El secuestro
Capítulo 13
DEL INCREÍBLE PODER DE UN CONCIERTO DE SCHOENBERG
SOBRE UN POOL
Si se quiere entender el origen del infortunio por el que todos sufrimos insistente persecución, es preciso retroceder en el tiempo.
Con dieciocho inviernos, Dominicus, por un motivo que siempre nos ocultó, sufrió un fuerte desequilibrio psicológico. Su primo, el teniente, se preocupó mucho por él y, por miedo de que decidiese ponerse fin en un momento de depresión, de confusión o de frenesí, insistió en que se fuese con él unos buenos doce meses en su velero, de nombre el Judío Fugitivo, donde le enseñó todos los trucos del oficio pesquero.
Después de su fuerte depresión, que su periplo por el mundo no curó del todo, Dominicus experimentó un embeleso sin límites por un novelero, Otton Leipzig, un supuesto yogui poseedor de un sorprendente poder de seducción del que ninguno se vio libre.
Dominicus se dejó convencer por el verbo de Otton Leipzig, quien porfió en disponer del secreto del conocimiento que introduce en el Limbo, en el enorme olvido níveo. Muy pronto, Otton Leipzig influyó sobre el espíritu endeble del ingenuo grumete, de modo que este, primero, renunció y después se convirtió y se hizo devoto del nuevo credo: un cóctel heterodoxo que lo mismo defiende el poder divino de Visnú, como el de Jesús o el de Confucio, pero cuyos principios requieren que los neófitos profundicen en, por lo menos, diez códices, unos tochos liosos, un popurrí que confunde, todos ellos escritos por Otton. Este se inspiró en el Ketevedette, en el Mentic Utteïr de Kelpesoutre, del Gite Govindo del Tso-Chouon, del Sintoísmo e incluso reprodujo trozos de Lutero, de Pedro, de Justino, de Tertulio, de Job, de Eliseo, de W. Booth, de Zen, del Luen yu, del Libro de los muertos, del To King, de los veintitrés sonetos del enorme Li-Po, del Çruti y Smriti, escogidos sin ningún criterio.
Pero lo específico del credo de Otton reside sobre todo en que incluye un ejercicio rígido que impone un montón de ritos, procesiones, unciones y contriciones.
De modo que el culto requiere, por ejemplo, que uno se purifique tres veces entre sol y sol (en el momento del rosicler, en el del cénit y en el del crepúsculo). En dicho ejercicio se sigue el orden de un rito muy curioso. Es un oficio higiénico: el sujeto se mete en un recipiente lleno de rocío, recogido de noche en veintiséis cubos dispuestos en el perímetro del huerto y que un dispositivo complejo recoge en un pilón muy profundo hecho en un bloque de vidrio, un ónice superduro que se hubo de pulir con un rubí en bruto.
Con el objeto de que Dominicus no sufriese de un exceso de inhibición que pudiese tener un efecto nocivo sobre su constitución, se redujo el suministro de líquido con un circuito eléctrico de control del chorro que limitó el discurrir del fluido, unos cribles de compresión deciden el nivel del pilón y unos pistones corredizos sujetos por tornillos en un punto fijo comprimen por inducción un tubo de input-output, constriñendo de este modo todo el dispositivo.
Esto hizo posible que Dominicus tuviese siempre listo con el primer brillo del sol un pilón de líquido de rocío de idéntico nivel.
Pero, con el objeto de cumplir con su oficio higiénico según los preceptos, Dominicus siempre le puso primero tres productos que O. Leipzig le proporcionó por un precio enorme:
Primero un poco de gluten, porque el exceso de cloruro del H O del rocío 2 puede obstruir el pilón de ónice; por eso es preciso poner un producto que dulcifique el líquido;
después cinco comprimidos de un supuesto rubí electroconductor provisto, según Otton, de un fuerte poder higiénico (de hecho no es sino un gel, invento de un pedicuro de Toulouse cuyo uso es de rigor si se sufre de pediculosis. El médico logró imponer su invento en el clínico de Toulouse pero el remedio fue proscrito por el director en el momento en que los químicos del centro descubrieron en su composición fuertes dosis de hinojo; después se supo que Otton compró los excedentes del producto por medios poco honestos en los que se vieron incluso comprometidos los dirigentes políticos del distrito, por lo que este optó por poner terreno por medio y huir dirección Selenicé, donde se juntó con un montón de tipos, todos medio chorizos, y montó un floreciente negocio de opio);
lo último con lo que Dominicus enriquece su inmersión son veintiséis (los lunes, miércoles, jueves, viernes y domingos) o veintisiete (los otros) dosis de un producto cuyos ingredientes ninguno conoce pero que, de seguro, constituye el súmmum princípium, el motivo imprescindible del rito. ¿Fue un somnífero?, ¿un hipnótico?, ¿un lenitivo? ¿Quién puede decirlo? Lo que sí es seguro es el enorme disfrute de Dominicus con todo ello: en el momento en que lo ve todo listo se introduce desnudo en su recipiente lleno de líquido del rocío con objeto de cumplir con el rito higiénico del rosicler.
Primero siente un fuerte tiriteo, como si le cogiese un repentino golpe de frío. Siempre se pone en el testuz como un yugo que le permite tener el hocico erguido, impidiendo el peligro de morir por inmersión en el fondo del pilón. Luego de unos minutos, se rinde, se distiende, se duerme.
El momento de emerger fue descrito frecuentemente por él como el goce del limbo, impresión, embeleso, visión del Sumo Gurú, encuentro con el Todopoderoso, introducción en un Logos Verídico, en el hechizo divino del Supremo, seducción de lo eterno, Luz. Entumecido, embrutecido, pero, según él, inmerso en el Olvido, embebido en el Infinito, dichoso en lo Eterno. Dominicus siguió cumpliendo con su frecuente rito del rosicler en el que no dejó de sentir un deleite indescriptible. Pero irrumpió Egg y por consiguiente el Zohir.
Desde el momento en que puso el Zohir en su dedo quedó prendido de él y seducido por siempre con su visión. Quien quiso pudo oírle decir «prefiero morir pero que no me lo quiten». Muy pronto comprobó que el meter el Zohir en el pilón del rito produce un dolor pungente, prurito cruel, escozor violento, suplicio intenso, inclemente, incontenible, que no consiguió resistir por mucho empeño que puso en ello, sufriendo, retorciéndose, devolviendo; olvidó incluso el embeleso que constituye el motivo propio, distintivo, único, el principio supremo, el porqué de su rito del rosicler.
Dominicus concibió entonces un dispositivo que como el yugo (que le permitió en el momento del rito tener el hocico siempre en el exterior del pilón) pudiese sostenerle el dedo con el Zohir sin que le doliese mucho. Construyó con este objeto un motor con cilindros provisto de un cric de presión, sostén de un soporte insumergible.
Un lustro entero el ingenio funcionó sin inconvenientes. Todo perfecto. El rito del rosicler le proporcionó siempre un tónico energético profuso.
Pero hubo un rosicler en el que, en el momento de concluir su higiénico rito, ojeroso, débil, molido, sudoroso, inmerso por completo en su Limbo, vio su dedo desprovisto del Zohir.
Gritó como si hubiese enloquecido. Un chorrito de crúor formó un chirlo de contornos redondos, produciendo en su dedo un grumo del mismo grosor que un rubí, que ocupó el sitio del Zohir.
Bulló como un loco tres soles y tres noches seguidos. Lleno de inquietud dio en recorrerlo todo, hurgó en todos los roperos, buscó en todos los rincones, sondó techos y muros, metió el hocico en escritorios, ficheros, costureros, entredoses e, incluso, removió el césped.
Entonces, tres soles después, ocurrió un hecho sorprendente que nos convulsionó: Otton Leipzig se presentó en Noirmoutier.
Llegó con un look de hecho polvo, sudoroso y con el levitón hecho jirones. Se precipitó sobre Dominicus como un sprinter, lo llenó de reproches, lo insultó, le soltó un montón de ofensivos denuestos, incluso se echó sobre él.
—Butor —le increpó—, ¡cerdo, pedorro, mostrenco, cretino, cornudo!
Y le propinó un bofetón que le dolió mucho.
Exhibiendo un fuerte temple pero nervioso, o mejor, molesto, por el golpe de Otton, Dominicus contestó con un directo del derecho que hizo que Leipzig diese de bruces en el suelo, grogui, K.O.
El risueño de Freddy Egg, con seis inviernos por entonces, contempló el choque, esperó diez segundos y pregonó el nombre de su progenitor como vencedor.
Pero Otton Leipzig siguió inerte, les entró mieditis.
—Pero ¿qué tiene? —murmuró Dominicus con un gesto hosco.
Freddy Egg, sin percibir en esos momentos los truenos que se ciernen sobre el entorno, brincó en derredor del cuerpo tendido de Otton riéndose muy fuerte, de modo que Dominicus, molesto, se mosqueó y le ordenó, en un tono muy seco, que se fuese.
—¡Ve y fríete unos churros! —le gritó con un berrido fortísimo.
Sorprendido por el insólito rugido de su progenitor, Egg se estremeció, lleno de un convulsivo temblor, murmuró con sonrojo un perdón, se meó en el short y se fue deshecho en lloriqueos.
Como consuelo, Egg decidió invertir su tiempo en su hobby preferido: el cebe de su ciprino Junus.
—Por cierto —interrumpió Odile—, no nos olvidemos de Junus; después le pondremos su pienso.
—¡Chitón, chitón! —Hicieron todos—, ¡dejemos que el Sioux termine su elocuente y sugestivo discurso!
—Merci —dijo el Sioux.
Como dije, después de que Egg se fuese con intención de que su ciprino comiese, cogimos el inerte Otton Leipzig y lo pusimos en el living contiguo; yo le serví un tónico, le quité el levitón. Vimos entonces —¡oh Infortunio en el Infortunio!, visión que nos desconcertó, que nos destrozó los nervios, que nos puso los pelos tiesos—, vimos entonces el cuerpo de Otton Leipzig lleno de su propio crúor. Como si un enorme buitre le hubiese embestido veinte veces, mordiéndole en su cuerpo, rompiéndole en trozos los pulmones, moliéndole el pecho con el pico. Vimos horribles bichos —chinches, moscones, grillos cebolleros, lombrices, piojos, jicotes— en un merodeo enloquecedor, en un deleite por lo podrido, por los residuos de crúor viscosos, fétidos, cuyos efluvios pudieron percibirse desde lejos.
—¡Ecs! —Profirió Odile
—¡Beeg! —Hizo Emery.
—Sí —prosiguió el Sioux—, Otton Leipzig estuvo moribundo ocho noches, medio muerto, medio vivo, reviviendo por momentos con el objeto de escupirnos insultos de todo tipo, y nos reprochó, sin motivo, querer su fin. No se supo por qué nos condenó por siempre. Le dimos todos los remedios posibles, consiguiendo, como mucho, que sufriese menos. Murió en medio de horribles perjurios, echó en el último estertor un postrero grito que nos dolió por lo terrible, por lo telúrico.
Dominicus pronunció su rezo:
—Otton Leipzig, tú que fuiste mi Gurú, que reposes en el cielo donde se consumen el grupo de huríes que el buen dios moro te ofreció como presente. Seguimos el credo que, en otro tiempo, nos descubriste. Hoy cometemos perjurio, y, por siempre, con tu muerte se esfumó tu credo. En el momento en que toquen los doce golpes prenderemos fuego en los cipreses del cementerio.
El rezo concluye con un discurso sibilino que solo pude entender después: Dominicus, que se inspiró de los ritos del credo de Otton Leipzig, recogió unos bojes y les prendió fuego, cumpliéndose el incendio del cuerpo. El fuego, que duró veinticinco h., dio rescoldos que un viento fuerte diseminó por el oscuro cielo…
Ninguno de vosotros puede intuir el enorme cilicio que sobrevino entonces. Dominicus C. Butler, inmerso en su triste humor, en su hundimiento, se descuidó, llevó su cruz, subió su Monte de los Olivos, el entristecedor peso de un sollozo le hundió del todo, quedó inmerso en un sueño profundo, como el de los justos.
Nos produjo un enorme desconsuelo. Se le vio desde el rosicler hundido, sombrío, triste, un minuto después de otro. Por mucho que fuese por gusto, por costumbre, un gurmet, por no decir un glotón, dejó de comer. No pudo ni con el lunch. Con todo, nosotros le seguimos componiendo, con esmero y devoción, sus guisos preferidos: osso bucco, mero con vino Riesling, pinchos de riñones de cordero, budín chino. Pero solo pudo con pequeños boquerones, con trocitos de queso, con medio buñuelo, un dedo de fino de Moriles, un melocotón o un poco de mousse de limón. Perdió kilos. Eso nos preocupó.
Por veces se encerró en su torreón por cinco o seis noches. En ciertos momentos, en medio de lo oscuro, gritó de miedo; después se le vio de nuevo embrutecido, sudoroso, perdido. Su pelo oscuro se tornó níveo en los doce meses siguientes, lo que le dio un look de viejo.
Un entorno oprimente como ese no es el mejor que se puede concebir con el objeto de que el niño Freddy Egg, enfermizo, tímido, sin color, se pudiese curtir en el duro oficio de vivir en el mundo moderno. Dominicus, comprendiéndolo, se recriminó por su egoísmo, por el descuido de su hijo, por sus propios errores. Luego, reponiéndose, quiso, por lo menos, que Freddy Egg no tuviese que sufrir por un delito que no cometió, que no sufriese su mismo destino.
—Lo ensucié todo —me comunicó un crepúsculo—, lo pudrí todo, lo ofendí todo, lo vendí todo, lo envilecí todo. Me corromperé, me pudriré, me cubriré de moho en mi pequeño hueco, en mi tremendo error, pero, por lo menos, quiero comprometerme con mi hijo (el crío que por error se me confió entonces, pero que juré querer por siempre) e instruirlo como se debe. Desde hoy yo mismo seré su preceptor. Incluso —prosiguió—, con suerte no desespero de poder redimirme yo mismo, por muy dificultoso que eso resulte.
Dominicus se preocupó desde ese momento por los conocimientos, entonces nulos, del crío. Lo primero que comprobó fue el poco éxito obtenido con Egg por los profes del colegio público de Noirmoutier. Freddy tiene un pésimo estilo escribiendo: de tres términos se le pierde uno, suprime todos los femeninos, de los verbos solo conoce bien un tiempo, su comprensión de los textos es muy deficiente, su ingenio es un yermo. Tiene conocimiento del signo − pero no del signo +, de división pero no de múltiplos. Tiene nociones del principio de Torricelli pero lo confunde con tesis de Isidro de Robles que no tienen mucho que ver. Puede que supiese que el mote de José I es Pepe Botijo pero del porqué, ni flores. Del hesperio, pese disponer del ForcelliniPerin, no conoce sino modismos inconexos del tipo «Cuius regio eius religio», «Ex nihilo nihil», «In hoc signo vinces» o «Nihil novi sub sole», «Qui scribit, bis legit».
Dominicus curró como un negro con objeto de meter en el cerebro de Freddy Egg provechosos conocimientos. Lo hizo lo mejor que pudo, pero, por veces tutor, por veces profe, hostigó el espíritu del inútil crío con un discurso no solo complejo sino sobre todo retorcido y sin mucho contenido; Freddy Egg lo deglutió todo, sumiso, sonriente, con su mejor predisposición. Pero lo que se comprobó un mes después es que empolló sin ton ni son, como un lorito: perdido en todo lo que tiene que ver con números, lite, filo, hesperio; conoce cinco o seis verbos ingleses pero eso es todo; en su propio idiolecto se defiende, comprende, grosso modo, el sentido que tienen los tiempos de los verbos, de diez veces ocho consigue distinguir entre un sonido sordo y uno sonoro, entre un nombre y un pronombre, entre un sujeto y un complemento, entre un infinitivo y un subjuntivo, entre un indefinido y un definido, entre un imperfecto y un futuro, entre conjunción y subjunción, entre un itos y un logos, entre hipérbole y pseudogoce.
Comprendiendo su error, su fútil intento de convertirlo en un futuro genio, Dominicus se dolió por no serle posible influir en el porvenir de su estudioso hijo. Decidió corregir el rumbo y comprobó, sorprendidísimo pero muy contento, el disfrute profundo y sincero que siente Freddy oyendo tenores. Después lo pilló consiguiendo buenos tonos con un violín. Pero, pese su excelente intuición en el floreo, su fuerte es el género lírico en el que pronto exhibe dotes de exquisito tenor. Puede reconocer y reproducir todo tipo de ritmos con solo oírlos tres veces.
Por todo ello Dominicus, quien recibió en su tiempo los consejos de Rostropovich, compró un violín de sonidos un poco sordos pero de buen timbre (según se dice fue de Chopin, quien compuso con él su Concierto en mi menor) y montó un pequeño estudio donde puso incluso un pool (pool sobre el que, como se indicó en otro momento, por poco Dominicus troceó con un cuchillo el cuerpo del diminuto bebé Freddy Egg).
Desde entonces, noche sí y noche ídem, do re mi sol, sol mi re do, Freddy Egg se inició con su tutor en el sutil oficio de tenor, sol re mi do; entre crepúsculo y crepúsculo Dominicus le guio, tocó siguiendo sus gorgoritos. Freddy Egg dejó por siempre el inglés y el hesperio. Se entregó en cuerpo y espíritu, encontró en Schubert, en Listz, en Verdi, en Rossini, un goce supremo.
Si hemos de ser rigurosos puede decirse que lo hizo con oficio pero que no fue un Orfeo. Produjo los lentos muy fuertes, gritó en los crescendos, moduló peor, desentonó todo lo que pudo; en fin, que no se le dio muy bien pero encontró en ese hobby un progresivo disfrute.
Es notorio que con dieciocho otoños cumplidos Freddy Egg consiguió el selectivo. Eso sí, le costó. Después tomó su decisión, se juró un propósito. De modo que se sinceró con su tutor diciéndole lo que sigue:
—Seré tenor, es mi destino, yo seré oído en el Liceo.
—Eso es muy lejos de Pornic —sonrió Dominicus.
—Omne tulit punctum, qui miscuit utile dulci —repuso Freddy Egg exhibiendo de ese modo su empeño.
—Si tú lo dices, engreído —replicó Dominicus.
—¡No me crees! —dijo Egg, sin ningún sentido del humor.
—Muy bien, jovencito —lo sosegó Dominicus—. Seré el soporte de tu empeño. Pero si el Liceo es tu objetivo, es preciso un esfuerzo de cíclope, su selección es muy difícil. ¡Dónde se vio que todo el que quisiese pudiese introducirse en el Liceo de golpe y sopetón!
—Iré lento pero seguro —prometió Freddy Egg.
—Entonces démosle duro —concluyó Dominicus.
Freddy Egg se dedicó de lleno con el fin de conseguir su lírico objetivo, entonó, moduló, punteó, solfeó, berreó, repitió sin cese uniendo un crepúsculo con otro.
Empero, uno de esos crepúsculos, sobre fines de junio, principios de julio, Freddy Egg sufriendo, en el borde del soponcio con un réquiem de Schubert, se sentó, hundido, rendido, en el borde del pool dispuesto en el fondo del estudio y lleno de polvo por mero olvido.
De fondo se oye el sugerente ritmo de Schoenberg en versión de Dominicus, que se divierte con el violín.
De repente Freddy Egg percibe lo podrido, lo comido de un buen quinto del fieltro verde que recubre el pool. En uno de los bordes se distingue un cúmulo de puntos níveos, muy pequeñitos, guijos, riscos multiformes, curiosos trozos o trocitos, redondos o no, seguidos o dispersos, recubiertos de perifollos o sin ellos, pero, sobre todo, el conjunto ofrece, como si dijésemos, un propósito preconcebido, un objetivo concreto: no un signo impreciso, sino, en el sentido fuerte del término, un signo con contenido propio, inducido, si no por un escrito por lo menos por un quipos (hilo con nudos con el que los indios se entienden entre sí).
Pero eso no fue lo único que le intrigó. Egg creyó ver crecer el inscrito de milímetro en milímetro, de micrón en micrón, siguiendo el mismo ritmo que el violín de Dominicus. Los contó y encontró veintiséis puntos. Dominicus continuó con su concierto; Egg se quedó inmóvil en el mismo sitio con los ojos fijos sobre el mismo trozo de terciopelo y comprobó, en el momento en que por fin Dominicus, de puro rendido, dio un punteo poco fino, el surgimiento de veintisiete puntos negros: emergió un punto nuevo como recién hecho, primero viso, después vislumbre, después bultito negruzco.
—¡Viejo! —gritó Egg.
—¿Qué quieres, hijo querido? —preguntó Dominicus.
—¿Lo ves? ¡En el fieltro! El inscrito del Pincel sobre el Pretil del Pool.
—¡Señor goloso logroñés! —Profirió Dominicus, conmovido—, ¡un Pincel sobre un Polo!
—¡No, un pool, en el pretil del pool, en el fieltro, el inscrito! — Dominicus fue y lo vio. Se le nubló el sentido.
—¡De nuevo!, ¡de nuevo!, ¡de nuevo! —murmuró tres veces en un tono sombrío.
—¿Qué ocurre? —inquirió Egg, inquieto, viendo cómo su progenitor se vuelve lívido.
—Huir, tenemos que huir, hijo mío, ¡presto!