El secuestro

Georges Perec · Capítulo 21 de 31

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El secuestro

Capítulo 19

DEL QUE MUCHOS PUEDEN DECIR DE SEGURO QUE OFRECE

UN MONTÓN DE CONTRIBUCIONES IMPRESCINDIBLES

—Bueno —dijo Tonio con tono convencido—. ¡Dirección Urbino! Conduciremos incluso de noche, por turnos; pero no iremos de momento, porque primero es preciso que nos enteremos de qué quiere decir un inscrito en negro sobre el borde del juego del pool.

—Pero ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en todo esto el inscrito del pool? — preguntó Dominicus.

—De ese modo empezó el Tormento que se cernió sobre tu hijo. Pues existe un punto que no confesó: tenemos conocimiento de que te quitó el Zohir, pero no supimos qué hizo con él después.

—Entonces, el inscrito… —Dominicus se puso lívido.

—El inscrito nos puede decir (lo deseo, no es que esté seguro) por qué el Tormento se prendió en el Zohir.

—Pero ¿quién puede entender lo que quiere decir?

—Yo —dijo Tonio Vocel, seguro de sí mismo—. Egg me hizo un croquis impreciso del que hice un estudio profundo: incluso consulté con un estudioso del Instituto y con el CNRS. Tengo, en estos momentos, si no un completo conocimiento de todos los puntos, por lo menos dos o tres nociones que, seguro, nos pueden resolver el enredo o, por lo menos, pueden desobstruir el sendero.

Quisimos, pues, ver el pool. Vocel no se quedó lejos y tocó levemente el inscrito. Luego, con un monóculo, escrutó, uno por uno, todos los grupitos de misteriosos puntos negros.

—Sí —murmuró por fin—. Soy un genio: esto es un ketún.

—¿Un ketún?

—Ketún o ketune, nombre común por el que se conoce un tipo de inscripción muy corriente entre ciertos pueblos de México. Tiene usos no muy útiles; su función consiste en poner por escrito un dicho, un proverbio, un verso, un ordo o un rótulo en el sector inferior de un obelisco, de un monolito.

»Es, por lo común, un conjunto de signos que refieren siempre momentos vividos sobre un cómputo de unos siete trienios: los meses, los plenilunios, los solsticios y equinoccios, los hechos del rey, los éxodos y los vientos; pero en estos rótulos puede leerse, si no un cuento entero, por lo menos un hecho que, lejos del simple devenir, consigue un interés estilístico…

—Luego, si crees que esto es un ketún, ¿puedes entender qué dicen esos signos? —preguntó Dominicus, quien hubiese querido comprender todo de vez.

—Oh, no —sonrió Tonio Vocel—. Debemos meternos de lleno en el empeño —y el reloj dio doce toques—; lo que quiere decir lo entenderemos después: primero tenemos que recorrer un sendero que nos trueque el signo (inscripción que vemos hic et nunc) en símbolo y este nos dé su sentido oculto.

»Pero es preciso primero entender los símbolos del jeroglífico. Pues, como ves —continuó Vocel—, lo difícil lo tenemos en que no existe un corpus completo. De momento solo hemos comprendido, como mucho, un tercio del conjunto. Podemos decir, grosso modo, que después de todo solo conseguiremos tener un signo sobre dos.

—Entonces, ¿crees que desde nuestro desconocimiento supino podremos entender el sentido del símbolo?

—¿Y por qué no? Otros lo hicieron primero: Trifiodoro el egipcio, Riccoboni, Wrigth, F. le Lionnés, P. Fournel, J. Bens, J. Lescure, C. Berge y un científico de los Pirineos que expuso el montón de vicisitudes que sufrió en su periplo por todos los rincones del globo en un corto pero curioso recuento. En cierto modo, el meollo se consigue, pero no por lo pronto, sino en un futuro un poco incierto, lleno de imprecisiones. Y se descubre por similitud entre unos signos y otros.

»En el proceso de construcción del discurso se distinguen tres momentos: primero, creeremos ver un follón confuso, un pequeño chiribitil, pero veremos de todos modos que es un signo cierto, seguro, regido por el poder del código, por el consentimiento de gentes que siempre lo sintieron como suyo: un instrumento del pueblo que permite entenderse entre sí, si se difunde con corrección y se le confiere su ley, su orden, su derecho.

»Puede ser un fuero, un libro religioso, un discurso de jurisperito, un expediente jurídico, un impreso de solicitud de empleo, un prospecto, un recibo de contribución, unos versos. Requisito indiscutible es que lo enjundioso se une, no en el punto de estudio, sino en el de los vínculos, y esto es porque siempre existe comprensión (otros dicen comunión), discurso que recorre un trecho entre un individuo y otro, entre un tipo y su vecino, por descripción o por exposición, fruto de invención o de ficción, producción o consentimiento, soneto o folletín.

»Veremos pues, primero, un poder del Logos, un “ello” con el don del verbo, del que con prontitud conoceremos ese peso que confunde y del que es imposible conseguir un sentido completo. Por eso, si es de género novelístico, tendremos en un periquete el entorno común, conocido, frívolo y por ello nos convenceremos de que tenemos, punto por punto, un género novelístico: cinco o seis individuos puestos enfrente unos de otros, juntos en el devenir de unos hechos que, según ellos, son del todo fortuitos; tienen el espejismo que esconde, pero que no esconde del todo, lo definitivo del destino. Mueren uno, luego dos, luego tres, luego cinco, luego seis, luego todos y luego el sugerente hilo conductor de lo novelístico que teje redes con unos motivos en los que, por lo confuso, no conseguimos ver un croquis completo y creemos fútil querer ver en ello un sentido.

»Pero luego, después de entender el hilo del discurso, nos iremos sorprendiendo de que de un corpus reducidísimo, de un léxico donde se reúnen un cúmulo de síncopes, de omisiones e imperfecciones, se logre comprender por completo el sentido.

»Y, como unos bobos, veremos ese increíble poder intrínseco (ese increíble poder oculto que sin descubrir el signo prohibido lo dice…) que dice sin decir, que sugiere con un sesgo oblicuo y sutil, descubriendo con creces lo que se esconde con eufemismos, repeticiones, giros retóricos, y protegeremos de este modo el signo sin tener que meternos en el intríngulis.

»Luego, por fin, entenderemos por qué se construyó todo con esqueleto duro, con leyes inflexibles. Surgió por un deseo loco, por un deseo nulo: conseguir por entero el embrujo del grito hueco, huir del recorrido seguro del signo muy súbito, muy ingenuo, muy común, y solo ofrecer con el signo un sendero, un túnel, un conducto estrechísimo, finísimo, sutilísimo, que muestre inteligiblemente su porqué.

»De este modo surgió lo escrito versus lo omitido, de este modo tomó cuerpo el efecto de constricción, de este modo se construyeron ficciones, desde lo oscuro se obtuvo luz.

—Muy bien, pero no me convences del todo, pues no tengo fe en tu conclusión. Pero Cronos me persigue y veo Urbino lejos: un recorrido de unos veintiocho inches, o lo que es lo mismo: ocho feet o bien dieciocho miles.

—Bueno —reconoció Vocel—, procederé con prontitud, correré como el viento y me sumergiré en mis soliloquios.

Entonces Tonio Vocel me informó: «Sioux», me dijo, «en el corredor tengo un bolso; dentro tengo seis libros que nos son imprescindibles». Fui, cogí el bolso y le llevé sus trebejos tipo folio. Pude ver un increíble modelo de conocimientos científicos de los pueblos de México: el texto íntegro del Popol-Vuh, en edición de Rodes, el Opus imponente de Pérez, el texto del periplo de los Tutul Xiu y, sobre todo, tres códices, el de Ixil, el de Ometepek y el de Usik.

El estudio empezó de noche y tuvo su fin en el rosicler. Tonio Vocel, con sudores, se quitó el jersey. Le fuimos sirviendo primero un tentempié, luego un quinto, un té, un whisky. Moviéndose presuroso, dejó todo el suelo lleno de imperfectos borrones, de supuestos bosquejos que no le convencieron por completo. Se fumó un puro y continuó con otros, tosiendo con el fin de desobstruir su glotis. Y consultó frecuentemente todos sus dosieres.

Seguimos sin obtener ni un comino. En todo el tiempo no progresó ni un milímetro. Un montón de veces se irritó, pronunció insultos groseros, nerviosísimo, encendido, escupiendo ternos, y rechinó los dientes, irreverente. Lo oímos incluso gruñir expresiones incomprensibles, términos sin sentido, sonidos confusos. Pensé: «Delirium tremens».

Luego, con el quiquiriquí:

—¡Uf! —dijo envuelto en sudor, hecho polvo pero contento—; por un momento dudé del éxito.

Y lo enseñó. Dominicus lo cogió y se puso los quevedos con el fin de ver mejor un folio con veintiséis signos curiosos.

—¡Es el colmo! —gritó Dominicus, furibundo—, lo que me pone negro es que, con todo, no conseguimos entenderlo.

—¡No te preocupes, no te preocupes! —terció Vocel—. Lo entenderemos dentro de un momento.

»Cinco o seis grupos lingüísticos se sirven del ketún. Este es el quiché que tiene sus orígenes en el territorio de Ticul y de Peto. Se dice que se sirven de él en los ejercicios de predicciones del futuro. Conocemos el signo escrito, pero no el fonético, pues, como estos cenismos son propios del sortilegio, poseen siempre conceptos ocultos que solo conocen los videntes, los hechiceros.

—Pero entonces… ¿Nosotros…? —cortó Dominicus con nerviosismo.

—Vence tu inquietud, Dominicus, y fríete unos churros. Tenemos por lo menos cinco puntos positivos:

»El enredo tiene su origen, sobre todo, en que solo posee sonidos de tipo “consonne” (según dicen los estudiosos), pero eso no supone entorpecer su dicción. Si escogemos, siguiendo un ejemplo de lo conocido

Cuende Fernende sépteme esebe peleté

Condo Fornondo sóptomo osobo polotó

Cundu Furnundu súptumu usubu pulutú,

un prototipo que simule lo escrito, conseguiremos, por el intelecto, el instinto o invención, obtener un bosquejo menos impreciso.

Se precipitó y en un momento dibujó veintiséis signos con un boli negro en un folio incoloro. Y obtuvo lo siguiente:

Gre vé e se en le men ten ñe

me ven gen ze es te es ere te

ken el pel ve de les re kes.

Con esto Dominicus no se serenó, pues no entendió ni J.

—Tiene todos los visos de ser chino o turco, pero lo que es seguro es que no produce ningún estimulo en mi mente —dijo furibundo.

Pero Vocel lo sosegó, le juró: Estoy en un tris de tener mi versión del ketún. Confío en que muy pronto, supongo que poco después de que el sol esté en su cénit, obtendré fruto de mi estudio.

Nos echó del pool, diciendo: Necesito silencio, necesito silencio. Decidí proveerme de un lunch reconstituyente y Dominicus encontró entretenimiento en el Rolls-Royce: suspensión, encendido, e incluso frenos.

El sol en el cénit. Tonio Vocel, cumpliendo lo prometido, se presentó con un folio entre sus dedos y puso sus ojos en Dominicus.

—Este es el quid del signo negro del borde del pool.

—Léemelo —dijo Dominicus con profundo nerviosismo—, estoy en vilo.

De repente el cielo se oscureció. El horizonte se puso negro y vimos nubes correr enfureciéndose en el cielo. Pensé: «Esto es un ciclón»; y de pronto el fuerte viento rompió un postigo.

Dije muy flojito: «Tengo miedo». Luego vi un Dominicus metido en rezos, gimiendo estremecido.

Entonces, Tonio Vocel nos leyó el escrito que nos condenó sin excepción. Con tono gélido, pronunció signo por signo, deteniéndose en los pormenores, deletreó con un perverso retintín, como si quisiese que Dominicus fuese objeto de repullos incisivos, de coces, de pinchos como los que ciñó Cristo.

Cinco lustros después, con níveo pelo en mis sienes, su voz sigue rugiendo como entonces:

LO CINCELÉ EN EL MONTE, Y MI OJO POR OJO SE LEE EN EL POLVO DEL PEDRUSCO

Después de unos segundos sin que se dijese ni mu, un moscón revoloteó por el escrito en poder de Tonio Vocel.

—¿Entendido? —preguntó en un susurro Tonio.

—Puede ser —murmuró Dominicus— el fin de Gordon Pym.

—Puede ser, sí —confirmó Tonio Vocel.

—Me temo que, como sucedió con él, ese escrito cuente con un poder terrorífico.

—Pero ¿podemos intervenir?

—Por eso estoy nervioso: he visto en el pedrusco destruido el corsé ovoide, de un yeso lechoso, donde el próximo lunes debe meterse mi hijo. El «ojo por ojo» se cierne sobre él. Lo veo difunto si se embute en el corsé. Se impone que el lunes noche estemos en Urbino.

Hizo mutis por el foro, seguido de Tonio en el Rolls-Royce, que, súbito, se esfumó en el horizonte.

Pero conocemos el hecho de que no tuvieron tiempo de impedir el infortunio por mucho que condujese como un loco, sin concederse un momento de reposo. Por tres veces, un imprevisto lo inmovilizó. En Evreux pinchó y le costó componer el desperfecto; en Isonzo se fundió un fusible y se quedó sin luces. Y el colmo fue que en Lodio-sur l’Oglio se mojó el delco y el coche se detuvo de golpe.

En el momento en que Dominicus puso los pies en el Liceo de Urbino, le dijeron: «Egg se yergue firme en su corsé». Dominicus quiso ver el recinto del tenor. Pero se lo impidió un conserje. Le pusieron un silletín en un rincón del proscenio y se sentó, hecho polvo, entre sollozos, sin oír los divinos gorjeos del Tenorio.

Luego entró Egg: un bloque níveo, pétreo, con todo su peso en remolque. Todos conocemos el origen del suceso que nos confunde: Freddy Egg tropezó, perdió el equilibrio, se hendió…

—¡No! —gritó Odile con tono gélido—. En este episodio omites un hecho muy serio, de relieve indiscutible. Nos dices cómo murió Egg del mismo modo que lo contó Dominicus ocho soles después, de nuevo en Noirmoutier, en su retorno con su hijo muerto envuelto en un níveo lienzo.

Pero Dominicus te omitió un punto de enorme interés. ¿Por desconocimiento? ¿Por olvido? ¿Procedió inconscientemente y consideró el hecho como indigno después, por lo que decidió suprimir el recuerdo? Imposible conocer si es cierto. Pero Tonio Vocel estuvo enfrente de Egg y lo vio y entendió todo.

—¿Pero ver qué, entender qué, sino que Egg tropezó y luego perdió el equilibrio como un beodo? —inquirió el Sioux, sin ver en todo ello el objetivo perseguido por Odile.

—Pues —respondió Odile con histrionismo— que Dominicus, embrutecido por su luengo recorrido, consumido, deshecho en un profundo dolor y sin control sobre sí mismo, en el momento en que se presentó su hijo dio un brinco y pegó un grito que, por ensordecedor, provocó el choque de Egg con un telón, su titubeo y luego su muerte.