El secuestro

Georges Perec · Capítulo 7 de 31

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El secuestro

Capítulo 5

 

DONDE SE EJECUTÓ EL «SISEO DEL BORDÓN», PERO DEL

NOMBRE DE RIMSKI-KORSOKOV NI MU

Tonio Vocel se esfumó el Domingo de Resurrección, después de leer ese jueves, en un periódico vespertino, un suceso que le inquietó mucho:

Un individuo de oscuro poder, cuyo nombre no se dijo por miedo, se introdujo de noche en un recinto, sede del Cuerpo Superior del Orden Público, donde robó un dosier top secret en el que se compromete el buen nombre de un trío de corchetes, jefes del Registro. Se hubiese podido resolver el enredo devolviendo el poco oportuno informe e impidiendo de este modo que el intrépido delincuente lo pusiese en poder de gente sin escrúpulos. Seguro que lo escondió consigo, pero, por mucho que se registró su domicilio, lo menos veintidós (o veintitrés) veces, no fue posible obtenerlo.

Viéndose en un brete, un teniente, R. Didot, con su esbirro predilecto, Bodoni, se decidió y se citó con Dupin, célebre por su finísimo instinto.

—En principio —le dijo—, el robo hubiese tenido menos relieve si nos hubiesen cogido un dosier de los corrientes: un x o un y; entonces, el perjuicio hubiese sido mínimo. Pero este contiene el nombre de un bordón muy muy gordo…

—¿Un bordón? —se preguntó sorprendido Dupin, desconociendo, seguro, el término.

—Perdone por el eufemismo —sonrió Didot—, pero considere que este robo supone entre nosotros un peligro sin precedentes, porque suprime, vuelve inútil, estéril, todo esfuerzo por sostener el orden interno. ¡Reduce nuestro poder en un quinto como mínimo!

—Pero —inquirió Dupin— ¿no se escudriñó el piso del fullero veinte veces?

—Sí —reconoció Didot—, pero se erró el tiro. Y eso que se inspeccionó con celo.

—Creo que lo tengo —dijo Dupin—. Lo remueves todo, reconoces muros y techos, sin ningún fruto. Y es que tienes ojos pero no ves. Ten por supuesto, ceporro, que tu tipejo escogió un escondrijo muy ingenioso: es decir, que no ocultó el botín, como mucho lo ensució o dobló un poquitín, como si fuese un escrito entre otros muchos, luego hizo con él un ovillo y lo dejó sobre el juego de escritorio. Estoy seguro de que lo viste como mínimo diez veces, y no lo conociste, ni quisiste ni pudiste reconocer el documento. Creíste tener entre los dedos solo un folio sucio.

—Pero —objetó Didot— ¿qué juego de escritorio ni qué niño muerto?

—¡Qué instinto! —se burló Dupin.

Se puso el sombrero, enfundó su revólver y se fue, diciendo:

—Me voy. En unos minutos vuelvo con el pliego.

Pero no lo consiguió, pues sus deducciones, inteligentes, es cierto, no dieron con el quid del robo.

—En otros tiempos, por lo menos, monté Potro vencedor —murmuró.

Luego, como consuelo, se ocupó de un simio sospechoso del doble homicidio de Morgue Street y olvidó los polis y sus líos.

Si Dupin no pudo, con su fino instinto, discernir los signos del embrollo, por supuesto no podré yo huir de mi destino, escribió Tonio Vocel en sus confesiones.

Pensó en sus conocidos y les dedicó unos renglones: «Hubiese querido dormir como un tronco, concederme un buen reposo. Pero ¡se esfumó! ¿Quién? ¿Qué? ¡Qué sé yo! ¡El hecho es que se esfumó! Y hoy debo morir, sumergirme en ese oscuro olvido, en ese hueco profundo, irreversible omisión. I must. Os pido perdón. Hubiese querido con todo mi ser comprenderlo todo. He sufrido un suplicio sin nombre. Mi voz es solo un confuso susurro. Oh, muerte, redímeme tú del delirio que me consume. Tonio Vocel».

Dejó un post-scriptum, un post-scriptum sorprendente que puso de relieve el deterioro de su juicio: «Llevemos urgentemente los diez buenos whiskies pequeños, pedidos por el fullero jurisperito que consume un exótico puro en el zoo».

Por último rubricó el escrito con un dibujo de un copón invertido y medio lleno, con dos pies oblicuos en vez de uno en el centro. Dibujo que luego desfiguró con un borrón.

¿Se suicidó? ¿Se reventó los sesos de un tiro? ¿Se seccionó el pulso con un fino estilete, de bruces sobre el bidé? ¿Engulló un bebedizo mortífero? ¿Se despeñó con su coche por un precipicio sin fondo donde dio infinitos tumbos sin otro horizonte que el juicio de los justos? ¿Ingirió un producto tóxico? ¿Se hizo el seppuko? ¿Se quemó como un bonzo? ¿Se tiró de un puente y lo succionó un negro golpe de corriente?

Si escogió o no su fin, si murió, eso ningún hombre puede decirlo.

Pero tres soles después, inquieto por el incongruente escrito recibido, un íntimo de Tonio fue en su socorro. Encontró su domicilio desierto, el coche pudriéndose en el cobertizo, el ropero repleto, los bolsos en su sitio…, ni un leve indicio que hiciese su muerte previsible, ni vestigio de Tonio Vocel. Se esfumó.

PSEUDOSOBRESEIMIENTO DE TONIO VOCEL

Un nipón sin kimono,

un reptil divirtiéndose con el hockey,

un ceibo negro,

un grito estridente y desnudo en un himno solemne, un dulce escorpión,

diez tenderos sin un céntimo escupiendo en un montón de oro, un sufrimiento glorioso,

un simún en un luengo corredor nórdico,

un profundo kleenex:

todo esto puede poner un poco de luz en el horizonte de Tonio Vocel…

un obispo hippy rugiendo un discurso que disiente del Pontífice,

dos cuchillos sin filo,

tres delincuentes ingleses desposeídos de todo bien por un tren correo,

un contorno recto,

un ombligo de hombre con un surtidor de fuego, un pueblo de origen,

un cojo loco corriendo los 100 metros lisos,

un crucifijo sin cristo,

un cocuy vertiendo vino dulce, que beben peregrinos sin cruz, todo esto pudo ser suficiente en…

un griterío sin ruido,

un espejo deslucido por un pez pizpireto sin pinchos,

un brote de otoño,

cinco dedos de vino? whisky? que finge su fin,

un cielo de monstruo,

muchos rompientes hundiéndose en el golfo del buen mecer, un fusil fiel,

un incendio níveo, un cuerpo sin cuerpo, el sosiego, un pseudolvido,

esto es lo que proscribe el deceso de Tonio Vocel… pero ¿cómo reconstruir todo esto en lo peor de un nocturno en que

surge el secuestro?