiese podido ser menos oscuro: primero los preferidos son tres, pero Whisky Diez se rinde y Escribidor sufre un tropezón, entonces vence Desorden.
—Lo tuyo es digno de Hércules Poirot —dijo Odile.
—No —contestó Consonte—, es solo un mero bluff.
—No —dijo Ottevioni—. ¡Es un pésimo folletín!
Se metieron en un chiringuito que despide un fuerte olor de betiver, un perfume soporífero, y se bebieron unos cócteles. Odile, como en un susurro, les confió su dolor:
—Si lo hubiese intuido —se quejó—, pero ¿quién hubiese podido intuir eso? No lo encontré muy cuerdo pero no conseguí coger el hilo de su discurso. Hubo veces en que insistió en lo de no poder dormir en tres meses seguidos. Estuvo sufriendo, pero ¿quién hubiese podido socorrerle en su destino? Lo encontré retorciéndose, roído por un dolor desconocido.
Un sollozo, profundo como el quejido de un príncipe triste, quebró su voz.
—¡Oh!, chérie —dijo Consonte, con un gesto tierno, infrecuente entre meros conocidos—. Si Tonio no se esfumó del todo, insistiremos en nuestro fisgoneo y lo veremos dormir como un tronco.
—Lo juro —dijo Ottevioni solemnemente como si fuese un Quijote.
—¡Por Dios os lo pido! —Rogó Odile con ojos de cordero.
Ottevioni dio un hondo suspiro y concluyó:
—Mucho tiempo de cúrrelo y poco fruto —concluyó.
—Bueno, hombre, veremos lo que nos dice Ben I. Bou —propuso Consonte—. Puede que nos dé indicios jugosos.
Ben I. Bou vive en rue Vilin, en un dúplex de un precioso edificio del tiempo de Luis XVIII. Consonte pulsó el timbre. Pronto se presentó un sirviente. Consonte, seguido por Ottevioni (Odile no se sintió bien y no quiso ir con ellos), fue introducido en el inmenso vestíbulo, todo de diseño.
—¿Y el jurisperito? —dijo Consonte—. ¿Podemos verlo?
—Seréis recibidos por el señor dentro de un momento —dijo el doméstico.
Entró un mozo con uniforme de exornos de oro y les ofreció unos licores: Consonte tomó un Whisky und Sode, Ottevioni un Peppermint. Bebieron.
De repente en el piso superior se oyó un ruido ensordecedor, seguido de un bululú confuso: espejos rotos, ruidos sordos.
—¡No, no, nooooooooo…! —gritó, de pronto, el jurisperito.
Consonte dio un bote. Un breve, brevísimo momento de silencio. Después, el jurisperito se derrumbó y pegó un estruendoso grito.
Fueron todos corriendo. Hussein Ben I. Bou gime en los últimos estertores. Por fin, todo terminó.
Hundido en los riñones se encontró un cuchillo humedecido con veneno: el producto fue expeditivo, Ben I. Bou pereció en unos segundos.
No pudieron deducir por dónde huyó el verdugo…
Poco después, Consonte, histérico por lo ocurrido, escudriñó todo el dúplex. Por fin encontró en un cofre (cuyo cierre, con un código de números, logró vencer luego de muchos esfuerzos) el voluminoso dosier que Ben I. Bou recibió de Vocel el mes precedente. Hizo el recuento por lo menos diez veces; pero debiendo tener veintisiete folios solo encontró veintiséis. Seguro que tú, lector, lo comprendes: el hueco es el del primero. Cogiendo el boleto del número uno ¡se hubiese vencido!
De este modo tomó cuerpo lo oscuro: «el jurisperito que consume un exótico puro en el zoo» (no se comprobó que fuese un fullero) murió; Tonio Vocel sigue sin volver.
Muy de noche, Consonte decidió meterse en su estudio de rue de Rivoli. El rosicler, el crepúsculo, el primer brillo de sol, lo encontró pretendiendo descubrir un hilo conductor, leyendo el bloc donde Vocel escribió sus confesiones.