El secuestro

Georges Perec · Capítulo 12 de 31

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El secuestro

Capítulo 10

CONTENIDO DIGNO DE LOS DEVOTOS DEL CULTISMO

Emery pulsó el timbre del pórtico, desde lejos se oyó gruñir un dogo o un lebrel. Luego, llegó un mozo del servicio.

—¿Cómo sigues, Sioux? —dijo Emery divertido por el bonito sobrenombre.

—Good morning to you, Sir Emery —dijo el Sioux—, good morning to you too, Sir Severin.

Consonte, sorprendido, lo miró de reojo.

—¿Con que sí, Severin? —le dijo—, ¿con que os conocéis?

—¿Pero no lo entiendes?

—Pues lo cierto es que no mucho —confesó Emery.

—Recién te he dicho, viniendo, en el momento en que nos hemos metido con el coche en los suburbios de Pornic, que pienso referirte todos los episodios del culebrón de mi existir. Con objeto de que te enteres de lo mucho que coinciden nuestros currículi: un destino común nos unió, nos une hoy y siempre. Todos nuestros conocidos son comunes, comunes nuestros estudios, comunes nuestros poderes, común el oscuro propósito que nos tiene corriendo en veintiocho direcciones diferentes.

—Nunc dimittis servum tuum, domine —concluyó, muy cuco, Emery.

—Post mortem nihil est —replicó burlón Severin.

—Miss Odile is expecting you. Come in —dijo el Sioux, y con un gesto de recibimiento les introdujo en el vestíbulo.

Y luego, en un living-room de estilo supermoderno: visillos de níveo nylon, pufs ovoides, quinqué último grito en linternones que no hubiesen desmerecido un Noguchi, tresillos con enormes cojines ergonómicos de terciopelo, y todo un muro recubierto con un rosetón estilo op que pintó el incisivo pincel del enorme Sertinuloc.

Y Odile en un sillón, medio grogui. Emery le dio un beso en los nudillos, Severin imitó el deferente gesto.

—Chéris —dijo Odile—, siempre os he creído fieles. Dominicus quiere veros. ¡Toquemos el gong!

Consonte cogió un gong de bronce y tocó tres veces con un instrumento de iridio, produciendo un sonido poco nítido, que resonó un momento.

Entonces se presentó Dominicus C. Butler, ochentón pulido, senil, sordo, revejido. Y tocó el hombro de Wilburg con un guiño.

—Wilburg, my old friend, how do you do? —le dijo.

—How do you do? —preguntó Severin cortés, como de costumbre.

—How is your trip? —preguntó Dominicus.

—Very nice.

—Muy bueno —incidió Emery, y se supo de sus conocimientos de inglés.

Se pusieron cómodos; unos en el tresillo, otros en los pufs. Odile ofreció zumos, refrescos y frutos secos. Comieron y bebieron en silencio. Ni uno solo osó decir ni mu. Hubo toses y suspiros.

—Hoy —dijo por fin Odile, rompiendo el incómodo silenciotenemos que poner nuestros conocimientos en común y meternos de lleno en el oscuro embrollo por el que nos vemos oprimidos todos. Nuestros queridos Tonio y Ben I. Bou fueron perseguidos desde principios del mes que hoy fenece por excesivos incidentes y excesivos golpes del destino que nos confunden. Bien es cierto que excepto cinco o seis chismes, muy poco podemos decir de los pormenores que concurrieron en el secuestro de Tonio, y del repentino fenecimiento de Ben I. Bou. Pero vemos en todo esto, o creemos ver, un propósito sibilino cuyo sentido queremos conocer. Primero de todo, nos tenemos que unir: ¡juntemos los informes y luego coordinemos nuestros esfuerzos!

—Este es lo que se dice un discurso de mucho peso —dijo Dominicus.

—Por supuesto —concedió Uriel Wilburg Severin—, seguro que todos nosotros conseguimos un indicio que desconocen los otros. Con un estudio conjunto puede surgir el hilo desde el que se ilumine el horizonte.

—¡Bien! —gritó Emery

—¡Estupendo! —dijo el Sioux ofreciendo un montón de licores.

Hicieron chin-chin.

Todos se sorprendieron pues de que Consonte, orgulloso de su propio criterio, insistiese en ser el primero en exponer su tesis; pero le concedieron el privilegio de leer en público su contribución.

—Pues bien —empezó Emery incontinenti—. He leído un buen trozo, poco menos que todo, de los escritos de Tonio Vocel. Detecté en ellos cinco o seis menciones de un libro que según él contiene el quid de este complejo jeroglífico. En distintos sitios descubre ciertos pormenores que, creo, tienen como fin meternos en los misterios de ese libro sin descubrírnoslos por completo.

—Sí —reconoció Severin—, podemos decir que Tonio ocultó pero reveló, insinuó pero embozó.

—Primum vivere, deinde philosopheri —murmuró Odile, que de hesperio ni flores.

—Entonces —prosiguió Consonte— se leen trozos de Moby Dick, o de un libro escrito por Tom M. en los últimos meses de su existir, o de un libro de Isidro Perodi en edición de Cruz del Sur de 1968. Pero Vocel citó incluso el escritor del ortóptero, luego comentó pormenores del «vuelo de un insecto himenóptero», luego de un Rey Negro y, en ciertos momentos, de versos del infierno de Rimbó. En todo ello se percibe un punto común: el negro entre los términos del ser y del no ser.

—¡El Negro! —Rugió Dominicus C. Butler vertiendo el velicomen de orujo, que ensució el níveo felpudo.

—¡El Negro! —gritó Odile rompiendo, en su nerviosismo, un quinqué

—¡El Negro! —vociferó Uriel Wilburg Severin engullendo de golpe un tercio del pitillo.

—¡El Negro! —berreó el Sioux con un tono de voz estridente, que rompió tres espejos.

—El Negro, sí, el Negro —repitió Consonte—: todo converge en el Negro. Pero en los renglones en donde Tonio Vocel escribe «Negro», ¿qué pretende sugerir?

Dominicus C. Butler dejó su puf y de un escritorio cogió un dosier de unos cinco decímetros por seis decímetros y medio envuelto en un bonito estuche de piel.

—Este es el dosier que Tonio me envió recientemente: el primero de este mes, por ser precisos.

—Tres crepúsculos después se esfumó —consideró Emery.

—Sí, pero en el susodicho dosier no puso ni su nombre; solo puede leerse un cedulón que debió de ver en un periódico, lo recortó y lo pegó después en su bloc.

Y todos con Emery en el centro se convirtieron en mirones de un dosier de veintisiete folios, impolutos excepto el primer folio, un cedulón oblongo, sin dibujos, que Emery leyó en un susurro:

¿INCOLORO? ¡DE NINGÚN MODO!

(Homo lo pone todo negro).

TODO puede tener un color negrísimo, pues Homo lo pone

TODO negro: sus slips, sus sostenes, sus jerséis, sus bikinis, sus corpiños, sus ponchos, sus kimonos.

TODO: sus vestidos (de luto), sus smokings (de solemnes momentos) e incluso sus boros, sus oros (de pozos) y sus toros, sus hollines, sus tizones, sus betunes

sus petróleos, sus espinos,

sus humos, sus humores,

sus cuervos, sus diez negritos,

sus comercios ilícitos, sus porvenires tristes,

sus noches sin luz, sus eclipses,

sus mirlos comunes,

sus conjuros luciféricos, sus líquidos de escribir, sus borrones, sus errores, sus signos ininteligibles en sus escritos,

sus viejos discos de Jorge Negrete,

su rey preferido del trío del seis de Enero,

sus tés con tueste después de secos,

sus dineros no intervenidos por el fisco,

sus infortunios en el túnel que concluye en muerte y, en el infinito…

¡el Negro, el Negro, el Negro!

¿INCOLORO? ¡DE NINGÚN MODO!

—Sin un Humboldt es imposible resolver esto —murmuró compungido Emery.

—Seguiré yo —dijo Uriel Wilburg Severin ofreciendo su contribución en el grupo—. Me llegó entonces, por esos mismos tiempos, un bulto de correos sin ningún membrete que me permitiese deducir el nombre del remitente; de todos modos, lo comprendí: Tonio Vocel. Pero no sé por qué se empeñó en defender el incógnito…

—¿Qué contiene el envío? —cortó Emery hirviendo en deseos por conocer el fin del suceso.

—Un momento… Helo pues.

Cogió un bolso, revolvió unos segundos y empuñó un dibujo hecho con productos de chite, oscurecido con negro de humo, que posiblemente difuminó un pintor minucioso imbuido por el estilo propio del insigne Jerjeck en pingües mimesis del triste Clown níveo, que primero hiciese célebre un competidor de Poussin. De este modo, eliminó el color negro, y el efecto fue un boceto pulido con perfección, como los rótulos de chusque que pueden verse en ciertos pintores nipones.

—¿Nipón? —preguntó Odile.

—Sí, nipón. Y sin perder un momento —prosiguió Severin—, me reuní con mi jefe, es decir con Ernest Vincent Wright, y en Oxford con Meschonnic que nos leyó el siguiente rótulo: «Este es el escrito que copié»:

Usuzumi

Shiruserufumizo

Kurokiyori

Kurokiniutsuru

Omoitozofhiru

—Muy bonito —dijo Dominicus.

—Son unos versos, no del insigne Nerihire, sino puede que de Izumi Shikibu (se dice que fueron sus postreros versos) o del menos conocido Tsumori Kunimoto. Se editó en Goshu i shu, en un volumen que el jefe del imperio nipón recibió como obsequio. Meschonnic nos dio su versión punto por punto en expresiones de sentido unívoco, lo que nos sorprendió, pues un nipón del Depósito de Libros del United Kingdom conocido de Tonio Vocel nos comentó dos o tres veces que este tipo de versos tienen siempre tres, cinco, seis o incluso ocho sentidos distintos. Pero, según nos informó Meschonnic, el interés de este tipo de composición, que seguro constituye un enriquecimiento del corpus de libros y escritores nipones, es mínimo si se leen en el reino de Luis XIV o en el de Uriel VIII: lo oscuro, lo incongruente, lo impreciso no tienen en estos sitios ningún motivo de ser. Este tipo de versos tienen que ser concisos, incisivos, directos, sucintos, hechos de corrido, incluso si fuesen reescritos en inglés o en sueco perdiendo en el ejercicio, como es obvio, no pocos de sus posibles sentidos. Teniendo que reescribir en nuestro cheli los versos nipones, Meschonnic eligió entre cinco o seis posibles versiones este texto que os leo:

Insólito negro.

En un recorrido negro

de un finísimo plumín

un signo níveo se inscribe:

Oh, veo en éter el espíritu —Es precioso —dijo Emery—, pero hubiese preferido un escrito menos polisémico.

—Me temo que mi contribución no resulte menos inútil que lo que hemos oído —intervino Odile después de un buen momento en el que un incómodo nerviosismo no permitió que ni dios emitiese ni un solo sonido—. Todo es sospechoso puesto que por lo menos en vuestros dosieres leímos recortes de periódico o versos con menciones de un punto conocido, de un punto común: el Negro. Pero de mis documentos puede decirse que todos son independientes: si vuestros folios escritos con boli son oscuros, llenos de menciones de difícil comprensión, en los míos puede decirse que todo es nítido, positivo, reconocido…

—Pero —propuso muy ocurrente Emery— ¿y si en eso mismo residiese el quid del embrollo?…

—De ningún modo —le cortó Odile—, no entiendes rien de rien. Mi dosier no contiene ni menciones ni peritexto porque no son escritos propios surgidos del espíritu sin sueño de Vocel sino cinco o seis ejercicios de otros que, por ser muy conocidos, no tienen, según nuestro modo de ver, ningún interés específico.

—Si te decides y nos lo lees, le entenderemos mejor —le espetó Dominicus.

—Entendido —dijo Odile—. En los ocho soles que precedieron el envío de los incongruentes pliegos con el sorprendente postscriptum en el que Vocel dijo sentirse de peor en peor, yo recibí por correo un sobre un poco gordo en el que encontré:

»1. Un breve cuento de un supuesto Isidro de Robles, cuyo título es “Los dos soles de Toledo”, un precioso volumen in-16 cubierto por cuero moro con unos filetes de oro fino recorriendo su lomo del que me prendé. Pero como cuento lo encontré flojillo;

»2. Seis composiciones en verso de distintos estilos y con predominio de escritores ibéricos que todos leímos en los libros del cole, en un Vicens-Vives o en un Bruñón o en un Edelvives. Los copió los seis verbo por verbo, nombre por nombre, sin poner él mismo de su propio puño en los rincones del folio ni un solo escolio:

»—Espíritu sin nombre de Bécquer

»—Verde que te quiero verde de Federico

»—Recuerdos del que murió en Collioure

»—Como el toro de Miguel Hdz.

»—Versos del impresor, de El Chileno

»—Voyelles de Rimbó

»En distintos sitios cinco o seis hemistiquios tienen como fondo los motivos preferidos de Tonio: lo oscuro, lo níveo, el secuestro, el sortilegio. Pero creo preferible que los consideremos como simplemente contingentes.

—Es posible —respondió Emery—, pero no tenemos mucho donde elegir: si Tonio estimó conveniente reescribir fielmente esos versos, ¡no tenemos otro remedio que ver en ello un indicio!

—Bueno, ¿los leemos o no? —Se inquietó Uriel Wilburg Severin—. Primero esos versículos son muy bonitos; después, no es imposible que nosotros detectemos un vínculo que Odile no percibió.

Por fin los leyeron:

ESPÍRITU SIN NOMBRE

Espíritu sin nombre,

indefinible cuerpo,

yo vivo con los vivos

sin moldes del concepto.

Yo voy por lo infinito

del sol tiemblo en el fuego,

floto en un cielo umbrío

y entre nubes rielo.

Yo soy el fleco de oro

del remoto lucero;

yo soy en el crepúsculo

brillo tibio y sereno.

Yo soy nimbo rojizo

y en el poniente ondeo;

yo soy sierpe celeste,

luminoso destello.

Yo soy nieve en los picos,

soy fuego en el desierto,

color índigo en los pontos,

y junco en los riberos.

En el violín soy

perfume en el romero,

luz breve en el sepulcro

y en el pórtico helecho.

Yo trueno en el torrente,

y silbo en el destello,

y ciego en el relumbro,

y rujo en el turbión.

Yo sonrío en los montes

susurro en el espliego

suspiro en el rocío,

y lloro en el esqueje.

Yo ondulo en corpúsculos

de humo que subiendo

con lentitud se pierde

en círculos inmensos.

Yo en los hilillos de oro

que tienden los insectos,

en el sopor de estío

me mezco entre cerezos.

Yo corro entre dos sílfides

que en el recodo fresco

de los límpidos ríos

en cueros se entretienen.

Yo, en Reinos de Neptuno

do mil buques se hundieron,

persigo por los fondos

hespérides muy leves.

Yo en los refugios profundos,

donde el sol es un sueño

en medio de los gnomos

sus tesoros contemplo.

Yo busco de los siglos

inexistentes restos,

nombres en el olvido

de imperios que refulgieron.

Yo sigo en veloz vértigo

de los mundos el vuelo

y mis ojos envuelven

el Universo entero.

Yo sé de esos pueblos

do el rumor es incierto,

do informes meteoros

quieren vivir el tiempo.

Soy en el precipicio

el puente venidero;

yo soy el lien ignoto

que une cielo y suelo.

Yo soy el invisible

broche que sostiene

el mundo de los signos

y el mundo del concepto.

Yo, en fin, soy ese espíritu

desconocido cuerpo,

perfume misterioso,

de quien escribe el verso.

BÉCQUER

VERDE QUE TE QUIERO VERDE

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verde helecho.

El velero en el confín

y el corcel en el sendero.

Vestido el perfil de noche

cubre su porche de sueños,

verde cuerpo, pelo verde,

con ojos de fríos reflejos.

Verde que te quiero verde.

Con luz del nocturno espejo,

los seres lo ven de lejos

su rostro no puede verlos.

Verde que te quiero verde.

Enormes flores de frío,

vienen con el pez de humo

que sigue el orto en el cielo.

Con los brotes de su tronco

el olivo pule el viento,

y el monte, zorro furioso

yergue sus picos violentos.

Pero ¿y si viene? ¿Y por dónde?

Sigue de pie en su otero

verde cuerpo, pelo verde,

con sueños de inmenso cielo.

FEDERICO

RECUERDOS

Mi niñez son recuerdos de un vergel del sur índigo, y un huerto límpido donde crece el limonero;

mi juventud, veinte y pico en el reino de Rodrigo; mis gestos, ciertos hechos que referir no quiero. Ni un seductor Tenorio, ni un celemín he sido

—bien conocéis mi porte, mis modos sin componer— pero noté el punzón que me reservó Cupido,

y veneré lo hermoso que mujer puede tener.

No ignoro lo nuevo, guerreros conceptos,

pero mi verso surge de un pozo sereno;

y soy, no un hombre corriente, seguidor de preceptos, sino, en el buen sentido del término, bueno.

Reverencio lo bello y, en el moderno gusto,

corté los viejos lirios del huerto del Edén;

pero, entre los que escriben, desdeño hueros bustos,

y odio, con motivo, los cisnes de Rubén.

Ignoro pues los ripios de los tenores huecos

y el coro de los grillos con sus lloros contritos. Me detengo y distingo lo que es voz de sus ecos, y escucho, en lo confuso, solo uno de los gritos.

¿Pretérito o moderno? No sé. Ceder quisiese

mi verso, como ofrece el coronel su estoque:

conocido por el puño viril que lo rigiese,

no por el orfebre de docto y ducho toque.

Converso con el hombre que vive en mi interior —quien solo se discute Supremo ser concibe—; mi soliloquio es roce con este Superior

preceptor del secreto que lo triste cohíbe.

En fin, yo poco os debo, debéisme lo que he hecho. En mi oficio cumplo, por mi dinero tengo

el terno que me cubre y el confort de un techo, el trigo que me nutre y el jergón donde vengo.

En el momento justo del último tormento,

subido en el velero que no puede volver,

me veréis en el puente ligero de indumento,

semidesnudo, como los hombres sin poder.

EL QUE MURIÓ EN COLLIOURE

COMO EL TORO

Como el toro he vivido con el luto

y el dolor, como el toro siento el peso

en mi piel de un terrible hierro impreso

y en mi ingle, por ser hombre, llevo un fruto.

Como el toro lo cree diminuto

todo el deseo que hierve en exceso,

y encendido por el rostro del beso como el toro tu querer lo disputo.

Como el toro me crezco en el hostigo,

noto mis dientes húmedos de muerte y llevo en el cuello un tifón sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,

y con un estoque hieres mi suerte,

como el toro vencido, como el toro.

MIGUEL HDZ

VERSOS DEL IMPRESOR

Yo en vosotros

recojo

no solo reflexión

y lid,

sino vuestros vestidos

sentidos y sonidos:

de glorioso «gujero» …

EL CHILENO

VOYELLES

(negro), E níveo, I rojo, U verde, O celeste:

diré en un futuro vuestro íntimo celo:

Oscuro corsé de insectos en hueste,

sobre el hedor cruel en continuo revuelo.

Sombríos golfos; E, nubes y toldos,

viento del fiordo, Rey níveo, olor de lirios;

I, rubí, flujo expulso, risueños vicios,

en el furor o en el licor de los tormentos;

U, ciclos, temblor del líquido elemento,

sosiego del verdor, sosiego del momento

que un surco imprime en frentes de estudiosos.

O, supremo gong, rumor de confines,

Silencios de mundos y querubines:

¡O, el ómicron, fulgor índigo de Sus Ojos!

RIMBÓ