El secuestro

Georges Perec · Capítulo 30 de 31

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El secuestro

Post-Scriptum

 

 

DEL DESEO QUE, SIGUIENDO EL DECURSO DE ESTE DIFÍCIL

CUENTO, QUE QUISIÉSEMOS QUE USTED SE HUBIESE LEÍDO

SIN OMITIR NINGÚN FOLIO, DEL DESEO, PUES, QUE GUIo EL

BOLI DEL ESCRIBIENTE

El deseo del «Escritor», su propósito, digo inquietud, digo el insosiego con el que vivió fue primero el conseguir un producto único e instructivo, un producto que tuviese, que pudiese tener un poder de estímulo en los constructos, en los hilos, en el discurrir, en el modo de sucederse los hechos, por decirlo sin rodeos, en los modos y modelos de los novelones de hoy.

Si bien siempre disertó sobre su posición, su ego, su entorno, su decisión o su indecisión, su gusto por el consumo que, según se dijo, lo convirtió en objetófilo, quiso, movido por principios eruditos del gusto del momento, defensores febriles del indiscutible poder del sgte, sumergirse en un instrumento corriente, instrumento cuyo uso en ningún momento le hizo sufrir, y no es que quisiese empequeñecer el intríngulis escriptórico, ni que se desentendiese de él por completo, sino que creyó que pudiese existir por medio de un conocimiento preceptivo reconocido por todos, conocimiento que, según él, constituyó entonces no un peso muerto, ni un constreñimiento inhibidor, sino, grosso modo, principio impulsor.

¿De dónde vino el empeño en incidir en lo mismo? Muchos hechos, seguro, lo produjeron, pero mencionemos sobre todo que tiene su origen en el destino, pues, de hecho, todo surgió, todo surtió de un reto, de un principio no muy seguro de que se obtuviese un fruto positivo.

Luego consideró su propósito divertido y solo eso, divertido; pero continuó. Encontró entonces numerosos senderos sugestivos y se metió de lleno en ellos, con descuido de muchos otros estudios punto menos que concluidos.

De este modo se reveló, término por término, negro sobre níveo (surgiendo de un precepto que supone un enorme escollo, porque el que lee sin conocer su solución cree que es pueril), un escrito novelesco que, por excéntrico que fuese, en ese momento creyó suficientemente bueno.

En principio, él que siempre pensó no tener ni un dedo de genio (¡ni mucho menos creyó en ningún momento en el genio!) logró el mismo nivel de inventio que un Ponson o que el que publicó Noeud, de Vipère o que un Tournier. Pero sobre todo su proyecto llenó por completo el gusto que sintió desde niño: su deseo sin freno, colmó su querer loco por lo repetitivo, por los espejismos, por los textos de otros, por los intérpretes, por reescribir, por el constreñimiento.

Después, seguro de su objetivo, su cuento fue cogiendo un tono simbólico que, siguiendo primero punto por punto los novelones corrientes, constituyó y divulgó, pero sin descubrir todo, su Ley motriz. Y exprimiendo su Ley con fruición explotó un filón muy productivo que estimuló mucho su espíritu inventivo, por momentos con muy buen gusto, por veces con humor e incluso con brío.

Comprendió entonces que, como un F. Lloyd Wright construyendo su cubículo, erigió, del mismo modo, un producto prototípico, libre de los modelos comunes de invención, de sucesión de los hechos, de orden interno, por los que se rigen los escritores Lutecinos hoy por hoy. Evitó, conscientemente por siempre, el recurso cómodo de lo psicológico unido con lo ético que constituye el súmmum del buen gusto de este terruño. Su producto le hizo entrever un poder desconocido, un poder que se ignoró, pero que según él sirve de estímulo y se inscribe con honor en el surco que descubrieron libros como El Quijote o Locus Solus, como los de Sterne, los de Julio Verne, los de Leiris, o —por qué no un Opus Nigrum o Opus Niveum— libros por los que siempre expresó, con gritos incluso, su fervor, sin poder cumplir sus deseos de conseguir un escrito que los repitiese, en su diversión, en su humor ilógico, en su disfrute del término preciso, en el poder sugestivo de un cierto tono irónico, de lo retorcido, de lo invertido, del ingenio siempre inquieto poniéndose siempre límites superiores.

Dicho esto, su work, por muy confuso que resulte en los primeros folios, cumple con muy diversos deberes: primero constituye un novelón «corriente y moliente», pero, lo que es mejor, divierte (¿no dejó dicho Reimond Quenó, del que se pretende oscuro mimo: «No se escribe con intención de entristecer el pueblo»?), pero sobre todo, como revigorizó el sutil nexo que fundó el sentido lingüístico, intervino, contribuyó en el surgir de un potente y corrosivo espíritu crítico que cuestionó, de hecho, el improductivo poso del que se sirven gentes como Julien Green, Blondin, o lo que es lo mismo, los grupis del Muelle Conti, de Minute o de Point de Vue. El «Scriptor» cree que este espíritu crítico puede, en un futuro próximo, reconducir los cuentos modernos por los senderos de un conocimiento ingenioso y novedoso que genere tipos de sucesión de hechos que se creyeron perdidos.