El secuestro
V. Emery Consonte
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DONDE, DESPUÉS DE RECORRER UN BREVE VERICUETO, SE
NOS DICE EL FIN DE UN INDIVIDUO DEL QUE HEMOS HECHO
MENCIÓN
Uliseos Switeword se presentó, junto con Orsini Ottevioni, en Noirmoutier muy de noche, y eso que dejó el buró del Muelle de los Orfebres (donde se reúnen los dosieres del secuestro de Tonio Vocel) sin que el sol estuviese en su cénit y condujo su Ford Coupé como si fuese un Ronnie Peterson, un Stirling Moss, un Guy Ligier, o un Ickx. Puede decirse que un duende revoltoso trufó su recorrido de incidentes (incidente en el sentido de incisión [ver Rufino José Cuervo, Moliner, Vox] pues, por muy seguidor del eximio Visnú que se fuese, uno no hubiese creído sin objeciones en el poder de resurrección, en el poder de metempsicosis o de conversión de Uliseos) y es que, seis veces como mínimo y siempre por un motivo desconocido, su coche se inmovilizó, exigiendo que Orsini Ottevioni tuviese que reconocer con lentitud el bloque del motor, lo que supone ver punto por punto suspensión, freno, pistones, dirección…
Después se hundió en un hoyo, que un destino generoso quiso que no fuese muy profundo.
Después embistió, de uno en uno, un perro peludo (por el que un porrero, dicen, se emperró), un felino, un pollito sin plumón y, por último, un chiquillo de dos cortos meses, hecho que encrespó el humor de los del pueblo e hizo que Uliseos temiese por su pellejo.
Por fin llegó el momento en el que Uliseos detuvo el coche produciendo un enorme torbellino:
—Uff —dijo Ottevioni—, ¡henos por fin en Noirmoutier, no sin tiempo, por cierto!
—Mucho me temo que no lleguemos en su debido momento —replicó Uliseos, inquieto—. Ves: no se percibe ni un punto de luz en el edificio, lo oscuro lo preside todo, todo ofrece un viso desértico.
—Melindres —dijo Ottevioni queriendo que su jefe se diese sosiego—, todos duermen, ese es el motivo.
—Que te den —replicó Switeword—, no es el momento. Todos tienen conocimiento de nuestro periplo, por lo menos hubiesen podido recibirnos.
—Intentemos que despierten —dijo Ottevioni, exhibiendo un temple de hielo.
Por tres veces pulsó el estridente timbre del portón que produjo no un ruido profuso o chillón sino un sonido dulce, redondo, límpido. Un minuto, cinco, diez…, ¡ni dios!
—Ves —comentó Uliseos entristecido—, ¡todos… muertos! —Después, con un ojo sospechoso puesto en un Ottevioni medio perdido, murmuró en su fuero interno como si estuviese solo: «No puede ser, seguro que, por lo menos, un individuo vive, pero debió de dormirse cocido como un cerdo».
—No nos derrumbemos —comentó Ottevioni, como si lo sugerido por Uliseos no tuviese sentido.
Oprimiendo con vigor el eje del postigo, forzó el tornillo del hierro, después, sirviéndose de un cuchillito, consiguió, hundiendo el tope, que el portillo cediese.
—Entremos y lo veremos —dijo.
Se internó, un poco temeroso, seguido, después de dos o tres segundos de titubeo, por un Uliseos Switeword muerto de miedo.
De repente, el vestíbulo se iluminó. El Sioux se presentó con un quinqué de fulgor mortecino.
—Ves —dijo Orsini Ottevioni—, nos pusimos de los nervios sin motivo. ¡Este es el Sioux!
—Bienvenidos —dijo el Sioux con un mohín—, ¡por fin vinisteis!
—No te noto muy contento —observó Uliseos—. ¿Qué sucede?
—Sucede que Dominicus espichó.
—Tenemos conocimiento de ello.
—Sí, pero lo mismo sucedió con Odile.
—¡Odile! —se sorprendió Orsini Ottevioni.
—Sí, Odile y Junus ídem de ídem.
—¿Junus? —dijo Ottevioni—, pero ¿quién es Junus?
—¡Que no lo recuerdes…! —dijo Uliseos Switeword riñéndolo—, ¿no ves que es el ciprino?
—Entiendo —contestó, un poco obtuso, Ottevioni, sorprendido de que un bicho memo como un ciprino tuviese un nombre.
—¿Pero dónde? ¿En qué momento? ¿Por qué? —prosiguió Uliseos Switeword moviendo enfurecido el rendido cuerpo del Sioux.
—¡Todo en su tiempo! —chilló el Sioux—, primero entremos en el estudio, el licor sirve de conforto si se quiere repeler este gélido rocío del crepúsculo que se mete en los huesos.
Lo siguieron por un edificio oscuro, negro como el fondo de un pozo.
—Hubo un cortocircuito —informó el Sioux—, debió de ser un plomo que se fundió, pero por mucho que hicimos y revolvimos no pudimos conseguir que volviese el fluido eléctrico. Por si fuese poco no tenemos ni velones, ni cirios, ni mecheros, ni focos, ni fluorescentes, ni reflectores; solo un quinqué mortecino.
—No estés triste, Sioux —dijo Ottevioni en tono de consuelo—, próximo como se siente el crepúsculo te oiremos con interés lo que dure el cielo nocturno.
Fueron con tiento en dirección del estudio de Dominicus, donde, en medio del fulgor del quinqué de pestilente perfume, los polis conocieron por medio del Sioux el horroroso repertorio de terribles golpes del destino que desde el rosicler sufrieron los Butler.
El hecho de que Emery Consonte irrumpiese junto con Uriel Wilburg Severin.
El cotejo de montones de informes en los que se refiere el secuestro de Tonio Vocel:
Su bloc,
El brístol de Dominicus,
Los versos níveos sobre un fondo negro,
El muy poco ingenioso Corpus recibido por Odile donde Tonio reunió seis composiciones en verso que él mismo reescribió y que Dominicus reinterpretó en un discurso que nos desconcertó,
El deceso de Dominicus, quien con el despunte del sol recordó poner de comer en el cuenco de Junus, lo que no consiguió puesto que después de proferir en voz en grito: ¡Un Zohir! ¡Un Zohir!, se desplomó en el suelo,
El Culebrón del Zohir,
El surgimiento de Egg, seguido del irrumpir del susodicho Tryphiodore,
El credo de Otton Leipzig,
El oficio higiénico en el recipiente lleno de líquido de rocío,
El secuestro del Zohir,
El deceso de Otton Leipzig,
El descubrimiento que Egg hizo de su fe,
El inscrito níveo sobre los bordes del pool,
Freddy Egg huyendo lejos,
De cómo irrumpió Tonio Vocel,
El tormento de Egg,
El hilo sucesorio de los Mevrikordetos,
El querer loco de Negrete,
El fenecer de Estelle en el momento en que Odile vio el Sol,
El crimen cometido por Otton sobre Negrete,
El Ketún inscrito sobre el borde del pool que primero se copió, y luego se reescribió en nuestro idiolecto,
El deceso de Egg en Urbino que se explicó por lo menos de tres modos diferentes,
Odile refiriendo su querer por Tonio,
El huir o el secuestro de Tonio consciente por fin de que su progenitor fue Tryphiodore, el mismo que el de Egg,
El fenecimiento del ciprino Junus en el momento en que se pretendió que comiese,
El cocer un Pez Relleno,
Odile, que después de un corte en el cuerpo de Junus encontró el horrible Zohir, luego se derrumbó y se golpeó en el occipucio y se murió. Pero en el último soplo oímos de sus belfos, como en un murmullo: «¡Perdicción!».
—Este es —concluyó el Sioux— el resumen del terrible sino que nos persigue sin reposo, el que, ¡tres veces hoy!, se cernió sobre nosotros.
—Hum —murmuró Uliseos Switeword—, todo ofrece cierto nexo. Pero ¿qué fue de nuestros queridos Emery Consonte y Uriel Wilburg Severin?
—Uriel sufrió un fuerte dolor de testuz y se metió en el sobre. Por lo que tiene que ver con Emery, creí entender que no se quiso dormir sin el goce de recorrer nuestro vergel. Seguro que en este momento todos duermen como un tronco en sus cubiles.
—Pero ¿por qué, después de los gritos que dimos, del tremendo follón que hicimos, ninguno de ellos se presentó en el portón?
—En mi opinión —dijo el Sioux—, su profundo sueño no les permite oír ni vuestros gritos ni el vocerío estruendoso de un demonio en un jolgorio de brujos.
—Pero es preciso que estemos todos —murmuró Uliseos—. Pensemos: ¿tenéis un oboe o un pito, un trombón o un cornetín, un chiflo o un bombo?
—No, pero tenemos un cuerno —dijo el Sioux, que cogió de un mueble rinconero próximo un tesoro de bronce y cobre del siglo XI por lo menos.
Se dice, puede ser solo un chisme, que un héroe de nombre Clodomiro, siervo del Célebre Clodión, cuyo frondoso pelo le supuso el sobrenombre de «Troll», se empeñó, en el brindis, después de excederse con el vino, en un reto: «Convierto en dueño de todo mi señorío, provisto de un notorio derecho común, quien logre con su solo soplo que mi cuerno suene» (¡pensemos que todo eso sucedió muy posiblemente en lo profundo de un bosque!). Un pilluelo, un mozo enjuto, huesudo, un pueblerino, un plebeyo sin escudo, recogió el envite: se inclinó, cogió el corno, sopló como si fuese un helvético repitiendo un motivo folclórico y produjo un sonido puro, perfecto, pero de un timbre muy fino, de modo que Clodomiro quedó sin oído. Clodión se puso muy contento (es conocido de todos el miedo que le impuso Clodomiro en el que siempre vio no un siervo sino un competidor) y sin detenerse en el oportuno consejo ofrecido por un noble:
Si es pobre que cobre
si mucho cobre no pobre
hizo del pilluelo su ojito derecho, lo ennobleció, lo desposó con un miembro de su progenie, le dio un cortijo, tres torreones, seis señoríos, prometiéndole su protección en todo momento, como Childerico hizo con Clodoveo.
Pero ¡demonios!, tres soles después se supo que Teodoro (nombre del insigne vencedor) solo demostró ser diestro con el cuerno, puesto que del tiro con bodoque, del bordón, del honcejo, del chuzo, ¡ni flores!: en un incidente fue sorprendido por el estoque de un moro pequeñito pero muy vivo, giró en redondo y queriendo suprimirlo de un golpe certero se lio con su florete y ¡troceó su propio cuerpo!
Uliseos Switeword fijó sus ojos en el corno como un conscripto sobre un Pleyel o un Bösendorfer, después, emitiendo un profundo suspiro, sopló en el extremo redondo del tubo, pero no obtuvo sino un chirrido estridente, quejumbroso. «Un chou c’est un chou», juró, con un voto muy típico de su Périgord de origen, entre Périgueux y St-Flour, entre Brive y Gourdon, donde existen por lo menos dieciocho Switeword, todos viticultores.
Con presunción, Orsini Ottevioni quiso socorrerlo: en otros tiempos, dijo, en sus episodios cinegéticos con cuerno o voceo por su monte del Niolo, persiguiendo corzos, ciervos, ñus, rebecos o uros, se hizo un experto del chifle. Cogiendo con brío el corno, que remolineó entre sus dedos como un cetro conducido en diestros movimientos concéntricos por un virtuoso en un desfile, dio, estruendoso, un perfecto toque de cerco, después, perdiendo el miedo, improvisó todo un popurrí (pote podrido), y bordó un motivo muy conocido, el Cuplé del Jinete, composición del momento que reproducimos:
Corcelito negro,
¿dónde tienes tu jinete muerto?
Corcelito frío,
¡qué perfume de flor de cuchillo!
Muerto se quedó en el río
con un cuchillo en el pecho
no lo reconoció ninguno.
Fue en el rosicler,
ninguno pudo ver sus ojos.
Corcelito negro,
¿dónde tienes tu jinete muerto?
Muerto se quedó en el río
con un cuchillo en el pecho.
—¡Muy bien!, ¡muy bien!, ¡espléndido! —vitoreó el Sioux.
—¡Es suficiente! —dijo, gruñón, Uliseos, que, envidioso en su fuero interno de los conocimientos de Ottevioni, creyó conveniente empequeñecer su éxito, reprendiéndole por el hecho (de gusto dudoso o, mejor, mezquino) de que un esbirro, un meritorio, pudiese ofrecer todo un solo y el jefe solo un sonido estridente.
—OK, boss, OK —rezongó Ottevioni, sumiso pero lleno de rencor.
—De todos modos —prosiguió Uliseos Switeword, en tono dulce—, nuestros compis tienen que venir. Hemos hecho todo lo posible, ¿no?
Diez minutos, quince…, ningún indicio de Emery ni de Uriel, pero, de repente, se oyó, puede que proveniente del subsuelo, el ruido de unos pies moviéndose torpemente. Muy pronto, los trompicones, los tropezones, se hicieron próximos. Uriel Wilburg Severin, molido, entumecido, deforme, ido, lelo, fofo, entró en el estudio luciendo un rostro no muy fresco.
—¡Joder! —dijo sorprendido—. ¡Orsini! ¡Qué coño dices, tío!
—Pero, Uriel —dijo Switeword—, ¿es posible que no recuerdes que convenimos en venir hoy?
En silencio, confundido, Severin friccionó su sincipucio y, con un gesto de robot, se sonó. Después divisó un triclinio en el que se tiró, se desplomó, concediéndose un sonoro suplemento dormitivo.
—Dejémosle dormir un poco —dijo Uliseos—, y ocupémonos de Emery. No quiero entristeceros con un negro pronóstico pero ¡todo sugiere que murió de noche!
—¿Emery muerto? Pero ¿por qué? —se preguntó el Sioux.
—¡Por qué! ¡Por qué! ¡Siempre por qué! —Gruñó Uliseos—. ¿Por qué con el término «Muerte» pretendemos siempre un Porqué? Murió, ¡eso es todo! Olvidémonos de ver su nombre en los listines.
—Pero ¿cómo puedes tener un convencimiento de este tipo? ¿De dónde lo deduces?
Hubo hechos que me hicieron prever, contó Uliseos Switeword, su inminente fin.
Fue en Noyon, donde nos detuvimos, rendidos. Entré en el buró de los polis secretos por si tuviesen un soplo. Un bedel me dio un télex. Lo leí con prontitud:
LUTECE, SEIS DE JUNIO. DOCE Y TRES. YVON CONSONTE MUERTO EN MYCONOS. STOP. DISPONES DE UN INFORME PUNTILLOSO EN PORNIC. STOP.
Me dirigí presuroso rumbo Pornic, pero, por mor de los inoportunos sustos que el destino puso en mi recorrido, no llegué sino de noche. Entré en el buró del distrito, irrumpí en él, pero solo encontré de turno un jefecillo con ceceo, un indiscreto, un imbécil y, por si fuese poco, sordo completo, que me hizo un discurso incongruente, del que deduje su intención de recibir, primero de todo, su retribución, su comisión, su soborno. Le di un hostión, pero, con todo, me costó mucho conseguir el pliego que confirmó el deceso de Yvon. Lo encontré por fin en un escritorio que tuve que romper con un esfuerzo leonino.
Supe de este modo que Yvon Consonte, que se fue de Morwich en un velero con pendón inglés, costeó todo el borde turco y fondeó primero en Myconos y después en Melos, donde se quedó todo el estío, recorriendo el islote con el sol y durmiendo de noche en el velero. Un crepúsculo, de eso, dicen que hizo, grosso modo, ocho noches, entró en un bochinche del pueblo, un bodegón de obreros del puerto y gentes de los buques pesqueros, donde un dudoso cocinero de nombre Silver ofrece imponentes delirium tremens por poco dinero, expidiendo como ron un bebedizo mortífero, como oporto un jugo podrido lleno de productos químicos, como vino un líquido pestilente.
Muy pronto un desconocido se le juntó proponiéndole poner en juego su velero en un envite de chinos.
—Conforme —dijo Yvon—, pero no de chinos.
—Entonces —replicó el desconocido sonriendo—, ¿qué juego prefieres?
Yvon propuso: bridge, tute, julepe, mus, monopolio, trompo, tejo… Por fin coincidieron en el cubilete.
Vieron su juego: un seis el desconocido, un tres Yvon.
El desconocido hizo un mohín de disgusto.
—Es su turno —le dijo.
—¿Mi turno? —se sorprendió Yvon—. ¡Pero si yo solo tengo un tres y usted tiene un seis!
—Sí, pero en el pueblo tenemos un dicho: Quien consigue el primer seis en el cubilete pierde el juego.
—Perdón —dijo Yvon, cortés pero estricto—, no estoy conforme: el envite es suyo, si no no juego.
El desconocido se sonrió:
—Juguemos pues si usted quiere…
Cogió, revolvió, removió, mezcló, irguió, impulsó, soltó, echó, puso.
Seguro que hubo truco porque echó tres seis seguidos.
—¡Demonios! —Juró Yvon, diciéndose: este necio pueblerino tiene pretensiones, pero si él es un fullero listillo yo seré listo y medio. Reflexionó, ordenó, reordenó, combinó, recombinó, golpeteó, repiqueteó, precipitó, tiró, enseñó su juego: ¡tres seis!
—¡Ninguno vence! —gritó todo el mundo disponiéndose en remolino en torno suyo.
—Pssss —silbó con un rictus siniestro el desconocido—, ¿lo dirimimos por puntos?, ¿con un póquer cubierto o descubierto?, ¿un mus?, ¿un tute?, ¿un siete y medio?, ¿un chinchón?, ¿un viudo?, ¿un guiñote?
—Por puntos —dijo Yvon con un tono frío.
En los ojos de todos brilló un punto de morbo, un deseo impuro reinó en el bodegón.
¡Ni un murmullo! Ni el crujir de un mueble, ninguno de los clientes dio ni un sorbo. ¡Se hubiese podido oír el vuelo de un bordón!
Con todos los ojos puestos en él, Yvon, con un temple digno de encomio, encendió su chibuquí y terminó su oporto.
—Su turno —dijo como entre dientes.
El desconocido inspiró, meneó, cubrió, descubrió y tiró un seis.
—Su turno —replicó este, sonriéndose.
Yvon, con un silbido, tiró con descuido, pero el destino le sonrió y, como el desconocido, obtuvo un seis.
—Tiro nulo —dijo con un hilillo de voz.
—¡Cómo que nulo! —gritó el desconocido—. ¡Y un huevo! ¡Juguemos!, ¡juguemos de nuevo!
—¡Que te den! ¡Es suficiente! —soltó Yvon.
Objeto de un furor súbito, el desconocido cogió de repente el pescuezo de Yvon y hundió tres veces todo el filo de su cuchillo en el interior del pecho del hijo de Emery, quien, sin poder resistirlo, sucumbió en el momento.
—Lloremos —dijo el Sioux—, por el fin de un mozo gentil como Yvon, pero…
—¡Yvon un mozo gentil! —cortó Uliseos—, mejor decir un golfo.
—Bueno, bueno —convino el Sioux—, pero ¿por qué Emery Consonte debe morir después del deceso de su hijo? —insistió, siguiendo con su obsesión.
—Todo en su tiempo —dijo Uliseos—, este es un punto decisivo del que, si bien no lo desconocemos todo, solo tenemos, por el momento, indicios muy confusos. Mejor centrémonos en descubrir dónde gime Emery.
Permitiendo que Uriel Wilburg Severin siguiese durmiendo, fueron de inspección por el edificio. Pero en ningún lecho, en ningún triclinio, en ningún jergón, en ningún colchón se encontró el cuerpo, ni muerto ni vivo, de Emery Consonte. Se hubiese dicho que no probó el lujoso edredón que le dispusieron. Se hubiese dicho que no cruzó el enorme muro que protege el recinto.
Con todo, el Sioux encontró, dentro de un ropero próximo del silencioso estudio que se le dio, hizo tres noches, con el fin de que pudiese dormir todo lo que quisiese, un corcho, de color muy oscuro, sujeto en el espejo con un celo con brillo, en el que se ven veintiséis o veintisiete fotos de individuos, fotos que bien pudiesen proceder de un periodicucho como el Interviú, el Sun, el NousDeux, el Elle.
Visto el descubrimiento, el Sioux hizo que viniese Uliseos, quien en ese momento revuelve en un mueble.
—¿Oh? Uliseos —gritó el Sioux—. ¡Ven! He visto veintiséis, veintisiete fotos que seguro que pueden ofrecernos numerosos indicios.
Siempre sediento de nuevos informes, Uliseos Switeword escrutó con detenimiento el sugerente corcho.
—Pero dime, Sioux. Primero de todo, ¿quién nos dice que este tríptico es de Emery?
—Yo no vi esto en el ropero —replicó el Sioux—. Hoy hizo tres noches que vine con el objeto de disponer el recibimiento del dúo que Odile invitó, y cogí seis lienzos, tres cojines, un edredón y muchos jirones. Pero, créeme, no vi ni el corcho ni los clisés.
—Muchos de estos individuos —comentó Uliseos— me son conocidos, pero de dos o tres tipos lo ignoro todo. El cuento es que por lo menos de uno de ellos quisiese tener informes.
Indicó con el dedo el busto que le inquietó, el de un individuo de rostro tosco, con un pelo oscuro sin ser negro muy frondoso, tupido, con rizos, sedoso, con tupé, con vello en el mentón pero sin bigote. Un fino surco lívido recorre sus belfos. Un blusón de Oxford sin cuello surge de un jersey de pico con tres botones, hecho de un finísimo tweed. El conjunto ofrece un efecto un poco folclórico. Puede reconocerse en él un bohemio, un hombre del circo, un guiri o un mongol pero del mismo modo (conforme con los gustos de su tiempo) un hippy componiendo nuevos sones con su bombo o su ukelele en el Soho o en el Big Sur.
Uliseos Switeword pidió que viniese Ottevioni, que revuelve sin un norte definido no muy lejos. En el Servicio Secreto es célebre el poder de Ottevioni, robot embrutecido pero fiel. Con ver o entrever un segundo un rostro tiene suficiente. Es como si le hiciese fotos que persisten indelebles en su cerebro.
—Ottevioni —le preguntó con los ojos puestos en el clisé—, ¿quién es este distinguido melenudo?
—Te juro por mis muertos que no lo conozco —respondió presto Ottevioni—, y lo que es peor, el clisé tiene, por lo menos, veintiséis inviernos.
—Es cierto —confirmó Uliseos—, esto solo es perder el tiempo, lleguémonos junto Uriel Wilburg Severin.
Con un gesto veloz, descolgó el clisé sujeto con celo en el corcho, después siguiendo el rumbo del Sioux y seguido por Ottevioni, Uliseos Switeword pronto se encontró en el dintel del boudoir donde Uriel Wilburg Severin duerme como un bendito, introduciéndose en él de ocultis, con un susurro:
—¡Chitón!, ¡chitón!, duerme como un lirón, como un oso en invierno. Dejémosle que repose. Podemos disponer un tentempié, tomémonos un pomelo, bizcochos, huevos fritos, pensemos en el jodido cometido que dentro de poco hemos de cumplir.
El Sioux hirvió leche. Bebieron. Ottevioni untó su bollo. Uliseos hundió en su bol lleno de humo un oblongo suizo esponjoso.
El cielo nocturno se disipó. Un crepúsculo lechoso despuntó e hizo del estudio un sitio mustio, triste. Los restos fríos de los puros hedieron.
—Joder, ¡qué sofoco! —Juró Orsini Ottevioni.
—Viene bien un poco de viento fresco —propuso el Sioux, corriendo los visillos.
Todos dieron un respingo, sorprendidos por el incisivo pero tónico frío del crepúsculo. Uriel Wilburg Severin tiritó, luego brincó del triclinio donde consumió su noche, entumecido, confuso, con el pelo revuelto, el vestido hecho un gurruño, el rostro de un lelo.
—¿Cómo? —dijo—. ¿Luce el sol?
Le ofrecieron un cuenco de leche pero él insistió en tener primero su remojón de costumbre.
Lo metieron en el servicio, de donde volvió sonriente unos minutos después. Luego del remojón, se puso unos shorts limpios, un polo y un sombrero de topos que le dio un look deportivo.
Hecho un nudo, Uliseos Switeword le espetó veloz:
—¿Y Emery Consonte? ¿Qué es de él?
—Emery Consonte dejó de existir —dijo Uriel Wilburg Severin.