El secuestro

Georges Perec · Capítulo 27 de 31

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El secuestro

Capítulo 25

QUE EMPEZÓ POR UN ESPOSO ENTRISTECIDO Y TERMINÓ

CON UN TETE FURIBUNDO

Seis meses enteros estuve persiguiendo mi muy remoto objetivo.

Después, rendido, triste, cejé en mi empeño.

Un sol decidí irme lejos; en Toulón me subí en un buque enorme, el Teniente Crubellier, que une este puerto con Cozumel (México). En el buque me encontré con Judith, miembro del equipo de body building.

Nos quisimos. Nos dimos el sí.

Queriéndole ofrecer muchos tours del mundo, compré un bimotor supersónico.

Unos doce meses después de que un juez nos hiciese cónyuges, el cuerpo de Judith dio signos de convertirnos pronto en progenitores. Pues bien, en pleno vuelo sobre el continente negro, y por un error repentino en el suministro de combustible, tuvimos que descender sin perder un momento. Con mucho esfuerzo puse o, mejor dicho, posé el bimotor en un pico pequeñísimo, como un moquero. Nos vimos en un rincón perdido e inhóspito, como si fuese Selene pero en medio del desierto del Chech. En el choque se rompió el tren del bimotor.

Los víveres disponibles hubiesen sido suficientes ese mes, pero el pozo próximo de donde se surten los bereberes intrépidos que se mueven por doquier siguiendo diferentes rumbos lo tuvimos muy lejos (hubiese sido preciso tres noches de penoso recorrido).

Los primeros seis soles todo fue sobre rieles, dentro de lo posible. Conseguimos un unicornio, bicho divertido, primo del corcino, que, como vive en pendientes de los montes, tiene un cuerpo muy torcido, y que se puede coger emitiendo un gorjeo que imite el ruido del yené, pichón cuyos píos él no puede resistir. Sorprendido, furibundo, pero, sobre todo, ingenuo, el unicornio, de repente, se viró, perdió el equilibrio y se desplomó en el fondo del precipicio donde nos hicimos con él sin esfuerzo. De este modo pudimos obtener un gustoso muslo que, después de mucho tiempo comiendo lo mismo, nos semejó un divino festín.

Después tuvimos sed, pero no disponiendo de Perrier, ni de ningún otro líquido excepto un licor que quemó y no nos refrescó, no tuvimos otro remedio que ir corriendo en dirección del pozo, y después, recorriendo el Djenoum, siguiendo chotts secos o montes gélidos de noche, sobrevenir bien en el sur, en Tinef, en Tindouf o en Tombouctou, o bien en el norte, en el bordj de Driss, en el pozo de Tin Fouye, en el fortín de Bel Guebbour, en el vergel del desierto de Tiguentourine, en el fuerte de Miribel o en el zoco de Meguidene.

Pero fuese Erg, Chech, Murzuq, Iguidi, Tibesti, Borkou, Djouf o Timétrine, el inhóspito desierto produce en los intrépidos sustos que Judith no hubiese podido resistir en ese momento de inminentes dolores.

Entonces, desoyendo sus ruegos, me fui solo, pues confié en el misericordioso Señor. Troté como en un corcel, provisto de un instrumento, especie de giroscopio, cuyo índice me permitió en todo momento conocer con precisión el movimiento del sol. Reconocí el horizonte, husmeé, seguí los senderos y conté con que mi buen sino me ofreciese pronto un generoso socorro.

Tuve suerte, es cierto, porque después de tres soles divisé un gum de servicio.

El superior del gum, un subteniente, me dio de beber, el hecho me recordó el reitre preferido de Hugo por su peso imponente y por su perfecto control en el momento de

Recorrer en su corcel en el crepúsculo después de un fiero duelo

Un terreno de olor de Muerte sobre quien se cernió lo Oscuro

Pues bien, el subteniente del gum me ofreció su botijo, lo mismo que hizo el reitre de Hugo con un noble herido. ¡Rediós! ¡Mil veces rediós! Inconsciente de mí no sospeché que ese preciso momento coincidió con los horribles dolores de Judith.

Bebí, comí, reviví y conseguí los chismes que me permitieron poner fino el filo del tornillo con ritmo cicloide (o mejor dicho ciclohelicoideo) del que depende el circuito de suministro (de hecho hubiesen sido precisos por lo menos un bruñidor de cuervo, o un punzón de modelo; pero los útiles de los que pude disponer fueron suficientes: un bichero, un crucero, un cincel de sifón, un urdidor de formón, un trillo, un ruello, un torno de berbiquí pequeño sin pingüino ni cebo que por no tener no tuvo ni muro de tornillo, pero sí, por lo menos, el dosel nuevo). Me presenté en el bimotor, pero me sorprendió un hecho entristecedor: después de tener seis bebés de golpe, me encontré con Judith en sus últimos estertores.

Rugiendo, di un brinco y le presté el socorro posible, por lo menos un poco de líquido que le hiciese revivir. Pero, con un quejumbroso grito, Judith sucumbió.

¿Quién puede referir el infinito dolor que me provocó entonces su muerte? ¿Quién puede referir mi sufrimiento? ¿Mi penoso desconcierto? Veinte veces quise cometer mi propio homicidio y el de nuestros hijos, sufriendo como sufrí el deceso de Judith.

Infeliz superviviente de un desposorio divino, contrito, deshecho, viéndolo todo negro, con mi cruz sobre los hombros, sufriendo el óbito, por veinte crucifixiones, veinte veces quise, rindiéndome, suprimirme por medio de un urdidor de formón, pues un útil contundente como ese hubiese podido, incidiendo en mi pecho como un cuchillo de boy scout en un queso de Burgos, ofrecerme el fin lógico.

Pero pensé en nuestros seis retoños, seis mocosos inocentes envueltos en seis cordones con riesgo de morir por opresión en el cuello o por sofoco.

Eso me enterneció. Uno por uno cogí mis seis rorrós del hilo que los tuvo unidos con el pozo seco donde crecieron, los limpié bien limpitos y después los introduje en el bimotor.

Me esmeré entonces en el duro cometido de recomponer el circuito del combustible; hiciese lo que hiciese, el Cibié continuó encendiéndose muy pronto, sin que el combustible pudiese introducirse en el conducto de ingreso. No fue suficiente con el filo del tornillo del pivote. Se tuvo que corregir todo sin excepción: el exterior, los piñones, el timón, el perno, los frenos, los ejes, el stuffing box, los pistones.

Me tiré tres soles pero, por fin, todo funcionó (no como mi íntimo, Hermes, quien no consiguió que el motor de su bote se encendiese, pese su fe en sus propios medios como bricoleur). Entonces, despegué, dirigiéndome diligentemente sobre Fez, donde los niños pudieron recibir los imprescindibles mimos.

Recordé entonces el consejo previsor que me dio sor Virtudes de pequeño y le sumé, en mi fuero interno, el hecho siguiente: según el derecho de sucesión de los bienes de mi grupo, se tienen que tener muchos niños: profusión de gemelos, trillizos, quintillizos.

Por ende, el individuo que nos persiguió, el progenitor que quiso verme muerto y que dijo querer, primero, emprender el ojo por ojo sobre nuestros hijos, seguro que debe de inquirir en los clínicos que tienen un número superior de engendros.

Por ello, pensé, si me presento con mis seis nenes en el Clínico de Fez, seguro que es de dominio público y el Peludo verdugo de niños viene corriendo.

Pero no solo eso sino que me dije: «Si insisto en tener conmigo los seis, no tendré ningún momento de sosiego ni de ocio». Con el fin de conseguir que siguiesen vivos, los tuve que distribuir uno por uno, como un cuco que pone sus huevos en nidos vecinos, entre diferentes tutores…

—He comprendido —murmuró Emery, con el rostro lívido—, he comprendido el fin de todo: te pusiste de segundo nombre Tryphiodore; te vestiste con un blusón níveo, como un pordiosero, e hiciste el lote siguiente: Egg con Dominicus, Tonio con Vocel…

—Sí, lo comprendes, pero eso no es todo. Óyeme bien:

Hussein Ben I. Bou fue mi hijo, en efecto. Fue el primero que dejé, en Fez, el primer sitio en el que estuve.

Dejé mi bimotor en un cobertizo y, con un celo extremo, por medio de un bisturí cripto-fibrinoso produje en mis sextillizos un borrón del símbolo diminuto, pero distintivo, que todos, como miembros del funesto Grupo, tuvieron en el cúbito derecho.

Entonces, procedí sin orden lógico, según el:

Pito pito colorito

donde fuiste tú bonito…

cogí uno de los niños del lote y lo introduje en el Clínico de Fez. Fue de noche. Froté el hupe y di, no sin tiento, con un ser enfermo que, después de expedir un bebé moribundo, sufre los últimos estertores. Todo me fue oportuno. Cogí un unto con cloroformo y precipité el fin, inminente de todos modos, y después coloqué el cuerpo del nene en un lecho libre y lo sustituí por mi bebé.

Después hui, no sin inscribir el nombre moro de Ben I Bou que tuvo desde entonces mi hijo, y me eché sobre los otros cinco: te he dicho hoy que Egg se quedó con Dominicus en Pornic y que Tonio fue metido por mí, vestido de incógnito como si fuese Tryphiodore, en el lecho que ocupó Mrs. Lestrim, mujer de Lord Horst Vocel, conocido productor de puros escocés.

Fue proveedor de Dunhill, pues mezcló Turco y Virginy de un modo desconocido por todos excepto por él, consiguiendo un convincente producto cuyo gusto perfecto residió no en sus componentes, sino en su proporción, y produjo Montecristos, puros de renombre que Philip Morris siempre consideró los mejores en su género.

¡Demonios! Tres inviernos después Horst Vocel montó un potro muy inquieto que lo volteó, lo revolcó y lo dejó hecho polvo. En el momento de morir, murmuró en el oído del botones, en un último suspiro, el desconocido secreto de su producción de puros, pero el mejunje que resultó no convenció ni muchísimo menos pues, después de que Lord Horst muriese y si bien se siguieron sus preceptos, no se pudieron producir unos puros sólidos, finos y buenos como los suyos; por eso los sustituyeron por los imperfectos Voltigeur (los del níveo croquis polígono en el estuche de berilio), hechos con un Turco, no del todo común, pero dentro de los límites de lo corriente, de un Virginy descolorido que no se puso rubio con el sol de un Louisville, de un Columbus, de un Richmond, de un Portsmouth, de un Mobile o de un Norfolk, y que tienen un gusto que no recibe los mismos elogios que sus predecesores.

De momento conoces el destino de tres de mis hijos, pero no el de los tres siguientes.

Quise retener conmigo, con el fin de instruirlos, dos bebés. Por lo que no me quedó sino un nene por distribuir —ce fut une fille, non point un petit homme—. Me presenté en Devos.

—¿Devos? —inquirió con interés Emery.

—En Devos, sí. Luego te explico cómo comprendí que no podremos redimirnos en ningún momento, que siempre tendremos pendiente el Fuego Eterno del progenitor. Pues (¡oh, destino cruel!) en Devos elegí como destino de mi derelicción un clínico de turberculosos.

—¡Un clínico de tuberculosos! —gritó Emery.

—Un clínico de tuberculosos, sí —dije en un tono tenebroso como un repiqueteo fúnebre, como un gong, en el mismo tono que Grimod (no el picoleto sino el silencioso sirviente de Portos) usó en el momento en el que conversó con los mosqueteros sobre cómo Mordunt hincó el cuchillo en el verdugo que, dos decenios previos, guillotinó el cuello de quien le puso en el mundo—. Sí, un clínico de tuberculosos; llegué de noche, discurrí sin rumbo por un corredor luengo y oscuro. Después por el ojo de un portón divisé un lecho oscuro donde se encontró gimiendo…

—¡Estelle! —Titubeó Emery en un susurro quejoso.

—Sí, Estelle, el mito Estelle; me senté en su lecho; el mito, con tubos por todo el cuerpo, con un único pulmón hecho puré, pleurítico, convulsivo, tuberculoso, griposo, tuvo un mocoso, feo como Picio y enfermo de muerte, lo que me dispensó de compunción, decepción, contrición por un crimen completo, pues el engendro se fue con el ser que lo puso en el mundo destino del cielo, y dejó libre un lecho que ocupó mi hijito.

—¿Qué? —dijo Emery—, ¡de modo que el esposo de Odile fue su mellizo!

—¡Y su querido, lo mismo!

—¡Horribilis! —murmuró Emery, después de un profundo silencio—. Pero ¿qué sucedió —preguntó— con los dos que tú quisiste instruir?

—El primer lustro todo fue bien. Pero un crepúsculo, viviendo entonces en Corte, me presenté, como de costumbre, con mis dos nenes en un vergel público de los suburbios, no lejos de un bosque, sin temer ningún incidente. Tuve sed y entré en un chiringuito próximo con intención de beberme un mosto. Sorbí un poco con mucho deleite y, de repente, un grito horrible sonó con estruendo.

»Fui corriendo. El desorden se hizo dueño de todos. Oí voces de progenitores, nurses y polis hundiéndose en un conmovedor grito. Un hecho increíble se precipitó sobre el gentío. Entre sollozos, chillidos, gritos y retorciendo el moquero me refirieron lo siguiente:

»Vino del bosque un individuo escurrido, pingorotudo, con un gorro de bufón, en los belfos un pito de curioso sonido.

»En unos segundos, el montón de niños, incluidos los dos míos, hicieron un corro en torno del tipo y le siguieron lejos, por el bosque profundo. Después de un eterno momento en el que todo el mundo quedó como lelo, se montó el dispositivo de inspección. Se les siguió, se les persiguió. Se peinó primero el bosque, después el bosquecillo. Se pusieron controles, se escudriñó, se buscó un indicio donde se pudo. Pero todo fue inútil. Y, por si fuese poco, todos tuvieron miedo de los chorizos, de los delincuentes expertos en secuestros o de los golfos bohemios que, según Vox Pópuli, viven en el monte profundo, por lo que ninguno osó meterse mucho en el interior.

»Me conformé con el sentimiento de muchos y lo creí, en un primer momento, un hecho fortuito. No pensé que hubiese, en el secuestro que sufrieron los inocentes seres presentes en el vergel, ningún tipo de conexión con el Ojo por Ojo que nos persigue.

»Pero, tres soles después, leí en un periódico que Gustín K., tu primogénito, mocetón de veinte eneros por entonces (número uno de su promoción en Ulm y, consecuentemente, con un buen futuro y un sueldo decente en el CNRS o en el Instituto), que Gustín K., digo, presente en un simposio sobre los tipos de dicción del Centro de Estudios del científico de Locus solus, presidido, hecho que me sorprendió, por mi jefe Lord Ernest Vincent Wright, se esfumó.

»Comprendí, pues, que lo ocurrido en Corte, como en Quebec, fue producido por el Peludo…

—¿Entonces —le interrumpió Emery— supiste que Gustín K. murió?

Le dije que sí.

—Pero —dijo él— ¿por qué no estuviste en el entierro en Quebec? Me hubieses dicho lo de nuestro loco progenitor y yo hubiese podido protegerme.

—Mi primer deseo, en efecto, fue ir con prontitud. Después conversé por teléfono con Lord Ernest Vincent Wright, quien me comunicó que un Peludo desconocido estuvo con Gustín K. en el simposio, el crepúsculo que precedió su eclipse. Temí que me reconociese en el sepelio y consideré imprescindible seguir de incógnito, por lo que mudé mis intenciones y creí mejor prevenirte por otros medios.

El rostro de Emery se puso tenso. Después, por fin, se me dirigió con un tono de enorme rencor.

—De modo que —dijo— hiciste tu elección: por eludir Oxford con fin de protegerte, no pudiste prevenirme del desquite que se cierne sobre nosotros. Te importó un comino el horrible golpe que pudiese recibir mi estirpe. Yo hubiese podido conocerlo todo, pero tú no me dijiste ni pío. Creo que tu omisión ejecutó del mismo modo que inmoló mi progenitor. Pero el deseo de sobrevivir que determinó tu crimen, tu olvido, hoy te produce perjuicio, de eso me ocupo yo.

Perdió el juicio pues se hizo con un enorme fuelle y se precipitó sobre mí, rugiendo.

Yo cogí un pico, con intención de reducirle. Pero no me pudo embestir: no hizo ni tres movimientos y de repente fue como si un sortilegio lo sumiese en el fondo del depósito de fuel-oil.

Dio un grito horrible, como si un poder de succión le hubiese consumido todo su vigor. Después volcó, serpenteó, se esfumó…