El secuestro
III. Freddy Egg Butler
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DE CÓMO UN TENOR INGENUO CONOCIÓ UN ÉXITO
REFULGENTE
Tres noches después, perseguido por el tipo del entierro de Hussein Ben I. Bou, Emery Consonte quiso reunirse con Odile, quien, sufriendo un resfrío molesto junto con un fortísimo dolor de riñones, se refugió en su rústico inmueble de Noirmoutier no lejos de Pornic.
Cogió un tren.
En otro tiempo, dijo el desconocido en un tono triste, teniendo que ir dirección Rouen o Périgueux, Pornic o Nîmes, solo se hubiese podido subir en el coche de punto, un puro desperfecto. Perdiéndose dos o tres noches en el recorrido, uno se ve en el menester de sostener un coloquio con el postillón, ofrecer vino, leer el periódico, decir su opinión sobre los hechos recientes, discutir sobre modelitos, referir un idilio, describir un homicidio que hizo que todo hijo de vecino se pusiese enfrente de los jueces: bien siendo crítico con el jurisconsulto conocido de todos que, desmereciendo el informe de instrucción, negó el delito queriendo como fuese ensombrecer el crédito del droguero mequetrefe que hubiese podido poner el veneno, el bromuro, en poder del ejecutor; bien disintiendo del orden compuesto por los jueces, ¡ni el sustituto se libró del común recelo! Luego, riéndose del procedimiento, reconocer el envilecimiento de un Guizot Thiers, de un Drumont, de un Jules de Guesde. Después repetir el sonsonete del Tourlourou que Polin o Vilbert convirtieron en perpetuo en el Felino Negro, en L’Eden Concert. Enceguecerse uno seducido por el Cid de Coquelin en el rol de Messieurs les ronds de cuir fingiendo ser un buitre. Después reírse con los chistes verdes concluyendo el furgón del correo su trote veloz en el crepúsculo. En el eclipse nocturno comer en un coqueto comedor. Por dos duros poder tener un buen vino de Burdeos, un Moët, un Musigny o un Côte Rôtie junto con un buey, un muslo de cordero o un menú de perdices. Después embutirse, engullir, deglutir, ¡beber en exceso! Luego discurrir por los cotos públicos de céspedes tristes, de tediosos tejos, mortecinos lirios y serenos olmos. Irse con el propósito de beberse un kirsch, un jengibre o un buen vino tibio. Entretenerse con un envite de siete y medio o de tute; competir frecuentemente en los bolos, hundir el prestigio del vencedor del territorio. Tener después un momento de cotorreo, concurrir en el recinto. Recibir un bombón líquido con kirsch, un bonito ribete, un buen Hennessy; proseguir en el dormitorio con un jubón bonito. Después, conforme, tenderse en el lecho contento de uno mismo.
—Sí —suspiró Emery—, hoy tenemos el SNCF, pero no tiene ningún estilo.
El desconocido condescendió y después tomó de su bolso un envoltorio oblongo, lleno de puros.
—¿Un purillo? —dijo.
—Con mucho gusto —respondió Emery—, ¿señor…?
—Mi nombre es Uriel Wilburg Severin —dijo el desconocido.
—¿En serio? —dijo Consonte sorprendido—, yo soy Emery Consonte.
—¡Emery Consonte! ¿No es cierto que tuviste un hijo que…?
—Tuve seis hijos —dijo Emery Consonte—, todos murieron menos uno.
—¿Yvon?
—¡Sí! —Prorrumpió E. Consonte—, ¿pero de qué lo conoces?
—Mi extenso currículum lo describe todo —dijo sonriendo Uriel Wilburg Severin—, Tonio Vocel fue conocido mío; pero siendo yo inglés y viviendo en Bedford, no muy lejos de Oxford, nos hemos visto como mucho dos o tres veces en doce meses. Con todo, supe de su sufrimiento. Me informó, del mismo modo que hizo con vosotros, de su fin próximo. Ninguno de nosotros le creyó, ni Odile, ni Ben I. Bou, ni tú, ni yo. Pero hoy se cumplen ocho noches, me comuniqué con Hussein por teléfono. Convenimos en tener el ineludible coloquio. Pero de regreso en Lutèce me enteré de su muerte.
—¿Comprendiste el sentido del post-scriptum?
—No, pero, en mi opinión, insistir en leerlo punto por punto fue nuestro error: «Llevemos urgentemente los diez buenos whiskies pequeños, por el fullero jurisperito que consume un exótico puro en el zoo». El jurisperito no hubiese podido ser Hussein Ben. I. Bou. Por lo menos por tres motivos: Vocel en ningún momento supo de Hussein su condición de jurisperito, inconcebible lo de fullero en un hombre de su discreción y, por último, en ningún momento Hussein se excedió en su dosis de puros: en doce meses tres como mucho.
—No es imposible lo que dices —confirmo Emery—, incluso prefirió sobre el whisky el orujo de higo tunecino.
—Sí, y el colmo es que siempre odió los zoos y ni se le ocurrió poner el pie en ninguno: siempre prefirió su vergel exótico.
—¿Entonces por qué ese post-scriptum?
—Primero consideré el hecho de que pudiese ser ficticio. Hoy por hoy mi instinto me dice que Tonio no tuvo elección: puso punto. Si hubiese podido, hubiese concluido con un indicio evidente: pero eso fue lo menos oscuro que encontró en su momento…
—No existe signo menos límpido que un negro.
—Por qué lo dices —inquirió sorprendido Uriel Wilburg Severin.
—Lo he leído en su bloc. O mejor dicho, he comprendido que eso fue lo que él siempre dijo. Por ello nos vemos rumbo de Noirmoutier, con el fin de reunirnos con Odile.
El silencio duró el resto del recorrido. Severin chupó el puro. Emery leyó un libro gordo sobre el hundimiento, el ignominioso declive, el indigno deterioro económico de insignes nuevos ricos (y todo por el precio del tubérculo), sin percibir que su inquietud, su reconcomio estuviese resuelto en sus folios, negro sobre níveo.
El buen ritmo del motor provocó el cimbreo del reluciente furgón. Se vio en desfile el sinuoso territorio rústico, un pueblerino yendo por sus cultivos en su lustroso McCormick. Después el motor se detuvo, se llegó. Se vio un suburbio en deterioro, después un muelle, uno o dos cobertizos, un ómnibus, un cruce.
Cogieron el ómnibus del recorrido Pornic-Cholet, un chisme de esos de como mucho veinte km/h. Después se dirigieron en dirección de Noirmoutier, un pueblucho conocido por su torreón del siglo XI.
Un seductor torrente, profundo, sugestivo, sonriente por un intenso perfume de otoño, que confunde los sentidos, perfumes molestos, intermitentes, del miosotis, del hongo gris, de leños y humus podridos, encubre el edificio, un bonito hotel construido por Sieyès en el fin del tiempo de los tres cónsules. Lejos de los tímidos obreros que siguieron el ejemplo del Elíseo de Mollet, tenido por entonces como modelo supremo, Soufflot, emprendiendo en este punto un esplendoroso futuro, conversó con Sieyès, venciendo, no sin un temple intrépido, no sin un pulso inédito, uno o dos rubicones, Soufflot, pues, propuso un cuerpo primero de estilo rococó — pórtico con boteretes, frontón tipo Tudor, corredores sin pretiles, friso con rostros disformes— que rodeó —en esto consistió el invento— de un edificio florido de pórtico gótico, con borde de modillones. El insólito boceto provocó en Sieyès tres noches de suspiros.
—Hum —dijo por fin—, esto no es fútil…, —Después dio con su borceguí en el culo de Soufflot, prediciéndole su próximo degüello. Pero este se emperejiló con un níveo blusón de pinche y consiguió huir rumbo Lyon.
Sieyès, impotente, consultó con Briseux, Vignon, Cotte, Hittorf. Todos se inhibieron. Por fin dio con un inglés de nombre Joseph Bonomi. Le concedió todos los poderes, lo que le permitió disponer de muchos fondos. Que no existe mejor fullero que un inglés es vox populi: concluido el edificio por Joseph Bonomi, un recinto del estilo de los colonos de techo en rombo y sobre cuyos dinteles puso copiosos frisos si no feos por lo menos frívolos, Sieyès quedó sin un solo céntimo; tres meses después vendió su edificio. El mejor postor: un boyero de Fromentine que lo compró por veinte luises; este montó después un redil y luego, con el insólito impulso que se experimentó después de Tilsit, puso un club de juego donde estuvieron entreteniéndose con el boston o el póquer Ney, Soult, Duroc, Victor, Bessières, Bertier, Junot, Oudinot.
Se dice que obtuvo un millón y pico. Después consiguió el edificio un poli de Louis Philippe, que lo utilizó como punto de reunión con su trío de soplones. Uno de ellos, beodo, luego de un jolgorio donde todos se excedieron, le metió un cuchillo. No hubo herederos: el edificio se sumió en el olvido. Fue objeto de robos sucesivos, después devino en domicilio de bohemios, golfos, mendigos, bribones.
En junio de 1918 un teniente inglés, Dominicus C. Butler, en su recorrido bélico pernoctó en Noirmoutier con su ejército, donde puso su sede por un tiempo. Le gustó el sitio. En 1926 fue cónsul de Quebec en Berlín y puso el domicilio de los suyos en Noirmoutier y él mismo estuvo seis meses seguidos siempre que pudo. Su esmero y su buen gusto hicieron posible el perfecto orden del edificio, se remozó, se le puso un techo, se limpió, se sustituyó el sucio tizón por fuel-oil del norte y se construyó un enorme vergel.
Dominicus C. Butler tuvo un hijo, de nombre Egg Freddy, en honor del fiero guerrero que fue jefe suyo en Verdún. Este tierno niño, que su progenitor no nombró de costumbre Freddy Egg, sino simplemente Egg, se crio en Noirmoutier. El edificio vibró con el bullicio del feliz niño en sus juegos: escondido en el mullido césped del vergel, subido en el cerezo, con el ciprino del libón, con un pececito que domesticó con muchos esfuerzos, con sustentos diversos, mendrugos, lombrices, insectos zumbones, crocos, y que surgió siempre que el niño lo invocó por su nombre: Junus.
Egg tuvo un montón de compinches, muchos de ellos del pueblo. Hicieron deporte: fútbol, rugby. Concibieron divertidos torneos de tiro. Tuvieron por costumbre recorrer todo el terruño y, justo después, recibir un Nesquick dispuesto por el servicio con un kuglov y un bollo de frutos secos, engullido por todos con deleite en un mundo de quietud donde se jugueteó como en un edén.
El Egg de dieciocho eneros se hizo con el título de estudios medios. Después decidió su profesión: tenor. Sin tener un oído excelente se chifló por ese oficio. Su voz sí que fue conveniente. Se esforzó mucho, se inscribió en el Colegio de Músicos, donde se hizo compositor y profundizó en sus incipientes conocimientos. Después Giulini lo inició en el lirismo, Solti en los coros, Bernstein en los tutti, Krips en el unísono. R. Bonynge estuvo en el concierto que ofreció doce meses después en Turín. Egg interpretó primero «Unto us the Child is born», después un título de O. Rinuccinni, después, por último, tres solos de Rigoletto. El éxito con Bonynge, quien estuvo muy contento, le proporcionó un enorme impulso y se pudo introducir en el proyecto de K. Böhm, quien montó Il dissoluto punito en Urbino. Egg fue oído por K. Böhm, quien lo encontró bueno incluso si su voz tuvo por momentos un tono erróneo. Le dio el rol del huésped pétreo, lo que le dejó entrever un futuro seguro en poco o mucho tiempo.
Conducido por K. Böhm firmemente y con buen tino, Egg progresó mucho, «tu fortissimo es en exceso lírico», le dijo un montón de veces K. Böhm, o «Si dices Diverso desiderio mi gridó debes ser estricto, debe surgirte sin perder el vigor». Pero, grosso modo, Böhm se mostró de pletórico humor con los progresos del tenor.
Yéndose de un conocido edificio de Urbino donde múltiples veces trilló gorgoritos, Egg se topó en un corredor con Odile Mevrikordetos, quien representó el rol femenino precipuo. Desde ese mismo momento experimentó un querer loco por ese ser, quien le correspondió con el mismo sentimiento no menos intenso. Tres soles después, en un pueblecito de Rímini en el que obtuvieron velozmente los documentos precisos, se unieron los dos. Un juez entre bostezo y bostezo, pues ocurrió de noche, pronunció un discurso de los desposorios desprovisto de tono chistoso. Pero como consuelo pudieron oír luego, en el imponente terrero del pueblo, con un cielo índigo, un concierto que vio su término en el rosicler y en el que el conjunto I Virtuosi ofreció coros, solos líricos, tripudios, rondós y diferentes composiciones.
¡Oh, momento precioso! ¡Oh, quietud! ¡Un violín sonó en lo oscuro, puro como un ruiseñor, después un violoncelo y por último el cornetín incisivo de un Wobisch! Egg se puso enfrente unidos sus dedos con los de Odile Mevrikordetos.
Sí, querido lector, tú quieres lo mismo que nosotros, que todo se termine en este punto. Freddy Egg Butler se une con Odile Mevrikordetos. Conocieron el querer, el sosiego, el fiel interés mutuo. Tuvieron veintiséis hijos. Todos sobrevivieron.
¡No es cierto! ¡Ese es un sentimiento en exceso intrépido! ¡No hubo perdón! Ningún Todopoderoso fue clemente con Freddy Egg. El Fuego Eterno, que en todo sitio, que en todo tiempo recorre el signo oscuro que mi boli quiere describir, cumple su destino en este punto. El deceso que tres soles después irrumpió en Urbino, predijo lo que sucedió veinte eneros después: el eclipse de Tonio Vocel, el eclipse de Hussein Ben I. Bou…
Con el fin de vestirlo del interfecto Huésped pétreo, Uomo di Pietre, Uomo níveo, que surge en el último trozo del Libretto giocoso, K. Böhm lo enfundó, o mejor dicho hizo un molde de Egg con un estuco, un corsete níveo, refulgente, duro, con el que como mucho hizo uno o dos pinitos. Le hicieron un orificio enorme que, sin ensordecer del todo su tono, le dio un toque profundo con el que Böhm se deleitó: «Es cierto que es como si se oyese el discurso de un muerto que nos quiere lo peor desde el subsuelo en el que se pudre». Fue, en efecto, de ese modo, incluso si él no lo intuyó. Pues, sin que se supiese por qué, en el momento en que Egg se introdujo en el corsete, en que se le envolvió y se le enyesó, como si el tenor de hueso estuviese entre muros, los obreros se percibieron del olvido de un buco, lo que le impidió ver y oír. Cundió el horror pero no tuvo solución. Llegó el momento en que el sirviente debe ofrecer por orden del Tenorio un tentempié que recibe el Huésped pétreo. Egg se izó en su soporte. Se puede decir que fue bien. Pero luego ocurrió un infortunio.
Es conocido el hilo de cómo se suceden los discursos que dicen del fin del Tenorio:
—Grido come un demonio —gritó el Tenorio.
Después su sirviente:
—Oh Signore… L’uom di Pietre… L’Uom níveo… Oh Signore… Tototo…!
Según lo previsto, Egg hubiese tenido que emprender por lo menos ocho pinos justo en el momento en que los violines introducen el último sonido y decir el conocido solo Don Tenorio desti il tuo invito y después seguir uno o dos pinitos con el fin de que el público pudiese ver el imponente figurón del Huésped pétreo.
Pero Egg se demoró un momento.
En el momento que llegó sobre el Tenorio, el sirviente gorjeó: Oh Signore sono tutti morti… Egg perdió el control. Surgió en el proscenio. Fue como si hubiese perdido el control de su mente. Se movió sin sentido, dio giros, osciló con el estilo de un robot o de un zombi que no fuese un hombre. De repente soltó un mi estruendoso. Después su voz se quebró de repente, él chocó con el telón, tropezó, se volcó, tieso como un poste, como un roble recién muerto. Hizo un ruido sordo, seco. Desde los vomitorios, desde el foso, en los cubillos y en los puestos remotos del coliseo surgió un grito ensordecedor. El choque sin precedentes fue feroz por lo que semejó Humpty-Dumpty en el momento en que se tiró desde el muro y se rompió el corsete níveo. Un surco profundo, de un níveo deslucido, recorrió en eses desde los pies por todo el cuerpo del monumento que moldeó el ominoso tenor y fisuró con incisivos cortes el cemento níveo del corsete que de seguido se tornó rojo vivo. Brotó el crúor.
Después, como se logró con un punzón, con un serrucho, con un cuchillo romper el molde, Egg fue como el hueso moribundo de un fruto. Se observó primero en su dorso el mismo corte medio lechoso recorriendo todo su cuerpo: primero incisión en el pie y después bisel, chirlo con fin en el occipucio. Se hubiese dicho el fulgor, el centelleo de un Júpiter furioso. Después un forense inspeccionó el cuerpo del muerto hecho trocitos, y todo ello sin obtener ningún indicio que permitiese decir qué provocó, y cómo, el deceso súbito de Egg…
Dominicus C. Butler estuvo de incógnito, después supimos el porqué, en el Otoño de músicos de Urbino. En el eclipse nocturno siguiente se introdujo en el edificio clínico donde pusieron los restos de su hijo. Robó el cuerpo cubierto por un lienzo níveo. Después encendió su enorme Rolls-Royce. Sin detenerse, embruteciéndose en su coche como un loco con su obsesión, pronto se encontró en Noirmoutier. Se dijo que hizo de su hijo rescoldos, pero es menos ilógico suponer que le construyese un túmulo en un recodo del vergel, donde —dicen— echó entonces, tupido, un césped descolorido con el dibujo, grosso modo, de un croquis de curiosos contornos: trígono imperfecto o dos dedos sosteniendo un pequeño listón, símbolo del gobierno sin ley puesto en el pie de un escrito que un Mefistito emborronó.
Dominicus se encerró en el edificio de Noirmoutier. En el pueblo se dijo que enloqueció. Todo chiquillo curioso fue objeto de sus perdigones, todo inoportuno que diese en el timbre, todo mendigo que pidiese un mendrugo, un lecho. Construyó un muro enorme en derredor del vergel. Se dijo que de noche le dio por convertir todo en un fuerte. El pueblo ni lo pisó, como mucho se vio cómo su sirviente le compró un pernil o un pollo. Pero el sirviente, cuyo pésimo tono proveniente de sus genes moros hizo que se le diese el mote de Sioux, tuvo que oír expresiones del tipo: «¿Qué, Sioux, tu dueño sigue lelo?».
—You fucker mother, pipiolos —dio en decir el Sioux, gustoso de poner su insulto preferido en los oídos del vulgo pueblerino.
De costumbre no se insistió mucho porque el Sioux demostró ser un experto conocedor del judo. Entonces, por veces, el Sioux, sonriendo, soltó:
—Con el mimo que tiene por Junus, desde luego…
Porque se supo que Dominicus siguió con el cometido que tuvo Egg. En pleno cénit de sol, yendo junto el libón, siseó «Junus, Junus». Junus, crecido y todo, vino siempre recibiendo de Dominicus unos mendrugos que engullir lleno de gozo.
Odile dio con el sitio donde se esfumó Dominicus después de doce meses. En el momento en el que Odile puso el pie en Noirmoutier, Dominicus, con un conocimiento muy ligero de su deudo, le negó primero el recibimiento. Después le entró el gusto de ver, de oír los cotorreos de Odile. Odile refiriéndole su unión en exceso breve, le contó su querer loco por Freddy Egg. Dominicus le describió los dones del enternecedor niño que se ocupó del sostén de Junus, quien se subió en el cerezo del vergel, quien se divirtió con el juego del escondite.
Odile consiguió sentirse bien en Noirmoutier, donde encontró el querido reposo, puesto que en Lutèce su cometido le produjo siempre sofoco y estrés. Por esto Odile decidió venir tres veces por mes, viendo el discurrir de uno o dos soles junto con Dominicus, entreteniéndose en recorrer el vergel, bebiendo sirope en un recinto solemne con el que Dominicus le rindió honores. Después del refrigerio nocturno, Odile, tendiéndose en un sillón de cedro (ennoblecido por el loco querer que en otro tiempo un noble del Este experimentó, sobre él, por Grisi) que Dominicus compró en tiempos pretéritos, lo menos dos decenios, por un precio enorme en Sotheby’s, Odile, pues, se entretuvo en tejer un precioso moscón sobre un extenso lienzo níveo, hecho del mejor hilo. Dominicus, no lejos, interpretó con un violín cuyo color rojizo se decoró con motivos en hueso, un deje de Chopin, de Beethoven o de Musorgsky. Odile, por veces, entonó composiciones de Shubert. Su voz vibró en el cielo vespertino.