El secuestro

Georges Perec · Capítulo 26 de 31

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El secuestro

Capítulo 24

 

DEL DUDOSO PROVECHO QUE UN MELLIZO CONTRITO

OBTUVO DEL BOTÍN QUE LE DEJÓ UN BOMBO

Pero, prosiguió Uriel Wilburg Severin, nuestros progenitores recibieron un duro revés del destino. En el Clínico del Buen Job, en México, tuvieron no uno sino tres bebés juntos. Por un oportuno golpe de suerte (si no nos hubiesen suprimido en el momento), tu progenitor que, según el precepto de su tribu, hubiese debido de ver el feliz momento, tuvo que coger un vuelo con destino New York pues, experto en comercio exterior, no pudo decir que no frente el ofrecimiento de un increíble stock de xilófonos, juguetes novedosos que fueron un boom en los cinco continentes y, sobre todo, en Izmir.

Su mujer pronto intuyó el proceder del esposo, de regreso de sus negocios: un sentimiento de repulsión frente los tres niños, puesto que por ley solo les puede corresponder uno.

En un impulso protector con el fin de defender nuestro futuro, pidió el socorro de sor Virtudes, quien, comprendiendo el peligro, obró con solicitud.

Se quedó entonces un bebé en el clínico, huyendo sor Virtudes con nosotros, lo que evitó que pereciésemos.

—De modo que —dijo Emery— mi progenitor, si he comprendido bien, solo pudo ver un hijo.

—Eso es. Se le ocultó que tuvo tres muñecos mofletudos y se disimuló nuestro nombre en el registro, poniéndonos los nombres de dos engendros mellizos que murieron en un dormitorio vecino justo en el mismo momento en que nosotros vimos el sol.

—Pero entonces, si no tuvo conocimiento de nosotros, ¿por qué nos persiguió?, ¿por qué se enfrentó con nuestros hijos?

—Unos lustros después, su mujer cogió un virus terrible, mesenteritis con congestión. Se postró en el lecho. Un Obispo vino y, después de oír su confesión, le concedió el perdón y le dio los óleos. Pero el Obispo no respetó el secreto de confesión. No obró con rectitud. Simonizó. Hizo comercio ilícito, concusión, colusión. Intuyó un beneficio seguro. Ofreció su secreto por dinero. Un primo segundo o tercero, confidente del Delfín de turno, se enteró del suceso. Tu progenitor recibió un buen denuesto por no seguir con el código de su tribu, por su desprecio del quórum, y después, como correctivo, se ordenó el homicidio de su hijo, ¡tu tete!, ¡mi tete!

Conociendo el fervor que nuestro progenitor experimentó por su hijo, en el que vio un futuro Delfín, no es difícil comprender que su muerte le supusiese un golpe terrible. Perdió el juicio. Nos odió y pensó que sin nosotros su hijo no hubiese perecido. Juró un inclemente cerco, juró nuestro exterminio, pero solo después del exterminio de nuestros retoños con el objeto de que supiésemos lo que es el dolor por un hijo perdido.

—Pero ¿supo entonces de nosotros? ¿Supo de nuestros hijos?

—No. En ese momento no supo ni mu, ni de nosotros ni de sus nietos (por entonces inexistentes). Pero desde ese momento solo tuvo un único objetivo: conocer dónde y con quién huimos, quién nos cuidó y en qué sitio crecimos.

Primero, persiguiéndonos con un hocico que hubiese puesto verdes de celos los rostros de veintitrés tribus de Hurones, se presentó en México, desde donde, cinco lustros después, rehízo el mismo recorrido sinuoso emprendido por sor Virtudes.

Se personó, de este modo, en Exeter, un pueblo muy conocido donde nosotros recibimos instrucción y donde nos dieron el cuerpo del Señor. Pero sor Virtudes presintió el seguimiento de nuestro progenitor. Nos fuimos de Exeter, y estuvimos un tiempo en Tiflis, luego en Tobolsk y por fin en Oslo. El mes en el que cumplimos dos lustros sor Virtudes murió sin poder decirnos el porqué de nuestro oscuro destino venidero.

No seguimos conviviendo. Te metieron en un hospicio de Uskub, del que huiste tres inviernos después, pero te embistió un coche y perdiste todos tus recuerdos.

Yo tuve otro destino, Hull, donde me recibió un primer bombo, quien, percibiendo mi predisposición por el conocimiento, me inscribió en Oxford.

No supimos el uno del otro. No supe qué fue de ti. Tú no supiste ni mi nombre. Pero yo sí que te eché de menos, entristecido por nuestros recuerdos comunes.

Cumplidos los veintiséis me doctoré y el Instituto de Difusión del Hesperio me ofreció un puesto de lector en Szolnok. Como docente, el sueldo es pequeño, pero dispones de mucho tiempo libre. Yo, por ejemplo, solo di seis lecciones por mes. Eso me permitió dirigir mi ocio en un sentido provechoso y, puesto que un tren cubre frecuentemente los pocos kilómetros entre Szolnok y Uskub y no supone mucho tiempo, me interesé en conocer qué te sucedió.

Pero en el hospicio de Uskub no supieron decirme qué fue de ti. Recorrí incluso los confines del territorio. Un pintor en ciernes, poco prometedor pero muy diestro, me hizo con un plumín, según los indicios que le dieron en el hospicio, un dibujo robot muy bueno, si bien remoto, pues el rostro fue el del niño de trece inviernos, no el del hombre hecho y derecho.

Enseñé tu dibujo y esperé recibir informes fidedignos de rústicos, de vendedores, de titiriteros, de impresores, de ejecutivos o de polis, pero ninguno de ellos pudo decirme rien de rien.

Concluido el tiempo de mi puesto en Szolnok, me fui de Uskub sin obtener ni un indicio, sin conseguir que mi inquisición diese el mínimo fruto.

Entonces me ubiqué en Regensbourg, donde el Foro Von Humboldt me cubrió de oro por mi contribución en el imponente estudio de Benveniste sobre el sometimiento de los sonidos implosivos en el decir del Bororo, especie de idiolecto de los Hurones que sigue el ejemplo del Berebere en el uso de «ll» sordo en los fines del nombre de género no femenino, y en doce meses me presenté tres veces (entre el diez y el veintitrés de febrero, el veinticinco de junio y sobre el quince de octubre) en Uskub, donde continué, con celo, mi inquisición.

Posteriormente mi conclusión se impuso, nuestro convivir cesó con diez eneros. Pero si bien yo me preocupé por tu destino, tú no hiciste ningún intento de reencuentro. No di con el motivo de ese desinterés tuyo. Me resigné y me dije «puede que muriese». Pensé en tres hipótesis: o bien moriste huyendo del hospicio, o bien te secuestró un delincuente, un chorizo; o bien, por último, un choque terrible, un golpe repentino hizo que perdieses el sentido, tu instinto, tus recuerdos, con lo que se quebró el incierto referente, cimiento de tu cogito.

Necesité mucho tiempo, pero ¡por fin!, estuve seguro de mi hipótesis, un supuesto muy verosímil.

Después consulté un montón enorme de inscripciones, registros, informes, periódicos, edictos, dosieres, recensiones, fui de flor en flor, de institución en institución, visité el metro, el depósito, el clínico, el puerto, los docks, los comercios, consiguiendo por fin que me diesen informes sobre un joven sin domicilio fijo; en fin, un Segismundo que fue visto recorriendo Puesto-Pronto, enorme pueblo vecino de Uskub.

Me dijeron que el joven, esquelético y con los pies heridos, no pudo entenderse con ninguno por no conocer el idiolecto.

En todo eso pude ver, primero por intuición y después por convicción, un indiscutible punto de inicio. Me presenté en Puesto-Pronto, donde me entrevisté con un rústico que, enternecido, lo empleó como ovejero. Le ofreció un techo, un lecho y un mendrugo. Él me confirmó en mis supuestos, reconociendo mi dibujo-robot.

De este modo, después de por lo menos seis inviernos de intentos infructuosos, pude entrever el hilo que debiome conducir en tu encuentro.

Me enteré de que, huyendo del hospicio, te embistió un vehículo y de que te sumiste en un olvido profundo, completo, por lo que no supieron ni tu nombre ni tu origen.

Muy pronto tu mente se despejó, desmintiendo los rumores sobre tu estupidez. Tu juicio volvió y todos pudieron percibir en ti un fuerte intelecto con los números. Un profesor del instituto del pueblo te procuró un globo terrestre y pronto consiguió que el rústico permitiese que te diesen instrucción en serio.

Hiciste tres cursos en Puesto-Pronto. Por veces tuviste que oír de los chiquillos el insulto de ¡expósito!, ¡expósito!, término mordiente con el que quisieron poner de relieve el hecho de no tener un nombre. De ese modo Expósito te quedó como mote y temiste tenerlo por siempre, no poder verte libre de él. Pero en el momento de irte de Puesto-Pronto elegiste como nombre «Emery Consonte», el nombre del profesor de instituto que te lo enseñó todo.

Quise tener un encuentro con Emery Consonte. Pero me presenté en el instituto seis cursos después de que se hubiese ido. Un primo suyo me dio su dirección en Zúrich, donde fui, seis meses después, con motivo de un simposio. Pude verme con tu tutor Emery Consonte, quien no supo decirme tu domicilio, si bien me informó, sorprendido, de que un individuo viejo, pero movido por un odio terrorífico, le inquiriese por lo mismo que yo.

Eso me intrigó. ¿Quién si no yo puede tener interés por ti? ¿Quién es el que te persigue?

En todo momento tuve el presentimiento de un peligro terrible cerniéndose sobre nosotros. De noche sufrí convulsiones, delirium tremens, por un sueño recurrente: un homicidio.

Soñé con un crepúsculo en el que sor Virtudes, interrumpiendo nuestros juegos de yoyó o de trompo y poniéndonos sobre sus muslos, nos dijo en un susurro: en un sitio remoto vive un hombre Peludo que os tiene odio, debéis temerle porque os persigue y si tenéis un hijo deberéis protegerlo noche y sol si queréis verle crecer.

Todo en mi sueño me resultó confuso, remoto. Necesité un mínimo de ocho noches pero por fin le encontré sentido.

Entonces, de golpe, recordé México y el clínico, conseguí un teléfono y me enteré, punto por punto, de lo de los trillizos, del truco de los nombres con el fin de que no nos destruyesen en ese mismo momento de modo terrible, y de que sor Virtudes nos recogió y huyó con nosotros. Supe, por el mismo procedimiento, que un hombre Peludo irrumpió en el clínico y juró ¡ojo por ojo y diente por diente! en nombre de su Hijo muerto.

De este modo quien en un principio todo lo ignoró se enteró de mucho. Se cercioró de tu nombre, se entrevistó con tu tutor Emery Consonte, le costó diez eneros pero hoy se cierne sobre nosotros, nos persigue inclemente.

Frente un empeño cerril, excesivo, frente un seguimiento sin respiro, sin cese, comprendí que su único objetivo es nuestro exterminio o, mejor: tenernos en su poder, ver cómo mueren nuestros hijos y después ver cómo nosotros fenecemos.

Quise que tú tuvieses informes sobre ese odio que se combinó con un poder enorme (pues su persecución fue por los cinco continentes). Pero ¿en qué domicilio estuviste tú entonces? ¿Dónde viviste? ¿En un hotelito? ¿En un building de New York? ¿En un cuchitril de Vichy? ¿En un edificio con flores en los tiestos de un suburbio medio rústico de Múnich o de Vigo? ¿Supiste que te quiso destruir? ¿Tuviste descendientes? Muchos puntos de incertidumbre sobre los que tuve que inquirir con esmero sin perder un segundo.

Seguro que hubiese podido dirigirte cinco o seis S.O.S. por televisión o en el periódico. Lo pensé mucho tiempo, pero no lo hice porque temí que los pudiese oír o leer el Peludo.

Justo en el mismo momento en el que Emery Consonte, tu mentor, se interesó por tu suerte, mi benéfico protector, el virtuoso del bombo, murió.

Como no tuvo otros herederos me dejó múltiples posesiones: veintiséis rubíes, enormes, bellos, puros, sobre todo uno que se cotejó si no con el Ko-Hi-Noor, sí, por lo menos, con el Big-Mogol por el que Rockefeller, el indiferente Creso, me ofreció mil millones.

De este modo, libre de inquietudes, dejé el curro por un tiempo y te dediqué todos mis esfuerzos en cuerpo y espíritu.

Pero primero de todo quise conocer dónde se inició el sufrimiento que se cernió sobre nosotros e inquirí en origen sobre el individuo que nos persiguió.

Me presenté pues en Izmir. Pero en el control fronterizo un poli se dio tono, dio un bote sobre mí y me gritó:

—¡Enséñeme el cúbito!

Su duro tono me sobrecogió pero me quité el jubón. Se puso sus lentes, cogió mi cúbito derecho y lo escudriñó. Después gritó de puro contento y me introdujo en un edificio próximo, dominio de un individuo de modos corteses, su jefe —supuse—, pues, pese su vestido civil, un jersey muy corriente, noté los rígidos formulismos con los que el otro se le dirigió.

—¿Qué sucede? —le preguntó el director con vivo interés.

—Sucede, jefe —le contestó mi hombre en turco (sin prever mi conocimiento de veintiséis de los idiolectos del Poniente y, por consiguiente, mi cierto dominio del turco)—, que es un Individuo del Grupo; tiene sobre el cúbito derecho un signo distintivo. Solo con verle lo he reconocido y es que ¡tengo un instinto finísimo!, como bien dice todo el mundo.

No se equivocó. Yo tengo sobre el cúbito derecho un surco fino y lechoso, que es un símbolo en el que se pueden ver, grosso modo (como en el Zohir con el que se sorprendió Dominicus o como en el símbolo níveo que Negrete dibujó en todo tipo de epidermis), dos segmentos convergentes con un guion en el centro. Siempre ignoré que fuese congénito.

—¿Qué? —dijo su jefe—. Quiero verlo.

El segundo, pues como segundo se comportó en todo momento, un Bedel, según se les conoce en ese sitio, me sujetó el cúbito y su jefe, después de verlo, le dijo con un quejido:

—Inch el Dios de los Muslimes, dices bien, Nuredin Ibn Seif Ibn Lotfi, te mereces un premio, pero —continuó diciendo sugiriéndole que se fuese— no lo cuentes, si no todo puede ser un horror.

—Chukr —dijo en el momento de irse Nuredin Ibn Seif Ibn Lotfi.

En silencio, su jefe me mostró un sillón. Me senté. Me ofreció un pitillo rubio de perfume persistente, como el de los puros fuertes. Después hizo un gesto con los dedos: vino un chico y le pidió té de flores, líquido que los turcos de buen gusto beben por litros.

—¿Conoces el inglés? —preguntó.

—Yes —je répondis, en english.

Entonces conversé con él en inglés o, mejor, espiqué en inglés con él. Me comunicó el censo de veintitrés hombres con tifus en Izmir y me indicó que mi inmunición frente el virus no surte efecto (lógico, pensé, solo me inyecté de pequeñito). Por consiguiente, se me prohibió de modo rotundo irrumpir en Izmir.

No se me ocultó, en este proceder médico, el disimulo de un motivo de otro tipo, pero intuí que, de no verme suficientemente convencido, el hombre hubiese puesto todo su empeño con medios expeditivos y violentos si fuese preciso.

Su deber de detener todo individuo que exhibiese en su piel un fino surco lechoso, todo «Individuo del Grupo», como dijo el segundo Nuredin Ibn Seif, se me hizo evidente. Pero ¿por qué ese férreo control? ¿Por qué ese miedo de Izmir frente un tipo del «Grupo»?

Temiendo que se enfureciese con inquéritos del tipo por qué-cómo-dónde sobre su Veto utilicé un truco ingenioso.

Simulé ser el típico individuo obediente, temeroso del peligro del que le previenen y me fui corriendo del control fronterizo en mi Mercedes último modelo, frené poco después en un pueblo próximo inscribiéndome en un hotel del que no me moví en ocho noches.

Me tinté el cuerpo, me teñí el pelo, me coloqué un ridículo bigote postizo y me puse un ferreruelo gris: me volví otro. Entonces me mezclé con el grupo de histriones que cruzó el pueblo con destino Izmir. El show de estos titiriteros, uno de los festejos promovidos con motivo del estreno del Bingo del Municipio, me sirvió de pretexto pudiendo de este modo, confundido entre ellos, conseguir un permiso, un sello, e introducirme por fin en Izmir.

Un colegui me escribió un informe que recibió un jurisperito de Izmir. Dejé el incógnito del ferreruelo, me puse mi vestido de europeo pero conservé el bigote postizo y le sumé un monóculo, lo que me confirió un porte distinguido.

Pero no solo eso; temiendo que me quisiesen ver el cúbito, me lo vendé, como si fuese uno de esos recién intervenidos en el clínico de un forúnculo o del muerdo de un insecto con veneno que exhiben el cúbito en suspensión.

Me presenté en el domicilio del jurisperito. Juzgué conveniente no referirle mi inquietud puesto que su expresión de zorro me hizo temer los modos de un fullero. Me inventé un cuento y me otorgué el título de estudioso del folclore cuyo único objetivo es el compendio enciclopédico de dichos, proverbios, chistes, locuciones, versos, costumbres y usos.

El destino quiso que ese fuese, justo, justo, su hobby preferido, y sonriendo me comunicó todos sus conocimientos.

—¡Empecemos! —comenzó diciendo—, ¿conoces el Cuento de los Sisones?

—No.

—Entonces debes oírlo, es bellísimo:

Con el son de un cornetín que siempre interpretó El oro del Rin, Ismet Bey, un jefe turco pequeñito y gordo como un oso, en resumen, un rollizo gordinflón, engulló col, legumbres, fideos en un jugo inmundo, un jugo rehervido, un jugo que cogió un gusto mohoso o podrido. En el fondo de su tresillo, un minino degustó sus bofes. Ismet Bey regoldó, luego engulló un guiso. Bueno, dijo, empecemos. Intrépido, cogió su fusil, su escudo, sus municiones y su bombo. Recorrió montes, bosques, senderos, cerros sobre su corcel preferido. Sin conocer su destino se enfrentó con un león que seguro que comió el herén en el vergel; el león creyó que hubo muchos pedruscos sobre peñones. El jefe turco gritó: ¿Con qué fin? ¿Tiene solución el engendro? ¿El chisme? Con ese fin hubiesen sido precisos cómputos numéricos. Sumó tres y cinco, le dio ocho; sumó seis y uno, se encontró con ocho menos uno. ¿Qué?, dijo el imbécil embrutecido, ¿un cómputo? El jefe turco fue muerto; el león, del mismo modo, corrió como un loco y murió.

Lo felicité. Hubiese querido discutir sobre ciertos puntos de interés pero el jurisperito me lo impidió prosiguiendo con su discurso:

—Luego tienes el Cuento del Tubérculo:

Tubérculo quieres ver

Loco guerrero sin querer tormento del suspiro Profundos bosquetes en un muguete negro

Por un hecho de ilusión

Borriqueros deportivos de lirio níveo

En todos nuestros términos, terrenos grises en el contorno del potro perlino

Duerme un pez, un opositor

Terruño inhóspito, imperfecto

Cómputo, excepto el computer

Por Belenos

Ve niño un Helvético pendón del bote de oro

Pedí un bis. Él se inclinó, descubriéndose, contento. Juzgué el momento propicio y entonces le pregunté si, entre el montón de instrucciones en que estuvo presente, no supo de por lo menos cinco o seis informes jugosos de los que se puede obtener provecho.

Puso un gesto triste y frunció el ceño, percibí lo peligroso del terreno.

No existe, dijo, en todo Izmir, por seguir tu ejemplo, sino un hecho jugoso. Pero, créeme, en ningún momento es objeto de mención. Todos conocen el cuento de, por lo menos, un tío chismoso que no pudo concluir su…

Seguro que hubo un punto cierto en su discurso pues de repente se desplomó: un tiro poliédrico estrió su frente, fruto de un proyectil surgido del revólver de un diestro pistolero que, desde un edificio próximo y por medio de un teleobjetivo, pudo, rompiendo un vidrio, ser certero y conseguir un tiro en principio muy difícil.

—¡Joder! —murmuré entre dientes.

Me puse muy nervioso, no metreví moverme. De repente un pequeño pedrusco se precipitó; de un extremo del cordón que lo envuelve pende un enorme brístol en el que puede leerse:

VETE, COLEGUI, SI ES QUE QUIERES SOBREVIVIR

Un cuño vermellón con el dibujo de un encubierto con gesto imponente, como de rey del Ku Klux Klub, esgrimiendo un pendón de tres frentes, rubricó este consejo.

En un principio lo consideré un hecho fortuito: el jurisperito debió de meterse en un negocio no muy limpio; temiéndose que, movido por el deseo de lucro, pudiese ser indiscreto, se le liquidó con el fin de que no metiese el pie y con lo mismo, meterme miedo en el cuerpo y que desistiese de mi cometido.

¡Pero me incliné sobre el jurisperito y pude ver sobre su cúbito derecho el inoportuno signo níveo típico de todo miembro del Grupo! ¡Un duende pérfido me hizo elegir como cicerone un enemigo!

Me costó decidir dónde ir. Lo que sí se me hizo evidente fue el deseo de huir de Izmir, un deseo muy fuerte del que no supe el porqué. Pero seguí sin conocer el motivo de un odio fuerte como ese.

Fue preciso que un contexto oportuno y un no menos oportuno quiproquo coincidiesen. Por fin, un sol después, se hizo luz en mi coco.

Elegí no lejos del zoco de xilófonos (pocos conocen que Izmir tiene el primer puesto, sobre Tokio y Vienne, en el comercio de xilófonos viejos) un escondite que creí seguro. Lloré en él, hecho un ovillo, encogido, temiendo en todo momento que irrumpiese un pistolero.

De noche escuché, de golpe, un enorme ruido, proveniente del foro. Controlé mi inquietud y me debrucé sobre uno de los ojos de buey de mi escondite.

De este modo pude distinguir, en medio del imponente foro del Consejo Civil, construcción sin proporciones, bloque ciclópeo de pórfido de un color rojo chillón, un octeto incongruente constituido por tres violonchelos, un corno inglés, un xilófono, un oboe, un bombo y, por último, un tenor que entonó en un pseudobordón, siguiendo los tonos monódicos, un Repertorio confuso que contó el Secuestro de un Rey níveo que, muerto y todo, se comió veintiséis súbditos, uno por uno.

Tiré veinte kurus en el sombrero de los músicos, les felicité pues consiguieron divertirme con su buen oficio; me deleitó su humor burlón, si bien sutil, ingenioso, si bien hermético; me gustó su tipismo, punto imprescindible, en el que, en mi opinión, reside el Superego turco.

Poco después, sentí deseos de comer y pedí que me subiesen, de un bodegón próximo, un guiso de cordero, un riñón frito y un melocotón.

Subió un mozo y peroré con él. En un principio nuestro discurso no tuvo ni ton ni son. Después él quiso conocer mi opinión sobre el octeto. Le dije que me gustó y después le expliqué:

—El Cuento del Rey Níveo me gustó sobre todo por su humor, por el ingenio de su inventio.

—¡Su inventio! —se indignó el chico—, pero si no tiene ni un poco ni un mucho de invención. Es un hecho cierto. En este pueblo todos conocemos un Grupo cuyos miembros tienen un símbolo distintivo, un surco fino y leve en el cúbito derecho. Sobre ellos, en el vértice del Grupo, rige un Rey que dispone de todos los bienes…

Oyéndolo cerré de modo instintivo mi puño sobre el cuchillo escondido en el fondo de mi sobretodo, sobretodo que me puse con el pretexto de tener frío después de ver por el ojo de buey el Repertorio completo de los músicos. Juzgué conveniente defenderme de un tipo que bien pudiese mentir, sugerir, con el fin de producirme después un golpe certero.

Pero me equivoqué. Ese chico —sin doblez— resultó un perfecto ingenuo. Me informó, punto por punto, pero no sin un montón de omisiones, del motivo del odio que, cernido sobre el núcleo del grupo, brotó sobre tu ser, sobre mi ser, sobre nuestros seres.

No confié en el silencio del sirviente que, si me lo dijo todo, del mismo modo pudo repetir ese cuento frente todo cristo. Y el cotilleo en cuestión puede poner un precio en el conjunto de menudos que constituye el bonito individuo que soy. En fin, que liquidé el inconsistente mozo, no sin oír el principio y el fin de todos los pormenores que me refirió.

Después, consciente del riesgo que se corre si se pierde tiempo en huir, no busqué los tres pies de ningún felino doméstico y me fui sin decir ni mu de Izmir, pueblo que execré por siempre.

Tres soles después me presenté en Zúrich. Me precipité en el domicilio de Emery Consonte, deseoso de repetir todo lo que supe en Izmir, creyendo que él, como yo, hubiese descubierto ciertos indicios sobre tu suerte.

Pero Emery pereció, le metieron por lo menos dieciocho plomos en el cuerpo, justo en el momento de beberse su primer té después del reposo nocturno.

Su vestido de noche semejó embeber todos sus glóbulos rojos. Su iris se puso como uno de esos vidrios redondos de colorines por los que muchos pilluelos riñen en el juego de bote en el recreo del cole.

De ese modo, me encontré conociéndolo todo sobre el terrible destino que nos persigue pero no pudiendo descubrir tu domicilio.

Me presenté en todos los sitios: en Corte, en el golfo del León, en el río Loire, en Joigny, en Estocolmo, en Túnez, en Fez; en todos sitios consulté reconocidos listines, pero no encontré tu nombre; en todos sitios frecuenté cónsules y polis, pero no me dieron en ningún momento ni un indicio sobre ti…